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...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

martes, febrero 10

Goasslschnalzen

Oí nombrar por primera vez este ¿deporte?¿tradición?¿actividad? en una serie que transcurre en un pueblo de Baviera. Parece ser una forma de música donde la melodía se basa en chasquidos de látigo a modo de instrumento de percusión.

Según google y chatgpt, el Goasslschnalzen es una tradición popular alpina originaria de la región de Salzburgo y zonas cercanas de Austria y Baviera, que consiste en hacer chasquear rítmicamente un látigo largo llamado Goaßl, generalmente en grupo y siguiendo patrones coordinados, casi como una forma de música. Tiene su origen en el mundo rural, donde estos chasquidos se usaban para dirigir al ganado y comunicarse a distancia. 

Se considera un rito de fertilidad o para ahuyentar el invierno y se celebra en competiciones, valorando el ritmo y volumen 

El Aperschnalzen es una forma específica y ritual del Goasslschnalzen que se practica principalmente en invierno, durante el Adviento y el periodo navideño, sobre todo en la región del Flachgau; tradicionalmente se creía que sus fuertes chasquidos servían para ahuyentar a los malos espíritus del invierno y anunciar la llegada de la primavera, y hoy en día se mantiene como una costumbre cultural muy arraigada, con presentaciones y concursos organizados. 

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lunes, febrero 9

El misterio de la luna que se dividió en dos

 (Un artículo de Javier Yanes publicado el 18 de junio de 2018 en bbvaopenmind.com)

Una hora después de la puesta de sol del 18 de junio de 1178, al menos cinco hombres en el sur de Inglaterra dijeron haber presenciado un fenómeno inusual en el cielo. Según relataron al monje Gervasio, cronista de la abadía de Christ Church en Canterbury, el cuerno superior de la Luna creciente se dividió en dos. “Desde el punto medio de la división surgió una antorcha llameante, escupiendo a una considerable distancia fuego, carbones encendidos y chispas”, escribió Gervasio, añadiendo que la Luna “se retorcía como si tuviera ansiedad” y que “palpitaba como una serpiente herida”. Después de todo ello, el astro se tornó negruzco.

¿Qué fue lo que observaron aquellos hombres? La narración de Gervasio de Canterbury permaneció casi ignorada durante siglos, hasta que en 1976 fue redescubierta por Jack B. Hartung, geofísico de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. La aseveración del cronista de que los testigos habían jurado la veracidad del relato por su honor suscitó el interés de Hartung. Ello le llevó a publicar un estudio que parecía resolver el enigma histórico con una explicación tan fabulosa como el espectáculo que relató Gervasio.

Hartung se inclinó por la posibilidad de que el origen fuera un gran impacto sobre la superficie lunar. En la región donde Gervasio había situado el fenómeno se ubica un cráter de 22 kilómetros que lleva el nombre del filósofo y astrónomo italiano Giordano Bruno. Estudiando las imágenes en alta resolución tomadas en los años 1970 por las misiones del programa Apolo, Hartung pudo comprobar que las largas y brillantes marcas radiales producidas durante la formación del cráter aún no habían sido borradas por el polvo lunar que levantan los micrometeoritos, indicando que su origen era reciente y, por tanto, podía corresponderse con el fenómeno visto en 1178.

Un gran impacto o un meteorito

Hartung reconocía que la probabilidad era “extremadamente pequeña”, ya que solo existía una posibilidad entre mil de que un gran impacto semejante se hubiera producido a lo largo de la historia registrada de la humanidad. Sin embargo, su teoría recibía un espaldarazo dos años después por parte de los astrónomos Odile Calame y John Derral Mulholland, que analizaron nuevas imágenes recogidas por la sonda soviética Luna 24 para concluir que, si bien su estudio no podía probar la interpretación de Hartung, al menos los datos eran “consistentes con la hipótesis”.

No obstante, esto no implica que la teoría de Hartung fuera mayoritariamente aceptada. Ya en 1977, los especialistas en meteoritos Harvey Harlow Nininger y Glenn I. Huss cuestionaban la hipótesis, alegando que la formación del cráter de Giordano Bruno no habría provocado los fenómenos reportados por el monje. En su lugar, los dos expertos proponían otra explicación más plausible que el propio Hartung había mencionado en su estudio: la entrada de un meteorito en la atmósfera terrestre que casualmente quedaba en la línea visual de la Luna para los observadores desde el sur de Inglaterra.

