Embalses y regadíos en Aragón I
(Extraído de un texto publicado en
el especial del Heraldo de Aragón del 1 de junio de 2014)
El embalse en uso más antiguo de
Aragón es el de Arguis, que se terminó en 1704 y se recreció en 1929. No
obstante, la construcción de pequeños pantanos viene de la época de los romanos,
que ya levantaron presas como las de Muel, Almonacid de la Cuba o Los Bañales. Desde
la Antigüedad, el hombre ha intentado convertir las tierras de secano en
regadío y regular los ríos y barrancos para poder tener agua en verano. Sin embargo,
[en] 1895, en Aragón apenas había un puñado de pequeños embalses que como mucho
tenían 2 ó 3 hectómetros cúbicos: el de San Bartolomé, en Ejea, cuyo proyecto
data de 1879; el de Val de la Fuen, en Sádaba, finalizado en 1889; el de
Escuriza, en Hijar, que se acabó en 1896; el ya citado de Arguis...
Por aquel tiempo, la Comunidad
contaba con varias decenas de miles de hectáreas regables, de las que más de 11.000
correspondían al canal Imperial y otras 7.000, al de Tauste. El resto se repartían
en pequeñas manchas de regadío que en la mayoría de los casos eran abastecidas
por acequias romanas o árabes y carecían de regulación.
Hoy, casi 120 años después, Aragón tiene
cerca de 475.000 hectáreas de regadío y 37 grandes presas que en total suman
unos 5.200 hm3 de capacidad de embalse -la mitad de ese volumen corresponde
a pantanos hidroeléctricos-. Además, la Comunidad sigue reclamando la
construcción de distintas obras de regulación aún pendientes pese a haber sido
largamente demandadas y la creación de nuevos regadíos que hagan más
competitivo su sector agrícola.
Seguramente, esa ingente
transformación no habría sido posible sin la figura de uno de los aragoneses
más ilustres: Joaquín Costa. Como principal representante del Regeneracionismo
-el movimiento que a finales del siglo XIX y principios del XX exigió una
completa renovación de la vida política y social de una España en decadencia-,
el León de Graus concibió una nueva visión de las obras hidráulicas que influyó
decisivamente en los proyectos acometidos en las décadas siguientes.
Costa derrumbó los mitos sobre la
riqueza que generaba la agricultura y puso en evidencia la necesidad de
impulsar el regadío como palanca para fomentar el desarrollo económico y la modernización
social. Sin pantanos ni canales, las condiciones de vida en el campo español
eran miserables, así que su apuesta por el regadío fue una apuesta por la
subsistencia. Además, el intelectual altoaragonés reclamó que fuera el Estado,
y no la iniciativa privada, el que construyera los canales y los pantanos, lo
que sentó las bases del actual sistema intervencionista.
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