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jueves, agosto 22

Darwinismo: el enfrentamiento inevitable



(Un artículo de Luis Arsuaga en la revista Muy Interesante de agosto de 2012)

La teoría de la evolución no termina con Darwin, sino que con él empieza. Para ser exactos, el sabio inglés no fue el primero en proponer que las especies cambiaban a lo largo del tiempo y se transformaban en otras distintas, pero dio con la razón de que se produjera tal cambio y, en consecuencia, con su explicación. A esa ley -que hacía que las especies no permaneciesen fijas sino que se modificasen- la llamó selección natural. Otro inglés, Alfred Russel Wallace llegó a la misma conclusión y ambos autores son codesdecubridores de la teoría del origen de  especies por medio de la selección natural. Esta poderosa fuerza que impulsa la evolución actúa al nivel de los individuos, porque solo unos pocos sobreviven (los mejor adaptados), mientras que la mayoría muere sin descendencia, de un modo muy parecido a cómo los ganaderos eligen los machos y hembras que se reproducirán en función de sus características. El caballo que más corra en el hipódromo será el futuro semental. 

Tras Darwin vino el redescubrimiento de las leyes de la herencia biológica de Mendel, que se produjo en 1900. La biología ya contaba con una explicación para la transmisión de los caracteres de padres a hijos, pero no se vela, en principio, cómo podían asociarse los descubrimientos de Darwin Y de Mendel. La alianza entre la genética y el evolucionismo vino de la mano de la genética de poblaciones y dio lugar, hacia mediados del siglo XX, al neodarwinismo. A esta corriente se sumó la paleontología, que no era en los tiempos de Darwin nada favorable al evolucionismo.

Pero no termina aquí la historia, porque aún faltaba un importante capítulo. En 1964, el inglés William D. Hamilton publicó un par de artículos en los que planteaba un nuevo tipo de selección, que no actuaba sobre los individuos, sino sobre las familias, y por eso se conoce como selección familiar. Lo que dice, en esencia, es que lo que cuenta son los genes que uno transmite, bien a través de los hijos propios, bien de los descendientes de nuestros hermanos y primos en diferentes grados. La selección actúa, en consecuencia, a un nivel superior al del individuo, el nivel de la familia. 

A partir de aquí, Richard Dawkins desarrollaba en 1976 su idea del gen egoísta, que viene a decir, sucintamente, que los cuerpos son el medio que tienen los genes de perpetuarse. Los cuerpos mueren y los genes perviven como copias en otros cuerpos. El nivel de la selección ha bajado ahora hasta el ADN. ¿Pero qué pasa con las especies que viven en grupos? ¿No habrá una unidad de selección superior a la familia, constituida por el grupo? O mejor, ¿no habrá una jerarquía de niveles de selección que va desde el grupo al gen, pasando por la familia Y el individuo? Eso es exactamente lo que propone en su último libro Edward O. Wilson, un gran especialista en insectos sociales y creador de una nueva disciplina científica, la sociobiología, que estudia las leyes que rigen y explican las sociedades animales. 

Una consecuencia importante de la selección de grupo es que promueve los instintos altruistas, es decir, aquellos comportamientos que benefician al grupo aunque perjudiquen al individuo. 

La selección de grupo había sido muy popular en biología evolutiva, hasta que fue desprestigiada por completo por el estadounidense George C. WilIiams en 1966. Ahora la retoma Wilson, y Richard Dawkins se opone con todas sus fuerzas. La trascendencia de este debate es obvia, porque nosotros los seres humanos somos, sobre todo, unos animales sociales, y a ello le debemos nuestro éxito evolutivo. ¿Seremos un producto de la selección de grupo? ¿Nos habrá hecho la naturaleza verdaderamente altruistas? Darwin, a pesar de defender la selección individual, creía que en el caso humano había actuado también la selección de grupo, ya que -venía a decir- "las tribus humanas han estado siempre en guerra". Paradójicamente, de la competencia entre grupos habría nacido la cooperación desinteresada dentro del grupo.
Y así, con Darwin, volvemos al principio de esta polémica que promete hacer correr ríos de tinta.

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