(Un texto de Guido Santivecchi en
El Mundo del 12 de julio de 2021)
Fue la semana que cambió el
mundo. El deshielo entre Washington y Pekín hace 50 años tuvo escenas propias
de novela de espías y a Kissinger (y su maleta olvidada) como grandes
protagonistas.
«Doctor Kissinger, hay una noticia especial que le concierne: usted se
encuentra desaparecido». Así fue como Zhou Enlai dio la bienvenida al asesor de
Seguridad Nacional de Estados Unidos hace justo 50 años, el 9 de julio de 1971,
en Pekín. Una historia de espías adaptada a las circunstancias de ese primer
encuentro secreto entre el Gobierno de Nixon y la dictadura china.
La broma del primer ministro chino fue registrada por Winston Lord, el
joven asistente de Kissinger, quien la transcribió en un memorando de 110
páginas con el título Alto secreto / sensible / exclusivamente para sus
ojos. Ha permanecido bajo llave en el archivo de la Casa Blanca
durante tres décadas y ahora sale a la luz, mientras los politólogos de ambos
lados del Pacífico estudian aquella operación diplomática que cambió el
equilibrio de poder entre Occidente y Oriente y se preguntan si la distensión
entre las dos superpotencias puede resucitar ahora con nuevos giros de guion.
La nostalgia es grande en Pekín, que rinde culto a la historia, honró a
Kissinger con el título de zhongguo renmin de lao pengyou [Viejo amigo
del pueblo chino] y lo ha recibido y escuchado en más de 80 ocasiones después
de aquel misterioso aterrizaje. El espectacular abrazo de 1971 entre EEUU y la
República Popular China se ha catalogado de varias maneras: «diplomacia
triangular», «minué», «tácticas de zorro contra erizo», incluso «la creación de
Frankenstein».
Cada definición refleja una parte de la realidad, como el nombre en clave
que se le dio a la operación: Marco Polo. El presidente Richard
Nixon había decidido aprovechar la brecha en la feroz rivalidad entre Moscú y
Pekín jugando con dos barajas: creando relaciones más estrechas con China y la
URSS que las que los dos países comunistas mantenían entre sí.
Pero volvamos a la historia. Durante meses, los estadounidenses y los
chinos habían intercambiado señales a distancia, a través de intermediarios
extranjeros, por canales tortuosos: se registraron 136 contactos, de París a
Varsovia, sin ningún resultado. «A esos intentos les habíamos dado el
nombre en clave de Minué, porque como en un baile por parejas, nos
movíamos dando pequeños pasos, intentando medirlos, pero era difícil», recuerda
el profesor Tao Wenzhao, de la Academia de Ciencias Sociales de Pekín.
Las conversaciones preliminares encallaron inmediatamente en las rocas de
las declaraciones cargadas de ideología. La desconfianza se había extendido a
lo largo de 20 años, desde que Mao Zedong proclamó el nacimiento de la
República Popular el 1 de octubre de 1949 y Washington se puso del lado de
Chiang Kai-shek, refugiado en Taiwán. Después, en los tres años que duró la
guerra de Corea, un ejército de voluntarios chinos luchó contra las fuerzas de
la ONU dirigidas por EEUU. La imagen simbólica siguió siendo la del secretario
de Estado norteamericano John Foster Dulles, quien se negó a estrechar la mano
de Zhou Enlai durante la conferencia de paz sobre Corea en Ginebra en 1954.
En enero de 1969, el recién elegido presidente Richard Nixon intentó romper
este «aislamiento airado», como él mismo lo calificó. Alexander Haig, que en aquel momento era número
dos en el Consejo de Seguridad Nacional, recordó: «Henry Kissinger, saliendo de
la Oficina Oval, me dijo. 'Al, el jefe quiere establecer relaciones con China'.
Le respondí: 'Debes haber entendido mal, es un defensor de la Guerra Fría'.
Kissinger respondió: 'Creo que está loco'». Pero Nixon estaba lúcido: quería
involucrar a los chinos para abrir otro frente y rodear a la Unión Soviética.
Aunque los primeros intentos no dieron resultado.
El episodio que tuvo lugar en Varsovia en 1970 fue cómico. El embajador
estadounidense en Polonia había recibido instrucciones de entregar un mensaje a
los chinos, pero ningún diplomático comunista quería correr el riesgo de ser
visto cerca de un «enemigo imperialista». La oportunidad llegó en un lugar poco
probable: un desfile de moda yugoslavo en la capital polaca. Cuando los
estadounidenses vieron a algunos funcionarios chinos en la sala, comenzaron a
gesticular, tratando de acercarse a ellos. Los otros, que no habían recibido
instrucciones de Pekín, se levantaron y caminaron rápidamente hacia la salida
para poner fin a una situación embarazosa. Se produjo una persecución y, al
final, un estadounidense gritó en polaco, el único idioma que tenían en común
con sus interlocutores: «Somos de la embajada de Estados Unidos, debemos
reunirnos con su embajador... El presidente Nixon quiere reanudar las
conversaciones».
