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lunes, agosto 12

El enigma Houdini



(Un artículo de Inma Muñoz en el dominical de El Periódico de Aragón del 28 de julio)

Eric Weiss llevaba ya 80 años reposando apaciblemente en el cementerio de Machpelah, en Queens (Nueva York), junto a su querida madre, cuando la publicación de un libro levantó una considerable polvareda sobre las verdaderas circunstancias de su muerte, achacada oficialmente a una peritonitis, y las de su vida, consagrada, según todas las crónicas de su época y las de quienes le siguieron glosando muchas décadas después de su fallecimiento, al ilusionismo. 

El libro en cuestión aseguraba que el ilustre caballero había sido víctima de un complot destinado a taparle la boca de forma irreversible, y que si alguien tenía tan negras intenciones era porque él había hecho méritos para ganarse una colección de enemigos por sus coqueteos con el espionaje y su determinación de desenmascarar a quienes estafaban a los incautos fingiendo ser capaces de contactar con los espíritus. 

Puede que a estas alturas del relato ya esté claro quién era en realidad Eric Weiss, pero, por si hay alguna duda, este es el título del libro que publicaron en 2006 William Kalush y Larry Sloman: La vida secreta de Houdini. Porque así es como Eric Weiss, el hijo de un rabino húngaro trasplantado en Wisconsin, pasó a la posteridad: como Harry Houdini, el ilusionista más famoso de la historia y, como ven, un verdadero enigma casi 87 años después de su muerte. 

Más que dar respuestas, la obra de Kalush y Sloman abría nuevos interrogantes, al asegurar que el mago había contado con el apoyo del MI-5 para convertirse en una estrella mundial (a cambio, claro, de trabajar para ellos), que no era el marido fiel que las crónicas y los biógrafos oficiales pintaban y que de peritonitis nada: envenenamiento urdido por un lobi espiritista con la complicidad de un médico.

La historia del complot convenció a parte de los descendientes de Houdini, que en 2007 solicitaron que se exhumaran los restos del mago para someterlos a la autopsia que no se le hizo en su momento. La oposición de otros miembros del clan, sin embargo, mantiene frenada la exhumación, y los huesos de Houdini siguen en su lugar. A no ser que, como el Cid, fuera capaz de agrandar su leyenda una vez muerto, que, a la vista de lo que llegó a hacer en vida, todo podría ser. 

El caso es que difícilmente se podrá tener la certeza absoluta de cómo vivió y cómo murió, y eso, sin duda, multiplica su magnetismo y la curiosidad por conocer al hombre de carne y hueso que había detrás de la estrella de la ilusión. Y a eso contribuye un nuevo libro que ha llegado a las librerías recientemente: Cómo hacer bien el mal, una recopilación de textos, algunos escritos por él y otros sobre él, que tal vez no proporcione las claves de lo que hacía, pero sí de por qué lo hacía. 

“No, estimado lector, no es mi propósito contarle cómo abro cerrojos, cómo escapo de una celda en cuyo interior he sido encerrado, tras haber sido desnudado por completo y maniatado con pesados grilletes (...) ni cómo descerrajo cualquier esposa reglamentaria que pueda fabricarse. No todavía. Puede que algún día lo cuente, y entonces lo sabrá. Por el momento, prefiero que todos aquellos que me vean saquen sus propias conclusiones”, proclama él mismo desde el artículo que da nombre al conjunto.
Así que el estimado lector no encontrará en las 250 páginas del libro publicado por Capitán Swing trampillas, falsos techos y orificios para esconder ganzúas, pero sí mucho sentido del honor y aún más del espectáculo. Y el retrato de una época en la que los charlatanes intentaban sacarse un jornal vendiendo crecepelos, tragando vidrio, dejándose picar por serpientes venenosas, vomitando aguas de colores o convirtiendo la deformidad en show. Una época en la que por hacerse ricos y famosos algunos maltrataban su cuerpo hasta extremos inimaginables, con una alarmante falta de respeto por su integridad y por la de los demás. En los más de 100 años que han pasado desde entonces las cosas han dado un giro, aunque de 360 grados.

