Historia de un amor
Etiquetas: Poesía
...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..
Etiquetas: Poesía
(Un artículo de José Segovia en el XLSemanal del 20 de diciembre de 2020)
Lenin mantuvo un largo ménage à trois con su esposa, Nadia y su amante, la exiliada rusa, Inessa. El revolucionario quedó rendido ante esta sofisticada mujer. A pesar de los celos de Nadia ambas se hicieron buenas amigas.
En 1894, Vladímir Lenin asistió a una reunión clandestina en San Petersburgo, donde conoció a Nadezhda Krúpskaya (Nadia), una joven maestra de una escuela nocturna para obreros de un barrio miserable. Tras un viaje por el extranjero y varios años en la cárcel, Lenin y Nadia se casaron en 1898.
Desde el primer momento, él prestó mucha atención a las opiniones de su mujer sobre los padecimientos de la clase trabajadora: ella había adquirido muchos más datos que él en ese campo específico, asegura Victor Sebestyen, autor de una reciente biografía sobre Lenin.
En diciembre de 1908, el matrimonio fue a París, donde el revolucionario conoció a Inessa Armand, una exiliada rusa, madre de cinco hijos, que había abandonado a su marido. El líder bolchevique cayó rendido ante esa sofisticada mujer que dominaba cuatro idiomas y era capaz de conversar con la misma facilidad sobre alta costura parisina que sobre teoría marxista.
Lenin quedó hipnotizado por ella. La nombró directora de una escuela para jóvenes trabajadores rusos que puso en marcha en las afueras de París. El objetivo era educarlos en el marxismo y en prácticas conspirativas y enviarlos de regreso a casa para que formaran la vanguardia del movimiento revolucionario. Lenin e Inessa se hicieron amantes.
Es posible que Nadia sintiera celos, pero debió de pensar que su principal tarea era ser la fiel compañera y ayudante de Lenin. Si eso significaba tratar a Inessa con amabilidad, lo haría para que su marido completase su labor revolucionaria.
Con el paso del tiempo, las dos se hicieron grandes amigas. Lenin mantuvo un largo ménage à trois con su amante y su esposa. Cuando cayó el zar en 1917, Lenin regresó a San Petersburgo para hacerse con las riendas de la Revolución y dirigir con puño de hierro el partido bolchevique. Tras diez años de lealtad a Lenin, Inessa murió de cólera en el Cáucaso el 24 de septiembre de 1920. Días después, miles de personas acudieron a presentar sus respetos cuando la enterraron en la plaza Roja de Moscú, cerca del Muro Este del Kremlin.
En primera fila del funeral de Estado estaba Lenin, quien mostró su profundo dolor por la pérdida de su amada. El líder soviético y su mujer adoptaron a los hijos de Inessa de forma extraoficial y se comportaron con ellos como unos segundos padres.
En mayo de 1922, veinticuatro meses después de la muerte de su amante, Inessa Armand, Lenin sufrió un derrame cerebral. Padeció varias recaídas y murió el 21 de enero de 1924.
Lenin y su mujer, Nadia, fueron perseguidos por la Policía secreta zarista, que condenó a miles de rusos a morir de hambre o enfermedad en el exilio siberiano.
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(La columna de Arturo Pérez Reverte en el XLSemanal del 10 de noviembre de 2019)
A menudo, cuando a uno se le sube la pólvora al campanario y mira en torno deseando que caiga el meteorito, encuentra analgésicos que hacen a España soportable y devuelven las cosas a su sitio. Hay días en los que tras ver la tele, mirar los periódicos o escuchar la radio, cualquiera que pueda hacerlo se pregunta qué hace aquí en vez de estar viviendo en otro sitio. Y cuando eso ocurre, como supongo que les pasa a otros, hay un truco que no me falla casi nunca: voy a un bar de barrio, me apoyo en el mostrador, pido una cerveza y un pincho de tortilla, tiendo la oreja y a los cinco minutos una sonrisa me despeja el horizonte. Los españoles, acabo diciéndome, somos unos hijos de la gran puta pero somos nuestros hijos de la gran puta. Y aunque a veces deseas que nos lleve el diablo, hay momentos gloriosos en que no nos cambiarías por nadie.
