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miércoles, abril 2

El primer crucero de la historia



(Un texto de Alicia Hernández leído en la revista Paisajes de hace ya un tiempo)

Cuando Mark Twain se embarcó en 1867 con un grupo de turistas americanos para recorrer Europa y Tierra Santa, se convirtió en el cronista del primer viaje organizado, contado con su peculiar y fino humor.

EI 'padre' de Torn Sawyer y Huckleberry Finn empezó su carrera literaria como un avispado periodista. Mark Twain es el seudónimo de SamueI Langhorne CIemens (1835-1910), uno de los grandes escritores de los Estados Unidos de América. Y ese nombre nació de forma muy curiosa. Con 15 años trabajó como piloto de río en San Luis. El proel debia gritar el calado del barco, que como mínimo debía marcar dos brazas para una navegación segura: "mark twaine” era la consigna, y Samuel se convirtió en el chico Mark Twain. En 1861, Twain dejó los barcos y regresó al periódico de su hermano, el 'Hanibal Journal'. Publicó artículos de opinión y relatos de humor y sátira y se convirtió en improvisado corresponsal del que podría denominarse el primer viaje organizado de la historia. Un viaje recopilado en 'Los inocentes en el extranjero' (1869), un libro en el que se burla y desmonta algunos mitos del Viejo Continente que solían deslumbrar a los turistas estadounidenses.

En 1867, un anuncio en los principales periódicos americanos reclamaba turistas para apuntarse a una 'Excursión a Tierra Santa, Egipto, Crimea, Grecia y lugares de interés intermedio'. Se propuso fletar un barco que partiría de Nueva York. Mark Twain se apuntó al viaje para ir enviando crónicas del periplo al diario 'Alta California', de San Francisco, y algunas cartas para el ‘Tribune' y el 'Herald', de Nueva York. Esas crónicas son un maravilloso alarde del ingenio y sentido del humor que siempre empleó en su escritura. Un año después de su regreso, en 1869, Mark Twain creyó que sería una buena idea reunir esas crónicas y sus apuntes del viaje y así nació ‘The innocents abroad', «el relato de un viaje de placer», como anuncia en el prólogo.

El viaje se presentaba como algo inédito, «un picnic de proporciones gigantescas (...), unas vacaciones soberbias», escribió. Se eligió un vapor de primera clase, el 'Quaker City', con capacidad para 150 pasajeros, y en el detalle del itinerario no cabían más lugares maravillosos, pues se visitaba hasta la Exposición Universal de París. La duración seria de alrededor de seis meses, y se combinaría el recorrido en barco con rutas en tren y otros medios de transporte para realizar excursiones a la carta por los distintos países. El precio era de 1.250 $ y un comité de selección elegirla a los pasajeros. Mark Twain se presentó en el despacho del Tesorero, en el centro de Wall Street, para depositar el 10% del precio y asegurarse el pasaje. A medida que se acercaba la fecha de partida, propuesta para el 8 de junio de 1867, los detalles del viaje iban llenando de ansias al escritor y a los turistas. Mark Twain detalla con ese humor fino y punzante lo granado del pasaje, tanto que él mismo dice prepararse para ser un viajero de segundo orden aliado de semejantes personajes: políticos, ministros del evangelio, militares, artistas, damas de renombre y alcurnia y 'profesores' de dudosa enjundia pero de apabullante curriculum. Un selecto pasaje que no se libra ni en una sola de sus crónicas de la crítica mordaz de Twain: «en su mayoría lo formaban solterones desentrenados y un niño de seis años». Las descripciones de Twain son sencillamente geniales. Desde el aspecto y forma de actuar de los honorables ancianos que deambulan por cubierta intentando salvar el mareo con un 'Dios mío' a los encontronazos con todos los capitanes del barco y cómo cada uno le recrimina algo: fumar, marcar la barandilla o coger el catalejo. Cinco capitanes en una excursión de placer: «¿no son demasiados?».

Después de una semana de navegación, el pasaje empezó a usar términos marinos, -qué avezados--, y se intentó romper la monotonía con entretenimientos como el montaje de falsos juicios y juegos como el 'billar a caballo', valiéndose de una muleta para deslizar un disco de madera por la cubierta pintada con tiza, y contando con el bamboleo del barco, claro. También resultaba 'molesto' a la hora de bailar: «tras cinco vueltas de vals, el pelotón de bailarines terminaba vomitando en masa sobre la barandilla».

