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sábado, septiembre 19

Los increíbles beneficios del vinagre para su uso en plantas de interior

(Leído en El Confidencial el 2 de junio de 2022)

Utilizar el vinagre en tus plantas tiene múltiples beneficios ya que, entre otras cosas, ayuda a regular el pH de la tierra, así como a tratar o prevenir plagas y enfermedades.

Aunque es muy utilizado para cocinar, el vinagre también es uno de los productos estrella para limpiar y desinfectar superficies y electrodomésticos, eliminar la grasa de la cocina, la cal de la ducha o las manchas más difíciles de la ropa.

Pero es que, además, el vinagre (ya sea de manzana, de vino o blanco) tiene importantes propiedades que son beneficiosas tanto para las plantas de exterior como para las plantas de interior ya que sirve de eficaz herbicida. Sin embargo, tiene muchos más usos, como controlar plagas o desinfectar materiales. Los vemos a continuación.

Seguramente, las hojas de tus plantas van acumulando polvo y suciedad con el paso del tiempo. Por eso, para mantenerlas siempre limpias es recomendable usar un paño de microfibra o de algodón y pasarlo impregnado de vinagre (en una mezcla de dos partes de agua y una de vinagre) por encima de las hojas. ¡Quedarán relucientes y mucho más verdes!

Regula el pH de la tierra y mantiene las flores frescas

Asimismo, gracias a su acidez, el vinagre ayuda a regular el pH de la tierra, beneficiando sobre todo a las plantas acidófilas como es el caso del ficus elastica, las hortensias o las gardenias. Mezcla una cucharada de vinagre blanco con un litro de agua y riega la planta. Ese mismo contenido acético es excelente para mantener a raya el moho que se puede generar en algunas plantas. Solo es necesario añadir dos cucharadas de vinagre en una garrafa de tres litros de agua y agitarlo antes de rociar la zona afectada de la planta.

El vinagre también ayuda a inhibir el crecimiento de las bacterias y mantiene frescas las flores cortadas durante más tiempo. Para ello solo hay que añadir dos cucharadas de vinagre blanco junto a una cucharadita de azúcar en un recipiente de agua. Por otro lado, si quieres mantener alejada a tu mascota de las plantas de tu hogar, moja algún trapo o tela vieja en vinagre y colócalo cerca de las macetas. Eso les mantendrá alejados, ya que ni perros, ni gatos soportan el olor a vinagre.

Si eres de los que utiliza macetas de barro o terracota, sabrás que estas suelen ensuciarse rápidamente por la humedad del agua y, la verdad, estas manchas no son fáciles de limpiar. El vinagre eliminará la suciedad y le devolverá su color. Por último, pero no menos importante, el vinagre ablanda la cáscara exterior de las semillas, favoreciendo que estas germinen más rápido y de forma saludable. Solo necesitas poner en agua las semillas durante una noche y echarle de 5 a 8 gotas de vinagre blanco. ¡Notarás la diferencia! 

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jueves, septiembre 17

«Gran Capitán», el terror de los franceses en la batalla que cambió la Historia de España

(Un artículo de Manuel P. Villatoro y Esteban Villarejo en el ABC del 20 de octubre de 2013. En estos tiempos de cobardía y vergüenza nacional, es interesante recordar que hubo un tiempo en que defendíamos lo que era nuestro)

«Los que mandan ejército un día como hoy no deben ocultar el rostro», arengó Gonzalo Fernández de Córdoba a sus hombres ante la decisiva lid de Ceriñola.

Gonzalo Fernández de Córdoba, «Gran Capitán». El eco de sus proezas aún retumban en los manuales de historia militar. En Europa y allende los mares, donde los «herederos» de sus Tercios fraguaron el Imperio de aquella joven España. Cuando muchos nombran tan alegremente a Sun Tzu, Clausewitz, Napoleón, Patton o Schawrzkopf, olvidan que fue este genio militar español quien cambiaría para siempre el «arte de la guerra»: de la pesadez medieval (caballería pesada) a la agilidad moderna (infantería).

Reconquista de Granada, victoria sin igual frente al francés en Nápoles, conquista de un nuevo Reino para sus «Señores», virrey, precursor de una nueva estrategia militar fundamentada en la infantería y visionario de un Ejército español cuyas reformas impulsaron un cambio de mentalidad que posteriormente derivó en la creación de los populares tercios españoles que acabarían dominando buena parte del mundo e invictos desde 1503 hasta el desastre de Rocroi en 1643.

Sin embargo, y a pesar de sus proezas, este cordobés nunca dejó de ser un oficial cercano a sus hombres, con sentido del honor para con el contrario, estoico y, ante todo, súbdito leal hacia unos Reyes Católicos que iniciaban en sus hombros la aventura de una nueva nación. Aunque no fueron pocas las desaveniencias acaecidas con sus «Señores», llegando a ser apartado de la «res publica» y «res militaris» de la siempre desagradecida España.

Como bien explica Fernando Martínez Laínez, periodista y coautor del libro «El Gran Capitán» (Ed. Edaf), Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515) se inició pronto en la carrera militar, pues estaba destinado a dedicarse a guerrear al ser el segundo hijo de una familia noble, cobrando su nombre más poder entre los militares. Pronto se asoció su nombre a la valentía. «Una de las primeras batallas en las que intervino fue la de Albuera, cuando combatió a las huestes del rey de Portugal que habían invadido Extremadura».

