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lunes, enero 19

Juan de la Cosa, un hombre de mar



(Un reportaje de Begoña Alonso en la revista Paisajes, de Renfe, de mayo de 2010)

Juan de la Cosa es conocido por su profesión más famosa, la de navegante, pero este peculiar personaje, de cuya muerte se [cumplieron] cinco siglos en 2010, desempeñó muchos otros papeles. Por ejemplo, además de experimentado marino, fue un cartógrafo muy preciso. Sus conocimientos le permitieron descifrar el verdadero significado del descubrimiento de América, al ser uno de los pocos convencidos de que se estaba avistando un nuevo territorio, frente a la opinión de Colón de que se había llegado a las Indias Orientales. Además de navegante y cartógrafo, fue un hombre político que contó con el apoyo incondicional de la monarquía y que fue enviado en diversas ocasiones por la reina Isabel la Católica a realizar misiones como espía en los países vecinos.

Según la opinión mayoritarita de los historiadores, De la Cosa nació en Cantabria, concretamente en Santoña (que en su época se denominaba Santa María del Puerto) en torno a 1450-1460. Otras teorías le hacen oriundo de Vizcaya: de ahí su apodo de El Vizcaíno, aunque hay quien justifica el mote señalando que, en aquellos siglos, a los habitantes del norte de España se les llamaba así por pertenecer marítimamente al golfo de Vizcaya. En todo caso, sabemos que nuestro hombre formaba parte de una familia de tradición de mar -de hecho, se cree que vivía en La Cosa, el barrio marinero de Santoña-, por lo que desde muy joven pudo haber emprendido diversas travesías de exploración por el Cantábrico y por la costa occidental de África, que le proporcionarían sus primeros conocimientos cartográficos.

La primera referencia histórica de Juan de la Cosa se ubica en Lisboa, en 1488. Los Reyes Católicos le habrían enviado como espía a la corte lusa para enterarse de los detalles del viaje del navegante Bartolomé Dias, que acababa de regresar del cabo de Buena Esperanza. No se sabe muy bien cómo De la Cosa habría conseguido los favores de los monarcas, aunque la mayoría de las hipótesis apuntan a que su fama como hábil piloto y meticuloso cartógrafo habría llamado la atención de los reyes.

Esa fama, junto a su posición como armador, habría hecho que Cristóbal Colón contratase en 1492 una de las naves de De la Cosa para formar parte de la expedición que le llevaría a las Indias Orientales viajando por el oeste. El barco, la famosa Santa María, encabezó la travesía, y su dueño habría ido como maestre. Durante el viaje comenzaron a surgir diferencias entre los dos: su manera de concebir la navegación era distinta y, además, nuestro marinero sospechaba que los cálculos del genovés sobre la duración del recorrido se habían quedado cortos. Tras arribar a una isla de las actuales Bahamas y permanecer durante unas semanas navegando por la zona, el barco encalló en costas haitianas y se desató la pelea entre ambos: Colón le responsabilizó del naufragio.

Algunos autores señalan, no obstante, que el Juan de la Cosa que acompañó a Colón podría haber sido otra persona con el mismo nombre, ya que está mejor documentada su participación en el segundo viaje a América (1493-1496). En esta expedición, su trabajo consistió en cartografiar los territorios-descubiertos: islas de Dominica, Puerto Rico, Guadalupe... A la vuelta se estableció en El Puerto de Santa María (Cádiz) y se dedicó a hacer mapas, su verdadera pasión. Recorrió las costas cantábricas para dibujarlas y perfeccionó sus instrumentales y sus mediciones.

De su ensimismamiento solo consiguió sacarle su amigo Alonso de Ojeda, un navegante al que había conocido en el segundo viaje de Colón. Junto con Ojeda y con el italiano  Americo Vespucci -por el que el Nuevo Mundo  recibiría el nombre de América- emprendió en 1499 su tercer viaje al otro lado del mar Océana, como por aquel entonces se denominaba. Piloto mayor y cartógrafo del viaje, recorre costas de Guayana, Paria y Venezuela. Las notas que tomará en su cuaderno a lo largo del año que dura este viaje, sus mediciones de las latitudes y los datos obtenidos anteriormente serán suficientes para que a su vuelta a España realice la carta universal que le hará pasar a la historia.

