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sábado, enero 31

Venecia, “sempre crolla ma non cade”

(Un texto de Luis Alemany en El Mundo del 31 de mayo de 2020)

‘Si Venecia muere'. Salvatore Settis explica en su nuevo libro la historia del fracaso de la ciudad más bella del mundo, desde la invasión napoleónica hasta la huida en desbandada de sus habitantes, que fueron 170.000 en 1960 y hoy sólo son 53.000.

¿Desde cuándo se muere Venecia? ¿Desde que Napoleón entró en el Gran Canal y se llevó los leones de la Serenísima a Francia como un souvenir? ¿Desde que Lord Byron se fue de la ciudad en 1819 y dejó tristísimas a cinco o seis amantes casadas? ¿Desde que el Palazzo Dandolo se convirtió en el Hotel Danieli en 1824 (la primera reconversión de ese tipo)? ¿Desde que se cayó el campanario de San Marco en 1902? Venecia siempre se está muriendo y los venecianos tienen su broma al respecto: «Venezia, sempre crolla ma non cade». Venecia, que siempre está quebrándose pero nunca se cae, puede que esta vez sí que se muera, pero no por una acqua alta gigantesca como la de 1966, ni por el colapso de su frágil arquitectura. Más bien se muere de éxito.

«Venecia tenía 170.000 habitantes en 1960; hoy son 53.000, y la ciudad pierde aproximadamente 1,000 personas al año, lo que significa 2,7 personas al día. Muchos de los inversores que compran una casa no buscan una residencia permanente sino una segunda vivienda, lo que significa que se quedan en Venecia unos pocos días al año. Nunca serán verdaderos venecianos ni entenderán realmente cómo es vivir en una ciudad tan extraña y única. Por el camino, el mercado de segundas residencias y de apartamentos o edificios tranformados en bed & breakfast es tan grande que los que no tienen dinero, los jóvenes, no pueden permitirse el lujo de vivir en Venecia. Incluso los gondoleros se mudan a algún lugar de la terra ferma y deben viajar en tren a Venecia cada día».

Salvatore Settis, historiador y arqueólogo italiano, habla del fracaso cívico y demográfico de la ciudad más bella del mundo al hilo de ‘Si Venecia Muere’, el libro que acaba de publicar la editorial Turner.

Si Venecia Muere es varias cosas a la vez: es una descripción del vaciamiento de esta rara Detroit europea; es un manifiesto medioambiental casi desesperado; es un ensayo de urbanismo en el que la clave no está en las infraestructuras sino en la recuperación de la soberanía ciudadana…

Y es también una historia de ese fracaso. ¿Cómo, cuándo y por qué ha dejado de ser Venecia ciudad para convertirse en escenario?

«El mayor trauma de la historia veneciana fue seguramente el fin de su República en 1797», dice Settis, «Pasar de un gobierno aristocrático, con un soberano electo, el dogo, a soportar el dominio francés primero y luego el austríaco significó una transición muy difícil. Pero la mayoría de venecianos pensaban que su ciudad estaba protegida por su belleza, por Tiziano y por Vivaldi».

Un repaso a la historia de Venecia en el siglo XIX está llena de sinsabores: la República Serenísima había funcionado durante siglos (hasta 1797) corno una réplica de la República Romana. La dirigía un consejo elitista y estaba enfocada en el comercio. Su agenda política era mercantil conservadora pero su estilo de vida era relajado: el cosmopolitismo, la ópera, el juego y la prostitución eran famosos en todo el mundo.

