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...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

domingo, abril 19

Lugares acogedores de los Cotswolds

(Un texto de Becky Mumby-Croft leído en omio.es el 1 de diciembre de 2021)

Lleno de pueblos pintorescos, esta preciosa zona del sur de Inglaterra es un refugio incluso en invierno.

Con sus ondulantes y verdes colinas y sus encantadores pueblos pastorales, los Cotswolds, entre Oxford y Cirencester, están clasificados como «Área de Belleza Sobresaliente» por el gobierno británico. Esta pintoresca región es un famoso refugio para algunas de las mayores celebridades del Reino Unido, como Kate Moss o los Beckham. Durante el verano, los Cotswolds son un destino popular tanto para los amantes de la naturaleza como para los que tienen alma de paparazzi. Puede que el tiempo sea peor en invierno, pero la zona es igual de bonita. Estos son nuestros lugares favoritos más acogedores para ir cuando pare de llover.

Conocida como «la puerta de entrada a los Cotswolds», Burford está a sólo 25 minutos en coche de Oxford y es todo un jardín del edén junto a la A40. El Centro de Jardinería de Burford lleva vendiendo plantas desde 1975 y es un destino popular para los lugareños, incluso durante el invierno. Con sus invernaderos de madera de época, una visita aquí es como estar dentro de un terrario. 

Una vez que hayas explorado el follaje (que abarca desde helechos locales hasta plantas tropicales) visita la galería de arte para descubrir piezas locales llamativas pero asequibles. Termina tu visita con una copa en la cafetería, que cuenta con espejos vintage y mobiliario shabby chic. En ocasiones, famosos chefs como Yotam Ottolenghi organizan cenas aquí.

A poca distancia de Burford se encuentra el encantador Woodstock, un pueblo creado por el rey Enrique II, que se retiró aquí para reunirse con Rosamund Clifford, su amante de la época. A tiro de piedra de la plaza del mercado del pueblo se encuentra el majestuoso Palacio de Blenheim, sede de los duques de Marlborough y lugar de nacimiento de Winston Churchill. El edificio barroco y los amplios terrenos (creados por Henry Wise y Achille Duchêne) datan de 1704 y están clasificados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

 

Blenheim cuenta con interiores dorados y obras de Delacroix. Las 2.000 hectáreas de jardines formales y parques permiten pasar horas recorriendo los puentes y admirando la flora. Al igual que otras costosas fincas aristocráticas, Blenheim ha servido de plató para películas como La joven Victoria, con Emily Blunt, o Harry Potter y la Orden del Fénix. 

 

Cuando hayas visto todo Blenheim, vuelve a The Feathers, un hotel boutique de Woodstock, para tomar una copa en el Gin Bar, que en su día ostentó el récord de tener el mayor número de ginebras del mundo: 400, por si alguien pregunta. 

Para los que prefieren pasar el tiempo acurrucados con un buen libro en lugar de una copa, una visita a Jaffé y Neale, en Chipping Norton, es fundamental. 

Esta librería independiente lleva abierta al público desde 2006. Repartidos en tres plantas de una antigua casa de piedra, Jaffé y Neale cuentan con cientos de tomos que van desde la poesía hasta la ciencia ficción. Los propietarios, Polly y Patrick, organizan regularmente eventos y charlas con los autores visitantes. Escúchales leer sus obras mientras saboreas una tarta Clementine casera sin gluten. 

¿Buscas algo un poco más indulgente? Entonces, una visita a Wild Rabbit, en Kingham, te vendrá como anillo al dedo. El Wild Rabbit, propiedad de la finca Daylesford, una de las granjas ecológicas más sostenibles del Reino Unido, es un establecimiento de alta cocina y hotel. El interior del restaurante es tan moderno como sus versiones de los clásicos británicos, como el Wellington de venado, con ingredientes de temporada de origen local. Para una visita más discreta, visita su relajante bar, donde podrás acurrucarte en uno de los sillones de ante marrón junto a la chimenea de doble cara (quizá con un libro comprado en Jaffé y Neale).

Un viaje a los Cotswolds no está completo sin una parada en Bourton-on-the-Water, uno de los pueblos más idílicos de la zona. Dividido en dos por el poco profundo río Windrush, los visitantes acuden aquí por sus puentes de poca altura y sus casitas jacobinas y georgianas de piedra arenisca, que desprenden un brillo de miel cuando les da el sol.

