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viernes, enero 16

Libia, el juguete roto de Mussolini



(Un texto de Miguel Ángel Martín en el XLSemanal del 18 de abril de 2011)

Italia quería un imperio y tuvo que conformarse con los restos. Entre ellos, un trozo de desierto junto al mar y unos beduinos poco dispuestos a colaborar. La conquista y colonización de Libia fue tan brutal que sus sombras se extienden hasta los días de Berlusconi.

A principios de junio de 2009, Muamar el Gadafi llegó a Roma en viaje oficial. Plantó su jaima en los jardines de Villa Pamphili y despertó la curiosidad general al lucir en su pechera, sujeta con un imperdible, la foto de un anciano cargado de cadenas (la misma que abre este reportaje). Se trataba de Omar al Mujtar, conocido como el León del Desierto, el líder de la resistencia libia durante la colonización italiana en los años 20 del siglo pasado, cuya vida fue llevada al cine en 1981 en una de las más grandes producciones de la época, con Anthony Quinn y Oliver Reed en los roles principales. Muy pocos en Italia sabían algo del anciano de la foto ni de la película. Es entendible: el filme fue censurado durante 28 años en todo el país, hasta el día siguiente a la visita de Gadafi a Roma. Entonces sí, la noche del 11 de junio de 2009 la televisión pública estrenó por fin la película. Fue una forma de asumir una página vergonzosa de su historia que Italia se había negado a leer durante décadas para no ver las atrocidades cometidas durante su pasado colonial.

Italia tuvo que correr. Unificada en 1861, había llegado tarde al reparto de África, pero también quería su imperio, el que fuera, para posicionarse entre las grandes naciones. Pugnó así por las sobras de ingleses y franceses, interesada en la orilla norte del Mediterráneo. Sin embargo, sus regiones más ricas, Argelia, Egipto y Túnez, ya tenían dueño. Quedaba la franja formada por la Tripolitania y la Cirenaica, árida, pobre, despoblada y bajo el dominio de un Imperio otomano en declive. Un rival asequible. Entonces, la prensa clamó por «recuperar» la Libia del emperador Diocleciano, hacer del Mediterráneo el Mare Nostrum que fue y sacar músculo.

El Gobierno liberal de Italia declaró la guerra en octubre de 1911. La guarnición otomana, escasa pero ayudada por los nativos, plantó cara. Tras meses de combates, que incluyeron el primer bombardeo aéreo de la historia y el uso de vehículos blindados, los italianos ocuparon la costa y forzaron la paz. Los otomanos se marcharon, pero los libios siguieron luchando. Las guerrillas de Omar al Mujtar atacaban y desaparecían en el desierto, cortaban las líneas de suministros, mantenían viva la rebelión.

El 1 de noviembre de 1911, el subteniente Giulio Gavotti, de la Fuerza Aérea Italiana, arrojó a mano cuatro bombas de dos kilos desde su avión, un Etrich Taube, sobre un campamento otomano en el oasis de Taguira. Los italianos, encantados con el poder destructivo y desmoralizador del ataque, incorporaron esta nueva estrategia al conflicto. El resto de los países tomó nota y, tres años después, la aviación fue crucial ya en la Primera Guerra Mundial.

La lucha se recrudeció con el ascenso de Mussolini, en 1922. El Duce, que en su día había denunciado la «agresión imperialista» contra los otomanos, ordenó que se barriera la resistencia libia a cualquier precio. Todo valía así para minar el apoyo popular a la guerrilla: represalias a los civiles, fusilamientos, ataques con gases, quema de pueblos y la deportación de los habitantes del desierto. Unas 100.000 personas fueron confinadas en campos de concentración; la mayoría murió. «Si los libios no se convencen de lo bien fundado de lo que se les proponía, entonces los italianos deberán llevar una lucha continua contra ellos y podrán destruir a todo el pueblo libio para alcanzar la paz, la paz de los cementerios...», escribió por entonces el general Rodolfo Graziani, el Carnicero de Fezzan, al frente de la campaña que acabó con la captura y ejecución de Omar al Mujtar en septiembre de 1931. La resistencia murió con él y el país quedó pacificado en pocos años.

Libia fue incorporada a la Gran Italia como provincia en 1939. Para entonces, miles de colonos se habían asentado ya en las tierras más productivas, arrebatadas en los años 20. El censo de 1939 contaba ya 110.000 italianos en Libia, el 12 por ciento de la población, que, en Trípoli y Bengasi, subía a un tercio. Los planes del Duce eran ambiciosos: preveía 500.000 colonos en 1960. Activó un plan de infraestructuras e intensificó la explotación de los escasos recursos naturales del país (los yacimientos petrolíferos del desierto fueron localizados pasadas unas décadas).

Inició a su vez una política de integración entre italianos y musulmanes y él mismo, en un viaje a Libia en 1937, se hizo proclamar «defensor del islam», con entrega incluida de un sable beduino... forjado en Florencia. Todo un escaparate. Pese al discurso oficial y a haber sido bautizada como la cuarta orilla de Italia, Libia nunca pasó de ser una colonia explotada, sometida y excluida de las mejoras impulsadas por los amos en la península. Un destino similar al de las otras perlas del imperio: Eritrea, Somalia y Etiopía.

Con la esperanza de mejorar su situación, muchos libios se incorporaron al Ejército italiano al estallar la Segunda Guerra Mundial. Mussolini soñaba con agrandar el imperio a rebufo de sus aliados alemanes, «alcanzar la gloria que Italia persigue en vano desde hace dos siglos», como proclamó al lanzar la invasión del Egipto británico. Los éxitos de 1940 fueron fugaces y los aliados contraatacaron. Los italianos debieron pedir ayuda y la oportuna llegada del Afrika Korps de Rommel revirtió la situación temporalmente: a finales de 1942 los británicos ocuparon la Cirenaica y, en febrero de 1943, los últimos invasores abandonaron Libia. Los nativos no lloraron su marcha.

Pese al deseo de Italia de conservar Tripolitania, los tratados de paz de 1947 mantuvieron a Libia unida bajo la Administración británica. Avalado por la ONU, el país se independizó en 1951 y fue una monarquía constitucional hasta el golpe de Gadafi en 1969. Al año, los 20.000 colonos italianos aún presentes en Libia fueron expulsados y ese día, declarado fiesta nacional.

Muamar el Gadafi financió también El León del Desierto, uno de los filmes más caros de la época. Buena parte de la factura se debió a su exactitud histórica, a sus escenas con miles de extras, a los blindados ametrallando a los beduinos. Muchos de los italianos que al fin la vieron en 2009 descubrieron un lado poco conocido de su historia. No habían sido solo unos colonizadores poco afortunados, sino, a su vez, unos invasores y opresores sanguinarios antes y durante el fascismo. En Libia, en Etiopía, en Grecia, en Albania...

La muy difundida imagen del italiano como soldado inofensivo, un capitán Corelli amante de su mandolina y de las mujeres, se hizo trizas en lo que dura la película. Pocos criminales de guerra italianos pagaron sus culpas y los políticos se mostraron más interesados en ocultar los trapos sucios que en ventilarlos. Las disculpas al pueblo libio tardaron décadas en llegar. Y solo entonces llegaron también los lucrativos acuerdos comerciales.

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