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sábado, enero 24

Barbero-cirujano: el extraño y único sanitario al que tuvo acceso la mayoría de la población durante siglos

(Un artículo de Israel Viana en el ABC del 

Desde que comenzó la pandemia del coronavirus [...], nuestra mirada se ha posado, como nunca antes, en el funcionamiento de los hospitales y el enorme sacrificio que realiza el personal sanitario. Pero pocas veces nos hemos preguntado cómo fue esta labor durante siglos y con qué medios contaba la población para curarse de ciertas dolencias y accidentes. Como apuntaba Lindsay Granshaw en su libro «The Hospital In History» (Routledge, 1989), «pocas personas pondrían en duda hoy en día que el mejor sitio donde estar si uno está gravemente enfermo es el hospital. Se considera la institución más importante en atención médica, tanto para pobres como para ricos. Y, a menudo, se asume que eso siempre fue así, pero hasta hace poco la mayoría de los enfermos luchaba por no ingresar en un hospital, pues se asociaba con la pobreza y la muerte».

Por si fuera poco, cuando se asentó el sistema tripartito de la asistencia sanitaria en la Edad Media —según el cual el médico diagnosticaba la enfermedad y prescribía las medicinas, el boticario las preparaba y el cirujano aplicaba la pauta terapéutica que el primero le indicaba y realizaba las operaciones —, esta no siempre pudo actuar de manera coordinada. En primer lugar, por los altos honorarios que cobraban los médicos y, en segundo, por la ausencia de estos en los pueblos pequeños. Es decir, que la gran mayoría de la población, a excepción de las ciudades importantes, no tenía acceso a estos profesionales bien preparados en las universidades.

Es aquí donde aparece la curiosa figura del barbero-cirujano, ampliamente extendidos por toda Europa durante siglos junto con todo tipo de prácticos y sanadores. Y fue tan importante que actuó como auténtico paraguas sanitario de la mayor parte de la población. Uno de estos fue el napolitano D'Amato, que describía así su profesión en 1672: «En las localidades pequeñas y en los pueblos, se encuentra difícilmente un médico, de modo que es el barbero-cirujano quien se ocupa de todos los problemas y cura todo tipo de enfermedades».

El gremio de los barberos-cirujanos

Cuando se implantó la organización gremial en las ciudades durante el medievo, comenzaron a surgir también corporaciones de barberos-cirujanos, como la United Company, que sobrevivió en Inglaterra hasta nada menos que mediados del siglo XVIII. El problema es que bajo el nombre de cirujanos se agrupaban categorías muy dispares, desde los muy extendidos barberos y flebotomistas, que ejercían en los pueblos, hasta profesionales como Dionisio Daza Chacón, médico universitario y cirujano de los ejércitos de Carlos I.

La figura del barbero-cirujano no desapareció ni con la implantación de la cirugía en las universidades, sobre todo en las italianas, en las que empezó a gestarse una élite muy bien preparada que intentó distanciarse de estos otros curiosos practicantes de sangrías, sacamuelas y operaciones rudimentarias. En 1462, se creó en Valencia, incluso, una Escuela de Cirugía cuyos profesores eran médicos titulados en la universidad, pero las tarifas de sus miembros eran tan altas, que la mayoría de la población seguía sin poder acceder a ellos en caso de urgencia o problema grave.

Según el médico e historiador de la medicina español Luis Sánchez Granjel, autor de una centena de artículos científicos y numerosas monografías, se pueden diferenciar tres tipos de cirujanos. En primer lugar, los «cirujanos latinos», que no estaban licenciados en medicina, pero habían recibido algún curso en la universidad y podían operar e, incluso, recetar medicamentos. Estos cobraban tanto o más que los médicos. En segundo, los «cirujanos romancistas», cuya formación se había basado en acompañar, observar y ayudar al «maestro» del gremio desde los 13 o 14 años, con un contrato de aprendizaje, pero que no tenían conocimientos de latín. Y en tercero, los mencionados «barberos-cirujanos sangradores», también conocidos como «flebotomistas», que estaban ya autorizados a realizar cirugías, sacar dientes y muelas, poner ventosas y sanguijuelas y sangrar a los pacientes enfermos que así lo requerían.

Las sangrías

Esta última era una de las principales que realizaron los barberos-cirujanos a lo largo de la historia, además de cortar el pelo y sacar muelas. Para explicar este remedio, hay que referirse a la obra de Galeno, el gran médico del siglo II, que concibió la buena salud en base al flujo sanguíneo. De esta forma, se asentó la creencia de que la mayoría de las enfermedades estaban originadas por las «obstrucciones» de este flujo o por la presencia de humores venenosos. Así pues, este era el principal remedio para restablecer el equilibrio interno, y era tan habitual como hoy las aspirinas.

La forma de realizarse era sentar al paciente en un taburete de poca altura y meterle el brazo izquierdo en agua caliente para que se le ensancharan las venas. Después lo estiraba y cogía un recipiente en la otra mano para recoger la sangre, la cual se extraía mediante una incisión en una de esas venas en sentido longitudinal con una aguja en forma de gancho. En otras ocasiones preferían hacer el corte en una de las venas de la frente con el paciente cabeza abajo, después de haberle rasurado el pelo. Y existía una tercera opción más suave en la que se usaban las sanguijuelas.

Sin embargo, por lo general era una operación bastante truculenta, en la que para cicatrizar la herida se usaba un misterioso polvo elaborado por los mismos barberos-cirujanos, según varias recetas secretas transmitidas de generación en generación. Alguna de ellas ha llegado hasta nosotros, como esa compuesta, entre otros ingredientes, de piel de liebre, cuerno de ciervo quemado, polvo de estiércol de mula y sangre humana desecada y pulverizada.

Oposición

El barbero cirujano era prácticamente el único personal sanitario de la mayoría de los núcleos rurales, pero también ejercía en algunas ciudades y había, incluso, algunos al servicio exclusivo de las Cortes. Sin embargo, no siempre pudieron ejercer su profesión con total tranquilidad, como fue el caso de Francia, donde se desató una feroz oposición entre los cirujanos de la realeza, que estaban apegados a textos quirúrgicos antiguos y habían estudiado en las universidades, aunque operaban poco, y los barberos-cirujanos, a quien los primeros no consideraban buenos profesionales y les negaban el derecho a intervenir. Aún así, estos últimos realizaban muchas más intervenciones que los primeros. Hay que tener en cuenta aquí que, en cualquier caso, los límites entre los cirujanos no estaban claramente definidos.

«El desarrollo de las armas de fuego complicó enormemente el trabajo de los barberos-cirujanos. A lo largo del siglo XVII, para preparar buenos especialistas se fundaron escuelas oficiales de cirugía en los hospitales de algunas ciudades de Toscana. Pero las dificultades siguieron aumentando y, en la centuria siguiente, las monarquías, ante las acuciantes necesidades impuestas por guerras cada vez más destructivas, impulsaron la aparición de centros donde se prestaba una formación de alta calidad, principalmente práctica, que asumió las novedades médicas y que pronto supuso una durísima competencia para las facultades de Medicina», explicaban los historiadores Vicente L. Salavert y María Luz López, del CSIC-Universitat de Valencia, en un artículo de 1999 para «La Aventura de la Historia».

Sin embargo, la formación de estos barberos-cirujanos de tipo gremial siguió distando mucho de la recibida por los médicos de las universidades. La de los primeros continuó siendo gremial y práctica junto al maestro. En Castilla, por ejemplo, durante la Edad Moderna, para obtener una licencia con la que poder ejercer, estos barberos tenían que presentar un testimonio de haber practicado, durante cuatro años, en «algún hospital donde haya un cirujano aprobado o en alguna ciudad o villa donde haya tal cirujano aprobado con testimonio del corregidor o del alcalde, el cual tenía que estar firmado por el juez». En la Corona de Aragón, por su parte, contaban con el sistema foral del medievo, según el cual los colegios de cirujanos impartían la enseñanza y la práctica profesional del «arte de la cirugía» en todo el reino, pues sus examinadores expedían los títulos.