«Hacia 1497, tras una breve estancia en la Corte, los Reyes Católicos le nombran "adalid de la Frontera", un grado que equivalía a capitán», explica Laínez.

La Reconquista de Granada

Pero donde realmente comenzó a mostrar su ingenio militar fue durante la «Guerra de Granada», una campaña militar que se sucedió a partir de 1482 y en la cual los españoles pretendían expulsar a Boabdil del último estado musulmán en la Península Ibérica. «La guerra se produjo por la firme decisión de los Reyes Católicos, que querían acabar de una vez por todas con el enclave musulmán de Granada, el único territorio que quedaba para completar la unidad cristiana peninsular».

Gonzalo tomó parte en esta contienda al mando de una unidad de «lanzas» (caballería pesada con una gruesa armadura) de la casa de Aguilar, de la que su hermano era señor. «Fue una guerra larga, que duró casi diez años, y se libró a base de incursiones, asedios, golpes de mano y escaramuzas persistentes, sin grandes batallas campales», determina el escritor.

«El Gran Capitán tuvo un papel muy destacado a lo largo de toda la campaña, en especial en los ataques a Álora, la fortaleza de Setenil, Loja y el asalto al castillo de Montefrío, cercano a Granada». De hecho, algunos cronistas como Hernán Pérez afirman que, durante esta guerra. «Gonzalo era siempre el primero en atacar y el último en retirarse».

«Pronto, su valerosa actitud y dotes de mando llamaron la atención de los Reyes Católicos, que le recompensaron con la tenencia (jefatura militar) de Antequera, el señorío de Órgiva y una encomienda», prosigue Laínez.

Primera guerra de Italia

Sin embargo, parece que los grandes honores que recibió no fueron suficientes para Gonzalo, pues en 1495 se embarcó hacia otra gran campaña esta vez en Nápoles. Su misión era clara: detener el avance de los franceses, deseosos de expandirse militarmente con la toma de algunos territorios. «La primera campaña italiana se inició cuando el rey francés Carlos VIII invadió el reino de Nápoles (Reame) con una gran ejército. Al poco tiempo se retiró, pero dejando la mayor parte del Reame ocupado».

«Utilizando las tácticas aprendidas en la Guerra de Granada, Fernández de Córdoba, limpió Calabria de enemigos, conquistó la provincia de Basilicata y tras derrotar a los franceses en Atella entró triunfante en Nápoles en 1496», destaca el escritor. Fue tras el asalto a esta ciudad cuando se empezó a conocer a Gonzalo como «Gran Capitán». Tras tomar el lugar, volvió a España como un héroe.

Segunda contienda en Nápoles

A pesar de que se firmó un tratado con Francia para que cesaran las hostilidades, la paz no duró demasiado. El rey francés Luis XII había firmado un tratado con Fernando el Católico para repartirse el reino napolitano. Los franceses ocupan la mitad norte y el sur queda en poder de las tropas españolas que manda el Gran Capitán.

Pero pronto se iniciaron las discrepancias entre españoles y franceses por cuestiones fronterizas, lo que provocó que en 1502 se reiniciara la guerra después de que los franceses trataran de nuevo de tomar Reame. El «Gran Capitán» no lo dudó y se dispuso a enfrentarse a los enemigos de España. Una de las primeras batallas de esta guerra fue la de Ceriñola (Cerignola), en la que Gonzalo tendría que hacer uso de toda su experiencia militar para lograr salir victorioso.

La batalla que revolucionó la Historia

La batalla de Ceriñola sin duda cambió la historia, y es que, si hasta ese momento la fuerza de los ejércitos se medía en base a la cantidad de caballería pesada de la que disponía, tras esta lid la mentalidad militar evolucionó y comenzó a primar la infantería.

La batalla se desarrolló en un diminuto punto de la Apulia italiana situado en lo alto de una colina cubierta de viñedos y olivos. En ella, las tropas del «Gran Capitán» se defendieron de los atacantes franceses, tras verse obligados a retirarse en varios enfrentamientos.

De hecho, el «Gran Capitán» demostró antes de la batalla su mentalidad innovadora y revolucionara. Y es que, para llegar a la ciudad Ceriñola y poder preparar las defensas concienzudamente antes del ataque de los franceses, Gonzalo forzó a sus caballeros a hacer algo nunca antes visto y que suponía una afrenta a su honor.

«El Gran Capitán obligó a los caballeros de su ejército a llevar infantería en la grupa de sus monturas en la marcha hacia Ceriñola, por terreno arenoso y próximo a la costa, lo que hacía muy fatigosa la marcha. Eso era algo que no se hacía nunca, pero mejoró la movilidad y la moral de la tropa y le permitió ganar tiempo. Fue una muestra más de su ingenio táctico», explica el experto.

Este acto hizo que los españoles ganaran tiempo y les permitió preparar las defensas de la ciudad, que consistieron en cavar un foso y una pared de tierra alrededor de Ceriñola, lo que les permitía aprovechar la situación elevada del enclave. Además, el «Gran Capitán» pudo establecer una estrategia que más tarde sería reconocida como un preludio de la guerra moderna.

