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martes, marzo 17

Wade Hampton Frost y el reto casi imposible de contar los muertos de una pandemia

 (Un texto de Francisco Doménech en bbvaopenmind.com leído el 23 de julio de 2020)

La dimensión de la actual pandemia empezó a quedar más patente cuando a finales del pasado mayo la primera potencia mundial, EEUU, superó los 100.000 muertos por la COVID-19. Esa cifra oficial, aún no alcanzada por ningún otro país del mundo, podría ser considerablemente inferior a las muertes reales, según estudios que estiman un 50% más de víctimas mortales en las zonas más afectadas. Mientras en países como España la oposición política acusa al Gobierno de ocultar las verdaderas cifras de muertos, lo cierto es que ese recuento es casi imposible de hacer con precisión.

A factores incontrolables, como los pacientes que mueren sin llegar a ser diagnosticados, se une la propia complejidad de la recogida y el procesamiento de esos datos. Estas dificultades, inherentes a cualquier epidemia, se multiplican en el caso de una pandemia. Y todavía era mucho más complicado hace un siglo, cuando en medio de la pandemia de gripe de 1918 un desconocido funcionario estadounidense encontró un método científico para acercarse a la cifra real de muertos. Por ello ahora empieza a reconocerse a Wade Hampton Frost como uno de los padres de la epidemiología.

Poco se sabe de la vida de Wade Hampton Frost (3 marzo 1880 – 1 mayo 1938) hasta ese momento crucial, salvo que fue el hijo de un médico rural del Interior del estado de Virginia y fue educado en casa por su madre. Tras seguir la vocación paterna y terminar la carrera de Medicina —destacando por sus habilidades matemáticas y de análisis clínico—, ingresó en el Servicio de Salud Pública de EEUU en 1906 y fue enviado a Nueva Orleáns a combatir un brote de fiebre amarilla. Su equipo logró controlar aquel brote, el último de esa enfermedad registrado en EEUU. Tras ese éxito, Frost fue ascendido para trabajar en el Laboratorio Nacional de Salud Pública. Allí se centró en la investigación de los terribles brotes de polio, que repentinamente paralizaban y mataban a niños en una zona concreta, y descubrió que una de las claves de esos brotes aparentemente imprevisibles era que muchos niños podían ser infectados por el virus pero seguir siendo asintomáticos, transmitiendo la epidemia de manera silenciosa.

Un extraño patrón en la gripe más virulenta

En ese trabajo seguía Wade Hampton Frost cuando en otoño de 1918 el brutal incremento de las muertes por gripe llevó al cierre de escuelas en la costa este de EEUU, a la saturación de hospitales y a un recuento diario de víctimas que copaba los titulares de los periódicos. El elevado número de muertes desbordaba la capacidad de los funcionarios de salud para contarlos, especialmente en las áreas urbanas más pobladas, mientras que la atención médica en las zonas rurales era precaria. Además, el microscópio electrónico aún no había sido inventado: no había manera de detectar algo tan pequeño como un virus, y sin ningún tipo de test diagnóstico, muchos casos de esa gripe especialmente agresiva fueron confundidos con casos de neumonía.

Para registrar el avance de la pandemia en su país Frost y su colega Edgar Sydenstricker diseñaron una gran encuesta nacional de salud. Casa por casa, y siguiendo una muestra estadísticamente representativa, los entrevistadores lograron rellenar unos 113.000 cuestionarios, en los que se recogía la edad y el sexo de todos los inquilinos de cada casa, así como la fecha y duración de cualquier posible caso de neumonía o gripe, ya fuese leve, grave o mortal.

Gracias a esta macroencuesta, Wade Hampton Frost descubrió un extraño patrón de mortalidad en la gripe de 1918. Al contrario que las gripes estacionales, no afectaba más a niños y ancianos, sino que su mortalidad era mucho más elevada en adultos jóvenes (menores de 40 años). Frost fue más allá e inventó un método para analizar los datos de la encuesta, con el empeño de poder saber con más exactitud cuánta gente había fallecido por la pandemia. Podía haber considerado que sus datos de 1918 eran suficientemente precisos, pero decidió compararlos con la mortalidad por gripe y por neumonía de años anteriores, que le sirvieron como base para fijar un patrón de mortalidad “normal” a lo largo del año: 1,5 muertes por cada mil habitantes en una temporada de gripe habitual, frente a las 5,5 registradas en el pandémico otoño de 1918.

El problema de las muertes indirectas

Por primera vez se utilizó el método del exceso de mortalidad, ahora clásico en epidemiología. Según los cálculos de Frost, la diferencia en esa ola de la pandemia fue de 4 muertes más por cada mil habitantes en todo EEUU, un dato que sirvió para evaluar mejor el impacto de la segunda ola de la gripe de 1918 que la cifras oficiales de muertos, dada la diferente fiabilidad de esos datos según las áreas geográficas.

