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domingo, febrero 23

Grigori Perelman: el hombre que dijo no a un millón de dólares



(Un texto de Carlos Manuel Sánchez en el XLSemanal del 18 de abril de 2010)

Parece un indigente. Algún viajero del metro de San Petersburgo se ha acercado a darle limosna. Otros se apartan, recelosos. Ese tipo desastrado y con aire ausente, cazadora andrajosa, uñas larguísimas y barba selvática es el hombre más inteligente del planeta. Si fuera el filósofo Diógenes y el gran Alejandro Magno se acercase a él y le ofreciese cualquier cosa, sólo le diría que se apartase un poco para que no le quite el sol. Pero no es Diógenes, es un matemático fuera de serie, y los ‘Alejandros' de la ciencia le concedieron la medalla Fields, el equivalente al premio Nobel. Ni se molestó en viajar a Madrid a recogerla, dejó plantado al Rey Juan Carlos. Y ahora el Instituto Clay de Cambridge (Estados Unidos) le ha ofrecido un millón de dólares por haber resuelto uno de los Siete Problemas del Milenio. Y ha dado la callada por respuesta. Que se olviden de él. No necesita el dinero ni el reconocimiento universal. A un periodista que consiguió su número de móvil le ladró: «¡Me está usted molestando! ¡Estaba cogiendo champiñones! No soy un animal de zoológico, no estoy en exposición. Y tampoco soy un héroe de las matemáticas. ¡Déjenme en paz!».

Así las gasta Grigori Perelman (Leningrado, actual San Petersburgo, 1966). Grisha, para los amigos. Que alguno tiene, o tenía... Porque cada vez está más solo. Nunca fue la alegría de la huerta, pero su ramalazo de ermitaño se ha acentuado. Tiene piso propio, de un solo dormitorio, sin apenas muebles, dicen que infestado de cucarachas. Pero prefiere vivir con su madre y su hermana, que comparten con él la obsesión por las matemáticas. Aunque él asegura que se ha retirado. Que ya no le motivan. Que está buscando trabajo, cualquier cosa, pero que no tenga pada que ver con dimensiones, ecuaciones, esferas...
Perelman es un enigma. Su mente es tan inasequible como lo fue la conjetura de Poincaré desde 1904 hasta que él la resolvió, un siglo más tarde. ¿Por qué le volvió la espalda al mundo? Esta pregunta obsesiona a Masha Gessen, autora de Perfect rigor (editorial Houghton MiffIin), una biografía no autorizada del genio. ¿Ha perdido la chaveta? ¿O es consecuente con su forma de ser y su ética furiosa, a prueba de vanidades y propinas millonarias? Gessen sugiere que su perfeccionismo es la causa de su alienación. Y apunta, además, la posibilidad de que padezca una rara enfermedad, el síndrome de Asperger, una variedad de autismo que no está reñida con una inteligencia casi sobrenatural. Su desaliño indumentario, su despreocupación por el aseo, su ceguera emocional y su manera de tomárselo todo al pie de la letra, sin llegar a captar las sutilezas del lenguaje, la ironía o los dobles sentidos, son propias de este síndrome. 

Quizá la razón íntima de su desapego sea una amalgama: moral intransigente y torpeza social, maceradas con unas gotas de locura. Como explica Gessen: «Se considera loco al individuo que, en su interior, alberga una visión del mundo radicalmente diferente a lo que la mayoría de la gente considera normal. En ese sentido, es cierto que Perelman tiene una visión distinta del mundo. Creo que esa visión y la rigidez con la que se aferra a ella están relacionadas con su habilidad para resolver el problema matemático más arduo. Su mente es capaz de recibir más información y absorber sistemas más complejos que cualquiera. Su cerebro es una trituradora. Aborda problemas muy complejos y los reduce a su esencia. El problema es que él espera que el mundo de los humanos pueda ser también reducido a esa especie de papilla esencial y que funcione de acuerdo a unas leyes estrictas. Y como no puede soportar que no se cumplan esas reglas. Perelman ha ido eliminando sucesivos pedazos del mundo. Y lo único que te queda ahora es el apartamento que comparte con su madre». 