Una reforma militar

Los franceses no se hicieron esperar y, a los pocos días, su comandante, Luis de Armagnac, dejó ver a sus tropas. «Por el lado francés, aunque varió según avanzaba la guerra, se contaban unos 1.000 hombres de armas (caballeros con armadura), 2.000 jinetes ligeros, 6.000 infantes, 2.000 piqueros suizos y 26 cañones». Por el contrario, Gonzalo tenía a sus órdenes un ejército formado principalmente por infantería: «Del lado español había solo 600 hombres de armas, 5.000 infantes y 18 cañones, más un refuerzo de 2.000 mercenarios alemanes», señala Laínez.

«En esta batalla las fuerzas estaban bastante equilibradas en cuanto a números, pero los franceses tenían mucha superioridad en caballería pesada y su artillería doblaba a la española. Por el contrario, los españoles contaban con un mayor número de arcabuceros, una fuerza que se revelaría decisiva», explica el escritor.

Para detener la fuerza arrolladora de la caballería francesa se planteó una estrategia novedosa: situar las tropas de disparo delante de las defensas. «El Gran Capitán colocó en primera línea a los arcabuceros y espingarderos (hombres armados con una escopeta de chispa muy larga), detrás a la infantería alemana y española, y más retrasada a la caballería. Él se situó en el centro del dispositivo y revisó con detalle el despliegue de toda la tropa».

Todo quedó preparado para un duro combate. Pero, antes siquiera de desenvainar una espada, el «Gran Capitán» volvió a demostrar su arrojo. Concretamente, Gonzalo se quitó el casco en los momentos previos a la batalla y, cuando uno de sus capitanes le preguntó la causa, él contestó: «Los que mandan ejército en un día como hoy no debe ocultar el rostro».

Comienza la batalla

La batalla se inició con la caballería francesa cargando orgullosa contra las tropas españolas. Hasta ese momento, una de las cosas más terribles que podía ver un enemigo de Francia era a los majestuosos jinetes en marcha con las armas en ristre. Sin embargo, fueron recibidos con una salva de fuego que hizo caer a un gran número de soldados.

«Cuando se inició el fuego, las balas de los arcabuceros españoles hicieron estragos en la caballería pesada francesa, impedida de avanzar ante el foso erizado de estacas y pinchos», explica el autor. Al no poder avanzar, los jinetes, desesperados, trataron al galope de encontrar alguna fisura en las defensas del «Gran Capitán», pero su intentó fue en vano y costó la vida a Luis de Armagnac, alcanzado por varios disparos.

Tras la derrota de la caballería pesada, la infantería francesa se dispuso a avanzar, pero sufrió grandes bajas debido al fuego español. Además, justo antes de que los soldados alcanzaran la primera línea de arcabuceros y acabaran con ellos, el «Gran Capitán» ordenó retirarse a estas tropas de disparo para evitar bajas.

Después de esta estratagema, el «Gran Capitán» cargó con todos sus infantes contra las diezmadas tropas del fallecido Armagnac que, ahora, no tenían objetivos contra los que luchar al haberse retirado los arcabuceros españoles. Sin apenas dificultad, las unidades de Gonzalo dieron buena cuenta de los restos del ejército francés.

Se adelantó a Napoleón en cuatro siglos

Ni siquiera la caballería ligera francesa pudo ayudar a sus compañeros, pues fueron arrollados por los jinetes españoles. «La batalla apenas duró una hora y fue una victoria total. Además, quedó como un ejemplo de arte táctico, y de la importancia de la fortificación y elección del terreno para el buen resultado de cualquier combate», destaca Laínez.

Otro escritor, Juan Granados, autor de la novela histórica «El Gran Capitán» (Ed. Edhasa) explica que «esencialmente demostró que en adelante las batallas se ganarían con la infantería. Utilizando para ello compañías formadas por soldados distribuidos en tercios, es decir, en tres partes: arcabuceros, rodeleros —soldados con armadura muy ligera armados de espada y rodela, el típico escudo circular de origen musulmán— y piqueros, generalmente lasquenetes alemanes, enemigos acérrimos de los cuadros mercenarios suizos que solía emplear Francia. Se adelantó cuatro siglos a Napoleón, huyendo de la guerra frontal yutilizando las tácticas envolventes y las marchas forzadas de infantería».

A finales de 1503 españoles y franceses volverían a medir sus fuerzas en el río Garellano -que por cierto da nombre a uno de los regimientos del Ejército con más solera y cuya sede se encuentra en Vizacaya- donde el «Gran Capitán» dio cuenta de las huestes del marqués de Saluzzo. «El sur de Italia quedó durante más de dos siglos en poder de España. El Gran Capitán, triunfador absoluto de estas guerras, desempeñó funciones de virrey en Nápoles, donde fue querido y respetado, pero pronto las envidias y maledicencias cortesanas empezaron a actuar en su contra», señala Laínez.

Pero parece que España no podía soportar a los héroes, pues Gonzalo terminaría siendo relevado de su puesto. El escritor Juan Granados sentencia: «Tal era la popularidad de Gonzalo de Córdoba entre sus hombres, que llegaron a desear proclamarle rey de Nápoles. Algo que él nunca deseó, se hubiese conformado con ser comendador de su querida orden de Santiago. Pero Fernando el Católico era suspicaz, desconfiaba de tanto éxito, el mismo rey de Francia, a quien había derrotado, le había ofrecido el generalato de su ejército. Por otra parte, sí es cierto que Gonzalo era descuidado en sus informes a su rey, tardaba en escribirle, pero nunca había pensado en suplantarle».

