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sábado, febrero 17

Fernando el Católico, “el catedrático de prima”



(Un texto de Luis Reyes en la revista Tiempo del 26 de enero de 2016)

Madrigalejo, 23 de enero de 1516. Aun muerto, Fernando el Católico fue ejemplo de políticos durante siglos.

“El rey de Francia se queja de que le he engañado dos veces. Miente el muy necio; le he engañado más de diez”. Tan sarcástico como cínico se muestra Fernando el Católico en este desplante. Los franceses, que los sufrían, los llamaban “rodomontadas de los españoles”, pero en realidad toda Europa temía y admiraba a Fernando de Aragón como el auténtico “príncipe nuevo” del Renacimiento.

Esto no es palabrería, quedan las pruebas materiales esparcidas por el continente. Desde el Salón de las Libertades de la ciudad flamenca de Brujas, donde se alza su efigie a tamaño natural, al mausoleo de Maximiliano I en Innsbruck, con la estatua monumental de bronce del Rey Católico, pasando por Roma, donde Giulio Romano, primer discípulo de Rafael, trazó su retrato en un fresco de las Estancias Vaticanas con una cartela que dice “Ferdinandus Rex Catholicus Christiani Imperii Propagator”, es decir, “conquistador del Imperio Cristiano”. Todos estos homenajes se le hacían en países que no estaban bajo su soberanía, como reconocimientos extranjeros a su figura política.
Si Fernando el Católico fue arquetipo de gobernante para Europa, para Francia fue el archienemigo, la pesadilla perpetua de tres reyes, Carlos VIII, Luis XII y Francisco I, a los que se enfrentó con todas las armas que podía emplear el Príncipe de Maquiavelo, la diplomacia y la guerra, el soborno y la falsificación, el halago y el lecho conyugal. Diplomático magistral, Fernando logró amplias alianzas europeas sin precedentes, como la Liga Santa y la Liga Santísima. La excusa de las ligas era el peligro turco pero las arrastró al “todos contra Francia”, provocando aquella triste reflexión de Luis XII: “Yo soy el Moro contra quien se arma el rey Fernando de España”.

En el campo de batalla de las guerras italianas confió en el Gran Capitán, el mejor militar de su época, que no solo derrotó una y otra vez a los franceses, sino que organizó el primer Ejército moderno, inventó el tercio de infantería, lo que daría el dominio militar de España en Europa durante siglo y medio.

Tras enviudar de Isabel la Católica, se puso piel de cordero y se casó con una sobrina Luis XII en muestra de buena voluntad, sacándole al francés por las buenas el reconocimiento de la soberanía española en Nápoles, y de propina el reino de Jerusalén, que era título de pretensión pero muy valorado. Fue matrimonio de conveniencia para Fernando, entre otras cosas porque la novia, Germana de Foix, tenía 17 años y él 53, aunque a la postre le resultó inconveniente, pues el afán de cumplir sexualmente con su joven esposa le llevó al consumo de drogas vigorizantes que le provocaron la hidropesía y la muerte. Hasta el hombre más listo hace tonterías... pero volvamos a sus éxitos políticos.

Italia. En Italia no solo batió a los franceses, sino que supo lidiar con los múltiples y complejos poderes de la península. En 1496, tras un debate en el Colegio Cardenalicio donde encabezó la postura favorable el cardenal Piccolomini de Siena (futuro Papa Pío III), el papa Alejandro VI firmó la bula Si convenit, que concedía al “rey y reina de las Españas” (primera vez que se les designaba así) el título de Reyes Católicos, que desde entonces tuvieron derecho a usar los monarcas españoles.
La muy notable distinción concedida por Alejandro VI no le impidió a Fernando el Católico aplastar al hijo del Papa, aquel astro resplandeciente llamado César Borgia. César tenía un gran proyecto, unir a Italia para librarla de ser satélite tanto de Francia como de España. Su idea se adelantaba cuatro siglos a la unidad italiana, pero se cruzó con Fernando el Católico, que si no se había dejado desplazar por el rey de Francia, mucho menos iba a permitírselo a un audaz condotiero, por muy bastardo papal que fuese. Un nuevo pontífice, Julio II, para halagar a Fernando el Católico le entregó atado de pies y manos a César Borgia, que estuvo preso en Chinchilla y en el Castillo de la Mota. Logró escapar el Borgia y quiso hacerle la guerra a Fernando en Navarra, pero lo que halló fue la muerte en una escaramuza, y que el obispo de Calahorra le enterrase en medio de la Calle Mayor “para que lo pisaran los buenos cristianos y las bestias”.

Navarra, por cierto, era la pieza que faltaba en el puzle del mapa de España, y la forma en que la consiguió Fernando el Católico fue otra lección de maquiavelismo. Como argumento moral –en lo material tenía al duque de Alba con un buen Ejército– recurrió a la supuesta excomunión del rey-viudo de Navarra, Juan de Albret, para arrebatarle la Corona. Sin embargo algunos historiadores sostienen que Fernando falsificó la bula de excomunión, y que fue medio año después de la conquista cuando el papa Julio II, aliado del Católico, le salvó la cara haciendo efectiva la excomunión.

La fama de Fernando el Católico no se extinguió con su vida; siglo y pico después de su muerte se le citaba como ejemplo para los reyes de España. En Razón de estado del Rey Católico don Fernando, Saavedra Fajardo se lo señalaba a Felipe IV como “idea verdadera de un gran gobernador, valeroso y prudente, a quien debe Vuestra Majestad la fábrica de su monarquía en ambos mundos”.

“Opongo un rey a todos los pasados; propongo un rey a todos los venideros: Don Fernando el Católico, aquel gran maestro del arte de reinar, el oráculo mayor de la Razón de Estado”, decía Baltasar Gracián en su tratado del arte de gobernar El político. De Gracián es también la frase concisa que resume la época del Renacimiento y puede servir de epitafio al Rey Católico: “Fue era de políticos, y Fernando, el catedrático de prima”. Es decir, el primer maestro. 

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