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sábado, agosto 4

Domingo Badía Leblich, el espía viajero

(Un artículo de José Angel Martos en un ejemplar de la revista Paisajes de Renfe de hace barbaridad de tiempo)

El viajero europeo que inauguró el gran siglo de exploraciones que fue el XIX no nació en las grandes potencias coloniales del momento, Inglaterra y Francia, sino en España. Domingo Badía se aventuró por el mundo musulmán como espía, emboscado en la identidad del príncipe Ali Bey.

Si la CIA encontrase hoy a un agente con las cualidades de Domingo Badía Leblich, alias Ali Bey, lo reclutaría sin dudarlo. Pocos o ningún occidental serían tan arrojados corno para entrar en la ciudad sagrada de La Meca y visitar el templo santo de la Kaaba simulando ser un peregrino islámico más, hazaña que Badia consiguió en 1807. Pocos o ninguno exhibirían la habilidad y el desparpajo para plantarse en Marruecos simulando ser un príncipe sirio, con tanto éxito que acabó conver­tido en amigo y consejero del sultán. Y mientras ejercía su labor de espía, pre­paraba un asombroso libro de viajes que ha pervivido como un documento excepcional de gran valor científico sobre los lugares más representativos del mundo árabe, que él conoció.

Este espía viajero era un catalán de Barcelona, hijo de familia de militares que, por parte materna, habían luchado a favor del archiduque Carlos, el perdedor de la Guerra de Sucesión. Domingo nació en 1767 y, a los nueve años, se trasladó con toda su familia al municipio almeriense de Vera, donde su padre había sido destinado. En Andalucía él también empezó a ejercer los primeros oficios militares, y a los 18 pisó la costa nor­teafricana acompañando a su padre a los presidios que España mantenía en peñones y colonias del litoral magrebi.

El corto viaje debió impactarle poderosa­mente porque cuando, años después, se encontraba en Madrid sobreviviendo a duras penas, ya casado (con la granadina María Luisa Burruezo) y con tres hijos, decidió estudiar árabe, lengua que pronto dominaría. Y fue entonces cuando conci­bió un ambicioso proyecto de viaje a África, que debía llevarle en dirección norte-sur hasta el corazón del continente, para luego atravesarlo hacia el este y remontarlo final­mente por el valle del Nilo. Primero pre­sentó esta idea a la Real Academia de la Historia, que la despachó sin demasiados miramientos, pero su rechazo no le ami­lanó y tiró por elevación, enviando su plan, en agosto de 1801, nada menos que al mismísimo Godoy, el 'Príncipe de la Paz', minis­tro plenipotenciario del rey Carlos IV y amante de la reina María Luisa.

Godoy se entusiasmó con el proyecto. Lle­gaba en el momento adecuado porque las relaciones de España con el sultán de Marrue­cos eran muy malas y este ponía muchas trabas para dejar operar a los comerciantes españoles en sus puertos. Pero, al mismo tiempo, el sultán tenía grupos opositores de rebeldes en su país. Así que en la mente del ambicioso Godoy estaba, como escribió en sus memorias, conseguir una presencia mili­tar en Marruecos, ya fuera para sostener al sultán o ayudando a los rebeldes a encara­marse al poder. El encargado de ganarse la confianza de unos u otros era Domingo Badía. El ministro le dio una fuerte cantidad de dinero para emprender su plan y creó una red militar de apoyo para que hiciese llegar sus informes a manos españolas.


Domingo Badía decidió viajar disfrazado de musulmán y con una identidad simu­lada para saltarse las limitaciones que se ponían a un cristiano en tierra islámica. Se hizo llamar Ali Bey el Abasí, jerife, hijo de Osmán Bey, príncipe de los abasíes, y dijo venir de Alepo, en Siria. Los preparativos, para los que viajó a Londres donde adquirió instrumentos científicos muy avanzados con los que sorprender a los marroquíes, inclu­yeron también hacerse circuncidar en la capital británica, una experiencia que le dejó 'pálido y casi exánime'.

