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lunes, octubre 21

Armenia: bajo el símbolo del Ararat



(Un texto de Xavier Moret en el suplemento dominical de El Periódico del 20 de octubre de 2013)

Como dice un amigo armenio, el escritor David Muradyan, “Armenia es un país pequeño, pero muy profundo”. Y es cierto: pocos países contagian esa sensación tan intensa de que, a pesar de sus reducidas dimensiones (29.800 kilómetros cuadrados, poblada por tres millones de habitantes), atesoran un gran interés cultural e histórico. El hecho de encontrarse en el Cáucaso, en lo que fue Ruta de La Seda, bisagra entre Asia y Europa, entre cristianismo e islam, lo convierte en un país que merece la pena visitar.

El impresionante monte Ararat, de 5.165 metros, se divisa desde el avión poco antes de aterrizar en el aeropuerto de la capital, Ereván. Los armenios de a bordo se emocionan, y hasta los hay que dejan caer algunas lágrimas. “El Ararat es nuestro símbolo”, me dice uno de ellos. “Todas las casas armenias, tanto aquí como en la diáspora, tienen una foto del Ararat en un lugar destacado”.

La diáspora… Otro tema que sale a menudo en Armenia. Hay unos ocho millones de armenios en la diáspora, y todos quieren regresar al país de origen, aunque sea solo por unos días. Vivan donde vivan, sueñan con ver el Ararat, el símbolo y, al mismo tiempo, una de las grandes heridas del país, ya que se encuentra en territorio de Turquía, el enemigo de siempre, el país al que culpan del millón y medio de armenios muertos en el genocidio iniciado en 1915.

“El representante de Turquía en Naciones Unidas protestó hace años porque el Ararat, una montaña en territorio turco, figurara en el escudo de Armenia”, me cuenta David. “La respuesta del representante armenio fue que Turquía exhibía en su bandera la media luna, que no estaba en su territorio”. La cuestión quedó zanjada, aunque los armenios siguen pensando que el Ararat se encuentra en lo que fue su territorio histórico, mucho más amplio que el que delimitan las fronteras actuales.

El Ararat y el genocidio están siempre presentes en Armenia, un país en el que el dolor ha ido pasando de generación en generación hasta convertirse en una conciencia colectiva que puede verse en el Museo del Genocidio, en Everán, y que sirve al pueblo armenio de impulso para seguir adelante. El reconocimiento del genocidio, que sigue sin ser admitido por muchos países, entre ellos España, es para los armenios algo indispensable para sacar adelante esta ex república soviética independiente desde 1991.
Más allá del dolor y de la historia, Armenia es un país bello, montañoso y variado. Cierto que en la carretera que va del aeropuerto a Everán hay demasiados neones y casinos como para ofrecer una imagen positiva, pero el aire parisino de las calles del centro reivindica a la capital, que tiene en la plaza de la República, en los jardines de la Ópera y en la gigantesca Cascade su eje monumental.

Pasear por la plaza de la república y calles adyacentes, llenas de restaurantes y bares, caminar hasta la catedral o hasta la plaza Charles Aznavour (el armenio más universal) o curiosear en el gran mercado de ocasión del Vernissage, son maneras de conocer Ereván, una capital en la que los armenios de la diáspora han volcado tanto dinero que a veces da la impresión de ser un inmenso decorado. El centro se puede recorrer andando, por lo que siempre resulta fácil desplazarse hasta los restaurantes donde se puede degustar la famosa cocina armenia, de clara influencia oriental.

“Antes de cada plato hay que brindar, a poder ser con vodka, para resaltar la amistad que nos une”, proclama David. “En Armenia nos gustan las tradiciones”. La conclusión es obvia: en Armenia las comidas se alargan con un número excesivo de brindis… y con un exceso de vodka.

Si hay que buscarle un alma a Ereván, esta se ubica en el museo de manuscritos antiguos, Matenadaran. A la entrada, una estatua homenajea a Mesrop Mashtots, inventor del alfabeto armenio en el año 406, y en el interior pueden admirarse más de 17.000 manuscritos, algunos de gran belleza, y 100.000 documentos medievales que lograron salvarse de saqueos e incendios.

La lengua, singularizada por un alfabeto lleno de letras redondeadas, es uno de los emblemas del país. El otro podría ser la religión, ya que Armenia fue el primer país en adoptar oficialmente el cristianismo, en el 301. Desde entonces, existe la Iglesia Armenia, que tiene su Vaticano en Echmiadzin, una ciudad santa, cercana a Ereván, que se llena los domingos de una multitud devota. Tanto en la catedral como en Santa Hripsimé, del siglo VII, y de hecho en todo el país, se pueden admirar los khachkars, lápidas de piedra volcánica, muy trabajadas, con una cruz en el centro.

