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domingo, agosto 25

Raymond Chandler, de la petrolera a la literatura



(Un artículo de Inma Muñoz en el suplemento dominical de El Periódico de Aragón del 4 de agosto de 2013)

La conjunción de una profunda crisis de alcance mundial con otra no menos profunda pero de alcance íntimo puede tener efectos devastadores. Pero también puede cambiar la historia de la literatura. Eso es lo que sucedió cuando Raymond Chandler (Chicago, 1888-La Jolla, California, 1959) fue despedido de la petrolera Dabney Oil Syndicate, en la que ocupaba un puesto ejecutivo. La caída de beneficios de la empresa causada por la crisis del 29, unida a los incumplimientos de Chandler, mucho más interesado en la botella y en las secretarias que en hacer brillar los números de la compañía, no dejaron otra a sus superiores que ponerle de patitas en la calle. 

Corría 1932 y él no era ya ningún pipiolo: había cumplido los 44 y le tocaba volver a reinventarse, como había hecho al volver del frente una vez acabada la I Guerra Mundial, cuando había decidido estudiar contabilidad, aceptar un empleo en la petrolera y empezar esa prometedora escalada profesional que le había llevado a los puestos directivos. Pero la escalada había acabado en batacazo por culpa de su mala cabeza. Su hígado y su esposa sin duda lo lamentaron. Los que solo un año más tarde podrían empezar a gozar de sus relatos, seguro que no. 

Porque ese despido lo cambió todo. Chandler pensó que había llegado la hora de dedicarse a lo que realmente le apasionaba: la literatura. Hijo de un estadounidense y una británica, cuando sus padres se divorciaron, su madre se lo llevó a Inglaterra, donde cuidó con mimo su formación. Estudió latín y griego y leyó a los clásicos, y llegó a publicar un libro de poemas y un relato. Se crió entre historias victorianas de fantasmas y adorando a autores como Saki, pero en Estados Unidos descubrió el pulp y, cuando decidió que la literatura sería lo que le salvara de la ruina financiera y personal que le iba a acarrear el despido, optó por adentrarse en el género negro porque, aunque menor según su criterio, o precisamente por eso, sentía que estaba a su alcance. 

Publicó el primer relato a los 45, Los chantajistas no disparan, confirmando esa pequeñez, pero cuando en 1939 debutó con su novela El sueño eterno, en 1940 triunfó con Adiós, muñeca y en 1943 remató con La dama del lago, el género se había hecho -él lo había hecho- enorme.

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