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miércoles, octubre 31

Postales alternativas de los Mares del Sur

(Un reportaje de Felip Vivanco en el Magazine del 29 de julio de 2018)

Más allá de los cocoteros y las playas de arena cegadora, Tahití y sus islas siguen siendo un paraíso desconocido de paisajes alpinos, ritos ancestrales y olores florales que se pegan a la piel y ya no se olvidan.

Más allá de los cocoteros y las playas de arena blanca de los resorts, hay otras playas cubiertas de fragmentos rotos de coral fosilizado a las que no va nadie. Más allá están el tapiz verde que forman helechos y árboles alpinos, riscos afilados y ríos anónimos que llevan agua ronca. Más allá de las fotos oficiales hay instantáneas más modestas, pero imborrables: pescadores preparando arpones y cañas en el puerto para pescar atún y mahimahi; olores que se pegan a la piel como un tatuaje; sabores cocinados bajo tierra; cantos guerreros, danzas rituales, monumentos a exploradores que con su piragua cruzaron siete, ocho y nueve mares… Más allá del lujo terrenal aparecen las pequeñas roulottes que sirven comida francesa, china o autóctona. Lo que le hayan contado de la Polinesia francesa, de Tahití y sus islas, siempre será poco.

A 16.000 kilómetros de lo que usted está haciendo (15.600 si se encuentra en Zamora, 16.218 si está en Alicante), hay unos niños que se zambullen en el puerto de Fare, capital de Huahiné. Es día de fiesta. Hay mercado semanal y comida popular. Por un lado, puestos de melones y sandías, de judías verdes, plátanos marrones, blancos y verdes, patatas y batatas. Por otro, las mamas, las señoras más venerables de la isla, ofrecen manjares con una sonrisa y una corona de flores en el pelo. Todo es gratis y está buenísimo, pero es imposible saber qué es cada cosa. Suerte que Fréderic Chinfoo, cicerone por los andurriales de Huahiné, pone nombre a los sabores y texturas: “Eso es uru asado, el pan del árbol; esto es fafa poulet, pollo con fafa, muy parecido a las espinacas; y eso de ahí pasta de coco prensada; y aquello cerdo marinado con purau…”. Un respiro, o dos, gracias. Hay plátano frito y asado.  Y ñame. Y taro. Y por supuesto poisson cru, pescado crudo marinado que se sirve con pepino y tomate y es la bandera culinaria polinesia por excelencia. Se come con las manos. “Maruru”, exclaman las mamas. No, gracias a ustedes, señoras.

Una hoja ancha o media cáscara de coco sin pulpa sirven de plato. Así, todos los deshechos son orgánicos. Para bajar las delicias tropicales, agua de coco (cómo no) fresca, medio efervescente y un poco picante. Hay tanta que cuesta acabársela toda.En Huahiné la vida transcurre firme e inexorable pero a velocidad moderada y al ritmo que marcan las chancletas al andar.

Los mayores comen a la sombra; los niños prefieren subirse a la maroma del Tahiti Nui y lanzarse al agua. El buque es una ciudad gubernamental flotante que va de isla en isla: hace de autobús, estafeta de correos y hostal. Cuando zarpe al día siguiente se dirigirá a Raiatea, paraíso que confirma el gran verso de Éluard: “Hay otros mundos pero están en éste”.

Ya es el día siguiente. Desde el muelle de Uturoa, la puerta de Raiatea, llega el olor a pollo laqueado y patatas fritas de las roulottes. Es el aperitivo de un manjar paisajístico que va alimentando el alma y las pupilas por la carretera que lleva a Taputapuatea, monumental marae (templo sagrado) reconocido en el 2017 por la Unesco como patrimonio de la humanidad.

Varias plazas cuadradas empedradas y rodeadas por un murete marcan los confines del lugar. En la más grande sobrevive uno de los cientos de tikis que llegaron a adornarlo. Taputapuatea es el centro espiritual de los polinesios, consagrado al dios Oro y lugar no sólo de los sacrificios a los dioses, sino también de la partida de las expediciones que extendieron esta civilización desde Nueva Zelanda (en maorí Aoratearoa), pasando por Hawái (Havaii, es el antiguo nombre de Raiatea) y hasta llegar a la isla de Pascua (Rapa Nui, la Rapa grande), en lo que se conoce como el Triángulo polinesio, a veces representado también con un pulpo, en cuyos tentáculos se puede leer Samoa, Tonga, las islas Cook, Rapa… A cada lugar que llegaban, los exploradores llevaban una piedra del templo para construir otro. Su conocimiento de los mares y su lectura del agua les llevó tan lejos como Vancouver, en la costa suroeste de Canadá. Es difícil saber qué fascina más, si el silencio que abraza el marae, o el mar que la acompaña día y noche: que pasa del azul celeste, al turquesa, al añil, azul marino, gris cobalto, negro azabache.

De regreso al puerto y rumbo a la isla de Taha’a las aguas se llenan de fugaces globos submarinos que corretean como si perdieran aire, peces de todos colores y tamaños que van y vienen y que huyen cuando merodean los tiburones. También se pueden ver delfines danzando a lo lejos o acompañando a la embarcación.

Taha’a huele a vainilla y a pino y la vecina Manihi, donde se asienta uno de los resorts más imponentes del Pacífico, a flor de tiaré, especialmente después de un buen aguacero que impregna todo de una serena tristeza tropical.

Bora Bora no necesita presentación, una isla peñasco rodeada de una corona de coral, un atolón que la abraza, como un foso de un castillo medieval pero al revés, y que sólo deja un acceso de entrada, ni muy ancho ni muy estrecho. El camino a la playa de Matira, con el motor al ralentí, es terapéutico, catártico. Sobrevolar la isla, enjoyada con todos los azules y blancos del agua y los verdes de la montaña, también.

Los souvenirs, los que se quedan para siempre, no el imán de la nevera ni el pareo estampado, inundan los sentidos. La primera verdad sobre el aeropuerto de Faaa, el de Tahití, es que es muy anodino, pero huele tan bien que nada importa. Una tormenta de perfume floral hace levitar al visitante. Se llega de noche, noche húmeda, las coronas de flores de bienvenida aguardan. Es como vivir dentro de un frasco de colonia gigante y vacío que todavía conserva el aroma. Tantas horas de vuelo ya han valido la pena. Más allá de los cocoteros y las playas, en este rincón de los Mares del Sur también embriaga lo que no se ve, lo que no se toca.

