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martes, febrero 25

Los otros Lorcas



(Un texto de Tulio de Micheli en el ABC del 10 de enero de 2010)

Los escritores, artistas, músicos y dramaturgos no sufrieron muchas bajas a causa de la Guerra Civil y la posguerra, aunque sí padecieran cárcel y exilios. En cualquier caso, tres ejemplos descollan entre todos: los viles asesinatos de Federico García Lorca y Pedro Muñoz Seca en agosto y noviembre de 1936, y el fallecimiento de Miguel Hernández, a finales de marzo de 1942, en el penal de Alicante aquejado de tuberculosis. Sin embargo, por muchas similitudes que se quieran encontrar entre esas tres muertes, y por mucho que hayan podido ser emblemas de aquella tragedia nacional —bien para la derecha, bien para la izquierda— al final sólo ha conservado toda su fuerza como icono duradero de la contienda el terrible destino final del gran poeta y dramaturgo de Fuente Vaqueros.

Pero vayamos por partes. Pedro Muñoz Seca era un prolífico autor de teatro —más de un centenar de obras— que inventó un género dramático (el «astracán», de carácter cómico, paródico y extremo, que además preludiaba el teatro del absurdo que luego practicarán Jardiel Poncela o Mihura) y que fue inmensamente popular, sobre todo a partir de 1918, cuando se estrenó su célebre La venganza de Don Mendo. Fue un dramaturgo injustamente denostado por la crítica y los intelectuales, pese al respeto que, entre otros, le tenían Valle-Inclán, Benavente y Manuel Machado en su tiempo; o Torrente Ballester y Alonso de Santos durante el franquismo y en la actualidad.

Muñoz Seca había nacido en El Puerto de Santa María en 1879, fecha que él transformó por su amor a los números capicúas en 1881, y fue condiscípulo de Juan Ramón Jiménez en el famoso colegio jesuita de San Luis Gonzaga. Como Federico García Lorca estudió Derecho, profesión que a diferencia del granadino él sí ejerció por algún tiempo en el bufete de Antonio Maura y que le sirvió para conseguir un puesto en el Ministerio de Fomento, y además acabó la carrera de Filosofía y Letras.

En fin, el 17 de julio de 1936 asistía con su esposa al estreno de «La tonta del rizo» en Barcelona, ambos fueron detenidos y enviados a Madrid donde a él lo encarcelaron en el Convento de San Antón, mientras que ella fue liberada por ser cubana. Juzgado sumariamente, lo ejecutaron junto a varios miles de presos en las terribles «sacas» de Paracuellos del Jarama.

Muñoz Seca esculpió —como Miguel Hernández en su lecho de muerte— algunas frases lapidarias que bien podrían servirle de epitafio. La primera, a sus victimarios: «Podréis quitarme las monedas que llevo encima, podréis quitarme el reloj de mi muñeca y las llaves que llevo en el bolsillo, podéis quitarme hasta la vida; sólo hay una cosa que no podréis quitarme, por mucho empeño que pongáis: el miedo que tengo». La segunda, ya en el paredón, antes de la descarga: «Me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades», frases quizá tan legendarias como el supuesto «grafiti» que poco antes de morir garabateó el poeta de Orihuela junto a su cama: «Adiós, hermanos, camaradas y amigos. Despedidme del sol y de los trigos».
Si Muñoz Seca y Lorca procedían de hogares acomodados, Miguel Hernández —que nació el 30 de octubre de 1910, pronto el centenario— venía de una familia humilde que se dedicaba a criar ganado. No pudo terminar el bachillerato, pues su padre le obligó a dedicarse al pastoreo; en la soledad del campo lee sin descanso y comienza a escribir sus primeros poemas.

Hernández trabó amistad con el canónigo Luis Almarcha quien le animó desde el principio a escribir y además le proporcionó nuevas lecturas: San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Verlaine, Virgilio... El joven aprendiz de poeta se acerca a otros jóvenes de Orihuela como los hermanos Carlos, Efrén y Miguel Fenoll, Manuel Molina y José María Gutiérrez (quien adoptará el pseudónimo «Ramón Sijé» y a quien dedicó su magistral «Elegía»), formando una tertulia de escritores de inspiración cristiana. Para entonces, el pastor autodidacta bucea en el Siglo de Oro forjando un estilo que remite a autores como Calderón y Góngora.

Viaja a Madrid y entabla amistad con algunos poetas del 27, especialmente Aleixandre, y con el chileno Pablo Neruda, quien se convertirá en uno de sus grandes mentores, alejándose de Sijé y Cosío. Al estallar la guerra, se alista en el Quinto Regimiento del PCE y llegará a ser comisario, más cultural que político, pues sus tareas se centraron en la propaganda y en la agitación política. Al terminar la contienda, pasa a Portugal, pero la policía de Salazar lo devuelve a España y sufre una primera detención de la que se libra gracias a la gestiones de Neruda cerca de un cardenal. Luego vuelve a Orihuela, donde le denuncian. Enseguida le juzgan y condenan a muerte, pena que le conmutan gracias a la intervención de Almarcha, quien llegó a ser obispo, y de Cosío. Pasa por cárceles de Madrid, Palencia y Ocaña, donde enferma de bronquitis, tifus y tuberculosis. Finalmente es trasladado a la cárcel de Alicante donde fallece el 28 de marzo de 1942.

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