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lunes, diciembre 8

Tirantes



(Un texto leído en el suplemento dominical de El Mundo del 23 de febrero de 2014) 

El actor británico Ralph Richardson (Larga jornada hacia la noche, Doctor Zhivago y Ana Karenina) solía contar que lo primero que hizo al enterarse de que se había declarado la II Guerra Mundial, en 1939, fue correr a su sastrería de Savile Row y comprarse media docena de tirantes. Por lo que pudiera pasar. Aunque por aquella época los cinturones habían empezado a reemplazar a este complemento y a arrinconarlo para el gran público en estereotipos muy concretos (el banquero, el periodista...), aún existia la conciencia de que era algo irrenunciable en la vestimenta de todo buen caballero que se preciase de su estilo. Y esto no porque resultaran en sí más estéticos que su competidor. De hecho, eran considerados parte de la ropa interior, hasta tal punto que una ordenanza municipal de un Ayuntamiento del Estado de Nueva York trató de prohibir poco antes, en los años 30, que se mostraran en público, tipificándolo como "indecencia".

La razón por la que Richardson temía más su escasez que las bombas era más bien práctica: alza el pantalón de forma segura y continua, marca más la raya de la pernera dejándola caer con naturalidad sobre el zapato y evita el antiestético bulto que produce la hebilla del cinturón en el centro de la figura.

Tras una travesía por el desierto de más de 40 años, tuvieron un breve retomo en la década de los 80, aunque asociados a una imagen controvertida: la del yuppie despiadado, encarnado en el personaje de Michael Douglas en Wall Street, Gordon Gecko. Y otras dos décadas abundantes han tenido que pasar hasta que los tirantes han vuelto a ponerse de moda. […] incluso han vuelto a la gran pantalla con un personaje mucho menos negativo que el ejecutivo de Douglas: James Bond.

Daniel Craig, en la piel del agente 007, ha enseñado un modelo blanco de seda moiré bajo la chaqueta del esmoquin en Casino Royale (2006) y Skyfall (2012). Y como buen caballero inglés apegado a las tradiciones, llevaban la firma de Albert Thurston, la casa que se precia de haber inventado, hace casi dos siglos (1822), la forma actual de estos complementos.

Antes, ya existían correas de tela que actuaban igual que los actuales tirantes, y se dice que Benjamín Franklin era un asiduo usuario. Pero Thurston racionalizó el accesorio, y dio pie a todas las evoluciones que han venido después. A lo largo del siglo XIX se multiplicaron las patentes de distintos métodos, incluida una presentada en 1871 por Samuel Clemens, más conocido por su seudónimo: Mark Twain. El escritor norteamericano fue otro ilustre amante de los tirantes, aunque le parecían incómodos, por lo que trató de mejorarlos. Sin mucha fortuna, también es cierto.

Sin embargo, Thurston sigue produciendo miles de pares cada temporada (incluidos unos exactamente iguales a los fabricados hace 192 años, llamados boxcloth por el nombre de la tela empleada) y distribuyéndolos entre las mejores sastrerías de Londres. La producción ha ido aumentando paulatinamente, con algunos altibajos. Por ejemplo, cuando se estrenó Casino Royale, tuvieron que incrementar cuatro veces el pedido de la tela blanca con la que confeccionan el modelo de esmoquin del héroe británico.

[…] Buscar las razones de este resurgir, más allá de la influencia de las películas y de las pasarelas, no es sencillo. "Todo lo anglosajón, lo asociado con el club de gentlemen, está volviendo", indica el historiador de la moda Pedro Mansilla. "Durante mucho tiempo, la memoria colectiva del tiran te no era positiva, estaba asociada a las grandes panzas, al bon vivant”, asegura Mansilla, que relaciona el cambio de perspectiva a la reivindicación del dandismo que se ha producido en los últimos años: "Es una exhibición de la nueva masculinidad, más traviesa, refinada y rococó".

Pero todos identifican un tipo que ha ayudado quizás más que nadie a esta reconquista de los tirantes: el periodista. Quienes, como Tom Wolfe o Truman Capote, iban a contracorriente en los 70, conquistaron seguidores en todo el mundo, también para sus complementos preferidos. […] Esta influencia también ha tenido su efecto sobre el cómo se llevan ahora los tirantes. Al igual que las corbatas, se han estrechado para hacer más larga y estilizada la figura. Y sobre todo, muy lejos de aquella prenda de ropa interior de los años 30, sus colores, cada vez más vivos y diversos, están pensados para enseñarse cuando el caballero se quita la chaqueta. Por eso, ya no es raro ver estampados de camuflaje, geométricos, de animales, y de cualquier, otro estampado imaginable. Así es como un complemento que, durante un tiempo pareció "carpetovetónico", como indica Mansilla, ha conseguido volver a ponerse en el foco de atención.

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