La posada Mousetrap de Bourton es el lugar ideal para conocer a los amables lugareños y tomar una o dos pintas. La cena del domingo es especialmente deliciosa, con ricos guisos de carne y verduras asadas. Acomódate bajo las vigas de madera que cuelgan a baja altura y deja que el sonido del fuego crepitante le inunden. Pronto olvidarás el clima invernal del exterior. 

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sábado, abril 18

“Revolución”: Geometría del caos y la violencia

(La columna de Arturo Pérez Reverte en el XLSemanal del 25 de septiembre de 2022)

Las novelas, o al menos las mías, no se escriben en uno o dos años, ni siquiera en más. A menudo tardan una vida en gestarse; y la escritura física, o sea, ponerlas sobre el papel o la pantalla del ordenador, sólo es la parte final de un complicado proceso. En términos generales, según su capacidad narrativa y su talento, un novelista escribe con lo que imagina, con lo que ha leído y con lo que ha vivido. Quien no trabaja con esos materiales, o miente, o no son suyos y debe robarlos a otros. Un escritor de relatos más o menos extensos –me refiero al profesional, no a quien lo hace de forma casual o esporádica– vive con un mundo complejo de historias que lo acompañan y fraguan mientras crecen y se transforman. Ésa es su seña de identidad. Algunas de tales historias llegan a buen término y acaban por ser escritas con más o menos fortuna. Otras desaparecen, cambian con el tiempo o no llegan a ser escritas jamás y mueren con quien las imaginó.

Acabo de terminar una novela de las que acompañan desde niño, antes incluso de tener intención de escribirlas algún día. Es una historia que trata de un hombre joven, tres mujeres, una revolución y un tesoro. Durante el último año y medio ocupó la mayor parte de mi vida, mi trabajo y mis pensamientos; y sin embargo, es una historia cuya base real, la que acabaría conectando el suceso originario con mi propia vida, empezó hace más de un siglo. Quizá sea útil para alguien que les cuente cómo ocurrió. Tal vez ayude a comprender cómo nacen ciertas historias.

Uno de mis bisabuelos era ingeniero de minas. Con el tiempo trabajó en Linares, donde nació mi abuela, y luego se trasladó a Cartagena para ocuparse de otras explotaciones mineras. Nunca viajó a América, pero sí lo hizo un compañero suyo, íntimo amigo desde que estudiaron juntos en la escuela de ingenieros de minas de Madrid. Al amigo lo destinaron a México para trabajar en el norte del país, y allí estaba cuando estalló el primer episodio de la que sería la larga y sangrienta revolución mexicana. Durante un par de años, el amigo de mi bisabuelo le escribió cartas en las que narraba los sucesos de los que era testigo. Esas cartas, leídas y comentadas después en mi familia, me acostumbraron a palabras como revolución y nombres como Zapata y Pancho Villa. Siempre les presté, desde entonces, atención especial. Cuando mucho más tarde empecé a viajar a México visité lugares, compré libros y hablé con ancianos que habían vivido aquella época. Y así, poco a poco, sin más intención que conocer mejor las historias que mi abuela me contaba, acabé reuniendo abundante material sobre el asunto.

Un día, como siempre ocurre, la novela, o la posibilidad de escribirla, se concretó del modo con que ocurren estas cosas. Vi clara una historia que contar y consideré que era momento adecuado. Y fue ahí donde la memoria infantil, lo leído y la vida vivida, o la mirada que esa vida dejó al novelista que ahora soy, se mezclaron de modo conveniente. Había un elemento que vertebraba el relato: el proceso de iniciación, el descubrimiento asombroso de la extraña geometría del caos y la violencia. Un peligroso recorrido, en plena revolución mexicana y en contacto con quienes la hicieron, que lleva a un joven ingeniero, cuya formación es más técnica que cultural o literaria, a intuir primero, y confirmar después, las reglas implacables que rigen el cosmos, la naturaleza, la vida y la muerte. La guerra, en fin. El horror, el amor, la lealtad, la condición humana en lo mejor y lo peor, como aprendizaje. Como fría escuela de lucidez.

