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domingo, julio 21

Escritores y sus demonios familiares



(Un artículo de Matías Néspolo en El Mundo del 30 de junio de 2013)

No hace falta leer con fervor de converso Tótem y tabú (1913) para concebir el parricidio como crimen primordial que funda el orden social y constituye la ley, paterna o a secas. Algo en lo que coinciden antropólogos y filósofos, sean adeptos o no a las teorías del doctor Freud. 

Lo cierto es que el deseo de matar al padre y la pulsión incestuosa son inherentes a la literatura. Al menos en Occidente donde se alzan Edipo Rey, Hamlet y Los hermanos Karamazov. Aunque puede que quien más supiera del tema fuera Kafka con su demoledora Carta al padre, en la que intentaba desembarazarse del autoritario sastre. 

Pero más allá del parricidio (o su deseo soterrado), ya sea real o simbólico, lo que supone el ingreso a la ley paterna - o al «orden del lenguaje», como prefería Lacan - es la sumisión a los lazos de parentesco. La subordinación a ese infierno cotidiano llamado familia. Una cárcel sin barrotes de la que quizá  ningún escritor haya logrado jamás escapar, ni dentro ni fuera de su obra. De ese punto ciego se ocupa Colm Tóibín (Enniscorthy, 1955) en Nuevas formas de matar a tu madre (Lumen), en versión castellana de Patricia Antón. 

Para Hermann Hesse la familia era un defecto o lastre del que no siempre era fácil sobreponerse. Para Simone de Beauvoir, un nido de perversiones. Y como no hay dos cojeras iguales, cada nido tiene las suyas. Eso es lo que parece demostrar el crítico, poeta y narrador irlandés en su libro, como si de una constatación del célebre arranque de Anna Karenina se tratara: «Todas las familias felices se parecen entre sí, pero las infelices lo son cada una a su manera». 

Lo malo es que las parecidas entre sí rozan la utopía o son más raras que un trébol de cuatro hojas. «El escritor irlandés Roddy Doyle proviene de una familia feliz. Puede que también Jane Austen. Pero no es lo usual, y no sólo en el caso de los escritores», responde Tóibín […]. Su esfuerzo por encontrar contraejemplos no hace más que confirmar la regla. De las infelices, en cambio, hay para todos los gustos. […] «Algunos de los ensayos surgieron de conferencias. Me interesé por la relación de los escritores con sus familias en la ficción y la relación de las familias reales con ellos.» […] 

[El] profesor de la Columbia University espía las intimidades familiares por la mirilla de la correspondencia, diarios y biografías con ojo de narrador más que de académico. «Por momentos sólo me interesaban las historias. Otras veces, como en el caso de Jane Austen, Henry James y Hart Crane, el trabajo del escritor. Como soy novelista antes que crítico o profesor, me sentía libre de seguir mi instinto», explica. 

Y las escenas arrojan luz sobre cada obra, pero se resisten a las generalizaciones. «Creo que Borges, Yeats y Naipaul tenían muy presente el hecho de que sus padres fueran artistas fracasados. Eso les daba confianza y una especie de poder que emergía en sus obras. Otros como Mann, Synge o Tennesse Williams utilizaban a sus familias como material y fuente de inspiración», resume. 

A la hora de elegir las historias más terribles, Tóibín opta por dos padres devastadores: Thoman Mann y John Cheever. «Con ellos podemos hacemos una idea de cómo es tener un padre homosexual. De todos los escritores del libro, ellos fueron los que causaron más problemas en sus familias. Pero hay una diferencia, mientras Cheever era un problema tanto para sí mismo como para su mujer y sus hijos, Mann parecía estar a gusto consigo mismo, sólo le causaba problemas a quienes le rodeaban», aclara. 

Sobre todo al segundo de sus seis hijos, Klaus, el favorito de mamá Katia. «Mi vida proyectó una sombra sobre la suya desde el principio», le escribía a su amigo Hesse en 1949, tras el suicidio de Klaus, a cuyo funeral se negó a asistir. Como tampoco lo visitó en el hospital tras su frustrado primer intento. La frialdad, el desdén y la funesta atracción sexual que sentía el Nobel por su malogrado hijo escritor venían de antiguo. Cuando Klaus tenía 14 años, mucho antes de que se enganchara a la heroína, Mann apuntaba en su diario: «Me tiene cautivado, está guapísimo en bañador. Me parece bastante natural enamorarme de mi hijo». Y la sombra fue más bien una losa que él mismo cincelaba hasta en el menor gesto. En el ejemplar de La montaña mágica (1924) que le regalara anotó: «A mi respetado colega, de su prometedor padre». Dedicatoria que Klaus tuvo la imprudencia de enseñar, para mofa de la prensa. 