Cuando Napoleón llegó a Venecia con su ideario imperialista e igualitario, fue recibido con frialdad. Su plan para Venecia consistió en reurbanizarla, llenarla de arquitectura neoclásica, expulsar a las órdenes religiosas y convertirla en una especie de pequeño Paris con canales. Los jardines públicos fueron su mejor legado, aunque insuficiente para ser visto con simpatía por los venecianos. Cuando los austriacos tomaron el control de la ciudad, la población los aclamó. Según el historiador Tomas E Madden, autor de Venice: a new history, los austriacos respetaron la identidad de la ciudad y le devolvieron cierto sentido de la dignidad. pero la dejaron languidecer en la pobreza. Su gran inversión fue el tren que hoy deja a los mochileros en Santa Lucía. Por esa vía, llegó a Venecia una primera oleada de turistas (en 1845 se contaron por primera vez tantos habitantes como visitantes anuales: 122.000) e ideas modernas como el nacionalismo, que puso la Historia de nuevo en movimiento. En 1848, los irredentistas, los patriotas italianos, se rebelaron y desconectaron la ciudad de los austriacos durante unos días.

Garibaldi partió a su rescate pero no llegó a tiempo. Austria bombardeó la laguna y recuperó su control durante los siguientes 18 años. Hasta 1866, cuando la reunificación de Italia ya había madurado y Vittorio Emmanuel ll liberó Venecia en un clima de euforia. Por esos años, otro poeta inglés, John Ruskin se trasladó a la ciudad. Quedó conmovido por su «belleza moribunda» y acuñó la idea de que Venecia se muere.

No tan deprisa: la Venecia italiana emprendió su modernización. Abrió canales navegables, construyo el gran molino de Giudecca (esa enorme construcción al fondo del Gran Canal que recuerda a la Tate Modern) y urbanizó el Lido, que dejó de ser un arenal por el que trotaban los caballos para convertirse en todo lo que Venecia no era: un lugar de calles rectas y coches, ordenado, sólido y salubre.

En 1915, empezó la construcción del puerto industrial de Maghera y del Ponte de Littorio, destinado al tráfico de coches y peatones. Su efecto fue impredecible: gracias a/por culpa del puente, la clase trabajadora se fue de Venecia y se instaló en Mestre. La ciudad empezó su camino hacia la gentrificacion.

«A lo largo del siglo XX se hizo cada vez más claro que, si el turismo era la principal fuente de ingresos para los venecianos, este proceso implicaría una explotación creciente del pasado sin espacio para la creatividad ni el futuro», explica Salvatore Settis. «Supongo que esa podría haber sido la principal preocupación que alguien como yo tendría en la década de 1950». Pese a todo, Venecia era en 1950 más dudad que nunca. Estaba en su pico demográfico histórico, había recibido al fascismo con alegría y lo había despedido sin traumas. Apenas un par de bombas cayeron sobre la ciudad en 1945. Muchos de sus canales se habían dotado de aceras (en 1850 apenas había espacios peatonales) y los ferrys llegaban desde América con un flujo más que suficiente de dólares.

¿Qué pasó entonces? En 1965, Venecia estrenó un nuevo canal navegable: el Malamocco. La infraestructura permitió aumentar la presión turística y estropeó el equilibrio medioambiental de la laguna. La nueva fragilidad de Venecia fue visible en 1966, el año de la gran inundación de Florencia, que también fue devastador en el norte y convirtió la ciudad en una ruina.

Hubo más cambios. En los años 70, el turismo dejó de ser una actividad elitista al estilo de Ingrid Bergman en Viaggio en Italia. Millones de visitantes de clase media y de presupuestos mínimos llegaron a la ciudad, cada vez más volcada en su monocultivo. Cada año cerraban colegios, juzgados, tiendas de necesidades básicas... Y la vida se envilecía.

Un ejemplo: el carnaval de Venecia. El carnaval había existido en la época de la República pero había desaparecido en el siglo XIX. En 1979, con el fin de ampliar la temporada turística al invierno, Venecia relanzó su carnaval, le inventó una raíz histórica y consiguió que millones de visitantes apareciesen por la laguna en los oscuros meses de enero y febrero. ¿Y todos esos elegantes enmascarados que vemos en las fotos? Son alemanes, ingleses, estadounidenses, chinos… lo que sea menos venecianos.

