Sin embargo, y a pesar de sus proezas, este cordobés nunca
dejó de ser un oficial cercano a sus hombres, con sentido del
honor para con el contrario, estoico y, ante todo,
súbdito leal hacia unos Reyes Católicos que
iniciaban en sus hombros la aventura de una nueva nación.
Aunque no fueron pocas las desaveniencias acaecidas con sus
«Señores», llegando a ser apartado de la «res publica» y «res
militaris» de la siempre desagradecida España.
Como bien explica Fernando Martínez Laínez,
periodista y coautor del libro «El Gran Capitán» (Ed. Edaf),
Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515) se inició pronto en
la carrera militar, pues estaba destinado a dedicarse a
guerrear al ser el segundo hijo de una familia noble, cobrando
su nombre más poder entre los militares. Pronto se asoció su
nombre a la valentía. «Una de las primeras
batallas en las que intervino fue la de Albuera, cuando combatió
a las huestes del rey de Portugal que habían invadido
Extremadura».
«Hacia 1497, tras una breve estancia en la Corte, los Reyes
Católicos le nombran "adalid de la Frontera",
un grado que equivalía a capitán», explica Laínez.
La Reconquista de Granada
Pero donde realmente comenzó a mostrar su ingenio militar fue
durante la «Guerra de Granada», una campaña militar
que se sucedió a partir de 1482 y en la cual los
españoles pretendían expulsar a Boabdil del último estado
musulmán en la Península Ibérica. «La guerra se produjo por la
firme decisión de los Reyes Católicos, que querían acabar de
una vez por todas con el enclave musulmán de Granada, el único
territorio que quedaba para completar la unidad cristiana
peninsular».
Gonzalo tomó parte en esta contienda al mando de una unidad
de «lanzas» (caballería pesada con una gruesa armadura) de la
casa de Aguilar, de la que su hermano era señor. «Fue una
guerra larga, que duró casi diez años, y se libró a
base de incursiones, asedios, golpes de mano y escaramuzas
persistentes, sin grandes batallas campales», determina el
escritor.
«El Gran Capitán tuvo un papel muy destacado a lo largo de
toda la campaña, en especial en los ataques a Álora, la
fortaleza de Setenil, Loja y el asalto al castillo de
Montefrío, cercano a Granada». De hecho, algunos
cronistas como Hernán Pérez afirman que, durante esta guerra.
«Gonzalo era siempre el primero en atacar y el último en
retirarse».
«Pronto, su valerosa actitud y dotes de mando llamaron la
atención de los Reyes Católicos, que le recompensaron con la
tenencia (jefatura militar) de Antequera, el señorío de Órgiva
y una encomienda», prosigue Laínez.
Primera guerra de Italia
Sin embargo, parece que los grandes honores que recibió no
fueron suficientes para Gonzalo, pues en 1495 se
embarcó hacia otra gran campaña esta vez en Nápoles.
Su misión era clara: detener el avance de los franceses,
deseosos de expandirse militarmente con la toma de algunos
territorios. «La primera campaña italiana se inició cuando el
rey francés Carlos VIII invadió el reino de Nápoles (Reame)
con una gran ejército. Al poco tiempo se retiró, pero dejando
la mayor parte del Reame ocupado».
«Utilizando las tácticas aprendidas en la Guerra de
Granada, Fernández de Córdoba, limpió Calabria de
enemigos, conquistó la provincia de Basilicata y tras derrotar
a los franceses en Atella entró triunfante en Nápoles en
1496», destaca el escritor. Fue tras el asalto a esta ciudad
cuando se empezó a conocer a Gonzalo como «Gran Capitán». Tras
tomar el lugar, volvió a España como un héroe.
Segunda contienda en Nápoles
A pesar de que se firmó un tratado con Francia para que
cesaran las hostilidades, la paz no duró demasiado.
El rey francés Luis XII había firmado un tratado con Fernando
el Católico para repartirse el reino napolitano. Los franceses
ocupan la mitad norte y el sur queda en poder de las tropas
españolas que manda el Gran Capitán.
Pero pronto se iniciaron las discrepancias entre
españoles y franceses por cuestiones fronterizas,
lo que provocó que en 1502 se reiniciara la guerra después de
que los franceses trataran de nuevo de tomar Reame. El «Gran
Capitán» no lo dudó y se dispuso a enfrentarse a los enemigos
de España. Una de las primeras batallas de esta guerra fue la
de Ceriñola (Cerignola), en la que Gonzalo tendría que hacer
uso de toda su experiencia militar para lograr salir
victorioso.
La batalla que revolucionó la Historia
La batalla de Ceriñola sin duda cambió la historia, y es que,
si hasta ese momento la fuerza de los ejércitos se
medía en base a la cantidad de caballería pesada de
la que disponía, tras esta lid la mentalidad militar
evolucionó y comenzó a primar la infantería.
