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domingo, diciembre 7

75 años de la noche de los cristales rotos



(Un texto de Gonzalo Ugidos en el suplemento dominical de El Mundo del 3 de noviembre de 2013)

 En la madrugada del 9 al 10 de noviembre de 1938, hordas nazis arrasaron sinagogas y hogares judíos por toda Alemania. Más de 100 personas murieron y 30.000 fueron deportadas. Fue, como dijo el canciller Schmidt 40 años después, "una de las etapas del camino el infierno”. 

Cuando Hitler ascendió al poder, la sociedad alemana era culta y sofisticada y los judíos del país se sentían parte. Eran 600.000, apenas el 1% de la población, pero formaban parte de la elite como profesores, médicos, abogados o industriales. Muchos no practicaban su religión y se habían asimilado. Miles habían dado la vida por su país en la I Guerra Mundial.

Todo eso era irrelevante para Hitler. Casi inmediatamente después de que el presidente Hindenburg lo nombrara canciller, el 30 de enero de 1933, comenzó la persecución oficial. En abril los nazis empezaron a boicotear los negocios judíos con pintadas y carteles insultantes. Al boicot siguió la promulgación de leyes que los excluían del trabajo en la administración pública y de la ciudadanía alemana y prohibían los matrimonios mixtos. Hasta 1939 se promulgaron 400 normas de exclusión.

El pretexto. El 26 de octubre de 1938, los miembros de la familia Grynzspan fueron arrancados de su casa en Hannover y puestos en un tren rumbo a la frontera polaca. Los guardias fronterizos polacos no les dejaron entrar. Junto a otros 17.000 judíos, quedaron atrapados en tierra de nadie durante semanas, bajo la lluvia, sin comida ni refugio.

El hijo mayor, Herschel, tenía 17 años y se libró porque vivía en París. Cuando conoció las penalidades de los suyos, el 6 de noviembre de 1938, compró un revólver y se dirigió a la embajada alemana. Lo recibió el tercer secretario, Ernst vom Rath. Herschel le descerrajó cinco tiros a bocajarro. Murió tres días después. Cuando informaron a Hitler, habló con Goebbels y este decidió que "los judíos sintieran la ira popular". Transmitió instrucciones al partido y a la policía de inmediato.

La orden. Varias divisiones de las SA, las fuerzas de asalto nazis conocidas como camisas pardas, recibieron instrucciones para prender fuego a todas las sinagogas y asaltar las tiendas y hogares judíos. Los campos de concentración de Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen se prepararon para albergar a decenas de miles de detenidos. Pero la violencia había empezado antes de que se emitiera ninguna orden oficial, y antes incluso de la muerte de Vom Rath, como consecuencia de la histeria desatada por la prensa.

48 horas de infierno. En Berlín el 9 de noviembre empezó como cualquier otro día, pero la violencia se desató a las dos de la madrugada, una vez que la policía había cortado las líneas telefónicas y el suministro eléctrico de negocios judíos. Entonces el mundo se volvió loco.

A lo largo de las 48 horas siguientes, murieron más de 100 judíos en Alemania, Austria y los Sudetes, más de 1.300 sinagogas fueron incendiadas, 7.500 negocios fueron destruidos, un sinfín de cementerios, profanados y otros tantos colegios, arrasados por hordas rabiosas. Cantidades incalculables de obras de arte y artículos de valor se perdieron en aquella orgía de odio. En esos dos días 30.000 judíos fueron detenidos y deportados en masa a campos de concentración.

El éxodo. Los periódicos se refirieron a aquellas 48 horas como la "Acción Judía", Nadie sabe cuándo surgió la expresión "noche de los cristales rotos" (Kristallnacht) referida a la destrucción de ventanas y escaparates. Los judíos la consideran ofensiva porque minimiza la crueldad de aquella barbarie. Desde aquella noche hasta principios de 1939. 50.000 judíos dejaron Alemania. En octubre de 1941 los que quedaron empezaron a ser enviados a campos de exterminio.

Amargura y vergüenza. En 1978, en el 40 aniversario, el canciller Helmut Schmidt evocó en una sinagoga de Colonia aquellas 48 horas: "Allí donde ardieron las casas de Dios, donde el poder puso en marcha el tren de la destrucción y el robo, de la humillación, el secuestro y el encarcelamiento, allí acabaron la paz, la justicia y la humanidad. La noche del 9 de noviembre de 1938 marcó una de las etapas del camino al infierno”.

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