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...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

miércoles, octubre 7

La incubadora para bebés prematuros: una invención que surgió en los parques de atracciones

(Un texto leído en Madri+d el 

Esta invención indudablemente pasó a la historia como una herramienta fundamental en el tratamiento de los nacidos prematuramente, contribuyendo a la reducción de la mortalidad neonatal, aunque lo que más llama la atención de sus primeros tiempos es el lugar donde esas primeras incubadoras evolucionaron, como se verá más adelante.

De acuerdo a los manuales de historia de la medicina, el inventor de las primeras incubadoras fue el francés Stéphane Tarnier, que en 1880 y mientras trabajaba en la maternidad de Port Royal de París diseñó una caja dividida en dos compartimentos, uno inferior con agua caliente y otro superior donde se ubicaba el niño. Mediante la utilización de estas incubadoras primitivas, fue capaz de reducir la mortalidad neonatal en un 28%.

Aun cuando los orígenes de la incubadora se encuentran en Francia, fue Martin Couney el responsable de su popularización. Nacido en Alsacia y probablemente de apellido Cohn o Cohen, estudió en Leipzig y Berlín, pero recientemente se ha conocido que no llegó a obtener la licenciatura en medicina, aunque ciertamente poseía conocimientos médicos. Ya en la exposición universal de Berlín de 1896 exhibió algunas incubadoras desarrolladas por sus maestros. Posteriormente emigró a los Estados Unidos y dentro del parque de atracciones Luna Park, de Coney Island, en Nueva York, montó una exhibición consistente en bebés prematuros que vivían dentro de incubadoras. También se instaló otra exposición permanente en Atlantic City y algunas exposiciones temporales. Hasta la década de los años 30, en los Estados Unidos no había incubadoras en los hospitales. Por tanto, la única esperanza para los bebés prematuros era ser llevados a dicha atracción de feria, donde entre la mujer barbuda y el come-sables, salían adelante en su gran mayoría, atendidos por Couney, otros doctores y enfermeras, mientras eran observados por los espectadores que tras pagar sus tickets de 25 centavos podían contemplar a los bebés prematuros en sus extrañas “viviendas”. En la entrada al recinto había un cartel que decía: “All the world loves a baby”. 

En aquellos años existía la creencia de que los bebés prematuros no tenían posibilidades de sobrevivir. Martin Couney, también llamado el doctor “incubadora”, demostró que con los cuidados adecuados era posible que prosperaran y todavía viven algunos de esos “niños” que se salvaron gracias a su trabajo.  La primera instalación con incubadoras no se montó en un hospital de Nueva York hasta 1939, gracias al éxito que la exhibición de Couney tuvo en la reducción de la mortalidad neonatal. 

A pesar de no haber sido posible encontrar una solicitud de patente en la que Martin Couney figurara como inventor, es un campo en el que se ha producido un importante avance tecnológico a lo largo del último siglo y gran parte del mismo se ha protegido mediante patente. Así, un grupo principal de la clasificación internacional de patentes está dedicado a las incubadoras, en concreto el A61G11/00.

Muchos de los bebés prematuros que permanecieron en incubadoras en la década de los 40 perdieron la visión debido a una condición denominada “fibroplasia retrolental” o “retinopatía del prematuro” . En 1956 un estudio reveló que, en la mayoría de los casos, el culpable de la condición había sido un exceso de oxígeno, lo que provocó que inmediatamente se redujeran los niveles del mismo en las incubadoras. Durante los años 70 y 80 los principales avances se dieron en el campo de la ventilación mecánica.

En los últimos años, la innovación en el mundo de las incubadoras se ha centrado en la obtención de dispositivos más sencillos y ligeros que puedan ser utilizados en países con menores niveles de desarrollo. Así, en una entrada anterior del blog dedicada a una exposición sobre inventos poco complejos destinados a mejorar las condiciones de vida en países menos desarrollados, se describía la incubadora embrace, que no precisa energía eléctrica para su funcionamiento, cuesta 25$ en lugar de los 15.000$ de una tradicional y mantiene una temperatura de 37ºC durante 6 horas gracias a unas pastillas de cera que pueden calentarse en una estufa.

Otra incubadora, también de bajo coste (< 260 €) y más similar a las tradicionales, inventada por un ingeniero español, fue protagonista el año pasado de una  nota en los medios de comunicación.

Asimismo, en la entrada del blog dedicada a las patentes en la Fórmula I se mencionaba que la empresa británica “Advanced Healthcare Technology” ha desarrollado una incubadora fabricada con el tipo de fibra de carbono que se utiliza en los monocascos de Fórmula 1. El peso se reduce en un 90% y ello permite su transporte en helicóptero. La incubadora se denomina “Babypod” y está protegida mediante el diseño USD497429 en los EE.UU.