El método de Frost es usado hoy en día, tanto por los centros de Control y Prevención de la Enfermedad de EEUU (CDC) como por su homólogo europeo (el ECDC). La primeras estimaciones del exceso de mortalidad en el inicio de la actual pandemia en EEUU detectaron un 57% más de muertes adicionales que los fallecimientos por COVID-19 confirmados oficialmente. Sin embargo, hay que tener en cuenta que estas estimaciones generales incluyen también muertes indirectamente causadas por la pandemia, como las de personas que sufrieron un infarto y no solicitaron suficientemente rápido asistencia sanitaria por estar confinados; o los pacientes con diferentes dolencias que no pudieron ser bien atendidas en unos hospitales saturados por la pandemia; o quienes fallecieron debido a consecuencias físicas y mentales del distanciamiento social y el confinamiento.

El método del exceso de mortalidad de Frost nos da una medida más precisa del impacto general de una pandemia, frente a los imperfectos sistemas para recontar los fallecidos por la enfermedad. “No vamos a saber el verdadero número de muertes por COVID-19 hasta que se asiente la polvareda”, explicó recientemente a National Geographic el epidemiólogo Daniel Weinberg, de la Universidad de Yale. Combinar estadísticamente los datos ambos métodos (número de muertes confirmadas y exceso de mortalidad) durante los próximos años nos llevará a estimar una cifra total de muertos por Covid-19, que será la que finalmente figure en los libros de historia. 

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lunes, marzo 16

El origen del temor a los viernes 13: la maldición que lanzaron los templarios en la hoguera

 (Un artículo de César Cervera en el ABC del 13 de noviembre de 2020)

Antes de ser consumido por las llamas, Jacobo de Molay se dirigió a los hombres que habían perpetrado la caída de los templarios: «Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia».

La aversión al número 13 está fuertemente arraigada en la cultura occidental. En la Última Cena había trece personas (doce apóstoles y Jesús), siendo Judas el traidor, el número 13. En el Apocalipsis, el capítulo 13 corresponde al anticristo y a la bestia. A su vez, la Cábala –una disciplina de pensamiento esotérico relacionada con el judaísmo– enumera a 13 espíritus malignos; al igual que las leyendas nórdicas, donde Loki, el dios de las travesuras, aparece en ocasiones citado como el invitado número 13.

Por otro lado, el viernes según la tradición cristiana es el día que Jesucristo de Nazaret fue crucificado. Algunos estudiosos de la Biblia creen que Eva tentó a Adán con la fruta prohibida un viernes y que Abel fue asesinado por su hermano Caín el quinto día de la semana. Cabe recordar que los siete días de la semana –establecidos en función del tiempo en el que transcurre un ciclo lunar– son definidos por las religiones judeo-cristianas y musulmanas como el tiempo que tardó Dios en crear los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos.

El viernes, considerado por las razones anteriores un día aciago por la tradición cristiana, coincide entre 1 y 3 veces por año con el número de la mala suerte, el 13, dando lugar a la fecha más «maldita», de la que cine y literatura han dado buena cuenta. No en vano, el miedo por los viernes 13 tiene su epicentro histórico en una fecha que quedó marcada por el misterio y la traición: el viernes 13 de octubre de 1307. En la madrugada de este día, el Rey francés Felipe IV inició una brutal persecución contra la Orden de los Caballeros Templarios que provocó el arresto masivo de sus miembros.

Felipe IV persuadió al Papa Clemente V para que iniciase un proceso contra los templarios acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos a través de la práctica de ritos heréticos. Especialmente humillante –bajo el prisma de la época– era la acusación de practicar actos homosexuales entre los caballeros de la Orden del Temple, que vivían a medio camino entre la austeridad de un monje y las exigencias de un guerrero. Se trataban de falsedades sin base alguna para ocultar las verdaderas causas que tenían más bien que ver con lo económico.

El Rey de Francia –donde los templarios vertebraban la mayor parte de la influencia y el patrimonio adquiridos durante las Cruzadas– coaligado con el papado y los dominicos ambicionaban acabar con la poderosa y acaudalada orden militar, convertida en el principal prestamista de la Corona francesa y de otros países europeos.

Las calumnias se convierten en acusaciones

Clemente V, pese a ser francés y antiguo arzobispo de Burdeos, mostró inicialmente su oposición a la guerra que Felipe IV pretendía desencadenar contra los templarios, puesto que necesitaba de su ayuda militar para iniciar una nueva cruzada en la zona de Palestina. Sin embargo, la negativa del último gran maestre, Jacques de Molay al proyecto Rex Bellator –impulsado por la Corona de Aragón para fusionar todas las órdenes militares bajo un único rey soltero o viudo– predispuso al Papa en contra de la Orden.

