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lunes, junio 1

24 horas en Vejer de la frontera

(Un texto de Carmen Gómez-Cotta en el suplemento El Viajero de El País del 30 de octubre de 2021)

Casitas bajas y blancas, calles empedradas y empinadas, recónditos patios nazaríes, panorámicas que alcanzan el mar. Vejer de la Frontera seduce a primera vista. En su carácter se aprecian restos romanos, cartagineses y fenicios (quienes implantaron la pesca del atún de la almadraba), aunque más notable es la impronta árabe, porque durante 540 años los musulmanes dominaron este estratégico enclave gaditano. En 1250, Fernando III el Santo lo recuperó para la Corona española; pero no fue hasta 1285, con Sancho IV, cuando pasó definitivamente a manos cristianas. El resultado de estas conquistas es una amalgama que se aprecia en su arquitectura, diseño urbano y gastronomía; y para descubrirla, lo mejor es recorrerla en otoño, cuando el calor amaina y sus callejuelas se vuelven más tranquilas.

9.30 - Coger fuerzas

Para zambullirse en la cultura vejeriega nada mejor que empezar el día desayunando una tostada de manteca colorá en la Venta Pinto (ventapinto.com), un lugar con más de 400 años de historia, a los pies de la montaña, que servía de alto en el camino para los viajeros. Si prefiere arrancar con algo más dulce, el tocino de cielo no se puede obviar. Y si lo suyo son los desayunos tradicionales, decántese por el clásico andaluz de pan con aceite, tomate y jamón; añada queso payoyo (de cabra payoya, autóctona de la sierra de Cádiz) y disfrute del bocado más gaditano. Pida lo que pida, tómelo en la terraza disfrutando de las vistas.

10.30 - Cinco puertas

El casco histórico queda dentro de las murallas, levantadas en el siglo XV, y su centro neurálgico es la plaza de España, con su colorida fuente de azulejos, sus grandes palmeras y sus buganvillas. A un lado, el Arco de Sancho IV, la puerta más antigua (XIII) y mejor conservada, da a la Casa del Mayorazgo, donde recrear cómo era vivir en comunidad (compartiendo aseos, cocinas y patios) y contemplar una buena panorámica de la ciudad, el campo y la costa desde su torre medieval. Al otro lado, el Arco de la Villa lleva a la iglesia del Divino Salvador, pegada al Arco de la Segur, que se reconoce por su torre del campanario, construida sobre un antiguo minarete.

Bajando esa misma calle aparece el convento de los Concepcionistas adherido al callejón más emblemático; el Arco de las Monjas: una sucesión de contrafuertes construidos para sujetar uno de los lados de la capilla del convento y que da paso al barrio de la Judería, repleto de tiendas artesanales y pequeñas galerías. Al final de la calle se alza el castillo de los siglos IX y X, que hoy es un edificio residencial cuyo patio nazarí, lleno de jazmines, está abierto al público. Y tras el castillo, el Arco de Puerta Cerrada conduce al mirador de la cobijada vejeriega, donde se alza la escultura de una mujer vestida de negro, que solo deja al descubierto su ojo izquierdo y es el símbolo de esta ciudad.

Hay quien cree que el traje de cobijada de Vejer es herencia de su pasado islámico, pero este se remonta a los siglos XVII y XVIII y sigue el modelo castellano de manto y saya.

13.00 - Aperitivo en el mercado

La antigua plaza de Abastos dio paso hace unos años al mercado gastronómico San Francisco (calle de San Francisco, 3), donde los tenderetes tradicionales comparten cartel con puestos de productos gourmet. Lo mejor es pasear por todos (sin perderse los azulejos del techo), seleccionar varias cosas y comerlas en las mesas del centro. ¿Sugerencias oriundas? Lomo en manteca, almuerzo campero (guiso de cerdo), carne de retinto (ternera de Cádiz), atún rojo de la almadraba o algún queso. Eso sí, deje hueco para el almuerzo; el lugar lo merece.

15.00 - Huevos fritos con historia

Los huevos fritos con papas y jamón de Antonio Esquivel y su cuñada Maruja Gallardo en la Venta El Toro, a las afueras de Vejer, son conocidos en toda España. Abierto desde los años cuarenta, por aquí han desfilado figuras emblemáticas de la política y la cultura, como los toreros Dominguín y Paquirri, cuyas historias, contadas con la gracia de un orador de pro como es don Antonio, amenizan la comida. El almuerzo campero y los guisos del día son otros hitos. Parada obligatoria para la que es necesario reservar (956 45 14 07). En otoño e invierno solo abre a mediodía.