A Papeete se le pueden echar pocos piropos. Por eso, desde hace unos años, la ciudad convoca un concurso bianual de grafitis que llenan de color y buen humor las medianeras de muchos edificios. Cuando el pintor Paul Gauguin llegó aquí a finales del siglo XIX buscando “lo salvaje” se encontró con un ciudad colonial de la que huyó veloz con destino a Punnaia y Maiatea. Ya por entonces funcionaba el actual mercado, un espectáculo a primerísima hora del domingo, con los puestos de pescados multicolores, delicias chinas, rollos vietnamitas, cruasanes y pains au chocolat, vainas de vainilla y muchas flores.

Los compradores se llevan la comida el día: pollo asado ya troceado, zumo de caña de azúcar. Hay un vendedor de palomitas de maíz. Le quedan pocas bolsas. ¡Normal! El espectáculo es tal que vale la pena comprar una, sentarse en un rincón y dejar volar el tiempo.

A las ocho de la mañana hay misa en la catedral de la Inmaculada Concepción y un poco más tarde en los templos protestantes o evangélicos. Hombres encorbatados, mujeres con pamelas, niños con chaqueta y camisa blanca. Un coro de guitarras. Mucho abanico. A las diez, una visita al centro cultural Arioi, en Papara, donde el visitante puede comprender un poco mejor los rudimentos de la cultura local, de cómo vivieron los polinesios hasta mediados del siglo XIX antes de que las potencias coloniales intentaran borrar (en muchos casos  lo han conseguido) el uso de la lengua autóctona, la tradición de los tatuajes (invento polinesio), la fabricación de tela a partir de las corteza de los árboles (tapa) que se han conservado un poco mejor en las remotas islas Marquesas.

Hinatea Colombani, muy conocida en la isla por su escuela de bailes polinesios, una de las grandes pasiones de estas islas, regenta este centro de divulgación y cultura. Recibe con una corona de hojas de caña e invita a presenciar el inicio de la ceremonia de la ahima’a, una barbacoa polinesia en la que los alimentos se cuecen debajo de la tierra. Instrucciones: en un agujero cuadrado de medio metro de profundidad se hace fuego y con las brasas se calientan una serie de piedras volcánicas redondas, entre ellas se colocan los manjares (pescados entre cestas), pulpa de batata violeta dentro de cañas de bambú selladas... Luego se tapa todo con hojas gigantes y estas, a su vez, se cubren con un poco de tierra. Y a hornear durante cuatro horas. Mientras, el visitante comprende que por mucho que lo intente nunca aprenderá la lengua polinesia, ni bailará desenfadadamente sus danzas por mucho que se ponga unos cocos en el pecho, ni tocará bien los tambores, troncos de árbol huecos, o la flauta que suena con la nariz. “Hemos descubierto nuevas danzas, damos clases de repaso, durante décadas nuestras costumbres estuvieron prohibidas, pero en los últimos años ha habido una revolución cultural”, cuenta Colombani.

Las horas pasan volando, antes de comer hay que tejer platos y bandejas con hojas de palmera. Y pelar plátanos y abrir las cañas de bambú. Huele todo muy bien y sabe mucho mejor. Todo excepto el faa’faru, un pescado fermentado, de sabor fortísimo y olor que se recuerda, como el de las flores, pero al revés. Hay que intentar que ese no sea el último perfume que quede en la cabeza. Sí, el del aroma a coco y a tiaré. De regreso al aeropuerto, las experiencias se amontonan. Despegue. Un suspiro. Es de noche y el agua todavía bracea por seguir siendo azul y no ahogarse. Increíble.

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jueves, octubre 25

Memorias del garrote vil

(Un texto de Juan Eslava Galán del XLSemanal del 31 de diciembre de 2017)

En 2018 se [cumplieron] cuarenta años de la abolición de la pena de muerte en España. Con ese motivo rescatamos la historia del garrote de ajusticiar, un invento que nos retrotrae a tiempos por fortuna superados.

El 2 de marzo de 1974 se realizaron las dos últimas ejecuciones con garrote practicadas en España, la del anarquista Puig Antich en Barcelona, con el modelo ‘de corredera’ de la Audiencia de Madrid, y la del vagabundo alemán Georg Michael Welzel en Tarragona, con el garrote ‘de alcachofa’ de la Audiencia de Sevilla.

El verdugo que ejecutó a Welzel, José Moreno Moreno, llevaba varios años cobrando la nómina como ejecutor de la Audiencia, pero no tenía experiencia alguna ni nadie le había explicado el funcionamiento del garrote. Después de examinar el artilugio concluyó erróneamente que aquello se ponía en torno al cuello del reo y se giraba la manivela hasta que los dientes de la alcachofa penetraban en su cerebelo. «Lo mismo que cuando se apuntilla a un toro» -comentó al ujier de la Audiencia que le entregaba el aparato-.

Confortado por la ingestión de coñac y moscatel, el condenado se dejó atar de pies y manos a una silla. Había una docena de personas presentes, pero ninguna cayó en que faltaba el imprescindible poste en el que se debe apoyar el garrote. Tampoco disponían de la preceptiva capucha con la que cubrir la cabeza del reo, pero la improvisaron con la funda de un cojín.

A las nueve en punto, don Gregorio Mesquida -director de la prisión- ordenó la ejecución. José Moreno extrajo el garrote de su envoltorio. Si pretendía accionar el manubrio con ambas manos, lo que parecía obligado, tenía que contar con el concurso de alguien que lo sostuviera a la altura adecuada. Dos funcionarios de prisiones fueron reclutados como improvisados ayudantes. Situados a ambos lados de la silla sostendrían en vilo las guías del garrote «para que esté derecho y no se mueva mientras yo le doy a la manivela».

