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domingo, noviembre 23

La obsesión de Miguel Ángel



(Un texto de Von Stephan Maus en el XLSemanal del 5 de octubre de 2014)

Se crio con una humilde familia de picapedreros. Y aquel ruido del mazo y el cincel marcaron su vida. Aunque genial en todas las artes, la escultura le abrió por primera vez las puertas de la gloria, pero también las de la frustración, al final de sus días. Cuando se cumplen 450 años de su muerte, revisamos la historia del artista que no se doblegó ante ningún hombre.

Miguel Ángel Buonarroti creía que había nacido para ser escultor. A su biógrafo, Ascanio Condivi, le contó cómo había asimilado el polvo de la piedra con la leche de su ama de cría. Al genio italiano lo crió una nodriza del pueblo de Settignano, donde los Buonarroti poseían una casa, porque su madre enfermó al poco de venir él al mundo. Nació en 1475 en Caprese, un remoto pueblo de los montes Apeninos, donde su padre Ludovico di Leonardo era el alcalde. Su familia regresó a Florencia poco después de su nacimiento. Su madre murió cuando él tenía seis años, lo que prolongó su estancia en Settignano con la familia de su nodriza, que se dedicaba a la cantería. Creció entre los scalpellini ('picapedreros'), que creaban dinteles, escaleras y columnas para los palacios florentinos. El ruido del mazo y el cincel fue la música de su niñez. El joven supo muy pronto que quería ser artista, aunque le costase acaloradas discusiones con su padre. Finalmente consiguió que su amigo Francesco Granacci lo introdujera en el taller de Domenico Ghirlandaio, uno de los mejores pintores de frescos de su tiempo. 

Miguel Ángel solo tenía 13 años cuando Ghirlandaio lo aceptó en su escuela. Allí aprendió a pintar frescos: a revocar la pared, mezclar los colores y pintar rápido, mientras la cal esté húmeda, para que los pigmentos se combinen con el revoque, se integren en la pared y formen un todo con ella durante miles de años. Aquel aprendizaje le permitió ejecutar más tarde los frescos de la Capilla Sixtina. Pero lo que de verdad ansiaba era ser escultor. Y Florencia era el sitio ideal: el señor de la ciudad, Lorenzo de Médici, el Magnífico, quería revitalizar el arte de la escultura, dejado de lado hasta ese momento. Incluso había creado una escuela de escultura en su jardín. Allí esculpió Miguel Ángel un viejo fauno que impresionó al Magnífico. Solo puso una objeción: la dentadura parecía demasiado perfecta para un fauno de esa edad. Miguel Ángel tomó el mazo y el escoplo y eliminó uno de los dientes, con un resultado tan realista que Lorenzo decidió llevarse al joven artista a su palacio. Con 15 años ya se le permitía sentarse a la mesa de los Médici y asistir a las conversaciones mantenidas por los espíritus más cultivados de su época. Fue aquí donde recibió su formación humanística. 

Si Florencia era la ciudad más hermosa del Renacimiento, Roma era el centro de la cristiandad. Lo que lo llevó a la Ciudad Eterna fue una magistral falsificación. Esculpió una estatua de Cupido a la manera antigua, la enterró para imitar el proceso de envejecimiento y se la vendió a un cardenal romano. El prelado quedó tan maravillado que lo tomó a su servicio. En Roma, Miguel Ángel se convirtió en uno de los artistas más admirados. Allí creó para un cardenal francés la Piedad, que hoy se encuentra en la basílica de San Pedro. Miguel Ángel esculpía, pintaba y diseñaba como si estuviera poseído. No necesitaba dormir mucho. También escribía cartas de amor y poemas para Vittoria Colonna, una poetisa de la alta aristocracia, así como para el dibujante Tommaso de Cavalieri. No se sabe cuál de estas relaciones se quedó en lo platónico y cuál no. Pietro Aretino, un poeta satírico, ya en vida de Miguel Ángel, hizo correr el rumor de que el genio era homosexual. No tenía familia y era conocido por sus bruscos modales y su carácter difícil. Era un hombre rico, pero siempre vivió como un asceta. Una cama sencilla, una mesa, una silla, una vieja túnica... 

El artista mejor pagado del Renacimiento no necesitaba más. En uno de sus regresos a Florencia pusieron a su disposición un gigantesco bloque de mármol que llevaba 40 años aparcado en el patio de la catedral. Varios artistas habían intentado sacar algo de él, pero fracasaron. Él lo logró. Del interior del mármol desentrañó un guerrero de mirada decidida preparado para disparar su honda: David. La República de Florencia consiguió así un símbolo para su carácter orgulloso e indomable. Pero su obra más famosa se encuentra en Roma, donde pintó la Capilla Sixtina por encargo del Papa Julio II. Al poco de empezar, ya había despedido a todos sus ayudantes: nadie estaba a la altura de sus exigencias. 