Me pasó ayer con un taxista. Había estado oyendo por la radio a un político embustero, analfabeto y sin complejos, especie cada vez más abundante. Luego me subí al taxi con la nube negra ofuscándomelo todo, pero me tocó un conductor locuaz –a veces son un martirio y otras una bendición–, y al poco estaba yo fascinado por un monólogo que para sí lo habría querido el gran Leo Harlem. Tenía dos hijos adolescentes, dijo: hija mayor, de 16 años, e hijo menor, de 14. Acababa de hablar con ellos por teléfono y estaba tan desesperado como si estuviera echando las muelas. Y el relato que me hizo entre Atocha y Diego de León fue una antología de hijos y padres; un retrato sociológico perfecto en el que cualquiera que haya tenido o tenga vástagos de esa edad puede reconocerse y reconocerlos.
La hija, aseguraba el taxista, es clásica de manual: de las que tecleas en Google hija adolescente y sale su foto: «Digo por ejemplo que algo es rojo, y sin ni siquiera mirarlo me dice que no tengo ni idea de colores. Luego argumenta como una catedrática, hasta volverme loco, por qué lo que yo veo rojo no es rojo. Y después de ponerme la cabeza hecha un bombo, acaba diciendo que tal vez sea de color burdeos». En cuanto al hijo quinceañero, también es otro clásico, pero en estilo muchacho: «Le digo que esto es rojo, se lo queda mirando y me pregunta qué gana él con eso. Le respondo que es importante diferenciar los colores, y el tío me mira como si yo fuera gilipollas y comenta ‘si tú lo dices…’ antes de seguir dándole al mando de la Play».
En cuanto a los amigos de una y otro, no fallan. Ella tiene dos o tres amigas muy amigas y siempre están mandándose mensajitos y enfadadas entre ellas: «Le habla a ésta y no le habla a aquélla, se pelea y se reconcilia con una u otra». Con el chico, sin embargo, ocurre lo contrario: «Todos los amigos, hasta los más cabroncetes, le caen bien. Es majo, dice todo el rato de todos. Fulano le ha dado un navajazo a un profesor, pero es un tío majo».
Uno de los pulsos más difíciles, sigue contando el taxista, se lo echan sus hijos cuando les pide que bajen a comprar algo al súper de la esquina: «Si se lo digo a ella, inevitablemente escucharé una de estas tres preguntas: ¿Cómo voy a ir si he quedado con una amiga? ¿Qué me pongo para bajar? o ¿Cómo voy a ir si no tengo ropa?... Pero si se lo digo al chico, el diálogo será el siguiente:
-Baja al súper, hijo.
-Vale.
-¿Así vas a ir a la calle?
-Sí, ¿qué pasa?
-Arréglate un poco, ¿no?
-Paso, papá.
Y cuando ya creo –continúa el taxista– que se ha ido al súper, vuelve y me dice que su hermana le ha quitado la camiseta».
Otro de los momentos estelares, sigue contando, es cuando se atreve a entrar en sus cuartos: «Si ella se dispone a salir estará encerrada con pestillo, tendrá veinte prendas de ropa distintas sobre la cama y se las estará probando todas. En cuanto al chico, lo normal es que se le haya olvidado cerrar bien la puerta, tenga el ordenador encendido y se esté haciendo una paja… Le juro a usted que si no los mato es porque no tengo tiempo».
