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sábado, noviembre 15

Rafael Guastavino puso la bóveda a Nueva York

(Un texto de Nacho Arbalejo publicado en El Mundo del 13 de mayo de 2014)

Se llamaba Rafael Guastavino y llegó a Nueva York en 1881 con 40.000 dólares en la maleta y sin saber una palabra de inglés. Pero en apenas unos años su talento le llevó a levantar decenas de edificios en Manhattan y a fundar una de las constructoras más prestigiosas del país.

El artista valenciano (1842-1908) y su hijo menor (1872-1950) son los protagonistas de la exposición 'Palacios para el pueblo', que permanecerá abierta hasta el próximo mes de septiembre en el Museo de la Ciudad de Nueva York. Es el merecido homenaje póstumo de la metrópoli a los hombres que diseñaron los techos abovedados de muchos de sus edificios justo antes del reinado del acero y el cristal.

La clave del éxito de Guastavino fueron las bóvedas tabicadas que levantaba con ladrillos finos y cemento según la tradición de los arquitectos medievales y que no requerían ni andamios ni muros de gran grosor. No sólo eran más ligeras y más baratas que otras soluciones arquitectónicas, también ofrecían techos ignífugos a los constructores en un momento en el que la ciudad permanecía traumatizada por los efectos del gran incendio de Chicago, que causó 300 muertos en 1871 y dejó a unas 100.000 personas sin hogar.

«Había una gran psicosis en torno al fuego», explica a EL MUNDO el profesor John A. Ochsendorf, que ejerce como responsable del Guastavino Project del MIT y ha escrito varios libros sobre el arquitecto español. «Rafael no era sólo un buen constructor sino un empresario muy astuto y enseguida se dio cuenta de que la condición ignífuga de sus bóvedas era su gran ventaja comercial».
A modo de demostración, el valenciano sometió durante cuatro horas a una de esas bóvedas a una temperatura de 1.093 grados centígrados con 272 kilos de peso y la bóveda no se desplomó. Una prueba supervisada por los responsables del ayuntamiento que abrió a su empresa las puertas de los mejores rascacielos de la ciudad.

'Problemas personales'

Guastavino había nacido en Valencia en 1842. Pero con apenas 19 años se fue a Barcelona, donde cursó estudios de Arquitectura y se casó con Pilar Expósito en 1864. Tuvieron cuatro hijos en apenas ocho años pero no fueron felices y las infidelidades del arquitecto desencadenaron su separación. Pilar y sus tres hijos mayores se mudaron a Buenos Aires y Guastavino, su ama de llaves y su hijo Rafael embarcaron en Marsella rumbo a Nueva York.

«La principal razón del viaje fueron sus problemas personales», explica el profesor Ochsendorf. «Quería escapar de la sociedad española y de la vergüenza de un matrimonio fracasado pero es extraño que viniera a Nueva York y no a Cuba o a México, donde conocía a más gente. No sólo es que no supiera hablar inglés. Es que no conocía a nadie».

Antes de llegar, Guastavino había construido las mansiones de miembros de la burguesía catalana, un teatro y una fábrica para la familia Batlló. Pero le había tocado aceptar encargos menores y su instinto le decía que lo mejor era emigrar. No era la primera vez que el valenciano pisaba EEUU. Cinco años antes, había recibido una mención honorífica en la exposición internacional de Filadelfia, donde presentó 21 fotografías de sus obras españolas y un proyecto para mejorar la salubridad de los habitantes en una ciudad industrial.

El edificio que le abrió las puertas del éxito fue la Biblioteca Pública de Boston (1888-1895), para el que le reclutó a mitad de obra el prestigioso estudio McKim, Mead & White. «Nadie sabe cómo logró aquel contrato y espero que algún día nuestros investigadores lleguen a averiguarlo», dice Ochsendorf. «Sí sabemos que en 1885 había presentado un proyecto para construir el edificio y quizá por eso lo repescaron. En los planos estaba previsto construir el edificio con vigas de hierro pero Guastavino los cambió».

