(Un texto de Manuel P.
Villatoro en el ABC leído el 31 de julio de 2013)
En 1634, una hueste de tropas internacionales católicas, en la que combatieron regimientos hispanos, logró acabar con la hegemonía protestante en Alemania.
Con la pica clavada en tierra, miles de mosqueteros en línea
y la sombra de decenas de estandartes adornados con la Cruz de
Borgoña. Así combatieron las tropas españolas un día de 1634
cuando batallaban -junto a una alianza católica- contra miles
de soldados protestantes en la ciudad alemana de Nördlingen.
Aquella jornada no sirvió de nada el título de invencible
que portaba el ejército sueco, pues, a base
de sangre y arrojo, se impuso el morrión hispano.
Pero en esta batalla no sólo pudo verse una lucha encarnizada
por la supremacía militar, sino que también se enfrentaron dos
formas diferentes de hacer la guerra: la del ejército sueco
–revolucionaria y novedosa- y la tradicional pero efectiva
técnica de combate de los expertos tercios.
Treinta años de guerra
La batalla, acaecida en territorio alemán, se enmarca dentro
de la guerra de los Treinta Años, un conflicto latente desde
mediados del SXVI que estalló debido, entre otras cosas, a la
rivalidad existente entre los partidarios de la tradicional
religión europea, el catolicismo, y los
seguidores del protestantismo –una nueva
rama de creencias escindida de la Iglesia católica-.
Esas tensiones enmascaradas se hicieron palpables cuando, en
1618, Fernando II de Habsburgo
–ferviente católico-, se convirtió en Emperador del Sacro
Imperio Romano Germánico (título que le permitía gobernar en
buena parte del centro de Europa). Al parecer, esto fue
demasiado para la nobleza protestante de Bohemia (actual
República Checa), que decidió deponer al nuevo líder a base de
espada para intentar instaurar sus propias creencias.
Este conflicto local pronto atravesó fronteras ya que, en
poco tiempo, los contendientes comenzaron a pedir la ayuda
masiva de los territorios europeos. Así, Fernando II no dudó
en solicitar la intervención de España,
mientras que, por su parte, los protestantes llamaron a filas
a Dinamarca. La guerra había empezado e iba a dejar miles de
muertos.
Tras décadas de combates, la situación se recrudeció cuando
hizo su entrada en el conflicto la Suecia de Gustavo
Adolfo II, un monarca que contaba con un ejército
que usaba técnicas militares revolucionarias y esperaba su
momento para hacerse valer en Europa. Sin duda, se acaba de
despertar a un gigante dormido al que iba a costar derrotar.
La revolución militar sueca
Y es que Suecia llevaba varios años perfeccionando y
renovando sus técnicas militares. «Gustavo Adolfo […] redujo
la profundidad de la formación de diez a seis hileras e incrementó
su poder de fuego al añadir cuatro piezas de
artillería ligera por cada regimiento», explica el historiador
británico Geoffrey Parker en su
obra « La guerra de los Treinta
Años».
Pero su revolución no se detuvo en este punto, sino que
también incluyó la reorganización del ejército en nuevas
unidades. «Gustavo Adolfo introdujo también una nueva
unidad táctica, la brigada, formada por cuatro
escuadrones (o dos regimientos) en formación en forma de
flecha, con el cuarto escuadrón en reserva y apoyada por nueve
o más cañones», completa el británico.
España decidió entrar en guerra para no quedar aislada en
EuropaA su vez, este interesado en el arte de la guerra
realizó modificaciones en las tácticas relacionadas con la
caballería. Esta solía usarse en el SXVII como una unidad
móvil que, armada con pistolas, acosaba a los soldados de
infantería con sus disparos para retirarse después velozmente
a lomos de sus monturas. «Las cargas de caballería sueca a la
espada, rodilla contra rodilla, superaban en el choque a las
de otras caballerías, como la alemana y la española,
realizadas con pistola al trote», determina en este caso el
periodista y experto en historia Fernando Martínez Laínez
en su libro « Vientos de Gloria».
No obstante, la gran transformación por la que pasaría a la
Historia Gustavo Adolfo fue por la instauración en su ejército
de la denominada doble salva. En esta
táctica, según afirma Parker, «los mosqueteros se
situaban en tres hileras, la primera arrodillada,
la segunda cuerpo a tierra y la tercera en pie». De esta
forma, se conseguía disparar dos veces más plomo sobre el
enemigo que con la formación clásica y, en palabras de los
expertos de la época, minar además la moral de los enemigos.
España en armas
Sin dudarlo, el monarca sueco se dispuso a avanzar sobre
Alemania, lugar en el que desembarcó en 1630. A partir de ese
momento su moderno ejército no encontró rival y, como se
esperaba, contó todas sus batallas por victorias. De hecho,
tal era su reputación militar que Suecia pronto recibió la
ayuda de Francia e hizo pactos con el ducado de
Sajonia-Weimar.