«La vida del taxista es dura», intento consolarlo mientras le pago la carrera, pues hemos llegado al fin del trayecto. Y entonces él me dirige por el retrovisor una mirada de resignación, suelta una risita sardónica y responde: «¿Dura, dice usted?... Para duro lo que tengo yo en casa».Etiquetas: Cosas que hay que saber
(Un texto de Tommy Trenchard y Aurélie Marrier D’Unienville en el XLSemanal del 4 de abril de 2021)
La línea entre la vida y la muerte es difusa para los torajas, una etnia indonesia que vive en la remota isla de Cébeles. Durante meses, incluso años, los familiares permanecen momificados en las casas. No están vivos, pero tampoco muertos del todo. Mientras, sus allegados hablan con ellos y les llevan tres comidas al día.
Cada familia momifica a sus seres queridos fallecidos y los mantiene como un miembro más de la casa hasta poder celebrar por todo lo alto un carísimo funeral que, a veces, llega hasta una década después del deceso.
Para los torajas, la muerte no es algo que haya que ocultar, menos a los niños, que participan en las ceremonias y hasta juegan con los restos de los animales sacrificados. En cada funeral se matan varios búfalos y centenares de cerdos. De hecho, estos eventos se han convertido en un reclamo turístico. Los muertos, incluso después de ser enterrados, se exhuman regularmente para pasearlos entre los vivos, para asombro y entretenimiento de los visitantes.
Como anfitriona, Alfrida Lantong es poco receptiva; no responde a los saludos de sus familiares. Pero no se la puede culpar: lleva muerta 9 años. Alfrida falleció en 2012, a los 90, y desde entonces, y tras inyectarle una solución de formaldehído que evita su descomposición, reposa en su casa de Rantepao mientras recibe continuas muestras de afecto de sus nietos. Su hijo Mesak comenta con naturalidad: «La echaríamos mucho de menos si no viviese entre nosotros».
Una de las razones por las que los muertos siguen entre los vivos tanto tiempo es que la preparación para el funeral lleva mucho tiempo… y dinero. Para los torajas, el funeral es el evento más importante de sus vidas y se prolonga hasta una semana. Mesak -el hijo de Alfrida- explica que «la comunidad no nos respetaría si hiciésemos un funeral pequeño. Necesitamos sacrificar muchos búfalos». Así que llevan años ahorrando. Necesitan un millón de rupias, calcula, unos 70.000 euros.
El día más importante de su vida… el funeral. Solo lleva un mes muerto, pero el funeral de Lucas Ruruk va a celebrarse al día siguiente. Será una ceremonia humilde y, aun así, la familia espera que haya unos cinco mil invitados. El coste no bajará de los 15.000 euros, cinco veces el salario medio anual en Indonesia. Su hijo de 28 años, Izak Sapan, dice que es un gasto inevitable que ni se plantean rebajar: «Es el día más importante de la vida de mi padre. Es cuando su alma inicia el viaje al cielo».
Cada muerto debe tener una estatua o tau-tau. Jeffrey Maguling es la cuarta generación de escultores de estas piezas. Las familias las encargan para colocarlas junto a la tumba. «No solo copio la foto del fallecido, intento capturar el carácter de la persona», dice el artesano. Le lleva unos diez días tallar una figura. Además de un arte, es una muy buena fuente de ingresos. Cada una cuesta unos 1000 euros.Etiquetas: Tradiciones varias
Oí nombrar por primera vez este ¿deporte?¿tradición?¿actividad? en una serie que transcurre en un pueblo de Baviera. Parece ser una forma de música donde la melodía se basa en chasquidos de látigo a modo de instrumento de percusión.
Según google y chatgpt, el Goasslschnalzen es una tradición popular alpina originaria de la región de Salzburgo y zonas cercanas de Austria y Baviera, que consiste en hacer chasquear rítmicamente un látigo largo llamado Goaßl, generalmente en grupo y siguiendo patrones coordinados, casi como una forma de música. Tiene su origen en el mundo rural, donde estos chasquidos se usaban para dirigir al ganado y comunicarse a distancia.