Settis, en su libro, cuenta que Venecia ha terminado por imitar a todas las little Venice que surgieron como sus réplicas en California, en Macao, en Las Vegas… El modelo original prescindió de la vida normal y empezó a enfatizar sus highlights, que es precisamente en lo que consiste un parque temático.

Settis analiza también todos los gigantescos proyectos, bienintencionados o deshonestos, que se han sucedido con la idea de salvar la ciudad. «Dada la enorme importancia histórica de Venecia y la atención constante de la opinión pública en todo el mundo por esta ciudad, es relativamente fácil atraer dinero a proyectos destinados a proteger a Venecia. Desafortunadamente, es menos fácil capturar la esencia real del problema, verlo en la perspectiva de las posibilidades tecnológicas de nuestro tiempo y diseñar una solución efectiva y eficiente. Esto es lo que sucedió con el Mose, un sistema de esclusas que debería proteger a Venecia y su laguna del acqua alta [que promovió Silvio Berlusconi]. Se ha gastado una enorme cantidad de dinero en los últimos 15 años, más o menos dos mil millones en mera corrupción. Pero el Mose nunca se ha terminado y hay poca certeza de que vaya a funcionar».

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viernes, enero 30

Tragacionistas

(La columna de Juan Manuel de Prada en el XLSemanal del 14 de marzo de 2021)

Hace apenas unas semanas, unas declaraciones de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica y los remedios que se han arbitrado para contenerla provocaban gran escándalo entre los biempensantes que babean de fascinación idolátrica cuando cualquier actor famoso pontifica sobre el cambio climático, o sobre el fascismo, o sobre cualquier otro asunto del que no tiene ni puñetera idea, ensartando topicazos sistémicos. Que es, por cierto, lo que hacen casi siempre los actores famosos: vomitar como loritos las paparruchas y lugares comunes que interesan a los que mandan, para obtener a cambio mejores contratos y el aplauso gregario de las masas cretinizadas.

Habría que empezar diciendo que la opinión de la actriz Victoria Abril sobre la plaga coronavírica tiene el mismo valor que –pongamos por caso– la opinión del actor Javier Bardem sobre el cambio climático. Sin embargo, las paridas y lugares comunes sobre el cambio climático que el actor Javier Bardem repite como un lorito desde las tribunas más encumbradas son consideradas dogma de fe por los biempensantes. Puede que la actriz Victoria Abril soltase también algunas paridas sobre la plaga coronavírica; pero, al menos, no prodigó los lugares comunes pestíferos que suelen soltar sus compañeros de profesión (más pestíferos cuanto más famosos son). Y, junto con algunas paridas y observaciones dudosas, Victoria Abril soltó también algunas verdades como templos que merecen nuestra consideración; y, en algunos casos, nuestro aplauso ante su valentía, pues por atreverse a pronunciarlas firmará en los próximos años menos contratos (que se repartirán las actrices que ensarten con mayor entusiasmo las paparruchas sistémicas que interesan a los que mandan). Por lo demás, las paridas y observaciones dudosas que Victoria Abril deslizó en sus declaraciones se pueden refutar tranquilamente, sin necesidad de desprestigiarla, como hacen los jenízaros del discurso oficial que pretenden convertirnos en ‘tragacionistas’; o sea, en botarates que se tragan las versiones oficiales y las repiten como loritos o actores comprometidos (con su bolsillo y con la bazofia sistémica circulante). Sólo los tragacionistas se niegan a aceptar, por ejemplo, que China ha ocultado deliberadamente (con la ayuda impagable de los mamporreros de la OMS) los orígenes del virus. Sólo los tragacionistas se niegan a reconocer que la plaga coronavírica ha propiciado los más variopintos experimentos de biopolítica e introducido prácticas de disciplina social completamente arbitrarias e irracionales (empezando, por cierto, por el uso de mascarillas en espacios abiertos) que se ciscan en los tan cacareados ‘derechos’ y ‘libertades’ de las antaño opíparas y hogaño escuálidas democracias. Sólo los tragacionistas se niegan a asumir que la plaga ha sido utilizada como excusa por gobernantes psicopáticos para devastar las economías locales, provocando la ruina de infinidad de pequeños negocios, condenando al paro a millones de personas y favoreciendo la hegemonía de las grandes corporaciones transnacionales. Sólo los tragacionistas se niegan a discernir las burdas manipulaciones, medias verdades y orgullosas mentiras que han propagado nuestros gobernantes y sus voceros mediáticos durante el último año.

