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martes, abril 1

Y ellos también fueron musas



(Un texto de Isabel Navarro en la revista Mujer de Hoy del 2 de agosto de 2008)

A menudo, los músicos viven a la intemperie: a expensas de un representante que les puede engañar, sin domicilio fijo, con pocas horas de sueño, cambiando de hotel, de cama y de público. Además son promiscuos, pero cuando eligen a una musa se vuelven dóciles y suelen buscar a mujeres mayores, un referente maternal que dé sentido a su vida. Sin embargo, las intérpretes femeninas, las voces poderosas como Edith Piaf y Billie Holiday, no buscaron padres ni maestros. Más independientes y avanzadas que la mayoría de sus contemporáneas, con una vida pública fuera del hogar (cuando era difícil concebir a una mujer fuera de la cocina), las damas de la canción tuvieron querencia por dos tipos de hombres: los jóvenes amantes que alimentaban su ego y los protectores (a veces maltratadores y casi siempre brutos) que las hacían sentir seguras en un mundo de hienas.

Billie Holiday y Edith Piaf nacieron el mismo año y bajo el mismo sino: el del abandono. La amarga “vie en rose" de la cantante francesa comenzó bajo una farola, en el número 72 de la rue de Belleville, de París. Su madre dio a luz en la acera y la abandonó en manos de su abuela paterna, que era madame de un burdel. Los ojos de Edith se acostumbraron pronto a lo sórdido, pero un día reapareció el padre, que era acróbata ambulante, y la arrastró a una vida de callejera.

Al otro lado del océano, en Filadelfia, la madre de Billie Holliday fue una adolescente de 13 años que se quedó embarazada. La futura dama del jazz vivió entre orfanatos y casas de familiares, fue violada antes de los 12 y con 18 años sobrevivía en Nueva York con trabajos de ayuda doméstica y prostitución. Siendo ya una cantante de éxito se casó con el trompetista Jimmy Monroe, un proxeneta y apostador que, además de vivir a expensas de su dinero, la golpeaba. Monroe fue arrestado por posesión de estupefacientes y, mientras estaba en la cárcel, Billie empezó una relación con otro trompetista, Joe Guy, que la introdujo en el mundo de la heroína.

Edith Piaf vivió enganchada al alcohol y al humo de sus Gitanes. Fue la amante de Yves Montand y de Georges Moustaki, cuando los dos eran jóvenes y desconocidos tratando de abrirse paso en el mundo de la canción y ella una cantante consagrada. Tanto uno como otro sacaron tajada de su generosa amante. Sin embargo, la pasión de su vida fue un boxeador, Marcel Cerdan, que la amó con devoción hasta que falleció en un accidente de avión y a cuya memoria compuso “Hymne a l'amour”.

El segundo marido de Billie fue Louis Mckay, un justiciero de la mafia que trató de sacarla de la droga sin mucho éxito. Al final de su vida murió sola y estafada, con menos de un dólar en el banco. Una y otra sufrieron y amaron a musas que rasgaron su voz.

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