Los cirujanos-barberos que obtenían prestigio dejaban de ser ambulantes y se establecían en un local. En las puertas de sus locales colocaban una especie de cartel con una mano levantada dibujada por la que corría la sangre. Pero como el símbolo era demasiado violento y morboso, lo acabaron sustituyendo por un poste rojo en el que se enroscaba una venda blanca. Así continuaron hasta finales del siglo XVIII en que comenzaron a desaparecer, a medida que se producía el ascenso del estatus de los cirujanos universitarios y, además, bajaban sus honorarios.

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viernes, enero 23

La guerra del teléfono: ¿fue un invento de Graham Bell?

(Un texto de Javier Yanes leído el 10 de marzo de 2015 en bbvaopenmind.com)

“Señor Watson, venga aquí. Quiero verle”. El conocimiento popular asume que estas fueron las primeras palabras transmitidas y escuchadas por un teléfono, el 10 de marzo de 1876. Quien las pronunció fue Alexander Graham Bell (3 de marzo de 1847 – 2 de agosto de 1922), el estadounidense nacido en Edimburgo (Reino Unido) que suele citarse como inventor del aparato telefónico. Y quien escuchó claramente su mensaje en la habitación contigua fue su ayudante, Thomas Watson.

Sin embargo, resumir de esta manera el episodio de la invención del teléfono sería olvidar la historia. Suele decirse que la ciencia avanza a hombros de gigantes: los grandes descubrimientos e invenciones raramente se producen por logros aislados de una sola mente genial, sino que se construyen sobre múltiples progresos previos. En el caso del teléfono, fueron varios los pioneros que lograron avances hacia el objetivo de las transmisiones simultáneas de sonidos y voces. El término “teléfono” se debe al alemán Johann Philipp Reis, cuya primera frase en un aparato que nunca llegó a perfeccionar fue bastante más extravagante que la de Bell: “Das Pferd frisst keinen Gurkensalat”, o “El caballo no come ensalada de pepino”. Esta, y no la de Bell, debe recibir el crédito como la primera transmisión telefónica de voz de la historia, según precisa a OpenMind el conservador emérito de Colecciones de Electricidad del Museo Nacional de Historia de EEUU de la Smithsonian Institution, Bernard Finn. “Parece claro que Philipp Reis transmitió voz por su aparato varios años antes que Bell”, apunta Finn, que es autor de varios libros sobre la historia de las tecnologías eléctricas.

Tan ajustada fue la competición que, el mismo día en que Bell presentaba su solicitud de patente en la oficina de Washington, el 14 de febrero de 1876, otra persona hacía lo mismo; se trataba del ingeniero Elisha Gray (2 de agosto 1835 – 21 enero 1901) que en su advertencia de patente –una especie de reserva provisional por un año– incluía un transmisor líquido de resistencia variable, un avance de cara a un teléfono funcional. Aquel día comenzó una batalla legal, técnica e histórica que ha mantenido a los académicos ocupados durante casi siglo y medio, y que ha tratado de responder a varias preguntas: ¿Qué patente llegó primero a la oficina? ¿Cuál de las dos invenciones fue anterior? Y sobre todo, ¿plagió Bell el transmisor de Gray tras tener acceso a la advertencia de patente de su rival? ¿Fue esa la clave para que Bell pudiera transmitir sus primeras palabras por teléfono el 10 de marzo de 1876?

La hipótesis del plagio ha sido defendida por autores como A. Edward Evenson, que en su libro The Telephone Patent Conspiracy of 1876 (2000) llegaba a la conclusión de que fueron los abogados de Bell, y no el inventor, quienes copiaron el diseño de Gray en la versión de la patente que finalmente fue depositada por el escocés. En The Telephone Gambit (2008), Seth Shulman documentó ampliamente el plagio, que fue posible gracias al soborno de un examinador de patentes llamado Zenas Wilber. En el bando opuesto, los partidarios de Bell argumentan que su trabajo se basaba en sus propios logros previos y que el transmisor de Gray no era funcional. Sea como fuere, el 7 de marzo de 1876 Bell recibió la concesión de la patente.

Para Finn, sin embargo, el plagio de Bell “puede decir algo de su carácter (o del de sus abogados), pero no tiene nada que ver con la invención”. Aunque el escocés se inspirara en el transmisor líquido de Gray, esta reivindicación de su patente no fue aceptada, y de hecho Bell cambió su sistema posteriormente. “Tuvo problemas con el dispositivo (debido, pienso según mis propios experimentos, a la descomposición del agua), y regresó al transmisor de inducción”. Por ello Finn opina que el plagio no fue crucial para el trabajo de Bell, sino “más bien una distracción”, y resuelve la polémica con un juicio salomónico: “Bell vio más claramente que Gray las posibilidades comerciales, solicitó la patente y continuó trabajando en su invención, que se introdujo al año siguiente”. “El hecho de que Gray depositara una advertencia sugiere que no estaba seguro del alcance de lo que hacía; no tuvo esa visión de futuro y dejó escapar el tiempo crítico”, juzga Finn, que hace unos años publicó una revisión sobre la controversia de Bell y Gray en la revista Technology and Culture.

La historia tampoco acaba aquí. La patente de Bell ha sido llevada cientos de veces a los tribunales. En junio de 2002, a instancias de un grupo de presión liderado por el congresista italoamericano Vito Fossella, la Cámara de Representantes de EEUU aprobó la Resolución 269 por la cual se reconoce el trabajo de Antonio Meucci, un inventor nacido en Florencia y emigrado a Nueva York, que en 1871 presentó una advertencia de patente sobre un aparato llamado telettrofono. Meucci no pudo renovar la reserva por su situación de penuria económica. “Si Meucci hubiera podido pagar los 10 dólares para mantener la advertencia después de 1874, no se habría concedido la patente a Bell”, afirmaba la Resolución. Por todo ello, Finn cree que la guerra del teléfono no ha acabado: “Aunque ya sabemos bastante bien cómo ocurrió todo, no cabe duda de que el debate seguirá para siempre”.

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jueves, enero 22

Ada Lovelace: original y visionaria, pero no programadora

(Un texto de Javier Yanes leído el 9 de diciembre de 2015 en bbvaopenmind.com)

Ada Lovelace, la única hija legítima del poeta Lord Byron, fue una brillante entusiasta de las matemáticas que anticipó el enorme potencial de las computadoras cuando aún solo se habían creado las primeras calculadoras mecánicas. Sin embargo, ahora nuevos datos vienen a confirmar lo que muchos expertos ya sostenían: pese al innegable valor de sus aportaciones, la idea extendida de que fue la autora del primer programa informático de la historia es solo un mito.

“¡Es tu rostro como el de tu madre, mi hermosa niña! ¡Ada! ¿Única hija de mi casa y de mi corazón? Cuando por última vez vi tus jóvenes ojos azules, me sonrieron, y después nos separamos –no como nos separamos ahora, sino con una esperanza.–”.

Así arranca el Canto Tercero de Las peregrinaciones de Childe Harold, la obra que lanzó a la fama a George Gordon Byron, más conocido por el título aristocrático que heredó de su tío abuelo. La “Ada” a la que se refería Lord Byron era, en efecto, la “única hija de su casa”, la que sería a la postre la única descendiente legítima de un hombre que no solo fue conocido por su talento literario, sino también por su turbulenta vida amorosa.

Y pese a esos cariñosos versos, Augusta Ada Byron, después condesa de Lovelace (Londres, 10 de diciembre de 1815 – Londres, 27 de noviembre de 1852), fue también la niña de la que Byron se separó cuando ella solo contaba un mes de vida, para jamás volver a verla. Este alejamiento fue en realidad una decisión de la madre de Ada y esposa del poeta, Annabella, cuya estricta moral religiosa chocaba con los escándalos de un hombre a quien se le atribuía una relación incestuosa con su hermanastra de la que nació una niña. Tras la ruptura con su esposa, Byron marchó a Grecia, donde fallecería cuando Ada tenía ocho años.

Aunque Annabella se apartó de Byron para proteger a su hija de lo que ella consideraba la insania de su marido, lo cierto es que tampoco fue una madre modélica; según refleja Benjamin Woolley en su biografía The Bride of Science: Romance, Reason and Byron’s Daughter (Pan Macmillan, 1999), Annabella apenas cuidaba de Ada; pero al menos, y buscando alejarla de los delirios de su padre, le legó una educación en matemáticas que la conduciría a los logros por los que sería finalmente recordada.