Sólo los tragacionistas se niegan a discutir la eficacia de medidas restrictivas caprichosas y confinamientos desproporcionados que, además, han tenido altísimos costes sociales y económicos. Sólo los tragacionistas se niegan a admitir que las vacunas son una terapia experimental que se está administrando sin cumplir los plazos y los protocolos de seguridad establecidos y cuyos efectos secundarios no se han explorado suficientemente (aunque, desde luego, sus efectos bursátiles sean de sobra conocidos). Sólo los tragacionistas, en fin, se niegan a examinar todas estas evidencias, tal vez porque si lo hicieran tendrían que confrontarse con su estupidez gregaria y su sometimiento lacayuno a las consignas sistémicas.

Son estos tragacionistas, pues, los auténticos negacionistas, que con tal de sentirse abrigaditos en el rebaño renuncian a la ‘nefasta manía de pensar’. Pues el ‘negacionismo’, aparte de un empeño desquiciado en prescindir de la realidad, es también un anhelo gregario, una penosa necesidad de buscar protección y falsa seguridad en conductas tribales. Y no hay conducta más tribal que tragarse las versiones oficiales sin someterlas a juicio crítico, señalando además como réprobos a quienes osan ponerlas en entredicho. Tal vez esos réprobos suelten de vez en cuando alguna parida; pero al menos no regurgitan el pienso que se reparte a los borregos.

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jueves, enero 29

La amistad nos salvará

(Un artículo de Elena Castelló en la revista Mujer de Hoy del 26 de diciembre de 2020)

Es la red que nos sostiene, el apoyo que nos alienta, mejor que una pareja. Si tienes un amigo, estarás bien pertrechado para navegar la vida, porque tendrás un mayor bienestar emocional y una mejor salud. Aunque sea a través de Zoom.

Lo dijo el filósofo griego Aristóteles en el siglo IV a.C.: "La amistad es una relación de mutua benevolencia". El amigo está cerca, está pendiente, consuela, aconseja, dice la verdad, acoge. Busca nuestro bien. En un tiempo sin besos ni abrazos, obligados a una convivencia constante, sin intimidad, o a una soledad lacerante, la reciprocidad de los amigos puede ser el bálsamo que aplaque el miedo y la incertidumbre.

"La amistad tiene muchísima importancia en situaciones como la que vivimos —explica la psicóloga Silvia Congost—. Nuestro mayor miedo es a la soledad, al abandono, al aislamiento. Sentir que tenemos vínculos fuertes e importantes nos dará la seguridad que necesitamos para seguir adelante. Sabremos que no estamos solos, que hay otras personas a quienes les importamos, a quienes les importan nuestro dolor y nuestro bienestar y estarán ahí si es necesario", asegura la autora de Confinados, a solas o en compañía (Ed. Zenith).

"La amistad ha funcionado como un antídoto en estos meses", reflexiona Francesc Torralba, filósofo y catedrático de Ética de la Universidad Ramon Llull, de Barcelona. A su juicio, ha sido "una amistad curiosa, articulada tecnológicamente, pero no por ello menos cercana. La tecnología nos ha permitido mantener el contacto con nuestros amigos, nos hemos podido ver y escuchar". La amistad crea una comunidad confidencial, una transferencia de intimidad mutua que Zoom o Skype han seguido haciendo posible. Incluso han facilitado esa intimidad. "Quizá no hubiéramos sido capaces de transmitir ciertas confidencias cara a cara, pero sí lo hemos hecho a través de la pantalla. Ha sido liberador".