Pero vayamos a los orígenes. El enigma Houdini empieza en la cuna. Las semblanzas del mago relatan un nacimiento en Budapest, el 24 de marzo de 1874, y un traslado con sus padres y sus seis hermanos, cuando apenas tenía 4 años, a la localidad de Appleton (Wisconsin), donde su padre, rabino, debía hacerse cargo de una nueva congregación. Al abordar su vida en Cómo hacer bien el mal, en cambio, Houdini se proclama “estadounidense de nacimiento”, y fecha su llegada al mundo un 6 de abril de 1873, sin mucha más explicación. De hecho, dedica menos de una cincuentena de líneas a despachar su paso por la vida, que se resume en cómo el niño que se escapó de casa porque no quería ser mecánico (su madre lo había colocado de aprendiz en un taller con tan solo 9 años) se convirtió en el Rey de las Esposas y Escapista de Cárceles, y, con ese rimbombante título, en el ilusionista más famoso de todos los tiempos. 

Lejos de casa, habiendo descubierto “a edad temprana la vertiente más oscura de la vida”, se unió a un pequeño circo en el que hizo de todo: de ventrílocuo, de payaso, de contorsionista y de lo que se terciara. Aquella fue su particular universidad de la vida. De allí sacó, sin duda, las tablas que después le resultarían fundamentales para triunfar. 

Porque él mismo lo deja claro en otro de los textos que firma en el libro, titulado Cómo dirigirse al público: “Si quiere usted tener éxito, hágase a la idea de que su forma de abordar al público será el aspecto más importante de su actuación”. No la complejidad de la fuga, no el grosor de las cuerdas, no la profundidad del tanque en el que le sumerjan boca abajo y enfundado en una camisa de fuerza: su habilidad para vender el número. 

Y ahí sí que no le ganaba nadie. Podía haberse escapado de un cesto de mimbre a que artesanos holandeses habían tejido a su alrededor cuando visitó ese país, del furgón en el que los condenados al gulag eran trasladados a Siberia, de una muerte segura al ser arrojado a la gélida bahía de San Francisco con las manos esposadas a la espalda y una bola de 34 kilos atada a su cuerpo: nada de eso habría tenido la trascendencia que tuvo entonces y que le ha convertido en leyenda si no hubiera contado con la complicidad de la prensa, que llevaba hasta el último rincón del mundo sus hazañas. Allí donde Houdini hacía algo grande, ya fuera saltar de un avión a otro en Australia o llenar un teatro de niños pobres y encargar 500 pares de botas para calzarles, como hizo en Escocia, siempre había al menos un periodista para dejar constancia en letras de molde de lo ocurrido. 

Houdini “era un ‘showman’, un fabricante de marca”, sentencia el mago Teller, del dúo Penn & Teller, en el prólogo del libro. Si de algo sabía más que nadie, era de márketing. Esa habilidad destaca también Arthur Conan Doyle en quien un día fuera buen amigo y acabó siendo oponente por culpa de sus posturas radicalmente enfrentadas sobre el espiritismo. Si Houdini consagró media vida a dejar a los asistentes a sus espectáculos boquiabiertos por lo inexplicable de sus números, consagró la otra media a cerrar la boca a quienes pretendían sacar dinero al prójimo presentándose como médiums. 

Para Conan Doyle, que creía firmemente en la existencia de los espíritus y la posibilidad de invocarlos, la beligerancia de Houdini con los espiritistas, en cuyos espectáculos se colaba para destripar los trucos que empleaban, no era más que otro ardid para estar siempre en la primera línea, para tener proyección pública. “Se trataba de un asunto que despertaba un vivo interés en la gente y él sabía que podía constituir una fuente ilimitada de publicidad”, explica el padre de Sherlock Holmes en el artículo El enigma de Houdini, también incluido en el libro de Capitán Swing. 

Teller, en cambio, apunta a una motivación mucho más loable. “Los ilusionistas engañan a su público. Pero solo durante un ratito, solo en el teatro. Caído el telón (...) uno se siente maravillado, no estafado. Esta distinción constituía un valor moral para Houdini”, expone. De ahí su afán por desenmascarar a quienes pretenden aprovecharse de los incautos, que es también, según su propia declaración, el motivo por el que se lanzó a escribir ese Cómo hacer bien el mal en el que recoge el resultado de las entrevistas mantenidas con policías y delincuentes: “Salvaguardar al público contra las prácticas de las clases criminales”, al tiempo que le proporciona “una lectura entretenida e instructiva”. 