Nervioso, Welzel respiraba dificultosamente dentro de la cretona. José Moreno Moreno accionó el manubrio. La alcachofa avanzó rápidamente hasta la parte posterior del cuello y se clavó en la carne. El desventurado Welzel aullaba intentando incorporarse. El verdugo presionaba con el aparato para evitarlo. Se hizo evidente que el artilugio no apretaba lo suficiente para quebrar el cuello del reo. Para complicar las cosas, uno de los funcionarios que aguantaban el aparato sufrió un ataque de histeria. José Moreno Moreno culpaba de su incompetencia al cuello del reo, que era demasiado estrecho. El comandante Muro le zanjó el razonamiento con una sonora bofetada.

Algo había que improvisar. José Moreno Moreno desmontó el garrote y estrechó el corbatín añadiéndole un taco de madera. La operación se demoró un cuarto de hora mientras el reo gemía y sangraba. José Moreno volvió a colocar el garrote. Después de otros veinte minutos de padecimiento cesaron los estertores de Welzel. El médico certificó su defunción.

–Que nadie cuente lo que ha ocurrido aquí, o se atenga a las consecuencias– advirtió la autoridad competente.

El garrote se despedía de España. A los cuarenta años de la abolición de la pena de muerte en España (por la Constitución de 1978), algunas Audiencias españolas comienzan a rescatar de sus trasteros los garrotes de ejecutar y los exhiben en vitrinas.
El garrote forma parte de la leyenda negra que proclama en el extranjero la crueldad de los españoles. Sin embargo, en un principio se consideró una forma de ejecución humanitaria que ahorraba sufrimientos al reo.

Una aportación española

A finales del siglo XVIII, los franceses habían humanizado sus ejecuciones mediante la guillotina; y los ingleses habían adoptado el ahorcamiento con «caída larga» que desnucaba al reo en lugar de asfixiarlo. Con el mismo propósito humanitario España sustituyó la horca por el garrote a fin de que «el suplicio de los delinquentes no ofrezca un espectáculo demasiado repugnante a la humanidad y al carácter generoso de la Nación Española». En ello coincidieron los dos bandos de la guerra de la Independencia, tanto el francés (Real Decreto de José I del 19 de octubre de 1809) como las Cortes de Cádiz (enero de 1812). Aparte de la intención humanitaria es posible que el legislador valorara que el garrote contribuiría a evitar los fraudes. Ocurrían demasiados ahorcamientos fa­llidos por rotura de cuerda o quebranto de palo, en cuyo caso era costumbre indultar al reo. La justicia comenzó a sospechar que el reo o sus deudos sobornaban al ejecutor.

Fernando VII, en desacuerdo con toda disposición liberal, reinstauró la horca para el villano (decreto del 4 de mayo de 1814), pero finalmente cedió a la presión social y determinó la definitiva adopción del garrote en 1832: «Para señalar con este beneficio la grata memoria del feliz cumpleaños de la Reina mi muy amada esposa; y vengo en abolir para siempre en todos mis do­minios la pena de muerte por horca; mandando que en adelante se ejecute en garrote ordinario la que se imponga a personas de estado llano; en garrote vil la que castigue los delitos infamantes sin distinción de clase; y que sub­sista, según las leyes vigentes, el garrote noble para los que correspondan a la de hijosdalgo».

¿En qué se diferenciaban los tres garrotes: noble, ordinario y vil? Solamente en el atrezo. Los nobles hacían el paseíllo de la prisión a un cadalso adornado con paños negros a caballo y sin maniatar. Los condenados a garrote ordinario iban en asno o mula, y encontraban el cadalso desnudo, sin paños. A los condenados a garrote vil el mulo o el asno los arras­traba dentro de un serón de esparto y su tablado era más bajo que el ordinario.

Fuera noble, ordinario o vil, a la postre, el reo se encontraba ante el mismo collarín metálico. La absurda distinción, heredera del Antiguo Régimen, se abolió en 1848.

¿Cómo funcionaba el garrote?

El garrote primitivo era un simple torniquete de cuerda que estrangulaba a la víctima. El verdugo solía ayudarse de un poste a través del cual pasaba la soga, para inmovilizar al condenado. El moderno, el metálico, el artilugio que aplasta el cuello del condenado hasta reducirlo a un par de centímetros de espesor, se menciona por vez primera en 1651: «Un instrumento ingenioso compuesto de dos mitades metálicas, que el ejecutor junta dando vueltas al tornillo y en un abrir y cerrar de ojos se está en la otra vida».

Estos primeros garrotes eran del modelo llamado ‘de alcachofa’: una manivela accionaba un tornillo que retraía una pieza móvil hasta aplastar contra el poste el gaznate del condenado sin efusión de sangre.

Este garrote permaneció inalterado durante tres siglos, y después coexistió con el garrote moderno o ‘de corredera’, aparecido hacia 1880 en el que el collarín presiona contra un marco de hierro. El resultado es el mismo: aplastamiento de la garganta incluso triturando las vértebras.

Diversos modelos, mismo fin

Gregorio Mayoral (1863-1928), un famoso verdugo de Burgos, ideó un garrote cuyo tornillo atravesaba el poste y empujaba el cuello del reo hacia el corbatín, de atrás hacia delante, al contrario de los garrotes convenciona­les. Lesionaba así di­rectamente el bulbo raquídeo, sec­cionando incluso la médula espinal, lo que acarreaba una muerte fulminante. Otro tipo de garrote empezó a usarse en la Audiencia de La Habana hacia 1880. Se trataba de un garrote más evolucionado que los convencionales. En él, un potente tornillo de hasta seis pasos accionaba el corbatín contra una cogotera fija, de acero, en forma de media luna que comprimía la base del cráneo, a la altura de la primera vértebra, lo que aseguraba el desnucamiento.

