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jueves, marzo 5

El día de la victoria



(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 27 de agosto de 2010)

Berlín, 8 de mayo de 1945. La Segunda Guerra Mundial termina oficialmente en Europa con la rendición formal de las fuerzas armadas alemanas.

Victoriosos amigos, la jornada es nuestra; el perro sanguinario ha muerto”. La BBC anuncia así, con una cita del Ricardo III de Shakespeare, la muerte de Hitler, que se ha suicidado en Berlín el 30 de abril de 1945. A los ingleses, a esas alturas del conflicto mundial, no les queda otro papel que una gloriosa retórica.

La muerte del perro sanguinario supone la desaparición definitiva del III Reich, el final de la locura desatada por Hitler que ha ensangrentado a Europa, pero terminar la guerra resulta más difícil que empezarla.

Antes de suicidarse, Hitler ha nombrado sucesor al frente del Reich al gran almirante Dönitz, que se encuentra fuera de Berlín, en la costa báltica. Dönitz no pretende nada más que rendirse, pero intenta hacerlo en las condiciones más ventajosas para los alemanes. No se trata de conservar territorios o soberanía, sino de sacar el mayor número posible de soldados y de población civil del alcance de los rusos. Las salvajadas que han hecho los alemanes en Rusia les hacen temer a los soviéticos más que al mismo diablo.

El primer parlamentario de Dönitz que se presenta, bajo bandera blanca, en el cuartel general de campaña de Montgomery en Luneburg es el almirante Von Friedeburg, jefe de la flota de submarinos, a quien Dönitz acaba de traspasar su propio cargo de jefe de la Marina. El día 4 de mayo firma ante Montgomery la primera capitulación alemana, pero se las arregla para convencer al general inglés de que sólo puede rendirse en ese frente. En el Este, ante los rusos, no hay rendición, para intentar llevar el mayor número de soldados y civiles hacia el Oeste.

Montgomery acepta estas condiciones y envía al almirante al cuartel general de Eisenhower, que en cambio las rechaza. Sólo aceptará una rendición incondicional y en todos los frentes. Para ganar tiempo, Von Friedeburg argumenta que no tiene atribuciones para llegar tan lejos y envía un mensajero a Dönitz, pidiéndole que mande a alguien autorizado. Llega entonces a Reims el general Jodl, el que ha sido jefe del Estado Mayor general de Hitler, siempre obsequiosamente plegado a los caprichos y genialidades del führer. Jodl discute con el jefe de Estado Mayor de Eisenhower, el general Bedell Smith, que se muestra inflexible. En la madrugada del 7 de mayo le comunica a Dönitz: “Sólo hay una alternativa: el caos o la firma”.

Por fin, a las 2.41 horas del 7 de mayo, los parlamentarios alemanes entran en la sala de mapas de Eisenhower dispuestos a firmar. Jodl, argumentando astutamente dificultades materiales para comunicar la orden a las dispersas unidades alemanas, logra atrasar hasta las “0.00 horas del día 9, horario de verano alemán” el momento de suspensión de hostilidades. El general Jodl firma en nombre del Ejército, el almirante Von Friedeburg, en nombre de la Marina, pero para representar a la Luftwaffe sólo han encontrado un oficial inferior, el comandante Oxenius. Por parte aliada firma Bedell Smith, pero no Eisenhower, aunque está presente.

Sin embargo, esta segunda capitulación alemana tampoco será la definitiva, pues Eisenhower conmina a Jodl para que, “en el momento en que lo determine el mando supremo soviético”, el comandante en jefe alemán se vuelva a rendir en Berlín.

El tercer acto de capitulación tiene lugar en el cuartel general soviético, en un suburbio al este de Berlín llamado Karlhost. Zukov se ha instalado allí durante la ofensiva en abril, utilizando uno de los pocos edificios intactos, un antiguo club de oficiales alemanes, hoy día convertido en museo. Allí llega al caer la noche, impecable en su uniforme, bastón de mariscal incluido, el comandante en jefe de la Wermacht (el conjunto de las fuerzas armadas alemanas), Wilhem Keitel. Hace el saludo militar con elegancia, pero ningún oficial aliado se lo devuelve. Si hubiese acudido a rendirse Von Rustedt, o Guderian, le habrían tratado como a un soldado honorable, pero Keitel ha sido el lacayo de Hitler, es un criminal de guerra nazi y será condenado a muerte en Nu-remberg, junto al general Jodl.

No hay por tanto cortesía con ese vencido, que sin embargo se permite una impertinencia cuando ve que hay un representante francés en la ceremonia: “¡Pero si Francia no ha ganado la guerra!”. No es el único que desaira al general De Lattre de Tasigny, enviado por De Gaulle. Andrei Vichinsky, el representante personal de Stalin –su fiscal en los vergonzosos procesos para purgar la vieja guardia bolchevique- también se ríe de ese invitado con un sarcasmo: “¡Francia entre los vencedores! ¿Y por qué no China?”.

Aunque se ha fijado la fecha oficial del 8 de mayo como final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, en realidad la firma de la rendición se retrasa y tiene lugar después de medianoche, exactamente a las 0.45 del 9 de mayo. Por parte alemana firman Keitel, otra vez el almirante Von Friedeburg y, esta vez sí, un alto oficial en nombre de la Luftwaffe, el coronel general Stumpff. Por la otra parte estampan su firma el mariscal Zukov y, en representación de Eisenhower, su adjunto en el Mando Supremo aliado, el mariscal del aire británico Tedder. Como testigos lo hacen un general de aviación americano, Spatz, y el francés De Lattre.

Después, ya sin los alemanes, viene la celebración. Los rusos han dispuesto mesas cubiertas de finos manteles, donde despliegan una vajilla regia y cubertería de plata, una muestra de su botín de guerra, para degustar caviar con champagne. Pero los brindis serán con vodka, al estilo ruso. El mariscal Zukov, el conquistador de Berlín, levanta el vaso para el primero:

“¡A la salud de Stalin, de la Rusia eterna, del Ejército Rojo; a la salud de la gran América, de la indomable Gran Bretaña y de Churchill, el león!”.

La guerra ha terminado.

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