Pasó más de cuatro años trabajando en un andamio (que construyó él mismo) a 18 metros de altura. Con los frescos de la Capilla Sixtina, Miguel Ángel consiguió introducir un verdadero himno al cuerpo humano en un baluarte que se asentaba sobre la doctrina religiosa, la ideología y la diplomacia. Fue un artista enérgico. Se enfrentó a los poderosos rebosante de confianza en sí mismo. Cuando el Pontífice le pidió que cubriera las figuras desnudas, le respondió con sarcasmo que, si el Papa era capaz de poner orden en el mundo, entonces las figuras no tardarían en enmendarse a sí mismas. Esta postura hizo de él el primer artista en el sentido moderno, un creador que solo seguía su voz interior. Pero incluso Miguel Ángel puede ir más allá de sus límites. En 1505 recibió el encargo de esculpir un monumento fúnebre para el Papa Julio II. El proyecto lo acompañaría toda su vida... y al final se convertiría en un fracaso.

Su sueño era crear algo verdaderamente monumental. Vivió meses enteros en las canteras de Carrara para seleccionar personalmente el mármol, pero su sueño se vino abajo. El Pontífice falleció y nadie estaba dispuesto a pagar el mármol, por lo que acordó con el sucesor de Julio realizar una tumba mucho más sencilla. Había trabajado (con interrupciones) más de cuatro décadas en el mausoleo del Papa, que inicialmente iba a contar con más de 40 figuras. Estaba previsto que el conjunto se colocase en el centro de la basílica de San Pedro. No pudo ser: la versión reducida de su monumento fúnebre se encuentra en la iglesia romana de San Pedro Encadenado, con solo siete figuras al final. Una de ellas es su legendario y majestuoso Moisés. Toda la tensión del Renacimiento se encuentra en este Moisés. Es la misma tensión que da vida al David en Florencia, la que sostiene la cúpula de San Pedro, la que empujó a Miguel Ángel a seguir esculpiendo hasta sus últimas horas de vida. Falleció en 1564, a los 89 años. 

Por qué es un escultor único
Su dominio de la escultura fue absoluto. Trasladó la tensión muscular o la intensidad de una mirada a la piedra con una veracidad sorprendente. Es evidente en su David. Además, alteró la forma tradicional de trabajar. Preparó la figura (que mide más de cinco metros) con bocetos, dibujos y modelos a pequeña escala de cera y terracota. De ahí pasó a trabajar el mármol, directamente, sin hacer un modelo de yeso a escala real como hacían otros artistas de la época.

-Antes del combate. Su David rompió moldes: fue el primero en ser representado a punto de entrar en combate; otros, como Verrocchio, Ghiberti o Donatello, lo mostraron ya victorioso. 

-Un coloso imposible. El bloque de mármol era gigantesco y había sido dañado por otros artistas que acabaron desistiendo de crear algo con aquella mole. Cuando Miguel Ángel terminó la obra, 40 hombres tardaron cuatro días en trasladarla, en un ingenio creado ex profeso.

-Cuerpo perfecto. «La superposición de los músculos es perfecta», explica el escultor y académico de Bellas Artes Julio López. Se ha dicho que la cabeza y la mano derecha son demasiado grandes. La desproporción se explica porque la figura iba a ubicarse en lo alto del Duomo de Florencia: así sería más visible. 

-Símbolo de Florencia. La ciudad se identificó con David: mostraba la victoria del hombre virtuoso frente al tirano. No se instaló en el Duomo, sino en la plaza de la Señoría. Así lo decidió un comité del que formó parte Leonardo da Vinci.

Cecchino dei Bracci. Lo conoció cuando el muchacho, de una próspera familia de banqueros, tenía 15 años. Su muerte, solo un año después, fue un duro golpe para Miguel Ángel. Diseñó su tumba en la iglesia de Santa María en Aracoeli de Roma y le dedicó sonetos y un sentido epitafio.

Sus amantes (reales o platónicos)
Giovanni da Pistoia
El joven literato y el artista se encontraron cuando Buonarroti estaba abrumado y absorbido por la pintura de la bóveda de la Capilla Sixtina.En los momentos de desesperación, el artista pedía a Giovanni por escrito que lo ayudara a salvar su pintura. 

Tommaso de Cavalieri
Su gran amor. No está claro si consumado o platónico. El chico era noble, mucho más joven que él y con una belleza de adonis. Miguel Ángel le escribió versos, le regaló dibujos y mantuvo con él (que se casó y tuvo hijos) una entrañable amistad durante treinta años. 

Vittoria Colonna
Se cartearon, se dedicaron versos, ¿se amaron? Platónicamente. Ella fue su Beatriz, su mujer ideal. Vittoria pertenecía a una antigua familia noble. Era la viuda del marqués de Pescara, una mujer culta y sensible al arte y la poesía. Se entendieron bien, se quisieron. 

Su firma
En la Piedad, que terminó en 1499, destaca el contraste entre las arrugas de los ropajes de la Virgen y la tersura del cuerpo de Jesucristo. Es la única escultura que firmó (en la cinta del pecho de María).

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