En todo eso, como el novelista que soy, hice trampas. Metí en la baraja cartas que conocía bien. No es una historia por completo real ni por completo imaginada, pero hay algo que la recorre por debajo, de principio a fin, que extraje de mi propia mirada. Mientras escribía esta aventura, casualmente al principio y luego de modo deliberado utilicé recuerdos personales, parte de mi propia juventud, para dar espesor narrativo al personaje protagonista, el joven cuya inocencia original se transforma en los años revolucionarios hasta convertirlo en alguien diferente al del punto de partida: el ingeniero de minas que el 8 de mayo de 1911 escucha un disparo lejano que cambiará su vida y su mundo para siempre. Es cierto que casi ninguna de mis novelas –excepto tal vez El pintor de batallas y Territorio comanche– es autobiográfica, pues todo, incluso la realidad más concreta, acaba diluyéndose en la ficción literaria, como debe ser. Pero también es cierto que hay novelas más autobiográficas que otras. En este caso, el protagonista de Revolución mira el mundo como a los veinte años lo miraba yo. Y hay lugares de los que nunca se regresa del todo.

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viernes, abril 17

Groucho Marx, la otra cara del rey del ‘zasca’

(Un texto de Fátima Uribarri en el XLSemanal del 9 de octubre de 2020 (creo))

Fue un genio del humor, pero la 'adicción' a su propio ingenio le generó grandes enemistades: era impertinente con todo el mundo. Cuando se cumplen 130 años de su nacimiento, repasamos la vida del hombre que hizo del insulto un arte.

Se corrió la voz entre el público de que una mula se había escapado y coceaba desbocada por las calles de Nacogdoches, un pueblecito de Texas. Todos se levantaron y salieron del local —un teatrillo pequeño y cutre— a ver qué pasaba con la mula. «Éramos tan pésimos que fueron a ver algo más animado», explica Groucho Marx en sus memorias Groucho y yo. Pero ese desplante les sentó fatal a los hermanos Marx. «Estábamos acostumbrados a los abucheos e insultos, pero eso nos puso furiosos», cuenta Groucho. Así que, cuando el público regresó a la sala, Groucho improvisó; jugó con el nombre, del pueblo, Nacogdoches, y con la palabra cockcroach (‘cucaracha’) y llamó 'cucarachas' a aquella gente, y «en el colmo del insulto —cuenta Groucho— los llamé ‘malditos yanquis'».

La reacción del público fue sorprendente: estallaron en carcajadas. A partir de esa actuación de 1914, los hermanos Marx cantaron menos y trabajaron más las bromas, las frases ingeniosas, los juegos de palabras y las improvisaciones en sus actuaciones en teatrillos del Sur y Medio Oeste de Estados Unidos.

A partir de entonces, la lengua afilada de Groucho no dejó de lanzar pullas ocurrentes, dardos precisos —y a menudo hirientes—, observaciones geniales e incisivas, comentarios corrosivos, chistes, bromas... Buscaba la risa de los demás y se hizo tan adicto a las carcajadas que a menudo despertaban sus comentarios agudos y no siempre amables que las impertinencias se convirtieron en parte importante de su manera de ser. Y le trajeron problemas en su vida: su familia y sus amigos se cansaban de sus bromas pesadas y de sus 'zascas' mordaces.

Groucho habla de ello en sus memorias. Le dedica un capítulo entero titulado Meteduras de pata. Reconoce que lo que él denomina «un impulso nervioso, un reflejo automático o únicamente una perversidad básica» le ha traído muchos problemas. «Tal vez un psicólogo lo describiría como enfermedad de la Metedura de Pata», dice. Y él mismo cuenta unos cuantos ejemplos.

 

A Greta Garbo le dijo en un ascensor que la había confundido con «un sujeto a quien conocí en Kansas City». Ella, que vestía pantalones y chaqueta de estilo masculino, se molestó. «Esta es la explicación de por qué Greta Garbo no apareció en ninguna de las películas de los hermanos Marx», explica Groucho.

De sus insolencias procede su apodo: grouch es 'gruñón' en inglés. Se llamaba Julius Henry Marx, nació en Nueva York en 1890 —se cumplen ahora 130 años— y se crío en una bulliciosa casa de locos. Sus padres eran inmigrantes judíos, Samuel Marx (procedente de Alsacia-Lorena) era un sastre poco hábil con la aguja y el dedal, pero un gran cocinero; él era el amo de casa, mientras que su mujer, Minnie, se ocupaba de que sus hijos se convirtieran en artistas de éxito.