La batalla se desarrolló en un diminuto punto de la Apulia
italiana situado en lo alto de una colina cubierta de viñedos
y olivos. En ella, las tropas del «Gran Capitán» se
defendieron de los atacantes franceses, tras verse obligados a
retirarse en varios enfrentamientos.
De hecho, el «Gran Capitán» demostró antes de la batalla su
mentalidad innovadora y revolucionara. Y es que, para llegar a
la ciudad Ceriñola y poder preparar las
defensas concienzudamente antes del ataque de los franceses,
Gonzalo forzó a sus caballeros a hacer algo nunca antes visto
y que suponía una afrenta a su honor.
«El Gran Capitán obligó a los caballeros de su ejército a
llevar infantería en la grupa de sus monturas en la marcha
hacia Ceriñola, por terreno arenoso y próximo a la costa, lo
que hacía muy fatigosa la marcha. Eso era algo que no se hacía
nunca, pero mejoró la movilidad y la moral de la
tropa y le permitió ganar tiempo. Fue una muestra
más de su ingenio táctico», explica el experto.
Este acto hizo que los españoles ganaran tiempo y les
permitió preparar las defensas de la ciudad, que consistieron
en cavar un foso y una pared de tierra alrededor de Ceriñola,
lo que les permitía aprovechar la situación elevada del
enclave. Además, el «Gran Capitán» pudo establecer una
estrategia que más tarde sería reconocida como un preludio de
la guerra moderna.
Una reforma militar
Los franceses no se hicieron esperar y, a los pocos días, su
comandante, Luis de Armagnac, dejó ver a sus tropas.
«Por el lado francés, aunque varió según avanzaba la guerra,
se contaban unos 1.000 hombres de armas (caballeros con
armadura), 2.000 jinetes ligeros, 6.000 infantes, 2.000
piqueros suizos y 26 cañones». Por el contrario, Gonzalo tenía
a sus órdenes un ejército formado principalmente por
infantería: «Del lado español había solo 600 hombres de armas,
5.000 infantes y 18 cañones, más un refuerzo de 2.000
mercenarios alemanes», señala Laínez.
«En esta batalla las fuerzas estaban bastante
equilibradas en cuanto a números, pero los
franceses tenían mucha superioridad en caballería pesada y su
artillería doblaba a la española. Por el contrario, los
españoles contaban con un mayor número de arcabuceros, una
fuerza que se revelaría decisiva», explica el escritor.
Para detener la fuerza arrolladora de la caballería francesa
se planteó una estrategia novedosa: situar las tropas de
disparo delante de las defensas. «El Gran Capitán colocó en
primera línea a los arcabuceros y espingarderos
(hombres armados con una escopeta de chispa muy larga), detrás
a la infantería alemana y española, y más retrasada a la
caballería. Él se situó en el centro del dispositivo y revisó
con detalle el despliegue de toda la tropa».
Todo quedó preparado para un duro combate. Pero, antes
siquiera de desenvainar una espada, el «Gran Capitán» volvió a
demostrar su arrojo. Concretamente, Gonzalo se quitó el casco
en los momentos previos a la batalla y, cuando uno de sus
capitanes le preguntó la causa, él contestó: «Los que
mandan ejército en un día como hoy no debe ocultar el
rostro».
Comienza la batalla
La batalla se inició con la caballería francesa cargando
orgullosa contra las tropas españolas. Hasta ese momento, una
de las cosas más terribles que podía ver un enemigo de Francia
era a los majestuosos jinetes en marcha con las armas
en ristre. Sin embargo, fueron recibidos con una
salva de fuego que hizo caer a un gran número de soldados.
«Cuando se inició el fuego, las balas de los arcabuceros
españoles hicieron estragos en la caballería pesada francesa,
impedida de avanzar ante el foso erizado de estacas y
pinchos», explica el autor. Al no poder avanzar,
los jinetes, desesperados, trataron al galope de encontrar
alguna fisura en las defensas del «Gran Capitán», pero su
intentó fue en vano y costó la vida a Luis de Armagnac,
alcanzado por varios disparos.
Tras la derrota de la caballería pesada, la infantería
francesa se dispuso a avanzar, pero sufrió grandes bajas
debido al fuego español. Además, justo antes de que los
soldados alcanzaran la primera línea de arcabuceros y acabaran
con ellos, el «Gran Capitán» ordenó retirarse a estas tropas
de disparo para evitar bajas.
Después de esta estratagema, el «Gran Capitán» cargó con
todos sus infantes contra las diezmadas tropas del fallecido
Armagnac que, ahora, no tenían objetivos contra los que luchar
al haberse retirado los arcabuceros españoles. Sin
apenas dificultad, las unidades de Gonzalo dieron buena
cuenta de los restos del ejército francés.
Se adelantó a Napoleón en cuatro siglos
Ni siquiera la caballería ligera francesa pudo ayudar a sus
compañeros, pues fueron arrollados por los jinetes españoles.
«La batalla apenas duró una hora y fue una victoria total.
Además, quedó como un ejemplo de arte táctico, y de
la importancia de la fortificación y elección del
terreno para el buen resultado de cualquier combate», destaca
Laínez.
