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jueves, enero 15

El quijote de Malaui y sus molinos

(Un texto de Daniel Méndez en el XLSemanal del 9 de febrero de 2014)

Una vieja bicicleta, el ventilador de un tractor, tubos para desagües... Con estos materiales, William Kamkwamba proporcionó luz eléctrica a su aldea: Wimbe (en Malaui), uno de los puntos más pobres del mundo. Lo hizo con 14 años. Hoy, a los 26, se lo rifan las universidades. Un libro, 'El chico que puso hélices al viento', cuenta su historia.

En chichewa, la lengua de la familia bantú que se habla en Malaui, no existe una palabra para 'molino de viento'. Así que, cuando le preguntaron, William improvisó.

«Magetsi a mpfepo», dijo. «Es viento eléctrico. Se lo mostraré». Y, ante la mirada burlona y curiosa de un grupo creciente de vecinos, acercó el cable a la dinamo y retiró el radio de bicicleta que impedía que giraran las aspas. Poco a poco estas fueron cobrando velocidad, hasta que un golpe de viento hizo tambalearse la artesanal estructura. Entonces se obró el 'milagro'. Primero un leve fogonazo, después la bombilla brilló con intensidad. «¡Viento eléctrico!», gritó William Kamkwamba. «¡Ya decía yo que no estaba loco!». Durante varios meses, muchos habían pensado lo contrario. Ahora aplaudían al pequeño, que sonreía encaramado a lo alto de una extravagante torre de cinco metros de altura. Nunca habían visto nada parecido en Wimbe.

En un país donde solo el dos por ciento de la población tiene acceso a la electricidad, el tesón de un chaval de 14 años había dado con una ingeniosa solución: construir su propio molino con restos que fue recogiendo en el desguace local y por la calle. Una vieja bicicleta que su padre le cedió a regañadientes, el ventilador de un tractor, tubos de PVC que usaban para los desagües, el viejo cojinete de una máquina para moler cacahuetes... Y, sobre todo, un libro olvidado en un rincón de la escueta biblioteca local: Using energy, se llamaba. Era un libro destinado a los estudiantes de primaria de los Estados Unidos, pero había ido a parar a Wimbe, la pequeña aldea donde vivía William con su familia. Él, que apenas hablaba inglés, se empeñó en sacarle todo el jugo que podía —con la inestimable ayuda de la encargada de la biblioteca, que le echaba un cable (nunca mejor dicho) con los términos que se le resistían—.

«El encuentro con ese libro cambió mi vida», rememoraría más tarde William. Y no es solo una exageración digna de la más entusiasta de las lecturas. Es literal. Cuando encontró el manual, acudía por libre a la biblioteca del pueblo porque la escuela estaba vetada para él. Había completado sus estudios de primaria, pero cuando llegó la ansiada hora de acudir a secundaria, sus padres no pudieron pagar la cuota. Era el año 2002, uno de los más duros de la historia reciente del país. La tenaz sequía, la corrupción de unos líderes que habían vendido las reservas estatales de grano, y la falta de alternativas dieron al traste con muchos sueños y con miles de vidas. William vio cómo su familia, junto con el resto de la población, iba perdiendo desesperadamente peso. Murió su tío y mochos vecinos de su pequeña aldea de 200 habitantes.

Aquella escuela que sus padres no pudieron pagar costaba el equivalente a 80 dólares anuales (unos 60 euros). Hoy William ha cumplido los 26 años y está a punto de completar, gracias a una beca, sus estudios de Ingeniería y Ciencias Medioambientales en la Universidad de Dartmouth (New Hampshire, Estados Unidos), cuya matrícula anual alcanza los 60.000 dólares, unos 44.000 euros. Su plan, cuando termine los estudios esta primavera, es volver a su tierra natal y contribuir a mejorar las condiciones de vida de uno de los rincones más pobres del planeta.

Atrás queda la infancia de un chaval que, calzado con unas viejas chanclas, se dedicaba a construir pequeños karts de madera o que desmontaba radios con su primo para entender cómo funcionaban. Llegaron a montar un pequeño establecimiento donde reparaban los aparatos de sus vecinos. Más tarde se corrió el rumor de que ese pequeño que hurgaba entre la basura y en el desguace de Wimbe tenía la mente nublada por los efectos de la marihuana. Incluso su madre llegó a preocuparse por su hijo, que acumulaba chatarra en un rincón de su cuarto. «Con esas cosas tan raras que hace, nunca encontrará una esposa», le decía, preocupada, a su marido.

