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jueves, noviembre 28

Einstein



(Un artículo de Belén Lorenzana en la revista Época del 18 de abril de 2010)

Cuenta la leyenda que Einstein iba tan por delante de su tiempo que ni siquiera el profesor encargado de valorar sus méritos, previo a la concesión del Premio Nobel, fue capaz de entender su innovadora Teoría de la Relatividad. Albert Einstein fue, quizá, el más incuestionable merecedor de este prestigioso galardón. Sin embargo, y aunque hoy nos resulte inconcebible, lo que motivó el reconocimiento no fue su obra maestra, la que cambiaría el rumbo de la Física para siempre, sino sus "investigaciones en el campo de la física teórica y su descubrimiento de las leyes sobre el efecto fotoeléctrico".

De cualquier manera, lo que sí es cierto es que sus propuestas fueron todo un desafío para la época y resultaron objeto de no pocas controversias. La comunidad científica se dividió entre defensores y detractores de la relatividad, algunos de los cuales, como los también premios Nobel Johannes Stark y Philipp Lenard -simpatizantes nazis-, motivados por cuestiones que nada tenían que ver con la ciencia, sino por el origen judío del genio alemán.

Cuando Einstein recibió el Nobel en 1921 ya era el físico más famoso del mundo. Sus teorías revolucionarias habían puesto patas arriba las leyes de la mecánica newtoniana y abrían nuevas y apasionantes perspectivas. Durante el año 1905, conocido como Annus Mirabilis (año extraordinario, en latín), no sólo concluiría su tesis doctoral sobre dimensiones moleculares. Mientras trabajaba en la Oficina de Patentes de Berna publicó cuatro de sus trabajos fundamentales: el movimiento browniano -por el que logró otro doctorado en la Universidad de Zúrich-, el efecto fotoeléctrico -directo al Nobel-, la Relatividad Especial y, como consecuencia lógica de ésta, la equivalencia masa-energía que dio al mundo su famosa fórmula E=mc2.

La Teoría de la Relatividad Especial ya estaba llamando a la puerta a comienzos del siglo XX. Algunos expertos opinan que de no haber sido Einstein, algún otro brillante científico de la época -fue contemporáneo de algunas de las mentes más privilegiadas, como De Boglie, Bohr, PIanck o Marie Curie- hubiera dado con ella. De hecho, fueron sin duda precursores el francés Henri Poincaré y el holandés Hendrik Lorentz -a quien Einstein profesaba una gran admiración: "Admiro a este hombre como a ningún otro", afirmaría, "hasta diría que le quiero"-, así como los norteamericanos Michelson y Morley, que en 1887 habían realizado un célebre experimento que demostraba la constancia de la velocidad de la luz.

Se ha especulado, además, sobre la participación de Mileva Maric, la primera mujer de Einstein, en el desarrollo de esta teoría. Se conocieron a principios de siglo, durante los años universitarios en el prestigioso Instituto Politécnico Federal Suizo (ETH), en Zúrich.

Mileva, de origen serbio, era la única mujer estudiante de Física y gozaba de una deslumbrante inteligencia que obnubiló a Einstein. En seguida vivieron juntos. Tuvieron una hija, Lieserl, de la que se desconoce su paradero pues, parece ser, fue entregada en adopción. Después de casados, engendraron dos varones. Pero, con el tiempo, la pareja perfecta se desgastó. La genialidad de Einstein no encajaba con la vida familiar y, tras 16 años de matrimonio, se divorciaron. El científico se casó de nuevo a los pocos meses con su prima EIsa Lowenthal, que había cuidado de él durante la grave enfermedad que le causó el sobreesfuerzo de la Teoría de la Relatividad General. Y es que, tras el éxito de la Especial, la obsesión de Einstein era ampliar sus fundamentos al campo gravitacional. En 1915 presentó sus insólitos resultados ante la Academia de Ciencias de Prusia. Parecía ciencia ficción, pero en seguida aquellas complejas deducciones matemáticas pudieron ponerse en práctica y confirmar sus predicciones. El astrofísico británico Arthur Eddington las certificó, en 1919, midiendo la desviación de la luz de una estrella durante un eclipse. Y la imagen de Einstein dio la vuelta al mundo.

Esta popularidad creciente no buscada por el científico le sirvió, no obstante, para ejercer influencia en las cuestiones políticas e ideológicas que le preocuparon, fundamentalmente el pacifismo y el sionismo. Fue miembro destacado del Partido Democrático Alemán en el período de entreguerras y, tras la Segunda Guerra Mundial, ya como ciudadano norteamericano, fue propuesto para la presidencia de Israel, tras la muerte de su gran amigo Chaim Weizmann, primer mandatario del naciente país.

Su implicación en el desarrollo de la bomba atómica -con su famosa carta a RooseveIt- le atormentó hasta el final de sus días. Un aneurisma de la aorta abdominal terminó con la vida del genio en el Hospital de Princeton, Nueva Jersey, el 18 de abril de 1955. No pudo concluir sus dos sueños: unificar las leyes de la Física en una Teoría Universal y a las personas en un gobierno mundial. En armonía y solidaridad; como el Universo.

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