El monarca pidió entonces al «Gran Capitán» un registro de gastos para asegurarse de que no había malgastado fondos reales. Fernando el Católico le reclamó claridad en las cuentas de sus gastos militares en Nápoles, algo que Fernández de Córdoba consideró humillante. Como respuesta a lo que Gonzalo consideraba una gran ofensa personal, el entonces virrey dirigió a la monarquía un memorial conocido como las «Cuentas del Gran Capitán».

Unas cuentas curiosas

Irónicamente las cuentas incluían en el capítulo de gastos cantidades tales como: Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas. Cien millones en picos, palas y azadones. Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres enemigos, cincuenta mil ducados en aguardiente para las tropas un día de combate, ciento setenta mil ducados en renovar campanas destruidas por el uso de repicar cada día por las victorias conseguidas... y lo mejor: «Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el rey pedía cuentas al que le ha regalado un reino».

Esto no debió de sentar muy bien al monarca que, a sabiendas de lo que «Gran Capitán» representaba prefirió evitar el enfrentamiento directo con él, pero no perdonó la ofensa. «El monarca decidió alejar a Gonzalo de Nápoles. A partir de entonces el Gran Captán tuvo que adaptarse a una vida más sedentaria en sus posesiones de España. Es el destino de casi todos los héroes, una vez que han cumplido con su cometido en la guerra y llega la paz», finaliza Martínez Laínez. Sin embargo, lo que sí dejó este guerrero fue una reforma militar que duraría siglos.

La reforma militar

La herencia del «Gran Capitán» revolucionó la forma de combatir a nivel mundial hasta la llegada de las armas de destrucción masiva. Entr otros elementos destacables se sitúan la formación de la tropa en compañías (que luego serían la unidad fundamental de los tercios) al mando de un capitán, y el experto manejo de las armas de fuego individuales del combatiente de a pie, señala Martínez Laínez.

Además, el «Gran Capitán» creó también un nuevo tipo de unidad, la coronelía. Es el antecedente más inmediato de los tercios. Tenía unos 6.000 hombres y era capaz de combatir en cualquier terreno. Otra de sus innovaciones fue armar con espadas cortas, rodelas y jabalinas a una parte de los soldados. «La finalidad era que se introdujeran entre las formaciones compactas enemigas, causando en ellas terribles destrozos», sentencia el escritor.

Enseñanzas que fueron adquiridas por el «Gran Capitán» en la guerra de guerrillas que supuso la reconquista de Granada, con unos Reyes Católicos que depositaron en los hombros del «Gran Capitán» sus primeros pasos militares de una nueva nación en aquella vieja Europa llamada España.

 

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martes, septiembre 15

Sangre y pilum; El instrumental que usaron los cirujanos de las legiones romanas en España

(Un artículo de Manuel P. Villatoro publicado en el ABC del 2 de octubre de 2014)

La exposición «Sanidad Militar española: Historia y aportación a la ciencia» [incluyó] varios de los enseres utilizados por los médicos militares de la época de Augusto.

Desde una simple espéculo ideado para examinar a los pacientes, hasta un bisturí dispuesto para intervenir a cualquier soldado después de un sangriento combate. A pesar de que fueron inventados hace dos milenios, los instrumentos utilizados por los médicos romanos podían ser la frontera entre la vida y la muerte para los legionarios que, bajo la lluvia incesante de Britania o el calor de Egipto, combatían por su vida armados tan solo con un pilum y un gladius. Sin embargo, y a pesar de su simplicidad, este instrumental revolucionó la medicina de campaña de la época. Lo mismo sucedió con la Sanidad Militar romana, la más avanzada de entonces y la cual sirvió de base para toda la medicina marcial que hoy existe en España.

Varias de estas piezas de cirugía, al igual que otras dedicadas a la atención sanitaria de heridos en la antigua Roma, pueden ser apreciadas en primicia por todo aquel que se deje caer por Granada. Esto es posible debido a que, desde hace aproximadamente un mes, el Parque de las Ciencias de la ciudad andaluza [acogió] la exposición « Sanidad Militar Española: Historia y aportación a la ciencia», una exhibición con más de 250 piezas de patrimonio médico de carácter castrense que podrá ser visitada durante todo un año por los interesados en el tema.

La Sanidad Militar romana

La Sanidad Militar española tiene su origen en Roma. Y es que, al ser un pueblo que solía andar a lanzazos por medio mundo, necesitaban de un buen equipo médico que pudiera salvar de la muerte a cuántos más legionarios mejor. Con todo, hubo que esperar hasta la época del emperador Cayo Julio César Augusto (en el año 27 A.C.) para ver una verdadera organización dedicada a la recuperación de heridos y enfermos. Antes de este líder, aquellos soldados de Roma que recibían un tajo en batalla eran trasladados y tratados en las casas particulares cercanas. Allí, más con rituales y embrujos que con cirugía, los improvisados curanderos trataban de salvarles la vida para que lograran que combatieran un día más. Las posibilidades de marcharse al otro barrio con el uniforme puesto eran, por lo tanto, más bien altas.

Todo cambió con la creación de una organización sanitaria profesional en la época de Augusto. Ésta era incluso preventiva, pues a algunos doctores militares (la mayoría de los cuales basaban sus conocimientos en la antigua Grecia y en la experimentación) se les encargaba realizar un examen médico a cualquier aspirante a convertirse en miembro de la Legión. Concretamente, buscaban hombres sanos, fuertes, y que no fueran propensos a enfermar. Mientras todo esto sucedía, los médicos se profesionalizaban y adquirían experiencia a una velocidad increíble. La razón era sencilla: el Emperador sabía de la importancia de su preparación y no tenía problemas en abrir la bolsa para premiar a sus galenos con dinero, tierras y títulos. Así pues, no era raro que los pequeños estudiantes soñaran con convertirse en doctores cuando levantaran dos palmos del suelo.

