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martes, diciembre 24

El club de los genios: 350 años de la Royal Society



(Un artículo de Carlos Manuel Sánchez en el XLSemanal del 18 de abril de 2010)

Newton, Darwin, Fleming, Volta, Hawking ... Todos ellos han formado parte de esta institución científica, la más prestigiosa del mundo: en la actualidad, 74 de sus 1.400 miembros son premios Nobel. Sus logros: la penicilina, la fotografía, la primera transfusión de sangre o la descripción del ADN. Unos 250.000 manuscritos de genialidades. 

Los tímpanos de John Haldane (1892-1964) reventaron unas cuantas veces a lo largo de su vida. Nacido y educado en Oxford, hijo de científicos y descendiente de aristócratas, fue un bioquímico con un gusto por la experimentación que rozaba la chaladura y el desprecio a la propia vida. Sus investigaciones sobre gases las realizó usando sus pulmones como tubo de ensayo. Fabricó una cámara hiperbárica casera en la que se metía para estudiar los efectos de la descompresión. Una vez le dieron convulsiones tan violentas que se rompió varias vértebras, pero el buceo moderno sería imposible sin las tablas que diseñó. Siempre al límite, la perforación de tímpanos era un gaje del oficio. «La membrana se suele curar en pocos meses, y si aún queda un agujero, aunque te quedes algo sordo, cuando fumas puedes expeler el humo por la oreja en cuestión, una hazaña que causa sensación en las reuniones.» Conejillo de Indias vocacional, sus estudios sobre el mal de altura han salvado la vida de miles de alpinistas. Durante la Primera Guerra Mundial se paseó por las trincheras para catar los gases que utilizaban los alemanes. «Noté cómo el hígado me empezaba a burbujear. Era cloruro de amonio.» Casi no lo cuenta, pero así diseñó la primera máscara antigás.

John Haldane fue uno de los 8.200 miembros que ha tenido la Royal Society en sus 350 años de historia y simboliza como nadie el espíritu de la institución científica más prestigiosa del mundo: el afán por experimentar, la curiosidad sin límites y un punto de excentricidad muy británico. Todo empezó una brumosa tarde de noviembre de 1660 en el Gresham College de Londres, donde una docena de científicos se reunieron para escuchar la conferencia de un joven astrónomo. Eran seguidores de Sir Francis Bacon, un filósofo que proponía que el conocimiento sólo se alcanza mediante ensayos y errores. A la verdad se llega equivocándose en la dirección correcta. Les pareció buena idea fundar un club y reunirse semanalmente para discutir ideas y describir los experimentos en los que trabajaban. El monarca Carlos II les dio carta real. Su lema, una máxima latina: «Nullius in verba», 'No hay que dar nada por sentado'. Aquellos venerables descreídos, no obstante, desterraron el latín como lingua franca del saber. Desde entonces será el inglés; sin florituras retóricas, llano y sencillo. Y lo más importante, establecieron la revisión por pares, la piedra angular de la ciencia moderna. Una suma de esfuerzos en la que cada avance es publicado, compartido y revisado por la comunidad científica.

La nómina de la Royal Society abruma. Desde Isaac Newton, presidente en 1703, que sentó las bases de la física, hasta Stephen Hawking, sus doctos socios han iluminado cada paso de la humanidad en su aspiración por comprender el universo. Darwin, Fleming, Faraday, Rutherford, Halley, Volta, Watt, Locke, Maxwell... Apellidos que son el quién es quién de todos los ámbitos de la ciencia en los últimos 350 años. En la actualidad, 74 de sus 1.400 miembros vivos son premios Nobel. «En la práctica, la Royal Society actúa como una empresa con 1.400 directores que identifican las áreas claves para futuras investigaciones», explica Stephen Cox, su gerente. Concede becas anuales a 3.000 científicos de todo el mundo. La invención de la penicilina, la primera transfusión de sangre, la fotografía, la pila eléctrica, el reloj de bolsillo, el electromagnetismo, la selección natural, la demostración de la relatividad, la teoría de cuerdas, los agujeros negros, las leyes de la termodinámica, la descripción del ADN o la humilde aspirina son algunas de las genialidades documentadas en los 250.000 manuscritos que hay en sus archivos, situados en el sótano de su victoriana sede en Carlton House Terrace y ya digitalizados y colgados en la Red.

Entre las curiosidades que se pueden consultar en línea, las memorias de William Stukeley, amigo de Isaac Newton. Cuenta que éste era capaz de leer y montar a caballo al mismo tiempo: en una mano, un libro; en la otra, las riendas. Su relato sobre la caída de la famosa manzana que inspiró las leyes de la gravedad demuestra que Newton disfrutaba tanto contando la anécdota y la pulió de tal modo que, en la versión que ha quedado para la historia, la manzana rebota graciosamente en su cabeza, cuando la realidad fue menos rocambolesca. Tampoco tiene desperdicio el hallazgo de uno de los socios fundadores, Christopher Merret, que experimen tanda sobre la fermentación del vino se percató de la «agradable efervescencia» del brebaje resultante. Había inventado, sin proponérselo, el champán.

