(Un texto de David
Barrado Navascués en bbvaopenmind.com leído el 27 de octubre de 2014)
La palabra revolución tiene múltiples
significados. Hoy en día se suele usar en sentido devaluado, para
indicar un cambio relativamente substancial, aunque no
necesariamente radical, en nuestro comportamiento, ya sea en el
campo social, económico, tecnológico o cultural. Sin embargo, las
verdaderas revoluciones si existen y tienen (o han tenido) una
extraordinaria importancia en distintos ámbitos. Algunas,
políticas y económicas, tienen un impacto directo, en ocasiones
con un tremendo coste humano. Otras, culturales y tecnológicas,
son más sutiles, y sus efectos se observan a más largo plazo. Los
soportes que usamos, y la tecnología asociada a los mismos,
para transmitir ese extraño fenómeno que llamamos cultura tienen
también consecuencias sobre qué permanece y durante cuánto
tiempo.
En realidad, la cultura, entendida como la transmisión
de información por aprendizaje, no es un fenómeno
estrictamente humano. Chimpancés y bonobos, entre otros antropoides, poseen
ejemplos bastante sofisticados, que difieren de un grupo a otro.
Nuestros primos transmiten sus conocimientos por
imitación, mostrando a los más jóvenes, por ejemplo,
cómo usar una delgada rama para atrapar a las hormigas ocultas en
su guarida. Pero es en los humanos en los que la cultura alcanza
su plena madurez, ya que el conocimiento no solo se limita a
técnicas de supervivencia, sino que va más allá, a la satisfacción
de necesidades puramente intelectuales.
Las sociedades humanas más primitivas utilizan técnicas
orales. Narran hechos y lecciones; describen procesos.
Las palabras y el ejemplo dominan. Por supuesto, no es privativo
de aquéllas. Los cuentos que aun perduran en las sociedades más
desarrolladas cumplen funciones semejantes. Además, desde
el hombre de Cro-Magnon, utilizamos representaciones pictóricas
y esculturas.
Los primeros registros culturales permanentes que se conocen, sin
tener en cuenta las pinturas rupestres, son probablemente las tablillas
sumerias, a finales del tercer milenio antes de nuestra
era. La mayor parte de ellas, y las correspondientes a
sociedades posteriores, realizados en escritura
cuneiforme, son registros económicos: transacciones
comerciales, pago de impuestos, censos, existencias en almacenes,
etc. Afortunadamente, también contienen las primeras expresiones
literarias, como es el caso de las vicisitudes de
Gilgamesh, probablemente la primera epopeya que ha
llegado hasta nosotros. O los registros astronómicos
de eventos tales como eclipses, de vital importancia para datar
diferentes sucesos históricos.
Una significativa porción del material escrito en Sumeria y las culturas
herederas como Babilonia y Asiria, a pesar de la
dureza de su soporte, no sobrevivió a las invasiones posteriores
de persas y helenos, al cambio de civilización. Sin embargo, gran
cantidad de almacenes de tabillas existen en las antiguas urbes
de Mesopotamia, el país entre los dos ríos, en el
actual Irak. Desafortunadamente, ésta es una región muy castigada
por la historia. Y los conflictos actuales, junto a la devastadora
capacidad destructiva del arsenal moderno, han podido causar un
daño irreparable a los asentamientos o tell,
montículos artificiales que indican la presencia de antiguos
núcleos urbanos, aun no excavados.
En las orillas del mítico Nilo, Egipto desarrolló el papiro,
y los rollos de este material, extremadamente frágil, fueron
utilizados profusamente durante la Antigüedad, especialmente por
las sociedades helénicas y por el mundo romano. Las
grandes bibliotecas del periodo helenístico y del
imperio, desde Pérgamo hasta Alejandría,
contenían miles de rollos que incluían gran parte de la sabiduría
mediterránea, desde las tragedias griegas a las reflexiones
filosóficas del emperador Marco Aurelio. Desgraciadamente, los
accidentes, los desastres naturales, los incendios deliberados,
los saqueos o el mismo paso del tiempo, han sido la causa de que
gran parte de nuestra herencia cultural haya desaparecido.