En 1307, Jacobo de Molay, secundando los deseos papales de Cruzada, llegó a Francia para reclutar tropas y abastecerse de vituallas. A su paso por el país escuchó las calumnias propagadas contra su Orden por el Monarca francés. Para ello se sirvió de las acusaciones de Esquieu de Floyran, un espía al que Jaime II de Aragón había expulsado de su corte por verter falsedades contra los templarios pero que fue recibido con los brazos abiertos por el Rey galo, deseoso de provocar su caída a cualquier precio.

Ofendido por la campaña de desprestigio contra la Orden del Temple, Jacobo de Molay acudió ante el Papa solicitando un examen formal para desacreditar las burdas calumnias. Accedió Clemente V a sus deseos y así se lo comunicó al Monarca francés por carta del 24 de agosto de 1307. Pero Felipe IV, quien había intentado entrar sin éxito entre las filas templarías cuando se quedó viudo, no estaba dispuesto a dilatar el asunto y cerró el puño sobre su presa. Aconsejado por su ministro Guillermo de Nogaret, Felipe IV despachó correos a todos los lugares de su reino con órdenes estrictas de que nadie los abriera hasta la noche previa a la operación: el jueves 12 de octubre de 1307. Los pliegos ordenaban la captura de todos los templarios y la requisa de sus bienes.

El 12 de octubre de 1307, a la salida de los funerales de la condesa de Valois, el maestre Molay y su séquito fueron arrestados y encarcelados. Durante la madrugada del viernes 13, la mayoría de los templarios franceses siguieron la misma suerte y sus bienes confiscados bajo pretexto de la Inquisición. La resistencia militar fue mínima a causa de la avanzada edad de los guerreros que permanecían en Francia. Los jóvenes se encontraban preparando la inminente cruzada en la base de Chipre.

Para mitigar el escándalo, el Rey publicó un manifiesto donde involucraba al Papa en la decisión. Cuando Clemente V se enteró de la detención, reprendió al Monarca y envió dos cardenales, Berenguer de Frédol y Esteban de Suisy, para reclamar las personas y bienes de los encausados. Tras pactar con el Papa las condiciones del proceso, Felipe IV consiguió la facultad de juzgar a los miembros franceses de la Orden del Temple y administrar la mayoría de sus bienes. No obstante, el proceso fue del todo irregular. Sin ir más lejos, los templarios habían de ser juzgados con respecto al Derecho canónico y no por la justicia ordinaria de Francia. Asimismo, Guillermo de Nogaret –mano ejecutora del Rey– estuvo bajo la excomunión formal de la Iglesia desde el principio hasta el fin de los procesos.

Una amenaza, que resultó ser una profecía

Por medio de la tortura, la Inquisición obtuvo las declaraciones que deseaba, incluso del Gran Maestre, pero estas confesiones fueron revocadas por la mayoría de los acusados posteriormente. Mientras el Papa tomaba una decisión definitiva sobre la Orden y el futuro del Gran Maestre, un goteo de templarios fue pasando por la hoguera en medio de un sinfín de irregularidades y del recelo del pueblo llano. En 1314, Jacobo de Molay, Godofredo de Charney, maestre en Normandía, Hugo de Peraud, visitador de Francia, y Godofredo de Goneville, maestre de Aquitania, fueron condenados a cadena perpetua, gracias a la interferencia del Papa y de importantes nobles europeos, pero sus propias convicciones les acercaron al fuego. 

Encima de un patíbulo alzado delante de Notre-Dame, donde se les comunicó la pena, los máximos representantes de la orden renegaron de sus confesiones: «¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!». El desafío de los líderes templarios, rompiendo lo pactado, les condenó a muerte.

Aquel mismo día, se alzó una enorme pira en un islote del Sena, denominado Isla de los Judíos, donde los cuatro dirigentes fueron llevados a la hoguera. Según se cuenta entre el mito y la realidad, antes de ser consumido por las llamas, Jacobo de Molay se dirigió a los hombres que habían perpetrado la caída de los templarios: «Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad». Fuera real la frase o un adorno literario añadido posteriormente por los cronistas, la verdad es que antes de un año fallecieron tanto Felipe IV como Clemente V.

En el resto de Europa, la persecución templaria no fue tan violenta y sus miembros fueron absueltos en la mayor parte de los casos. Sus bienes, no en vano, fueron repartidos entre la nobleza o integrados en otras órdenes militares como la de los Hospitalarios.