17.00 - Entre molinos

¿Quién dijo que solo hay molinos de viento en La Mancha? Vejer cuenta también con molinos construidos en el siglo XIX para moler el trigo. Ya no se usan, pero son parte de su legado histórico cultural. En el parque Hazas de Suerte se pueden apreciar varios. Después, en un paseo de 10 minutos, disfrute de un buen café en El Poniente (avenida de Buenavista), con una terraza fabulosa desde donde gozará de unas vistas con la playa de El Palmar de fondo. Las puestas de sol aquí son legendarias.

20.00 - Un clásico

Un aperitivo antes de la cena en La Casa del Vino (plaza de España) es un clásico. Rodeado de barricas, es el lugar perfecto para degustar algún vino de la zona. Si los sabores dulzones le atraen, pruebe una copita de cream, o vino de los ingleses, un tipo de jerez que resulta de una mezcla (cabeceo) de vinos secos con una base de oloroso, que le da esa intensidad y textura aterciopelada. La Taberna La Judería es otra buena opción por sus tapas y las vistas de la ciudad.

21.00 - Cena en un granero del XVI

¿Le apetece un viaje gastronómico? Reserve entonces en El Jardín del Califa (califavejer.com) y prepare el paladar para saborear Marruecos, Turquía, Líbano. Este antiguo granero del siglo XVI cuenta con un enorme jardín para cenar entre palmeras, dos comedores y un reservado en lo que antaño fue un aljibe de la época musulmana. El restaurante forma parte de La Casa del Califa (14), un hotel construido sobre un edificio del siglo X que conserva la esencia andalusí. Si le apetece algo más español, vaya a Casa Varo (casavaro.com) a homenajearse con atún rojo de almadraba o a Las Delicias (lasdeliciasvejer.com), un antiguo teatro con conciertos en directo. Y si todavía tiene ganas de más, tómese la última en La Bodeguita (Marqués de Tamarón, 1) o La Central (Teniente Castrillón, 5).

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domingo, mayo 31

El viaje secreto (y sin ropa interior) a China con el que Kissinger cambió la historia para siempre

(Un texto de Guido Santivecchi en El Mundo del 12 de julio de 2021)

Fue la semana que cambió el mundo. El deshielo entre Washington y Pekín hace 50 años tuvo escenas propias de novela de espías y a Kissinger (y su maleta olvidada) como grandes protagonistas.

«Doctor Kissinger, hay una noticia especial que le concierne: usted se encuentra desaparecido». Así fue como Zhou Enlai dio la bienvenida al asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos hace justo 50 años, el 9 de julio de 1971, en Pekín. Una historia de espías adaptada a las circunstancias de ese primer encuentro secreto entre el Gobierno de Nixon y la dictadura china.

La broma del primer ministro chino fue registrada por Winston Lord, el joven asistente de Kissinger, quien la transcribió en un memorando de 110 páginas con el título Alto secreto / sensible / exclusivamente para sus ojos. Ha permanecido bajo llave en el archivo de la Casa Blanca durante tres décadas y ahora sale a la luz, mientras los politólogos de ambos lados del Pacífico estudian aquella operación diplomática que cambió el equilibrio de poder entre Occidente y Oriente y se preguntan si la distensión entre las dos superpotencias puede resucitar ahora con nuevos giros de guion.

La nostalgia es grande en Pekín, que rinde culto a la historia, honró a Kissinger con el título de zhongguo renmin de lao pengyou [Viejo amigo del pueblo chino] y lo ha recibido y escuchado en más de 80 ocasiones después de aquel misterioso aterrizaje. El espectacular abrazo de 1971 entre EEUU y la República Popular China se ha catalogado de varias maneras: «diplomacia triangular», «minué», «tácticas de zorro contra erizo», incluso «la creación de Frankenstein».

Cada definición refleja una parte de la realidad, como el nombre en clave que se le dio a la operación: Marco Polo. El presidente Richard Nixon había decidido aprovechar la brecha en la feroz rivalidad entre Moscú y Pekín jugando con dos barajas: creando relaciones más estrechas con China y la URSS que las que los dos países comunistas mantenían entre sí.

