(Un texto de Francisco Abad
Alegría en el suplemento gastronómico del Heraldo de Aragón del 11 de enero de
2020)
«Según nuestras formalidades y
conveniencias sociales, el eructo es similar al pedo, aunque, según otros, el
primero es más odioso que el pedo mismo» (Anónimo del siglo XIX, 'Tratado sobre
el pedo').
Alimento, comida y digestión son
conceptos muy diferentes, pero íntimamente entrelazados. Ventosidades expelidas
por el polo superior e inferior del largo y complicado tubo digestivo forman
parte del proceso fisiológico de la alimentación. Otra cosa es que su
intensidad, peculiaridades sonoras, cualidad y potencia aromática puedan
resultar oportunas, adecuadas, proporcionadas, normales o patológicas. Dicho
así, como ven, no resulta tan repelente el asunto, aunque quizá sí un tanto
chocante para quienes habitualmente escribimos en serio; pero esto también es
serio, según se mire.
Por cierto, eructar no plantea
problemas lingüísticos e incluso tiene equivalente antiguo en nuestro riquísimo
idioma, 'regüeldo', pero la emisión del pedo puede plantear dificultades
expresivas, porque si palabras como 'cuesco' o 'bufa' corresponden al argot
español o lenguaje de germanía como sinónimos, el acto de expeler un pedo
plantea duda en su ortodoxia. El DRA cita las expresiones combinadas ‘peer' y
'peerse' como acto de expeler ventosidades intestinales y ‘pedorrearse' como el
mismo hecho pero de modo frecuente o repetido, y añade como palabra
onomatopéyica 'pedorreta', que es el sonido que se hace expulsando aire con los
labios entreabiertos, que en su vibración remedan el acompañamiento sonoro
habitual del pedo por la vibración de los linderos anales (¡líbrenos Dios de
los silenciosos y traidores!), mientras que María Moliner trae 'peer' y 'peder'
como sinónimos, añadiendo que son expresiones vulgares.
Para el sonido que se produce en
el tracto intestinal, sin emisión al exterior, se reserva la expresión
borborigmo, que en lenguaje común se hace compleja como ruidos de tripas o
correr de las tripas.
De modo que ya tenemos resuelto
el escatológico problema desde el punto de vista lingüístico y podemos pasar a
la taxonomía, es decir, clasificación de las variedades de tan peculiares
manifestaciones de nuestra fisiología y a veces patología digestiva.
CLASIFICACIONES. Dice el
anónimo autor del breve 'Tratado sobre el pedo' que no todos ellos son iguales,
y lo propio ocurre con los eructos, que no se estudian en detalle. Explica que
los pedos abiertos, sonoros, sin camuflaje posible, se denominan «pleni-vocales»,
mientras que lo contrario son los «silenciosos», en general traidoramente
pestilentes. También explica que los hay «diptongados», es decir, con una
especie de cesura o descanso sonoro a mitad del proceso, y no olvida el
comúnmente denominado «pedo pintor», que es el «diptongado suave» acompañado de
la emisión de mínimas cantidades de material semisólido intestinal, que deja
constancia de su escape en la ropa interior.
Por lo que se refiere a la acción
social de los pedos, existen los francamente antisociales, que pueden ser
útiles en determinadas ocasiones; los guasones, que acompañan una broma
generalmente de mal gusto o escenificada en un medio social poco refinado, y
hasta existen los artísticos, como los famosos del 'petoman' francés, que
actuaba en una sala de fiestas parisina entonando con habilidad algunas breves
tonadillas, combinando duración, intensidad y gravedad de emisión del sonido,
suponemos que tras una estudiada dieta flatulencial, que actuaría, perdón por
la comparación, como el inflado de la gaita preparatorio de una interpretación
musical.
Detalla el peculiar autor de
nuestro tratado cualidades relativamente específicas de diversos pedos, como
los de maestro de armas, de señorita, de doncella (muy escasos), panaderos,
pastores, viejas, alfareros, oficinistas y otros.
