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sábado, agosto 5

Científicas en la sombra: las mujeres que fueron eclipsadas por sus colegas (y maridos)



(Un texto de Patricia Ruiz Guevara en elconfidencial.com del 11 de febrero de 2017)

La primera mujer de Einstein o la primera descubridora de un cometa son solo algunas de las científicas que vieron sus logros olvidados o menospreciados en beneficio de hombres.

 Todo el mundo conoce al genio con bigote que revolucionó la física, pero casi nadie sabe que su primera mujer, Mileva Maric, fue una brillante matemática que le procuró la base matemática sobre la que se sustentan sus teorías. En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia seguramente si salimos a la calle a preguntar por algún científico o científica famosa, todo lo que escucharemos serán nombres masculinos; como el de Albert Einstein.

Maric (1875-1948, Serbia) fue la única mujer de su promoción que cursaba Matemáticas y Física en el Instituto Politécnico Federal de Zúrich. Allí conoció a Einstein, en 1896, y se casaron siete años después, en un matrimonio que duró hasta que su química sentimental (y, sobre todo, profesional) se rompió: ella se volcó en los cuidados de uno de sus hijos, con problemas mentales.

Existe mucha controversia respecto a la importancia de las aportaciones de Maric en la teoría de la relatividad, pero hay varios aspectos innegables. “Lo que es indudable es que ella trabajó con su marido y le dio apoyo matemático”, dice Lorena Segura Abad, matemática de la Universidad de Alicante y divulgadora. “Einstein no era muy bueno en matemáticas, ella le daba clases y lo ayudaba con sus investigaciones. Sin ella, habría sido imposible que él hubiera llegado donde llegó”, añade.

Así lo atestigua, por ejemplo, el testimonio del Dr. Ljubomir Bata Dumic: “Nosotros sabíamos que ella era la base sobre la que Albert se levantaba, que era famoso gracias a ella. Le resolvía todos los problemas matemáticos, en especial los concernientes a la teoría de la relatividad. Resultaba desconcertante lo buena matemática que era”. Desconcertante, quizás, por ser mujer.

Además, el periodo más fructífero de Einstein coincidió con los años en los que estuvo con Maric, incluyendo la publicación en 1905 de sus tres trabajos más importantes: la famosa teoría especial de la relatividad, a la que Einstein se refería en algunas cartas a Maric como “nuestra teoría” y “nuestra colaboración”; la teoría del movimiento browniano; y el trabajo sobre el efecto fotoeléctrico. Este último fue el que le valió el Premio Nobel de Física. Por supuesto, en esos papeles, no aparecía el nombre de Mileva Maric. La figura de su esposa fue rotundamente eclipsada, al igual que les sucedió a otras muchas mujeres científicas, que desarrollaron su talento a la sombra de hombres.

La primera mujer que descubrió un cometa

Imagina que amas la astronomía. Que tu pasión es levantar la vista y observar las estrellas. Que, pese a pertenecer a una época en la que tu sexo está excluido de la universidad, tu padre y tu tío te educan, y luego un astrónomo te acepta como su aprendiz. Imagina que después aparece tu astrónomo azul, Gotfriend Kirch, uno de los más famosos de Alemania, y os casáis. Por imaginar, imagina que trabajas con él en la Academia de las Ciencias de Berlín; bueno, él es el Astrónomo Real y tú, su ayudante no oficial. Como amas tanto la astronomía, y eres paciente y tenaz, imagina que cada noche, desde las nueve, observas cuidadosamente el cielo.

Imagina que un día de 1702 te das cuenta de que acabas de descubrir un cometa… pero el mérito se lo lleva tu marido. ¿Qué ha fallado en este cuento de hadas? Que has nacido en el siglo XVII, y, sobre todo, que eres mujer.

Esta es la historia de Maria Winkelmann-Kirch (1670-1720, Alemania), una apasionada pero desconocida astrónoma, y la primera mujer en descubrir un cometa, el C/1702 H1. A menudo, es Caroline Herschel quien se lleva este reconocimiento, probablemente debido a que en aquella época el descubrimiento fue atribuido al marido de Winkelmann. Ocho largos años tardó este en reconocer que el descubrimiento era de su mujer. Pero el daño ya estaba hecho, la publicación al respecto nunca fue renombrada, y Winkelmann continuó siendo una ayudante el resto de su vida. Cuando su marido murió, solicitó su puesto en la Academia, pero se lo denegaron y la echaron, a pesar de haber dedicado dos décadas de su vida a convertirla en uno de los mayores centros de astronomía. Volvió años después, de nuevo como ayudante; esta vez, a la sombra de su hijo.