La muerte de Antich

El 2 de marzo de 1974, Antonio López Guerra, titular de la Audiencia de Madrid, ejecutó a Salvador Puig Antich, militante anarquista, condenado por matar a un policía. Un funcionario de prisio­nes, testigo presencial, relató así la ejecución. «El verdugo comenzó a arremangarse y dijo algo así como ‘venga, que vamos a terminar rápido’. Entonces hicieron sentar a Salvador en un sillón de los que corrían por la prisión. Él no quería que lo ataran ni que lo enca­pucharan, pero el verdugo dijo que sí, y le puso la capu­cha y lo ató a la silla. Luego se puso detrás, dio dos o tres vueltas y ya estuvo. El sacerdote decía unas plegarias y de los demás no se movía nadie. La ejecución no pro­duce prácticamente ningún ruido. El verdugo le quitó luego los trastos del cuello, le quitó la capucha y lo cogió en brazos para, con ayuda de algunos funcionarios, po­nerlo en un ataúd que estaba preparado al lado».

El garrote permitía al reo morir sentado, en contraste con el degradante pataleo del ahorcado

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martes, octubre 23

El plástico ahoga la vida en el Mediterráneo

(Un texto de Antonio Cerrillo en el dominical del periódico de Aragón del 12 de agosto de 2018)

Los plásticos protagonizan una de las grandes transformaciones del Mediterráneo. Al menos 30 toneladas de estos residuos alcanzan cada hora sus orillas por una deficiente gestión. Sus efectos sobre la vida marina son cada vez más evidentes.

Un cachalote apareció muerto el 27 de febrero en Cabo de Palos, en Murcia. La necropsia mostró que en su estómago se habían acumulado 29 kilos de basura; la mayor parte, plásticos. El cetáceo había ingerido sacos de rafia, trozos de redes, bolsas e, incluso, un bidón. Es más que probable que los desechos bloquearan su aparato digestivo. La agónica imagen de un animal que puede llegar a medir 18 metros víctima de productos que simbolizan nuestro modelo de consumo ilustra los efectos que están teniendo los residuos plásticos en los océanos. Son ya una amenaza muy real para la vida marina y la biodiversidad en el Mediterráneo.

En la madrugada de un domingo, en las playas de algunas de las grandes ciudades españolas del Mediterráneo, botellas de bebidas, bolsas de aperitivos, copas, vasos, colillas y envoltorios de plástico quedan en la arena como rastro del botellón de grupos de jóvenes. Horas después, pasan los camiones de la recogida de basura y, cuando por la mañana llegan los primeros bañistas, ya no hay huella del vertedero improvisado que fue la playa la noche anterior. Pero no siempre se da esa eficaz recogida de basura. Este y otros muchos focos son el origen de la ingente entrada de plásticos en el mar, que también son arrastrados por los cauces de ríos, los desagües, las grandes avenidas tras las lluvias o el viento.

Un total de 731 toneladas de plástico se vierten cada día desde las costas al Mediterráneo, 30 toneladas a la hora, según el informe Evaluación de la basura marina en el Mediterráneo (2015), del Programa de las Kíev Naciones Unidas para el Medio Ambiente-Plan de Acción para el Mediterráneo (que recopila toda la información existente). En el ranking destaca España como segundo país que más plásticos arroja al mar (125 toneladas al día), sólo superada por Turquía (144 t/día).

Es la contribución de los países mediterráneos a un problema global. En el año 2015, Jenna Jambeck, profesora de Ingenie­ría de la Universidad de Georgia (EE.UU.), estimó que, en todo el mundo, entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas son vertidas cada año al mar. El plástico acompaña a los humanos desde finales del siglo XIX y se ha hecho inseparable desde mediados del siglo XX, cuando empezó su producción a gran escala. Ya se han fabricado desde entonces 8.300 millones de toneladas de este material; pero de esta cantidad, 6.300 millones ya se han convertido en residuos. Y de estos, 5.700 millones de toneladas no han pasado nunca el filtro de un contenedor para propiciar su reciclaje.

“El mar Mediterráneo es la sexta gran zona de acumulación de plásticos del planeta, y los datos que registramos son equiparables a los niveles que se dan en las grandes áreas de acumulación de los océanos (debido a las corrientes) o giros, como la mal llamada ‘isla del plástico’ del Pacífico”, señala Andrés Cózar, profesor de Ecología de la Universidad de Cádiz.

“Año tras año se incrementa la acumulación de plásticos”, añade. En parte, porque el Mediterráneo es un sistema marino semicerrado. Cózar estima que en el Mare Nostrum hay entre 1.000 y 3.000 toneladas de peso de objetos plásticos flotantes sólo en la superficie, según sus estudios, en los que usa redes con mallas muy finas. “Pero el plástico flotante representa sólo el 1% de todo el acumulado en el Mediterráneo; es la punta del iceberg”, afirma. El grueso acabará hundiéndose hasta el fondo, para convertirse en materia que absorberán los microorganismos y las algas.

Confirman los datos Rafael Sardá, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y Juan Ramis, profesor de Esade, cuyas travesías y recogidas de muestras (proyecto Nixe3) les han llevado a concluir que los plásticos flotantes suman unas 1.500 toneladas.

Los países mediterráneos son una fábrica que vierte plásticos sin cesar. La producción global de residuos en el Mediterráneo oscila entre 208 y 760 kilos por persona y año y supera su capacidad de gestión. Los plásticos se han convertido en el principal desecho abandonado, son ubicuos y aportan en ciertos casos hasta el 95% de la porquería que se acumula en playas, superficie del mar y fondos marinos.

“La gestión inadecuada de los residuos en la costa es responsable de la basura en las playas, el agua y los fondos marinos”, señala el informe antes mencionado. Casi todos los países tienen políticas para el manejo de los residuos plásticos, pero su puesta en práctica es deficiente debido a la pobre coordinación entre administraciones. Los puertos tienen sistemas de recepción e instalaciones para gestionar la basura (que han mejorado), pero la eficiencia en la separación correcta de los residuos está en entredicho. A esto se suma que la costa del Mediterráneo es uno de los grandes destinos turísticos del mundo y en algunos de sus municipios la producción de desechos se multiplica un 40% en verano.