Los primeros hospitales de campaña

Sin embargo, por si todo aquello fallaba (o por si sus legionarios eran heridos por algún que otro bárbaro armado con una vulgar hacha), el que fue el primer Emperador del Imperio Romano creó sus primeros centros de atención para soldados. «La gran importancia que, desde Augusto, la administración romana concedía a la recuperación de heridos y enfermos quedó patente en la monumentalidad y eficiencia de sus “ valetudinaria” (hospitales de campaña situados siempre dentro de los grandes campamentos de cada legión, que, a su vez, estaban muy cerca del limes –conjunto de muralla y torres de vigilancia que defendía el Imperio de súbitos ataques del enemigo-)» afirma Luis Monteagudo García, exdirector del Museo Arqueológico de la Coruña, en su dossier «La cirugía en el imperio romano».

Estos primeros hospitales eran militares y contaban con habitaciones para los heridos, además de un quirófano en el que intervenir a los soldados en plena contienda. A su vez, y como bien señala Monteagudo, eran de una modernidad increíble: «Características son las salas de enfermos, cada 2 de las cuales tenían comunes una puerta, un vestíbulo y una despensa centrales; del vestíbulo se pasaba a las dos habitaciones por sendas puertas, a derecha e izquierda. Así se lograba ventilar sin engendrar corrientes».

«Podemos considerar que los romanos crean el primer antecedente histórico de una Sanidad Militar organizada y estructurada, que influiría decisivamente en la génesis de una verdadera Sanidad militar española que surgiría en la Edad Media y, posteriormente, en el Imperio español» señala Guiote mientras muestra a este periódico los recuerdos de este antiguo pueblo que, tras una vitrina, se exponen en la exhibición granadina «Sanidad Militar Española: Historia y aportación a la ciencia».

Las labores del «medicus»

Así pues, el médico se convirtió en todo un activo en las legiones romanas, ya que, durante el combate, era el encargado de curar a los heridos que llegaban del campo de batalla tratando, por todos los medios, de devolverlos lo antes posible a la lucha. Sin embargo, el sanar a los legionarios no era su única labor. Y es que, además de cirujano devía velar por la higiene del campamento y evitar el contagio de enfermedades e infecciones. «El “Medicus” se convirtió, no sólo, en el cirujano que atendía y curaba las heridas de guerra de los soldados; no sólo en el profesional que trataba diferentes tipos de enfermedades comunes (infecciosas,etc.), sino en un verdadero “higienista-preventivista”: se encargaba de enseñar medidas para prevenir enfermedades transmisibles, elaboraba dietas equilibradas para los legionarios, etc.», completa el militar a ABC.

A su vez, los médicos romanos fueron los primeros que apostaron por crear hospitales militares en los que poder tratar mejor a los heridos: «Fueron los creadores del “Valetudinarium”, antecedente de los hospitales fijos, en el que los enfermos y heridos se distribuían en alas independientes y en habitaciones individuales. Fueropn además los encargados de crear un verdadero sistema de evacuación de los heridos en angarillas,. Pero, probablemente, lo más significativo fue la creación de una organización sanitaria compleja, dirigida por el “Ordinarius” -lo que hoy podríamos llamar el jefe de la sanidad- que dirigía y coordinaba todo lo relacionado con la salud de las legiones (curiosamente, podemos decir que conocemos el nombre del primer médico militar hispanorromano, que era “Ordinarius”: se llamaba: Anitius Ingenuus», señala Guiote.

Las «armas» del cirujano

Con todo, y a pesar de su ingente cantidad de tareas, la valía de un «medicus» se terminaba probando cuando pasaban por sus manos centenares de legionarios con brazos cercenados, heridas profundas de hacha o tajos brutales. Para tratarlos, el doctor y cirujano contaba con unas herramientas muy avanzadas para la época. «El “Medicus” romano disponía de una amplia panoplia de instrumental quirúrgico para tratar todo tipo de heridas originadas en el campo de batalla. Dicho “arsenal” terapéutico era más sofisticado de lo que podríamos pensar hoy en día: tenía un diseño que , en esencia, no dista mucho del que tiene el utilizado por los cirujanos actuales. Así, prácticamente, la única diferencia radica en el material con el que se confeccionaban: bronce y hierro, en la la Antigua Roma; acero quirúrgico, en la actualidad», añade el experto.

El medico, a su vez, contaba con una gran cantidad de instrumentos con diferentes objetivos.. Así pues, para la denominada «cirugía blanda», la herramienta principal del «medicus» era el bisturí. «El bisturí romano constaba de tres partes; hoja cortante de acero o hierro acerado, empalme -donde iba introducida la hoja- y dos ranuras para fijar la hoja», señala, en este caso, Monteagudo en su obra. Entre los diferentes escalpelos, había algunos diseñados específicamente para hacer las denominadas penetraciones exploratorias e, incluso, para llevar a cabo operaciones de cataratas. «El “ Medicus” poseía también: sondas, gubias, agujas, etc., que servían para cortar los tejidos, extraer puntas de flechas, drenar pus, realizar legrados...», añade Guiote.