Un cráter de más de un millón de años

De hecho, muchos expertos se han mostrado escépticos, ya que la juventud del cráter debe entenderse en tiempos geológicos. Según cuenta a OpenMind el astrónomo Tomokatsu Morota, quien en 2009 calculó una edad para el Giordano Bruno de entre 1 y 10 millones de años, la densidad de cráteres pequeños formados después sobre el material eyectado lleva a una conclusión: “no hay posibilidad de que se formara hace 800 años”. El cosmogeólogo Jörg Fritz, que en 2012 estimó la edad del cráter en más de un millón de años, añade otro dato: “podemos excluir que se formara hace 800 años, ya que todavía estaríamos expuestos a una lluvia de rocas lunares de un evento tan grande y raro”, dice a OpenMind. Asimismo y por efecto del impacto, “partes del cráter todavía mostrarían temperaturas elevadas, que no han detectado las misiones orbitales lunares”.

En 2001 el entonces estudiante de doctorado Paul Withers, de la Universidad de Arizona, puso cifras a esa lluvia de meteoritos lunares que habría caído sobre la Tierra si el cráter de Giordano Bruno se hubiera creado en 1178. En su estudio, el astrónomo detallaba que el cráter fue creado por el impacto de un asteroide de entre 1 y 3 kilómetros, lo que según estimaciones previas habría lanzado 10 millones de toneladas de material lunar en dirección a la Tierra.

Withers calculaba que esto debería haber provocado una intensa lluvia de meteoritos durante la semana siguiente a la colisión, semejante a la de las Leónidas en 1966, que produjo hasta 100.000 estrellas fugaces por hora. “¡Habría sido una visión espectacular!”, dijo Withers tras la publicación de su estudio. “Todo el mundo alrededor del planeta habría tenido la oportunidad de ver el mayor espectáculo de fuegos artificiales de la historia”.

¿Un enigma real o una fantasía?

Ninguna crónica de la época registra tal fenómeno, lo que llevó a Withers a concluir que la explicación más plausible es la defendida por Nininger y Huss. “Pienso que [los testigos] estaban en el lugar correcto en el momento justo para mirar al cielo y ver un meteoro que estaba directamente enfrente de la Luna, dirigiéndose hacia ellos”, apuntaba Withers. “Y fue un meteoro bastante espectacular que estalló en llamas en la atmósfera terrestre, silbando, burbujeando y chisporroteando. Si estabas en el área correcta de uno o dos kilómetros en la Tierra, tenías la geometría perfecta”.

Para Withers, esto explicaría por qué solo unas pocas personas habían presenciado la presunta anomalía lunar, que no era tal. A diferencia del asteroide que hace más de un millón de años talló en la superficie lunar el cráter de Giordano Bruno, el meteorito que pudo causar la ilusión óptica de 1178 sería de un tamaño lo suficientemente pequeño como para haber ardido en la atmósfera terrestre sin mayores consecuencias.

Así pues, ¿enigma solucionado? Quizá ni siquiera haya tal enigma: en su estudio, Withers apuntaba otro problema aún mayor, y es que el 18 de junio de 1178 la Luna creciente aún no debía ser visible desde Canterbury. El astrónomo señalaba que tal vez la fecha era incorrecta, pero en 2002 el historiador de la astronomía Peter Nockolds iba más allá al sugerir que la historia de Gervasio pudo ser una completa fantasía: aquel monje, argüía Nockolds, tenía por costumbre asociar extrañas apariciones celestiales a las victorias cristianas en las Cruzadas. La visión de la media luna rompiéndose en dos podía ser meramente una simbología propagandística sobre el triunfo de los cruzados contra el Islam. Probablemente nunca sabremos la verdad.

Historias de la Luna

Hace 4.500 millones de años

Tea, un protoplaneta del tamaño de Marte, colisiona con Gaia, la Tierra temprana, originando la Tierra actual y su satélite, la Luna.

15.000 a.C.

Los humanos del Paleolítico pintan en la cueva de Lascaux (Francia) el que se ha interpretado como el primer calendario lunar de la historia.

3.000 a.C.

Los humanos del Neolítico graban en una roca de la tumba megalítica de Knowth (Irlanda) el que se cree que podría ser el mapa de la geografía lunar más antiguo conocido.

Siglo I-II

El escritor griego Plutarco escribe De facie quae in orbe lunae apparet, “Sobre la cara que aparece en la faz de la Luna”. El autor especula que las sombras en la Luna corresponden a ríos y valles, y que el astro podría estar habitado.

Siglo II

El griego Luciano de Samósata escribe Historia verdadera, una novela satírica que incluye el relato de un viaje a la Luna y un encuentro con sus habitantes. Muchos la consideran la primera obra de ciencia ficción de la historia.

1178

El monje Gervasio de Canterbury relata un extraño fenómeno luminoso en la Luna. Se ha propuesto que fue un efecto óptico creado por el estallido de un meteorito en la atmósfera terrestre, pero la propia narración se ha puesto en duda.

