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lunes, agosto 6

Calatayud y su comarca II

Salimos del monasterio pero no dejamos el Piedra, y aguas arriba, a unos 10 kilóme­tros, en Llumes, nos encontramos una her­mosa iglesia románica, la de San Miguel. La mayoría de las iglesias de la comarca se ven por fuera, aunque si tenemos mucho interés, siempre podemos preguntar por la vecina que guarda la llave. Más arriba, en Cimballa, está el nacimiento del Piedra y se ha colocado un mirador para ver los 'ojos' del río, las surgencias por donde las aguas subterráneas salen al exterior. Frente a ellos hay restos de un castillo de la guerra de los Pedros y al lado se ha restaurado un viejo molino harinero. Saltamos ahora al río Mesa, en dirección al cruce con Campillo de Ara­gón. Hay que girar ala izquierda y tomar una carretera, con mucho encanto y más cur­vas, para llegar a la frontera con Castilla. Después de pasar Campillo se desciende hacia Jaraba y el río Mesa: hemos pasado de un valle a otro y la explosión de la pri­mavera es apabullante, con los prados tapi­zados de florecillas y amapolas y el verde intenso de los campos sembrados de cebada.

Xaraba significa en árabe aguas abun­dantes. Y así es. Por Jaraba pasa el río Mesa y aquí se puede disfrutar de tres balnea­rios: La Virgen, Sicilia y Serón. Vale la pena visitar la ermita, del XVII, y hacer un reco­rrido por el impresionante cañón. El Mesa baja con agua todo el año y la carretera dis­curre por las hoces, junto al río, que forma una vega muy estrecha, con nogales y cho­pos, y el vuelo de los buitres acompañán­donos en todo el camino. Se calcula que hay unas 75 parejas, además de alirnoches, búho real y halcón peregrino. Con suerte, también pueden verse vencejos reales, roqueros soli­tarios y también los rojos, mirlos acuáticos... y a nuestro alrededor, paredes verticales, de colores blanquecinos por la cal, de hasta 100 metros. Las aves rapaces tienen aquí. su particular paraíso y desde el mirador de Calmarza se obtienen magníficas vistas de toda esta riqueza natural. Lo más recomen­dable es venir aquí con los guías de El vuelo del Buitre (www.elvuelodelbuitre.es) que recrean a los visitantes con una maravillosa lección que aborda todas las características y curiosidades de esta rapaz, el buitre leonado, y también de otros 'parientes', como el alimoche, o bui­tre sabio, una rara especie del que sabremos que es un pájaro capaz de utilizar herramientas. Este mirador junto al Mesa es un lugar privilegiado por la cantidad de buitres que se ven y lo cerca que están.

Salimos ahora en dirección a Cetina, donde se casó Quevedo en 1634. Aquí quedan los restos de un castillo-palacio, y es un buen sitio para reponer fuerzas y probar la cocina tradicional, como los torreznos, en alguno de su bares. Pero el mejor momento para conocer Cetina es cuando celebra la festivi­dad de San Juan Lorenzo, cada 19 de mayo, y se representa la Contradanza, un baile ancestral y único que se realiza al anoche­cer, a la luz de las antorchas.