Conclusión

Aunque hoy sería impensable encontrarnos con incubadoras en un parque de atracciones, a finales del siglo XIX y principios del XX era muy común poder contemplar personas con deformidades o anormalidades, en los denominados “freak-shows”. Ya entonces, había sectores que se oponían a la exhibición de bebés prematuros, pero de no ser por la labor de Martin Couney, muchos de ellos habrían fallecido. Todo ello sirvió para popularizar unos dispositivos que hoy son imprescindibles en cualquier hospital materno-infantil. Para profundizar en la historia, se recomienda la lectura del libro “Miracle at Coney Island” de la periodista Claire Prentice.

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lunes, octubre 5

Un año en la Antigua Roma

 (Un texto leído en Zenda el 21 de marzo de 2018, a raíz del libro homónimo de Néstor F. Marqués González)

Con este libro vivirás cómo era un año cualquiera en la antigua Roma, del 1 de enero al 31 de diciembre, en un viaje a través de su cultura y su historia —la grande y la pequeña— en el que asistirás a sus fiestas, sus ceremonias civiles y religiosas y sus ocupaciones cotidianas. Desde el emperador al esclavo, del mercader al senador, del soldado al labrador, todos ellos tienen su hueco en esta obra, que se extiende por los más de mil doscientos años de historia de esta extraordinaria civilización en la que se hunden nuestras raíces. A continuación te ofrecemos un fragmento de Un año en la Antigua Roma, Néstor F. Marqués González.

DE ROMA A LA ACTUALIDAD:

ORIGEN Y EVOLUCIÓN DEL CALENDARIO

Para poder llegar a comprender el complejo sistema de medición del tiempo que utilizamos diariamente de forma natural, es necesario que nos remontemos varios milenios atrás, hasta un tiempo en el que ni siquiera existía la misma ciudad de Roma, una época de leyendas, dioses y héroes que se pierde entre la bruma de los mitos que cubre los senderos de la historia.

Nos encontramos en Alba Longa, a menos de un día de viaje al sur de la orilla todavía salvaje que bañaba el solitario Tíber, conocido en esta época por su nombre más ancestral: Álbula. En ella gobernaba Numitor, rey justo y ecuánime, descendiente directo de Eneas, hijo de Venus y mítico héroe que consiguió salir con vida de la funesta Troya, incendiada y saqueada por los griegos y sus engaños.

Amulio, hermano pequeño de Numitor, ávido de poder, usurpó el trono de su hermano desterrándolo para que no pudiera recobrarlo. A sus sobrinos, Amulio los mandó asesinar o exiliar para que nunca pudieran recuperar el legítimo lugar arrebatado a su padre. Sin embargo, el rey ilegítimo perdonó a Rea Silvia, única hija de Numitor, con la condición de que entregara su vida a la virginidad y a la castidad de la mano de la diosa Vesta.

Rea, ya como sacerdotisa vestal, cumplía su condena con diligencia sirviendo a la diosa virgen en su templo. Un día que paseaba por el monte despreocupada, se paró a descansar junto a un arroyo y quedó profundamente dormida a la sombra de un sauce. El poderoso dios Marte no pudo evitar fijarse en ella y, burlando las leyes divinas y terrenas, la violó en su sueño, dejando en ella la semilla de dos gemelos que estaban destinados a grandes hazañas.

Cuando la vestal Rea dio a luz a los hijos del dios de la guerra, Amulio, presa del odio y el terror, ordenó que los gemelos fueran ahogados en el río. Según se cuenta, las aguas retrocedieron ante tal despropósito y finalmente los dos niños, Rómulo y Remo, fueron puestos a salvo en secreto en una cesta a la deriva sobre las acogedoras aguas del Tíber.

El destino y los dioses hicieron que la cesta encallara al lado de una higuera, junto a los montes de la futura Roma, donde una loba los recogió y los amamantó como a sus propios lobeznos en la gruta sagrada que hoy llamamos Lupercal. Poco después los encontró un pastor llamado Fáustulo, cuyo nombre significa ‘el que favorece’. Él y su mujer, Aca Larentia, cuidaron de los gemelos junto a sus propios hijos mientras crecieron.

Siendo los gemelos ya adultos, y habiendo conocido su verdadera condición, regresaron a Alba Longa donde, ¡oh, gran Rómulo!, clavaste tu espada en el pecho de Amulio, restituyendo a Numitor en su legítimo trono. Este, en su inmenso agradecimiento para con sus nietos, les otorgó la potestad de fundar una ciudad a la que llamar suya.