Se considera un rito de fertilidad o para ahuyentar el invierno y se celebra en competiciones, valorando el ritmo y volumen
El Aperschnalzen es una forma específica y ritual del Goasslschnalzen que se practica principalmente en invierno, durante el Adviento y el periodo navideño, sobre todo en la región del Flachgau; tradicionalmente se creía que sus fuertes chasquidos servían para ahuyentar a los malos espíritus del invierno y anunciar la llegada de la primavera, y hoy en día se mantiene como una costumbre cultural muy arraigada, con presentaciones y concursos organizados.
Etiquetas: Tradiciones varias
(Un artículo de Javier Yanes publicado el 18 de junio de 2018 en bbvaopenmind.com)
Una hora después de la puesta de sol del 18 de junio de 1178, al menos cinco hombres en el sur de Inglaterra dijeron haber presenciado un fenómeno inusual en el cielo. Según relataron al monje Gervasio, cronista de la abadía de Christ Church en Canterbury, el cuerno superior de la Luna creciente se dividió en dos. “Desde el punto medio de la división surgió una antorcha llameante, escupiendo a una considerable distancia fuego, carbones encendidos y chispas”, escribió Gervasio, añadiendo que la Luna “se retorcía como si tuviera ansiedad” y que “palpitaba como una serpiente herida”. Después de todo ello, el astro se tornó negruzco.
¿Qué fue lo que observaron aquellos hombres? La narración de Gervasio de Canterbury permaneció casi ignorada durante siglos, hasta que en 1976 fue redescubierta por Jack B. Hartung, geofísico de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. La aseveración del cronista de que los testigos habían jurado la veracidad del relato por su honor suscitó el interés de Hartung. Ello le llevó a publicar un estudio que parecía resolver el enigma histórico con una explicación tan fabulosa como el espectáculo que relató Gervasio.
Hartung se inclinó por la posibilidad de que el origen fuera un gran impacto sobre la superficie lunar. En la región donde Gervasio había situado el fenómeno se ubica un cráter de 22 kilómetros que lleva el nombre del filósofo y astrónomo italiano Giordano Bruno. Estudiando las imágenes en alta resolución tomadas en los años 1970 por las misiones del programa Apolo, Hartung pudo comprobar que las largas y brillantes marcas radiales producidas durante la formación del cráter aún no habían sido borradas por el polvo lunar que levantan los micrometeoritos, indicando que su origen era reciente y, por tanto, podía corresponderse con el fenómeno visto en 1178.
Hartung reconocía que la probabilidad era “extremadamente pequeña”, ya que solo existía una posibilidad entre mil de que un gran impacto semejante se hubiera producido a lo largo de la historia registrada de la humanidad. Sin embargo, su teoría recibía un espaldarazo dos años después por parte de los astrónomos Odile Calame y John Derral Mulholland, que analizaron nuevas imágenes recogidas por la sonda soviética Luna 24 para concluir que, si bien su estudio no podía probar la interpretación de Hartung, al menos los datos eran “consistentes con la hipótesis”.
No obstante, esto no implica que la teoría de Hartung fuera mayoritariamente aceptada. Ya en 1977, los especialistas en meteoritos Harvey Harlow Nininger y Glenn I. Huss cuestionaban la hipótesis, alegando que la formación del cráter de Giordano Bruno no habría provocado los fenómenos reportados por el monje. En su lugar, los dos expertos proponían otra explicación más plausible que el propio Hartung había mencionado en su estudio: la entrada de un meteorito en la atmósfera terrestre que casualmente quedaba en la línea visual de la Luna para los observadores desde el sur de Inglaterra.
De hecho, muchos expertos se han mostrado escépticos, ya que la juventud del cráter debe entenderse en tiempos geológicos. Según cuenta a OpenMind el astrónomo Tomokatsu Morota, quien en 2009 calculó una edad para el Giordano Bruno de entre 1 y 10 millones de años, la densidad de cráteres pequeños formados después sobre el material eyectado lleva a una conclusión: “no hay posibilidad de que se formara hace 800 años”. El cosmogeólogo Jörg Fritz, que en 2012 estimó la edad del cráter en más de un millón de años, añade otro dato: “podemos excluir que se formara hace 800 años, ya que todavía estaríamos expuestos a una lluvia de rocas lunares de un evento tan grande y raro”, dice a OpenMind. Asimismo y por efecto del impacto, “partes del cráter todavía mostrarían temperaturas elevadas, que no han detectado las misiones orbitales lunares”.