Ada fue una niña de salud débil y de mente brillante. Con solo 12 años decidió dedicarse a estudiar científicamente la posibilidad de volar. Pero sin duda el argumento clave de su vida llegaría cuando en 1833 su tutora, la polímata Mary Somerville, le presentó al matemático Charles Babbage, a menudo considerado el padre de la computación. Babbage estaba inmerso en la construcción de un prototipo para un aparato llamado Máquina Diferencial, una calculadora mecánica para elaborar tablas de polinomios. Sin embargo, el matemático acariciaba un proyecto aún más ambicioso, la Máquina Analítica, un artefacto de uso más general, programable y dotado de memoria; una verdadera computadora en el siglo XIX.

Babbage quedó impresionado por la inteligencia matemática de la joven a la que llamaba “la encantadora de números”. Esta relación sería el origen de los logros más memorables de Ada Lovelace; pero también de una confusión que ha perdurado hasta hoy, atribuyéndole un trabajo que, en realidad, no fue suyo.

Esta es la historia. En 1840, Babbage viajó a Italia para explicar el concepto de su Máquina Analítica en la Universidad de Turín. Entre la audiencia se encontraba el militar y matemático Luigi Menabrea, que posteriormente publicaría sus notas de la conferencia en francés. Ada se encargó de traducir el escrito de Menabrea al inglés, y al hacerlo añadió un apéndice más extenso que el propio artículo, formado por siete notas etiquetadas alfabéticamente de la A a la G.

En esta última, Ada escribió: “Terminamos estas notas siguiendo en detalle los pasos a través de los cuales la máquina podría computar los Números de Bernoulli, siendo este (en la forma en que lo deduciremos) un ejemplo bastante complicado de su poder”. Este algoritmo para calcular los números de Bernoulli, una serie de fracciones con distintas aplicaciones en matemáticas, ha sido considerado por muchos el primer programa informático de la historia. Según precisa a OpenMind el historiador de la computación Michael R. Williams, profesor emérito de la Universidad de Calgary (Canadá), “es un algoritmo capaz de ser empleado en una máquina calculadora mecánica”, y el ingenio de Babbage era “lo más cercano al concepto de una computadora moderna que era posible en la época”.

En consecuencia, muchas semblanzas de la figura de Ada Lovelace la celebran como la primera programadora informática de la historia. Solo que, en realidad, el programa no fue obra suya. Durante años se ha prolongado una controversia sobre la mayor o menor participación de Babbage en las notas de Lovelace; una polémica complicada por el hecho de que, según sugiere Woolley a OpenMind, tal vez se ha intentado “hacer de la contribución de Ada una cuestión de género”.

Pero hoy ya parece claro que fue Babbage, y no Lovelace, el primer programador. El historiador de la computación Doron Swade, prominente experto mundial en el trabajo de Babbage, zanja la polémica con nuevos datos que presenta ahora en el simposio celebrado estos días en la Universidad de Oxford con motivo del 200º aniversario del nacimiento de Lovelace, y que revela en primicia a OpenMind: “Confirmo que las pruebas documentales claramente muestran que Babbage escribió programas para su Máquina Analítica en 1836-7, es decir, 6-7 años antes de la publicación del artículo de Lovelace en 1843”. “Hay unos 24 programas tales y tienen características idénticas al famoso programa de Lovelace”, agrega Swade. El historiador afirma que las nuevas pruebas son “indiscutibles”, y que “no apoyan, de hecho contradicen la proclama de que Lovelace fue la primera programadora”.

Sin embargo, Swade subraya que todo esto no menoscaba en absoluto la figura de Lovelace ni el valor de su contribución. De hecho, según el historiador, “la obsesión con el programa de Bernoulli de quienes han tratado de promocionarla ha oscurecido la contribución mucho más significativa que hizo”. ¿Y cuál fue? En palabras de Swade, “una comprensión original de dónde residían el poder y el potencial de las computadoras”.

Según expone a OpenMind la biógrafa de Lovelace Betty Alexandra Toole, autora de Ada, The Enchantress of Numbers: Poetical Science (Strawberry Press, 1998), ella “vio lo que Babbage no veía, que la máquina podía funcionar con otras cosas además de números; por ejemplo, símbolos”. Para Swade, Lovelace fue una “notable visionaria” que “vio el alcance de las computadoras extendiéndose más allá de las matemáticas, a la vida y la ciencia”. Woolley recuerda el hecho de que Lovelace se fijara en cómo el sistema de tarjetas perforadas de la máquina de Babbage era similar al de los telares complejos de la época. “Cuando observó que la Máquina Analítica teje patrones algebraicos justo como el telar de Jacquard teje flores y hojas, mostró lo que la imaginación podía revelar y que las matemáticas por sí solas no podían”.

Esta dialéctica entre imaginación y tecnología resume para Woolley la vida azarosa de una figura “valiente, trágica y caprichosa” que se debatió entre “fuerzas que son ambas creativas y antagónicas”, y que a su muerte prematura a los 36 años a causa de un cáncer uterino rubricó su vida con una última paradoja: su voluntad de ser enterrada junto a su padre, al que nunca llegó a conocer.

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miércoles, enero 21

«Gran Capitán», el terror de los franceses en la batalla que cambió la Historia de España

(Un texto de Esteban Villarejo y Manuel P. Villatoro en el ABC del 20 de octubre de 2013)

Gonzalo Fernández de Córdoba, «Gran Capitán». El eco de sus proezas aún retumban en los manuales de historia militar. En Europa y allende los mares, donde los «herederos» de sus Tercios fraguaron el Imperio de aquella joven España. Cuando muchos nombran tan alegremente a Sun Tzu, Clausewitz, Napoleón, Patton o Schawrzkopf, olvidan que fue este genio militar español quien cambiaría para siempre el «arte de la guerra»: de la pesadez medieval (caballería pesada) a la agilidad moderna (infantería).

Reconquista de Granada, victoria sin igual frente al francés en Nápoles, conquista de un nuevo Reino para sus «Señores», virrey, precursor de una nueva estrategia militar fundamentada en la infantería y visionario de un Ejército español cuyas reformas impulsaron un cambio de mentalidad que posteriormente derivó en la creación de los populares tercios españoles que acabarían dominando buena parte del mundo e invictos desde 1503 hasta el desastre de Rocroi en 1643.

Sin embargo, y a pesar de sus proezas, este cordobés nunca dejó de ser un oficial cercano a sus hombres, con sentido del honor para con el contrario, estoico y, ante todo, súbdito leal hacia unos Reyes Católicos que iniciaban en sus hombros la aventura de una nueva nación. Aunque no fueron pocas las desaveniencias acaecidas con sus «Señores», llegando a ser apartado de la «res publica» y «res militaris» de la siempre desagradecida España.

Como bien explica Fernando Martínez Laínez, periodista y coautor del libro «El Gran Capitán» (Ed. Edaf), Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515) se inició pronto en la carrera militar, pues estaba destinado a dedicarse a guerrear al ser el segundo hijo de una familia noble, cobrando su nombre más poder entre los militares. Pronto se asoció su nombre a la valentía. «Una de las primeras batallas en las que intervino fue la de Albuera, cuando combatió a las huestes del rey de Portugal que habían invadido Extremadura».

«Hacia 1497, tras una breve estancia en la Corte, los Reyes Católicos le nombran "adalid de la Frontera", un grado que equivalía a capitán», explica Laínez.

La Reconquista de Granada

Pero donde realmente comenzó a mostrar su ingenio militar fue durante la «Guerra de Granada», una campaña militar que se sucedió a partir de 1482 y en la cual los españoles pretendían expulsar a Boabdil del último estado musulmán en la Península Ibérica. «La guerra se produjo por la firme decisión de los Reyes Católicos, que querían acabar de una vez por todas con el enclave musulmán de Granada, el único territorio que quedaba para completar la unidad cristiana peninsular».