Aquel piso era como el camarote de los hermanos Marx. Con ellos vivían los padres de Minnie, que solo hablaban alemán (él, ventrílocuo y ella, cantante e intérprete de arpa), y los cinco hijos. Leonard era el mayor, luego lo apodaron Chico por su pasión por las chicas. Lo seguía Adolf, que se cambió el nombre a Arthur por la guerra con Alemania y que luego se convirtió en Harpo porque tocaba el arpa: era un genio para la música; y no era mudo. El tercer hijo es Julius Henry, que pasó a ser Groucho. El cuarto, Milton, apodado Gummo porque usaba zapatos de goma y que pronto prefirió ser agente teatral a ser artista. El pequeño era Herbert y lo llamaban Zeppo, derivado de Zippo, un mono que hacía números cómicos.

Con 15 años, Groucho contestó a un anuncio del periódico para un espectáculo, hizo una prueba... y comenzó su carrera artística. Él cantaba, otro chico bailaba y el jefe (un bribón que los dejó tirados en la primera parada de la gira) actuaba.

 

Enseguida, Minnie entró en acción y fue consiguiendo actuaciones y añadiendo familiares a la troupe: Chico, por ejemplo, que era un loco de los billares, las apuestas y los dados, tocaba muy bien el piano. El grupo creció y llegó a llamarse Las Seis Mascotas. Como Minnie era una mujer despierta (durante la Primera Guerra Mundial compró un terrenito para criar aves, declaró que eran granjeros y evitó así el servicio militar de sus hijos) se dio cuenta de que ella y Hannah sobraban. Quedaron cuatro y se llamaron Los Cuatro Ruiseñores, y continuaron sus giras y andanzas con números en los que siempre había música. Hasta la célebre noche de Nacogdoches y, entonces, las bromas fueron ganando protagonismo.

Gummo se desenganchó del grupo, se sumó Zeppo y cada vez les iba mejor en el vodevil. Los hermanos tomaron sus apodos y atavíos. Groucho hacía improvisaciones sobre temas de actualidad; salía al escenario vestido con una levita, encorvado, con unos andares extraños, a grandes zancadas medio agachado, con gafas y un bigote y cejas postizas. En una ocasión llegó tarde y por las prisas, en vez de colocarse los postizos, se los pintó con betún y eso volvió a hacer durante 30 años. El puro lo utilizó porque así podía fumar mientras actuaba y, además, según contó él, dar una calada era perfecto para hacer una pausa cuando no recordaba su parte del guion.

Los hermanos Marx llegaron a Broadway. Triunfaron con la revista I’ll say she is, en 1924. Y se pasaron al cine. En pocos años llegó el éxito. Sopa de ganso, de 1933, no fue de las más taquilleras, pero es una de las cien películas más importantes de la historia según el Instituto Americano de cine.

A Groucho le encantó ganar tanto dinero. El dinero le importaba mucho. «El dinero es magnífico, tranquilizador y reconfortante», decía. Le daba miedo dejar de tenerlo. «En lo más profundo de mi ser siempre he sido un gallina», confesó.

Y lo perdió. El crack bursátil de 1929 se llevó 240.000 dólares suyos, sus ahorros. El insomnio de aquellos días se quedó con él de por vida. «Soy una lechuza profesional desde 1929», dijo él. Aquello fue una maldición para sus amigos porque a veces, en las noches en las que no podía dormir, los llamaba por teléfono para combatir el aburrimiento, les soltaba una perorata disparatada y solía añadir «soy Groucho. ¿Cómo estás? Como si realmente me importara». Y luego colgaba. Se comprende que se molestaran.

Tanto 'zasca' agotó la paciencia de la gente. No dejó de dar pullazos ni en su boda con su primera mujer, Ruth Johnson. La ceremonia fue una escena de película de los hermanos Marx, con Chico y Harpo de acá para allá cargando macetas y Groucho 'regañando' al oficiante. El matrimonio con Ruth duró 21 años. Tuvieron dos hijos: Arthur y Miriam. Groucho se volvió a casar dos veces más y tuvo otra hija, Melinda.

Fue muy mujeriego, en la realidad y en la pantalla. En varias de sus cintas perseguía a una señora millonaria, personaje interpretado por Margaret Dumont, a quien soltaba en la vida real las mismas frescas poco caballerosas que en las películas. Le decía cosas menos amables que su famoso «¿quiere casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta».