1505

Leonardo da Vinci esboza el primer mapa de la Luna que se conserva en el período histórico de la humanidad.

1609

La invención del telescopio permite las primeras observaciones detalladas de la Luna. Aunque son famosos los dibujos elaborados por Galileo en este año, se le adelanta por unos meses el inglés Thomas Harriot.

1651

El jesuita y astrónomo Giovanni Battista Riccioli designa los principales accidentes geográficos de la Luna con nombres que se conservan hasta hoy.

1657

Se publica póstumamente Historia cómica de los estados e imperios de la Luna, del francés Cyrano de Bergerac. En esta novela satírica el autor viaja a la Luna en un cohete, encontrando allí personas de cuatro patas que poseen armas capaces de abatir la presa y cocinarla.

1865

El francés Jules Verne publica De la Tierra a la Luna, la primera novela que narra un viaje lunar con pretensión de realismo científico. Sin embargo, el lanzamiento de la nave con el cañón propuesto por Verne habría matado a sus ocupantes.

1953

El 15 de noviembre, el astrónomo aficionado Leon Stuart toma una fotografía de un extraño resplandor en la faz de la Luna. En 2003 la astrónoma de la NASA Bonnie Buratti propondría que el fenómeno observado por Stuart fue el impacto de un objeto que abrió un cráter de 1,5 kilómetros, provocando una explosión equivalente a 35 veces la bomba atómica de Hiroshima. De ser cierto, Stuart sería la única persona conocida que ha presenciado un impacto en la Luna.

1959

La sonda soviética Luna 1 es la primera en volar cerca de la Luna. El mismo año, Luna 2 se estrella en la superficie lunar y Luna 3 toma las primeras fotografías de la cara oculta del satélite.

1966

La soviética Luna 9 es el primer aparato en posarse suavemente en la Luna, mientras que su sucesora, Luna 10, es la primera en la órbita lunar. Las sondas Surveyor de la NASA logran también alunizajes suaves. En años posteriores, otras misiones rusas no tripuladas recogen muestras lunares y las traen de vuelta a la Tierra.

1968

Ante el avance de las naves rusas Zond de cara a una misión tripulada a la Luna, la NASA lanza en diciembre la Apolo 8, que se convierte en la primera nave en rodear el satélite con astronautas a bordo. Sus ocupantes toman la famosa fotografía Earthrise.

1969

El 21 de julio, Neil Armstrong y Buzz Aldrin a bordo del Apolo 11 son los primeros humanos en pisar la Luna, poniendo fin a la carrera espacial. En los tres años siguientes, EEUU logra posar en el satélite otras cinco misiones tripuladas.

2013

China logra posar en la Luna su misión Change 3 con el rover Yutu, siendo el primer alunizaje suave desde la soviética Luna 24 en 1976. Además de EEUU, Rusia y China, también la Agencia Europea del Espacio, India y Japón han enviado sondas a la órbita lunar. 

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domingo, febrero 8

El fútbol nos hace infelices, viva el fútbol

(Un artículo de Jesús Martínez en el suplemento Tercer Milenio del Heraldo de Aragón del 25 de junio de 2018) 

¿Cómo de felices nos hacen los resultados de los partidos? Que tu equipo pierda supone de media una pérdida de felicidad de 7,8 puntos, el doble respecto a la victoria.

El fútbol tiene su literatura y tiene su ciencia, y a veces parecen esforzarse por coincidir. Ahora que ha vuelto el Mundial, esto de Orwell, justo al acabar la II Gran Guerra: "Fútbol, un deporte en el que todo el mundo sale herido y cada nación tiene su propio estilo de juego que parece injusto a los extranjeros". También ahora un mucho más reciente estudio científico por investigadores de la Universidad de Sussex: “El fútbol es el deporte nacional de la mayoría del planeta. Este artículo examina cómo de felices nos hacen los resultados de los partidos (…) Encontramos que el fútbol, en promedio, nos hace infelices”.

Y la pregunta: ¿por qué pasar entonces por el dolor de seguir a un equipo de fútbol?

Los autores del artículo se dedican a la economía conductual, una rama que estudia los factores psicológicos, emocionales o sociales que afectan a la toma de decisiones con repercusión económica. Y vaya si el fútbol puede afectar a la economía. Tiempo atrás desarrollaron una app a la que llamaron Mappiness, una aplicación que usan hasta 32.000 personas del Reino Unido y que les pregunta de forma repetida y aleatoria por cómo se sienten y qué es lo que hacen en diversos momentos. Tras toda una serie de modelos y comprobaciones para minimizar errores y (hasta cierto punto inevitables) sesgos, estas son las conclusiones:

En promedio, la victoria del equipo al que se anima sube el porcentaje de felicidad 3,9 puntos en la hora siguiente al partido, diluyéndose a 1,3 y a 1,1 puntos a las dos y tres horas, respectivamente. Los porcentajes varían según el equipo sea más o menos favorito, según se espere más o menos la victoria, pero en cualquier caso se disparan si, en lugar de verlo por la televisión, se vive en el propio estadio: se disparan al punto de ser comparables con “la felicidad comunicada tras hacer el amor”.