Gonzalo tomó parte en esta contienda al mando de una unidad de «lanzas» (caballería pesada con una gruesa armadura) de la casa de Aguilar, de la que su hermano era señor. «Fue una guerra larga, que duró casi diez años, y se libró a base de incursiones, asedios, golpes de mano y escaramuzas persistentes, sin grandes batallas campales», determina el escritor.

«El Gran Capitán tuvo un papel muy destacado a lo largo de toda la campaña, en especial en los ataques a Álora, la fortaleza de Setenil, Loja y el asalto al castillo de Montefrío, cercano a Granada». De hecho, algunos cronistas como Hernán Pérez afirman que, durante esta guerra. «Gonzalo era siempre el primero en atacar y el último en retirarse».

«Pronto, su valerosa actitud y dotes de mando llamaron la atención de los Reyes Católicos, que le recompensaron con la tenencia (jefatura militar) de Antequera, el señorío de Órgiva y una encomienda», prosigue Laínez.

Primera guerra de Italia

Sin embargo, parece que los grandes honores que recibió no fueron suficientes para Gonzalo, pues en 1495 se embarcó hacia otra gran campaña esta vez en Nápoles. Su misión era clara: detener el avance de los franceses, deseosos de expandirse militarmente con la toma de algunos territorios. «La primera campaña italiana se inició cuando el rey francés Carlos VIII invadió el reino de Nápoles (Reame) con una gran ejército. Al poco tiempo se retiró, pero dejando la mayor parte del Reame ocupado».

«Utilizando las tácticas aprendidas en la Guerra de Granada, Fernández de Córdoba, limpió Calabria de enemigos, conquistó la provincia de Basilicata y tras derrotar a los franceses en Atella entró triunfante en Nápoles en 1496», destaca el escritor. Fue tras el asalto a esta ciudad cuando se empezó a conocer a Gonzalo como «Gran Capitán». Tras tomar el lugar, volvió a España como un héroe.

Segunda contienda en Nápoles

A pesar de que se firmó un tratado con Francia para que cesaran las hostilidades, la paz no duró demasiado. El rey francés Luis XII había firmado un tratado con Fernando el Católico para repartirse el reino napolitano. Los franceses ocupan la mitad norte y el sur queda en poder de las tropas españolas que manda el Gran Capitán.

Pero pronto se iniciaron las discrepancias entre españoles y franceses por cuestiones fronterizas, lo que provocó que en 1502 se reiniciara la guerra después de que los franceses trataran de nuevo de tomar Reame. El «Gran Capitán» no lo dudó y se dispuso a enfrentarse a los enemigos de España. Una de las primeras batallas de esta guerra fue la de Ceriñola (Cerignola), en la que Gonzalo tendría que hacer uso de toda su experiencia militar para lograr salir victorioso.

La batalla que revolucionó la Historia

La batalla de Ceriñola sin duda cambió la historia, y es que, si hasta ese momento la fuerza de los ejércitos se medía en base a la cantidad de caballería pesada de la que disponía, tras esta lid la mentalidad militar evolucionó y comenzó a primar la infantería.

La batalla se desarrolló en un diminuto punto de la Apulia italiana situado en lo alto de una colina cubierta de viñedos y olivos. En ella, las tropas del «Gran Capitán» se defendieron de los atacantes franceses, tras verse obligados a retirarse en varios enfrentamientos.

De hecho, el «Gran Capitán» demostró antes de la batalla su mentalidad innovadora y revolucionara. Y es que, para llegar a la ciudad Ceriñola y poder preparar las defensas concienzudamente antes del ataque de los franceses, Gonzalo forzó a sus caballeros a hacer algo nunca antes visto y que suponía una afrenta a su honor.

«El Gran Capitán obligó a los caballeros de su ejército a llevar infantería en la grupa de sus monturas en la marcha hacia Ceriñola, por terreno arenoso y próximo a la costa, lo que hacía muy fatigosa la marcha. Eso era algo que no se hacía nunca, pero mejoró la movilidad y la moral de la tropa y le permitió ganar tiempo. Fue una muestra más de su ingenio táctico», explica el experto.

Este acto hizo que los españoles ganaran tiempo y les permitió preparar las defensas de la ciudad, que consistieron en cavar un foso y una pared de tierra alrededor de Ceriñola, lo que les permitía aprovechar la situación elevada del enclave. Además, el «Gran Capitán» pudo establecer una estrategia que más tarde sería reconocida como un preludio de la guerra moderna.

Una reforma militar

Los franceses no se hicieron esperar y, a los pocos días, su comandante, Luis de Armagnac, dejó ver a sus tropas. «Por el lado francés, aunque varió según avanzaba la guerra, se contaban unos 1.000 hombres de armas (caballeros con armadura), 2.000 jinetes ligeros, 6.000 infantes, 2.000 piqueros suizos y 26 cañones». Por el contrario, Gonzalo tenía a sus órdenes un ejército formado principalmente por infantería: «Del lado español había solo 600 hombres de armas, 5.000 infantes y 18 cañones, más un refuerzo de 2.000 mercenarios alemanes», señala Laínez.

«En esta batalla las fuerzas estaban bastante equilibradas en cuanto a números, pero los franceses tenían mucha superioridad en caballería pesada y su artillería doblaba a la española. Por el contrario, los españoles contaban con un mayor número de arcabuceros, una fuerza que se revelaría decisiva», explica el escritor.

Para detener la fuerza arrolladora de la caballería francesa se planteó una estrategia novedosa: situar las tropas de disparo delante de las defensas. «El Gran Capitán colocó en primera línea a los arcabuceros y espingarderos (hombres armados con una escopeta de chispa muy larga), detrás a la infantería alemana y española, y más retrasada a la caballería. Él se situó en el centro del dispositivo y revisó con detalle el despliegue de toda la tropa».

Todo quedó preparado para un duro combate. Pero, antes siquiera de desenvainar una espada, el «Gran Capitán» volvió a demostrar su arrojo. Concretamente, Gonzalo se quitó el casco en los momentos previos a la batalla y, cuando uno de sus capitanes le preguntó la causa, él contestó: «Los que mandan ejército en un día como hoy no debe ocultar el rostro».

Comienza la batalla

La batalla se inició con la caballería francesa cargando orgullosa contra las tropas españolas. Hasta ese momento, una de las cosas más terribles que podía ver un enemigo de Francia era a los majestuosos jinetes en marcha con las armas en ristre. Sin embargo, fueron recibidos con una salva de fuego que hizo caer a un gran número de soldados.

«Cuando se inició el fuego, las balas de los arcabuceros españoles hicieron estragos en la caballería pesada francesa, impedida de avanzar ante el foso erizado de estacas y pinchos», explica el autor. Al no poder avanzar, los jinetes, desesperados, trataron al galope de encontrar alguna fisura en las defensas del «Gran Capitán», pero su intentó fue en vano y costó la vida a Luis de Armagnac, alcanzado por varios disparos.

Tras la derrota de la caballería pesada, la infantería francesa se dispuso a avanzar, pero sufrió grandes bajas debido al fuego español. Además, justo antes de que los soldados alcanzaran la primera línea de arcabuceros y acabaran con ellos, el «Gran Capitán» ordenó retirarse a estas tropas de disparo para evitar bajas.

Después de esta estratagema, el «Gran Capitán» cargó con todos sus infantes contra las diezmadas tropas del fallecido Armagnac que, ahora, no tenían objetivos contra los que luchar al haberse retirado los arcabuceros españoles. Sin apenas dificultad, las unidades de Gonzalo dieron buena cuenta de los restos del ejército francés.

Se adelantó a Napoleón en cuatro siglos

Ni siquiera la caballería ligera francesa pudo ayudar a sus compañeros, pues fueron arrollados por los jinetes españoles. «La batalla apenas duró una hora y fue una victoria total. Además, quedó como un ejemplo de arte táctico, y de la importancia de la fortificación y elección del terreno para el buen resultado de cualquier combate», destaca Laínez.

