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martes, febrero 17

Nido de golondrinas



(Un texto de Alberto Serrano Dolader en el Heraldo de Aragón del 20 de julio de 2014)

Cuenta nuestro Ramón J. Sender que Dios y el diablo apostaron a ver quién era capaz de crear el pájaro más hermoso: del cielo bajaron golondrinas y del infierno se escaparon los murciélagos. No es la única leyenda sobre el origen de estas avecillas imparables y nerviosas: el Niño Jesús se entretenía modelando con barro pajaritas con las alas bien abiertas, que iba dejando en el suelo para que el sol las secase; un desalmado que pasó por allí comenzó a pisotearlas, pero Jesús dio una palmada y todas las pajaritas levantaron el vuelo. Esta segunda versión la recogió en el XIX Fernán Caballero, que añade: «Entonces en la casa en la que vivía el Niño Dios y sus Santos Padres, pegadas al alero del tejado, cogiendo del mismo barro con el que ellas habían sido formadas, se pusieron a labrar sus nidos, y desde entonces han seguido labrándolos en pobres y humildes casas, a las que llevan paz y ventura».

«Si uno destroza un nido de golondrinas, seguro que le ocurre una desgracia», comentan en Panzano (Hoya de Huesca) y en Tolva (Ribagorza) una octogenaria se me sincera: «En mi casa tengo más de sesenta nidos de golondrinas, pero no los quito porque da mala suerte». En el Pirineo también he oído que el edificio en el que anida una golondrina queda protegido contra el fuego destructor de los incendios (y contra los rayos y las tormentas). Aún más sorprendente es un remedio popular para combatir la mordedura de los perros rabiosos: beber vinagre en el que se haya disuelto tierra de un nido de golondrina (el que se atreva a probarlo, que re-clame a Plinio, que es quien lo escribió). Ciertamente, la simpatía hacia los nidos de golondrina está acreditada por la historia.

Hacia 1244 el rey Jaime I comenzó a dictar el 'Libro de los hechos', que no estuvo compuesto hasta algunos lustros más tarde. Al referir uno de sus viajes por la Corona de Aragón, anota: «Cuando quisimos levantar el campo, una golondrina había hecho su nido dentro del pliegue de nuestra tienda. Y ordenamos que no levantasen la tienda basta que ella con sus hijos se hubiese ido, ya que habían anidado bajo nuestra protección». ¿Enternecedor? Sí, aunque la finalidad del pasaje sea esencialmente simbólica, tal como apunta la filóloga Julia Butiña: «Se corresponde con la imagen por antonomasia feudal de la protección del señor» (por cierto, sobre esta anécdota escribió un poema de 130 versos el pintor maellano Hermenegildo Estevan, quien puede que hasta trasladara al lienzo semejante asunto).

Indiscutiblemente, las golondrinas están consideradas como aves sagradas en el acervo aragonés. A quien atente contra ellas se le caerá el pelo o la piel, y quien las mate cometerá un pecado. Cuando Cristo fue crucificado, se acercaron a paliar su sufrimiento, arrancándole con sus picos, de una en una, las espinas de la corona. Visto lo cual, no me extraña que Gómez de la Serna escribiera en sus greguerías: «Las golondrinas rozan apenas el estanque como si tomasen el agua suficiente para persignarse. Las golondrinas bordan en el cielo de sus vuelos el manto que piensan regalar a la Virgen».

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