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domingo, marzo 15

El aislamiento social, tan duro para el cerebro como el hambre

(Un texto de Judith de Jorge leído en ABC Ciencia el 26 de noviembre de 2020)

Un experimento demuestra que la soledad obligada durante apenas diez horas activa las mismas áreas cerebrales que un ayuno

La pandemia del SARS-CoV-2 ha demostrado la necesidad imperiosa de comunicación de los seres humanos. Aislados en nuestros hogares por el confinamiento o por el miedo al virus, hemos recurrido a las plataformas de videollamadas o a las redes sociales como un náufrago lo hace a una tabla de salvación, aunque en este caso fuera virtual. Investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en Cambridge (EE.UU.) han estudiado cómo se representa en el cerebro ese anhelo de contacto social y han descubierto que, pasadas apenas diez horas de soledad, los individuos responden a la falta de relaciones sociales de la misma forma que ante un ayuno. La necesidad de compañía y la de alimento activan la misma área cerebral, aseguran.

En un curioso experimento, los investigadores pidieron a un grupo diverso de adultos de entre 18 y 40 años que pasaran diez horas en una habitación de un laboratorio sin ningún contacto social. Después, sus cerebros fueron escaneados mientras observaban imágenes de sus actividades sociales favoritas. Otro día, se solicitó a las mismas personas que ayunaran durante toda la jornada. Igualmente, al terminar se escanearon sus cerebros mientras veían fotos de sus platos favoritos.

Sustancia negra

Los investigadores analizaron específicamente una región del cerebro: la sustancia negra, perteneciente a los ganglios basales, considerado el núcleo de nuestro sistema de motivación. «Encontramos que esta área del cerebro respondió de manera similar después del ayuno y después del aislamiento: cuando las personas estaban aisladas, la sustancia negra mostraba una mayor actividad en respuesta a las imágenes de otras personas (y no a los alimentos), pero cuando estaban en ayunas, mostraba mayor actividad en respuesta a imágenes de comida (y no a imágenes sociales)», explica a este periódico Livia Tomova, del departamento de Ciencias Cerebrales y Cognitivas del MIT. La cantidad de actividad que el equipo encontró en la sustancia negra se correlacionó con cuántas ganas decían las personas que tenían de comida o contacto social.

Después, los investigadores utilizaron un algoritmo de aprendizaje automático para identificar cómo se ven las señales neuronales de una persona hambrienta que mira imágenes de alimentos. A continuación, «mostraron» al algoritmo las señales cerebrales de una persona solitaria mirando imágenes de otras personas y preguntaron a la inteligencia artificial si podía diferenciarlas de las señales de control. Lo hizo a la perfección. «Esto sugiere que existe una firma neuronal compartida entre el deseo de comida y el deseo de contacto social», afirma la investigadora.

«Nuestros resultados apoyan la hipótesis de que en nuestro cerebro el hambre, una de las necesidades humanas más básicas, y la soledad están representadas de formas muy similares. Esto sugiere que conectarse socialmente también podría ser una necesidad humana básica», concluye Tomova.

Salud mental ante el Covid-19

El aislamiento ha sido una de las medidas adoptadas contra el Covid-19 en muchos países, pero el estudio, publicado en «Nature Neuroscience», sugiere que nuestro cerebro es muy sensible a esa experiencia. «En tiempos de distanciamiento social, es posible que debamos prestar especial atención al bienestar y la salud mental de los ciudadanos que tienen que pasar tiempo en aislamiento», apunta la investigadora.

Como recuerda, «si bien muchos están con sus familias o se mantienen conectados a través de las redes sociales, no todos tienen la posibilidad de hacerlo. Algunos viven solos y tienen un acceso restringido a las tecnologías digitales. Esas personas pueden experimentar una versión muy extrema del distanciamiento social que podría afectar su salud mental». 

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sábado, marzo 14

Los misterios matemáticos del cubo de Rubik

(Un texto de Sara Gonzalez leído el 13 de julio de 2020 en bbvaopenmind.com)

43 trillones. O más exactamente, 43.252.003.274.489.856.000. Esta impresionante cifra es el número de configuraciones posibles que pueden darse en el cubo de Rubik (también conocido como “cubo mágico”), el rompecabezas más famoso de todos los tiempos. Con este dato en la mano, no es de extrañar que lograr que cada una de las seis caras del cubo queden de un solo color parezca una misión imposible para muchas personas.

El cubo de Rubik toma su nombre de su creador, el escultor, diseñador y profesor de arquitectura húngaro Ernő Rubik, nacido el 13 de julio de 1944. En 1974, Rubik patentó su creación en Hungría y en 1977 se comenzó a comercializar en el país. Apenas un par de años más tarde, la compañía de juguetes Ideal logró un acuerdo para poder vender el cubo a nivel mundial, y rápidamente se convirtió en un éxito, logrando hacerse en 1980 con el premio alemán al Mejor Juego del Año en la categoría de mejor rompecabezas.