Los gemelos eligieron cada uno un monte, pensando ambos que el elegido por él, y no el de su hermano, habría de ser el destinado a la nueva fundación. Como no conseguían ponerse de acuerdo, resolvieron que los augurios de los dioses decidieran al ganador, que portaría el orgullo de convertirse en el conditor —fundador— de la ciudad. Remo desde el Aventino divisó seis pájaros. Rómulo, por su parte, desde la cima del Palatino divisó doce volando en perfecta formación. Tal visión le hizo merecedor del honor de fundar el nuevo asentamiento sobre el Palatino, hogar por tantos siglos posteriores de los gobernantes del Imperio.

Realizaron las ofrendas fundacionales a Júpiter, Marte y Venus, excavaron los fosos siguiendo el trazado del arado que delimitara los sagrados límites de la Urbe y levantaron tras ellos los muros de la ciudad, a la que llamarían Roma en honor de su fundador. Rómulo advirtió entonces a los ciudadanos que no debían permitir que ninguna persona osara traspasar los muros sagrados. ¡Ay, desdichado rey! No sabías lo que el destino te tenía reservado para probar tu fuerza y tu entereza.

Remo, ignorante y atrevido, comenzó a burlarse de la corta altura de las nuevas murallas, traspasándolas. Duro fue el castigo que le fue impuesto por su osadía, pues solo la muerte podía servir para reparar tan inmenso ultraje a la voluntad del rey, que es la de los dioses. Duro fue también el castigo para el verdugo encargado de ejecutar a Remo y así expiar su culpa. Algunos dicen que fue Celer y otros que el mismísimo Rómulo, su hermano, quien ejecutó la ley divina. La sangre fue derramada, los dioses complacidos y así pudo dar comienzo la historia de la ciudad de Roma, el largo y próspero reinado del rey Rómulo y la primera semilla de la civilización que dominó el mundo durante miles y miles de años.

Acabas de leer una adaptación del relato mítico de la fundación de Roma, en el que se ha querido recoger, en parte, el estilo narrativo de los autores clásicos que relataron el suceso, entre los que destacan Tito Livio, Ovidio, Dionisio de Halicarnaso, Plutarco o Dion Casio. Las referencias más antiguas que conocemos de la leyenda son del siglo iii a. C. Teniendo en cuenta que la historia se sitúa entre el año 771 a. C. —fecha del nacimiento de los gemelos— y el año 753 a. C. —fecha tradicional de fundación de Roma—, existe un margen de más de cinco siglos entre el suceso, que no es tal, y las primeras versiones de la leyenda. El tiempo es, sin duda, un arma peligrosa. Los romanos crearon su propio mito fundacional mezclando relatos antiquísimos de sus antepasados, haciendo que su civilización no descendiera de las desconocidas poblaciones que se encontraran asentadas en la zona en épocas anteriores, sino de grandes héroes que todo el mundo podía reconocer fácilmente.

De hecho, autores como Virgilio utilizaron las leyendas para ensalzar a aquellos que ostentaban el poder en su época, en este caso a Augusto, legitimando su gobierno a través de su relación directa con los gemelos Rómulo y Remo, hijos de Marte y descendientes de la estirpe de Eneas, héroe de la mítica Troya e hijo de Venus en la Eneida.

Todo ello hace que reflexionemos necesariamente sobre lo que nos cuentan las fuentes antiguas, obras muchas veces interesadas que esconden sus verdades y solo las muestran a aquellos que saben dónde buscar. Buena parte de lo que sabemos de la Roma más arcaica son creaciones posteriores, como seguramente lo son parte de los orígenes de su propio calendario. Aun así, sin toda esa literatura no podríamos siquiera comenzar a descubrir el inicio de algo tan importante como es la visión del tiempo en la Roma primitiva en la que, una vez comprendido esto, nos adentramos.

El origen del calendario romano:
el calendario lunar

Al mítico Rómulo, en su gran sabiduría y certero juicio, otorgaban los romanos el honor de haber creado el primer calendario de la Urbe. Fue este calendario primigenio el que sentó las bases, no solo de lo que sería posteriormente el calendario romano, sino también del que conocemos hoy en día.