En 2001 el entonces estudiante de doctorado Paul Withers, de la Universidad de Arizona, puso cifras a esa lluvia de meteoritos lunares que habría caído sobre la Tierra si el cráter de Giordano Bruno se hubiera creado en 1178. En su estudio, el astrónomo detallaba que el cráter fue creado por el impacto de un asteroide de entre 1 y 3 kilómetros, lo que según estimaciones previas habría lanzado 10 millones de toneladas de material lunar en dirección a la Tierra.
Withers calculaba que esto debería haber provocado una intensa lluvia de meteoritos durante la semana siguiente a la colisión, semejante a la de las Leónidas en 1966, que produjo hasta 100.000 estrellas fugaces por hora. “¡Habría sido una visión espectacular!”, dijo Withers tras la publicación de su estudio. “Todo el mundo alrededor del planeta habría tenido la oportunidad de ver el mayor espectáculo de fuegos artificiales de la historia”.
Ninguna crónica de la época registra tal fenómeno, lo que llevó a Withers a concluir que la explicación más plausible es la defendida por Nininger y Huss. “Pienso que [los testigos] estaban en el lugar correcto en el momento justo para mirar al cielo y ver un meteoro que estaba directamente enfrente de la Luna, dirigiéndose hacia ellos”, apuntaba Withers. “Y fue un meteoro bastante espectacular que estalló en llamas en la atmósfera terrestre, silbando, burbujeando y chisporroteando. Si estabas en el área correcta de uno o dos kilómetros en la Tierra, tenías la geometría perfecta”.
Para Withers, esto explicaría por qué solo unas pocas personas habían presenciado la presunta anomalía lunar, que no era tal. A diferencia del asteroide que hace más de un millón de años talló en la superficie lunar el cráter de Giordano Bruno, el meteorito que pudo causar la ilusión óptica de 1178 sería de un tamaño lo suficientemente pequeño como para haber ardido en la atmósfera terrestre sin mayores consecuencias.
Así pues, ¿enigma solucionado? Quizá ni siquiera haya tal enigma: en su estudio, Withers apuntaba otro problema aún mayor, y es que el 18 de junio de 1178 la Luna creciente aún no debía ser visible desde Canterbury. El astrónomo señalaba que tal vez la fecha era incorrecta, pero en 2002 el historiador de la astronomía Peter Nockolds iba más allá al sugerir que la historia de Gervasio pudo ser una completa fantasía: aquel monje, argüía Nockolds, tenía por costumbre asociar extrañas apariciones celestiales a las victorias cristianas en las Cruzadas. La visión de la media luna rompiéndose en dos podía ser meramente una simbología propagandística sobre el triunfo de los cruzados contra el Islam. Probablemente nunca sabremos la verdad.
Tea, un protoplaneta del tamaño de Marte, colisiona con Gaia, la Tierra temprana, originando la Tierra actual y su satélite, la Luna.
Los humanos del Paleolítico pintan en la cueva de Lascaux (Francia) el que se ha interpretado como el primer calendario lunar de la historia.
Los humanos del Neolítico graban en una roca de la tumba megalítica de Knowth (Irlanda) el que se cree que podría ser el mapa de la geografía lunar más antiguo conocido.
El escritor griego Plutarco escribe De facie quae in orbe lunae apparet, “Sobre la cara que aparece en la faz de la Luna”. El autor especula que las sombras en la Luna corresponden a ríos y valles, y que el astro podría estar habitado.
El griego Luciano de Samósata escribe Historia verdadera, una novela satírica que incluye el relato de un viaje a la Luna y un encuentro con sus habitantes. Muchos la consideran la primera obra de ciencia ficción de la historia.