Aproximadamente en el siglo III de nuestra era hace su aparición
el códice, un conjunto , un conjunto de
pergaminos o pieles tratadas y cortadas de manera regular, cosidas
por un lado y protegidas por una encuadernación. Tal vez la
invención provenga de lo que es ahora Irán. Sin embargo su uso no
se generalizará en el mundo grecolatino y en sus herederos
(Bizancio en el este, los reinos germánicos en el Oeste) hasta
varios siglos después. En las condiciones adecuadas, un códice
resiste moderadamente bien el paso del tiempo, y de hecho puede
ser reutilizado varias veces, borrando, aparentemente, el
contenido anterior. En realidad un pergamino así tratado conserva
restos de la escritura primigenia y con las técnicas adecuadas se
puede recuperar ese contenido. Es lo que se denomina palimpsesto.
Existen códices con más de mil años de antigüedad, algunos de
ellos con dos, tres y aun cuatro textos superpuestos. Son pequeños
universos culturales e históricos, grandes joyas que nos quedan
del pasado casi perdido.
Los principales enemigos de un códice (y de un palimpsesto), que
favorece el desarrollo de bacterias y hongos que se comen este
material orgánico, el fuego y, como no, el propio hombre. Grandes
bibliotecas de la Edad Media o manuscritos irrepetibles han sido
destruidos a lo largo de este milenio. Por cruzados, y el saqueo
de Constantinopla en 1204 es buen ejemplo de
ello; por la acción de poderes ideológicos y sus brazos, como es
el caso de la Inquisición, institución nacida en
Francia en el siglo XII y ‘perfeccionada’ en España e Italia; por
las guerras religiosas entre reformistas y católicos de los siglos
XVI y XVII; por la propia desidia del propietario o bibliotecario
responsable, al perder actualidad el contenido del manuscrito; o,
sobre todo, por el desastroso siglo XX, con sus revoluciones,
éxodos, genocidios y expolios. Y es que la mayor parte del
patrimonio de la humanidad ha sido destruido durante esta
malhadada centuria. Lamentablemente, tampoco se puede afirmar que
el comienzo del siglo XXI sea mucho mejor.
Un palimpsesto
es una página de un libro, generalmente de pergamino, que es
borrada y reutilizada. Este manuscrito fue encontrado en un
monasterio en Constantinopla en 1906 y varias obras de Arquímedes
fueron identificadas en él. Recientemente se ha vuelto a procesar.
Se pueden discernir los dos textos: el original del siracusano,
correspondiente a una copia del siglo X, y un libro de oraciones,
superpuesto sobre él, escrito unos 300 años después. Obviamente
el amanuense que escribió el contenido religioso no apreciaba los
trabajos desarrollados por el científico griego del siglo III. En
la imagen de la derecha el texto de Arquímedes se puede leer con
gran facilidad y las figuras resaltan por su nitidez, de manera
que varios nuevos tratados han podido ser recuperados.
La aparición del papel y, posteriormente, la imprenta de
tipos movibles en el siglo XV supusieron una nueva
revolución, posibilitando la creación y supervivencia de un mayor
numero de fenómenos culturales: ciencia, literatura, filosofía,
historia, registros nacionales, económicos, entre otros.
Finalmente, durante los últimos decenios, hemos asistido a una
verdadera explosión exponencial. Los nuevos formatos
digitales, y la aparición de internet, prácticamente
nos dan una capacidad ilimitada a cada ser humano, al menos a la
población que puede acceder a las nuevas técnicas. Tanto para
disponer de la información, como para almacenar, crear nuestro
propio material o distribuirlo. La digitalización masiva de
archivos, su catalogación y su uso remoto en la red probablemente
contribuirá enormemente a la preservación y difusión de
contenidos que se creían perdidos.