Los «ganchos separadores» era otro de los elementos utilizados para la cirugía de pequeño calibre. Este instrumento fue muy empleado en las operaciones de amígdalas, las cuales ya se realizaban en la época romana. Así explicaba una de estas intervenciones el médico Paulus VI: «Sentado el paciente a la luz del sol, se le manda abrir la boca, y mientras un ayudante le sujeta la cabeza y otro le mantiene baja la lengua contra la mandíbula inferior con un depresor de lengua, tomamos el ganchillo, enganchamos la amígdala y tiramos con el gancho todo lo que podamos sin arrastrar la cápsula. Entonces cortamos la amígdala por la raíz con el bisturí». Finalmente, acompañaban a este instrumental las típicas vendas, punzones, el hilo de sutura para coser heridas en combate o las médulas de papiro para ablandar fístulas (una conexión anormal entre dos partes internas del cuerpo).

La «cirugía ósea» era otro de los ámbitos a los que se dedicaba el «medicus» y, como era natural, disponía de varios instrumentos para llevarla a cabo. Uno de sus aparatos más utilizados era el «trépano cilíndrico para cráneos», el cual servía para realizar agujeros en la cabeza del afectado y, posteriormente, poder retirar así los fragmentos de hueso que se hubieran introducido en una herida tras un golpe en la cabeza.

Curiosamente, para llevar a cabo operaciones óseas no era muy aconsejable hacer uso de sierras quirúrgicas, ya que solían ser muy dañinas. A pesar de ello, formaban parte de las herramientas del «medicus», al igual que el martillo de plomo (utilizado junto al trépano para abrir agujeros en el cráneo), la «palanca o elevador de huesos» (cuya función era extraer esquirlas de hueso y colocar éstos en su sitio después de una fractura) y los escoplos (que servían para abrir canales en los huesos).

Finalmente, el cirujano disponía de instrumentos para sacar todo tipo de suciedad o restos de las heridas. La principal herramienta para esta función eran las pinzas. «Instrumento muy frecuente en el equipo del médico antiguo. Sirve para extraer cuerpos extraños de las heridas, para coger la gasa y enjugar la sangre, etc». Según Celso, también eran útiles para sacar esquirlas de hueso. «La elasticidad de la pinza estaba producida por la divergencia de las dos ramas soldadas o bien por la rápida curvatura de un solo fleje que forma ambas ramas», destaca el experto español en su dossier sobre la cirugía romana.

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domingo, septiembre 13

El viaje definitivo

 (Juan Ramón Jimenez)

"Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde
árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y
plácido,
y tocarán,como esta tarde están
tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del
baño,
en el rincón secreto de mi huerto
florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará nostálgico...
Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin
árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando"
 

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viernes, septiembre 11

Baby Names From the Middle Ages No Longer Used and Why They Disappeared

(A text wirtten by Kylie Langread on talesofthemiddleages.com; it's not dated, by the way)

Medieval baby names were nothing like they are now; in fact, they’re completely unrecognizable. In 1065, a baby boy born in an English village might have been called Aethelred, Godwin, Edmund, or Wulfstan. A year later, his little brother was far more likely to be a William, Robert, or Richard. 

Names are one of the most personal things humans pass on, and yet they shift with politics, with conquest, with which saint is in fashion and which queen everyone wants to flatter. A name can ride high for two centuries and then disappear inside a generation. 

Sometimes the reason is a war, possibly a beheading, or even a pope changing his mind about who counts as holy. I find names fascinating, especially since my mom saw fit to give me an Australian first name (I’m not Australian), followed by my two middle names, Elizabeth and Margaret, after English princesses. Why? God knows.

Here are the medieval names that once filled English baptismal records, and the specific reasons they fell out of favor. 

Aethelred, Wulfstan, and the Anglo-Saxon Names the Normans Buried

Before 1066, English naming was a thicket of compound Old English words. Aethelred meant noble counsel. Aelfric meant elf-ruler. Wulfstan was wolf-stone. Godwin, the name of the most powerful family in pre-Conquest England, meant friend of God. 

These names carried lineage, status, and sometimes a kind of verbal coat of arms. Parents picked elements from their own names and stitched them into the child’s, so an Aethelstan might father an Aethelwulf, who in turn fathered an Aelfred.

Then William of Normandy landed at Pevensey, and within two generations the entire system collapsed. The Norman aristocracy brought their own names with them, William, Robert, Richard, Henry, Hugh, and these became the names of power. 

If you wanted your son to get on in the new England, you didn’t christen him Wulfnoth, you named him William. By 1150, English landowners with Norman-sounding first names and Old English surnames were everywhere. By 1200, the old names were largely gone from the gentry, clinging only in the countryside and among the poor.

Godwin had been the name of an earl who nearly ran the country. Within a hundred years of Hastings, it was the kind of name a Norman lord’s clerk would write down with a faint smirk. Aethelred, which had belonged to two kings of England, vanished so thoroughly that when antiquarians revived it briefly in the 19th century, it sounded like something out of a fairy tale rather than a real Christian name.

Matilda, Maud, and the Queens Who Made and Unmade a Name

Matilda is one of those names that tells you exactly when a dynasty was popular. William the Conqueror’s wife was Matilda of Flanders. Henry I’s wife was Matilda of Scotland, originally christened Edith but rebranded for Norman tastes. 