Y es que la casualidad también forma parte del progreso. El reverendo Thomas Bayes era un predicador mediocre, pero un matemático soberbio. Diseñó una compleja ecuación que no tenía ninguna utilidad práctica en el siglo XVIII, mero pasatiempo que ni se molestó en publicar, pero a su muerte un amigo la envió a la Royal Society... por si las moscas. El modesto ensayo sobre la teoría de probabilidades apareció en 1763 y durmió el sueño de los justos durante 250 años. Hoy, el teorema de Bayes es utilizado en modelos informáticos sobre el cambio climático, pronósticos del tiempo, astrofísica, datación de fechas por radio carbono, análisis bursátil y proyecciones de encuestas.

Tampoco se le puede negar el olfato al comité de selección de miembros. Cuenta Bill Bryson, autor de Seeing further: the story of science & the Royal Society -una historia institucional […] publicada por HarperCollins-, que el astrónomo Edmund Halley fue admitido antes de terminar su licenciatura en Oxford; Charles Darwin, cuando aún no se conocían sus investigaciones sobre la evolución; y William Henry Fax Talbot, dos años antes de inventar la fotografía. La Royal Society también se ha distinguido por ser una fraternidad cosmopolita y poco clasista. Cierto es que el pedigrí académico o social no es un lastre, pero el caso del holandés Antoni van Leeuwenhoek, un óptico y naturalista autodidacta al que se publicó 200 ensayos y dibujos sobre vida microscópica, ilustra que esta sociedad no es esnob ni chovinista. Leeuwenhoek no sabía inglés ni latín, ni siquiera holandés culto. Escribía sobre sus experimentos como buenamente podía en la jerga callejera del sur de los Países Bajos, donde se ganaba la vida vendiendo paños.

Machista sí fue este selecto club: las mujeres han entrado con cuentagotas. Caroline Herschel (1750-1848) fue la primera fémina que recibió un salario por un trabajo científico, 50 libras anuales como astrónoma real. Descubrió ocho cometas y 14 nebulosas, pero eso no le bastó para ser admitida. La física Hertha Ayrton fue la primera nominada (1854-1923), pero su candidatura acabó siendo rechazada por una razón peregrina: estaba casada.

Dudar de todo, no conformarse con las verdades establecidas, comprobar sin descanso... A veces, estas pautas se cumplen tan a rajatabla que conducen a situaciones cómicas, como la visita de Daines Barrington al hogar de Mozart en 1769, cuando el músico apenas tenía ocho años. El naturalista cruzó media Europa y lo sometió a una batería de exámenes físicos mientras Mozart tocaba el clavicordio. Barrington volvió a Londres muy satisfecho. «No es un enano, como sospechaban algunos, sino un genio precoz que toca como los ángeles, a pesar de que sus deditos apenas llegan a una quinta parte del teclado y que, juguetón, deja la interpretación a medias y se baja del taburete para perseguir a su gato», expuso con toda solemnidad. Otras veces, el experimento exige la aceptación de riesgos temerarios. Benjamín Franklin, empeñado en demostrar que los rayos no eran fuerzas sobrenaturales, salió al campo en plena tormenta con una cometa amarrada a un cordel metálico. Milagrosamente, sobrevivió al calambrazo del «fuego eléctrico».

Lord Martin Rees es el actual presidente. Un astrónomo con alma de profeta y cierto gusto por la provocación elegante. Ha apostado un buen puñado de libras esterlinas a que antes de 2020 un ataque bioterrorista o un error humano provocará al menos un millón de víctimas. «En la época de la fundación de la Royal Society, los científicos eran diletantes, simples aficionados, a excepción de los astrónomos y quizá de los médicos. Y, de estos dos, probablemente los astrónomos son los únicos que hacían más bien que mal», bromea. «Pero a todos ellos les motivaba por encima de cualquier cosa, la curiosidad. La ciencia es una búsqueda constante. Isaac Newton dijo que si él vio más lejos, fue porque se apoyó en los hombros de gigantes. Esta sencilla declaración recoge la esencia del trabajo científico.»

Tan brillante y excéntrico como sus predecesores, Lord Rees está convencido de que existe vida extraterrestre. «Los alienígenas podrían estar delante de nuestras narices y no reconocerlos. El problema es que buscamos algo que se nos parezca, y tenemos muy interiorizado que no sólo su apariencia es similar a la nuestra, sino que sus matemáticas y su tecnología también lo son. Pero puede haber vida ahí fuera bajo formas que no podemos concebir. Igual que los monos no entienden la física cuántica, los extraterrestres podrían manejar aspectos de la realidad que van más allá de la capacidad de comprensión de nuestros cerebros.» Si alguna vez se descubre vida alienígena, seguramente alguien de la Royal Society, imbuido por el espíritu de Daines Barrington, cruzará medio universo en su nave espacial para comprobar que, efectivamente, no son enanos tocando el clavicordio.

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