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martes, septiembre 3

Celestino V, el primer Papa que dimitió



(Extraído de un artículo de Juan Manuel Laboa en el suplemento dominical de El Mundo del 24 de febrero de 2013)

A la muerte de Nicolás II, 11 cardenales se reunieron en abril de 1292 con el fin de encontrar un candidato aceptable para ser elegido Papa. No fueron capaces porque estaban divididos y enfrentados. Tras más de un año de forcejeos en estado de absoluto desconcierto, se enteraron de la predicación apocalíptica de un eremita muy conocido y respetado en el sur de Italia en la que amenazaba a la Iglesia con toda suerte de calamidades si no llegaban a una elección rápida. Los cardenales decidieron designar por unanimidad precisamente a ese eremita, convencidos de que estaba movido por una cierta inspiración divina. El anciano, aunque asatado por todas las dudas del mundo, aceptó la designación imprudentemente o, tal vez, proféticamente, y tomó el nombre de Celestino V.

El Papa, que nada tenía que ver con la curia ni con el ambiente romano, representaba el ala del cristianismo que más detestaba la riqueza, la mundanidad y la mezcla de la Iglesia con la política, es decir, la línea contraria a la de los cardenales que lo habían elegido y que, ciertamente, no estaban dispuestos a muchos cambios. Celestino V, hombre sencillo y profundamente espiritual, no estaba preparado para afrontar los manejos e intrigas de estos personajes. 

¿Por qué lo eligieron? Confluyeron diversas causas: por el cansancio ante una situación que no eran capaces de dominar, por la convicción de que el santo hombre sería dócil y no les causaría problemas, porque pensaron que ciada su edad duraría poco y por la ilusión de que conseguiría transformar la Iglesia, sin darse cuenta de que los santos resultan siempre imprevisibles y difícilmente siguen las normas de los mundanos, aunque lleven púrpuras y anillos. 

Al poco tiempo de ser elegido, Celestino V comenzó a madurar la idea de abandonar el cargo y preguntó a los expertos de derecho canónico si era posible que el Papa dimitiese. Le respondieron que ninguna ley ni divina ni humana lo impedía. 

Aunque Dante juzgó con enorme severidad este abandono en su Divina comedia -fundamentalmente por opciones políticas-, es más justo considerar la decisión papal como una muestra de su libertad de espíritu y de la aceptación humilde de que no podía ejercer debidamente el cargo por su edad y por su incapacidad para vérselas con la ambición, los juegos sucios y la deslealtad de quienes le rodeaban. Aparece también en el trasfondo de este caso la dificultad de conjugar convenientemente las exigencias de una Iglesia política con las propias de la Iglesia mística. Demasiadas contradicciones para un espíritu sencillo que había decidido en su juventud seguir a Cristo sin condiciones ni glosa.

Liberado del pontificado a los cinco meses de haberlo asumido, Pietro Morrone quiso volver a su amada ermita. Pero su sucesor, Bonifacio VIII, temiendo que sus enemigos lo utilizaran chantajeándole con un cisma, lo secuestró y mantuvo prisionero en el castillo de Fumone, donde murió el 19 de mayo de 1296 a los 81 años de edad. Inmediatamente corrió la voz de que había sido asesinado y, aunque nada probó la acusación, el pueblo que lo admiraba lo consideró mártir. Clemente V lo canonizó el 5 de mayo de 1313 en la catedral de Avignon (Francia). 

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