Años dorados

Para entonces el español había creado una fábrica en una iglesia abandonada a las afueras de Boston donde elaboraba ladrillos y azulejos policromados y había fundado la compañía que lo haría célebre y que luego heredaría su hijo Rafael . La empresa llegó a construir al menos 250 edificios en la ciudad y unos mil repartidos por 40 estados del país. Su edad dorada llegó a principios de los años 20 y su declive arrancó unos años después por el auge de las estructuras de acero y por los efectos económicos de la Gran Depresión.

«El padre nunca volvió a España quizá porque estaba demasiado avergonzado», cuenta Ochsendorf. «Pero el hijo volvió a Valencia a ver a la familia y tenía billetes para volver en el viaje inaugural del Titanic en abril de 1912. Afortunadamente perdió el barco y así se salvaron algunos de los mejores proyectos de la compañía familiar».

Entre padre e hijo levantaron una fortuna millonaria y llegaron a poseer hasta 24 patentes. Entre sus obras más relevantes los expertos suelen citar la estación de metro de City Hall: una especie de catedral subterránea con vidrieras, azulejos policromados y candelabros de latón. Abandonada desde 1940 porque no se ajustaba al tamaño de los trenes, aún es posible verla hoy entre las sombras cuando giran los trenes de la línea 6.

Las bóvedas del valenciano están presentes en el mercado que se levanta debajo del puente de Queensboro, en el Oyster Bar de la estación de Grand Central o en la sala de registro de la isla de Ellis, por donde debían pasar los inmigrantes antes de desembarcar en Nueva York. A Guastavino hijo se la encargaron las autoridades después de una explosión fortuita y la solidez del proyecto aún sigue admirando a los académicos: a mediados de los años 80 sólo se habían desprendido 17 de los 28.832 azulejos que recubrían la bóveda del edificio después de tres décadas de abandono federal.

St. John the Divine

La obra más célebre de la familia es quizá el techo del crucero de la catedral neoyorquina de St. John the Divine: una bóveda que concibió como una solución transitoria y que tiene 30 metros de diámetro y apenas 11 centímetros de grosor. Los empleados la construyeron sin andamios y en apenas 15 semanas y sigue en pie 105 años después.

El último proyecto de Guastavino padre fue la iglesia de St. Lawrence: un templo inspirado en el Barroco colonial español que construyó en una ciudad de Carolina del Norte muy cerca de la mansión donde se retiró. La mitad del presupuesto lo financió de su bolsillo el constructor, que diseñó su formidable bóveda elíptica y recibió sepultura en su cripta unos días después de su inesperada muerte en 1808.

«Había llegado a Carolina del Norte de la mano del arquitecto Richard Morris Hunt, al que conoció en Chicago en 1895 y que estaba allí diseñando la mansión de Cornelius Vanderbilt en Carolina del Norte», explica Ochsendorf. «La residencia estaba casi construida pero Hunt cambió los planos para incluir varias bóvedas tabicadas y al valenciano le gustó mucho la región. Así fue como se construyó en madera una mansión donde vivió con su amante mexicana Francisca y que los lugareños aún llaman 'el castillo español'. Allí elaboraba vino y sidra a la manera mediterránea e invitaba a sus huéspedes a paella».

El legado

El hijo del arquitecto vendió su participación al jubilarse en 1943 y el rastro de la familia se habría perdido si no fuera por el empeño del profesor neoyorquino George Collins, que salvó milagrosamente el archivo de la compañía unos meses después de que sus responsables anunciaran su quiebra en 1962. «Al ver las bóvedas de la capilla universitaria de Columbia, se dio cuenta de que eran de Barcelona», recuerda Ochsendorf. «Llamó a la empresa y alguien le dijo que acababan de arrojarlas a la basura porque acababan de suspender pagos. Enseguida les pidió que no tocaran nada y se fue a recoger los documentos que hoy se conservan en la biblioteca de la universidad».
El legado de la familia valenciana sigue presente en edificios como el Capitolio de Nebraska, donde brillan 300.000 azulejos elaborados en su fábrica de Woburn. También en los arbotantes neogóticos que sostienen la bóveda del Museo de Historia Natural de Washington y en la techumbre de las estaciones ferroviarias de ciudades como Boston, Houston o Detroit, cuyo diseño está inspirado en el de unas termas romanas y cuya ruina intenta evitar sin éxito desde hace años una asociación de vecinos de la ciudad.

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