Pero volvamos a la historia. Durante meses, los estadounidenses y los chinos habían intercambiado señales a distancia, a través de intermediarios extranjeros, por canales tortuosos: se registraron 136 contactos, de París a Varsovia, sin ningún resultado. «A esos intentos les habíamos dado el nombre en clave de Minué, porque como en un baile por parejas, nos movíamos dando pequeños pasos, intentando medirlos, pero era difícil», recuerda el profesor Tao Wenzhao, de la Academia de Ciencias Sociales de Pekín.

Las conversaciones preliminares encallaron inmediatamente en las rocas de las declaraciones cargadas de ideología. La desconfianza se había extendido a lo largo de 20 años, desde que Mao Zedong proclamó el nacimiento de la República Popular el 1 de octubre de 1949 y Washington se puso del lado de Chiang Kai-shek, refugiado en Taiwán. Después, en los tres años que duró la guerra de Corea, un ejército de voluntarios chinos luchó contra las fuerzas de la ONU dirigidas por EEUU. La imagen simbólica siguió siendo la del secretario de Estado norteamericano John Foster Dulles, quien se negó a estrechar la mano de Zhou Enlai durante la conferencia de paz sobre Corea en Ginebra en 1954.

En enero de 1969, el recién elegido presidente Richard Nixon intentó romper este «aislamiento airado», como él mismo lo calificó. Alexander Haig, que en aquel momento era número dos en el Consejo de Seguridad Nacional, recordó: «Henry Kissinger, saliendo de la Oficina Oval, me dijo. 'Al, el jefe quiere establecer relaciones con China'. Le respondí: 'Debes haber entendido mal, es un defensor de la Guerra Fría'. Kissinger respondió: 'Creo que está loco'». Pero Nixon estaba lúcido: quería involucrar a los chinos para abrir otro frente y rodear a la Unión Soviética. Aunque los primeros intentos no dieron resultado.

El episodio que tuvo lugar en Varsovia en 1970 fue cómico. El embajador estadounidense en Polonia había recibido instrucciones de entregar un mensaje a los chinos, pero ningún diplomático comunista quería correr el riesgo de ser visto cerca de un «enemigo imperialista». La oportunidad llegó en un lugar poco probable: un desfile de moda yugoslavo en la capital polaca. Cuando los estadounidenses vieron a algunos funcionarios chinos en la sala, comenzaron a gesticular, tratando de acercarse a ellos. Los otros, que no habían recibido instrucciones de Pekín, se levantaron y caminaron rápidamente hacia la salida para poner fin a una situación embarazosa. Se produjo una persecución y, al final, un estadounidense gritó en polaco, el único idioma que tenían en común con sus interlocutores: «Somos de la embajada de Estados Unidos, debemos reunirnos con su embajador... El presidente Nixon quiere reanudar las conversaciones».

Mao, no obstante, también disponía de discretos canales de comunicación. Uno de sus favoritos era la figura de Edgar Snow, el periodista estadounidense que en 1936 lo entrevistó en Yan'an, donde había terminado la Larga Marcha. Fue Snow quien hizo la famosa foto en la que el líder comunista luce una gorra con una estrella roja.

En el otoño de 1970, Snow fue invitado a Pekín para escuchar de nuevo al Gran Timonel. La diplomacia china utilizó esa entrevista en la que Mao se refirió al posible diálogo con Nixon como un mensaje en una botella lanzado al océano. A Snow se le dijo que no entrecomillara las palabras del presidente y que no publicara el artículo durante tres meses. Mao fue muy inteligente imaginando que el reportero iba a ser interrogado inmediatamente en Washington y que revelaría la propuesta de dar la bienvenida a Nixon a la Ciudad Prohibida «como jefe de estado o como turista». No fue el caso, porque la Casa Blanca consideraba a Snow un personaje próximo al comunismo. Cuando la entrevista se publicó en Life el 30 de abril de 1971 ya había sido superada por los acontecimientos.

4 de abril de 1971. Nagoya (Japón). Campeonato mundial de tenis de mesa. El jugador estadounidense Glenn Cowan, un joven hippie rebelde, había perdido el autobús de su equipo. El vehículo chino se iba y él se subió: nunca se ha aclarado si por error, por provocación o porque le ofrecieron llevarle. Sin embargo, se trataba de un gesto contrario al protocolo, porque en esos días a los atletas de Pekín se les había prohibido incluso hablar con los yanquis capitalistas.