“Su valentía y determinación son muy relevantes. Es tremendamente injusto que su trabajo de observación continua no fuera reconocido”, opina Inés Rodríguez Hidalgo, doctora en Astrofísica y directora del Museo de la Ciencia de Valladolid. “Cuando se dice ‘observador astronómico’ puede parecer peyorativo, pero no: hace falta mucha precisión. Winkelmann realizó cálculos astronómicos, estudios de fases de la Luna, del Sol, de eclipses, de planetas, de la aurora boreal… No era una mera observadora rutinaria, sino alguien que tenía mucho conocimiento”. Tanto, que el propio Leibniz dijo que no creía que hubiera nadie tan bueno como ella en astronomía en su época.

A la sombra de las estrellas

Winkelmann no es la única astrónoma cuyas aportaciones no fueron reconocidas. Henrietta Swan Leavitt (1868-1868, Estados Unidos) hizo un descubrimiento que cambió nuestra concepción del universo, pero su nombre no se cubrió de gloria.

Formó parte de un grupo de mujeres astrónomas contratadas en el Observatorio de la Universidad de Harvard por Edward Pickering, un destacado astrónomo, para elaborar un catálogo de estrellas. Lo hacían de forma casi anónima y por muy poco dinero. Se las conocía como las “calculadoras de Harvard” (similar a las calculadoras humanas de la NASA, retratadas en la película ‘Figuras ocultas’). Pero Leavitt no se limitó a trabajar como una máquina, también realizó un importante descubrimiento: observando las cefeidas, estrellas variables cuya luminosidad cambia en periodos regulares, descubrió una relación con la que estableció un método para medir grandes distancias en el universo; un hallazgo cuya importancia no puede medirse. Se publicó en un breve artículo firmado por Pickering; el nombre de Leavitt aparecía solo en una pequeña nota.

Gracias al trabajo de esta astrónoma, Edwin Hubble pudo determinar que el universo no estaba formado solo por nuestra galaxia, sino también por muchas otras que además se iban alejando. “Si no hubiera sido por su hallazgo, Hubble no podría haber probado la expansión del universo, que es probablemente el descubrimiento más importante en cosmología del siglo XX”, afirma Sara Gil Casanova, astrofísica especializada en divulgación de astronomía y autora del libro ‘Las astrónomas, chicas estrella’. El propio Hubble comentó que Leavitt merecía un Premio Nobel por su trabajo, pero nunca recibió ningún reconocimiento académico ni laboral. Mientras, Hubble es considerado el padre de la cosmología observacional.

Las ganadoras invisibles del premio Nobel

Si el reconocimiento a las científicas a lo largo de la historia brilla en general por su ausencia, el vacío femenino en el podio de unos premios tan internacionalmente importantes como los Nobel es patente. Las cifras hablan por sí solas: 18 mujeres contra 572 hombres premiados en los ámbitos científicos. Tras esta desigualdad tan acusada se esconden varias historias injustas que rezuman machismo.

Esther Lederberg (1922-2006, Estados Unidos) fue una microbióloga pionera en genética bacteriana que inventó, junto a su marido Joshua, un método clave para entender la resistencia antibiótica y que se utiliza hoy en día en cualquier laboratorio de microbiología: el método de sembrado por réplica en placa, que sirve para transferir colonias de bacterias. Sus grandes aportaciones a la microbiología y la genética bien merecían un reconocimiento, pero no se grabó su nombre en la medalla del Nobel de Fisiología o Medicina. Sí el de su marido, y el de sus colaboradores George Beadle y Edward Tatum.