Algunas grandes regiones son áreas preferentes de retención de residuos: el Mediterráneo noroccidental, las subcuencas del Tirreno, el sur del Adriático y el golfo de Sirte. Pero en este mar no hay giros que duren más de unos pocos meses, ya que la variabilidad estacional e interanual altera los movimientos del agua y la distribución de basura. Buena parte de los desperdicios se estancan en las costas de Túnez y Libia, y, finalmente alcanzan el golfo de Sirte (norte de Libia). “Hemos visto colinas de basura con vertidos directos y caóticos al mar en Argelia. Y, junto a playas destinadas a proteger las tortugas en la isla de Zakynthos (Jónico) había vertederos incontrolados con plásticos volando”, detalla Ramis. El proyecto Nixe3 desveló precisamente concentraciones de partículas de plásticos en el oeste de Eivissa y Mallorca que superan 30 veces la media en el Mediterráneo.

Incluso, en las aguas más profundas se pueden encontrar botellas, bolsas, redes de pesca y otros materiales plásticos, según ha alertado el Grupo de Investigación de Geociencias Marinas de la Universitat de Barcelona (UB), dirigido por el catedrático Miquel Canals. En el Mediterráneo occidental se producen cascadas de aguas que circulan preferiblemente por cañones submarinos; y se cree que en estos lugares es donde se acumularía más basura marina.

Los plásticos presentan indudables ventajas; son materiales resistentes, flexibles, ideales para la conservación de alimentos y bebidas. Sin embargo, su omnipresencia está teniendo efectos contraproducentes.

La agonía del cachalote hallado en Murcia no es excepcional. “Hemos comprobado casos en que el plástico produce la ­obstrucción del tracto digestivo de los cetáceos, ya sea a la altura del esófago o del píloro (la abertura que comunica el estómago con el intestino)”, explica Álex Aguilar, profesor de Biología Animal de la UB.

La oclusión del tracto digestivo tiene consecuencias: asfixia, bloqueo del sistema digestivo, daños en los intestinos, disminución del estímulo de alimentación o reducción de las tasas de crecimiento y reproducción. Este problema es sólo excepcional en el caso de los delfines listados, pero frecuente en los cachalotes, ya que éstos aran el fondo del mar, de manera que con su mandíbula levantan los peces y calamares que hay sobre el sedimento. Esto les hace ingerir piedras, plásticos y objetos de todo tipo (hasta botas de goma).

Muchos animales, como ballenas o tiburones, sufren el problema, de forma que ingieren microplásticos a través de sus filtros de alimentación. Por ejemplo, cada vez que abre la boca el rorcual común traga 7.000 litros de agua y lo que haya en ella.

Las tortugas mediterráneas, por ejemplo, son muy vulnerables a los plásticos, explica José Luis Crespo, jefe del área de conservación de la Fundació Oceanogràfic de València. “Observamos pocos casos de obstrucción del tracto digestivo por plásticos en las tortugas, a diferencia de lo que ocurre en otros sitios del mundo. En cambio, recibimos muchas tortugas con problemas de enmallamiento”, dice Crespo. “Los trozos de redes o plásticos –explica abatido este especialista– se enganchan en las aletas y provocan inflamaciones y necropsias, por lo que algunas tortugas pierden una aleta o las dos. Vemos barbaridades”.

“Cada vez preocupan más los microplásticos, trozos casi invisibles fruto de la fragmentación, las partículas esféricas (cremas dentríficas, cosméticas...) y fibras que pueden tener efectos tóxicos sobre las especies marinas. Se integran en el plancton y pueden alcanzar la cadena alimentaria”, añade este experto. Entre los peces más afectados están dorada, boga, pez limón o pez piloto, pero preocupa cada vez más su incidencia en el atún y el pez espada. Tampoco se libran el salmonete, el lenguado ni los mejillones (se ha visto que, incluso, afecta a su genética).

A los expertos les preocupa especialmente que los plásticos contienen sustancias químicas muy tóxicas, como los retardantes de llama o plastificantes, que sirven para hacer el material más resistente a la ignición y flexible. Estos compuestos son incorporados por la fauna marina durante la digestión y quedan en su organismo.

La investigadora Ethel Eljarrat, del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (Idaea-CSIC), ha detectado la presencia de diversos productos bromados y organofosforados (usados como retardantes de llama y plastificantes) en los tejidos de los delfines del mar de Alborán (concretamente, en tejido adiposo, músculo, hígado y cerebro). El gran problema es que estos productos tóxicos se bioacumulan en los organismos de estos animales.

Eljarrat se declara alarmada por la acusada presencia en los animales de los contaminantes organofosforados, lo que atribuye a su uso como plastificantes. En sus trabajos ha llegado a encontrar 12 de los 16 compuestos organofosforados analizados. Los mayores niveles se dieron para el TBP (tributil fosfato) y IPPP (isopropil fenil fosfato), que pueden causar efectos neurológicos, cáncer y problemas de fertilidad.

También inquietan los efectos del plástico sobre las aves marinas. Obstruyen el tracto digestivo y puede degradarse en el estómago (lo que aporta toxinas y deteriora su salud). Además, a menudo se enredan y enganchan con restos de artes de pesca o con basura flotante de origen terrestre.
Un estudio de la Universitat de Barcelona publicado en el 2015 en la revista Marine Pollution Bulletin indicaba incidencias con plásticos entre el 80% y el 90% en las tres especies de pardelas presentes en la región mediterránea (balear, mediterránea y cenicienta), todas seriamente amenazadas, comenta Pep Arcos, responsable del programa marino de la organización SEO/BirdLife. En cambio, la incidencia era menor entre cormoranes y gaviotas, que, a diferencia de las pardelas, tienen la capacidad de regurgitar los restos alimentarios no digeribles, plástico incluido.

Tampoco se pueden olvidar los perjuicios económicos. Los costes de limpieza de las playas o de las pérdidas en el sector de la pesca (por la reducción de capturas, el gasto en retirada de la basura o los daños en los aparejos de pesca y en las hélices de las embarcaciones) son algunos ejemplos. Múltiples estudios han cuantificado además los daños en el sector turístico: pérdida de valores estéticos y visuales, reputación negativa, merma de ingresos….

“Los plásticos causan perjuicios durante muchos años. Las redes de los pescadores necesitan 650 años para degradarse”, recuerda Joanna Drake, subdirectora general de Medio Ambiente de la Comisión Europea (CE). Una botella de plástico puede tardar 450 años en degradarse, y las colillas pueden acompañarnos entre uno y cinco años, que es el tiempo que tarda en descomponerse su filtro con espuma.