Otro escritor, Juan Granados, autor de la novela histórica «El Gran Capitán» (Ed. Edhasa) explica que «esencialmente demostró que en adelante las batallas se ganarían con la infantería. Utilizando para ello compañías formadas por soldados distribuidos en tercios, es decir, en tres partes: arcabuceros, rodeleros —soldados con armadura muy ligera armados de espada y rodela, el típico escudo circular de origen musulmán— y piqueros, generalmente lasquenetes alemanes, enemigos acérrimos de los cuadros mercenarios suizos que solía emplear Francia. Se adelantó cuatro siglos a Napoleón, huyendo de la guerra frontal yutilizando las tácticas envolventes y las marchas forzadas de infantería».

A finales de 1503 españoles y franceses volverían a medir sus fuerzas en el río Garellano -que por cierto da nombre a uno de los regimientos del Ejército con más solera y cuya sede se encuentra en Vizacaya- donde el «Gran Capitán» dio cuenta de las huestes del marqués de Saluzzo. «El sur de Italia quedó durante más de dos siglos en poder de España. El Gran Capitán, triunfador absoluto de estas guerras, desempeñó funciones de virrey en Nápoles, donde fue querido y respetado, pero pronto las envidias y maledicencias cortesanas empezaron a actuar en su contra», señala Laínez.

Pero parece que España no podía soportar a los héroes, pues Gonzalo terminaría siendo relevado de su puesto. El escritor Juan Granados sentencia: «Tal era la popularidad de Gonzalo de Córdoba entre sus hombres, que llegaron a desear proclamarle rey de Nápoles. Algo que él nunca deseó, se hubiese conformado con ser comendador de su querida orden de Santiago. Pero Fernando el Católico era suspicaz, desconfiaba de tanto éxito, el mismo rey de Francia, a quien había derrotado, le había ofrecido el generalato de su ejército. Por otra parte, sí es cierto que Gonzalo era descuidado en sus informes a su rey, tardaba en escribirle, pero nunca había pensado en suplantarle».

El monarca pidió entonces al «Gran Capitán» un registro de gastos para asegurarse de que no había malgastado fondos reales. Fernando el Católico le reclamó claridad en las cuentas de sus gastos militares en Nápoles, algo que Fernández de Córdoba consideró humillante. Como respuesta a lo que Gonzalo consideraba una gran ofensa personal, el entonces virrey dirigió a la monarquía un memorial conocido como las «Cuentas del Gran Capitán».

Unas cuentas curiosas

Irónicamente las cuentas incluían en el capítulo de gastos cantidades tales como: Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas. Cien millones en picos, palas y azadones. Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres enemigos, cincuenta mil ducados en aguardiente para las tropas un día de combate, ciento setenta mil ducados en renovar campanas destruidas por el uso de repicar cada día por las victorias conseguidas... y lo mejor: «Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el rey pedía cuentas al que le ha regalado un reino».

Esto no debió de sentar muy bien al monarca que, a sabiendas de lo que «Gran Capitán» representaba prefirió evitar el enfrentamiento directo con él, pero no perdonó la ofensa. «El monarca decidió alejar a Gonzalo de Nápoles. A partir de entonces el Gran Capitán tuvo que adaptarse a una vida más sedentaria en sus posesiones de España. Es el destino de casi todos los héroes, una vez que han cumplido con su cometido en la guerra y llega la paz», finaliza Martínez Laínez. Sin embargo, lo que sí dejó este guerrero fue una reforma militar que duraría siglos.

La reforma militar

La herencia del «Gran Capitán» revolucionó la forma de combatir a nivel mundial hasta la llegada de las armas de destrucción masiva. Entr otros elementos destacables se sitúan la formación de la tropa en compañías (que luego serían la unidad fundamental de los tercios) al mando de un capitán, y el experto manejo de las armas de fuego individuales del combatiente de a pie, señala Martínez Laínez.

Además, el «Gran Capitán» creó también un nuevo tipo de unidad, la coronelía. Es el antecedente más inmediato de los tercios. Tenía unos 6.000 hombres y era capaz de combatir en cualquier terreno. Otra de sus innovaciones fue armar con espadas cortas, rodelas y jabalinas a una parte de los soldados. «La finalidad era que se introdujeran entre las formaciones compactas enemigas, causando en ellas terribles destrozos», sentencia el escritor.

Enseñanzas que fueron adquiridas por el «Gran Capitán» en la guerra de guerrillas que supuso la reconquista de Granada, con unos Reyes Católicos que depositaron en los hombros del «Gran Capitán» sus primeros pasos militares de una nueva nación en aquella vieja Europa llamada España.

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martes, enero 20

Payasos, placebos y el futuro del efecto cuidado

(Un texto de Bradley Kreit leído el 7 de febrero de 2013 en bbvaopenmind.com)

Hace un par de días, encontré este estudio algo antiguo que analiza los efectos que tiene que payasos entrenados participen en el cuidado de las pacientes de fertilidad. Los hallazgos, como la revista Time apuntó en su momento, fueron sorprendentes:

Un estudio de 229 mujeres israelitas sometidas a fertilización in vitro (IVF) para tratar la infertilidad descubrió que una visita de 15 minutos de un “payaso médico” entrenado, inmediatamente después de que se colocaran los embriones en el útero, aumentaba la posibilidad de embarazo en un 36%, en comparación con el 20% de las mujeres cuya transferencia de embriones carecía de humor. Tras controlar factores como la edad de las mujeres, la naturaleza y duración de su infertilidad, el número de embriones usados y el día en que fueron transferidos al útero, los investigadores descubrieron un efecto incluso mayor de la risa terapéutica: las mujeres que fueron tratadas por un payaso tuvieron 2,67 veces más probabilidades de quedarse embarazadas que las del grupo de control…. En la prueba, el payaso médico profesional -que iba vestido de chef y representaba la misma rutina cada vez- visitó a las pacientes durante media hora después de la transferencia de embriones, mientras las mujeres normalmente permanecían tumbadas para permitir que se asienten los embriones. La idea era reducir el estrés de las mujeres, lo cual la risa ha demostrado hacer y, se espera, conseguir beneficios psicológicos.

La historia me recordó un creciente interés por la idea de optimizar estratégicamente el efecto placebo. Solo en el mes pasado, extensos artículos han aparecido aquíaquí y aquí que ofrecen varios aspectos del siguiente argumento: en lugar de comprobar el efecto placebo como ruido estadístico, ¿por qué no entender cómo aprovecharlo para beneficiar a las pacientes?

En Over at Wired Nathaniel Johnson apunta que los centros asistenciales están empezando a considerarlo no como un efecto placebo, sino como un “efecto cuidado”. Pensar en ello como el efecto de las condiciones de la atención sanitaria -la empatía del cuidador, las condiciones y el contexto del tratamiento del paciente, etc.- lo cual, los investigadores están comenzando a darse cuenta de que es lo que realmente importa. Puede, como indica el estudio israelí sobre los payasos médicos, marcar la diferencia entre que una pareja tenga o no un bebé.

Lo más interesante es que aunque estos tipos de efectos indudablemente no son nuevos, sí que lo es nuestra capacidad para medirlos y comprenderlos en realidad. Y lo que creo que descubriremos es que muy poco de nuestro sistema sanitario está optimizado en realidad para el efecto cuidado, lo que indica que una de las grandes oportunidades de la próxima década será optimizar y mejorar las condiciones de las interacciones médicas para mejorar la salud.

Nota: El autor sale como plantilla del IFTF, que se define como "an independent, public-interest nonprofit and a spinoff from RAND Corporation with original support from the Ford Foundation. Our founding articles of incorporation state that “it is imperative that society acquire the necessary tools, methods and research capabilities to identify and cope with socio-economic questions before they become tomorrow’s critical problems.” This was a revolutionary call-to-action at a tumultuous time in history—a call for a more rigorous systems approach to the future that would help people find agency in their own expertise to be better prepared in uncertain times." en su página https://www.iftf.org/about-iftf/

 

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lunes, enero 19

El dopaje llegó antes que los Juegos

(Un texto de Beatriz Guillén en bbvaopenmind.com leído el 8 de agosto de 2016)

“Cualquier victoria en ausencia de los atletas rusos tendrá un sabor distinto”. Así arremetía Vladimir Putin, presidente de Rusia, contra el Comité Olímpico Internacional (COI) por la expulsión de los Juegos de Río 2016 de los deportistas sospechosos de dopaje. No competirán ninguno de sus 68 atletas, ni otros 40 deportistas de disciplinas como natación, remo o piragüismo. Todos tenían en su historial manchas de dopaje. Y muchos de ellos habían formado parte de un sofisticado entramado gubernamental que lo ocultaba. “Era un caso de dopaje de estado digno de una novela de espionaje”, clamaban los expertos que leyeron el informe McClaren, donde se desveló la trama. Las agencias antidopaje pedían un castigo ejemplar a Rusia. Querían acabar con una práctica que acompaña a los Juegos desde su origen, que nació con el mismo deporte.