A pesar de la enorme popularidad lograda, originalmente Ernő Rubik no quería crear un rompecabezas, sino que estaba investigando el problema estructural de cómo se podían mover los bloques de forma independiente sin que se desmontara el cubo. Según declaró en un artículo publicado en 1987 en Discover, la idea del rompecabezas de colores surgió cuando estaba girando los cubos en una de sus pruebas y vio cómo se reorganizaban cada vez de forma distinta. 

El número de Dios

El que se considera el juguete más vendido del mundo es también un reto matemático al que se han dedicado varios estudios científicos. En 2019, unos investigadores de la Universidad de California lograron crear un algoritmo que, a través del aprendizaje profundo o ‘deep learning’, fue capaz de aprender por sí solo a resolver de forma eficiente el cubo, logrando hacerlo con el menor número de movimientos posibles en el 60% de las ocasiones. Otro aspecto que ha sido estudiado es su diseño de ingeniería mecánica.

Sobre todo lo anterior, la gran incógnita que durante décadas intrigó a los matemáticos fue el número máximo de movimientos necesarios para resolver el cubo desde cualquiera de las más de 43 trillones de posiciones posibles, incluso la más desfavorable. Esta cifra, conocida como “número de Dios”, ha sido objeto de investigación prácticamente desde la invención del cubo, ya que la primera aproximación se remonta a 1981. En este año, el matemático británico Morwen Thistlethwaite probó a través de un complejo algoritmo que el cubo siempre podía resolverse en 52 movimientos o menos. A lo largo de tres décadas, varios matemáticos aceptaron el reto de analizar el problema y fueron utilizando nuevos algoritmos que reducían este número progresivamente: 42 en 1990, 29 en 1995, 23 en 2008… Finalmente, en el año 2010, un grupo de investigadores logró demostrar que no existía ninguna posición inicial que requiriera más de 20 movimientos, por lo que quedaba establecido: el número de Dios era 20

Las posibilidades de partir de una posición inicial que requiera estos 20 movimientos para ser resuelta es de solo de una entre mil millones. Y entre estas posiciones poco habituales, hay una especialmente conocida, la llamada “superflip”, en la cual las esquinas están correctamente colocadas respecto al centro, pero las aristas están volteadas. Se trata de la primera posición que demostró no poder resolverse en menos de 20 movimientos, allá por 1995.

“Speedcubing” y los sucesores del cubo de Rubik

El cubo de Rubik original pronto dio lugar a muchas variantes, existiendo hoy muchos más retos más allá del cubo de 3x3x3. Desde las evoluciones más evidentes, como la llamada “Venganza de Rubik”, inventada por el también húngaro Péter Sebestény y lanzada al mercado en 1981, que es la versión 4x4x4 del cubo, hasta el “Cuboku”, un híbrido entre el cubo de Rubik y el sudoku lanzado al mercado en 2006, cuyo objetivo es lograr que todas las caras sean sudokus. 

En torno al cubo de Rubik y algunos de estos rompecabezas derivados del original se ha generado una enorme comunidad de jugadores. El “speedcubing” es el nombre que recibe el deporte que consiste en resolver el cubo de Rubik o un puzle relacionado con la mayor rapidez posible. Sus practicantes, los “speedcubers”, pueden jugar en competiciones oficiales, reguladas por la World Cube Association. La historia ha captado la atención de Netflix, que próximamente estrena un documental que protagonizan dos de dos de sus competidores más brillantes. 

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viernes, marzo 13

Las plantas, la raíz del problema de la salud de la Tierra

 (Un texto de Javier Yanes en bbvaopenmind.com leído el 5 de marzo de 2020)

Mientras el mundo sigue con preocupación la expansión de un nuevo virus humano, una legión de investigadores y profesionales está siempre inmersa en una batalla contra la propagación de otras innumerables plagas. Si estas no protagonizan los informativos es porque no nos afectan a nosotros, sino a las plantas. Pero si ellas no están sanas, nosotros no sobreviviremos. Naciones Unidas ha declarado este 2020 como el Año Internacional de la Sanidad Vegetal “para aumentar la conciencia global del importante papel de la salud de las plantas para la vida en la Tierra”, resume a OpenMind Mirko Montuori, especialista en gobernanza de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

“Las plantas forman el 80% de los alimentos que comemos y producen el 98% del oxígeno que respiramos”, dice Montuori. Para millones de productores en pequeñas comunidades rurales, las cosechas son su único medio de sustento. Y para todos ellos, las plagas son el enemigo número uno. “Las plantas están bajo una constante amenaza en aumento por las plagas y enfermedades”. Según datos de la FAO, cada año se pierde el 40% de las cosechas globales de alimentos debido a estas causas, lo que representa unas pérdidas de más de 220.000 millones de dólares, daños a la seguridad alimentaria y riesgo de hambrunas. Las perspectivas para el futuro son aún más sombrías, teniendo en cuenta la estimación de la FAO de que para 2050 la producción agrícola debería crecer un 60% para abastecer a la población mundial.

