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lunes, diciembre 2

En guardia contra la faringitis



(Un artículo leído en el Consumer Eroski de abril de 2010)

Cada otoño se repite el mismo ritual: los escotes y tirantes dan paso a la chaqueta, los pantalones cortos a los largos y las sandalias a los zapatos. Pero la llegada del frío no solo afecta al fondo de armario. Con la bajada de las temperaturas, las personas se tornan más susceptibles al enfriamiento de las vías aéreas donde los virus que las afectan anidan con más facilidad, en especial en ambientes cargados donde se favorece la transmisión de infecciones. Es entonces cuando todo un clásico de las enfermedades hace acto de presencia: la faringitis. Por fortuna junto al convencional tratamiento antibiótico, en estos momentos hay disponibles numerosos productos que alivian los síntomas, sin olvidar los tradicionales remedios caseros.

La faringitis es una inflamación de la faringe que puede ser de origen alérgico o irritativo -causado por una excesiva sequedad del ambiente debido a la exposición al aire acondicionado, la calefacción y el humo del tabaco- o bien de origen infeccioso. En este último caso, la faringitis puede ser de dos tipos: vírica -la más numerosa- y bacteriana -que suele atacar a las amígdalas localizadas en la misma garganta-. Cada una precisa su propio tratamiento. 

Las infecciones víricas de la faringe predominan en los meses de octubre y noviembre. Se curan en pocos días y su tratamiento consiste en aliviar los síntomas como el dolor de garganta, la tos, el picor, la fiebre, la congestión nasal y la mucosidad. Los niños suelen sufrir entre seis y ocho episodios al año de rinofaringitis o faringitis, en los que el dolor de garganta se manifiesta junto a síntomas nasales, sobre todo en los primeros dos años de edad y coincidiendo con la asistencia a la guardería. 

Sin embargo, las faringitis causadas por infecciones de origen bacteriano son más comunes en los meses de febrero y marzo (aunque durante todo el año coexisten ambos tipos). El germen culpable más habitual es el estreptococo que anida en las amígdalas y, a diferencia de las víricas, no se acompañan de síntomas nasales ni de lagrimeo en los ojos, sino que se caracterizan por una exudación blanquecina en las amígdalas, así como una inflamación de los ganglios del cuello (adenopatías). Estas infecciones se combaten con tratamiento antibiótico. Afectan, sobre todo, a niños a partir de 2 años, y se dejan de sufrir a medida que se cumplen años. 

Todas esas diferencias entre las faringitis de tipo vírico y las bacterianas ayudan a los médicos a diagnosticar su causa en las consultas para establecer el tratamiento adecuado ya que las infecciones bacterianas se deben tratar con antibióticos, pero las víricas, no.

No obstante, para no errar en el diagnóstico, también se realizan otras pruebas complementarias. Entre ellas figuran los tests rápidos, como el llamado test de detección del antígeno del estreptococo. Esta prueba consiste en tomar una muestra alrededor de las amígdalas y comprobar, mediante reactivos, si el estreptococo ha sido el patógeno responsable de la infección para iniciar un tratamiento antibiótico. También es posible aislar la bacteria y realizar un cultivo en el laboratorio, aunque el médico sólo lo solicita en casos de faringitis reincidente o crónica. El principal motivo es que es una prueba cara y que se dilata en el tiempo (entre cuatro y cinco días).

Por último, en casos muy selectivos también se puede realizar un análisis de sangre para detectar la presencia de las antiestreptolisinas, anticuerpos que demuestran que se ha padecido una infección de estreptococo y que aparecen alrededor de dos semanas después de haberla sufrido. Esta prueba es útil para descubrir infecciones estreptocócicas anteriores o para detectar la fiebre reumática (poco común en la actualidad) que se caracteriza, entre otros síntomas, por dolor en las articulaciones. Para llegar a ese diagnóstico se precisan otros análisis complementarios.

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