Sin embargo, la derrota es mucho peor. Que tu equipo pierda supone de media una pérdida de felicidad de 7,8 puntos, el doble respecto a la victoria. Y se mantiene alrededor de 3 puntos a la hora y a las dos horas, manteniendo incluso un efecto resaca a la mañana siguiente, especialmente si el partido ha sido por la tarde-noche y entre semana.

¿Por qué entonces el éxito del fútbol? ¿Por qué la irracionalidad de una afición propensa a la infelicidad?

Igual tenía razón Nick Hornby cuando escribía en 'Fiebre en las gradas': “La verdad es así de simple: durante largos ratos de un día normal y corriente, soy un perfecto idiota”. Los autores del artículo desarrollan algo más las posibles explicaciones: podría ser que los seguidores de un equipo tiendan a sobreestimar sus posibilidades de victoria o que el estudio no recoja los beneficios de sentirse parte de un grupo, de pertenecer “a una tribu”.

Hay algo irracional en seguir a un equipo de fútbol: una lógica difusa en seguirlo solo por compartir origen (y puede haber además muchos equipos para escoger en el lugar de origen), por seguir la historia familiar o por ir precisamente contra la historia familiar. Más extraña aún si recordamos lo que decía Galeano (porque además parece llevar razón): “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”. Difícilmente explicable desde la racionalidad si resulta que además, y en conjunto, el fútbol resta felicidad.

Los autores del artículo recogen otra posibilidad tratando de explicarlo: la adicción. Podría resultar que ser hincha de un equipo de fútbol fuera, simplemente o al menos en parte, algo adictivo. Si hablamos del Mundial, ¿podría entenderse el patriotismo extremo como una forma de adicción? Juan Tallón, en El País: “Sin darte cuenta serás islandés, coreano, costarricense, portugués, quizás iraní. En un Mundial no conviene ser de aquí o de allí. Nadie debe conformarse con ser de su selección y punto. Menudo suicidio”.

Miren también cómo, en el New York Times, trata de escapar de ahí el argentino Caparrós, fan de nuestra descabezada selección: “Yo, en esta sencilla pero emotiva ceremonia, me constituyo en el hincha más ferviente de la banda ibérica: ojalá que así, improvisada, acéfala, gane y gane y gane. Si lo hiciera terminaría de demostrar que, para mis compatriotas españoles, los gobiernos son un mal (in)necesario.

Y entonces sí que temblaría la madre de todas las ficciones”.

Pero más allá (o más acá) de la adicción, los autores también mencionan otra posibilidad: el valor de la curiosidad. Dicen: “quizás también la respuesta esté en parte en el placer de anticipar el espectáculo de un partido de fútbol. Disfrutamos del desarrollo del drama y tenemos una curiosidad natural por ver cómo termina la historia”.

La pregunta era: ¿por qué pasar entonces por el dolor de seguir a un equipo de fútbol?

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sábado, febrero 7

La azucarera que dio sabor industrial a Zaragoza

(Un texto de Mariano Millán en el Heraldo de Aragón del 24 de junio de 2018)

La Azucarera Aragón fue un edifico que unió nostalgias mudéjares con la modernidad del siglo XIX. En la actualidad, lo que queda de esta manufactura es un refugio e impulso para emprendedores.

Hace 125 años que se construyó la primera fase de la Azucarera Aragón. Una factoría que durante estos 25 lustros ha experimentado ampliaciones, derrumbes, épocas de bonanzas, otras de abandono y reformas. La última, en 2010, una rehabilitación que convirtió lo que quedaba de esta industria del siglo XIX en Zaragoza Activa. En este ambiente de emprendimiento e innovación social, sito la calle Mas de las Matas de la capital aragonesa, se mantiene vivo el origen del edificio, al menos en una maceta.

La verdad es que a pesar de tener un vivero empresarial y un semillero de ideas hay pocos tiestos en Zaragoza Activa. En el rincón de un cuarto crece una remolacha. Cubierta por sus propias hojas gana cada día terreno a la tierra. Como ella, durante décadas llegaron a puertas de la Azucarera Aragón miles de toneladas, desde 1894 cuando se llevó a cabo la primera campaña productiva.