El monje Gervasio de Canterbury relata un extraño fenómeno luminoso en la Luna. Se ha propuesto que fue un efecto óptico creado por el estallido de un meteorito en la atmósfera terrestre, pero la propia narración se ha puesto en duda.
Leonardo da Vinci esboza el primer mapa de la Luna que se conserva en el período histórico de la humanidad.
La invención del telescopio permite las primeras observaciones detalladas de la Luna. Aunque son famosos los dibujos elaborados por Galileo en este año, se le adelanta por unos meses el inglés Thomas Harriot.
El jesuita y astrónomo Giovanni Battista Riccioli designa los principales accidentes geográficos de la Luna con nombres que se conservan hasta hoy.
Se publica póstumamente Historia cómica de los estados e imperios de la Luna, del francés Cyrano de Bergerac. En esta novela satírica el autor viaja a la Luna en un cohete, encontrando allí personas de cuatro patas que poseen armas capaces de abatir la presa y cocinarla.
El francés Jules Verne publica De la Tierra a la Luna, la primera novela que narra un viaje lunar con pretensión de realismo científico. Sin embargo, el lanzamiento de la nave con el cañón propuesto por Verne habría matado a sus ocupantes.
El 15 de noviembre, el astrónomo aficionado Leon Stuart toma una fotografía de un extraño resplandor en la faz de la Luna. En 2003 la astrónoma de la NASA Bonnie Buratti propondría que el fenómeno observado por Stuart fue el impacto de un objeto que abrió un cráter de 1,5 kilómetros, provocando una explosión equivalente a 35 veces la bomba atómica de Hiroshima. De ser cierto, Stuart sería la única persona conocida que ha presenciado un impacto en la Luna.
La sonda soviética Luna 1 es la primera en volar cerca de la Luna. El mismo año, Luna 2 se estrella en la superficie lunar y Luna 3 toma las primeras fotografías de la cara oculta del satélite.
La soviética Luna 9 es el primer aparato en posarse suavemente en la Luna, mientras que su sucesora, Luna 10, es la primera en la órbita lunar. Las sondas Surveyor de la NASA logran también alunizajes suaves. En años posteriores, otras misiones rusas no tripuladas recogen muestras lunares y las traen de vuelta a la Tierra.
Ante el avance de las naves rusas Zond de cara a una misión tripulada a la Luna, la NASA lanza en diciembre la Apolo 8, que se convierte en la primera nave en rodear el satélite con astronautas a bordo. Sus ocupantes toman la famosa fotografía Earthrise.
El 21 de julio, Neil Armstrong y Buzz Aldrin a bordo del Apolo 11 son los primeros humanos en pisar la Luna, poniendo fin a la carrera espacial. En los tres años siguientes, EEUU logra posar en el satélite otras cinco misiones tripuladas.
China logra posar en la Luna su misión Change 3 con el rover Yutu, siendo el primer alunizaje suave desde la soviética Luna 24 en 1976. Además de EEUU, Rusia y China, también la Agencia Europea del Espacio, India y Japón han enviado sondas a la órbita lunar.
Etiquetas: Mirando al cielo
El fútbol tiene su literatura y tiene su ciencia, y a veces parecen esforzarse por coincidir. Ahora que ha vuelto el Mundial, esto de Orwell, justo al acabar la II Gran Guerra: "Fútbol, un deporte en el que todo el mundo sale herido y cada nación tiene su propio estilo de juego que parece injusto a los extranjeros". También ahora un mucho más reciente estudio científico por investigadores de la Universidad de Sussex: El fútbol es el deporte nacional de la mayoría del planeta. Este artículo examina cómo de felices nos hacen los resultados de los partidos ( ) Encontramos que el fútbol, en promedio, nos hace infelices.
Y la pregunta: ¿por qué pasar entonces por el dolor de seguir a un equipo de fútbol?