A diferencia del calendario romano clásico y del nuestro propio, este se basaba en las fases lunares como elemento primordial para contabilizar los ciclos de los meses y los años. La diosa Luna siempre fue considerada por las civilizaciones del mundo antiguo, desde Mesopotamia hasta Roma, como una de las divinidades con mayor influencia tanto en la naturaleza como en la vida humana. Propiciadora del crecimiento de los cultivos y los animales, reguladora de las mareas y del ciclo de la mujer, la Luna era una de las pocas divinidades visibles y, junto con el Sol, viajaba en su carro por el firmamento de forma inalterable. Un ancla perfecta para determinar el paso del tiempo, aún más en una sociedad agrícola.

La tradición romana asociaba a la luna su forma de designar a los meses, menses, pues la palabra que los antiguos griegos empleaban para denominar al astro, como cuenta Varrón en su obra Sobre la lengua latina, era μήνη, de donde surgía μῆες —‘meses’ en griego— que tiene el mismo origen que la palabra latina menses. En otras lenguas actuales, como el inglés, también se puede observar este fenómeno. Palabras como moon (‘luna’) o month (‘mes’) tienen el mismo origen común, relacionándose todas ellas con las formas más primitivas de medir el tiempo gracias a la luna.

El calendario romano arcaico se basaba en cuatro puntos clave para medir la sucesión de días que formaban cada uno de los meses del año. Estas fechas estaban muy relacionadas precisamente con la luna y sus fases cambiantes. La primera de ellas, con la que se iniciaba cada mes, eran las kalendae. Esta fecha, que debía coincidir con la fase de luna nueva visible, era decisiva puesto que el mes lunar se organizaba de forma variable a partir de las observaciones lunares realizadas en las kalendae.

Las kalendae marcaban el momento en el que uno de los sacerdotes menores observaba la luna y comunicaba sus observaciones al Rex Sacrorum —el ‘rey de los sacrificios’—. Se trataba del sacerdote de más alto prestigio de la religión romana, por encima incluso —aunque no en jerarquía— del Pontifex Maximus o sumo sacerdote. Se realizaban entonces sacrificios a Juno Covella, diosa propiciadora de los ciclos del tiempo, mientras se la invocaba diciendo te kalo Iuno Covella. A través de este ritual se pretendía anunciar el número de días que compondrían el primer cuarto de ese mes, dependiendo del número de veces que se repitiera la invocación. El origen del nombre de las kalendae parece provenir, por tanto, de ese grito de invocación, ego kalo, ‘yo invoco’ o ‘yo llamo’.

Pasada esta primera fase, la única de duración variable, llegaban las nonae, que coincidían con la luna en cuarto creciente. El significado primigenio de este nombre es sencillo si tenemos en mente la forma inclusiva de contar que tenían los romanos. Nonae, que viene de nonum (‘nueve’), hacía referencia a los días que transcurrían hasta llegar a la siguiente fecha. Durante las nonae, el Rex Sacrorum hacía un anuncio al pueblo, tal vez desde el Foro, la plaza principal de Roma, o desde el Arx, una pequeña colina junto al monte Palatino. Esta vez se trataba de la distribución de las festividades y acontecimientos a lo largo del mes.

Llegada la mitad del mes era el momento de celebrar las idus, que marcaban la fase de luna llena. Dedicadas siempre al dios Júpiter, la tradición romana nos cuenta que en este día el Flamen Dialis —sumo sacerdote del culto a Júpiter—, junto con otros sacerdotes, sacrificaba una oveja —ovis idulis— en honor del rey de los dioses.

Estos tres días, kalendae, nonae e idus, serían las únicas fechas a tener en cuenta para la medición del paso de los días en el calendario romano posterior. Sin embargo, gracias a la investigación actual, podemos apreciar, poniendo nuestra atención en las fases lunares, que el calendario romano arcaico tenía espacio para una fecha más. No sabemos cómo llamaban los romanos primitivos a esta fecha —ni los propios romanos posteriores lo recordaban—, pero debía coincidir seguramente con la luna en su estado de cuarto menguante, siguiendo el ciclo de nueve días —contando de forma inclusiva— que se empleaban para los demás periodos del mes. Llamemos nundinae post idus —nueve días después de las idus— a esta fecha, como ya han hecho algunos investigadores. Los calendarios romanos abandonaron esta referencia hasta tal punto que puede ser tan desconocida a ti como lo sería para un ciudadano romano del siglo i. Sin embargo, ocultas en los fasti, hay algunas festividades que revelan la existencia de esta cuarta fecha, siendo la más destacada el tubilustrium.

