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sábado, enero 22

Notas sobre la historia de una adicción

(Parte de un artículo de Rosa M. Tristán en el suplemento Eureka de El Mundo del 2 de enero)


[...] [El hombre] descubrió en una zona andina entre Perú y Ecuador unas plantas, del género Nicotiana tabacum, que al prenderse emitían un aroma agradable y producía una sensación placentera. Se calcula que hace entre 5.000 y 7.000 años comenzaron los primeros cultivos en América y cuando llegaron los colonizadores, el consumo (inhalado, masticado e incluso bebido) se extendía por todo el continente, pero siempre con un uso limitado. Los indígenas lo fumaban en actos rituales, en momentos excepcionales. De hecho, los chamanes fumaban tabaco y otros alucinógenos y cuando volvían en sí, contaban que habían volado en sus alucinaciones. Un ritual muy conocido es el de la pipa de la paz de los indios americanos: fumar ayudaba a crear el ambiente adecuado para un diálogo tranquilo. Un gesto de amistad.

Fueron dos compañeros de Cristobal Colón, Rodrigo de Jerez y Luis de la Torre, quienes descubrieron esta costumbre y se aficionaron a ella. El primero, a su vuelta a Castilla, llegó a ser acusado de brujería por la Inquisición: sacar humo por la boca era cosa de brujería.

En 1559 llegaban las primeras semillas a la Península, que se plantaron cerca de Toledo, en Los Cigarrales, de dónde podría provenir el nombre de cigarro. Durante trecientos años, el tabaco se fue extendiendo por Europa entre las clases aristocráticas y la burguesía. Incluso se rodeó de un halo curativo: se decía que curaba las migrañas. En el siglo XVIII no había aristócrata que se preciara que no llevara una tabaquera de rapé en el bolsillo de su casaca.

Grandes plantaciones en Virginia y Carolina nutrían un mercado en auge, que, además, contaba con la ventaja de una mano de obra más que barata: cientos de miles de esclavos africanos acabaron sus días rodeados de tabaco, un lujo que entonces se limitaba a la alta sociedad.

El panorama cambió radicalmente en el siglo XX. Ya a partir de la Revolución Industrial, la demanda de cigarros había comenzado a subir. "Hubo quien pagaba a sus empleados con comida y tabaco, así que la adicción comenzó a extenderse en todas las capas sociales. Luego, para distinguirse, la clase alta comenzó a fumar rubio. Era más prestigioso, aunque también acabó por popularizarse", apunta el antropólogo del CSIC Manuel Mandianes.

A mediados de los 50, las compañías tabaqueras americanas iniciaron una ofensiva publicitaria que triunfó: los hombres fuertes fuman, las mujeres modernas también. En cierto modo, Mandianes cree que siguió teniendo una función simbólica: "En los años 60 y 70, fumar era un símbolo de integración social. Un niño se convertía en adulto en el momento en que accedía a su primer cigarrillo, acopañado de una copita de coñac. Si no, no era un hombre", apunta.

Sin embargo, tras un siglo de bonanza adictiva, en los años 90, los médicos comenzaron a alertar de los riesgos para la salud. El tabaco mata y había que dejar ese hábito, hasta entonces no sólo consentido sino fomentado. "Hoy, conociendo el peligro, hace falta ser tonto para fumar porque es un producto que no sirve para nada bueno", argumenta Mosterín. Quizá por ello, y como en Occidente el negocio va a la baja, ahora las tabacaleras están abriendo nuevos mercados en los países en desarrollo. Saben que el cerebro humano tarda mucho menos en coger el vicio que en soltarlo.

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