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lunes, octubre 20

Al encuentro de Angkor



(Un texto de Xavier Moret en el suplemento dominical de El Periódico del 7 de septiembre de 2014)

Tailandia ejerce de trampolín de arena blanca a Camboya. Desde Bangkok, saltamos hasta la abrupta isla de Ko Chang, y de allí, a los famosos templos entre la selva.
Este viaje empieza en Tailandia, pero termina en Camboya, en los maravillosos templos de Angkor. Es lo que tiene de bueno Tailandia, que no solo es un destino en sí misma, sino que ejerce también de centro para distintos viajes por el sudeste asiático. Bangkok no es solo una ciudad turística, con un río y unos templos que le otorgan personalidad, una agitada vida nocturna y mercados y tiendas para todos los gustos, sino que es también un buen nudo de comunicaciones.

Mi primera escapada desde Bangkok es a Ko Chang, una isla cercana a la frontera con Camboya. Es cierto que en Tailandia abundan las playas turísticas, como Pattaya, Phuket, Krabi, Ko Samui, etcétera, pero Ko Chang es distinta, ya que un 80% de esta isla verde y abrupta es parque natural. En la costa hay pueblos turísticos, pero en el interior domina una naturaleza ideal para el trekking o para hacer excursiones en elefante.

Para evitar la masificación, no hay aeropuerto en Ko Chang, aunque sí en Trat, a 40 minutos de vuelo desde Bangkok. A partir de allí solo queda un corto tramo de carretera y un ferri que en 20 minutos te deja en la isla verde. “Las playas de la costa oeste, entre ellas White Sand Beach y la hippy Lonely Beach, son las más cotizadas, aunque la mejor excursión es la que, zarpando del pueblo de Bang Bao, te lleva a algunas de las 52 islas que hay enfrente, muchas deshabitadas, con playas de ensueño y fondos de coral ideales para el submarinismo”, me cuenta Pomme, una chica de mirada risueña y sonrisa fácil.

Cuando cae el día, una cena en un restaurante popular de Klong Prao Beach es un buen prólogo para una excursión río arriba para ver centenares de luciérnagas en los árboles. Es un espectáculo relajante, como también lo son los días de playa y excursión, y las noches de copas en los bares frente al mar de Lonely Beach.

Desde Ko Chang el viaje prosigue, esta vez en dirección a la cercana Camboya. En el aeropuerto de Siem Reap ya se nota, por el número de vuelos, que el turismo va al alza. Y es bueno que así sea, ya que en el pasado reciente de Camboya hay demasiadas desgracias. “El turismo ha aumentado mucho desde el 2000”, constata Vichet, un guía que ve en el turismo la gran esperanza para la economía del país. “Hasta 1997 hubo guerra, y antes sufrimos las matanzas de Pol Pot. Por desgracia, todavía hoy quedan muchos campos minados”, se lamenta.

La intensa actividad del aeropuerto de Siem Reap se explica sobre todo porque está cerca de Angkor, un vasto conjunto de templos y monumentos desperdigados que abarca unos 200 kilómetros cuadrados y acoge la que fue capital del antiguo imperio jemer. Durante siglos estuvo tapado, oculto por la selva, hasta que a finales del siglo XIX lo redescubrió el naturalista francés Henri Mouhot. “Uno solo de estos templos podría ocupar un lugar de honor junto a los edificios más bellos del mundo”, dejó escrito.
Angkor es un mundo aparte, uno de esos lugares que justifican por sí solos el viaje. Aunque venden entradas para un día (20 dólares), es mejor comprar la de tres días (40 dólares), ya que con uno no basta para visitar los muchos templos dispersos en la selva. El atasco de taxis, camionetas turísticas, motos y tuk-tuks -motocicletas de tres ruedas adaptadas para llevar pasajeros- advierte junto a las taquillas que no estaremos solos. Y es que Angkor tiene cada día más visitantes. “Un 20% más cada año -cuenta Vichet-. Estamos en tres millones anuales. En febrero, durante el año nuevo chino, hubo 250.000 visitantes diarios”.

La entrada, a través del templo de Bayón, con 120 torres en forma de piña y más de 200 rostros esculpidos en la piedra, es literalmente impresionante. A partir de aquí, todo son maravillas, aunque el exceso de turistas hace que a veces sea complicado avanzar. “La edad dorada de Angkor se sitúa entre los siglos IX y XV -apunta Vichet-. Es cuando se construyen la mayoría de templos. El de Bayón es del XII y los rostros esculpidos representan al rey Jayavarman VII”.