Otro escritor, Juan Granados, autor de la novela
histórica «El Gran Capitán» (Ed.
Edhasa) explica que «esencialmente demostró que en
adelante las batallas se ganarían con la infantería.
Utilizando para ello compañías formadas por soldados
distribuidos en tercios, es decir, en tres partes:
arcabuceros, rodeleros —soldados con armadura muy ligera
armados de espada y rodela, el típico escudo circular de
origen musulmán— y piqueros, generalmente lasquenetes
alemanes, enemigos acérrimos de los cuadros mercenarios suizos
que solía emplear Francia. Se adelantó cuatro siglos a
Napoleón, huyendo de la guerra frontal yutilizando
las tácticas envolventes y las marchas forzadas de
infantería».
A finales de 1503 españoles y franceses volverían a medir sus
fuerzas en el río Garellano -que por cierto da nombre a
uno de los regimientos del Ejército con más solera y
cuya sede se encuentra en Vizacaya- donde el «Gran Capitán»
dio cuenta de las huestes del marqués de Saluzzo. «El sur de
Italia quedó durante más de dos siglos en poder de España. El
Gran Capitán, triunfador absoluto de estas guerras, desempeñó
funciones de virrey en Nápoles, donde fue querido y respetado,
pero pronto las envidias y maledicencias cortesanas
empezaron a actuar en su contra», señala Laínez.
Pero parece que España no podía soportar a los
héroes, pues Gonzalo terminaría siendo relevado de
su puesto. El escritor Juan Granados sentencia: «Tal era la
popularidad de Gonzalo de Córdoba entre sus hombres, que
llegaron a desear proclamarle rey de Nápoles. Algo que él
nunca deseó, se hubiese conformado con ser comendador de su
querida orden de Santiago. Pero Fernando el Católico
era suspicaz, desconfiaba de tanto éxito, el mismo
rey de Francia, a quien había derrotado, le había ofrecido el
generalato de su ejército. Por otra parte, sí es cierto que
Gonzalo era descuidado en sus informes a su rey, tardaba en
escribirle, pero nunca había pensado en suplantarle».
El monarca pidió entonces al «Gran Capitán» un registro de
gastos para asegurarse de que no había malgastado
fondos reales. Fernando el Católico le reclamó
claridad en las cuentas de sus gastos militares en Nápoles,
algo que Fernández de Córdoba consideró humillante. Como
respuesta a lo que Gonzalo consideraba una gran ofensa
personal, el entonces virrey dirigió a la monarquía un
memorial conocido como las «Cuentas del Gran Capitán».
Unas cuentas curiosas
Irónicamente las cuentas incluían en el capítulo de gastos
cantidades tales como: Doscientos mil setecientos treinta y
seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres para
que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.
Cien millones en picos, palas y azadones. Diez mil ducados en
guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de
los cadáveres enemigos, cincuenta mil ducados en aguardiente
para las tropas un día de combate, ciento setenta mil ducados
en renovar campanas destruidas por el uso de repicar cada día
por las victorias conseguidas... y lo mejor: «Cien
millones por mi paciencia en escuchar ayer que el rey pedía
cuentas al que le ha regalado un reino».
Esto no debió de sentar muy bien al monarca que, a sabiendas
de lo que «Gran Capitán» representaba prefirió evitar el
enfrentamiento directo con él, pero no perdonó la ofensa. «El
monarca decidió alejar a Gonzalo de Nápoles. A partir de
entonces el Gran Captán tuvo que adaptarse a una vida más
sedentaria en sus posesiones de España. Es el destino de casi
todos los héroes, una vez que han cumplido con su cometido en
la guerra y llega la paz», finaliza Martínez Laínez. Sin
embargo, lo que sí dejó este guerrero fue una reforma militar
que duraría siglos.
La reforma militar
La herencia del «Gran Capitán» revolucionó la forma de
combatir a nivel mundial hasta la llegada de las armas de
destrucción masiva. Entr otros elementos destacables se sitúan
la formación de la tropa en compañías (que luego serían la
unidad fundamental de los tercios) al mando de un capitán, y
el experto manejo de las armas de fuego individuales del
combatiente de a pie, señala Martínez Laínez.
Además, el «Gran Capitán» creó también un nuevo tipo de
unidad, la coronelía. Es el antecedente más inmediato de los
tercios. Tenía unos 6.000 hombres y era capaz de
combatir en cualquier terreno. Otra de sus
innovaciones fue armar con espadas cortas, rodelas y jabalinas
a una parte de los soldados. «La finalidad era que se
introdujeran entre las formaciones compactas enemigas,
causando en ellas terribles destrozos», sentencia el escritor.
Enseñanzas que fueron adquiridas por el «Gran Capitán» en la
guerra de guerrillas que supuso la reconquista de Granada, con
unos Reyes Católicos que depositaron en los hombros del «Gran
Capitán» sus primeros pasos militares de una nueva
nación en aquella vieja Europa llamada España.