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domingo, abril 15

Tigrekán

(Extraído de la carta del director de El Mundo publicada el 8 de abril)

[...] el apodo de Tigrekán II de Mongolia [...] así [...] le llamaban a Fernando VII «los liberales» durante el Trienio Constitucional.

[...]
Fueron los periodistas exaltados Félix Mejías y Benigno Morales, dignos por su brillantez y patriotismo de una causa más viable que la que abrazaron, quienes acuñaron en su sin par publicación El Zurriago una serie de motes con los que pretendían representar a Fernando VII como el sátrapa oriental que siempre hubiera querido ser. Así fueron desfilando por sus páginas Yanki, emperador de la China, Majamut, Bondo-Kina, Tinke-Pak o Tigrekán. Nunca se había hecho mofa y escarnio de un rey en esos términos: el riesgo para sus artífices sólo era equiparable al vértigo transgresor de sus lectores.

Con el solvente y cautivador estudio del profesor Ángel Romera El Zurriago, un periódico revolucionario, editado por el Ayuntamiento de Cádiz, como brújula, y una rara colección de sus 93 números, extraída de entre los tesoros de su cripta por uno de mis amigos del gremio de libreros, como gratificante territorio a la vez de jolgorio y aventura, no me ha sido difícil descubrir el momento exacto de la exaltación de Tigrekán a las cimas de su villanía en esa ignota catedral de la sátira política española.

Sucede en agosto de 1822 cuando El Zurriago incluye en un número doble -el 57 y 58- la «comi-tragedia» titulada Los Cañonazos o la Proclamación Cachifollada. Véase la originalidad e innovación idiomática. Está dedicada al autogolpe de Estado que Fernando VII intentó en vano el mes anterior mediante la sublevación de la Guardia Real. A lo largo de sus escenas contemplamos cómo Tigrekán, ayudado por sus hermanos Alfeñike y Pakorrillo -los infantes don Carlos y don Francisco de Paula-, inventa primero el problema, se las cree luego muy felices sintiéndose vencedor y finalmente, cuando en efecto todo se «cachifolla», no sólo deja en la estacada a sus más fieles sino que se ensaña con ellos para ocultar sus propias culpas.

Asegura Estanislao de Kotska Bayo, a quien se atribuye la documentada Historia de la vida y reinado de Fernando VII de España, en la que han bebido todos los biógrafos de aquel Borbón, que en el momento en que los golpistas derrotados -incluidos muchos de sus más fieles servidores- emprendían la desbandada hacia el Campo del Moro, el rey, haciéndose la víctima de su propia felonía, se asomó a uno de los balcones de Palacio y comenzó a gritar «¡A ellos! ¡A ellos!» para que los sitiadores pudieran exterminarlos con más facilidad.

«¡Rasgo de cobardía y de bajeza, indigno de un pecho honrado y que infama al que, caudillo primero de la insurrección, la entrega ahora a sus enemigos y aún los estimula contra ella!», apunta presuntamente Bayo. «Séanos permitido comparar esta conducta innoble con el heroico sufrimiento del pueblo español, que vencedor de las tramas reales y viendo al Príncipe sólo e indefenso, ni un insulto le prodigó, ni traspasó el lindar de su alcázar patente a todos».

[...]

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