A finales de 1500, el navegante Rodrigo de Bastidas, que había conseguido licencia para explorar el nuevo continente, acude a Juan de la Cosa para pedir consejo sobre la ruta a seguir. Finalmente, decide que El Vizcaíno sea el primer piloto de su flota, que partirá en 1501 para Tierra Firme -es decir, para el territorio continental situado al sur de las Antillas-. En este cuarto viaje exploraron las costas del sur  Panamá, Colombia y Venezuela y tuvieron sus más y sus menos con las tribus indígenas, que sallan literalmente huyendo al ver las poderosas herramientas de los españoles: los caballos y las armaduras donde rebotaban las lanzas. Las amenazas de naufragio de las naves por culpa de la broma (un molusco lamelibranquio que perforaba las cuadernas de roble de las quillas) y la detención de Bastidas -acusado de negociar oro con los indígenas- hicieron que De la Cosa regresara a Cádiz en 1502.

Los cargos sobre Bastidas no hicieron mella en  el respaldo de los Reyes Católicos a Juan de la Cosa. De hecho, a los cuatro meses de volver es nombrado Alguacil Mayor de Urabá (Colombia) y es enviado a Portugal a una arriesgada misión política: descubrir qué había de cierto en la sospecha de que varias naves lusas estaban explorando, sin permiso ni abono de tasas, los territorios españoles del Nuevo Mundo. No saldrá muy bien parado de este trabajo puesto que será encarcelado por el rey Manuel I El Afortunado y tendrá que intervenir Isabel la Católica para conseguir su libertad.

No obstante, su experiencia en estos asuntos hará liderar la expedición que ordenó la corona de Castilla: bajo su mando, cuatro naves patrullaron entre 1504 y 1506 las costas americanas entre la isla Margarita y el golfo de Urabá para impedir posibles incursiones portuguesas. Tras este quinto viaje, tomó parte en la Junta de Burgos, en la que la monarquía convocó a los cuatro mejores navegantes del momento (Américo Vespucci, Vicente Yáñez Pinzón, Juan Díez de Solís y De la Cosa) para que opinaran sobre cómo se debían administrar los territorios descubiertos. Asimismo, su tarea de vigilante de los portugueses parecía no tener fin, pues fue solicitado por la Casa de Contratación para capitanear una flotilla de barcos que vigilaría las costas entre Cádiz y el cabo de San Vicente con el fin de impedir la llegada de naves lusas. Una misión que fracasó y tras la cual se volvió a embarcar con Rodrigo de Bastidas en su sexto Viaje (1507-1508) a América, con el fin de obtener beneficios económicos.

En noviembre de 1509 emprendería su séptimo y último viaje. La misión encargada por la Corona era mediar entre Alonso de Ojeda y Diego Nicuesa, los dos gobernadores de Tierra Firme, que no se ponían de acuerdo en ubicar los límites de sus respectivos territorios. De la Cosa propuso el río Grande del Darién (Panamá) como frontera y De Ojeda decidió lomar posesión de sus tierras, Nueva Andalucía, desembarcando en la actual bahía de Cartagena de Indias y desoyendo el consejo de De la Cosa, que le había propuesto atracar lejos de una agresiva tribu que habitaba en la zona. El 28 de febrero de 1510, en el transcurso de uno de los enfrentamientos con los indígenas, De la Cosa falleció atravesado por decenas de flechas bailadas en veneno. En Turbaco (Colombia), la población donde murió, se levanta hoy un pequeño monumento que recuerda su figura y su legado: el del cartógrafo que hace ya cinco siglos supo dibujar, de una vez y para siempre, el mapa del mundo en el que vivimos.

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