“En Echmiadzin se guardan algunos restos del Arca de Noé, aunque no se muestran al público”, apunta Edgar Yeritsyan, un guía armenio que trabajó un tiempo en Barcelona como escultor. Según la tradición, el arca se posó en el monte Ararat después del diluvio y los armenios se proclaman descendientes de Haig, que a su vez fue descendiente de Noé. En concordancia con esta tendencia, el coñac más famoso se llama Ararat; el segundo más famoso, Noé.

En las iglesias armenias sorprende la planta de cruz, sin grandes adornos, la querencia por la oscuridad y el altar elevado. El olor del incienso o de las velas las define, así como un ritual antiguo, las barbas pobladas de los sacerdotes y las mantillas de las mujeres.

Las ruinas del monasterio de Zvartnots, en la ruta de Echmiadzin, resaltan por la presencia del Ararat como telón de fondo, pero es en el monasterio de Khor Virap, al sur de Ereván, donde el Ararat se muestra increíblemente próximo, con la frontera a un paso y las dos cumbres nevadas de la montaña simbólica allí mismo.

En el norte de Ereván, una excursión al templo helénico de Garni, del siglo I, y al monasterio de Geghard, del XIII, con orígenes en el IV, confirman que Armenia es un país de gran potencial turístico. El templo se asoma a un valle fértil, mientras que el monasterio, fundido con la roca y con una fuente que mana en su interior, es de los que mueven a la mística. “Aquí se guardó durante un tiempo la lanza que hirió a Jesucristo en la cruz”, me cuenta. “Por eso se le conoce también como ‘el monasterio de la lanza’”.

“Si quieres ver una Armenia distinta, tienes que ir a Goris, a unos 200 kilómetros al este de Ereván, al lago Seván y al monasterio de Haghpat, en el norte”, apunta Edgar a la salida de Geghard. Y tiene razón: en Armenia hay que adentrarse en el corazón de la montaña, aun a riesgo de perder la paciencia con curvas y más curvas. Solo así puede llegarse a la ciudad de Goris, situada en un valle lleno de frutales, para subir después al llamado “Stonehenge armenio”, de unos 8.000 años de antigüedad, o al monasterio de Tatev, una maravilla que fue universidad en los siglos XIII y XIV y que tiene una misteriosa columna pendular que avisa de invasiones y terremotos.
Armenia es profunda e intensa, y la amabilidad de los armenios se aprecia en cada esquina, como sucede en los restaurantes de Goris, donde insisten en que pruebes la especialidad local, el vodka de moras.

Al siguiente destino, el lago Seván, merece la pena ir por el paso de Selim, en cuya parte más alta se encuentra un caravasar de los tiempos de la Ruta de la Seda. El Seván, con una superficie de 940 kilómetros cuadrados, es uno de los lagos de montaña más grandes del mundo, y lo sería aún más de no ser por una reforma soviética que desvió el agua para irrigar y obtener energía eléctrica. Todavía hoy, sin embargo, sorprende la belleza de Sevanavank, el monasterio del lago, fundado en el siglo IX y situado en una colina que lo domina.

La llamada Suiza armenia, en Dilijan, ofrece una visión muy distinta, con bosques frondosos y un clima más frío. Allí se encuentra algo típicamente armenio: una parte del pueblo ha sido reconstruida por un millonario de la diáspora, James Tufenkian, con la intención de corregir los desastres de la época soviética y preservar la Armenia idealizada.
Unos kilómetros más al norte, cerca ya de la frontera con Georgia, se encuentran dos monasterios sublimes, Sanahin y Haghpat. El primero, del siglo X, tiene una distribución laberíntica con muchas capillas y un cementerio, mientras que el segundo, con vistas magníficas sobre el valle, tiene la ventaja añadida de no estar pegado a un pueblo que lo afee.

En el fondo del valle se encuentra Alaverdi, un pueblo con la típica apariencia industrial a la soviética, con instalaciones gigantescas, grandes naves abandonadas, chimeneas humeantes y ninguna preocupación por evitar la contaminación. Es otra Armenia, sin duda, más industrial y más fea, pero tan real como la de los monasterios. Aquí, por cierto, estuvo filmando Sergei Parajanov (1924-1990), un gran cineasta armenio que cuenta con un interesante museo en Ereván.

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