Pero esas cosas raras escondían grandes planes. No solo quería levantar un molino que permitiese a su familia prescindir del queroseno para poder ver por las noches, un preciado líquido que solo podían adquirir recorriendo a pie los siete kilómetros que separaban su aldea del punto de venta más cercano. También quería instalar una bomba de agua que les permitiera eludir los caprichos de la lluvia. Y terminó haciéndolo. Menos suerte tuvo con otros proyectos visionarios, como aquel intento de utilizar el biogás a modo de combustible, que solo consiguió, para disgusto de su madre, arruinar una cacerola que había llenado con excrementos de cabra.

La historia del pequeño inventor llegó a los oídos adecuados, cambiando para siempre la fortuna de William Kamkwamba, su familia y su pueblo. Pronto se corrió la voz, y aquellos que antaño lo miraban con gesto torcido acudían ahora para recargar sus teléfonos móviles. Hasta que un día unos funcionarios fueron hasta el pueblo para pasar revista a la biblioteca y repararon en la extraña construcción que se alzaba en el patio de la familia Kamkwamba. Impresionados, se lo contaron a su jefe, el doctor Harford Mchazime, que acudió a ver el invento con sus propios ojos. Él fue quien dio a conocer la historia al mundo, haciéndose acompañar de periodistas.

Las cosas a partir de ahí fueron muy rápido. Su historia corrió como la pólvora en blogs y periódicos (llegó a aparecer en portada en el Wall Street Journal, en 2007). Fue invitado a Tanzania a participar en una de las conferencias TED (charlas de grandes innovadores que se celebran en todo el mundo). Para acudir, montó en avión por primera vez. Y allí navegó por primera vez en Internet. Corría el año 2007. Desde entonces, William ha sido citado por personajes como Al Gore o Bill Clinton. Ha estudiado, becado, en la African Leadership Academy de Johannesburgo (Sudáfrica) y en universidades en los Estados Unidos. Ha coescrito un libro, ha visto cómo se estrenaba un documental que cuenta su historia y ha llevado energía solar hasta su aldea. Mucho más de lo que jamás hubiese soñado un pequeño que se veía abocado a ser campesino en un rincón remoto de Malaui.

PARA SABER MÁS

El chico que puso hélices al viento. De William Kamkwamba y Bryan Mealer. Ed. Planeta.

https://www.youtube.com/ watch?v=T1XfFVoHJSU. Conferencia de William Kamkwamba en TED. Con subtítulos en español.

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¡PÓNGAME UN LITRO DE LUZ!

Otra brillante idea, fruto de la necesidad: emplear una botella de plástico llena de agua y cloro para que acumule los rayos solares allí donde la electricidad no llega o es demasiado cara. Así funciona el método Maser.

EL INVENTOR Alfredo es un mecánico que vive en Uberaba (Brasil). Los frecuentes apagones lo llevaron a investigar el efecto de la luz refractada en garrafas de agua.

EL INVENTO. Añadiendo unas gotas de cloro, para evitar que se formen impurezas en la botella, e instalándola en el techo de la vivienda, se puede iluminar toda una estancia. La compañía estatal de energía eléctrica midió la potencia de su invento: equivale a una bombilla de 60 vatios. Sólo funciona cuando hace sol -es decir, de día- pero ilumina cualquier espacio por oscuro que sea.

LA IDEA SE EXTIENDE. En 2011, la idea llega a oídos de Illac Angelo Diaz -director de la Fundación Myshelter de Flipinas (donde un cuarto de la población vive con un dólar al día-. Hoy el método Moser se aplica en 150.000 hogares filipinos. Más de un millón de personas lo usan en La India, Tanzania, Bolivia, Colombia... En España también, en poblados como la cañada Real de Madrid.

PARA TODOS. Cerca de mil millones de personas en el mundo no tienen acceso a la comente eléctrica. Pero las botellas de plástico abundan y el agua, mal que bien, es también fácil de hallar.

EL CIUDADANO GLOBAL. El secretario general de Naciones Unidas, el surcoreano Ban Ki-moon, se refirió a Moser diciendo: «No se ha enriquecido con us invento. Lo ha donado al mundo. Pero es una de las personas más ricas que conozco en sabiduría y compasión. Un auténtico ciudadano global».

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