Henry’s daughter, the empress who fought Stephen for the English throne in the 1140s, was also Matilda. For about a century, half the noblewomen in England seemed to be called Matilda, often shortened in everyday speech to Maud.

Then came the civil war known as the Anarchy, nineteen years of Matilda the empress fighting Stephen for the crown while the country bled. Chroniclers wrote that Christ and his saints slept. When the dust settled, and Matilda’s son Henry II took the throne, the name was still respectable, but something had shifted. Maud started replacing Matilda in common usage, and by the 14th century, even Maud was fading. 

By the time the Tudors arrived, Matilda was archaic. It came back in the Victorian period as a self-consciously medieval choice, the kind of name you gave a daughter if you were really into Walter Scott.

Edith had a similar arc, though sadder. It was the name of Edward the Confessor’s queen, a woman who navigated the Conquest with a great deal of political skill and died in her bed in 1075. It was the name of Henry I’s wife before she was made to swap it for Matilda. 

After that, Edith retreated into the convents and stayed there for about seven hundred years. 

Saints, Cults, and the Names That Rose and Fell with Them

Medieval parents chose names for the saints associated with them. A boy named Edmund was placed under the protection of the East Anglian king, who was martyred by the Vikings in 869. A girl named Etheldreda was being entrusted to the founder of Ely Abbey. When a saint’s cult was powerful, the name was everywhere. When the cult faded, the name went with it.

Thomas exploded across England after Thomas Becket’s murder in Canterbury Cathedral in 1170. Before that, it was a relatively rare name. By 1200, it was one of the most common boys’ names in the country, and it remained so for centuries because Becket’s shrine became one of the richest pilgrimage sites in Europe. 

Then Henry VIII dissolved the shrine in 1538, declared Becket a traitor rather than a saint, and ordered his name struck from liturgical books. Thomas ‘ name survived because it was also an apostle, but for a generation, naming a son Thomas in honor of Becket specifically became politically dangerous.

Other saints’ names didn’t survive the cull. Etheldreda, once one of the most venerated female saints in England, dropped out of use almost completely after the Reformation closed Ely’s pilgrimage trade. 

Cuthbert held on in the north because Durham clung to its saint with both hands, but elsewhere it became the kind of name you only saw on tomb effigies. Swithun, Botolph, Wulfstan, Mildred, all of these had been ordinary baptismal names in the early medieval period

Once the shrines were stripped and the relics burned, the names lost their gravitational pull and drifted out of fashion within two generations.

The Tudor Reshuffle and the Politics of a Christian Name

By the 16th century, naming had become a political act in a way that would have baffled an 11th-century parent. Calling your son Edward in 1547 was a nod to the new Protestant boy king. Calling your daughter Mary in 1553 was either a statement of Catholic loyalty or a piece of careful flattery to the queen. 

Elizabeth went from a respectable but not especially common name in 1500 to one of the most popular girls’ names in England by 1600, for obvious reasons.

The Reformation also imported a new layer of names from the Old Testament. Suddenly, English parish registers filled with Sarah, Rebecca, Hannah, Joshua, and Abraham, names that had barely existed in medieval England outside the Jewish communities expelled in 1290. 

Puritan families pushed even further, producing the famous virtue names, Patience, Mercy, Prudence, Fear-God, and the unforgettable Praise-God Barebone. Most of those didn’t last either, killed off by the Restoration and the general English preference for not having to introduce yourself as Fly-Fornication.

What got squeezed out in all this was the great middle layer of medieval saints’ names. Agnes had been one of the top girls’ names in 14th-century England. By 1650, it sounded like something a grandmother might be called, and by 1750, it was nearly extinct outside Scotland and Catholic households. 

Margery, the everyday English form of Margaret, went the same way, undone partly by association with the more rustic-sounding peasant heroines of popular tales.

Hodge, Wat, and the Working Names That Lost Their Dignity

Some medieval names didn’t die out because of politics, but from class. Roger, Robert, Walter, and Richard were all perfectly respectable Norman imports in the 12th century, names borne by earls, bishops, and kings. 

Over the centuries, their nicknames slid down the social ladder. Hodge for Roger became shorthand for any English peasant, the way Tommy later meant any British soldier. Wat for Walter became forever attached to Wat Tyler and the 1381 Peasants’ Revolt. Hick for Richard became a generic term for a country bumpkin.

Once a nickname became a slur, the formal name often suffered too. Roger stayed in use but lost some of its old aristocratic shine. Walter held on longer, especially among the gentry, but by the 18th century, it was a name people associated with butlers and elderly clergymen. 

Hick, well, Hick never recovered. Neither did Hob, the medieval pet form of Robert that gave us hobgoblin and hobnob and eventually wandered out of the human-name category entirely.

This pattern repeats with girls’ names, too. Joan was once one of the most common names in medieval England, the female form of John and the name of saints, queens, and a notorious Pope, according to legend. By the Tudor period, Joan had become the generic name for a serving maid or a milkmaid. 

The proverb, ” Every Jack must have his Jill, “ replaced an older ” Every Jack must have his Joan”, and the name slid down with it. Jane, originally a variant, climbed up to take its place at court. The same woman might have been Joan in 1450 and Jane in 1550, simply because Joan had become a name you gave a kitchen girl.