El gusano de la madera de pino

Como con los virus humanos, una buena parte de esta guerra contra las plagas se centra en los esfuerzos de contención. Uno de los casos de gran impacto medioambiental es el gusano nematodo de la madera del pino (Bursaphelenchus xylophilus), un pequeño parásito que mata los árboles y que se transmite por medio de escarabajos. Originario de Norteamérica y extendido después a Asia, en 1999 se descubrió por primera vez en Europa, en Portugal. Desde entonces, este país lucha por contener la expansión del parásito, mientras que la vecina España libra una guerra silenciosa contra la penetración de la plaga, que ha logrado traspasar la frontera en cinco ocasiones. Tres de los brotes se han erradicado, manteniéndose ahora zonas de vigilancia con un radio de 20 kilómetros.

El nematodo del pino sirve para ilustrar por qué las enfermedades vegetales son una amenaza creciente: Montuori subraya que el comercio y los viajes son una causa en aumento de propagación de plagas. Aunque es probable que las invasiones del gusano en España se deban a migraciones del escarabajo, este y muchos otros parásitos pueden extenderse a través de fuentes tan insospechadas como los palés de madera. Los contenedores de carga son otro medio frecuente de propagación, por lo que la FAO cuenta con una iniciativa específica destinada a asegurar su limpieza para minimizar el riesgo.

El cambio climático y los insectos

Y cómo no, el cambio climático es también un factor primordial de daño a la salud de las plantas. Buena parte de estos efectos tienen como mediadores a los insectos; según la FAO, la abundancia de los insectos beneficiosos —aquellos que polinizan las plantas, mantienen las plagas a raya y contribuyen a la salud de los ecosistemas— se ha reducido en un 80% en las tres últimas décadas. Y por el contrario, se incrementa el riesgo de invasiones de insectos nocivos.

Un claro ejemplo de esto último se está viviendo de forma dramática en África oriental, que desde comienzos de 2020 sufre la peor plaga de langosta en décadas. Según los expertos, esta calamidad tiene su origen en el invierno de 2018-2019, después de que dos ciclones dejaran abundantes lluvias en la península arábiga, entre Yemen y Omán; una rareza atribuida al llamado dipolo del océano Índico, un fenómeno que viene intensificado por el cambio climático y que también es responsable de la reciente oleada de incendios forestales en Australia. Las lluvias dieron ocasión a la formación del núcleo de la plaga, que en verano de 2019 cruzó el mar Rojo hacia Somalia y Etiopía.

Desde el pasado enero, la plaga ha alcanzado proporciones devastadoras en el este de África, extendiéndose a Kenia y hacia otros países limítrofes, y afectando a más de 5.000 km² de cultivos. Un enjambre de 20 km², con mil millones de insectos, consume 2000 toneladas de vegetación al día, y en Kenia se han observado masas de langostas cubriendo extensiones de más de 100 km². La FAO ha advertido de que, si las condiciones meteorológicas lo favorecen, la invasión podría multiplicarse por 500 para el mes de junio y extenderse por todo el continente, ya que los enjambres pueden desplazarse hasta 150 kilómetros al día.

Herramienta de prevención

Dado que una catástrofe semejante es difícil de combatir, Montuori insiste en la necesidad de la prevención. En África occidental, la FAO ya ha comenzado a utilizar una herramienta desarrollada por el ecólogo especializado en el control de poblaciones de langostas Cyril Piou, del Centro de Cooperación Internacional en Investigación Agronómica para el Desarrollo (CIRAD). Piou y sus colaboradores han creado un sistema de detección remota que permite pronosticar la aparición de plagas de langosta antes que los métodos actuales, analizando el nivel de humedad en el suelo a partir de datos de satélite con una resolución de 1 kilómetro.

“La relación que hemos observado es que, si en un lugar seco hay una señal de aumento de la humedad del suelo por encima del 10% y dura más de 10 días, hay una alta probabilidad de observar langostas en ese lugar 70 días después”, explica Piou a OpenMind. “Así, analizar la humedad del suelo regularmente permite planificar las rutas de los equipos de observación en el contexto de una gestión preventiva”. El proyecto, denominado SMELLS (del inglés Soil Moisture for Desert Locust Early Survey) y financiado por la Agencia Europea del Espacio, está liderado por la empresa barcelonesa IsardSAT.