La historia de Perelman comienza con una pelota de ping pong. Una minúscula esfera de celulosa que hace rebotar en el pupitre. Es un niño callado que después de clase acude al club de matemáticas. Esos clubes, como los de ajedrez, eran muy populares en la Unión Soviética... y muy competitivos. Las matemáticas son un espacio de libertad dentro de un sistema tan controlado como el comunista. Al fin y al cabo, pocos comisarios del Politburó entienden de 'mates'. Uno puede pensar por su cuenta, llegar a sus propias conclusiones, sin que el Partido te diga lo que está bien y lo que no y, por tanto, sin arriesgarte a acabar en Siberia. «El humilde razonamiento de uno vale más que la autoridad de miles», dijo Galileo. Una cita que Perelman hace suya. Además, las ciencias exactas gozan de un prestigio patriótico. Tres semanas después de la invasión nazi y con la  fuerza aérea soviética destruida en los hangares, Stalin reclutó a jóvenes matemáticos para reconvertir, calculadora en ristre, los aviones civiles en cazas y bombarderos. Después de la guerra se construyeron en la URSS más de cuarenta ciudades secretas donde vivían y trabajaban doce millones de científicos y sus familias en condiciones de extremo aislamiento. Caldo abonado para que el país se convirtiese en una potencia en investigación. 

Pero volvamos al club: el profesor presenta un problema y los alumnos se dedican durante horas a pensar en la solución. Cuando se concentra, el pequeño Perelman se dedica a botar la pelotita o se rasca las rodillas hasta hacerse sangre o gimotea y murmura sonidos guturales, incomprensibles, como si salmodiara una oración en una lengua muerta. Siendo un adolescente, participó en las olimpíadas matemáticas, en Budapest, y alcanzó la puntuación perfecta. Es amable con sus compañeros, pero no tiene ningún amigo íntimo. Se gasta todos sus ahorros en comprar libros de Julio Verne y Mark Twain y discos de ópera, su otra pasión. Hasta hace unos años seguía acudiendo a las funciones del teatro Mariinsky. Se sienta en lo más alto del gallinero, ni mira al escenario. Pasa del vestuario y de los gestos de los cantantes. Prefiere ensimismarse en la acústica. El sonido puro. Perelman se doctora en la Facultad de Mecánica y Matemática de Leningrado, donde había ingresado con 16 años. Su profesor de geometría, Yuri Burago, lo recuerda: «Hay muchos estudiantes que hablan antes de pensar. Grisha era diferente. Pensaba profundamente. Sus respuestas siempre eran correctas. Lo repasaba todo con meticulosidad. No era rápido. La velocidad no significa nada. Las matemáticas no dependen de la velocidad. Era profundo». Por entonces, ya no se cortaba las uñas y las llevaba tan largas que se le curvaban como si fueran garras. 

Comienza a trabajar como investigador en el prestigio Instituto Steklov, donde se convierte en un experto en geometría de Riemann. Publica sus primeros artículos y en 1992 es invitado a pasar un semestre en la Universidad de Nueva York, coincidiendo con el derrumbe de la Unión Soviética. Muchos matemáticos rusos se quedan en la indigencia y sus colegas norteamericanos les pasan dólares de contrabando para que sobrevivan. Luego acepta una beca de dos años en la Universidad de Berkeley, California. Al principio soporta bien la vida en el campus. Comparte ideas con otros matemáticos; en especial con Richard Hamilton, cuyas teorías le servirán de inspiración para resolver la conjetura de Poincaré. Pero no se centra en un único problema. Picotea aquí y allá. Esboza soluciones elegantes para asuntos muy complicados, aunque no llega a rematarlas. Y no le gusta dar clases. Prefiere pasear. Necesita tiempo para no hacer nada, pensar en las musarañas. Y en las universidades norteamericanas hay que aprovechar el tiempo, están obsesionadas con la productividad. El éxito se mide en el número de publicaciones; no en la inspiración que las alienta. A veces, para ser un genio, tienen que dejarte ser un poco gandul. Y Perelman, harto, rechaza todas las ofertas de trabajo que le llueven y vuelve a Rusia. 

