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jueves, mayo 5

Adorando a Matsu, diosa de las Aguas

(Un artículo de Francisco López-Seivane del 8 de abril en el blog de "Ocho leguas", en El Mundo)

Esta diosa de carne y hueso que vivió en la provincia china de Fukien en el siglo X y ascendió a los cielos en carne mortal, como la virgen María, cuenta con más de cien millones de fieles devotos esparcidos por todo el mundo, particularmente en Taiwan, donde su aniversario se
celebra con un extraordinario peregrinaje procesional que dura ocho días, con sus noches, recorriendo cientos de kilómetros.

Parece que Matsu nació en un humilde hogar de pescadores en la isla de Meijou, cerca de la costa china de Fukien, el 23 de marzo (lunar) del año 960. Cuenta la leyenda que en el momento de su nacimiento la habitación donde tenía lugar el parto se tornó roja y fragante. Tras un mes de vida, sus padres constataron que no había llorado ni una sola vez, y decidieron llamarla Mou (Silencio), siendo el apellido familiar Lin.

Desde niña fue muy tranquila, piadosa y compasiva. Acostumbraba a pasar mucho tiempo mirando el mar desde lo alto de un acantilado con un vestido rojo, de tal manera que los pescadores la tenían como referencia para orientarse en los días de bruma. Su infancia y adolescencia están trufadas de historias y leyendas. La más conocida tuvo lugar cuando contaba diecinueve años. Una noche soñó que su padre y su hermano naufragaban en alta mar. Ella agarró fuertemente a su padre con las manos, mientras mantenía a flote a su hermano sujetando su ropa con los dientes. La madre entró en ese momento en la habitación y encontró a la joven en una especie de trance tan parecido a la muerte que se asustó y empezó a gritar. Mou escuchó sus gritos y respondió con otro grito para que su madre supiera que estaba viva, pero al gritar tuvo que soltar a su hermano, que pereció ahogado.

Este sueño se convirtió poco después en realidad cuando el padre regresó maltrecho y dio cuenta a la familia de que su hijo había muerto en el mar. El 9 de marzo (lunar) del año 987, Mou acompañó a sus padres al vecino islote de Mei. Cuando se encontraba en lo alto del Monte Mei, un grupo de ángeles descendió de las nubes, llevándosela con ellos a los cielos. Así se convirtió en diosa a los veintisiete años de edad.

Hoy, sólo en las Islas Penghu, al oeste de las costas de Taiwan, hay 140 templos dedicados a Matsu Los pescadores de la zona, recordando cómo les orientaba en silencio con su traje rojo, comenzaron a pedirle socorro en las dificultades. Numerosas salvaciones milagrosas agrandaron la leyenda de los poderes de la diosa, a quien dieron en llamar Matsu (Diosa de las Aguas). Fueron precisamente los pescadores chinos que se instalaron en las Islas Penghu en el siglo XIV, durante la dinastía Ming, quienes trajeron consigo la imagen y la devoción a Matsu, levantando un templo en Tienhou, que es el más antiguo de Taiwan. Hoy, sólo en las Islas Penghu, hay más de 140 templos dedicados a Matsu.

En 1694 una monja budista trajo una estatua de Matsu a Peikang, un pequeño asentamiento taiwanés en la provincia de Yuli, donde comenzaban a establecerse muchos inmigrantes chinos que ya habían construido un modesto templo, aún vacío, para honrar a la diosa. Conocido como
Chaotien, es el templo más antiguo de la isla de Formosa, y uno de los que se visitan en la espectacular procesión anual que tiene lugar todas las primaveras.

El cortejo, que visitará más de 80 templos, atravesando veintitrés pueblos, parte del templo de Zhen Lan, en Dajia, provincia de Taichung, en la parte central de la isla, a las 11 de la noche del día señalado, tras una oración por la paz y la emocionante 'salida del palanquín' que porta la imagen de Matsu en un urna de cristal. La fecha es variable y siempre incierta, porque se consulta a la diosa y ésta no suele dar nunca una respuesta temprana. Lo cierto es que la procesión convoca a cientos de miles de fieles que acuden de todo el país. Es un acontecimiento religioso, sí, pero también popular, cultural, lúdico y folclórico. Lo más parecido que se pueda imaginar a la romería del Rocío, pero con colorido, música, estilo y organización taiwaneses.

Se trata de un acontecimiento religioso, sí, pero también popular, cultural, lúdico y folclórico

Abre la marcha el Bobe-a, un estrafalario personaje con casco de bambú y un parasol al hombro, que avanza tocando el gong para anunciar que se acerca la diosa. Pisándole los talones, van grupos con nombres tan extraños como Elenco del Buda Borracho, Grupo de los Santos Infantes,
disfrazados éstos de bebés gigantes, o Dúo Chi Yen y Pah Yen, que pasan por ser los mensajeros del Más Allá. Siguen los Ocho Generales, cuya misión es arrestar a los demonios errantes. Después, viene una serie de comparsas de todo el país, con sus brillantes vestimentas y simbología.

Hasta aquí, todo es festivo y estrafalario, pero cuando se acerca el sagrado palanquín, uno se queda de piedra al ver a centeneras de personas postradas en el suelo, como una alfombra humana, para que la diosa les pase por encima. Una riada de fieles sigue la procesión a pie, en bicicleta, en moto, en automóvil, en autobús... Cada etapa, de un templo a otro, son más de veinticinco kilómetros a través de pueblos y villorrios que viven con alegría y emoción el paso de la comitiva.

A medida que avanzan los días, el cortejo se va pareciendo más y más a la procesión de la Blanca Paloma. Los devotos se empujan para tocar el palanquín porque creen que eso les traerá bienes sin cuento, alzan a sus hijos sobre la muchedumbre para que pasen de mano en mano hasta las
proximidades de la diosa, gritan, cantan, lloran, se emocionan... y después se van a comer y festejar. Pocos son los que cumplen los ocho días completos del itinerario. Lo más común es hacer una sola etapa o, incluso, esperar la llegada de la procesión en algún templo, donde siempre es recibido el cortejo con fuegos artificiales, sesiones de ópera taiwanesa, desfiles, música y mucha fiesta.

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