En el autobús, sin embargo, había un jugador chino tan querido en su país que podía permitirse el atrevimiento de una infracción: Zhuang Zedong, tres veces campeón del mundo y artífice de una forma revolucionaria de coger la pala. Ese día también inventó la diplomacia del ping-pong.

La Historia se había subido a ese autobús, aunque al principio fue gélida. «Habían pasado 10 minutos y ningún miembro de nuestro equipo se había atrevido a mirar al desconocido a la cara. Pensé que era sólo un deportista, no un político. Me levanté, llamé al intérprete y fui a saludar», relató Zhuang más tarde en innumerables ocasiones.

Lo que el campeón chino le dijo a su rival estadounidense forma parte de la leyenda: «Aunque el Gobierno de EEUU es hostil con China, los ciudadanos americanos son amigos de los chinos. Le doy esto en señal de amistad entre el pueblo chino y el pueblo americano». Sacó de su bolso un pañuelo de seda con una imagen impresa de las montañas Huangshan. Había fotoperiodistas y la instantánea acabó en los periódicos.

Se dice que, después de ver la foto, Mao ordenó ipso facto invitar al equipo estadounidense a China. Pero no fue exactamente así, porque incluso el viejo revolucionario no estaba seguro de la reacción de las masas chinas. Lo que sucedió en las horas previas a la decisión fue revelado años más tarde por Wu Xujun, la enfermera del líder comunista. Mao, que se encontraba enfermo, tomaba somníferos antes de comer. Las pastillas eran tan potentes que le arrebataban de golpe la lucidez, por lo que el Timonel había dispuesto que «sus palabras, después de ingerir las pastillas para dormir, fueran ignoradas y olvidadas».

«A las 11 de esa noche del 4 de abril -relató la mencionada enfermera- se despertó y habló, murmuró unas palabras que me llevó un instante comprender. Quería que llamara a Zhou Enlai para invitar a los jugadores estadounidenses. Estaba asombrada y asustada. Le pregunté si debía tener en cuenta sus palabras en ese momento, a pesar de sus órdenes sobre los somníferos. Pareció quedarse dormido de nuevo, pero después de un rato abrió los ojos y me dijo: 'Pequeña Wu, ¿por qué no haces lo que te pedí que hicieras? Y date prisa, de lo contrario perderemos esta oportunidad».

La pelota estaba en campo estadounidense.

Después del evento deportivo, llegó a Washington un mensaje de Zhou Enlai que ofrecía una reunión con un alto funcionario de la Casa Blanca. La elección del negociador fue tormentosa. Nixon temía que el emisario pudiera robarle el protagonismo. Despidió al vicepresidente Nelson Rockefeller porque era «un aficionado» y a George Bush, entonces embajador ante la ONU, por ser «demasiado débil y poco sofisticado». Finalmente recurrió a Kissinger y ordenó que viajara en el más estricto secreto para evitar conflictos internos dentro de la Administración y demandas de información por parte de sus aliados.

El 1 de julio de 1971 la delegación estadounidense partió para un largo viaje. «Elegimos hacer paradas agotadoras y aburridas en varias capitales, de Saigón a Bangkok, Nueva Delhi y finalmente Rawalpindi, para desanimar a los periodistas», escribió Kissinger en sus memorias. Solo el dictador de Pakistán, el general Yahya Khan, conocía el plan, porque contaba con la confianza de ambas partes y su colaboración logística era fundamental.

La noche del 8 de julio, durante un banquete en Pakistán, Kissinger fingió estar enfermo, abandonó la sala, se subió a un coche y se dirigió al aeropuerto. El dispositivo paquistaní lo estaba esperando a pie de pista. A bordo de un avión había cuatro emisarios chinos. Kissinger llevaba a tres jóvenes ayudantes con él. Los dos agentes del Servicio Secreto desconocían el destino. «Cuando vieron a los chinos en el avión pensaron que se trataba de un intento de secuestro, casi les da un infarto», admitió.

Con las prisas se cometió un pequeño error: el maletín de Kissinger con ropa interior de repuesto se quedó en el maletero del coche. Para aliviar la tensión del vuelo, uno de sus asistentes le dijo: «Henry, todavía no te has sentado a la mesa con los chinos y ya te has quedado sin camisa». Dicen que John Holdridge le prestó una de las suyas, demasiado grande porque era 15 centímetros más alto. Tanto, que «le hacía parecer un pingüino». En el cuello tenía una etiqueta: made in Taiwan. Un signo del destino.

