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lunes, diciembre 22

Tradiciones navideñas: animalicos



(Un texto de Alberto Serrano Dolader en el Heraldo de Aragón del 22 de diciembre de 2013)

En Santolaria la Mayor (en la Hoya oscense) y en Liri (en la Ribagorza), se asegura que las mulas no pueden parir como castigo porque una de ellas enredó más de la cuenta en el portal de Belén; a saber, se comía la paja de la cuna, no paraba de tirar coces a los pastores que acudían de visita y hasta soplaba para dar frío al Niño Dios. Por contra, también se cuenta que era la vaca la que verdaderamente se afanaba por calentar a Jesús, con su aliento y proximidad. Como premio, la carne de vaca es buena y se come... cosa que no ocurre con la de mula, cuyos chuletones nunca veremos en la carta de restaurantes o en la mesa familiar. 

En Paniza me explicaron que por el buen comportamiento de las vacas en el Portal se les concedió la dicha de que su periodo de gestación fuera similar al de los seres humanos, nueve meses. Tanta es la piedad y devoción atribuida a los bóvidos, que en Laspaúles las abuelas cuchichean que en la noche de Navidad si uno acude al establo se sorprenderá viendo que todas las vacas pardas se ponen de rodillas para rezar. 

Otra creencia muy antigua afirma que fue un perro el primer animal que visitó al Niño Jesús en el Portal de Belén; por eso se hizo tan amigo del hombre; si usted lo pone en duda, puede preguntarlo en la comarca del alto Ésera, y ya verá. 

Otra cosa más: como fue san José quien tiró de la burra cuando la Sagrada Familia huyó a Egipto, los carpinteros decidieron proclamar a su colega patrón del gremio, explicación tan simple como contundente. Bien estará recordar también que los turiasonenses celebraban, en las postrimerías de las fiestas navideñas, una procesión llamada Fiesta de los Asnos, en la que en un momento dado una burra era autorizada a pasearse por la nave central de la iglesia de Santa María. 

Quizá sorprenda conocer que nuestros abuelos creyeron -con convicción rotunda- que los lagartos sólo bebían agua el día de Navidad. Vamos, que eran tan resistentes como los camellos. Por cierto, en 1910 los zaragozanos se maravillaron por la presencia en las calles céntricas de la capital de un camello, que se paseaba ostentoso y con pretensión de hacerse notar, cosa que se explica si tenemos en cuenta que había viajado hasta aquí para ser reclamo en una campaña publicitaria que impulsó una crema de calzado. Como se ve, hace cien años ya se ganaban el sueldo los creativos. 

En Agón y Fréscano, en el Campo de Borja, en la noche de Navidad se soltaban palomas y pajaricos, supongo que como símbolo de alegría y manifestación de buenos deseos, aunque también intuyo la presencia latente de ancestrales rituales de liberación de las almas. En La Fresneda, en la zona del Matarraña, el refrán subrayaba la necesidad y conveniencia de pasar la velada en una alegre piña familiar: «Per Nadal cada ovella al seu corral». 

Como final, un consejo. Si en la noche del 24 encienden el típico tronco o toza, guarden las cenizas: el día de san BIas se las echan por encima a los bueyes del corral y los protegerán contra las enfermedades (eso recogió María Elisa Sánchez en Olsón, en el Sobrarbe).

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