“Desde ese bloque de pisos hasta las chimeneas estaba la piscina donde los camiones descargaban las remolachas y se lavaban antes de introducirlas a las naves”, explica José María Rodrigo mientras señala uno de los edificios contiguos. Este oficial de mantenimiento de Zaragoza Activa conoce cada sillar y ladrillo del inmueble, además de su historia. La localización de este complejo, diseñado por el arquitecto vasco Luis Aladrén, según el Sistema de Información del Patrimonio Cultural Aragonés (SIPCA), da también cuenta de la situación del transporte durante el siglo XIX.

“Se ubicaba en un lugar clave, cerca del acceso a la Estación del Norte y del río Gállego”, señala el empleado municipal. Con su dedo índice dibuja sobre una antigua fotografía el trazado de las vías del tren, donde se adivinan muchas más fábricas entre los campos y torres que, como la Azucarera Aragón, buscaban una buena comunicación. “La mayor parte de estas fábricas tenían pequeñas estaciones o muelles para la carga y descarga”, añade Rodrigo. Esta no era la única azucarera.

“Muy cerca estaba la Azucarera del Gállego, más próxima al río del mismo nombre; la del Rabal, situada hacia la carretera de Huesca; y en la margen derecha del Ebro la del Pilar, entre el final de la calle de Predicadores y la actual plaza de Europa”, apunta José María. Según fotografías antiguas se puede descubrir que todos estos edificios compartían una personalidad industrial, edificada sobre vigas de hierro y sillares de piedra, que contrastaban con otras paredes de ladrillo.

Precisamente estos elementos heredados de la tradición mudéjar aragonesa se repiten a los pies de las chimeneas, colocados de forma geométrica. Esta referencia historicista combina con otras neorrenacentistas de las columnas de fundición, como se puede leer en la descripción técnica del Ayuntamiento de Zaragoza.

En la misma ficha municipal del edificio se indica que el conjunto estaba formado por el pabellón de entrada, compuesto por la portería y las oficinas, y el pabellón central, más grande que el primero. En este último estaban integradas las chimeneas, una de ellas de hasta 80 metros de altura. Las armaduras de las cubiertas de ambos pabellones tenían firma aragonesa, ya que algunas de ellas procedían de los talleres Mercier. Al contrario que las instalaciones mecánicas, ya que según dicho documento fueron obra de la casa alemana Braunsweigische Machinenban-Austal.

A los anteriores se les suman otras edificaciones anejas como almacenes, talleres o viviendas para los empleados. La mayoría de estos edificios no se conservan, sin embargo, detrás de un par de urbanizaciones llama la atención una casa de dos plantas que contrasta con el resto del barrio. Era la residencia del director, actualmente vallada por obras.

Su elegante pórtico permite imaginar la envergadura de La Azucarera Aragón, que cerró sus puertas definitivamente en 1966. “De momento no ha venido ningún antiguo empleado que explique detalles sobre el edificio, pero nos gustaría encontrar a alguien que hubiese trabajado en este lugar durante sus años de actividad”, desea José María Rodrigo. 

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viernes, febrero 6

¿Cómo se mueve una serpiente?

(Un texto de Miguel Barral en bbvaopenmind.com leído el 19 de febrero de 2018)

El diccionario define “serpentear” como “moverse o extenderse formando curvas y vueltas (como una serpiente)”. Una definición bastante ambigua si se tiene en cuenta que las serpientes exhiben hasta cuatro mecanismos (o tipos) distintos de desplazamiento:

  • Serpentín o serpentino: El más característico y el que las capacita para desplazarse a mayor velocidad. La serpiente avanza como una onda, mediante un movimiento sinusoidal de su cuerpo.
  • Concertina o acordeón: la serpiente forma volutas o vueltas con su cuerpo que contrae y expande sucesivamente a modo de muelle o acordeón avanzando desde un  punto de anclaje o impulso al siguiente.
  • Desplazamiento lateral o de costado: propio de las especies que habitan el desierto (y en particular de la víbora del desierto). La serpiente forma ondas verticales para minimizar las zonas de contacto con la abrasadora superficie y de esta guisa se desplaza lateralmente.
  • Rectilíneo: este mecanismo acaba de ser desentrañado y es el único que no se ajusta a la definición inicial, dado que la serpiente se arrastra en línea recta, con su cuerpo estirado. Es propio de las especies más grandes y voluminosas ya que les permite acceder a las estrechas madrigueras de sus potenciales presas.

[...]

[El movimiento] rectilíneo fue descrito y examinado por vez primera por el herpetólogo H. W. Lissmann en 1950, quien planteó la hipótesis de que este tipo de desplazamiento se alcanzaba mediante a la acción combinada de la poderosa musculatura de la serpiente y su piel, flexible y lo suficientemente “suelta” como para permitirle avanzar sin doblarse.

