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domingo, enero 18

Confucio: las enseñanzas del maestro Kong



(Un texto de Gloria Otero en el XLSemanal del 3 de abril de 2011)

Pescaba, cazaba, tiraba con arco... era un hombre de acción. La antítesis del sabio frágil, ascético y solemne. China lo ha rehabilitado como ideólogo oficial del país […]. Sepa por qué las enseñanzas de este filósofo universal parecen hoy más vivas que nunca.

Su azarosa vida, lo poco que de ella se conoce, fue un fracaso. Pero su pensamiento, recogido en escuetos diálogos por sus discípulos, marcó durante 2000 años el rumbo de Oriente. Si algo impresiona en la historia del maestro Kong verdadero nombre de Confucio es el abismo entre la modestia de su biografía y la colosal influencia de su legado y su fe en las bondades de una conducta recta, pese a la caótica época que le tocó vivir; La perpetua frustración de sus ideales de armonía, dignidad y cortesía que soportó toda su vida tuvo, en cambio, el eco más duradero y grandioso que cualquier sabio pudiera imaginar. Porque al margen de las vicisitudes que ha atravesado el confucionismo, su ejemplo en su caso sería impropio hablar de discurso conformó un carácter. Una manera de ser y de actuar presentes hasta hoy, no solo en su país, China, sino en Taiwán, Corea, Japón, Singapur... Y es que lo que Confucio trató incansablemente de enseñar no fue una doctrina, sino un saber ser y un saber vivir tan diametralmente opuestos a lo que hoy se fomenta como parecida resulta nuestra actualidad a lo que él detestaba y combatía.

Aunque lo que se cuenta de su infancia, ¡hace 2562 años!, no sea muy fiable, parece que el maestro, como lo llamaban todos, fue hijo de un noble que murió al nacer él y antes de poder casarse con su madre, una hechicera joven, según la leyenda. Huérfano muy pronto, Confucio debió arreglárselas solo desde pequeño. Aprendió toda clase de habilidades y desempeñó diversos oficios que más adelante le servirían mucho y asombrarían a sus discípulos. Pescaba, cazaba, tiraba con arco con gran habilidad.

Su vida y su carácter fueron siempre la antítesis del típico sabio chino, frágil, ascético y solemne. Confucio era un hombre de acción y un deportista de temperamento fogoso y gran fuerza física. Con un extraordinario autocontrol, eso sí. Pero mucho más afín a un capitán que a un filósofo. De hecho, fueron esas cualidades, y no su filantrópica vocación política, las que le permitieron sobrevivir en la turbulenta China de su época, dividida en infinidad de principados, la mitad de los cuales estaba en manos extranjeras. Los señores feudales se enfrentaban así en guerras aún caballerescas, no masivas y descodificadas: tenían mucho de estético y ritual.

La revolución de Confucio en ese mundo fue la introducción de una moral radicalmente nueva. Sustituyó los valores de la aristocracia guerrera por las del civil ilustrado. Frente a valentía, justicia. Frente a autoritarismo, honestidad y bondad. Detestaba la violencia, pero no las virtudes guerreras, innecesarias, decía, si el hombre de bien, al que elevaba a rango superior de la jerarquía, sabía ejercer las cualidades que él postulaba como puntales de una sociedad ideal. Son las que atribuye al caballero, descritas con insistencia en su única obra, las Analectas: «Un caballero es tolerante y libre, un hombre común está lleno de ansiedad y temor». «El verdadero caballero es quien solo predica lo que practica.»

Lo cierto es que el reformista político que era se vio frustrado una y otra vez. Desde que, con 20 años y recién casado, perdió su primer trabajo como guarda forestal de Lu su comarca natal hasta su muerte, a los 73, Confucio recorrió el país buscando, en vano, a algún príncipe que le permitiera aplicar sus ideas de gobierno. Cada vez más conocido por todos, su vida fue un perpetuo errar, rodeado de una tropa de apariencia casi militar, de discípulos de todas las edades, profesiones y clases sociales. Así, el vocacional hombre de Estado se convirtió, a su pesar, en pedagogo, inaugurando un modelo de relación amistosa, libre y materialmente desinteresada, la de maestro-discípulo, desconocida en el mundo hasta entonces. Su enseñanza se cifraba en el ejemplo, la acción, la actitud. Una coreografía existencial en las antípodas del conductismo doctrinario en que acabó convertida su enseñanza.

Su figura, eclipsada en China durante los 350 años que siguieron a su muerte, se convirtió después en el modelo ideológico del imperio unificado. Eso sí, tergiversado. La élite de la sociedad la integrarían los funcionarios formados a la estereotipada imagen y semejanza del caballero que él propugnaba. Y los valores del confucionismo se transmutarían en doctrina de la sumisión. Ahora, la prosperidad de sociedades como las de Taiwán, Corea, Hong Kong o Singapur renueva el interés por él. Si Voltaire tenía una imagen suya en su escritorio y Elias Canetti consideraba las Analectas el primer retrato espiritual de un hombre y uno de los más modernos, bien puede augurarse un largo futuro aún a este filósofo que difundió el ideal de una educación universal como requisito infalible de la paz y la felicidad. Una educación, eso sí, milenariamente alejada de la actual. No enfocada al entrenamiento práctico y al dominio técnico, que da lugar al «bruto especializado», sino a un objetivo moral. El único que merecía la pena para este sabio revolucionario.

Las lecciones intemporales del maestro
Las principales virtudes para Confucio eran la tolerancia, la bondad, la benevolencia, el amor al prójimo y el respeto a los mayores. Si el príncipe es virtuoso, los súbditos imitarán su ejemplo. Dejó su pensamiento escrito en las Analectas, una colección de conversaciones con sus discípulos.

Sobre los caballeros: «Cuando veas a un hombre bueno, imítalo; cuando veas a uno malo, reflexiona.» «Si la naturaleza prevalece sobre la cultura, se tiene a un salvaje; si es la cultura lo que prevalece, a un pedante. Solo del equilibrio nace el caballero.»

Sobre la voluntad: «Nuestra mayor gloria no está en no caer jamás, sino en levantarnos cada vez que caigamos [...]. Se le puede quitar a un general su ejército, pero nunca a un hombre su voluntad.»

Sobre el éxito: «Hoy no interesa progresar, sino tener éxito. No espero encontrar al hombre perfecto. Me contentaría con hallar a un hombre de principios. Pero es difícil tener principios en estos tiempos en que la nada pretende ser algo y lo vacío prentende estar lleno.»

Sobre la política: «No es necesario participar forzosamente en el gobierno. Limítate a cultivar la piedad filial y sé bondadoso con tus hermanos y ya estarás contribuyendo a la organización política.»

Sobre la muerte: «Hay que esperar lo inesperado y aceptar lo inaceptable. ¿Qué es la muerte? Si todavía no sabemos lo que es la vida, ¿cómo puede inquietarnos conocer la esencia de la muerte?»

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