El sistema SMELLS facilita un tratamiento localizado con pesticidas antes de que las langostas comiencen a cambiar del comportamiento solitario al gregario, lo que conduce a los grandes enjambres. “Los tratamientos localizados a pequeña escala, eventualmente con biopesticidas, son mucho menos dañinos para el medio ambiente que tener que tratar con enormes enjambres devastadores”, apunta Piou. El investigador lamenta que la falta de financiación haya impedido extender el sistema a África oriental y Arabia, lo que habría evitado la actual plaga, pero confía en que “en los próximos años se utilizará también en los demás países afectados por las langostas del desierto”.

Pero naturalmente y cuando la prevención no existe o no basta, siguen las medidas de contención y erradicación. En resumen, concluye Montuori, el Año Internacional de la Sanidad Vegetal pretende “situar la salud de las plantas más alto en la agenda global, informar al público sobre la importancia de proteger las plantas con sus acciones y proporcionar a los políticos y gobiernos una base sólida para priorizar sus decisiones”.

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jueves, marzo 12

El caballero verde español que derrotó dos veces a Saladino

(Un texto de Javier Lorenzo en el Mundo del 24 de mayo de 2020)

Se llamaba Sancho Martín, viajó a Tierra Santa para participar en la III Cruzada y allí los árabes decían que procedía de Qastila. A pocos meses de la caída de Jerusalén en manos sarracenas, en 1187, plantó cara al gran sultán. Una novela premiada lo resucita.

Hace más de 900 años, hubo un caballero español que luchó en Tierra Santa y consiguió que su nombre quedara para siempre grabado en la memoria de los hombres. Se llamaba Sancho Martín y gracias a sus actos de valor y a su llamativa indumentaria se ganó a pulso el sobrenombre de El Caballero Verde.

Ésta es su historia. Su breve, pero apasionante historia, que recojo en la novela El Caballero Verde [Premio de Narrativa Ciudad de Logroño 2019, que sale a la luz la próxima semana].

Las fuentes cristianas de la época no dan cuenta del origen de Sancho Martín. Bien pudo haber sido aragonés, navarro o castellano, pues el nombre de Sancho era muy común en todos estos territorios. De Qastila, dice una fuente árabe, aunque no se puede tener absoluta certeza. Sea como fuere, en los albores de la Tercera Cruzada, a pocos meses de la caída de Jerusalén en manos sarracenas (1187), cuando sólo unos pocos enclaves de la costa siria permanecen bajo el estandarte de la cruz, cuando todo parece perdido para los seguidores de Cristo, surge de la nada un caballero llegado desde el otro extremo del Mediterráneo que despliega bravura y dotes de mando, viste todo de verde y, por si fuera poco, luce una cornamenta de ciervo en el yelmo. No sólo lo dicen las crónicas. Así se aprecia en la miniatura que ilustra este texto, obra que el iluminador de manuscritos francés Jean Colombe hizo en el siglo XV.

En estrecha colaboración con otro gran protagonista de las cruzadas como fue el piamontés Conrado de Monferrato, Sancho Martín se enfrentó denodadamente en la ciudad de Tiro a las huestes del gran sultán Saladino, llamando de inmediato la atención de aliados y enemigos. De este modo lo narra la Continuación de la Historia de Ultramar: No pasaba un día sin que los cristianos hicieran dos o tres salidas. Los mandaba un caballero de España (...) llamado Sancho Martín. Lucía armas verdes. Cuando este caballero aparecía, los sarracenos se precipitaban para verlo (...). Los turcos lo llamaron el Caballero Verde. Llevaba una cornamenta de ciervo sobre el yelmo.

Tiro se salvó. Y el mérito fue en buena parte de este caballero que, a buen seguro, ya tendría la experiencia de haber combatido a los moros en la Península Ibérica y por ello estaría al tanto de algunas de sus tácticas y añagazas. Dicen que antes de partir viajó a Santiago de Compostela para hacer una ofrenda al apóstol. Podría ser. El fervor religioso era un elemento muy poderoso en aquellos tiempos. Pero si a ello se le une el auge del ideal caballeresco, la reciente implantación de los escudos nobiliarios con su correspondiente guerra de vanidades e incluso el vigor del amor cortés, de los cantares de gesta y los juglares, es posible hacerse una idea bastante aproximada del estado vital y psicológico de nuestro personaje y de los motivos por los que adoptó una indumentaria tan singular y hasta extravagante. Aunque si este voto o juramento estuvo dedicado a Dios o a una hermosa dama es algo que hoy ya no podemos dilucidar.

