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miércoles, agosto 28

Shanga, la huella china en Kenia



(Un artículo de Joana Socies publicado en el suplemento Crónica de El Mundo el 22 de agosto de 2010)

La brisa monzónica golpea mi cara. Subida en una barcaza repleta de bártulos y gentío, navego rumbo a la isla de Pate, en la costa norte de Kenia, a dos horas del archipiélago de Lamu. Atravieso las aguas del Océano Indico, me llevan con fuerza las mismas olas que hace 600 años arrastraron al más célebre explorador chino, Zheng He, el descubridor de los mares de Occidente hasta la costa africana. 

Me despido de la civilización y me adentro en las entrañas de la isla de Pate, un lugar de gentes de tez amarillenta, ojos almendrados y cabellos lacios y finos; la cuna de los primeros y únicos descendientes de chinos en África, los herederos de los hijos del Imperio chino que llegaron al continente más inhóspito. 

Poso mis pies en la orilla de la isla, rodeada de manglares, cocoteros y bananeras, y respiro un aire puro y fresco, el aire de la selva virgen africana que todavía no conoce la huella destructora del ser humano. Me reciben con los brazos abiertos las gentes del pueblo de los amarillos, como los conocen sus hermanos africanos.

Son un puñado de familias que seis siglos después de que los asiáticos pisaran este rincón de África aún conservan la misteriosa huella de los genes chinos que se mezclaron con sus sangres en la época del Medievo. «Mi madre me decía que nosotros venimos del clan de China», recuerda Baraka Bandishe, madre de la princesa africana que los chinos encontraron en 2005 tras un experimento de genética para demostrar que por las venas del pueblo de Pate corre sangre china. 

Son los descendientes de unos náufragos asiáticos que, sin saberlo, se convirtieron en los primeros extranjeros en llegar y asentarse a la costa este de África, casi un siglo antes que los portugueses, que se colgaron la medalla de descubrir la orilla oriental africana. Fue en torno a 1415 cuando los marineros del almirante Zheng He, un explorador chino castrado por los mongoles, se toparon con África en sus viajes hacia Occidente, muchos años antes de que los portugueses encabezados por Vasco de Gama rodearan el Cabo de Buena Esperanza en 1498 y sus naves de madera se adentraran en la costa oriental africana. 

El encuentro de los chinos con esas misteriosas gentes de pieles oscuras, ojos y formas redondas, permanece aún hoy en la memoria colectiva de las gentes de Pate. «Nuestros ancestros les llamaron los wafamao, una palabra que en suajili significa náufrago», cuenta Faruk, que cree tener cerca de 90 años, de rasgos amarillentos, uno de los ancianos más respetados en la aldea de Pate, que recuerda a su madre y abuela hablar de aquellos hombres menudos que se quedaron a empezar una nueva vida en África.
La historia envuelve este lugar, de zonas pantanosas y playas vírgenes; un islote en medio de la nada que entró en los libros de Historia a principios del siglo XV, en pleno apogeo del comercio entre África del Este y Asia. Eran los tiempos de apertura del gran imperio chino de la dinastía Ming, que vivía de exportar al mundo su grandeza en forma de porcelanas, especias y sedas. 

Los libros de historia de esta parte del mundo cuentan que en 1415 una expedición de medio centenar de barcos chinos repletos de refinados utensilios de porcelana, suaves sedas de mil colores y aromáticas especias cruzaba las aguas del Océano Índico camino a África, de donde se volverían con marfil, ébano, exóticos animales salvajes y, también, con esclavos. Los lideraba Zheng He, el Cristóbal Colón asiático, que llegó a tener más de 27.000 hombres a su cargo. Además de su aventura africana, Zheng He realizó otras siete expediciones en tres décadas de carrera como aventurero: a la India, a Oriente Medio, al Sureste Asiático... 

La tripulación de uno de los barcos que llevó a África -cuyo nombre todavía se desconoce- vio cómo la desgracia caía sobre sí: habían navegado durante días y noches, se acercaba el momento de divisar la costa, el nuevo mundo que se abriría ante sus pies: el continente más desconocido de todos cuantos se conocían. [Faltaban 77 años para que Cristóbal Colón zarpara de Palos rumbo a América]. 