Igual de inverosímil es el caso de Chien-Shiun Wu (1912-1997, China), una física experta en radioactividad que contribuyó al desarrollo de la bomba atómica como parte del Proyecto Manhattan. Su exclusión del Nobel de Física es incomprensible: los físicos Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang le pidieron ayuda para refutar la ley de conservación de la paridad, los experimentos de Wu consiguieron comprobarlo, y solo ellos dos se llevaron el premio. La apodada como la “primera dama de la física” se hacía una triste reflexión: “Me pregunto si los diminutos átomos y núcleos, o los símbolos matemáticos, o las moléculas de ADN, tienen alguna preferencia por el trato masculino o femenino”.

También podríamos preguntarnos si los extraterrestres (si existen) son machistas. Jocelyn Bell Burnell (1943, Reino Unido) creyó haber recibido señales de ellos, pero después se dio cuenta de que había descubierto la primera radioseñal de un púlsar, un nuevo tipo de estrella muy densa que permitió avanzar en el estudio de las fases finales de la vida de estos cuerpos y en la formación de agujeros negros. También gracias a estudiar los púlsares se tuvo la primera evidencia indirecta de las ondas gravitacionales, que se detectaron directamente por primera vez en 2016. El gran hallazgo de esta astrofísica tuvo lugar mientras realizaba su tesis bajo la tutorización de Antony Hewish. Fue él quien se llevó el Nobel de Física, suceso muy criticado ya que la descubridora fue ella. “Por un lado, ayudó en la construcción del radiotelescopio; por otro, fue la primera que vio la señal; y, aún más importante, insistió en su importancia, siguió midiendo y analizó los datos, pese a que su tutor le dijo que era una interferencia y que no le diera relevancia”, explica Gil Casanova.

Incluso hay un caso con nombre español: Severo Ochoa, el famoso científico ganador del Nobel de Fisiología y Medicina por el descubrimiento del ARN-polimerasa, una enzima que se convirtió en una herramienta esencial para descifrar el código genético, debió haber compartido el mérito con una mujer. Marianne Grunberg-Manago (1921-2013) fue la importante bioquímica francesa de origen ruso con la que realizó conjuntamente el descubrimiento. Una vez más, la científica quedó en la sombra y su labor se ignoró.

Hora de que las Matildas salgan a la luz

Estos son cuatro ejemplos de una larga lista de mujeres silenciadas, a la sombra de hombres, que incluye otros casos conocidos como el de Lise Meitner y Rosalind Franklin. ¿Por qué ha sucedido esto tantas veces? “Cuando hay dos personas que descubren lo mismo, siempre se le da el reconocimiento a la persona más conocida. Es lo que se conoce como efecto Mateo”, explica Eulalia Pérez Sedeño, profesora de investigación en Ciencia, Tecnología y Género en el CSIC, y experta en mujer y ciencia. “En el caso de las científicas es todavía peor. Hay muchísimos casos debido a la falta de reconocimiento y a la invisibilidad que han tenido tradicionalmente las mujeres. Desafortunadamente, esto sigue pasando”, añade Pérez Sedeño.

Ese olvido permanente y reiterativo que han sufrido las contribuciones de las científicas e investigadoras es el llamado efecto Matilda. Marta Macho Stadler, profesora de la Universidad del País Vasco y Premio Emakunde a la Igualdad 2016, cree que “el efecto Matilda funcionará siempre, y costará mucho erradicarlo y revertirlo. Hoy en día, la composición de los grupos de investigación sigue siendo piramidal y liderada por hombres. El que está arriba en la jerarquía siempre recibe las medallas, y eso hace que la jerarquía cada vez esté más establecida. Esto invisibiliza a las personas que están en la base de la pirámide, y, en particular, a las mujeres, que por diferentes motivos casi siempre están en la sombra”.

La situación de las mujeres está muy estancada por este tipo de efectos. El informe 'Científicas en cifras 2015' corrobora que las mujeres no acceden a los puestos de alto rango en ciencia en España. El modelo jerárquico no cambia. Por eso, son necesarias iniciativas como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y es vital poner de manifiesto la discriminación femenina y arrojar luz sobre el trabajo de las mujeres científicas que se vieron opacadas, simplemente, por su condición de mujer. “Hay que reivindicar su papel por una cuestión de justicia, y porque es muy importante que las chicas jóvenes tengan modelos de referencia”, sostiene Pérez Sedeño. “Demasiadas veces, las científicas han tenido que luchar contra muchas adversidades; pero se puede y se debe hacer”.

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