Ni siquiera la muerte de Gustavo Adolfo en una de las
contiendas detuvo el avance del ejército sueco, ávido ahora de
acabar con las fuerzas del Sacro Imperio Romano Germánico y
sus aliados, entre los que se encontraba España. «Madrid
consideró que era obligado decantarse con armas y dinero a
favor de la Casa de Austria, no sólo por vinculación
dinástica, sino también por motivaciones religiosas y
políticas. Una derrota aplastante del Imperio habría dejado a
España aislada en Europa», completa Laínez en su obra.
Las novedosas técnicas suecas convirtieron a su ejército en
invencibleLa situación se hizo definitivamente insostenible
cuando el ejército sueco, acompañado de sus aliados sajones,
avanzó sobre el sur de Alemania poniendo en jaque a las tropas
imperiales. Sin tiempo que perder, España comenzó a equipar
con picas y mosquetes a sus tercios, había llegado la hora de
combatir y derramar sangre a favor de los aliados.
Para ello, se formó en Milán un ejército al mando del
cardenal-infante Fernando de Austria, hermano del rey Felipe
IV, con el objetivo de apoyar a las fuerzas imperiales de
Fernando II. «El ejército expedicionario que salió de Milán
integraba una formidable fuerza compuesta por unos 14.000
infantes, 3.000 soldados de caballería y 500 arcabuceros
montados», determina Laínez en su libro.
Llegada a Nördlingen
Tras partir, las huestes hispanas lograron tomar dos plazas
fuertes enemigas antes de llegar a Nördlingen,
una pequeña ciudad ubicada en el sur de Alemania que estaba
siendo sitiada por tropas imperiales. Así, el 2 de septiembre
de 1634, las fuerzas españolas se unieron a las tropas
asaltantes con la intención de arrebatar el emplazamiento a
los protestantes.
Sin embargo, este objetivo no sería nada fácil de realizar,
pues los mandos suecos y sajones también habían desplazado sus
tropas hasta Nördlingen para, de una vez por todas y a costa
de todas las vidas que fueran necesarias, detener la
contraofensiva católica. Aquel día se decidiría el destino de
muchos soldados frente a una preciosa tierra hasta entonces
virgen de muerte.
«Las fuerzas hispano-imperiales superaban entonces los 30.000
hombres, de los cuales unos 20.000 eran de
infantería, con 32 cañones. En
esa fuerza se contaban dos tercios viejos españoles, que
mandaban Idiáquez y Fuenclara; cuatro napolitanos […]; y tres
de Lombardía […] Además, había dos regimientos alemanes de
infantería bisoños. […] La caballería contaba con varios miles
de excelentes jinetes, croatas en su mayor parte», señala
Laínez.
Por su parte, el ejército protestante –al mando de Gustav
Horn y Bernardo de Sajonia-Weimar- presentó ante las fuerzas
católicas un ejército de 16.300 infantes, 9.300
caballeros y 54 piezas de artillería. Podían ser
menos en número, pero sus temidas y revolucionarias tácticas
militares les convertían, sin duda, en unos enemigos muy
difíciles de derrotar.
Disposición de las tropas
Afiladas las espadas, abrillantadas las armaduras y
preparados los arcabuces ahora sólo quedaba organizarse para
plantar cara a los bravos protestantes. Como explica Laínez en
su libro, cuando amaneció el 6 de septiembre el ejército
enemigo se desplegó al noroeste, entre la ciudad de Nördlingen
(ubicada a la izquierda de su flanco) y un bosque cercano que
cubría el lateral derecho de su ejército.
De forma concreta, el ejército enemigo se encontraba dividido
en varios grupos. «El enemigo avanzaba dividido en dos alas.
La derecha, y más potente, al mando del general sueco Horn,
con 9.000 soldados de infantería y 4.000 jinetes. La
izquierda, que mandaba Bernardo de Sajonia Weimar, […] incluía
25 escuadrones de caballería y tres regimientos de infantería,
con toda la artillería», sentencia el periodista español.
La «doble salva» permitía descargar una gran cantidad de
fuegoFrente a ellos se hallaban las tropas hispano-imperiales,
que tomaron posiciones entre la colina de Albuch (delante
del flanco derecho de los protestantes) y la ciudad de
Nördlingen. En cuanto a su despliegue, los católicos formaron
una línea dividida en tres cuerpos. «El principal ocupaba la
estratégica posición de Albuch […] flanqueado a derecha e
izquierda por 12 escuadrones de caballería. Detrás de algunos
regimientos alemanes y algunos tercios italianos […] estaba el
viejo tercio español de Martín de Idiáquez», señala el
experto.