Por lo que se refiere a los
regüeldos, aún sin guía autorizada que los clasifique, suelen ser de acción
cuasi-mortífera los de chorizo de Pamplona, tostada con ajo y alubias con
morcilla ahumada, mientras que resultan más sonoros pero relativamente inocuos
los de refrescos de cola, tinto de verano y tónica con ginebra; todos ellos
tienen la ventaja de que al no haberse producido un pleno proceso de digestión,
el acompañamiento de metano y gases sulfurosos es mínimo y, por tanto, es la
concentración gaseosa y aromatizada comprimida en el estómago lo que se expele.
No debe confundirse eructo con halitosis, que es el mal aliento crónico, del
que hacían gala, dicen, el Rey Sol, Luis XIV, y el cardenal Richelieu, además
de algún personaje de la Regenta'.
LO QUE DICE LA MEDICINA.
Los gases relacionados con la alimentación (recordemos que la comida es
alimentación y cultura social) son variados. El más simple es el aire, ese que
respiramos y tragamos involuntariamente cuando devoramos con avidez o
nerviosismo. Este aire, unido a los olores propios de lo ingerido y mínimas
cantidades de derivados aromáticos pre-digeridos por el ácido gástrico y la
ptialina salivar, se puede acumular cuando ingresa en gran cantidad y poco
tiempo en la cámara de gases de la parte superior del estómago, impulsando por
simple reflejo de presión su expulsión en forma de eructo, como ocurre, por
ejemplo en la ingestión apresurada de un gran vaso de refresco gasificado. El
aire deglutido no siempre se expulsa por el polo superior del tubo digestivo y
llega a impregnar, en una comida apresurada e incívica, por apresuramiento de
origen laboral o simple glotonería, el bolo alimenticio que pasa la barrera del
estómago, de modo que causa borborigmos, molestias por distensión abdominal y
pedorreo de variable cuantía e intensidad.
En el proceso de la digestión
normal también se producen algunos gases de forma fisiológica, como dióxido de
carbono, ciertos derivados sulfurados (dependientes sobre todo del tipo de
alimento ingerido) y metano, lo que origina ventosidades en general discretas,
socialmente domesticables y asequibles al desinflado socialmente tolerable, por
ejemplo en el curso de un pequeño paseo ciudadano. En determinadas patologías,
como gastritis atrófica, cuadros de malabsorción, déficit pancreático o biliar,
enfermedad inflamatoria intestinal o diverticulosis intestinal, la alimentación
moderada habitual puede generar problemas digestivos a veces muy importantes y
para eso no tenemos remedio en estas páginas: hay que acudir al médico.
FIBRAS COMPLICADAS.
Algunos alimentos, que van desde los muy ricos en fibras no digeribles hasta
frutas como la pera, verduras como la col y las paradigmáticas alubias (por su
tegumento externo) tienen cantidades elevadas de polisacáridos no digestibles
por los fluidos digestivos y la flora intestinal (microbiota) que convive
armoniosamente en nuestras entrañas. En estos casos, son las bacterias de la
fermentación de tales productos las que hacen la labor sucia, nunca mejor,
dicho, produciendo fermentaciones que generan abundantes gases, de modo que
además de las molestias digestivas se produce un exceso de gases que aboca
inevitablemente al pedorreo. Una fabada ocasional no es problema si se combina
sabiamente con el solitario paseo, pero consumir fibra indigerible
habitualmente no es buena cosa.
Por fin, hay otro aspecto interesante, que es el de
los prebióticos, entre los que se encuentran los fermentados en forma de yogur
o kéfir, que favorecen el desarrollo de una flora intestinal benéfica, no ‘petogénica'
pero además facilitadora de la digestión óptima y preventiva de enfermedades
como los cánceres digestivos, la diabetes tardía o las diverticulitis. Por el
contrario, hay antiprebióticos, de los que los edulcorantes son paradigma, como
el exceso de ahumados, de efecto opuesto. Y sin necesidad de acudir al médico,
recuerden que una digestión acompañada de escasa cuantía de eructos y pedos va
a ser indicadora, en general, de una buena salud digestiva. Sencillo ¿no?Etiquetas: Culturilla general