A los 29 años retoma su plaza en el instituto Steklov. El sueldo: cien dólares al mes. «Con lo que he ganado en Estados Unidos, me sobra para vivir toda la vida», le dice a un colega. Es un tipo espartano. Sin cargas familiares y sin apenas obligaciones profesionales. Durante siete años no bate otra cosa que darle vueltas al problema cuya resolución lo hará famoso y cuya demostración publicó en Internet, en tres partes. La primera, a finales de 2002; la última, al verano siguiente. Fue poco ortodoxo. Una prueba matemática suele cumplir una serie de convenciones. Empieza con axiomas, o verdades aceptadas, y emplea una serie de pasos lógicos para llegar a una conclusión. Si la lógica es correcta y no hay fallos, el resultado es un teorema. Al contrario que una ley física, basada en la evidencia y la experimentación, un teorema tiene que ser revisado por expertos. La demostración de Perelman era muy breve. Secuencias lógicas que podían haber sido desarrolladas a lo largo de cientos de págjnas estaban condensadas en unas pocas líneas. Esto propició que dos matemáticos chinos, Cao y Zhu, limitándose a completar lo que Perelman daba por sentado, quisieran apuntarse el tanto. Costó un par de años aclarar el asunto. «No puedo decir que esté indignado. Otras personas hacen cosas peores. Claro que hay muchos matemáticos que son más o menos honrados. Pero casi todos son conformistas. Son honrados, pero toleran a quienes no lo son», declaró Perelman, dolido. 

Las aplicaciones prácticas de su hallazgo son insospechadas y se irán viendo en las próximas décadas. De momento, ya ha servido para pergeñar un modelo en el tratamiento contra el cáncer que predice el comportamiento de las células malignas y podría ayudar a frenar su proliferación. ¡Matemáticas curativas! Pero sólo es el principio de una revolución de la geometría que modificará incluso nuestras ideas sobre la forma del universo. 

Y llegaron los honores que no quiso aceptar. En 2006 la medalla Fields, la más prestigiosa de las matemáticas, un honor que se concede sólo a los menores de cuarenta años (se considera que a partir de esa edad ya es imposible alumbrar una idea original) y que debía serle impuesta en el Congreso Internacional de Matemáticos que se celebró en Madrid. No hubo manera de convencerlo para que asistiese a la ceremonia o, por lo menos, agradeciese el gesto. «La medalla era irrelevante para mí. Si la demostración es correcta, no necesito otro reconocimiento. No creo en el autobombo. Otros están locos por promocionarse. Allá ellos. A mí no me interesa lo más mínimo», explicó Perelman. «Tiene principios morales bastante extraños. Se siente muy agraviado por cualquier minucia», reflexiona Sergei Kisliakov, director del Instituto Steklov. Según Kisliakov, su decisión de rechazar la medalla podría ser el resultado de un complejo de superioridad. Consideraría que sus colegas no son dignos de darle un premio porque no están a su altura. «Cortó todo contacto con la comunidad académica y me dijo que quería encontrar un trabajo que no estuviera relacionado con las matemáticas. No sé si lo consiguió.» 

El mes pasado, la leyenda de Perelman se agigantó cuando fue premiado con el millón de dólares que concede el Instituto Clay. Él no ha dicho 'esta boca es mía'. De hecho, no se sabe muy bien dónde se encuentra. La última vez que se lo vio fue en el metro de San Petersburgo en 2007, donde un pasajero atónito le hizo unas fotos con el móvil. Incluso hay quien jura que anda por Andorra, donde vive como un eremita, en una aldea pirenaica, «Estoy buscando amigos y no tienen que ser matemáticos», confesó a The New Yorker hace unos años, en una de las contadas entrevistas que ha concedido. Quizá, después de todo, Perelman no es tan raro como parece.

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