Mao, no obstante, también disponía de discretos canales de comunicación.
Uno de sus favoritos era la figura de Edgar Snow, el periodista estadounidense
que en 1936 lo entrevistó en Yan'an, donde había terminado la Larga Marcha. Fue
Snow quien hizo la famosa foto en la que el líder comunista luce una gorra con
una estrella roja.
En el otoño de 1970, Snow fue invitado a Pekín para escuchar de nuevo al
Gran Timonel. La diplomacia china utilizó esa entrevista en la que Mao se
refirió al posible diálogo con Nixon como un mensaje en una botella lanzado al
océano. A Snow se le dijo que no entrecomillara las palabras del presidente y
que no publicara el artículo durante tres meses. Mao fue muy inteligente
imaginando que el reportero iba a ser interrogado inmediatamente en Washington
y que revelaría la propuesta de dar la bienvenida a Nixon a la Ciudad Prohibida
«como jefe de estado o como turista». No fue el caso, porque la Casa Blanca
consideraba a Snow un personaje próximo al comunismo. Cuando la entrevista se
publicó en Life el 30 de abril de 1971 ya había sido superada por los
acontecimientos.
4 de abril de 1971. Nagoya (Japón). Campeonato mundial de tenis de mesa. El
jugador estadounidense Glenn Cowan, un joven hippie rebelde, había
perdido el autobús de su equipo. El vehículo chino se iba y él se subió: nunca
se ha aclarado si por error, por provocación o porque le ofrecieron llevarle.
Sin embargo, se trataba de un gesto contrario al protocolo, porque en esos días
a los atletas de Pekín se les había prohibido incluso hablar con los yanquis
capitalistas.
En el autobús, sin embargo, había un jugador chino tan querido en su país
que podía permitirse el atrevimiento de una infracción: Zhuang Zedong,
tres veces campeón del mundo y artífice de una forma revolucionaria de coger la
pala. Ese día también inventó la diplomacia del ping-pong.
La Historia se había subido a ese autobús, aunque al principio fue gélida.
«Habían pasado 10 minutos y ningún miembro de nuestro equipo se había atrevido
a mirar al desconocido a la cara. Pensé que era sólo un deportista, no un
político. Me levanté, llamé al intérprete y fui a saludar», relató Zhuang más
tarde en innumerables ocasiones.
Lo que el campeón chino le dijo a su rival estadounidense forma parte de la
leyenda: «Aunque el Gobierno de EEUU es hostil con China, los ciudadanos
americanos son amigos de los chinos. Le doy esto en señal de amistad entre el
pueblo chino y el pueblo americano». Sacó de su bolso un pañuelo de seda con
una imagen impresa de las montañas Huangshan. Había fotoperiodistas y la
instantánea acabó en los periódicos.
Se dice que, después de ver la foto, Mao ordenó ipso facto invitar al
equipo estadounidense a China. Pero no fue exactamente así, porque incluso el viejo
revolucionario no estaba seguro de la reacción de las masas chinas. Lo que
sucedió en las horas previas a la decisión fue revelado años más tarde por Wu
Xujun, la enfermera del líder comunista. Mao, que se encontraba enfermo, tomaba
somníferos antes de comer. Las pastillas eran tan potentes que le arrebataban
de golpe la lucidez, por lo que el Timonel había dispuesto que «sus palabras,
después de ingerir las pastillas para dormir, fueran ignoradas y olvidadas».
«A las 11 de esa noche del 4 de abril -relató la mencionada enfermera- se
despertó y habló, murmuró unas palabras que me llevó un instante comprender.
Quería que llamara a Zhou Enlai para invitar a los jugadores estadounidenses.
Estaba asombrada y asustada. Le pregunté si debía tener en cuenta sus palabras
en ese momento, a pesar de sus órdenes sobre los somníferos. Pareció quedarse
dormido de nuevo, pero después de un rato abrió los ojos y me dijo: 'Pequeña
Wu, ¿por qué no haces lo que te pedí que hicieras? Y date prisa, de lo
contrario perderemos esta oportunidad».
La pelota estaba en campo estadounidense.
Después del evento deportivo,
llegó a Washington un mensaje de Zhou Enlai que ofrecía una reunión con un alto
funcionario de la Casa Blanca. La elección del negociador fue tormentosa. Nixon
temía que el emisario pudiera robarle el protagonismo. Despidió al
vicepresidente Nelson Rockefeller porque era «un aficionado» y a George Bush,
entonces embajador ante la ONU, por ser «demasiado débil y poco sofisticado».