La nueva amistad digital ha sido, sin duda, una tabla de salvación. "Es precisamente en las catástrofes y desgracias cuando se pone de manifiesto la amistad auténtica —asegura Torralba—. Cuando todo te va bien, los amigos se multiplican, pero es una amistad útil, instrumental, que desaparece". ¿La pandemia nos ha permitido depurar? "Hemos visto quiénes han estado ahí, quiénes se han acordado de nosotros y quiénes no —añade Silvia Congost—. Eso nos ayuda a ver a quién tenemos que dejar, para dejar espacio a otros que encajen más con lo que somos y lo que buscamos".

Además de sanar emociones, la amistad es vital porque sana el cuerpo, literalmente. Un reciente estudio, dirigido por William Bukowski, investigador del Comportamiento Humano de la Universidad de Concordia (Montreal, Canadá), muestra que las amistades forjadas en la infancia tienen beneficios que se prolongan en la edad adulta. "Proporcionan mayor estabilidad emocional y minimizan el impacto de las experiencias negativas", dice Bukowski. Además, tener un buen amigo en la infancia tiene respuesta directa en la producción de cortisol, la hormona del estrés: cuando los niños están junto a sus amigos, su nivel de cortisol es menor en situaciones estresantes.

Otra investigación de la Universidad de Brigham Young (EE.UU.) ya había dejado constancia de la poderosa influencia de la amistad en la fisiología. Tras examinar 148 estudios a lo largo de siete años, obtuvo resultados impactantes: la amistad aumenta en un 50% las posibilidades de supervivencia. Por el contrario, una interacción social pobre es tan dañina como fumar 15 cigarrillos al día, ser alcohólico o llevar una vida sedentaria, y es dos veces más dañina que la obesidad. "Cuando alguien está conectado a un grupo y siente que es responsable de otras personas, se cuida más y se arriesga menos", concluían los investigadores. Las relaciones de intimidad como la amistad influyen, además, en presión sanguínea más baja, menor circunferencia abdominal, menor masa corporal y menor índice de inflamación, según la Universidad de Carolina del Norte (EE.UU.), que concluye que unas buenas relaciones en la adolescencia suponen mejor salud adulta.

Pero, ¿por qué una persona no tiene amigos? "La amistad es cosa de dos: no puedo ser amigo de alguien si no quiere ser amigo mío. Otra cosa es la caridad o la compasión, pero eso no es amistad", responde Torralba. Hay personas cuyo mundo social es muy limitado, que viven en pueblos pequeños o trabajan en un entorno aislado. Son las circunstancias, pero también está el carácter, que tiene que ver con la amabilidad, con ser agradable y generar una corriente de simpatía.

Forjar vínculos implica un talento que no tiene todo el mundo y uno de los elementos que precisa ese talento es no ser exigente, ególatra, narcisista. "Esto mata cualquier amistad. Nadie quiere ser el instrumento de nadie, queremos ser escuchados y reconocidos", señala Torralba. La amistad implica descubrirse, quitase la máscara, saber escuchar, aprender a ser vulnerable y a cuidar la vulnerabilidad del otro. Deseas su éxito, no juzgas, ni esperas que el otro sea diferente. "Para que una relación entre dos personas funcione —concluye Congost—, debemos sentir que hay equilibrio entre el dar y el recibir. Si se descompensa, la relación acabará siendo tóxica". ¿Estamos preparados para ser buenos amigos? ¿Para entender, acompañar, consolar? Si hemos madurado lo suficiente, la respuesta probablemente es sí.

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