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jueves, febrero 12

Las cartas de Napoleón y Josefina



(Un texto de Ángeles Caso en la revista Mujer de hoy del 2 de agosto de 2014, con una parte de M.L. Funes)

En 1795, cuando Napoleón y Josefina se conocieron, ninguno parecía tener un gran futuro. Él, un oficial de 26 años, se paseaba por París sin destino y sin dinero; ella había nacido en la Martinica y su marido había sido guillotinado. Su belleza, elegancia y encanto le permitían encontrar amantes ricos dispuestos a mantener su tren de vida. 

Pero ambos sabían que necesitaban casarse. A él le hacía falta una esposa que le abriera las puertas de los influyentes salones parisinos. Ella, consciente de que su belleza se marchitaba, debía encontrar a alguien que la librara de la miseria. La suya fue una boda de conveniencia; pero algo salió mal: Napoleón se enamoró. Sus primeras cartas lo reflejan así: “No he pasado ni un solo día sin amarte; no he pasado ni una sola noche sin estrecharte entre mis brazos; no he tomado ni una taza de té sin maldecir la gloria y la ambición que me mantienen alejado del alma de mi vida”. 

Josefina, en cambio, no parecía sentir gran interés por su marido. Se buscó un amante y se dedicó a divertirse en París. Napoleón le escribía cada noche cartas de amor, rogándole que fuera a reunirse con él: “El día en que atravieses los Alpes será un día muy feliz. Es la más bella recompensa a mis sufrimientos”. Pero ella, en sus escasas cartas le mentía, usando toda clase de excusas para no viajar, incluido un falso embarazo. Todo cambió tres años después. Napoleón, en plena campaña de Egipto, supo de la infidelidad de su mujer. Su reacción fue radical: se buscó una amante, la primera de muchas, y su amor dejó paso a un simple cariño lleno de altibajos. Las despedidas arrebatadas –“Adiós, mi dicha, mi vida, todo lo que existe para mí en la tierra”-, dieron paso a un moderado “Mil cosas cariñosas para ti”. Josefina ya no era el centro de su vida, aunque a veces la deseara: “Recuerdos a tu primo y tu prima”, le escribía, refiriéndose sin duda a las partes íntimas de su esposa.

Ahora era ella la que temblaba por él. Probablemente nunca llegó a amarlo, pero sí vio que podía verse abandonada por el marido que hacía de ella una mujer rica y respetada. Se volvió sumisa y soportó con humildad las crueldades de Bonaparte y hasta los malos tratos que llegó a infligirle, según algunos testimonios. Sus cartas se llenaron de expresiones de amor: “Sí, también mi voluntad es agradarte, amarte o, más bien, adorarte”. 

En 1802, Napoleón era ya emperador. En sus cartas, daba instrucciones a Josefina sobre su comportamiento: “La grandeza tiene sus inconvenientes: una emperatriz no puede ir donde va una mujer particular”. Josefina sabía que su situación era frágil. Napoleón necesitaba un heredero. Sus dos hijos ilegítimos demostraban que no era él la causa de que ella no concibiera. Y aunque se resistió durante años a abandonarla, en 1810 se produjo el divorcio y la inmediata boda del emperador con la archiduquesa María Luisa de Austria. 

Él siguió escribiendo a su exesposa casi a diario: “Demostrarías conocer muy mal mis sentimientos si dieras por supuesto que puedo ser feliz si tú no eres feliz”. Ella se instaló en el palacio de Malmaison y viajó por Europa con un nuevo y joven amante. El emperador seguía concediéndole enormes cantidades de dinero. Sí, Josefina seguía teniendo un ascendiente sobre su exmarido que usaba con astucia. “Bonaparte –así lo llamó siempre-, me prometiste no abandonarme [...]. Eres mi único amigo”. Pero, tras el divorcio, la estrella de Napoleón declinó. 
En 1814 abdicó y se retiró a la isla de Elba. Un mes después, a los 51 años, Josefina fallecía de pulmonía. Unos días antes había recibido una última carta: “Adiós, mi querida Josefina, resignaos como yo, y no dejéis de recordar al que jamás os olvidó”. Y es cierto que la recordó, aunque no siempre de forma halagadora, como indican sus memorias: “Quise de verdad a Josefina, aunque no la estimaba. Era demasiado mentirosa. Pero tenía algo que me gustaba mucho: era una verdadera mujer”. 

Josefina, icono de moda 
La criolla de Martinica, convertida en emperatriz de Francia, dejó tras de sí una estela de avances en la moda y un estilo peculiar. Decidida, atractiva y segura, su legado incluye tendencias que aún siguen vigentes. 

-Lanzó el corte imperio, que desterró cancanes y corsés. Se crearon vestidos rectos, ceñidos bajo el pecho, que proporcionaban una silueta cómoda y atractiva. 

-Puso de moda las pashminas. Se las traían comerciantes de la India para ella, ante un horrorizado Napoleón, que quería reivindicar el terciopelo francés y veía sus palacios inundados de pashminas y muselinas extranjeras. 

-Collares de perlas. Josefina encargaba modificaciones y engarces nuevos a los joyeros y –como Chanel– puso de moda las perlas y los collares largos. 
-Flores y guirnaldas. Adornaba sus ropas, peinados y accesorios con flores de tela, también como Coco haría un siglo después con sus camelias.

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