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sábado, diciembre 6

Historia del tabaco



(Un texto de Gloria Otero en el XLSemanal del 6 de marzo de 2011)

Parece que el inefable veneno que asombró hace cinco siglos a los descubridores de América va a terminar su periplo histórico como empezó: convertido en un tabú demoniaco. Por muy distintas razones, eso sí. A Rodrigo de Jerez, uno de los primeros europeos que adoptó la costumbre de fumar, tal y como vio hacer a los indios taínos de Cuba, la Inquisición lo acusó de brujería. Corría el año 1493 y el santo tribunal consideró que «solo el diablo puede dar a un hombre el poder de sacar humo por la boca».

El caso es que el consumo de tabaco estaba muy arraigado en América cuando llegaron los españoles. Mayas, aztecas y caribes lo masticaban, lo inhalaban, pero sobre todo lo fumaban, introduciendo una mezcla de hojas picadas en un canutillo rígido al que llamaban 'tabaco'. Los cronistas del Nuevo Mundo, como Bartolomé de las Casas, describen su uso entre los indios: «Entre otras costumbres reprobables, tienen una especialmente nociva. Consiste en la absorción de una cierta clase de humo para producir un estado de languidez y estupor». Por tales cualidades lo utilizaron los conquistadores españoles para combatir un mal aparecido en la época, la sífilis. «Porque así transportados, estos enfermos no sienten los dolores de su enfermedad.» Pero había otro mal, el de la modernidad por excelencia, que entonces hizo su aparición: la ansiedad. Y frente a él no había mejor conjuro que un cigarro.

El éxito del humeante veneno no tardó en volverse universal, desde que en tiempos de Felipe II aparecen las primeras plantaciones de tabaco europeas, cerca de Toledo, en Los Cigarrales, de donde viene el nombre del producto. La adicción se extendió por todo el mundo y muchos países amenazaron a los fumadores con castigos más o menos drásticos. Hasta el Papa amenazó con la excomunión a los sacerdotes que fumaran durante la misa. Pero finalmente sucumbieron ante sus beneficios económicos. En el siglo XVIII, cuando se inaugura la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla que inspira la Carmen de Mérimee, se acaba la contestación estatal. El mundo echa humo por los cuatro costados. Eso sí, socialmente dividido por el 'formato' elegido. Los círculos aristocráticos ponen de moda el rapé, tabaco en polvo perfumado para inhalar. El pretexto perfecto para ausentarse un rato e ir a encontrarse con un amante, de donde viene la expresión «echar un polvo», sinónimo de coito rápido. En el otro extremo de la jerarquía social, el de los desheredados que recolectaban las colillas, nace el democrático cigarrillo, hecho de sobras, de tabaco picado envueltas en papel. Aunque no fue hasta un siglo después cuando este tótem universal se generaliza. James Duke fue el responsable. Inventó una máquina que producía 120.000 pitillos en diez horas. El equivalente al trabajo de 40 cigarreras enrollando cinco cigarrillos por minuto. La velocidad de la fabricación corre paralela a su 'degustación'. El frágil cigarrillo se consume sin dejar huella. Fumar es, en pleno auge del productivismo y la practicidad, una irresistible manera de perder el tiempo. Favorita de artistas, dandis y poetas, por la imprecisa frontera entre pasividad y creatividad que convoca. Paul Valéry, el más cerebral y cartesiano de los poetas, fumaba 70 cigarrillos diarios.

Es también un arma de olvido y consuelo, como demuestra su extraordinario auge en tiempos de guerra, cuando una cajetilla de rubio americano podía comprar cualquier cosa. Y claro, es un perverso dueño porque, lejos de satisfacer el deseo, lo acrecienta. Jean Paul Sartre o Tom Waits son buenos ejemplos. Cuando Newsweek preguntó al filósofo francés, desahuciado por los médicos si no dejaba el tabaco, qué era lo más importante para él en esos momentos, respondió: «Pues todo. Vivir. Fumar...». El cantante americano, por su parte, pone el despertador a las tres de la madrugada cada día para fumarse el primer cigarrillo con todos los honores de la nocturnidad.

Convertidos en prolongación inseparable de la personalidad de tantos ciudadanos, las pipas y los cigarros son indisociables de muchas obras en la historia de la pintura. En las escenas de género de los siglos XVII y XVIII aparecen fumadores de pipa, relajados y alegres en interiores domésticos o en tabernas. En el siglo XIX, la pintura orientalista asocia al exotismo y la sensualidad del harén las típicas pipas de agua turcas. Pero es con la eclosión de las vanguardias cuando el fumador se convierte en protagonista de innumerabIes piezas. Impresionistas, fauvistas, expresionistas, cubistas retratan a sus modelos, o se autorretratan con la pipa en la boca o el cigarrillo en la mano, en una inmortal galería de adictos al hechizo del humo... o adictas, porque las mujeres no faltan. De hecho, fueron ellas las primeras en fumar en público. Las llamaron 'grisettes' por el tono grisáceo que la nicotina les daba, aunque más que el tabaco, debía de ser cosa de la triste vida que llevaban, como trabajadoras con jornadas de hasta 16 horas diarias en los alrededores de Notre Dame de Paris. Sin duda; el cigarro las ayudaba a soñar despiertas.

Más adelante, en los años 30, fumar se convierte en un acto de rebeldía para la mujer. Una especie de desafío a su rol sociosexual de individuo sumiso y pudoroso, que ya anticipó un siglo antes George Sand; no solo fumando a destajo, sino vistiéndose 'de hombre. Y del desafío al glamour solo hubo un paso. Aunque fueron el cine y la fotografía, más que la pintura, los que lo inmortalizaron. Hoy, de regreso al mundo del tabú, de la fealdad y de la culpa, el tabaco vuelve a protagonizar campañas. Pero esta vez dandis, políticos, artistas y bellezas diversas se han esfumado. Su lugar lo ocupan radiografías pulmonares nada tranquilizadoras. En el imperio de la corrección clínica no caben ambigüedades estéticas ni vitales.

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