El tubilustrium —de tubae y lustrare— era una antiquísima fiesta romana en la que se limpiaban y purificaban las tubae, trompas ceremoniales empleadas en todo tipo de ritos funerarios, juegos y sacrificios. Esta festividad se celebraba dos veces en el calendario romano posterior, el 23 de marzo y el 23 de mayo. En el más primitivo, esta fecha se celebraría cada mes, una nundinae —ocho días según nuestra forma de contar— después de las idus. También podemos observar que muchos calendarios romanos, dados a las abreviaturas, portan en los días 24 de marzo y mayo el acrónimo QRCF, que la historiografía desarrolla tradicionalmente como quando rex comitiavit fas. Esta frase posiblemente se refería de nuevo a la figura del Rex Sacrorum, estrechamente ligado con el calendario en otras fechas como las kalendae. En esta ocasión el sacerdote tendría de nuevo un papel principal en los sacrificios de la mañana en el Comitium. Estas dos fechas nos muestran rituales muy importantes que se celebraban precisamente al cumplirse el tercer cuarto del mes.

A pesar de que estas festividades son las que más claramente guardan el secreto de esta fecha perdida, un análisis más profundo del calendario romano —que podrás ver desarrollado en la segunda parte de este libro—, nos revela que aproximadamente una nundinae después de las idus de cada mes solía encontrarse alguna festividad importante como las terminalia en febrero, las parilia en abril, las neptunalia en julio, las consualia en agosto o las divalia en diciembre. De todas ellas hablaremos más adelante.

A partir de esta última fecha destacada de cada mes, tan solo había que esperar un nuevo ciclo de nueve días —siempre contabilizados de forma inclusiva— para llegar otra vez al comienzo del mes siguiente, coincidiendo con la luna nueva. En resumen, el sistema del calendario arcaico romano otorgaba una fecha variable a las kalendae, pero mantenía a intervalos regulares el resto de las fechas trascendentales del ciclo lunar hasta completar el periodo de aproximadamente 29 días.

Kalendae luna nueva visible

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[3-6 días]

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Nonae luna creciente

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[7 días]

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Idus luna llena

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[7 días]

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Nundinae post idus luna menguante

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[7 días]

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Kalendae luna nueva visible

Sinopsis de Un año en la Antigua Roma, de Néstor F. Marqués González

Aunque a veces no nos demos cuenta, somos herederos directos de Roma, de su cultura y de su forma de concebir aspectos tan determinantes como las leyes, la estructura social o el mismo paso del tiempo.

Este último nos servirá de guía para adentrarnos en el mundo romano de modo distinto, a través de su calendario, con sus meses, semanas, días, horas y los principales hitos que marcaban el día a día de quienes lo utilizaron para regir sus vidas antes que nosotros.

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sábado, octubre 3

Del verde del verano al marrón del otoño: la química que cambia el color de las hojas

(Un texto de R. Pérez en El Confidencial del 15 de octubre de 2016)

Es un proceso natural en el que apenas reparamos, pero las reacciones que cambian el color de las horas de los árboles tienen también una explicación química.

Llevamos casi un mes de otoño pero en muchos lugares de nuestro país la sensación otoñal se ha hecho esperar hasta esta semana. Eso quiere decir que, entre otras cosas, han bajado las temperaturas, ha comenzado a llover y las hojas de los árboles han comenzado a cambiar de color. Un cambio al que estamos acostumbrados y que parece muy sencillo, pero que es resultado de una serie de reacciones con distintas sustancias químicasimplicadas, como explica Compound Interest. Aunque en total son decenas de compuestos, hay algunos determinantes en cada uno de los colores más habituales de las hojas de los árboles.

Las moléculas de estas sustancias alternan una serie de enlaces que pueden ser simples (consisten en un par de electrones compartidos por dos átomos contiguos) o dobles (dos pares de electrones compartidos por átomos contiguos), y dependiendo de esa estructura, absorben o reflejan unas u otras longitudes de onda del espectro visible de la luz, que es lo que crea la sensación de color en nuestros ojos.

Verdes: clorofila

La clorofila es el componente responsable del tradicional color verde de las hojas de los árboles. Se encuentra en los cloroplastos de las hojas y es un elemento esencial de la fotosíntesis, el proceso por el que las plantas utilizan la energía de la luz del sol para transformar el dióxido de carbono en agua y azúcares, emitiendo como resultado oxígeno al medio ambiente.


Para producir clorofila, las plantas necesitan termeraturas cálidas y luz del sol, ambos factores propios de la primaver y verano. Cuando el verano da paso al otoño, las temperaturas bajan y las horas de luz disminuyen, y con ello se reduce la producción de clorofila. A la vez, la clorofila ya existente se va descomponiendo. Poco a poco, el color verde va desapareciendo de las hojas.