Finalmente recurrió a Kissinger y ordenó que viajara en el más estricto secreto
para evitar conflictos internos dentro de la Administración y demandas de
información por parte de sus aliados.
El
1 de julio de 1971 la delegación estadounidense partió para un largo viaje.
«Elegimos hacer paradas agotadoras y aburridas en varias capitales, de Saigón a
Bangkok, Nueva Delhi y finalmente Rawalpindi, para desanimar a los
periodistas», escribió Kissinger en sus memorias. Solo el dictador de Pakistán,
el general Yahya Khan, conocía el plan, porque contaba con la confianza de
ambas partes y su colaboración logística era fundamental.
La noche del 8 de julio, durante
un banquete en Pakistán, Kissinger fingió estar enfermo, abandonó la sala, se
subió a un coche y se dirigió al aeropuerto. El dispositivo paquistaní lo
estaba esperando a pie de pista. A bordo de un avión había cuatro emisarios
chinos. Kissinger llevaba a tres jóvenes ayudantes con él. Los dos agentes del
Servicio Secreto desconocían el destino. «Cuando vieron a los chinos
en el avión pensaron que se trataba de un intento de secuestro, casi les da un
infarto», admitió.
Con las prisas se cometió un
pequeño error: el maletín de Kissinger con ropa interior de repuesto se quedó
en el maletero del coche. Para aliviar la tensión del vuelo, uno de sus
asistentes le dijo: «Henry, todavía no te has sentado a la mesa con los chinos
y ya te has quedado sin camisa». Dicen que John Holdridge le prestó una de las
suyas, demasiado grande porque era 15 centímetros más alto. Tanto, que «le
hacía parecer un pingüino». En el cuello tenía una etiqueta: made in Taiwan.
Un signo del destino.
Así se plantaron donde les estaba
esperando Zhou Enlai. Segunda nota de la reunión: «El primer ministro Zhou
ofrece cigarrillos a los invitados. '¿Nadie quiere? Me he topado con un grupo
de no fumadores'», bromea. El plenipotenciario mandamás chino se encontraba
aparentemente relajado. Kissinger tenía prisa, porque apenas disponía de una
ventana de 48 horas antes de reaparecer en Pakistán sin levantar sospechas.
Había muchos asuntos de los que
discutir. Aquí es donde entra en juego la Teoría del zorro y el erizo,
evocada por el historiador Niall
Ferguson. El zorro americano tenía muchos objetivos: el
primero era organizar la visita de estado de Nixon a Pekín. Luego,
recibir garantías chinas de su retirada militar de Vietnam. Estabilizar Corea.
Presionar a los soviéticos. Frenar la carrera armamentista. Poner fin a la
guerra de independencia de Bangladesh de Pakistán.
Zhou Enlai era un erizo y quería
hablar de Taiwán: «Para ustedes tiene poco valor estratégico, para China es una
herida abierta. Si no resolvemos el problema de inmediato, será inútil
continuar». Kissinger intentó mantener la ambigüedad: «Como estudioso de
Historia puedo predecir que la evolución política irá pacíficamente en la
dirección que persigue...». Zhou quería respuestas más claras. Finalmente, el
estadounidense acordó reconocer a la República Popular China como el único
Gobierno legítimo de China, confiando el destino de Taiwán «a un horizonte
temporal compatible con las necesidades internas de Estados Unidos».
Acto seguido, Kissinger hizo dos observaciones sobre el tema: «La
diplomacia no debe ser sentimental, sino predecible» y «Pekín ha demostrado
ser extremadamente flexible en el momento de aplicar el principio de que sólo
hay una China, los presidentes estadounidenses han perseguido hábilmente una
posición de equilibrio, acercándose a la República Popular China y con el mantenimiento
de las condiciones para el desarrollo de la democracia en Taipei».
Ahora, Xi Jinping afirma que la cuestión de la reunificación ya no se puede
relegar a las generaciones futuras, y durante meses los aviones chinos han
estado haciendo incursiones a diario alrededor de la isla, en maniobras que
parecen ensayos generales. El 11 de julio de 1971, el doctor Kissinger regresó
en secreto a Rawalpindi y, departiendo con sus compañeros de viaje, dio pruebas
de la falta de sentimentalismo que predicaba.
El 15 de julio se anunció el acuerdo para la visita de Nixon a Pekín. El 21
de febrero de 1972, el presidente de EEUU se reunió con Mao y el 28 de febrero
declaró que sólo hay una China, brindando por la «semana que cambió el mundo».
El zorro pensó que él era el ganador. Medio siglo después, Xi Jinping anuncia
que «Oriente está en ascenso y Occidente, en declive».
Viene a la mente un último pensamiento de Nixon, expresado en una
entrevista de 1994: «Queríamos abrir China al mundo, me pregunto si hemos
creado un Frankenstein».
Etiquetas: Pequeñas historias de la Historia, s.XX