A su vez, el ejército imperial se completaba con las fuerzas
del duque de Lorena, ubicadas a la izquierda de la colina, la
caballería a las órdenes de Mathias Gallas y los jinetes
ligeros de Croacia. «El cuerpo de reserva, mandado por el
marqués de Leganés, tenía unos 7.000 infantes y 1.500
caballos», completa Laínez.
Comienza la batalla
El 5 de septiembre -y tras un intento frustrado del ejército
protestante de tomar durante la noche una de las posiciones
imperiales- los católicos se lanzaron a la carga desde Albuch,
lugar que ofrecía una gran ventaja estratégica y en el que se
libró la mayor parte de la contienda.
En principio, varios regimientos alemanes pertenecientes al
ejército hispano-imperial se abalanzaron sobre el bosque
cercano que cubría el flanco derecho del ejército enemigo. Sin
embargo, fueron detenidos drásticamente por el fuego de las
tropas suecas que, haciendo honor a su entrenamiento,
descargaron una ingente cantidad de plomo sobre los católicos.
La batalla se centró casi exclusivamente en la colina de
AlbuchAhora les tocaba el turno a los oficiales protestantes
que, conocedores de la importancia de tomar Albuch, enviaron a
su caballería de choque colina arriba con la intención de
obligar a huir a la infantería católica. Eran momentos tensos,
pues, a pesar de que uno de los tercios napolitanos logró
resistir el fuerte envite, el enemigo comenzaba a abrirse
camino a base de espadazos.
«Los suecos estaban a punto de cantar victoria cuando estalló
un almacenamiento de pólvora abandonado por los católicos en
su retirada. La devastadora explosión tuvo un efecto
inesperado y provocó cientos de muertos en las filas
protestantes», destaca, en su obra, el experto español. Esa
explosión, casi venida del cielo, dio además algo de tiempo a
las tropas católicas para reorganizar sus filas y prepararse
para la defensa.
Tácticas improvisadas contra ingeniería militar
En las horas siguientes, los protestantes hicieron acopio de
todas sus nuevas tácticas militares para derrotar al ejército
imperial. Así, las continuas descargas de mosquete comenzaron
poco a poco a hacer mella en los tercios españoles e
italianos, que, con el paso del tiempo, empezaron a acusar las
bajas.
Sin embargo, los oficiales enemigos no contaban con el
ingenio latino de los tercios hispanos e italianos. «Los
veteranos de los tercios improvisaron una eficaz y arriesgada
maniobra. En el instante de la descarga se agachaban
para evitar las balas. A continuación, arcabuceros
y mosqueteros recomponían la formación y hacían fuego
demoledor casi a quemarropa. Luego se protegían tras las filas
de picas», sentencia Laínez.
En las horas siguientes, los tercios, entre los que
sobresalió uno de los españoles, tuvieron que hacer frente a
las continuas acometidas protestantes. Sin embargo, y aunque
no contaban con nuevas y revolucionarias tácticas, tenían de
su parte la experiencia de decenas de batallas a lo largo y
ancho de Europa, algo que les acabó dando la victoria.
Avance sobre el bosque
Mientras en el flanco contrario los protestantes estrellaban
inútilmente su caballería contra las tropas imperiales, el
grueso del combate seguía situándose cerca de la colina de
Albuch. Allí, una parte de la infantería española,
avivada por la tenaz resistencia llevada a cabo hasta ese
momento, cargó contra los protestantes situados cerca
del bosque a pica y espada.
Los tercios españoles demostraron que todavía eran una
potencia en EuropaHoras después la experiencia comenzó por fin
a ser una ventaja y los defensores protestantes del bosque
dieron un paso atrás. Tras una inmensa cantidad de horas
sudando por su país, acababan de firmar su sentencia de muerte
con tan solo ceder unos metros de terreno. Y es que los
oficiales católicos no dudaron y enviaron la infantería
española que quedaba protegiendo la colina de Albuch en un
cruento ataque final.
Eran las 12 del mediodía cuando, superados en todos los
frentes, los protestantes soltaron sus armas y tocaron a
retirada. Al final, las revolucionarias estrategias del ya
fallecido Gustavo Adolfo no habían podido contra miles de
picas clavadas en tierra. El tiempo de los tercios llegaría a
su fin pero, sin duda, no sería en aquel día.
Muertos y más muertos
Una vez acabada la contienda se procedió a examinar los
cadáveres y contar los fallecidos. «Al anochecer […] unos
12.000 protestantes yacían muertos en el campo de batalla y
4.000 más, entre ellos Gustav Horn, habían sido hechos
prisioneros. Nördlingen cayó inmediatamente y los restos del
ejército derrotado, bajo el mando de Bernardo de
Sajonia-Weimar, se retiraron a Alsacia», señala, en este caso,
Parker. Por su parte, los católicos, que habían conseguido un
gran triunfo y se habían sobrepuesto a la modernidad, tuvieron
que llenar casi 2.000 ataúdes.
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