Amarillas y naranjas: carotenoides y flavonoides

Los carotenoides y los flavonoides son grandes familias de compuestos químicos que se encuentran en las hojas de los árboles junto con la clorofila. Cuando ésta última es abundante, enmascara su color, naturalmente amarillento, anaranjado y rojizo. Carotenoides y flavonoides también se degradan durante el otoño, pero a menor velocidad que la clorofila y por eso sus colores se hacen visibles durante estas semanas.

La familia de los carotenoides incluye compuestos como el betacaroteno, que da el color naranja a las zanahoras, luteína, que tiñe de amarillo la yema del huevo, y el licopeno, responsable del rojo de los tomates.

Rojizas y magentas: antocianina

La antocianina pertenece también a la familia de los flavonoides, un tipo de compuesto que, a diferencia de los carotenoides, no están presentes en las hojas durante todo el año, sino que comienzan a sintetizarse a medida que los días se acortan debido a la concentración de azúcares y el efecto de la luz del sol sobre ellos.


La función de la antocianina no está del todo clara todavía, aunque se cree que juegan un papel en la protección de los tejidos de la hoja ante la luz, prolongando así su vida y retrasando el momento de su caída. Dependiendo de la acidez de la savia del árbol, la antocianina tiñe las hojas de un rango de colores entre el rojo, el magenta y el morado.

 

 

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jueves, octubre 1

Nath Bose, un bengalí en la corte de la física cuántica

(Un texto leído en bbvaopenmind.com el 1 de febrero de 2014)

El físico Satyendra Nath Bose logró colarse en el firmamento de grandes investigadores como Einstein, Bohr y Schrödinger, gracias a su talento y a pesar de trabajar desde India, lejos de las grandes capitales europeas de la ciencia

Marie Curie no paraba de hablar. Le explicaba que, tiempo antes, había tenido otro colaborador de India y que aquella experiencia había resultado muy poco fructífera porque ese físico en prácticas no dominaba el francés. “Necesitarás pasar al menos cuatro meses estudiando francés si quieres entrar en mi laboratorio”, le explicó Curie en una conversación en inglés. Satyendra Nath Bose asentía con la cabeza, sin atreverse a interrumpir a la legendaria investigadora, que por entonces era todo un mito (ya había recogido dos premios Nobel). La entrevista fue un desastre. Bose, que había acudido a Europa desde la Universidad de Dhaka para empaparse de lo mejor que se estaba haciendo en aquella época dorada de la física, no osó callar a Curie aunque fuera un instante para decirle que él hablaba francés a la perfección tras haberlo estudiado durante diez años.

Aquel examen calamitoso sucedió en 1924 en París, hace ya 90 años. En esos días pudo conocer a algunos de los físicos y matemáticos más brillantes de la historia, como Max Born, Louis-Victor de Broglie, Paul Langevin y Albert Einstein, y de la mano de este, a Niels Bohr, a Werner Heisenberg y a Erwin Schrödinger. Mucho tiempo después, en 1972, un periodista que entrevistó a Bose señalaba que, incluso entonces, cuando el físico ya formaba parte de la Royal Society de Londres, “seguía sintiéndose terriblemente intimidado por los europeos”.

Estas anécdotas sirven para ilustrar la humildad de uno de los físicos más infravalorados popularmente de la historia: el bengalí Satyendra Nath Bose, de quien se cumplen justo en estos días cuatro décadas de su muerte en su Calcuta natal. Y sin embargo, nunca como ahora su nombre ha estado en boca de tanta gente: cientos de millones de personas le nombraban sin saberlo al hablar del bosón de Higgs. El apellido se lo puso el Nobel de Física Peter Higgs pero el nombre, bosón, fue acuñado por el también Nobel Paul Dirac para reconocer la trascendental aportación de Bose, ese tímido indio que nunca se sintió cómodo entre europeos.

Este gran logro de Bose estuvo a punto de no llegar a conocerse. A finales de 1923, el bengalí envió su trabajo sobre física de partículas a la revista británica Philosophical Magazine, una publicación de referencia en la que se habían publicado, por ejemplo, algunas de las grandes ideas de Niels Bohr. Seis meses después, los editores le comunicaban que habían rechazado su publicación. Por una vez, Bose se atrevió a dar un puñetazo en la mesa de la historia de la física y mandó su trabajo directamente a Albert Einstein; por aquel entonces, Einstein no era solamente el físico más conocido, era también una de las personalidades más afamadas del planeta. Eso sí, le escribió con decisión pero con suma modestia.

