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lunes, septiembre 16

Las células inmortales de Henrietta Lacks



(Un artículo de Carlos Manuel Sánchez en el XLSemanal del 2 de mayo de 2010)

Henrietta Lacks murió de cáncer hace medio siglo en Estados Unidos, pero las células que la mataron siguen misteriosamente vivas... y han salvado a millones de personas. Esta es la increíble historia de una mujer prácticamente analfabeta cuyos tejidos son investigados por todos los laboratorios del mundo.

Una lluviosa mañana de enero de 1951, David Lacks, un afroamericano que trabajaba en un astillero de Baltimore (EE .UU.), aparcó su viejo Buick bajo un roble en los alrededores del hospital John Hopkins, el único de la ciudad que admitía a pacientes de color. Su mujer, Henrietta Lacks, de 31 años y madre de cinco hijos, se tapó la cabeza con una chaqueta y corrió bajo el aguacero. «Tengo un nudo ahí abajo. ¿Puede mirármelo un médico?», le dijo a la recepcionista del ala para negros. Durante un año había estado quejándose de dolores vaginales. La habían estado tratando con penicilina, sospechando que David le hubiese contagiado la sífilis. Pero los dolores no remitieron. Una fuerte hemorragia la asustó.

Así comienza la historia más rocambolesca de la medicina moderna. La periodista Rebecca Skloot ha investigado durante diez años lo que sucedió con esta mujer y con su familia, ninguneadas por los científicos que se aprovecharon de su legado. El resultado es un libro explosivo: The inmortal life of Henrietta Lacks, que está arrasando en Estados Unidos. Los ingredientes: ciencia, ética, negocio y racismo.

Acostada en el quirofanillo, Henrietta se sometió al examen de un ginecólogo que, ayudado de un espéculo, descubrió una pequeña dureza de un intenso color púrpura y tan delicada que sangraba al más mínimo roce. El médico cortó un pedacito y mandó la biopsia al laboratorio patológico. Una semana más tarde, los resultados: un tumor maligno. Henrietta no dijo nada a su familia. Siguió cuidando de los suyos mientras pudo. Tres meses más tarde, la dureza había crecido hasta convertirse en un carcinoma que crecía a un ritmo aterrador. Era de! tipo invasivo. EI peor. Fue ingresada para someterla a radioterapia.

En el John Hopkins trabajaba un matrimonio de investigadores, los doctores George y Margaret Gey. Llevaban treinta años persiguiendo una quimera: cultivar células malignas fuera del cuerpo, confiando en que algún día sirvieran para curar el cáncer. Pero la mayoría de las células moría rápidamente. Sin embargo, los Gey eran tenaces. Estaban obsesionados con lograr la primera línea celular inmortal humana. No les importaba de qué tejido la extraerían. Otros médicos del hospital les enviaban las biopsias de sus pacientes.

Durante su primera sesión de radioterapia, Henrietta fue anestesiada y colocada en una mesa de operaciones, con las piernas abiertas y atadas a unos estribos. El cirujano Lawrence Wharton dilató su cuello uterino y lo preparó para insertarle un tubo de un metal radiactivo envuelto en gasas, al tiempo que conectaba un catéter a su vejiga para que pudiese orinar. Mientras la enferma estaba inconsciente, Wharton cogió un bisturí y cortó dos pedacitos de cérvix del tamaño de una moneda: uno del tumor y otro de tejido sano. Luego los colocó en una placa de Petri y los envió con una enfermera al laboratorio de George y Margaret Gey.

Con ayuda de un escalpelo, las biopsias fueron troceadas en rebanadas de un milímetro cuadrado, insertadas en una pipeta y mezcladas con una gota de sangre de pollo. Los cultivos fueron repartidos en varios tubos de ensayo y etiquetados con la leyenda HeLa, por el nombre y apellido de la donante.

Durante varios días estuvieron en una incubadora hasta que una mañana, examinados al microscopio, aparecieron unos anillos con forma de huevo frito. Las células tumorales habían sobrevivido. Y no sólo eso, se estaban reproduciendo a una velocidad pasmosa. A la mañana siguiente hubo que repartir el contenido de cada tubo en dos para que tuviesen espacio donde seguir creciendo. Después, en cuatro tubos; más  tarde, en ocho... George y Margaret no podían creerlo. Cada 24 horas las células de Henrietta se duplicaban. Esas células crecían con igual ímpetu en el laboratorio y en el cuerpo de su dueña, que en pocos meses tenia metástasis en todos sus órganos. Henrietta Lacks murió el 4 de octubre de 1951. La casualidad quiso que ese mismo día el doctor George Gey anunciase ante las cámaras de televisión el descubrimiento de las primeras células capaces de sobrevivir sin el soporte vital del cuerpo y que, además, no envejecían. Era el comienzo de una nueva era en la investigación biomédica.

