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miércoles, febrero 5

Las visiones de Gallardón



(Extraído de la Carta del Director publicada en El Mundo el 19 de enero de 2014)

[…] Gallardón es una especie de viejo París en miniatura. […]

Desde que Alberto I el Rico se convirtió a finales del siglo XI en el primer señor de Gallardón, fundando la iglesia y dejando su impronta en la piedra como «Albertis Galardonensis», sus moradores fueron siempre agricultores laboriosos y buenos cristianos. Nadie hubiera definido de otra manera al que pronto sería conocido como Martín de Gallardón cuando el lunes 15 de enero de 1816 acudió a esparcir abono a un terreno alquilado. Entonces vio por primera vez a aquella extraña figura, plantada de pie a pocos metros de distancia. Estaban en campo abierto y no había notado que se aproximara. Era un joven «muy delgado, de rostro pálido, delicado y afilado». Llevaba un extraño abrigo amarillento, tipo redingote, abotonado desde el cuello hasta los pies, y una chistera.

«Martín, debéis ir a ver al Rey para advertirle que corre peligro», le dijo el desconocido. «Hay malvados que tratan de derribar la Monarquía. Es necesario que haga una limpieza general en sus estados, que ordene plegarias públicas... Si no, las peores desgracias caerán sobre Francia».

El agricultor vio entonces cómo aquel joven «se elevaba unos metros sobre la tierra, quedaba suspendido horizontalmente y desaparecía como si se hubiera fundido en el aire». Tres días después volvió a encontrárselo cuando bajó a la bodega a coger manzanas. El domingo 21, aniversario del martirio de Luis XVI en la guillotina, le salió al paso en la iglesia, metiendo la mano a la vez que la suya en la pila del agua bendita. En ambos casos el mensaje fue el mismo: debía ir a avisar al Rey.

El campesino se lo contó al cura, el cura se lo contó al obispo, el obispo se lo contó al prefecto y el prefecto al ministro de la Policía, el moderado Decazes quien, a punto de convertirse en jefe de Gobierno, decidió, con su sentido común habitual, enviarle al manicomio de Charenton. Por allí habían pasado no sólo el marqués de Sade sino todo tipo de personajes singulares. Pero cuando los médicos examinaron al ya bautizado como visionario de Gallardón dictaminaron que era un hombre absolutamente normal, «sin ningún síntoma de locura», aunque con la «manía» de entrar de vez en cuando en «éxtasis».
Le encargaron que cuidara el jardín y allí volvió a ver al joven del redingote amarillo que se identificó ya como el arcángel Rafael y le anunció que pronto vería al Rey. El campesino le preguntó qué debía decirle y la aparición le contestó que no se preocupase, que su misión era «abatir el orgullo» de la Corte para «salvar a Francia» y que las palabras fluirían por su boca en el momento preciso.

Entre tanto el intrigante Rochefoucauld, amigo íntimo de la amiga íntima de Luis XVIII, la inteligente y atractiva Madame du Cayla, a quien ya dediqué hace meses una de estas cartas, consiguió que la historia llegara a oídos del Rey. No era ni el más crédulo ni el más piadoso de los monarcas de Francia pero, como ha escrito Lenotre, estaba convencido de que «en el caso de que Dios se ocupara de alguien, sería del jefe de la Casa de Borbón». Fuera por curiosidad o por inquietud, el hecho es que el Rey pidió a Decazes que condujera al visionario de Gallardón ante él.

El 2 de abril recibió a solas a Martín en las Tullerías. Conversaron durante media hora. Pronto trascendió que había sido un encuentro dramático a cuyo final el Rey había prorrumpido en lágrimas, «estrechando la mano que había tocado al ángel». ¿De qué hablaron? El visionario de Gallardón siempre sostuvo que el Rey le había pedido que le guardara el secreto -«Sólo Dios y yo lo sabremos»- pero fue dando pistas a lo largo del tiempo. Primero contó que le había revelado la «traición» de una «excarcelación premeditada». Más tarde sugirió que habían aflorado inconfesables secretos familiares, con la sucesión de la Corona de por medio.

Fueron pasando los años. Los mejor informados relacionaron la caída de Decazes y el ascenso al Gobierno del padre y el suegro de Rochefoucauld con el visionario de Gallardón. Eran los tiempos en que Luis XVIII pasaba largas temporadas en su silla de ruedas y ordenaba a su cochero que, más que correr, volara para hacerle sentirse más joven mientras le trasladaba al refugio campestre que había construido en Saint Ouen para Madame du Cayla. Fue después de su muerte cuando el campesino desveló que el monarca no había hecho caso de su principal consejo y que el joven del redingote amarillento había vuelto para decirle que su sucesor, Carlos X, perdería el trono y moriría en el exilio. En vísperas de la fulminante revolución orleanista que acabaría para siempre con los Borbones en Francia, el ángel le transmitió su último mensaje: «El hacha está a punto de golpear, los acontecimientos se acercan». […]

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