Los autores del artículo se dedican a la economía conductual, una rama que estudia los factores psicológicos, emocionales o sociales que afectan a la toma de decisiones con repercusión económica. Y vaya si el fútbol puede afectar a la economía. Tiempo atrás desarrollaron una app a la que llamaron Mappiness, una aplicación que usan hasta 32.000 personas del Reino Unido y que les pregunta de forma repetida y aleatoria por cómo se sienten y qué es lo que hacen en diversos momentos. Tras toda una serie de modelos y comprobaciones para minimizar errores y (hasta cierto punto inevitables) sesgos, estas son las conclusiones:
En promedio, la victoria del equipo al que se anima sube el porcentaje de felicidad 3,9 puntos en la hora siguiente al partido, diluyéndose a 1,3 y a 1,1 puntos a las dos y tres horas, respectivamente. Los porcentajes varían según el equipo sea más o menos favorito, según se espere más o menos la victoria, pero en cualquier caso se disparan si, en lugar de verlo por la televisión, se vive en el propio estadio: se disparan al punto de ser comparables con la felicidad comunicada tras hacer el amor.
Sin embargo, la derrota es mucho peor. Que tu equipo pierda supone de media una pérdida de felicidad de 7,8 puntos, el doble respecto a la victoria. Y se mantiene alrededor de 3 puntos a la hora y a las dos horas, manteniendo incluso un efecto resaca a la mañana siguiente, especialmente si el partido ha sido por la tarde-noche y entre semana.
¿Por qué entonces el éxito del fútbol? ¿Por qué la irracionalidad de una afición propensa a la infelicidad?
Igual tenía razón Nick Hornby cuando escribía en 'Fiebre en las gradas': La verdad es así de simple: durante largos ratos de un día normal y corriente, soy un perfecto idiota. Los autores del artículo desarrollan algo más las posibles explicaciones: podría ser que los seguidores de un equipo tiendan a sobreestimar sus posibilidades de victoria o que el estudio no recoja los beneficios de sentirse parte de un grupo, de pertenecer a una tribu.
Hay algo irracional en seguir a un equipo de fútbol: una lógica difusa en seguirlo solo por compartir origen (y puede haber además muchos equipos para escoger en el lugar de origen), por seguir la historia familiar o por ir precisamente contra la historia familiar. Más extraña aún si recordamos lo que decía Galeano (porque además parece llevar razón): En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol. Difícilmente explicable desde la racionalidad si resulta que además, y en conjunto, el fútbol resta felicidad.
Los autores del artículo recogen otra posibilidad tratando de explicarlo: la adicción. Podría resultar que ser hincha de un equipo de fútbol fuera, simplemente o al menos en parte, algo adictivo. Si hablamos del Mundial, ¿podría entenderse el patriotismo extremo como una forma de adicción? Juan Tallón, en El País: Sin darte cuenta serás islandés, coreano, costarricense, portugués, quizás iraní. En un Mundial no conviene ser de aquí o de allí. Nadie debe conformarse con ser de su selección y punto. Menudo suicidio.
Miren también cómo, en el New York Times, trata de escapar de ahí el argentino Caparrós, fan de nuestra descabezada selección: Yo, en esta sencilla pero emotiva ceremonia, me constituyo en el hincha más ferviente de la banda ibérica: ojalá que así, improvisada, acéfala, gane y gane y gane. Si lo hiciera terminaría de demostrar que, para mis compatriotas españoles, los gobiernos son un mal (in)necesario.
Y entonces sí que temblaría la madre de todas las ficciones.
Pero más allá (o más acá) de la adicción, los autores también mencionan otra posibilidad: el valor de la curiosidad. Dicen: quizás también la respuesta esté en parte en el placer de anticipar el espectáculo de un partido de fútbol. Disfrutamos del desarrollo del drama y tenemos una curiosidad natural por ver cómo termina la historia.
La pregunta era: ¿por qué pasar entonces por el dolor de seguir a un equipo de fútbol?
Etiquetas: Fieramente humano (psicología-antropología...), Juegos y deporte