Pero no ha sido hasta hace unos meses que se ha conseguido desentrañar por completo el mecanismo interno que capacita a las serpientes a avanzar así. Lo ha logrado Bruce Jayne, profesor de biología de la universidad de Cincinatti y uno de los mayores expertos mundiales en la locomoción de estos reptiles. Mediante un exhaustivo estudio y análisis publicado en diciembre de 2017.

Jayne ha comprobado que, cuando la serpiente avanza, la piel de la zona ventral se flexiona mucho más  que la dorsal. Las escamas ventrales actúan como las huellas o marcas de un neumático, aportando tracción contra el suelo al tiempo que los músculos costocutáneos, que van de las costillas a la piel del dorso, impulsan al esqueleto hacia delante, dentro de la funda que constituye la piel, a la que simultáneamente arrastran. Un movimiento fluido en el que la columna vertebral se mueve a un ritmo constante, lo que evita que tenga que doblarse.

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jueves, febrero 5

Los orígenes científicos de Frankenstein

(Un texto de Javier Yanes leído en bbvaopenmind.com el 26 de noviembre de 2018)

“Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos”. Poco después, aquellos esfuerzos culminaban en un desenlace portentoso y aterrador, cuando Víctor Frankenstein observaba “cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo”.

Dos siglos han transcurrido desde aquella noche de noviembre en la que Mary Shelley —por entonces aún Mary Godwin, antes de su matrimonio con el poeta Percy Bysshe Shelley— situaba a su célebre doctor insuflando la vida a una criatura fabricada con piezas de cadáveres. Frankenstein o el moderno Prometeo ha perdurado como una de las obras más conocidas de la literatura universal, fuente de más de 90 adaptaciones teatrales y más de 70 películas.

Pero la de Shelley no fue una mera fantasía al estilo de los relatos fantasmagóricos que ella y sus amigos intercambiaron aquel verano de 1816 en una villa junto al lago de Ginebra. Aunque fue entonces cuando la autora concibió su trama, para darle forma bebió de las fuentes científicas de su tiempo. “Mary tuvo una gran influencia de personas que hoy llamaríamos científicos”, apunta a OpenMind David Guston, director de la Escuela para el Futuro de la Innovación en la Sociedad de la Universidad Estatal de Arizona (EEUU) y coeditor del libro Frankenstein Annotated for Scientists, Engineers, and Creators of All Kinds (MIT Press, 2017).

Por ello muchos autores ven en Frankenstein la primera novela de ciencia ficción, un género que se interroga sobre las consecuencias de los avances científicos y sus aplicaciones especulativas.

La primera novela de ciencia ficción

La primera y más obvia de las improntas científicas en la obra es el método para dar vida a la criatura: curiosamente, la captación de un rayo durante una tormenta jamás aparece en el libro; fue una aportación del cine. La primera edición de la novela apenas hacía una breve mención a la electricidad y zanjaba la reanimación de la criatura con una vaga alusión a “infundir una chispa de vida”. “Los detalles de cómo lo hizo no eran tan importantes”, comenta a OpenMind Iwan Morus, historiador de la ciencia victoriana de la Universidad de Aberystwyth (Reino Unido); “no necesitaba explicarlo, puesto que sus lectores ya sabrían cómo se haría”.

En efecto, en tiempos de Shelley, la electricidad era el misterio científico de moda. El italiano Luigi Galvani había demostrado cómo una chispa infundía el movimiento en patas de ranas diseccionadas. “Hay pruebas de que Mary vio demostraciones galvánicas, que eran populares entonces”, cuenta Guston. El sobrino de Galvani, Giovanni Aldini, fue mucho más allá cuando en 1803 empleó la electricidad para animar los miembros de George Forster, un criminal ejecutado en Londres, ante el pasmo de una audiencia horrorizada.

“Mary y Percy se movían en círculos sociales donde las discusiones sobre la electricidad y su relación con los procesos de la vida eran algo común”, dice Morus. Mary conocía además el trabajo de William Nicholson y Humphry Davy, pioneros de la electricidad en Gran Bretaña y amigos de su padre. Durante la composición de la novela, leía la obra de Davy Elements of Chemical Philosophy, de la que integró algunas frases en el discurso del Dr. Waldman, el profesor de Víctor Frankenstein.

Según subraya el arqueólogo de la Universidad de Bristol (Reino Unido) Stuart Prior, en 1814 Mary y Percy asistieron a una conferencia de Andrew Crosse, un estrambótico experimentador que había transformado su propiedad campestre de Fyne Court en un gran laboratorio eléctrico. “Davy visitó a Crosse varias veces en Fyne Court, y le alentó a dar la conferencia en Londres”, señala Prior a OpenMind.