La prueba de este origen se encuentra en Grecia, donde seis estatuas situadas en línea enmarcan el paseo hacia la arena del Peloponeso, a 175 kilómetros de Atenas. Es el paseo de la fama de los tramposos. Ahí están escritos los nombres de los atletas griegos que incumplían las normas de los antiguos Juegos Olímpicos, que nacieron en el 776 a.C como precursores de los actuales. El castigo entonces no era solo la expulsión, era una marca para la eternidad. Así de en serio se tomaban los antiguos las reglas de sus competiciones. Sin embargo, no ha quedado claro en ningún documento que el dopaje se considerara una trampa.

El objetivo de los atletas era, en la mayoría de los casos, incrementar la fuerza y superar la fatiga. Para ello consumían estimulantes como aguardiente, diversos tipos de vino, hongos alucinógenos o semillas de sésamo. El espartano Charmis ganó la prueba de velocidad tras una dieta de higos secos. Se experimentaba con dietas de hongos y carne, y hasta los cocineros suministraban piezas de pan con propiedades analgésicas, cocidos con especies extraídas de la planta de la adormidera. La mayor parte de estos estimulantes primarios tenían un origen natural.

Tuvieron que pasar 1.503 años para que esta competición olímpica volviera a surgir. Pero antes, a mitad del siglo XIX ya hay registradas pruebas de dopaje en competiciones modernas. Estos casos coinciden, no de casualidad según los expertos, con los principios de la medicina moderna. A partir de 1850, se abre un periodo marcado por la llegada de la experimentación científica con los efectos anabolizantes de las hormonas.

“En el último tercio del siglo XIX, el uso de estimulantes entre los atletas era común y, es más, no había ningún intento de vincular el uso de drogas con las expulsión de los deportistas”, explica en su estudio “Historia del dopaje en el deporte”, el profesor de la Universidad de Pensilvania, Charles E. Yesalis. Uno de los primeros casos documentados de esta época se localiza en 1865 cuando se describe el consumo de una droga estimulante no identificada en una prueba de natación por los canales de Ámsterdam.

Los experimentos continuaron hasta que la primera muerte de un deportista atribuida al dopaje hizo crecer la preocupación. Se trataba de Arthur Linton, un ciclista inglés, que murió en 1896 a causa, presuntamente, de una sobredosis de la efedrina que consumió dos meses antes para ganar la carrera Burdeos-París.

Dopaje en los Juegos modernos

La vuelta de la estrella de las competiciones en 1896 no disipó los casos de dopaje, sino que, al contrario, hizo más visibles muchos casos. En los Juegos de San Luis (Estados Unidos) en 1904, el ganador de la maratón Thomas Hicks se desplomó nada más cruzar la línea de meta. El médico del corredor norteamericano le había suministrado varios pinchazos de estricnina y un lingotazo de brandy durante distintos momentos de la carrera al verle flaquear. El comentario del doctor que atendió a Hicks desmayado en el suelo refleja bien el pensamiento de la época: “Las carreras de Maratón, desde un punto de vista médico, demuestran el gran beneficio que tienen las drogas para los atletas”.

A partir de ahí le siguió un tiempo donde el dopaje se había popularizado: alcohol, cafeína, cocaína, estricnina. Todo valía. Solo se denunciaban aquellos casos en lo que el deportista era dopado involuntariamente para empeorar su rendimiento.

En el Tour de Francia de 1967 el inglés Tom Simpson, de 29 años, colapsó y murió en mitad de la mítica ascensión al Mont Ventoux. La autopsia reveló que había mezclado anfetaminas y alcohol, una combinación que resultó fatal con el calor y con la dureza de esa etapa. Se trataba de la primera muerte por dopaje que era televisada. El impacto fue tal que ese mismo año, el COI tuvo que sacar un reglamento antidopaje.

El efecto no fue el esperado y los episodios de dopaje se repiten una y otra vez a lo largo de la historia de los Juegos. Los deportistas reconocían en público sin pudor el uso de sustancias; publicaciones especializadas como Track and Field News definían los esteroides y anabolizantes como “el desayuno de los campeones”. “Veremos cuáles son mejores: sus esteroides o los míos”, dijo un levantador de pesos a Los Angeles Times en 1971.

En 1988, 20 años después de la prohibición del dopaje, una investigación del New York Times concluía que al menos la mitad de los atletas que compitieron en los Juegos de Seúl —marcados por la descalificación de Ben Johnson, campeón de los 100 metros lisos— estaban tomando anabolizantes. Había médicos de países oficiales, doctores y farmacólogos preparando las drogas para sus equipos, sin consecuencias.

Ataque al Comité Olímpico

Quizás la actitud cambió el mismo año que se temía el fin del mundo. En los Juegos de Sidney de 2000, decenas de publicaciones y expertos atacaron al unísono al COI por su escasa implicación en acabar con lo que ya se había convertido en una lacra. Artículos titulados como “Juegos Sucios” describían una creciente epidemia de drogas en los deportes olímpicos. Empezaron a hablar en contra los propios protagonistas. El campeón olímpico en maratón y portavoz de la Agencia Estadounidense Antidopaje Frank Shorter no solo reconocía la magnitud del problema sino que alertaba de que las consecuencias iban más allá de los Juegos.

A diferencia de los brebajes antiguos, drogas como las hormonas del crecimiento tienen como efectos colaterales la pérdida de visión, el riesgo de fallo cardíaco o la mayor probabilidad de sufrir diabetes y tumores. En el caso de los agentes anabolizantes, que se usan normalmente para interrumpir el crecimiento, el daño más grave se produce en el hígado.  Sufrir una embolia pulmonar, hipertensión, anemia o cáncer son solo algunos de los riesgos al doparse con EPO (Eritropoyetina) sobre los que advierten las actuales Agencias Antidopaje. La EPO es una hormona que sirve para aumentar la producción de glóbulos rojos y tener así más resistencia y ha sido el dopaje más utilizado por los atletas en estas últimas décadas. Debido, en gran medida, a ser indetectable hasta el año 2000. Ahora, todas las agencias de antidopaje advierten contra esta y otros tipos de sustancias, aunque eso no evita que como en el caso de Rusia, los propios deportistas y sus equipos encuentren otras formas de ocultarlo.

Los escándalos de dopaje actuales han conmocionado el arranque de los Juegos Olímpicos de Río 2016. Pero echando la vista atrás hacia el origen de esta cita deportiva en la antigua Grecia, el profesor de Historia Clásica de la Universidad de Maryland (Estados Unidos) Hugh Ming Lee no cree que el dopaje hubiera sido un escándalo entonces. Lee señala a la fuerte conciencia que los griegos tenían sobre la debilidad humana: “Si Hércules era vulnerable, ¿cómo no iban a serlo los atletas humanos?”.

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domingo, enero 18

Grandes aventureros de la ciencia

(Un texto de Javier Yanes en bbvaopenmind.com leído el 11 de febrero de 2016)

Ciencia y exploración siempre han formado una simbiosis provechosa. Desde que existe la historia, el ser humano ha aplicado el conocimiento de cada época al descubrimiento de nuevos mundos, y a su vez la exploración ha contribuido al progreso de la ciencia, ayudándonos a comprender la naturaleza y a desarrollar nuevas tecnologías. Aunque hoy ya no quedan espacios blancos en el mapa, continuamos explorando nuestras últimas fronteras, los fondos oceánicos y el espacio extraterrestre. Parte de nuestra ciencia actual se la debemos a ellos: estos son algunos de los grandes aventureros que prestaron sus hombros para que podamos seguir mirando más allá.

