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sábado, marzo 5

El Tambor del Bruc II

(Sigo)

Hubo suerte: justo antes de que los franceses llegaran al Bruc, el cielo se encapotó, se abrieron las nubes y cataratas de agua se precipitaron desde el cielo. La columna de Schwartz tuvo que refugiarse en Martorell. Era el 6 de junio. Los catalanes aprovecharon muy bien la oportunidad: el cielo les había regalado unas horas preciosas, las suficientes para tomar posiciones. Eran unos dos mil: somatenes de Manresa, Igualada y otras localidades, soldados suizos y valones de la Corona española, desertores de la guarnición de Barcelona. Mandaba el contingente español un particio campesino, Antonio Franch. Cuando Schwartz intentó franquear el paso, se encontró con una terrible lluvia de fuego. El general no pudo reaccionar: sus tropas huyeron dejando en el campo de batalla 300 muertos y un cañón.

En ese mismo momento, en Santpedor, una localidad a pocos kilómetros al norte del Bruc, un muchacho abandonaba su casa para unirse al somatén. Era Isidro Lluçá Casanovas, un mozo de 16 ó 17 años, de familia campesina, que tocaba el tambor en la cofradía de la Virgen de los Dolores. Isidro cogió su tambor y marchó al frente. Era el 10 de junio de 1808.

La vergüenza de la primera derrota en El Bruc había sido excesiva para los franceses. Schwartz no podía permitirse una humillación así, de manera que volvió a la carga. Consciente de su error al subestimar a los catalanes, esta vez el francés rajo refuerzos y desplegó cuidadosamente sus columnas. Y aquí fue donde sonó el famoso tambor del Bruc.

Había pasado una semana. Los españoles se habían hecho fuertes. No contaban sólo con sus escopetas, sino también con algunos cañones: los suficientes para plantar cara a los franceses cuando, el 14 de junio, los de Napoleón volvieron a asomar el penacho por aquellos parajes. La inferioridad numérica de los españoles ante este nuevo contingente era pasmosa: prácticamente de uno a dos. Los franceses sólo esperaban el momento adecuado para dar el golpe de gracia. Los españoles no podrían mantener su posición durante mucho tiempo.

Pero, cuando el fuego de la artillería francesa iba a desequilibrar el combate, un poderoso redoble de tambores llenó las montañas. Por todas partes sonaban tambores. Se diría que desde todos los puntos afluían nuevas fuerzas a engrosar el contingente español. Eso los franceses no se lo esperaban: los refuerzos españoles desequilibrarían el combate. Ante una derrota segura, el francés optó por la retirada. Y los cañones españoles, ante el enemigo en fuga, destrozaron a los franceses.

¿Quienes eran esos refuerzos del bando español? No había tales. Tampoco había mil tambores; era sólo uno, el de Isidro, quien, al divisar al enemigo, comenzó a aporrear su tambor con furia, incansable, hasta que le sangraron las manos. Pero su redoble, multiplicado por el eco de las montañas, había creado la impresión de que un formidable ejército acudía al rescate. Las bajas francesas fueron aterradoras: aquel ejército de 3.800 hombres tuvo 403 muertos y 874 heridos. Los españoles que eran unos 2.000, sólo tuvieron 35 muertos y algo más de un centenar de heridos.

La gesta del Bruc no significó la retirada francesa: volvieron las tropas de Napoleón en mayor número, asolando todo a su paso.

Pero los catalanes ya habían desmostrado que plantarían cara a los invasores, y varios jefes del somatén se convertirían muy pronto en guerrilleros. Manresa fue destruida en 1811 por los franceses. Un año después, las Cortes de Cádiz proclamaban solemnemente el "aprecio y gratitud que merecían a la Nación la lealtad, valor y heroico patriotismo" de los manresanos, y se concedía a la ciudad el título de Muy Noble y Muy Leal. Un periodista catalán, Juan Cortada, escribirá medio siglo después que, gracias a la Batalla del Bruc, se había roto la muralla que separaba a los catalanes del resto de los españoles desde la guerra de Sucesión: "Al grito de patria, todos se alzaron, sin distinción de edades, de provincias, y, si Madrid blasona con justicia de su 2 de mayo, los catalanes se ufanan de haber sido los primeros que en campo libre enseñaron a los veteranos de Italia y de las pirámides que en las alturas del Bruc se conocían modos de combatir ignorados todavía por ellos, que eran maestros de la guerra...".

¿Qué fue del Tambor del Bruc? Isidro no vió el final de la guerra: enfermo, de constitución muy débil, flagelado por el hambre de aquellos años, murió pocos meses después. [...] Hoy, tanto en Santpedor como en El Bruc, sendos monumentos recuerdan al chico y a lo que pasó en aquella batalla. Y una leyenda dice: "Viajero, para aquí, que el francés también paró. El que por todo pasó, no pudo pasar de aquí".

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