Sin embargo, el barco perdió el rumbo y pocos días antes de llegar a tierra firme, chocó contra una gran barrera de coral que protege la isla, la roca Mwamba Hasaní, de diez kilómetros de largo, y el barco se hundía a medida que crecía el pánico entre los hombres de la tripulación, que vieron cómo la misión de llevar China al resto del mundo que les había encomendado el emperador hacía aguas. 

Diferentes investigaciones hablan de hasta 400 supervivientes del hundimiento, náufragos que nadaron la distancia que había entre el mar abierto y la playa de Shanga, en la costa oriental de la isla de Pate. Hoy la aldea de Shanga -bautizada así por los chinos en homenaje a su Shanghai natal- cuenta con apenas una decena de chabolas donde viven 200 personas que enseñan con orgullo los vestigios del paso de los primeros chinos que echaron raíces en África y abrazaron la fe musulmana que inundaba el lugar. Unos náufragos que dejaron una huella que ha sobrevivido intacta al paso del tiempo. 

Fue en 2005 cuando los primeros funcionarios del régimen comunista llegaron a la costa oriental africana para reclamar su papel en la historia. En ese año una expedición de arqueólogos y científicos procedentes de Pekín visitó Pate en busca de los descendientes de su grandeza. Encontraron en la familia de Baraka Badishe, de 40 años y memoria olvidadiza, la explicación de tanta leyenda desconocida en Asia. «De pequeña me dijeron que nosotros éramos del clan de China y que veníamos de Shangai», asegura. 

Baraka vio cómo los chinos encontraron el objeto de su deseo en su hija, una adolescente tímida a la que convirtieron en princesa heredera. A su hija, Mwamaka Shariff, le cortaron su larga cabellera de lacio pelo negro y tras hacer varias pruebas de ADN descubrieron que era descendiente directa de los marineros chinos. Hoy, Mwamaka, de 23 años, estudia medicina en Pekín, becada por el Gobierno comunista, habla chino a la perfección, se encuentra feliz de su vida en su nuevo país de acogida y apenas visita la remota isla donde una vez nació y se crió. «Parecía una china de verdad», cuenta mamá Baraka, que tiene otros cuatro hijos, pero ningún otro ha sido catalogado como el enviado directo de los chinos.
Baraka me cuenta la historia de su aclamada hija mientras trabaja en su pequeño huerto de frutas y verduras. «La primera vez que se fue a China la recibieron como a una gran princesa, como a la heredera de sus antepasados. Incluso la acompañó un ministro». Dicen que su familia fue la primera que se casó con un chino venido del mar. Se casaron y tuvieron el primer descendiente de un chino con una africana en Siyu, una aldea en el poco explorado interior de la isla de la que hoy apenas quedan una veintena de chabolas de paja y barro. 

Pocos blancos se aventuran a la costa de Pate, una isla de cuatro aldeas, apenas 5.000 habitantes y 75 kilómetros cuadrados, con una costa desnuda que alimenta a una población desamparada que, sin embargo, recibe con caras de sorpresa y gritos de ilusión al mzungu (blanco, en suajili). En mi recorrido por la isla me adentro en las aldeas de Pate, Shanga y Siyu, donde la vida golpea con dureza. Sin agua potable, sin electricidad, apenas sin comida, el pueblo de los primeros chinos de África sobrevive con lo puesto, una vida cruda, que seguro dista poco de la vida que se encontraron los primeros chinos que pisaron el suelo africano a principios del siglo XV. Sin carreteras, sin asfalto, sin más medio de transporte que las piernas y los burros, descubro los ancestros de un pueblo que ni los propios kenianos conocen. 

Cuentan los libros de viajes de Zheng He que sus hombres relataron en sus cuadernos de viaje el encontronazo con un pueblo de gentes de formas redondas, con el pelo rizado y mujeres cubiertas con telas negras que impedían ver sus rostros. Una cita histórica entre la grandeza de los enviados del Imperio y los africanos que por primera vez se encontraban con gentes de pieles claras y ojos rasgados. Un encuentro que marcó el futuro de la isla para siempre.