“Como el petróleo se va encontrando con limitaciones, la industria halla en el plástico una salida a sus productos”, interpreta Pedro Fernández, técnico del Centro de Actividad Regional para el Consumo y la Producción Sostenible (SCP/RAC), vinculado a la ONU-Medio Ambiente. Producir plástico virgen es barato. Y el plástico reciclado no resulta competitivo al no haber incentivos para extender su uso. “Se ha provocado una dependencia del plástico hasta niveles exorbitantes (sobreenvasado o sobreempaquetado que llega al punto de envolver fruta y verdura fresca).

Eliminarlo de nuestras vidas será un largo camino”, dice Lucille Guiheneuf, técnica también de este centro de la ONU. “El plástico tiene indudables ventajas, pero es criticable usarlo para productos de un solo uso”, agrega Ignasi Mateo, otro técnico del mismo centro, que ha hecho de la lucha contra los residuos marinos una de sus prioridades.

La Comisión Europea y algunos países han identificado los productos plásticos de usar y tirar como foco del problema de contaminación marina. Los plásticos representan entre el 80% y el 85% de los objetos encontrados como basura marina en las playas europeas. Y los materiales plásticos de un solo uso son la mitad de esos desechos de las playas (y un indicador perfecto de lo que hay en el mar).

Por eso, la CE aprobó una directiva que propone prohibir los plásticos de un solo uso, cuando existan alternativas. La intención es que sean prohibidos los bastoncillos de algodón, los cubiertos y platos, las pajitas y agitadores de bebidas y los palitos de los globos de plástico, entre otros.

Los estados de la UE también deberán reducir el uso de los recipientes alimentarios y de vasos de plástico, así como recoger separadamente el 90% de las botellas de un solo uso que se pongan en el mercado anualmente en el 2025. Italia ya ha prohibido los bastoncillos de algodón; Francia ha restringido la comercialización de platos y vasos de plástico, y en España, varios grupos políticos han promovido en el Congreso una proposición en la misma línea.

Los grupos ecologistas reclaman a la CE metas de reducción de plásticos, medidas para fomentar el ecodiseño que evite los materiales mixtos (que impiden el reciclado) y que los productores paguen el coste íntegro de la recogida y reciclado (botellas de bebidas, bolsas, toallitas húmedas, compresas e, incluso, colillas de cigarrillos).

“Ni los productores ni los distribuidores deberían poner en el mercado nada que no sea reparable, reutilitzable, reciclable o compostable. Si no es así, estamos creando unos residuos que, al final, afectarán al medio natural”, señala Rosa García, directora de la Fundación Rezero, dedicada a prevenir la creación de residuos.

Una solución que abona la UE es instaurar el sistema de depósito, devolución y retorno de envases de bebidas (que este residuo plástico se pueda devolver al comercio y regrese al fabricante), visto que la contribución altruista del ciudadano en el contenedor amarillo tiene un techo. “El retorno de envases de bebidas mejoraría la situación, pues permitiría lograr tasas de recogida de entre el 85% y el 90%”, dice Pedro Fernández, del SCP/RAC.

Los tres expertos de la ONU consultados creen que se necesitan estímulos económicos para convertir el residuo en recurso. Por ejemplo, impuestos para fomentar la recogida selectiva. “La gente no cambiará su comportamiento sólo por ver que las tortugas se atragantan con plásticos. No funciona sólo la culpabilización”, alerta Lucille Guiheneuf.

No bastan las admirables campañas de recogida de basura en las playas; ni es esperable que los plásticos biodegradables emerjan como solución salvadora inmediata. Se necesita el compromiso de empresas que apuesten por envases reutilizables, reciclables o compostables, pero también reducir su volumen en origen, piden los expertos. En este contexto, nacen negocios e iniciativas para aminorar los desechos (tiendas a granel, productos sin carga tóxica, artículos sin envases plásticos, compras de proximidad...). “Estos modelos comerciales son una alternativa deseable, pues se integran en el territorio, crean identidad y comunidades y tienen un valor ambiental sin generar residuos”, indica García, de Rezero.

Decálogo para una existencia menos contaminante

1. Las ADMINISTRACIONES 
deben fomentar la reducción de envases (por ejemplo, animar a consumir agua de grifo), los envases reutilizables y los caterings ecológicos y sin plástico.

2. LAS EMPRESAS
deben dar visibilidad a productos reutilizables, compostables o fácilmente reciclables.

3. COMO CIUDADANO
prescinda de los productos de plástico de un solo uso (vajillas, pajitas, productos en monodosis…).

4. ‘Dieta’ sin residuos
Siga una ‘dieta’ sin residuos: planifique la compra, compre a granel, lleve envases reutilizables a la tienda (tápers, bolsas…).

5. APUESTE POR DETERGENTES
a granel y sin componentes tóxicos. Evite la toxicidad.

6. EN LA COCINA
use paños de tela, elimine el papel de cocina, el de aluminio y el film transparente.

7. EN SU HIGIENE
elimine también los productos de un solo uso (sobre todo, las toallitas).

8. USE PRODUCTOS REUTILIZABLES
y menos agresivos para el medio ambiente (jabón en pastilla, compresas, pañales de tela y copa menstrual).

9. EVITE LA COSMÉTICA
con microplásticos.

10. NO CONSUMA
lo no reciclable (contenedor gris): bastoncillos para los oídos, hojas de afeitar, compresas, tampones o pañales.

Consejos con información de la Fundación Rezero

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lunes, octubre 22

Kiev, la dama del este

(Un texto de Elena del Amo en el dominical del Periódico de Aragón del 12 de agosto de 2018)

Dos revoluciones en diez años no han ayudado mucho a que esta opulenta ciudad de cúpulas y parques termine de despuntar como destino turístico. Kíev fue, tras Moscú y San Petersburgo, la tercera urbe de la URSS, aunque hoy no quede en pie ni una de las estatuas de Lenin que adornaban sus plazas. En busca aún de su lugar en el mundo, la capital de Ucrania resiste como un secreto a voces.