“Respetado Señor, me he atrevido a enviarle el artículo adjunto para su lectura y opinión. Estoy ansioso por saber lo que piensa de él”, arrancaba la misiva, acompañada de su estudio de apenas cuatro páginas. “No sé suficiente alemán para traducir el documento. Si cree que vale la pena, le agradecería que usted disponga su publicación en el Zeitschrift für Physik. Aunque soy un completo desconocido para usted, no siento ninguna vacilación en hacer tal petición”. No era la primera vez que le escribía; unos años antes, le había pedido permiso para traducir y publicar en India sus principales trabajos.

Einstein no sólo tradujo, sino que hizo suyo el trabajo de Bose, con el que colaboró para desarrollar las ideas que el talento del bengalí dejaban entrever en sus métodos estadísticos. Hoy en día, este tipo de teletrabajo entre investigadores es de lo más común, pero conviene recordar que en 1924 y 1925 no había ni documentos en la nube, ni videochats, ni siquiera la posibilidad de comunicarse de forma inmediata vía email. Sin embargo, el trabajo prosperó dando lugar a la descripción de un nuevo estado de la materia, denominado condensado Bose-Einstein (BEC, en sus siglas inglesas).

En este punto, sale a relucir otro llamativo paralelismo con Higgs: las ideas del británico se probaron ciertas gracias al LHC casi medio siglo después de que las teorizara, lo que le valió el Premio Nobel de Física, compartido con sus descubridores del CERN. El trabajo de Bose, una concentración de partículas en un espacio compacto a temperaturas ultrabajas, formando una especie de superpartícula, se logró reproducir en 1995, 70 años después de que el bengalí lo describiera. En 2001, Eric Cornell, Wolfgang Ketterle y Carl Wieman, se hacían con el Nobel por probar que Bose estaba, como Higgs, en lo cierto. Pero el de Calcuta llevaba muerto varios lustros.

La publicación de su trabajo junto a Einstein se convirtió en un salvoconducto para Bose; las autoridades desbloquearon su petición para poder acudir durante dos años a Europa, a París y Berlín, a los lugares en los que cada día se escribía una nueva página de la historia de la física moderna. “Todo el mundo (todos los físicos) en Berlín parece bastante emocionado por la forma en que las cosas han evolucionado en la física”, escribía Bose desde la capital alemana a un amigo. “Todo el mundo está muy desconcertado y muy pronto veremos un nuevo debate sobre el estudio de Schrödinger. Einstein parece muy entusiasmado con él. El otro día, viniendo del coloquio, nos lo encontramos saltando en nuestro mismo vagón, y en seguida se puso a hablar con entusiasmo sobre lo que acabábamos de escuchar. Él admite que parece un asunto tremendo, teniendo en cuenta la gran cantidad de cosas que estas nuevas teorías correlacionan y explican, pero también está muy preocupado. Todos estábamos en silencio y él habló casi todo el tiempo, inconsciente del interés y la excitación que estaba despertando en la mente de los demás pasajeros”.

Pero en lugar de quedarse en el Viejo Continente a disfrutar de este entorno tan apasionante, Bose regresó a India, a las universidades de Dhaka y Calcuta, a ejercer la docencia y a tratar de mejorar un país tan joven como milenario, tan grande como pobre. Reconocido como uno de los padres de la patria, amigo de Nehru, desempeñó un papel crucial en el desarrollo de la educación en India, especialmente para las mujeres, y el acceso a la cultura. Sus fórmulas, la estadística Bose-Einstein, puso los cimientos para que muchos otros físicos se alzaran con el Nobel a lo largo del siglo XX. Y sin embargo, cuando le preguntaron si no echaba de menos ese galardón, contestó: “Tengo todo el reconocimiento que merezco”. Tenía un gran talento para la física, pero prefería estar delante de la pizarra enseñando a sus alumnos, tocando el esraj y la flauta, de tertulia con sus amigos, disfrutando de la gastronomía.

La vocación de Bose fue la de alentar a su pueblo en su lucha por el conocimiento y la libertad, contra la ignorancia y el odio, creando una India libre e ilustrada, lo que le convirtió en una figura legendaria en su país, casi tan conocido como Tagore o Gandhi. Cuando el físico bengalí murió en febrero de 1974, medio siglo después de su mayor descubrimiento, varios cientos de miles de personas llenaron las calles de Calcuta en el cortejo fúnebre. La mayoría de los asistentes no sabían nada acerca de la estadística de Bose-Einstein y nunca habían oído hablar de los bosones, pero le ofrecían sinceros su reconocimiento.

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martes, septiembre 29

El león de Lucerna, una escultura triste con una historia peculiar

 (Leído en el muro de Facebook "Bellas Artes y Cultura")

El Monumento al león de Lucerna (en alemán, Löwendenkmal) es una de las esculturas de piedra más famosas y conmovedoras del mundo, ubicada en la ciudad de Lucerna, Suiza.
 