Una difusa frontera entre vida y muerte

Pero más allá de los inquietantes espectáculos de Aldini, la posibilidad de reanimar un cadáver con electricidad formaba parte de la discusión científica de la época sobre si el cuerpo humano era solo la suma de sus partes o si lo animaba una fuerza vital, algo equivalente al alma. En la comunidad científica británica estas dos posturas tenían a sus principales defensores en los cirujanos William Lawrence y John Abernethy, respectivamente. El primero había sido médico de la familia de Percy Shelley.

La dicotomía entre el mecanicismo de Lawrence y el vitalismo de Abernethy tenía profundas consecuencias en el pensamiento científico de la época, por sus implicaciones en la definición de la vida y la muerte. La frontera entre ambas se había difuminado gracias al auge de la resucitación de personas ahogadas, según ha advertido Sharon Ruston, historiadora de la ciencia del Romanticismo de la Universidad de Lancaster (Reino Unido). A Mary aquellos casos no le resultaban extraños; antes de que ella naciera, su propia madre, Mary Wollstonecraft, había sido reanimada tras intentar suicidarse arrojándose al Támesis. “La muerte, al parecer, podía revertirse”, escribe Ruston.

Uno de aquellos reanimadores fue el médico escocés James Lind (primo del James Lind conocido por estudiar la cura del escorbuto) , que trabajó en un rudimentario sistema de resucitación cardiopulmonar con el que logró revivir a un paciente. “Lind ha sido considerado como un Víctor Frankenstein de la vida real”, dice Guston. El motivo es que existía un fuerte vínculo entre el escocés y la autora de Frankenstein: Lind fue, más que un mentor, casi un padre para Percy durante sus años escolares en Eton. Gracias a la influencia del médico, “Percy era un entusiasta de la ciencia, y se dice que como estudiante incluso intentó recrear el experimento de la cometa y la llave de Benjamin Franklin”, prosigue Guston.

De hecho, también Franklin figura en la lista de candidatos a modelos para el personaje de Mary Shelley: según Guston, se ha propuesto que la autora creó el nombre de su doctor en homenaje al científico e inventor estadounidense, “especialmente considerando que Immanuel Kant llamó a Franklin el moderno Prometeo”.

El alquimista que robaba cadáveres

Pero naturalmente, entre las posibles inspiraciones de Shelley, ¿cómo olvidar al alquimista alemán de quien se cuenta que robaba cadáveres para reanimarlos con una poción de su invención, y que nació precisamente en el castillo de Frankenstein? A pesar de las asombrosas semejanzas incluso en el nombre, la influencia de Johann Conrad Dippel en la gestación de la novela es motivo de discusión.

Está documentado que en 1814 Mary y Percy visitaron la localidad alemana donde se encuentra el castillo. Sin embargo, este no se menciona en su diario de viaje, aunque según indican a OpenMind Dorothy y Thomas Hoobler, autores de The Monsters: Mary Shelley and the Curse of Frankenstein (Little, Brown, 2006), “las similitudes entre la vida de Dippel y la novela de Mary Shelley son demasiado grandes como para tacharlas de coincidencias”. La verdadera respuesta se la llevó Mary Shelley a la tumba; un lugar del que, en la vida real, aún nadie ha regresado.

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miércoles, febrero 4

Arqueoacústica: el estudio acústico en lugares arqueológicos

(Un texto de Ana González Menéndez leído el 16 de marzo de 2020 en bbvaopenmind)

La arqueoacústica desarrolla, dentro del campo de la arqueología, estudios sobre los efectos acústicos en sitios arqueológicos de diferentes culturas, aunando un enfoque físico, antropológico y arquitectónico.

Fue a finales del siglo XX cuando esta disciplina tuvo su auge a raíz de algunos trabajos en los que se relacionaba al arte rupestre prehistórico con la acústica de los lugares donde se emplazaba (Dauvois (1988), o Waller (1993)). De esa misma época son también las aportaciones con trabajos sobre los litófonos de la Cueva de Nerja (Dams, 1984 y 1985). Hasta llegar a estudios más avanzados décadas después (Jiménez González, 2008; Díaz-Andreu, 2012-2014; o el proyecto Songs of the Caves).

Metodologíav

La acústica arqueológica abre la posibilidad de llevar a cabo mediciones acústicas para conseguir información acerca de las diferentes actividades humanas, sociales, políticas, religiosas, etc., de las diversas culturas en el pasado, y poder establecer conexiones con las manifestaciones del presente. Estudia la acústica del hecho arqueológico para poder reconstruir el paisaje sonoro-musical del pasado.