La llamada Pasarela de los Elefantes y unos templos en forma de pirámide ejercen de prólogo del más famoso de los templos del recinto, Ta Prohm, con unas raíces que lo abrazan hasta resquebrajarlo y que da una idea de cómo debían de ser los templos de Angkor antes de la restauración. Allí es donde se registra el mayor número de visitantes y el mayor número de fotos que intentan emular una portada famosa de National Geographic y las escenas que Angelina Jolie rodó aquí para Tomb Raider.

Otros templos a destacar son el de las Mujeres; Banteay Srei, dedicado al dios Shiva, y el Crematorio Celestial, que forma una pirámide que representa el sagrado monte Kailash. Aunque el más espectacular es sin duda Angkor Wat, considerado el mayor monumento religioso del mundo.

La visión general de Angkor Wat, con el agua del canal enfrente, sorprende por sus dimensiones, pero es en los detalles donde se descubre hasta dónde alcanza la perfección. El gran templo representa una montaña sagrada (el monte Meru), rodeada de agua por todas partes, y cuenta con cinco grandes torres, tres recintos rectangulares concéntricos y escenas grabadas en piedra de las epopeyas Ramayana y Mahabharata, con Hanuman, el mono sagrado, como héroe. “Está dedicado al dios Vishnú y a lo largo de los años ha sido hinduista y budista. Es un símbolo para Camboya, hasta figura en nuestra bandera nacional”, dice Vichet.

La túnica azafrán de los monjes budistas, peregrinos procedentes de distintos países, rompe la monotonía de la piedra oscura, mientras que la vegetación exuberante parece proteger este recinto cerrado por una muralla de 3,6 kilómetros de largo.

La visita a Angkor da para varios días, pero en Siem Reap hay más cosas que ver. Cuando cae la noche y el ambiente refresca es el momento de ir al centro, donde se celebra un animado mercado nocturno y donde hay muchos bares y restaurantes. El más cotizado de los bares es The Red Piano, donde Angelina Jolie estuvo hace unos años. Pero yo prefiero el Angkor What?, que se vanagloria de “promover el beber irresponsable desde 1998”. Más pequeño, pero muy agradable, es el Miss Wong, en un callejón y muy apreciado por los expatriados de Siem Reap.

Sin salir de la ciudad, a ritmo de tuk-tuk, el templo Wat Thmei permite hacer una incursión en la Camboya más reciente, marcada por las atrocidades del dictador Pol Pot y la guerra, tal como muestran las calaveras expuestas en una estupa contigua. Para recordar lo que fueron los años del horror hay que visitar el Museo de las Minas Antipersona, unos 30 kilómetros al norte de Siem Reap, cerca del templo de las Mujeres. Allí pueden verse las distintas clases de minas y obuses que han castigado el país y las duras experiencias de los niños soldados. “Se calcula que aún hay entre cuatro y seis millones de minas en Camboya. Aún hay mucho por hacer”, apunta uno de los guías.
En un orfanato cercano puede comprobarse cómo, a pesar de las desgracias, son muchos los que se esfuerzan para que los niños del país tengan un futuro prometedor. Otro motivo para el optimismo es la granja Silk Pheach, donde trabajan la seda de forma tradicional. Más de un centenar de artesanos pueden tardar meses, incluso años, en confeccionar bellísimas telas. La fundadora, Oum Sophie Pheach, es una camboyana casada con un francés, Patrick Gourlay, y fue directora del Centro Nacional de la Seda.

 Hija de un jefe de gabinete del Gobierno del rey Sihanouk, Sophie tuvo que exiliarse en 1973, primero a Uruguay y después a Francia. “Pasé un tiempo en París, pero nos establecimos en Alsacia, donde mi madre montó dos restaurantes camboyanos. Allí conocí a Patrick, que trabajaba en un banco”.

Antes de casarse, Sophie advirtió a Patrick que ayudar a su país era para ella una prioridad. En 1988 fundó en Tailandia un campo de refugiados para camboyanos que motivó que el rey Sihanouk la bautizara como “la madre Teresa de Calcuta camboyana”. En 1997 se casó con Patrick y unos años después, obsesionada por recuperar el modo tradicional de fabricar seda, creó Silk Pheach. “No me importa lo que pueda costar y lo que tarden los artesanos. Me importa la calidad”. 

Al caer la noche, cenando en una terraza de la granja, queda claro que la historia de Sophie es un ejemplo para una Camboya que aspira a vivir en paz tras muchos años de desgracias.

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