La descripción de los destinos que hace Twain se convierte en la guía perfecta del viajero. La llegada a las islas Azores, tras diez días de navegación desde que zarparan de Nueva York, fue como entrar en el paraíso en palabras de Twain. Y así, en cada una de las escalas, el reportero detalla primero la belleza y exotismo de los lugares, el paisaje que aparece ante él, y luego lo va completando con un análisis sociológico lleno de matices. Con Twain conocemos los rasgos físicos, las costumbres y forma de pensar y actuar de la sociedad europea, sus comidas -con sutiles pinceladas de los productos y sus olores-, la forma de trabajar y de holgazanear, y, sobre todo, sus hábitos de higiene, la poca higiene personal que detecta, un tema que le trae de cabeza y que no llega a comprender: «¿cómo pueden vivir sin jabón?». Las comparaciones de la sociedad europea con la americana son constantes y escribe sin piedad: «no eran cultos, ni sabios, ni inteligentes... ignoran por completo que el mundo gira». Nada queda sin analizar, sin valorar, sin contar en su particular libro de bitácora.

Cuando atracaron en Túnez, Twain aseguró: «aquí no hay ni una sola cosa que hayamos visto antes, a no ser en pintura (...) son extranjeros de los pies a la cabeza». Para España no tiene muchos elogios, y aunque parte del pasaje decide recorrer el país, tras pasar por Gibraltar,  Twain, con un pequeño grupo, se dirige a Francia. Su fascinación queda clara: «todo es equilibrio y belleza, todo es arte ante nuestra mirada». El objetivo era Paris, y eligieron el tren para llegar. La descripción es minuciosa: los vagones, los asientos, el revisor... le llama poderosamente la atención que no existan coches-cama y, sobre todo, que nunca se crucen las vías al mismo nivel. La capacidad de sorpresa del escritor contrasta con los comentarios de «las viejas glorias del viaje» que le acompañan y que «ya han estado antes en todas partes, esos loros deliciosos que lo saben todo, que alardean, dicen bobadas y mienten…». Al llegar a París, y «leer Rue de Rivoli fue como encontrarse con un amigo», escribe en su diario, y por fin pudo Twain cumplir uno de sus sueños: afeitarse en una barbería parisina... aunque el resultado fue un fiasco. Tampoco fue muy gratificante la experiencia con el guía en la capital francesa, que resultó ser un caradura que terminó saciando su hambre y su sed a costa del grupo de turistas, además de engatusarlos con las disculpas más extrañas para que realizaran compras en las tiendas más variopintas «como si ganara con eso alguna comisión», escribió. Después de varios fiascos, Twain recoge una serie de consejos para que los lectores, especialmente sus compatriotas, detecten a la primera, a los guías caraduras, que abundan en la Vieja Europa y andan a la 'caza' del turista americano.

De la Exposición Universal de París, Twain apunta: «enseguida descubrí que necesitarla semanas o meses para abordar esa maravilla... y que seguiría mirando a la gente más que a los objetos inanimados que allí se reunían». Y es lo que hace el escritor allá por donde pasa. Fijarse en las gentes, oír sus conversaciones y ver cómo actúan. Así, en su primera parada en Italia Twain apunta: las mujeres más bellas están en Génova. Y añade: «me gustarla quedarme aquí». Desconfía de la cantidad de reliquias que guardan sus iglesias: «¿cómo puede haber tantos trozos de la Vera Cruz?» y, en su línea, desmonta de un plumazo la idílica imagen de las góndolas y los gondoleros de Venecia, describiendo a las primeras como viejas barcas negras con pinta de coche fúnebre y a los segundos como golfillos sarnosos. Pero la gran decepción llegó en Atenas. Se les ordenó cumplir estricta cuarentena y no desembarcar. Debían conformarse con ver la Acrópolis desde el barco.... aunque terminaron escapando y colándose por la noche.

El viaje continuó hacia la antigua Constantinopla (Estambul) donde, de nuevo, Twain rompe otro mito, el baño turco, y critica duramente algunas costumbres mahometanas como la venta de niñas. Éfeso, SebastopoI. Odessa, el mar Negro,... y, por fin, Tierra Santa, la meta del viaje. A pesar de la dureza del desierto. Twain no oculta la grandeza del momento: «no puedo asimilarlo, los dioses que comprendo siempre han estado tras las nubes y muy lejos (...) y hoy piso una tierra que fue hollada por El Salvador». El hermoso Egipto les atrajo menos(*). Y la vuelta al barco fue como llegar a casa. La cuarentena les prohibió bajar a tierra en España y Portugal, pero ya nos les importaba nada, sólo querían volver a casa. Todo lo prometido en el programa se cumplió. «La gran peregrinación ha terminado».

(*) Aquí vivieron una curiosa anécdota haciendo una apuesta con un egipcio para subir a las pirámides. Ganó el árabe.

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