Charles Darwin 

A Charles Darwin (12 de febrero de 1809 – 19 de abril de 1882) difícilmente lo definiríamos como un aventurero. Y sin embargo, en un momento crucial de su vida en el que su mente práctica le llevó a elaborar una lista con las ventajas e inconvenientes de la decisión de casarse con su prima Emma Wedgwood, no solamente consideró que el matrimonio le robaría tiempo de sus lecturas o de sus discusiones científicas; también temió que unirse a una mujer le impediría “ver el continente, ir a América, volar en globo o hacer un viaje en solitario a Gales”, como él mismo escribió.

Lo cierto es que el naturalista inglés combinaba las cualidades del académico y el explorador: era un observador minucioso, un hombre pragmático y sistemático, pero durante su juventud le interesaba más cazar y montar a caballo que dedicarse a sus estudios. Solo realizó un único gran viaje en su vida; pero durante su periplo de casi cinco años alrededor del mundo a bordo del HMS Beagle, de 1831 a 1836, escaló montañas y recorrió a pie amplias regiones de Suramérica, donde no le faltó aventura: terremotos, enfermedades, erupciones volcánicas, incidentes con aborígenes e incluso insurrecciones.

La expedición del Beagle tenía como objetivo primario la confección de cartas náuticas. Pero su labor como naturalista le proporcionó el material científico necesario para gestar su gran obra, la idea de la selección natural como fuerza motriz de la evolución de las especies; una teoría que revolucionó la comprensión humana de la naturaleza.

James Cook 

El capitán de la Royal Navy James Cook (7 de noviembre de 1728 – 14 de febrero de 1779) no parecía destinado por nacimiento a circunnavegar el globo y descubrir nuevos territorios, sino a ser granjero; esta era la ocupación de su padre, que ni siquiera era propietario de la tierra en la que trabajaba. Pero al joven Cook la vida campesina se le quedaba pequeña, y fue a los 16 años, trabajando como mozo en una mercería de una localidad costera, cuando sintió la llamada del mar. Comenzó su carrera en la marina mercante, y no sería hasta los 26 años cuando ingresó en la Armada británica.

Desde entonces su carrera despegó, gracias a su participación en la Guerra de los Siete Años (1756-1763) y a su formación autodidacta en matemáticas y astronomía. En 1766 el Almirantazgo le puso al mando de una expedición científica al Pacífico, cuyo propósito principal era registrar el tránsito de Venus frente al Sol para diseñar un método de medición de la longitud. En total Cook realizó tres viajes alrededor del mundo al mando de los navíos Endeavour y Resolution, de 1768 a 1779. En el segundo se le encomendó la misión, que resultaría infructuosa, de buscar el hipotético gran continente meridional conocido como Terra Australis.

A su regreso de esta expedición se le concedió un retiro honorario, pero Cook no pudo resistirse a embarcarse en un tercer viaje, destinado a encontrar el paso del noroeste que permitiría abrir una nueva ruta de navegación rodeando América por el norte. No lo logró, y durante aquella travesía encontró su fin: el 14 de febrero de 1779 caía abatido durante un conflicto con los nativos de Hawái.

Scott y Amundsen

La carrera por la conquista del Polo Sur es uno de los episodios más conocidos de la historia de la exploración, y el momento culminante de la que ha venido en llamarse la edad heroica de la exploración antártica. Aquella competición histórica tuvo gloria y tragedia; la primera, para el noruego Roald Amundsen, que ganó la competición y regresó triunfante a Europa. Su oponente, el británico Robert Falcon Scott, no solo perdió la carrera, sino también la vida.

Scott (6 de junio de 1868 – 29 de marzo de 1912) era un oficial de la marina cuando se presentó voluntario para liderar la expedición británica a la Antártida; según sus biógrafos, más por un deseo de progresar en su carrera que por vocación de exploración polar. Su primer viaje, entre 1901 y 1904, logró establecer un récord de latitud sur, pero sin conquistar el polo. En su segundo intento en 1910, Scott se encontró enfrentado a un poderoso rival; Amundsen (16 de julio de 1872 – 18 de junio de 1928) era un marino, de familia de marinos, que también contaba con experiencia antártica y que pocos años antes había abierto por primera vez el paso del noroeste rodeando América por el Ártico.

Amundsen clavaría la bandera noruega en el Polo Sur el 14 de diciembre de 1911. La partida de Scott, retrasada por las decisiones erróneas y el infortunio, fue siempre por detrás, y llegaría para descubrir el triunfo de su rival el 17 de enero de 1912. Amundsen logró regresar sin problemas, mientras que Scott y sus cuatro compañeros sucumbieron al agotamiento, el hambre y el frío. Sus cuerpos fueron recuperados en noviembre de aquel año.

Ernest Shackleton 

La figura de Ernest Shackleton (15 de febrero de 1874 – 5 de enero de 1922) quedó eclipsada en su día por la pugna entre Amundsen y Scott. Y sin embargo, el tiempo ha conservado su hazaña de supervivencia en el hielo como una de las mayores gestas del espíritu humano. El angloirlandés Shackleton tuvo vocación aventurera desde joven, y a los 16 años se enroló en la marina. Su primera acción destacada fue como tercer oficial de la expedición de Robert Falcon Scott en 1901 al Polo Sur, de la que tuvo que regresar prematuramente en 1903 por enfermedad; aunque algunos biógrafos sospechan que Scott quiso deshacerse de él por los celos que le producía su popularidad. Shackleton era un líder, y a su regreso a Inglaterra no encontró acomodo en ninguna de las ocupaciones que tanteó, desde el periodismo a la política o la empresa.

Todo ello le llevó a partir de nuevo en 1907 con la intención de alcanzar el Polo Sur, sin éxito. En 1914, y con el polo ya conquistado por el noruego Roald Amundsen, Shackleton emprendió la ambiciosa Expedición Imperial Transantártica, con el objetivo de cruzar el continente blanco en un viaje de 2.900 kilómetros. Pero la verdadera odisea del explorador comenzó el 19 de enero de 1915, cuando su buque, el Endurance, quedó atrapado en el hielo. Así comenzó una angustiosa lucha por la supervivencia durante 497 días, hasta que la expedición pisó tierra firme en la isla Elefante, a 557 kilómetros del lugar del naufragio.

Shackleton regresó a Inglaterra en 1917, ya enfermo del corazón, que finalmente le falló durante su último viaje en las islas Georgias del Sur. Un estudio reciente ha sugerido que tal vez el explorador padecía un defecto cardíaco congénito, una malformación que le comunicaba ambas aurículas.

Thor Heyerdahl 

El nombre del noruego Thor Heyerdahl (6 de octubre de 1914 – 18 de abril de 2002) está inevitablemente ligado al de su embarcación, la Kon-Tiki, y a la travesía que esta logró completar en 1947 desde la costa de Perú al archipiélago de Tuamotu en la Polinesia Francesa; un viaje transpacífico de 101 días y 6.900 kilómetros en una balsa de madera construida artesanalmente. Suele decirse que se completó utilizando exclusivamente equipo y tecnología precolombinos. Lo cual no es del todo cierto, ya que Heyerdahl y sus cinco acompañantes llevaban algunos instrumentos modernos, como radio, cuchillos, relojes y sextantes, además de apoyarse en cartas de navegación y de contar con bidones de agua y alimentos enlatados.

Tampoco ha oscurecido su leyenda el hecho de que probablemente la teoría que trataba de demostrar era errónea. Heyerdahl se interesó desde joven por la antropología y la zoología del Pacífico, y sus estudios le llevaron a proponer la idea de que la Polinesia se colonizó desde la costa de Suramérica. El éxito de la expedición Kon-Tiki demostró que el viaje era factible; pero las pruebas genéticas, no disponibles en aquella época, han avalado la hipótesis tradicional de que la Polinesia se pobló de oeste a este, desde la costa de Asia.

Aunque Heyerdahl puso gran empeño en la demostración de sus teorías antropológicas, sus postulados nunca han sido probados, y su relación con la comunidad científica siempre fue incómoda. Hoy se le recuerda más como gran explorador y aventurero que como un investigador académico solvente.