El 29 de junio de 1803 Ali Bey se embarcó en Tarifa para cruzar el estrecho de Gibral­tar y arribar a Tánger. Allí se hizo pronto famoso como príncipe venido de un lugar remoto del levante musulmán, por haber residido en Londres y traído de allí multi­tud de objetos sorprendentes y por ser un astrónomo capaz de predecir eclipses. Y es que no sería justo relegar a la a la condición de soldado o agente secreto, porque, sobre todo, fue un gran interesado por todas las ramas del saber, y su voluntad de dejar constancia de lo que iba viendo, lugares que no habían sido visitados por ningún euro­peo, es lo que lo ha inmortalizado. Su libro Voyages d'Ali Bey en Afrique et en Asie (se editó originalmente en francés) es un sen­sacional catálogo de observaciones que incluyen la geografía (su mapa de Marrue­cos es excelente, así como el de la costa de Arabia o el de la isla de Chipre), la biología (con detallados dibujos de plantas y anima­les, incluidos insectos vistos al microsco­pio) y la arquitectura (dibujó la planta y sec­ción del templo de la Kaaba en La Meca y de la cúpula de la Roca en Jerusalén). Sus dotes como conocedor de la astrono­mía le permitieron acercarse al sultán de Marruecos. Como los marroquíes mezclaban la astronomía y la astrología, Ali Bey explica que 'todos los días encontraba personas que me rogaban les hiciese descubrir las cosas perdidas o robadas; otras que hallán­dose enfermas venían a conju­rarme les restituyese la salud'.

Sin embargo, Ali Bey no tuvo tanto éxito en su misión política. Tras intentar convencer en vano al sultán de que solici­tara la protección española, se dedicó a via­jar por las zonas de Marruecos dominadas por los rebeldes y llegó a un acuerdo con sus líderes para que cedieran a España el norte del país a cambio del apoyo de un con­tingente hispánico a la rebelión. Se dice que aspiraba a reinar sobre el protectorado que hubiera surgido. Pero cuando Godoy expuso el plan al rey Carlos IV, este no lo aprobó. Además, para entonces, el sultán ya sospe­chaba de Ali Bey y, en octubre de 1805, lo obligó a embarcarse en Larache con destino a Trípoli. Lo que si permitió Carlos IV es que Domingo Badía siguiese sus viajes; este continuó rumbo a La Meca, lo que le llevó por todo el mar Mediterráneo. Trazó formi­dables descripciones científicas, políticas y sociales de la situación de cada país que atravesaba, incluido Egipto y sus antigüe­dades faraónicas. De camino a La Meca sufrió una enfer­medad que le hizo llegar a la ciudad santa, en enero de 1807, de una forma singular, incluso para un musulmán: `Los peregrinos deben entrar a pie en La Meca; pero en aten­ción a mi enfermedad entré sobre el came­llo hasta mi alojamiento'. Tuvo que trabar contacto con un curioso personaje: el jefe del pozo sagrado de Zemzem, cuya agua torna­ban todos los peregrinos, que no era otro que el envenenador a sueldo del sultán.

Badía sobrevivió a la peligrosa estancia y documentó con detalle todas las costum­bres que rodean a la peregrinación. Su viaje le llevaría luego por Arabia, de nuevo a Egipto y desde allí rumbo a Palestina, donde visitó otra ciudad sagrada para los musulmanes, Jerusalén, y entró en sus templos prohibidos para los cristianos. Después, partió hacia Siria y Turquía, donde conoció Constantinopla. Tras pasar un tiempo allí, emprendió su viaje de vuelta a  España pasando por París.

Pero su llegada coincidió con el ocaso de Godoy y del propio Carlos IV. De nuevo con­vertido en Badía, fue recibido en Francia por los administradores napoleónicos que le concederían diversos cargos en la España ocu­pada durante el reinado de José Bonaparte. Así pudo volver a Madrid y reencontrarse al fin con su esposa e hijos. Sin embargo, tras perder Napoleón la Guerra de la Indepen­dencia, él y su familia tuvieron que salir del país. En julio de 1814 veía la luz en París el libro de sus viajes, que enseguida alcanzó el éxito. Decidió nacionalizarse francés, llegó a tener el cargo de mariscal en el ejército y se puso a disposición del Gobierno galo para emprender nuevos viajes. En enero de 1818, a los 51 años, partió, bajo la identidad de Ali Otman, a una misión secreta que su pro­pia familia desconocía. La orden oficial era llegar hasta La Meca; luego, las versiones no se ponen de acuerdo: explorar África o buscar una ruta comercial hacia La India. Realizó un trayecto inverso al de su ante­rior viaje, dirigiéndose primero a Constan­tinopla y luego a Damasco, la capital de Siria. Se dice que murió cerca de Mazarib, en los altos del Golán. No se conoce la causa, pero viajeros que lo trataron creyeron que pudo haber sido envenenado, algo que él temía constantemente.

Los últimos días de Ali Bey permanecen en el secreto, el mismo secreto con el que él llevó su vida y sus misiones. Prueba de ello es que su libro lo firmó como Ali Bey, no como Domingo Badía, y ambos nombres no se relacionaron públicamente hasta 1836, cuando se incluyó esta aclaración en la pri­mera traducción de su obra al castellano. El mismo año en que Godoy publicó sus memorias y desveló las misiones del que fue uno de sus más valientes agentes y que hoy merece ser recordado como el primer gran viajero europeo del siglo XIX.

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