En todos estos cambios de soporte cultural, algunos de ellos
producto de verdaderas revoluciones o causantes de las mismas, hay
material que se pierde. No todos los registros escritos
en tablillas pasaron a papiro, ya que no había razón para que
fueran transcritos, al tener sentido solo en un momento
especifico, en un contexto político y cultural determinado.
Desafortunadamente, no todos los volúmenes de papiros fueron
volcados a códices, entre otras razones por sesgos culturales y no
todos éstos terminaron por pasar por la imprenta antes de
desaparecer.
Existen unos importantes componentes ideológicos e
históricos en el cambio de soporte, en lo que es
seleccionado y lo que es desechado, siendo condenado a la
desaparición. Un ejemplo lo proporciona, nuevamente, la aparición
y la utilización del códice. Para cuando la difusión se
generaliza, la civilización alrededor había cambiado
completamente, así como sus valores religiosos y sus referentes
culturales. No eran ya olímpicos los dioses que imponían respeto,
ni eran las disquisiciones de platónicos o epicúreos las que
despertaban admiración. Jesús de Nazaret, tanto en la visión de la
jerarquía romana como en su versión ortodoxa, dominaba. El escriba
que copiaba textos de un pergamino que decaía a un nuevo códice,
tanto en el monasterio como en las dependencias palaciegas de
Constantinopla, lo hizo por motivos específicos: obras de Platón
utilizadas por Agustín de Hippo o Hipona, actas de concilios
ecuménicos, o historias imperiales que proporcionasen legitimidad
al gobierno, al trazar una continuidad desde la Roma republicana
hasta ese momento.
Sí, existe una selección. De manera general se ha traducido en
que las obras literarias e históricas de la Antigüedad,
aunque solo una pequeña parte de los mismos, nos ha
llegado vía Bizancio; mientras que la
filosofía y la ciencia nos ha alcanzado por las traducciones
árabes, y una parte significativa por las dos
escuelas de traductores de Toledo. Esto es debido a que
ambas civilizaciones, cristiana y musulmana, han hecho uso de esas
realidades culturales del mundo clásico para sus propios fines.
Nuevamente nos encontramos ahora en una encrucijada, tal vez más
importante por el ingente volumen de material cultural que se
crea, y por la posibilidad real de ser sepultados en lo que se
podría denominar «ruido cultural», un excesivo volumen de
productos sin valor, sin originalidad, los análogos a
las tablillas sumerias que detallan las existencias de almacenes.
Los astrónomos llevamos tiempo enfrentados a
este problema, e iniciativas como la del Observatorio Virtual
tratan de dar respuesta al problema de almacenamiento, acceso y
análisis de grandísimas cantidades de datos. Pero el problema de
la cultura es mucho más general, y mucho más vasto. Por otra
parte, el ingente volumen de obras e información de todo tipo que
se produce cada año implica un problema adicional: la
accesibilidad de toda y nada más que toda la información
relevante. Esto es, la dificultad de acceder a los datos u obra
requerida debido a que se encuentran literalmente sepultados por
numerosas capas de textos similares, pero que en realidad no
añaden valor o responden al problema. Un sencillo ejemplo basta
para ilustrar este problema: una simple pregunta en un buscador de
internet puede producir centenares o incluso millones de páginas,
cuya prioridad ha sido generada por unos criterios que no siempre
son los más adecuados e incluso pueden ser completamente erróneos.
Las respuestas concretas a cuestiones específicas no son siempre
accesibles.
¿Cómo almacenar nuestra cultura, cómo transferirla a
nuevos formatos, garantizando que nada de interés se pierda?
¿Deberíamos crear bancos culturales, nuevas bibliotecas de
Alejandría, como impulsa Naciones Unidas? Y, sobre todo, ¿quién
debe realizar la selección y con qué criterios? Yo no me siento
capaz, no me atrevería, ante la posibilidad de, inadvertidamente,
sacrificar una Iliada.
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