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martes, junio 7

¡El perro sanguinario ha muerto!



(Extraído de un artículo de Luis Reyes en la revista Tiempo del 24 de abril de 2015)

Berlín, 30 de abril de 1945. Hitler se suicida junto a Eva Braun. Los rusos están a 300 metros de su búnker.

Hitler tenía planes para abandonar la trampa de Berlín antes de que se cerrase sobre él, y continuar la lucha desde los Alpes bávaros, donde estaba el famoso Nido del águila de Berchtesgaden, su refugio de montaña de tan felices recuerdos. Sin embargo, la voluntad del Führer era errática en esos últimos tiempos y daba pasos contradictorios. Había enviado a Berchtesgaden a su odontólogo el profesor Blachk, dentista de la alta sociedad berlinesa, pero en cambio a primeros de abril Eva Braun hizo el camino opuesto, de Baviera a Berlín.

Por fin el 20 de abril, el día de su cumpleaños, Hitler se dejó convencer por quienes se preocupaban de su supervivencia y decidió volar con Eva a los Alpes bávaros, pero llegó la noticia de que los americanos estaban a punto de tomar Múnich y eso le hizo suspender el viaje. Así perdió la última oportunidad de escapar. Lo más irónico es que la amenaza americana sobre el Nido del águila tenía su origen en un equívoco, uno de los grandes engaños de la Segunda Guerra Mundial, el mito de la Fortaleza alpina.
Según el OSS (el servicio secreto americano, luego CIA), en las montañas de los Alpes que ocupaban el sur de Baviera, el oeste de Austria y el norte de Italia, los nazis habían creado la Alpenfestung, la Fortaleza alpina, un gigantesco entramado defensivo guarnecido por 300.000 fanáticos de las SS y soldados de élite de las fuerzas de montaña. Bajo tierra, inmune a los ataques de la aviación, había un enorme complejo de túneles con viviendas, almacenes e industrias que hacían autosuficiente a la Alpenfestung, incluidos depósitos de nuevas armas secretas y fábricas de aviones Messerschmidt.

Un mito. La información del OSS, procedente de Suiza, convenció a Eisenhower, el comandante supremo aliado. Su propio Estado Mayor, el SHAEF, llegó a la conclusión de que el Gobierno alemán se había trasladado a los Alpes, y que Hitler iba también para allá. Eisenhower ordenó entonces a Patton que abandonase la carrera hacia Berlín y dirigiese a su III Ejército hacia Baviera. Eso supuso dejar la toma y ocupación de Berlín absolutamente en manos de los rusos, con las consecuencias que ello tendría en el futuro reparto de Europa entre el mundo comunista y el capitalista. De paso, el avance de Patton sobre Múnich hizo que Hitler renunciase a salir de Berlín.

Sin embargo la Fortaleza alpina “no era más que un sueño romántico, un mito”, según dijo un prisionero de alto rango, el teniente general Dittmar, que también afirmó que Hitler estaba en Berlín. La intoxicación informativa provenía seguramente de los rusos, pero los oficiales de inteligencia aliados que interrogaban a Dittmar no le creyeron, como no creyeron a la radio alemana cuando el 23 de abril dijo que el Führer se encontraba “en su puesto de mando de Berlín”.

Dittmar, que era un miembro del OKH (Oberkommando des Heeres, Alto Mando del Ejército) muy bien informado, hizo también una predicción que dejó boquiabiertos a los americanos: Hitler sería asesinado si no se suicidaba antes.

El ambiente que rodeaba al Führer estaba realmente enrarecido, y no solo por el hecho físico de llevar ya mucho tiempo haciendo vida de topo en el búnker de la Cancillería, sin salir para nada a la superficie. Frente a la lealtad dispuesta al martirio de algunos fieles, como la aviadora Hanna Reitsch y su amante, el barón Von Greim, mariscal de la Luftwaffe, que el 26 de abril aterrizaron con una avioneta en el vecino parque Tiergarden para intentar sacar al Führer de Berlín, otros de los más importantes personajes del Reich estaban dispuestos a traicionar a Hitler.

Un grupo de altos mandos del Ejército y del Partido Nacional-Socialista, junto al ministro Albert Speer, trazaron un plan para secuestrar a Göring, Himmler y Bormann, no por motivos de lealtad, sino para entregárselos vivos a los aliados como víctimas propiciatorias y obtener así la benevolencia del enemigo, aunque se les escaparon. Desde fuera de Berlín, Göring intentó asumir el poder en un golpe de Estado, aunque fracasó y fue cesado de todos sus cargos, mientras que Himmler, el perverso jefe de las SS, negociaba por su cuenta con los aliados.

El 28 por la mañana, tras una terrible noche de bombardeo, Hitler vio la luz del sol por última vez en vida, salió del búnker para comprobar los daños sufridos por la Cancillería, con la única compañía de su fiel Julius Schaub, el boticario con el carné número 7 de la SS, que desde 1925 era su ayudante personal, como muestra la foto. Esa noche despertó a su secretaria Traudl Junge para dictar testamento, y pasada medianoche contrajo matrimonio con Eva Braun, que había sido durante 13 años su amante y ahora sería su esposa 24 horas. Para oficiar la ceremonia trajeron de primera línea a un funcionario municipal que estaba pegando tiros contra los rusos. Después bebieron champán, pero nadie se animó a hacer un brindis.

El 29 por la tarde otro leal que creía en los milagros, su piloto Hans Baur, quiso convencerle de que la fuga era aún posible, aunque los rusos estaban a 300 metros de la Cancillería. Tenía a su disposición un monstruo de los aires, un Junker de seis motores con una autonomía de vuelo de 10.000 kilómetros, podían esconderse en Oriente Medio. En vez de aceptar el plan, Hitler anunció que se iba a suicidar, pero no lo hizo inmediatamente. Esperó al día siguiente y antes tomó el desayuno junto a su esposa y las secretarias. Después se despidieron y Eva Braun, ahora Frau Hitler, regaló sus abrigos de pieles a las chicas. Luego se encerraron tras la puerta blindada del dormitorio.

Se oyó un disparo. El veneno que tenía Hitler se lo había proporcionado Himmler, ahora considerado un traidor, de modo que el Führer no se fiaba de aquel cianuro, y a la vez que mordía la ampolla se descerrajó un tiro en la cabeza. Después de casi seis años de guerra la BBC iba a poder radiar el verso del Ricardo III de Shakespeare que tenía para la ocasión: “¡Victoriosos amigos, la jornada es nuestra, el perro sanguinario ha muerto!”.

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