El matrimonio Gey comenzó a enviarlas por correo a sus Colegas. Gratis. Todo, por el bien de la ciencia. La demanda aumentó. Al año siguiente estaban mandando 20.000 tubos semanales de HeLa a todo el mundo, unos seis billones de células. En la actualidad, casi no existe laboratorio que no tenga. Hay tantas que, puestas una detrás de otra, darían la vuelta al mundo tres veces. Los Gey fueron de los pocos que no se aprovecharon comercialmente de las células de Henrietta, que desde entonces se venden y compran en todas partes. Existen más de 17.000 patentes relacionadas con esta línea celular. Los ingresos para las compañías farmacéuticas han sido milmillonarios, pero también los beneficios para la humanidad.

Las células HeLa sirvieron para desarrollar la primera vacuna contra la poliomielitis; se han utilizado en la elaboración de medicamentos contra decenas de enfermedades, entre ellas el párkinson, la leucemia, el cáncer, el sida, la gripe, el herpes, la hemofilia, la tuberculosis y la apendicitis; impulsaron la investigación genética y la nanotecnología, así como los estudios relacionados con la longevidad y la clonación; e incluso han sido enviadas a misiones espaciales para estudiar su comportamiento con gravedad cero.

También tienen su reverso. Por su extraordinaria virulencia, son difíciles de controlar. Pueden contaminar otras cepas y arruinar experimentos y laboratorios enteros. Se calcula que entre un diez y un veinte por ciento de todos los cultivos in vitro del mundo están contaminados con células HeLa. Este inconveniente estuvo a punto de causar un incidente diplomático durante la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética habían: empezado a cooperar en la lucha contra el cáncer. Científicos de ambos países intercambiaron cultivos, pero todas las líneas celulares estaban contaminadas. El presidente norteamericano Richard Nixon pidió el teléfono rojo para poner de vuelta y media a su homólogo ruso.

Nadie le pidió permiso a Henrietta para utilizar su biopsia. ¿Por qué molestarse? Era pobre, prácticamente analfabeta y descendiente de esclavos en una plantación de tabaco. Probablemente hubiera dado su autorización de todas formas, porque también era una mujer bondadosa, pero nadie se molestó en informarla. Y lo peor es que no hay constancia de que nadie le contase, antes de morir, que sus células eran técnicamente inmortales y que podrían salvar millones de vidas. Hubiera sido un consuelo. Tampoco nadie le dijo nada a sus hijos, que se enteraron por casualidad décadas después del fallecimiento de su madre. Al principio, la familia se sintió orgullosa, pero también dolida. Nadie les dio nunca las gracias y no han visto ni un euro, ni siquiera tienen seguro médico. Su hija Deborah lo explica: «No puedo enfadarme con la ciencia, porque ayuda a salvar vidas. Y yo estoy enferma. Soy una farmacia ambulante. Necesito un montón de medicinas y no estaría viva si alguien no se hubiese molestado en investigarlas. Pero no mentiré. Me gustaría tener un seguro médico para no pagar tanto como pago cada mes por comprar unos medicamentos que, en cierto modo, mi madre ayudó a fabricar».

Las compañías farmacéuticas argumentan que esas células son un accidente biológico, no algo que la señora
Lacks inventase. ¿Por qué habría que remunerar a su familia?, preguntan. Al fin y al cabo, sólo eran unos tejidos enfermos. ¿Qué pasaría, por ejemplo, con la donación de órganos si los familiares de los fallecidos exigiesen dinero? Además, estas células han sido cultivadas y purificadas, lo que requiere una fuerte inversión. Y los laboratorios tienen todo el derecho a sacar partido de sus investigaciones.

Hasta ahora, los tribunales les han dado la razón. El precedente más famoso es el de John Moore, un paciente de leucemia que en los ochenta se querelló contra su oncólogo al descubrir que éste había patentado una línea celular derivada de tejidos de su bazo y que ha generado hasta hoy unos 3.000 millones de dólares. Los jueces se pusieron de parte del médico. Y aunque los protocolos de consentimiento informado se han hecho más estrictos en los últimos años, cualquier biopsia, muestra de sangre, cultivo o desecho biológico puede ser utilizado libremente para investigar. De hecho, en 1999 se calculó que sólo en los laboratorios estadounidenses había almacenados unos 307 millones de tejidos de 178 millones de personas. Pero cada vez más gente piensa que los tejidos humanos deberían estar protegidos con una figura jurídica semejante a la de los derechos de autor.

Cincuenta años después de que Henrietta Lacks muriese, su hija Deborah tuvo por fin la oportunidad de ver el legado que su madre. Un empleado del laboratorio del hospital John Hopkins abrió una nevera y le mostró miles de viales. Cada uno contenía millones de células HeLa. «Dios mío, no puedo creer que todo eso sea mi madre», dijo Deborah. Cuando el investigador le dio uno de los viales congelados, la hija, instintivamente, preguntó: «¿Tienes frío?». Y sopló el tubo para calentarlo.

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