Así se plantaron donde les estaba esperando Zhou Enlai. Segunda nota de la reunión: «El primer ministro Zhou ofrece cigarrillos a los invitados. '¿Nadie quiere? Me he topado con un grupo de no fumadores'», bromea. El plenipotenciario mandamás chino se encontraba aparentemente relajado. Kissinger tenía prisa, porque apenas disponía de una ventana de 48 horas antes de reaparecer en Pakistán sin levantar sospechas.

Había muchos asuntos de los que discutir. Aquí es donde entra en juego la Teoría del zorro y el erizo, evocada por el historiador Niall Ferguson. El zorro americano tenía muchos objetivos: el primero era organizar la visita de estado de Nixon a Pekín. Luego, recibir garantías chinas de su retirada militar de Vietnam. Estabilizar Corea. Presionar a los soviéticos. Frenar la carrera armamentista. Poner fin a la guerra de independencia de Bangladesh de Pakistán.

Zhou Enlai era un erizo y quería hablar de Taiwán: «Para ustedes tiene poco valor estratégico, para China es una herida abierta. Si no resolvemos el problema de inmediato, será inútil continuar». Kissinger intentó mantener la ambigüedad: «Como estudioso de Historia puedo predecir que la evolución política irá pacíficamente en la dirección que persigue...». Zhou quería respuestas más claras. Finalmente, el estadounidense acordó reconocer a la República Popular China como el único Gobierno legítimo de China, confiando el destino de Taiwán «a un horizonte temporal compatible con las necesidades internas de Estados Unidos».

Acto seguido, Kissinger hizo dos observaciones sobre el tema: «La diplomacia no debe ser sentimental, sino predecible» y «Pekín ha demostrado ser extremadamente flexible en el momento de aplicar el principio de que sólo hay una China, los presidentes estadounidenses han perseguido hábilmente una posición de equilibrio, acercándose a la República Popular China y con el mantenimiento de las condiciones para el desarrollo de la democracia en Taipei».

Ahora, Xi Jinping afirma que la cuestión de la reunificación ya no se puede relegar a las generaciones futuras, y durante meses los aviones chinos han estado haciendo incursiones a diario alrededor de la isla, en maniobras que parecen ensayos generales. El 11 de julio de 1971, el doctor Kissinger regresó en secreto a Rawalpindi y, departiendo con sus compañeros de viaje, dio pruebas de la falta de sentimentalismo que predicaba.

El 15 de julio se anunció el acuerdo para la visita de Nixon a Pekín. El 21 de febrero de 1972, el presidente de EEUU se reunió con Mao y el 28 de febrero declaró que sólo hay una China, brindando por la «semana que cambió el mundo». El zorro pensó que él era el ganador. Medio siglo después, Xi Jinping anuncia que «Oriente está en ascenso y Occidente, en declive».

Viene a la mente un último pensamiento de Nixon, expresado en una entrevista de 1994: «Queríamos abrir China al mundo, me pregunto si hemos creado un Frankenstein».

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sábado, mayo 30

Zaragoza desconocida: Cementerios alemán y musulmán

(Un texto de Soledad Campo en el Heraldo de Aragón del 12 de octubre de 2013)

Forman parte de la historia de Torrero desde que en la Guerra Civil comenzó a enterrarse en ellos a los soldados musulmanes y alemanes fallecidos en combate. Dos peculiares necrópolis ajenas al trajín de visitantes.

Pasearse por estos dos pequeños camposantos es como acercarse a la herencia germana de la capital aragonesa y palpar una realidad multicultural. Los orígenes de ambos se remontan a la Guerra Civil, cuando se comenzaron a utilizar para que se enterrasen en ellos a los soldados caídos en combate. En los últimos años las comunidades musulmán y alemana trabajan, con mayor o peor fortuna, para recuperar del olvido estos remansos de paz, evitar que el inevitable deterioro siga haciendo mella en ellos y rescatar la memoria de sus ancestros. Que nadie espere un alarde artístico al adentrarse en ellos.