Naming patterns are recorded in parish books, tax rolls, and the wills of dying men. A grandfather named Aethelred, a father named William, a son named Thomas, a grandson named Edward, and a great-grandson named Joshua. Five generations, five different worlds, and the only thing connecting them was the village they were buried in.

 

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miércoles, septiembre 9

El mito de Pandora

Bárbara Rosillo en su blog el 30 de junio de 2023)

“Los dioses tienen oculta la Vida a los hombres; si no, fácilmente trabajarías en un solo día lo bastante para tener hacienda por todo el año, sin necesidad de proseguir la faena. Pronto colgarías el timón bajo el humo, y se acabarían trabajos de bueyes y mulos incansables.

Mas Zeus ocultó la Vida—irritado en su corazón—ya que le había chasqueado Prometeo, el de ingenio sutil. De ahí el porqué comenzó a maquinar contra los hombres tristes pesares, y ocultóles el fuego. Pero de nuevo el valiente hijo de Japeto en honda férula se lo robó al prudente Zeus, para dárselo a los hombres, engañando así al dios que se goza en el rayo.

Y enfurecido, le dijo Zeus que amontona nubes:

¡Hijo de Japeto, que a todos superas en astucias, te alegras de haber robado el fuego, burlando mis designios! ¡Gran azote para ti, y para los hombres venideros! ¡A ellos, yo, en lugar del fuego, les daré un mal, con el que todos se gocen de corazón, abrazando a la vez su propia ruina!

Así dijo, y rompió a reír el padre de hombres y dioses; ordenó a Hefesto que al punto mezclase tierra y agua, le infundiera voz y fuerza de un ser humano y formase, parecido a las diosas inmortales, un hermoso y adorable cuerpo de virgen. Mandó después que Atenea la instruyese en sus labores, en el tejido de primorosas telas; y que la dorada Afrodita circundase de gracia su frente, imprimiéndole el doloroso deseo y las ansias que devoran los miembros. A Hermes—mensajero matador de Argos— encargó que le infundiese espíritu de perra y corazón ladino.

Dijo así, y todos obedecieron al soberano Zeus, hijo de Crono. Al punto el famoso cojo modeló con tierra la forma de una casta virgen, según los dictados del Cronida. La diosa ojiglauca Atenea le ciñó la cintura y completó su adorno. Alrededor de su cuello, las Gracias divinas y la augusta Persuasión pusieron collares de oro. Y en torno a ella, las Horas de lindos bucles dispusieron guirnaldas con florecillas primaverales. Fue Palas Atenea, la que le ajustó al cuerpo todo el aderezo.

El mensajero Argifonte forjó en su pecho mentiras, palabras falaces y un corazón ladino, cumpliendo el designio de Zeus, que truena sordamente. Por último, el heraldo de dioses la dotó de la palabra, y dio a esta mujer el nombre de Pandora, porque todos los moradores de las mansiones olímpicas obsequiaron con tal regalo, procurando la ruina a los hombres que de pan se alimentan.

 Una vez hubo concluido el señuelo fatal, irremediable, el Padre envió en busca de Epimeteo, al ilustre Matador de Argos—con el regalo de los dioses—, sí, al veloz mensajero. No pensó Epimeteo en lo que Prometeo le había avisado: nunca aceptar obsequio de Zeus Olímpico; devolverlo en cambio a su origen, para evitar así un mal a los mortales. Mas él después de aceptarlo, cuando ya tenía el mal consigo, lo advirtió.

Y es que otrora vivía en la tierra el género humano, lejos y libres de males, libres de la dura fatiga y de enfermedades dolorosas que dan a los hombres la Muerte —pues los hombres envejecen pronto en la desdicha.

Pero la mujer, quitando del vaso la gran tapadera, los esparció, y maquinó para los hombres tristes congojas. Sola, allí dentro quedaba la Esperanza, en indestructible mansión, bajo los bordes del vaso—y no voló fuera: antes le puso Pandora la tapa, según designios del egidíforo Zeus, el que nubes reúne. Con lo que son incontables las penas que vagan entre los hombres: pues llena está la tierra de males, llena la mar. Morbos caen sobre los hombres, de día, o les visitan sin más, en la noche, llevando el dolor a los mortales—en silencio, que les quitó la voz el prudente Zeus. Así no hay modo de esquivar el pensamiento del dios.”

Hesíodo. Los trabajos y los días. Siglo VII a.C.

Los trabajos y los días es un poema de 828 versos escrito hacia el año 700 antes de Cristo.

Prometeo: Titán, hijo de Japeto. Robó a Zeus el fuego para entregárselo a los hombres, como castigo un águila le devoraría el hígado por toda la eternidad.

Zeus: Uno de los principales dioses del panteón olímpico. Hijo de Cronos, marido de Hera.

Hefesto: Dios de la forja y el fuego. Hijo de Hera. Era cojo y se ayudaba de un bastón.

Palas Atenea: Diosa de la sabiduría y la artesanía. Hija de Zeus, nació de su cabeza ya adulta y armada.

Afrodita: Diosa de la belleza. Hija de Urano y mujer de Hefesto.

Epimeteo: Hermano de Prometeo, marido de Pandora.

Pandora: La primera mujer, modelada con arcilla y agua por Hefesto.

Crónida: Zeus.

Ojiglauca: de ojos verde claro.

Egidíforo: Zeus, portador de la égida.

Argifonte: Hermes, el dios mensajero.

Matador de Argos: Hermes. Mató a Argos, un gigante de cien ojos.

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