Cuando no repite como sede de Eurovisión se trata de la penúltima Eurocopa o de la última final de la Champions. Cada poco algún aconteci­miento de relumbrón, que en esta ciudad de tres millones de personas se vive como si ­llegara el circo a un pueblo, obliga al resto de Europa a volver la ­vista hacia esta vapuleada gran dama del Este. En la esquina del continente más allá de lo estrictamente geográfico, la capital de Ucrania aprovecha entonces la efímera atención mediática para lucir oropel e insistir en que está todo en ­calma.

Son apenas tres horas y media de vuelo, directo y a buen precio desde Barcelona, y aun así Kíev sigue siendo una deuda pendiente para el común de los viajeros. Se ve que todavía pesan las imágenes de los manifestantes de la revolución naranja, que levantó en el 2004 a su balbuceante sociedad democrática contra un fraude electoral, o las más demoledoras de no hace ni cinco años, cuando los enfrentamientos entre prooccidentales y prorrusos convirtieron su plaza del Maidán en una batalla campal. Al fútbol y al más surrealista de los certámenes musicales hay que reconocerles el mérito de haberla recolocado en el mapa como escapada para tres o cuatro días.

Hoy el Maidán vuelve a lucir como el hervidero de vida que ha sido durante los últimos dos siglos. El baile de nombres que ha sufrido a lo largo de ellos bastaría para resumir la historia reciente del país: desde plaza de la Duma o de la Revolución de Octubre hasta la de la Independencia que ostenta desde que, en 1991, se sacudieran siete décadas bajo la hoz y el martillo de la URSS. En esta descomunal explanada que todos conocen como Maidán sin más (es decir, la plaza) caben tanto edificios de megalomanía estalinista como los domos de vidrio de un lujoso centro comercial, el mamotreto del antaño hotel Moskva y ahora Ukraine –desde cuyas alturas se avista su enormidad– o las fuentes en las que, vigiladas por las estatuas del arcángel San Miguel y la diosa eslava Berehynia, chapotean los niños cuando el tiempo acompaña. Cruzársela entera sin servirse de sus subterráneos es misión imposible. El cogollo histórico de Kíev resulta sin embargo muy caminable.

Por en medio del Maidán atraviesa la avenida Jreschati. Sobre esta elegante arteria, cerrada al tráfico los fines de semana, un buen reguero de boutiques y restaurantes con pedigrí hacen hueco a los músicos callejeros, las babushkas que despachan helados y los puestos de viandas –incluido el caviar real o de pega, siempre previo regateo en este rincón tan turístico– del mercado art nouveau de Besarabski. Si a sus espaldas aguarda el barrio bien de Lypki, con platos fuertes como la también modernista Casa con Quimeras que erigió el conocido como Gaudí de Kíev, del otro lado del bulevar se concentra el mejor festín de monumentalidad.

Uno de tantos accesos posibles sería la Puerta Dorada, reconstruida siglos después de que la arrasaran los mongoles, apenas a unos pasos del enjambre de cúpulas de la catedral de Santa Sofía. Proyectada para rivalizar con la de Constantinopla, este legado del principado medieval de la Rus de Kíev fue el primer patrimonio de la Unesco en Ucrania junto con el complejo religioso del monasterio de las Cuevas –igualmente en la capital, pero a la orilla del río Dniéper–. También el vecino monasterio azul cielo de San Miguel alberga otra catedral, demolida por los soviéticos y vuelta a armar tras la independencia. Y sobre una de tantas colinas verdísimas como se gasta la zona alta despunta la iglesia, a menudo mal llamada a su vez catedral, de San Andrés, cuyas hechuras barrocas no podrían contrastar más con el regusto bizantino de las otras.

A su vera, la cuesta de Andriyivskyi Uzviz presume de ser algo así como el Montmartre de Kíev. Serpenteando hasta el viejo barrio de Podol de la parte baja, sobre sus adoquines afloran desde el castillo de Ricardo Corazón de León hasta puñados de casitas color pastel y galerías de arte, ante un reguero de puestos donde uno puede lo mismo agenciarse una saga de matrioskas que una balalaika, una blusa de bordados puramente ucranianos o la casaca de algún (o eso dicen) soldado del Ejército Rojo con condecoraciones y todo.

Con esta ruta y algún museo, como el de Historia o de la Segunda Guerra Mundial, lo esencial podría quedar saldado de no ser porque el Kíev de hoy no se entiende sin el pulso de la calle. No se entiende sin pararse a descifrar los reivindicativos murales que la inundan de street art o a calentarse el alma con un trago de horilka en alguna taberna. Sin buscar los rastros del pasado comunista y los homenajes a los caídos en el 2014, o dar fe de la convivencia pasmosa de limusinas y Ladas sobre el asfalto. Ni tampoco sin caminarse sus mil y un parques antes de apurar la noche en algún club underground de música electrónica o, a gusto del consumidor, vestido de tiros largos en la ópera o el ballet. Hay que vérselas también con los carteles en cirílico del metro, engalanado con mosaicos y lámparas de araña en estaciones como la de Zoloti Vorota, y tan profundo en la de Arsenalna que, tras cuatro minutos en picado por las escaleras mecánicas, uno imaginaría llegar al mismísimo infierno. Tampoco este –el de verdad– queda mucho más allá. Y es que a un par de horas de Kíev recibe al año 10.000 curiosos la central nuclear de Chernóbil, hoy convertida en atracción turística y que fue otro de los castigos que rozaron de cerca a esta ciudad que no gana para disgustos.

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domingo, octubre 21

Miel y cera, ya desde la Prehistoria

(Un texto de F.U. en el XLSemanal del 3 de diciembre de 2017)

Nuevos descubrimientos prueban que el hombre del paleolítico utilizaba la miel y la cera para múltiples usos.

Las primeras labores agrícolas fueron con abejas. La recolección de miel y cera en el corazón de Europa es milenaria. A orillas del lago Constanza se han hallado dos ramas huecas de abeto blanco del año 4000 a. de C. que se usaban como colmenas. Además, en los alrededores de Pöhlde, en Alemania, un grupo de arqueólogos ha encontrado pruebas del uso de la cera en el Paleolítico Superior. Unos cuchillos de hoja de piedra tenían unas manchas oscuras. Cuando las analizaron, resultaron ser restos de un pegamento fabricado con una mezcla de cera y alquitrán. Los hombres del Paleolítico habían pegado un mango de madera o de hueso a la hoja de piedra de esos cuchillos para poder manejarlos mejor.