Al final de la avenida de América, en un lateral de la tapia de Torrero, hay dos cancelas cerradas por un candado. Sobre esa puerta puede leerse en letras grandes la leyenda «Deutscher Friedhof» (cementerio alemán). De él cuida la Asociación para la Administración y Conservación del Cementerio Alemán en Zaragoza, creada oficialmente en 1983 por los descendientes de la colonia germana que llegó a la capital aragonesa durante la Primera Guerra Mundial y dueña de los terrenos.

Todo empezó un mes de mayo del año 1916, cuando llegaron a Zaragoza 347 internados alemanes procedentes de Camerún. Su historia e influencia en la capital aragonesa las rastrea el escritor y periodista Sergio del Molino en el libro 'Soldados en el jardín de la paz'. El recinto se inauguró oficialmente el 6 de noviembre de 1941 (año de la cesión del lugar por parte del Ayuntamiento), aunque hay tumbas anteriores a esas fechas, y quedó a cargo del cónsul alemán en la ciudad. La propia colonia se encargó de mantener el lugar desde que en 1945 el consulado germano pasó a ser honorario. Entre las alrededor de 60 lápidas que uno puede llegar a contar conviven las rotas y con inscripciones prácticamente borradas y difíciles de descifrar, con las más actuales y cuidadas. Aunque no tiene un carácter castrense, aquí están las losas de soldados de las dos guerras mundiales y de la contienda española. Sus restos, según consta en el Ayuntamiento de Zaragoza, fueron trasladados en 1982 al cementerio de Yuste (Cáceres), donde se encuentra el único camposanto militar alemán de España.

El pequeño recinto tiene acceso independiente y hay que pedir una llave a la agrupación que cuida de él. Está separado del resto de Torrero por un muro y se ha instalado una valla metálica para evitar actos vandálicos. «En la asociación somos una treintena de personas que pagamos una cuota para mantener el lugar limpio y decente», cuenta Alfonso Kurtz, uno de sus miembros más veteranos. «Hemos intentado ponernos en contacto con familiares de personas enterradas aquí para que repararan tumbas, pero como muchos están fuera de España es difícil». Aquí descansa el músico aragonés Mauricio Aznar desde hace 13 años [en 2013] se han registrado dos inhumaciones.

Para llegar al cementerio musulmán uno tiene que adentrarse en Torrero y caminar hacia el extremo colindante con la Z30. Un cartel lo anuncia en español y árabe, aunque en la valla alguien ha escrito en árabe «Dios es único y Muhammad es su mensajero».

El profano en este tipo de necrópolis se sorprende al primer vistazo, no solo porque las fosas estén orientadas hacia la Meca, sino por la humildad de las tumbas. Dos ladrillos tabiqueros rojizos colocados a la cabeza y los pies las delimitan (en uno de ellos figura el nombre del fallecido) y entre ambos solo hay un promontorio de tierra, rodeado de piedras, que apenas levanta un palmo del suelo. Una muestra de que la muerte iguala a todos. Solo algunos lucen cartelas o flores y el mayor exceso son las tres o cuatro lápidas de baldosines.

«En nuestra religión el entierro debe ser algo muy sencillo», explica Abderrahmen Ben Chaabane, miembro de la comisión mixta de seguimiento del convenio suscrito en mayo [de 2013] por el Ayuntamiento y la comunidad islámica para la gestión del recinto. En líneas generales, el colectivo musulmán se encarga de la gestión directa del nuevo edificio construido para tanatorio (una antigua reivindicación) y realiza la ceremonia preparatoria del cadáver (se lava, purifica y perfuma para después envolverlo en un sudario blanco), además de llevar a cabo los enterramientos. El consistorio realiza los huecos para las sepulturas y autoriza las inhumaciones.

En una rotonda central hay una estrella de ocho puntas (se usan en el Corán para marcar el final de un capítulo), como en las ventanas del tanatorio y las cancelas que dan a la Z30 (por el exterior tienen una media luna y nunca se abren). Se inhuman no solo musulmanes fallecidos en la ciudad, sino también procedentes de Navarra, País Vasco, Logroño y Lérida. En 2012 se enterraron 16 niños y 3 adultos. Ahora, la comunidad quiere regular mejor el tipo de tumbas, esas que, como dice Abderrahmen Ben, «nos recuerdan que todos somos iguales y nos hacen más humildes».

Los enterramientos musulmanes llaman la atención por su extrema sencillez, con dos ladrillos tabiqueros rojizos y un promontorio de tierra rodeado de piedras.

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