A su llegada a tierra, los wafamao reclamaron a los nativos un trozo de tierra en el que vivir, aunque los indígenas desconfiaron inicialmente de esos hombres pequeños y de ojos rasgados que habían salido de las oscuras entrañas del mar. Pero los wafamao pudieron llegar a ganarse el respeto de los locales el día que mataron a una serpiente que -según le contaron sus ancestros a Faruk- era tan grande como una mesa y podía comerse a una persona de un bocado. Las pitones siguen marcando terreno en la zona aún hoy, aunque hace años que no se oye que se alimenten de humanos. Parece que ahora sólo se atreven con las cabras y el ganado de los locales. 

Cuentan los habitantes de Pate que la enorme pitón del siglo XV tenía atemorizados a los indígenas. La bestia reptil arrasaba con el ganado y atacaba a los humanos, que vivían bajo el acecho de un monstruo de proporciones históricas. Los recién llegados a la isla hicieron un pacto con los locales: matarían al animal a cambio de un pedazo de tierra en el que empezar de cero. 

Armados con lanzas y afiladas estacas los chinos se aventuraron en la caza y captura del animal, que sucumbió a la inteligencia asiática. Los chinos le tendieron la trampa a la serpiente poniéndole ante ella un suculento ternero de afilados cuernos. La pitón fue víctima de su propia codicia y se atragantó con el aparentemente suculento animal. El premio fue, además del trozo de tierra en el que echar raíces, el permiso para casarse con las mujeres locales. 

La hazaña se recuerda todavía en Pate, donde cada familia muestra orgullosa al visitante sus miembros achinados y rememora el capítulo de sus ancestros, los chinos y la pitón, una historia que ya se ha convertido casi en leyenda. Una leyenda que ahora el Gobierno de China, en pleno apogeo de su extensión africana, se afana por reclamar y comprobar con datos empíricos. 

La leyenda china en África se recuerda además por el histórico viaje que hizo la primera jirafa africana a Asia en 1414. Era un regalo del rey de Malindi, en la costa de Kenia, al emperador chino en agradecimiento por sus buques cargados de porcelanas y materiales preciosos nunca vistos en el continente negro. La jirafa causó gran sensación en China por su gran parecido al animal mitológico Ki-Lin, similar al unicornio occidental. La jirafa Ki-Lin fue considerada una criatura sobrenatural que sólo podía aparecer en la corte de un reino gobernado por un emperador virtuoso y justo, un regalo africano que ayudó a la dinastía Ming a acrecentar su poder y admiración entre sus súbditos. 

Los viajes de mercaderes chinos a la costa africana hicieron que en poco tiempo la costa keniana fuera conocida como la costa de la porcelana. Unos valiosos utensilios que hoy se encuentran repartidos en museos de todo el mundo y que muy pocas familias de Pate han entendido la importancia de conservar. El matrimonio de Abdala Heri y Hafusa Ali Dini es una de las pocas que conserva aún hoy en sus armarios la grandeza de la porcelana de la dinastía Ming. La familia muestra como el más preciado de sus tesoros, que guarda en el rincón más escondido de su casa, un gigante plato de la dinastía Ming de 300 años de antigüedad que hoy se ha convertido en el objeto más preciado del pueblo de Pate. Confiesa la familia que el plato es usado para transportar a los bebés muertos hasta el cementerio. Es el honor de los recién nacidos que deciden no quedarse en el mundo de los vivos. Es consciente la familia de que conserva un tesoro y asegura que pese a las penurias no venderán el objeto más preciado que les dejaron sus antepasados. 

La expedición de los chinos para recuperar su pasado africano no acabó con el ADN encontrado en el pelo de Mwamaka. […] La exploración en la costa de Pate, frente a la playa de Shanga, en busca de los restos del barco de nombre desconocido que inauguró el capítulo chino en África […] es un ambicioso proyecto con el que China quiere probar al mundo que fue su imperio el que descubrió el continente negro y no la tripulación del portugués Vasco de Gama.

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