Alfred Wegener

Si Alfred Lothar Wegener (1 de noviembre de 1880 – ? noviembre de 1930) volviera a la vida, tal vez no se sorprendería de que su teoría de la deriva continental hoy figure en todos los libros de texto de ciencias; él nunca flaqueó en el convencimiento de que su hipótesis era correcta, que todos los continentes actuales estuvieron un día unidos en una sola masa de tierra, Pangea. Y ello a pesar de que este meteorólogo alemán sufrió una de las campañas de descalificación más duras de la historia de la ciencia. Fue acusado de ser un arribista sin conocimientos de geología que padecía la “enfermedad de la corteza móvil”. Y esto por todo el estamento científico de su época, con pocas excepciones.

Pero cuando en 1910 Wegener hojeaba el atlas de un amigo, no pudo ignorar la observación de que los bordes de los continentes encajaban entre sí como las piezas separadas de un puzle. No fue el primero en advertirlo, pero hasta entonces nadie se había atrevido a cuestionar el dogma de que la geografía terrestre era estática. Wegener se propuso montar el puzle, y con él montó el escándalo. En 1912 presentó por primera vez su teoría, en conferencia y por escrito, y en 1915 la publicó en su libro Die Entstehung der Kontinente und Ozeane (El origen de los continentes y los océanos), que continuaría revisando y actualizando hasta su muerte.

Wegener nunca vio aceptada su teoría en vida; sólo los estudios de paleomagnetismo en la década de 1950 comenzaron a convencer a todos de que los continentes se han desplazado a lo largo de la historia de la Tierra y aún continúan haciéndolo. Esto tal vez no habría sorprendido a Wegener, pero sí el hecho de que hoy no se le recuerde tanto como explorador polar. Porque no sólo participó en cuatro expediciones a Groenlandia, sino que en la última de ellas perdió la vida, cuando regresaba desde el interior de la isla a la costa. De hecho, y aunque su cuerpo fue encontrado el 12 de mayo de 1931 enterrado en la nieve por su acompañante inuit, nunca fue retirado de aquel lugar, y hoy su ubicación se ha perdido. También sus últimas notas, que su compañero nativo se llevó consigo antes de sufrir el mismo destino y perderse en el hielo para siempre.

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sábado, enero 17

La isla fantasma de Canarias

(Leído en "España fascinante" en mayo de 2023)

¿Sabías que en el archipiélago de las Canarias existe una novena isla? Se trata de la isla fantasma de San Borondón, la protagonista de una leyenda que ha acompañado durante muchos siglos esta región española. Algunos dicen que la han visto, otros que la han pisado: la realidad difiere según quién la cuenta. Para evitar confusiones, aquí todas las claves para conocer más sobre la isla fantasma de San Borondón de las Islas Canarias.

¿Qué es la isla de San Borondón?

Se trata de una leyenda popular que se remonta a muchos siglos atrás. Cuenta que existe una novena isla en el archipiélago canario con la capacidad de aparecer y desaparecer. Su nombre: la isla fantasma de San Borondón. También conocida como la “isla de San Brandán”, fue tal la creencia de la existencia de dicha isla que en muchos mapas fue cartografiada, por lo que hasta cierto punto se conoce su ubicación y tamaño. Sin lugar a dudas, y dadas sus características, podría ser una de esas islas secretas en España para desaparecer unos días.

Según las referencias, la isla de San Brandán se localiza a unos 550 kilómetros en dirección oeste del archipiélago, alejada de la isla de El Hierro y de La Palma. Ahora bien, otros testigos recogidos durante años afirman haberla visto entre estas dos últimas y La Gomera, estando mucho más cercana de lo que se puede imaginar.

En lo que respecta a su tamaño, en los mapas donde se ha cartografiado y en los documentos datados se indica que tendría un tamaño de casi 480 kilómetros de largo y 155 de ancho. Tendría una forma de concavidad en el centro, mientras en los laterales dos crestas montañosas elevadas. Los testigos que se han recogido sobre personas que han llegado a ella dicen que “la Inaccesible” está repleta de vegetación y cubierta siempre por una niebla que evita ser encontrada con facilidad. La isla de San Borondón ofrecería un paisaje repleto de contrastes, como muchas otras del archipiélago canario.

El origen de la isla fantasma de San Borondón

 

Tanto el nombre como el origen de la leyenda de esta isla viene de un monje llamado San Brandán el Navegante. Este abad, de origen irlandés, utilizaba una peculiar embarcación para evangelizar el Mar del Norte. Denominadas currach, fue capaz de navegar por todo el mundo alcanzando los rincones más remotos, como Groenlandia o las islas Feroes.

La leyenda comienza cuando otro monje, conocedor de las habilidades de navegante de San Brandán, le pidió que fuera a dicha isla a rescatar a su hijo. Junto a una tripulación de una quincena de hombres, el monje irlandés se lanzó al mar durante siete años para encontrar la isla. Encontraron la denominada Isla Pez, un islote que se sumergía y emergía de forma constante y donde aprovecharon para celebrar la Pascua.

Durante esta festividad, la isla retumbó y se despertó. Porque el islote en realidad era un pez gigante llamado Jasconius, moviéndose por las aguas hasta guiar a San Brandán a la que actualmente se le conoce como la isla fantasma de San Borondón.

Expediciones y avistamientos de la isla de San Borondón

Conocida la leyenda, cabe destacar que durante muchísimos siglos se lanzaron expediciones de todo tipo para encontrarla, sobre todo durante el periodo comprendido entre el siglo XVI y el XVII. Así pues, se recogen expediciones de Fernando de Viseu, familiar del portugués Don Enrique el Navegante, y Hernando de Troya y Francisco Álvarez, habitantes de la isla de Gran Canaria, con escaso éxito.

Algunas otras exploraciones parecieron conseguir su objetivo. Por ejemplo, la de Hernán Pérez de Grado en el año 1570. Detalló no sólo cómo encontró la costa de la isla de San Borondón, sino también que perdió parte de la tripulación que le acompañaba en la misma. O la experiencia de Pedro Vello, un navegante portugués que pasaba cerca del archipiélago y debido a las circunstancias climatológicas tuvo que refugiarse en ella. A pesar de todo lo narrado, las siguientes expediciones no tuvieron tanto éxito como para encontrar a la legendaria isla. También se hicieron conocidos los escritos del británico Edward Harvey, un joven que afirmó haber estado en la isla y que logró reflejar lo que se encontró a través de su pluma. A pesar de ello, nunca se consideraron estos escritos con rigor científico. Es más, incluso se creyeron que todo surgió de la imaginación del muchacho.

Algo más cercano a nuestra actualidad, el diario ABC, en el año 1953, publicó una fotografía de la que afirmaba ser la isla de San Borondón. Mucho más adelante, en 2003, un aficionado logró grabar un vídeo de la isla que permite apreciar mucho mejor el fenómeno que hay detrás de esta leyenda.

La realidad tras la isla fantasma de San Borondón

Y es que, a pesar de la gran dificultad de encontrar la isla durante muchos años, que fuera cartografiada fue el primer paso para oficializar su presencia en el archipiélago canario. En el Tratado de Alcáçovas, en donde España y Portugal se repartían el océano Atlántico, la isla de San Borondón fue asignada al primero de ellos a pesar de todas las incertidumbres de su existencia.

¿Pero qué hay detrás de toda la leyenda? Simplemente se trata de un efecto óptico conocido como Fata Morgana. Este se produce cuando una gran acumulación de nubes se forman en el horizonte, que junto a una inversión térmica produce que el espejismo que se contempla en la lejanía parezca real.

A pesar de todo, la leyenda sigue muy viva y arraigada en la cultura local, por lo que los habitantes del archipiélago canario la consideran como una más entre sus islas. Pintores, poetas y escritores han creado muchísimo arte basado en su creencia, formando parte del imaginario colectivo.

En definitiva, y a pesar de ser una leyenda, si estás recorriendo una de las rutas senderistas de las Islas Canarias y encuentras en el horizonte una que no reconoces, probablemente sea ella. Aprovecha para sacar fotos y disfrutar de la leyenda, o simplemente disfruta del momento para contemplar este peculiar efecto óptico que tantas historias ha inspirado.

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