Alhama de Aragón cuenta con un gran lago termal, con un perímetro de 500 metros, que se mantiene a 27 o 28 grados todo el año, un placer sobre todo en primavera. El nombre actual de la villa se debe a los ára­bes que cambiaron el original Aquae Bilbi­tanorum por el de Al Hamar': los baños. Durante mucho tiempo fue una villa balne­aria de las más importantes de España, a la que acudía la aristocracia. Y es que ade­más de las Termas Pallarés, el balneario actual, había otros tres más. Se mantienen los recios edificios, ahora convertidos en hoteles, uno de ellos de cinco estrellas. Y justo por el medio, sigue pasando el tren, junto al lago. Pero este plácido rincón no conoce las prisas, ni el estrés. Tomamos ahora dirección hacia la Nacio­nal II y aquí nos encontramos con el Camino del Cid que discurre por Bubierca, Ateca, y sigue por Terrer, donde está La Posada del Cid, y Munébrega. Regresamos a Ateca para conocer la segunda mayor población de la comarca. Conserva los restos de un casti­llo de la reconquista (reconvertido en hotel), que tiene adosada una torre con el que dicen que fue el primer reloj de la comarca. Y es que querían saber la hora exacta sin tener que preguntar a sus vecinos de Calatayud. Además, está la iglesia de Santa María, con una torre mudéjar que junto con la de Belmonte es de las más antiguas de la zona. La parte baja es mudéjar y con cerámica vidriada mientras que la parte superior es una obra barroca. Antes de llegar a Terrer, desde Ateca, hay que ir atento al lado izquierdo porque aquí se levanta una her­mosa noria de agua en buen estado. Y, sin apenas darnos cuenta, nos adentramos en la sierra de Armantes, pintada con una paleta de tonos rojizos, praderas verdísimas y cárcavas muy curiosas.

A pocos kilómetros de Calatayud, hacia el Norte, está Torralba de Ribota. Aquí el mudé­jar ha dejado otra de sus joyas. La iglesia-fortaleza de San Félix (siglo XVI) es una mag­nífica muestra del gótico mudéjar. Y un poco más allá, Aniñón ofrece una estampa abi­garrada, con la mole del templo sobresa­liendo y dominando el caserío, sobre todo cuando, al caer el sol, los adornos de cerá­mica vidriada reflejan miles de destellos dorados y rojizos.

Muy cerca llegamos a Cervera de la Cañada, con su iglesia adosada al perfil de su casti­llo. En su interior hay una inscripción que atribuye las obras al maestro Mahoma Rami. Éste es sin duda el arquitecto mudéjar más notable que trabajó en la región, entre 1404 y 1426, y obras suyas son también la iglesia de Torralba de Ribota, Tobed y la Seo de Zara­goza. Los mudéjares usaban ladrillos, yeso, madera, azulejos, cal y cerámica vidriada. Y lo más curioso es que se han encontrado prue­bas de que realmente no llegaron a abando­nar su fe, ya que han aparecido algunas ins­cripciones en este templo donde se puede leer: "Dios es uno y únicamente uno". Esta magnífica ruta por el mudéjar nos lleva a descubrir, también, parajes naturales incre­íbles. Como las hermosas vistas del Moncayo que se vislumbran desde Moros. Ahora, aún con la cima nevada. O como el maravilloso pozo de los chorros que salpican el paisaje de Bijuesca. Pero si hay una imagen sorpren­dente, esa será la del flamante molino de viento que aparece en el horizonte al acercar­nos a Malanquilla. De un blanco luminoso, como los que adornan las llanuras de La Man­cha. Y siguiendo hacia la frontera con Soria, más sorpresas. Las que nos brindan los rin­cones del valle del río Manubles, casi en la falda del Moncayo, y la curiosa historia del último pueblo de la comarca de Calatayud, que es Torrelapaja: aquí puede verse la hue­lla de una mano de oso que estuvo clavada en la puerta del hospital de San Milán. La leyenda cuenta que se trataba de un amu­leto que se usaba para ahuyentar a la mala suerte. Supersticiones de otros tiempos.

La Comarca de la Comunidad de Calata­yud guarda muchos otros lugares que seguro deleitarán al viajero, llenos de belleza y de pequeñas y grandes historias. En su lado más oriental, la sierra de Vicor-Espi­gar, las riberas de los ríos Perejiles y Grío, y los valles del Jiloca y del Jalón medio, cuentan también con joyas para conocer. Algunos de sus monumentos se engloban dentro del Mudéjar Patrimonio de la Huma­nidad, como la magnífica iglesia gótico- mudéjar de Santa María, en Tobed. Resulta imposible abarcar esta comarca aragonesa de una sola vez, y esa será la mejor excusa para volver a visitarla.

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