La última mujer en su vida fue Erin Fleming, que fue su joven secretaria y su pareja. A sus hijos les pareció que se aprovechaba de él y la cosa acabó en los tribunales: su hijo Arthur lo inhabilitó y logró que un juez apartara a la chica —51 años más joven que Groucho— de las finanzas del cómico.

Arthur Marx contó muchas cosas de su padre en el libro Mi vida con Groucho; por ejemplo, que cuando iba a un restaurante caro de Hollywood aparcaba lejos para ahorrar unos dólares en parquímetro. Pero también el hijo de Groucho dijo que su padre era mucho más tierno de lo que aparentaba: «Era un sentimental, pero preferiría morirse antes de que nadie lo supiera», explicó.

Lo que era desde luego es surrealista e imprevisible. La siguiente anécdota lo ilustra bien. Los hermanos Marx se habían pasado a la Warner Bros. Llevaban más de dos horas esperando al productor Irving Thalberg en su despacho. Cuando por fin este jefazo entró, se encontró a Groucho, Chico y Harpo desnudos asando marshmallows en la chimenea.

LA VERDAD SOBRE SU SUPUESTO EPITAFIO

A pesar de este extraño encuentro, la alianza entre los Marx y Thalberg dio buenos frutos. Los hermanos Marx filmaron Una noche en la ópera (1935), Un día en las carreras (1937), Una tarde en el circo (1939)... Pero se cansaron. Hicieron algunas películas más sobre todo porque Chico nadaba en deudas de juego. En 1949 rodaron Amor en conserva, en la que participó Marilyn Monroe. Luego se dispersaron. Groucho se centró en el programa Apueste su vida: primero, en la radio y, luego, en la televisión. Lo dejó en 1960 y se dedicó a escribir libros y recibir homenajes. En 1974 recibió un Oscar honorífico. Y en 1977 el hombre del sempiterno puro murió de neumonía.

No es verdad que su epitafio sea «perdonen que no me levante». Sobre el texto que debía acompañar a su tumba dijo: «Cuando muera quiero que me incineren y que el diez por ciento de mis cenizas sean vertidas sobre mi representante». En su lápida, en Los Ángeles, solo figura su nombre.

Fue un grande del humor y del cine. Pero no fue un tipo fácil. Se convirtió en un esclavo de su chispa. Su buen amigo el compositor Harry Ruby lo exculpaba: «No quiere ser insultante; para él es una noción involuntaria, como una neurosis compulsiva», dijo. El propio Groucho admitió que «mi problema es que no puedo soportar que nadie más tenga la última palabra».

 

LÍOS DE FALDAS. «El matrimonio es la primera causa de divorcio» es una de sus máximas memorables. Groucho se casó tres veces. Tuvo dos hijos con Ruth Johnson -su primera mujer- y una hija, Melinda, con la segunda. Su último amor fue su secretaria, Erin Fleming, 51 años más joven que él y a quien sus hijos acusaron de intentar quedarse con su dinero. Acabaron en los tribunales.

 

FAMILIA DE MÚSICOS. En el piso de Nueva York donde se crío Groucho vivían sus padres, los cinco hijos, los abuelos y una prima. Era una familia muy artística y musical: el abuelo era ventrílocuo, la abuela y Harpo tocaban el arpa, Chico era muy bueno al piano y Groucho comenzó cantando.

 

DESPEDIDA CON MARILYN. En 1949, los hermanos Marx filmaron su última película en la que aparecían juntos, Amor en conserva, en la que actuaba Marilyn Monroe. Ella aparecía supersexy y le pedía ayuda a Groucho -que hacía el papel de detective- porque la perseguían unos hombres. Groucho subía las cejas y decía: «No puedo comprender por qué».

ARTISTA PRECOZ. Groucho era el tercero de cinco hermanos. Subió a un escenario a los 15 años y le gustó: «Tuve la sensación de que, por primera vez en la vida, no era un cero a la izquierda», dice en sus memorias.

CON CLASE HASTA EL FINAL. Cuando murió, el 19 de agosto de 1977, The New York Times escribió en su obituario: «Convirtió el insulto en una forma de arte». Con 86 años, en una entrevista, recibió al fotógrafo vestido con una camiseta de Mickey y la gorra. «Tengo la intención de vivir para siempre o morir en el intento», dijo.

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