Pero no sólo a Klaus le desgració la vida. Michael, el menor, se suicidó en 1977. Y Erika, la mayor, jamás superaría la ambigüedad de su padre con el nazismo para no perder privilegios ni lectores. De allí que Erika y Klaus se protegieran mutuamente de su padre en una relación que excedía lo fraternal. No en vano el FBI les seguía la pista, cuando recorrían América dando conferencias, como sospechosos de comunismo e incesto. 

En todo caso, tampoco Cheever fue una delicia de padre. «¡Te ríes como una mujer!», humillaba al pequeño Ben, para acabar confesándole en su vejez: «A tu padre le han chupado la polla bastantes personajes discutibles. Pensé que tenía que decírtelo». Maestro en el arte de culpar a los demás, el autor de Falconer combatía su homosexualidad nunca asumida con hectolitros de ginebra al tiempo que amasaba un refinado odio contra su esposa o su hija Susan, «una niña gorda e inoportuna». 

Tóibín se cuida muy bien de caer en el psicologismo o psicoanálisis de andar por casa, pero resulta difícil no ver una inversión del Edipo kafkiano en el caso Yeats, porque era John Butler, padre del poeta William Batler Yeats, el empeñado en matar al hijo. Con más de 70 años se lanzó a escribir relatos y obras de teatro para superar a su vástago. Penosa y patética resulta la correspondencia en la que busca su aprobación y no obtiene más que una cruel e implacable crítica de W B. 

El caso opuesto es el de su paisano Samuel Beckett. «Tenía una relación maravillosa con su padre», un borrachín malhablado que no daría golpe, pero con él adoraba recorrer los campos y tirarse pedos. De él heredaría el sentimiento de culpa y la laxitud como tema de sus obras. «En casos como los de Beckett o Synge, el escritor se alimentaba de una madre conflictiva», aclara Tóibín. Y puede que fuera un tanto neurótica u obsesiva, pero frente a la gandulería y la afición a la bebida de Samuel, su madre pasaría hoy por santa. «Le pagó a su hijo un viaje de un año a Alemania para que fuera a apreciar obras de arte […]».

Para madres castradoras, Leonor Acebedo, la de Borges, a quien llamaría Georgie hasta el último día. Lectora, cancerbera y secretaria (luego María Kodama ocuparía esas funciones), fue doña Leonor la que le buscó a su hijo de 68 años su primera esposa, Elsa Astete, le montó el casamiento y acompañó a la novia a la parada de autobús, tras la ceremonia, para que se fuera a su casa, porque Georgie no quería alejarse de mamá, ni siquiera en su noche de bodas. 

Aunque puede que el fantasma de un padre ausente, escritor fracasado para más inri, también marcara al autor de El Aleph. Antes de morir en 1938, Jorge Guillermo Borges le encomendó a su hijo que reescribiera su única novela publicada, El caudillo. Tal vez de allí provenga el rechazo del argentino al género. Tóibín analiza el relato El Congreso como el cumplimiento de ese encargo y, a la vez, como una suerte de refutación a la novela de papá. 

En todo caso, el método de interpretación familiar llega aquí a su límite. «Hay que ser cauteloso. No es sencillo establecer una relación entre la obra y la vida. Jane Austen y Henry James mantenían una buena relación con sus madres en la vida real, y sin embargo en la ficción convertían a las madres en algo conflictivo. Con Borges hay que tener mucho cuidado. En parte su genialidad consiste en que no hay por donde pillarlo. Su vida no explica su obra», reconoce el autor. 

Si detrás de todo gran escritor hay una familia infeliz, es absurdo pedirle a Tóibín exhaustividad. Pero se echan de menos las familias de Sylvia Plath, Fitzgerald o Faulkner... «Podría haber escrito una enciclopedia», bromea. «Además de los mencionados añadiría a James Joyce, a Hemingway, y también a Lorca».
[…]

El premio Nobel Samuel Beckett heredó de su padre el sentimiento de culpa y la laxitud de su obra literaria.
Franz Kafka. En su larga 'Carta al padre' (1919), todo un paradigma de parricidio literario, no consigue explicarle al severo padre Hermann por qué le temía.
Henry James. Pese a llevarse bien con su madre, el autor de 'Otra vuelta de tuerca' convirtió a la figura materna en una ominosa ausencia en todas sus ficciones.
W. B. Yeats. La fama del poeta Irlandés ocultó la de su hermano pintor, fastidió a sus hermanas y amargó la vejez de su padre, que Intentó superarlo como escritor.
John Cheever. Su adicción al alcohol y su clandestina homosexualidad desgraciaron la vida de su odiada esposa y malograron la Infancia de sus tres hijos.

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