Al año siguiente de su retirada de Tiro, Saladino volvió a lanzar una ofensiva. Su objetivo en esta ocasión fue Trípoli (actual Trablos, en Líbano). Pero cuál fue su sorpresa cuando a poco de comenzar el asedio sus hombres le comunicaron que había una familiar y amenazante figura verde en el campo enemigo. Y así, el sultán que había conseguido unificar el Islam y reconquistar Jerusalén, el hombre que había apresado reyes y se había apoderado de la santa cruz, el militar que había aniquilado ejércitos enteros y ejecutado a miles de templarios, decidió entrevistarse con aquel guerrero que tanta fama había ganado en el campo de batalla. De este modo lo relata la Continuación:

Después de que hubieran llegado (a Trípoli) y descansado un poco, hicieron una salida contra el campamento sarraceno, y el Caballero Verde los comandaba. Cuando los sarracenos vieron al Caballero Verde y comunicaron a Saladino que estaba allí, este le envió un mensajero rogándole que le visitara bajo la garantía de su salvoconducto. Él fue y Saladino le regaló un caballo, oro y plata y le recibió con grandes aspavientos (...); le dijo que si decidía permanecer (en Tierra Santa) él le daría grandes extensiones de tierra. Él contestó que no había venido para vivir con los sarracenos, sino para poner todo su empeño en destruirlos y lastimarlos tanto como pudiera. Después se despidió y volvió a Trípoli.

Hay quien asegura que en esta entrevista Saladino le propuso convertirse al islam e incluso que le ofreció a una de sus hijas para que la desposara. Otras fuentes hablan de que Sancho Martín habló de las intenciones de los cruzados de resistir hasta el final. Y en la novela se aventura que jugaron una partida de sitrang ajedrez, juego entonces muy en boga. Pero no son más que plausibles especulaciones. En cualquier caso, la conclusión fue que el Caballero Verde volvió a vencer, Saladino tuvo que retirarse y Trípoli siguió siendo cristiana durante cien años más.

Después de este encuentro tan singular, Sancho Martín desapareció de la faz de la tierra. Nunca más se volvió a saber de él. ¿Murió en batalla, regresó a España, se estableció en la tierra que le dio la fama? No queda ningún rastro, pero a través de su figura, tomándolo como excusa, podemos sumergirnos en otros episodios notables de los que fue o pudo ser contemporáneo. Por ejemplo, de la Cuarta Cruzada, la más paradójica de todas pues se dirigía en un principio hacia Alejandría y acabó con la conquista de Constantinopla ortodoxos, pero no por ello menos cristianos y la consiguiente creación del Imperio Latino. O de la saturación de reliquias antes y después de este hecho, hasta el punto de que el concilio de Letrán (1215/1216) estableció normas para detener tal avalancha de falsificaciones. Aunque, al parecer, con escaso éxito.

En el ámbito español, por otro lado, Sancho Martín tuvo que ser, si no testigo, sí al menos conocedor de la unión del casal de Aragón con el condado de Barcelona mediante la boda de la reina Petronila y el conde Ramón Berenguer IV. Y si aún seguía vivo para entonces, tal vez se diera cuenta de que el término Catalonia apareció por primera vez de manera oficial, pues el topónimo ya existía de antes en el testamento del rey aragonés Alfonso II el Casto, fallecido en 1196. Todo ello trufado con terribles desangramientos y febriles alianzas entre los diferentes reinos de la península, ya fueran cristianos o musulmanes.

Fiel reflejo del hombre de su tiempo, aguerrido hasta la extenuación, imbuido de espíritu caballeresco, cautivo de un juramento que de algún modo tuvo que ser sagrado, Sancho Martín, el Caballero Verde, es rescatado ahora del océano del olvido para devolverle con todo lustre al panteón de los héroes hispanos. El hombre que venció en dos ocasiones a Saladino, el guerrero que ayudó a detener la marea del islam en Tierra Santa, es lo mínimo que se merece.

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miércoles, marzo 11

Que lo haga Rita la cantaora

(Leído en el muro de Fragmentos de la historia en Facebook el 23 de septiembre de 2021)

Cuantas veces hemos oído aquello de “Que vaya Rita la Cantaora” Como expresión de negación para desplazarnos a lugar alguno. Y descubro a la auténtica y conocida “Rita la Cantaora”, gracias a la página de vivir el flamenco.

Ella, de nombre Rita Jimenez García, fue una gran cantaora y bailaora de flamenco. Nacida en Jerez de la Frontera (Cádiz) en 1859, fallece en 1937 a los 78 años.

Se inició Cantando en su ciudad natal. Continuando su carrera artística en Madrid, en los cafés de la época, donde alcanzó la fama por su gran voz y arte en el baile.

Su disponibilidad para actuar donde le llamaban, la mantenía de forma casi continua.

Por mostrar su arte y por obtener ingresos económicos, acudía donde se lo proponían. Y si había que repetir función, Rita casi nunca decía no.

Por eso cuando uno siente la desgana a la hora de hacer algo dice que lo va a hacer Rita la Cantaora. Porque seguramente de proponérselo, ella nunca diría no.

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