¿Una mujer Papa y embarazada?
(Un artículo de José
M. Vidal en el suplemento Crónica de El Mundo del 27 de junio de 2010)
«Duos habet et bene pendentes
(Tiene dos y cuelgan bien)», proclama
el diácono, tras examinar concienzudamente los
testículos del recién elegido Papa.
-¡Deo gratias!, responden todos los
presentes a coro. Sólo entonces, el
Papa podía levantarse de la sella
stercoraria,
una silla de mármol rojo con el asiento agujereado, a través del cual el
diácono hacía la comprobación ritual de su virilidad. Sólo entonces, el Papa
electo podía ser proclamado sucesor de Pedro. La ceremonia perduró hasta los
tiempos del Papa León X (1513-21). El Vaticano no quería volver a exponerse a
la vergüenza de una Papisa. Con una, con la Papisa Juana, había sido
suficiente.
Tiene mucho más de leyenda que de historia pero el
espectro de la Papisa Juana persigue a la Iglesia. Va y viene y, cada cierto
tiempo, resucita. La literatura y el cine recuperan periódicamente a este icono
irreverente, pero cargado de simbolismo, morbo y hasta actualidad. […] En 1972
se estrenó la primera Papisa Juana, con
Liv Ullmann y Franco Nero. En 2009 volvía a los cines La Papisa, de David Wenham.
Entre las novelas, la más famosa es La papisa
Juana,
de
Emmanuel Royidis. Antes, Petrarca ya se había visto atraído por el personaje y,
en el siglo xx, le dedicaron obras escritores de la talla de Lawrence Durrell,
René Dunan o Alfred Jarry.
Una mujer capaz de engañar al mayor aparato de poder
de la época y usurpar el papado católico escondiendo su identidad sexual, cuya
historia resume así el dominico Jean de Mailly en su Chronica
Universalis Mettensis: «Se trata de cierto Papa o, mejor
dicho, Papisa, que no figura en la lista de los Papas u obispos de Roma, porque
era una mujer que se disfrazó como un hombre y se convirtió, por su carácter y
sus talentos, en secretario de la Curia, después en cardenal y,
finalmente
en Papa. Un día, mientras montaba a caballo, dio a luz un niño. Inmediatamente,
por la justicia de Roma, fue encadenada por el pie a la cola de un caballo,
arrastrada y lapidada por el pueblo durante media legua».
Había nacido en el año 822 en lngelheim am Rhein,
cerca de Maguncia. Su padre, Gebert, era monje itinerante y crió a su hija en
un ambiente de estudio y fervor religioso. A los 15 años se enamora de un monje
y, para poder seguirlo, decide disfrazarse de chico. A su lado viaja a
Constantinopla, donde conoce a la emperatriz Teodora, Atenas y Tierra Santa.
Abandonada por su amante y despechada,
Juana pone rumbo a Roma. Con una idea diabólica en su mente: alcanzar el trono
pontificio. Llega en el 848 y no tarda en introducirse en los círculos
pontificios. Un día la presentan al Papa León IV, que queda prendado de su
cultura, erudición y aparente virtud.
Juan/Juana fue escalando los peldaños de la Curia
vaticana hasta conseguir la púrpura cardenalicia y convertirse en un referente
de la corte papal. De hecho, en julio del 855, a la muerte del Papa León IV,
Juana fue elegida para sucederle. La usurpación se había consumado. La Papisa
echaba por tierra la teoría teológica de la sucesión apostólica, encarnada
desde Pedro siempre por varones.
Pero, como reza una lápida que se conservaba en el
lugar en que murió, Petre, Pater Patrum, Papisse Prodito Partum (Pedro,
padre de padres, propició el parto de la papisa). El parto la delata, es
lapidada y
borrada
de la Historia. A su sucesor, Benedicto III se le puso como fecha de elección
el año 855 y, así, se borra de un plumazo la existencia de Juana en el papado.
Pero su historia perduró viva durante siglos y fue dada por cierta por la
propia Iglesia hasta el siglo XVI. Los luteranos veían en ella a la prostituta
de Babilonia, descrita en el Apocalipsis.
Para la Iglesia católica se trata simplemente de una
leyenda medieval, creada por la iglesia de Oriente para desacreditar a Roma. En
1601,
el
Papa Clemente VIII tuvo que declarar falsa la leyenda. La
mayoría
de los historiadores no le dan crédito, pero otros la consideran uno de los
secretos mejor guardados de la Historia.
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