Representa un león moribundo que descansa sobre un escudo con la flor de lis (símbolo de la monarquía francesa). Tiene una lanza clavada en el lomo.
 
Conmemora la valentía de unos 760 mercenarios de la Guardia Suiza. Ellos murieron en 1792 defendiendo el Palacio de las Tullerías en París durante la Revolución Francesa.
 
Fue diseñado por el famoso escultor danés Bertel Thorvaldsen y tallado directamente en la roca por Lukas Ahorn entre 1819 y 1821.
 
En la parte superior de la roca se lee "Helvetiorum Fidei ac Virtuti", que significa "A la fidelidad y el valor de los suizos". Y, junto a ella, encontramos la inscripción de los nombres de los muertos y de los oficiales de la Guardia Suiza, así como el número de muertos y sobrevivientes entre los soldados suizos.
 
Una curiosidad escondida: El artista que talló la roca, Lukas Ahorn, estaba muy enfadado porque no le pagaron el dinero completo por su trabajo. Como venganza silenciosa, talló el hueco donde descansa el león con la forma exacta de un cerdo. Si miras la silueta exterior del nicho con atención, ¡podrás ver el contorno del animal!
 

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domingo, septiembre 27

¿Y si el mayor peligro para nuestra sociedad no fuera la maldad, sino la estupidez?

 (Un texto leído en el muro de Facebook "la biblioteca de Alejandría")

La alarmante teoría de Dietrich Bonhoeffer que explica el mundo de hoy.
La Teoría de la Estupidez de Bonhoeffer:
El peligro silencioso
Durante los años más oscuros de la Alemania nazi, el teólogo y pastor Dietrich Bonhoeffer reflexionó desde su celda sobre cómo una sociedad culta y moderna había caído en la barbarie colectiva.
Su conclusión fue revolucionaria y alarmante:
la estupidez es un enemigo del bien mucho más peligroso que la maldad misma.
 
¿Por qué es más peligrosa que la maldad?
 
Contra la maldad se puede luchar:
se puede denunciar, combatir e incluso legislar en su contra. 
 
El malvado, en el fondo, suele tener conciencia de que está rompiendo las reglas.
Con la estupidez, en cambio, estamos completamente indefensos. 
 
La persona dominada por ella es impermeable a los argumentos lógicos y a los hechos objetivos.
Si se le presentan pruebas que contradicen sus dogmas, simplemente las ignora o las tacha de irrelevantes.
Al sentirse completamente segura de sí misma, se vuelve agresiva y sumamente peligrosa al ser confrontada.
 
No es un defecto intelectual, sino moral
 
Bonhoeffer aclaró que esto no tiene nada que ver con el coeficiente intelectual o el nivel educativo. Existen mentes brillantes que operan bajo una profunda estupidez y personas sencillas que desbordan sabiduría moral. 
 
La estupidez ocurre cuando un individuo renuncia voluntariamente a su capacidad de juicio propio.
 
El contagio social y el rol del poder
 
Para el pensador, la estupidez es un fenómeno sociológico.
Observó que el ascenso de una fuerte estructura de poder (política o religiosa) infecta de estupidez a gran parte de la población. 
 
Al integrarse a un grupo o adoptar ciegamente una ideología, el individuo sacrifica su independencia interior. 
 
En este estado, la persona ya no piensa por sí misma:
se convierte en un repetidor de eslóganes, consignas y narrativas prefabricadas.
Al delegar su conciencia al colectivo, se transforma en una herramienta dócil capaz de cometer o justificar las mayores atrocidades sin experimentar remordimiento alguno.
 
La conclusión de Bonhoeffer
 
La estupidez no se cura con más instrucción o datos, sino con un acto de liberación interna y coraje moral.
Hasta que el individuo no recupere la valentía de examinar sus ideas de forma autónoma y de tolerar la incomodidad de contradecir a su propio grupo, seguirá atrapado en este peligroso letargo.
 
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«Contra la estupidez no tenemos defensa. Ni las protestas ni la fuerza pueden tocarlo. Razonar no sirve de nada. Los hechos que contradicen los prejuicios personales pueden simplemente no creerse; de ​​hecho, el tonto puede contrarrestarlos criticándolos, y si son innegables, pueden simplemente dejarse de lado como excepciones triviales».

-Dietrich Bonhoeffer-

 
 

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viernes, septiembre 25

El cómplice

(De José Luis Borges)

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
 

 

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