Ladrones y magos comparten a menudo herramientas y habilidades, pero con un fin y, sobre todo, un final muy diferente. Por el texto de Houdini desfilan grandes maletas con sofisticados mecanismos que atrapan los maletines descuidados en los andenes, sofás cuyo interior ha sido preparado para alojar al caco que desvalijará la casa del inocente que acepte cobijar el mueble y timadores que se aprovechan de la avaricia ajena para dar el golpe. “Si los hombres no se empeñasen en querer conseguir algo sin dar nada a cambio tal vez fueran capaces de conservar lo que sí tienen”, sentencia Houdini, a quien también maravilla “cómo los pillos se toman más molestias en perpetrar sus robos que los hombres honrados en ganarse el pan”. Por todo ello, llega a una conclusión inapelable: “Se puede decir que no sale a cuenta llevar una vida deshonesta, y a aquellos que lean este libro, aunque les informe de Cómo hacer bien el mal, solo les puedo decir una cosa, en tres palabras: NO LO HAGAN”. Contundencia en mayúsculas porque solo hay un rey del escapismo: él. 

La relación de Houdini con la literatura no se limitó a su truncada amistad con Conan Doyle. Como explica Teller, “reverenciaba la erudición y le atormentaba su escasa formación académica”, ya que solo pudo ir a la escuela hasta sexto curso, puesto que desde muy niño tuvo que contribuir a la economía familiar con trabajos como limpiador de botas o vendedor de periódicos. Compensó esas carencias convirtiendo su casa en una biblioteca, algo de lo que le alardeaba en cuanto tenía ocasión. Invirtió tanto dinero en libros que, cuando murió, en 1926, su colección se valoró en medio millón de dólares de la época, más de seis millones de dólares de hoy (4,6 millones de euros). Lo que no pudo comprar fue el talento como escritor, pero ahí le sonrió la fortuna: en 1924, la revista Weird Tales apostó por incrementar las ventas incluyendo en sus páginas firmas famosas, así que llegó a un acuerdo con Houdini para publicar algunos cuentos con su nombre. Debutó con un negro de lujo: Lovecraft, que puso sus atmósferas opresivas al servicio del mago en un relato, Bajo las pirámides, incluido en la selección de Capitán Swing. Hasta 1939, su nombre figuró como único autor de esa historia. 

No consta que ese engaño le molestara tanto como los que él atribuía a personajes como Margery Crandon, una mujer que había convencido incluso a algunos miembros de un comité de la Scientific American de que tenía poderes como vidente, y que contaba con el apoyo incondicional de Conan Doyle, quien reprochaba a Houdini que estaba tan obcecado con su campaña antiespiritista que no era capaz de darse cuenta de que ella sí era una médium de verdad. Tampoco de que sus propias hazañas, las de Houdini, no eran atribuibles solo al entrenamiento y la destreza, sino que había algo más. Algo paranormal. 

“Ni mi propia esposa conoce el secreto de algunas de mis proezas”, había confesado el mago a la esposa del escritor. “No se trata de un truco, sino de un don”, había asegurado un ilusionista chino al ver una de sus actuaciones. Houdini era un médium, concluía Doyle, y su negativa a aceptar la existencia de esa dimensión paralela un día le pasaría factura, advertía.

Y, de algún modo, así fue. En octubre de 1926, Houdini recibió la visita de dos estudiantes, tras una actuación. Les aseguró que su abdomen estaba preparado para aguantar los golpes más fuertes, y les retó a pegarle. Los puñetazos de uno de ellos fueron tan terribles que le doblaron. Pero él no estaba dispuesto a aceptar esa derrota y, desafiando a un dolor que llevaba días atormentándole, quiso seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Murió una semana más tarde. Los golpes habían provocado una rotura del apéndice que, al no ser tratada, había derivado en peritonitis. Todo muy terrenal. Si no fuera por un detalle: el especialista en apéndice del hospital donde fue ingresado dos días antes de su muerte se apellidaba Crandon, como la médium. Era su marido.

También la fecha en que pasó a mejor vida merece una mención: era 31 de octubre, la noche de las brujas. Desde entonces, y pese a que Houdini debe de revolverse en su tumba, espiritistas de todo el mundo se reúnen cada 31 de octubre a invocarle. No consta que jamás haya vuelto a aparecer. Salvo en las librerías.

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