Metodológicamente resulta necesario incorporar elementos y aspectos cuantitativos (instrumentos musicales, materiales constructivos, medición de espacios y atención a sus características; en definitiva, aquello que forma parte de la ingeniería acústica), así como herramientas conceptuales. Es decir, que para poder proponer y establecer hipótesis fundamentadas y elaborar vínculos útiles entre teoría y práctica, resultan necesarios los modelos matemáticos, tanto en un plano más abstracto, como en lo relativo a su implementación numérica. 

El fenómeno auditivo y sonoro debe ser entendido y contemplado en diferentes planos, y tener en cuenta cada uno de esos planos y sus relaciones. Aspectos tales como el estrictamente físico, el cognitivo, el fisiológico, y el de significado, este último como parte de las diversas manifestaciones culturales, artísticas y sociales, son algunos, aunque no los únicos, aspectos a considerar.

El sonido como fenómeno natural

Para atender al sonido como fenómeno natural resulta necesario establecer un protocolo de medición acústica. También es importante tener en cuenta los materiales, sobre todo en el caso de edificios rehabilitados, puesto que en su reconstrucción pueden haberse utilizado materiales distintos de los originales, dando lugar a alteraciones acústicas por la construcción, y por variaciones en la temperatura, en la humedad y en otras condiciones físicas. La elaboración de los modelos matemáticos se llevará a cabo una vez que se disponga de los datos anteriores. Y este estudio acústico, desde el punto de vista matemático, se basará en el planteamiento y resolución de una ecuación específica: la ecuación de onda. Cuya solución recrea de forma virtual condiciones que no sería posible reproducir experimentalmente y, además, funciona como una herramienta que predice y verifica hipótesis.

Aspectos físicos y cognitivos

El proceso auditivo necesita de un receptor y, por lo tanto, de un procesamiento y una decodificación de la señal sonora. Así, caracterizar acústicamente un sistema arqueológico tiene que contemplar la manera en la que las manifestaciones acústicas son percibidas por el ser humano. Por ello también resulta importante atender a los aspectos psicoacústicos. Las cualidades que se aplican al sonido, tales como fuerte o débil, tienen que ser analizadas según un contexto relativo.

El significado de los sonidos

Los sonidos gozan de un significado que puede variar a la luz de un contexto cultural específico. En el caso de la Grecia clásica, los sonidos y las notas graves se encontraban asociados a movimientos y a objetos de más peso, y los sonidos más agudos a aquellos movimientos y objetos más ligeros. Fue más adelante cuando se estableció y se creó el sistema de notación musical occidental, en el que las alturas tienen su correspondencia: alto-agudo, bajo-grave.

El caso de los mayas

En distintos lugares, como Chichén Itzá, se ha descubierto la existencia de “piedras musicales”, o “conos musicales”, una serie de piedras que, al ser golpeadas, dan lugar a tonos diferentes. Este tipo de fenómenos no están sólo presentes en lugares mayas, sino también en otros asentamientos prehispánicos (Teotihuacán, Monte Albán, etc.). Pero es en Tulum donde se ha estudiado la existencia de un efecto acústico muy interesante. En el techo de una de las edificaciones hay un cilindro, y junto a él un anillo, los dos de piedra, y ambos colocados en el mismo plano. Los guías locales afirman que cuando el viento es muy fuerte, y alcanza grandes velocidades, como sucede al acercarse un huracán a la costa, resulta posible oír, a cientos de kilómetros, el silbido que produce el anillo. Si esto es así, podría considerarse como uno de los primeros dispositivos de alarma meteorológica, puesto que Tulum es un lugar amurallado, y sus murallas, en aquel tiempo, protegían a sus pobladores.

Los elementos metodológicos mencionados con anterioridad son clave para validar estas teorías. Y la comprensión, tanto matemática como física, deberá estar a su vez fundamentada en pruebas experimentales y datos arqueológicos.

Prospectiva

El ámbito de la arqueoacústica abre un amplio campo de estudio, en el que aún queda mucho por investigar. Se sabe que las antiguas civilizaciones dieron, sin duda, una gran importancia a la acústica. Pero el estudio ha de llevarse a cabo desde distintas perspectivas, tanto científicas como humanistas. Son necesarios enfoques analíticos, matemáticos, experimentales, etc., puesto que cada uno de ellos, de forma aislada, no puede proporcionar una percepción íntegra del fenómeno acústico.

Aún son numerosas las cuestiones que se plantean a raíz de los hallazgos y de los ulteriores análisis arqueológicos, pero los trabajos sobre los efectos acústicos en lugares arqueológicos tienen un gran recorrido por delante y deben ser considerados como una disciplina emergente y, sobre todo, transversal.

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