Este hallazgo confirma que los antiguos cazadores y recolectores sabían cómo sacar partido a las colmenas. Luego, la apicultura se asentó con la sedentarización del hombre. Otro equipo de investigadores alemanes ha examinado miles de ollas y vasijas del Neolítico que demuestran que la miel y la cera eran una presencia habitual. Además, investigadores de la Universidad de Bristol han encontrado en Anatolia (Turquía) restos de cera en vasijas del año 7000 a. de C.

Parece que los agricultores del Neolítico ya se dedicaban a las abejas. Utilizaban la miel como alimento, edulcorante, medicina y también para impermeabilizar los porosos recipientes cerámicos. Después, en la Edad de Bronce, la apicultura se afianzó: utilizaban la cera para hacer velas e incluso para fabricar armas.

Abejas en la antigüedad

Pinturas
En la cueva de la Araña, en Bicorp, Valencia, las pinturas de arte levantino (entre 8000 y 2000 a. de C.) representan la recogida de la miel. Ya hay escenas de apicultura en el arte rupestre y en murales egipcios.

Espadas con cera
Los armeros de la Edad de Bronce fabricaban espadas de cera, luego las cubrían de arcilla y las ponían al fuego. La cera se derretía, entonces rellenaban el hueco que había dejado con una aleación de cobre y estaño. el bronce.

Colmenas milenarias
En Berlín se ha encontrado un tronco de roble hueco que se usó como brocal de un pozo en la Edad de Bronce, pero que antes fue colmena, en torno al año 1100 a. de C.

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sábado, octubre 20

¿Qué pasó en la batalla de Pernambuco?

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 3 de diciembre de 2017)

A principios del siglo XVII, Holanda había logrado situarse como una de las potencias navales de la época y estaba decidida a asentarse en las regiones productoras de azúcar de Brasil, país que en esos años pertenecía a la Corona española.



En 1621, el fin de la tregua que existía entre Holanda y España animó a la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (la Compañía) a arrebatar esos territorios al monarca español Felipe IV. La guerra del azúcar estalló el 14 de febrero de 1630, cuando una flota holandesa de 67 barcos al mando del almirante Adrian Jansz Pater invadió la provincia brasileña de Pernambuco.

Felipe IV convenció a Portugal para organizar una flota hispano-lusa al mando del almirante Antonio de Oquendo para recuperar aquella estratégica región. La flota combinada, compuesta por 21 naves, 16 españolas y 5 portuguesas, zarpó de Lisboa el 5 de mayo de 1631. Tras algo más de dos meses de travesía atlántica, esa fuerza naval se enfrentó a los galeones holandeses, cuyo calado y artillería superaban a los españoles.

Viendo el escaso número de navíos de Oquendo y su menor tamaño, el almirante neerlandés pecó de presunción al ordenar que solo 16 de sus buques interviniesen en la lucha. Cabe reseñar que las naves capitana y la almiranta de la flota holandesa eran buques de 900 y 1000 toneladas, con cañones de gran calibre, y que los españoles apenas pasaban de 300 toneladas y contaban con una artillería de menor calibre.

La batalla de Pernambuco, también conocida como de los Abrojos, comenzó con el choque entre las naves capitanas y almirantas de ambos contendientes. El almirante Pater embistió primero con su navío la popa del Santiago, la capitana de la flota española. Los dos barcos abrieron fuego y quedaron unidos en un peligroso abrazo. A partir de aquel momento, otros navíos entraron en la refriega. El combate continuó durante cuatro horas hasta que se inició un incendio en el buque del almirante holandés. Ante el peligro de que estallara, un navío español remolcó al galeón Santiago lejos de la almiranta holandesa, que voló por los aires. Pater murió ahogado y la batalla terminó con la victoria de la flota dirigida por Antonio de Oquendo. Aquel 12 de septiembre de 1631 marcó un hito en la historia de la Armada española.

Óleos para conmemorar la victoria
Oquendo encargó varios cuadros que describían la batalla de Pernambuco para regalárselos al rey Felipe IV. Esas obras se pueden admirar ahora en una exposición del Museo Naval de Madrid.

Título de nobleza
En julio de 1639, el secretario de Felipe IV, Pedro Coloma, notificó a Oquendo que la Corona le había concedido el título de vizconde, un honor que apenas pudo disfrutar el almirante español, ya que murió un año después en La Coruña.

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viernes, octubre 19

Bloquea a los virus

(Un texto de A. Paris en la revista Mujer de Hoy del 2 de diciembre de 2017)

Acompañando al frío llegan estos incómodos y sus consecuencias: los resfriados. Pero te puedes defender de ellos de la forma más natural.

Infusión de vitaminas
Para hacerla, añade al agua caliente de tu tetera medio limón de cultivo ecológico, rico en vitamina C; dos cucharadas de miel de tomillo o lavanda, antibacteriana; una pizca de canela, antiviral y un clavo de olor, que contiene augenol, un anestésico natural.

Desde África
Ravintsara es el nombre que en Madagascar dan al árbol Cinnamomum camphora quimiotipo cineol, un nombre que se puede traducir como "la hoja buena para todo" por sus propiedades médicas. Puedes aprovechar su poder antiviral mezclando tres gotas de su aceite esencial con aceite vegetal de nuez de albaricoque y aplicarte la mezcla sobre el pecho, mañana y noche durante tres días.

Operación manos limpias
Lavarse las manos con frecuencia, con agua y jabón y durante un minuto, minimiza el riesgo de transmisión de virus como el de la gripe.

Al tocar superficies que pueden estar contaminadas, tales como muebles, pomos o móviles, y posteriormente llevarse las manos a los ojos, la nariz o la boca (gesto que hacemos, de media, 2,5 veces cada hora), corremos el riesgo de contagio. Algo que se puede evitar en el lavabo.

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