Cuéntame un cuento...

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martes, octubre 27

El minuto eterno en Plymouth: el día que la Armada Invencible pudo vencer a Inglaterra

(Un artículo de César Cerveraen el ABC del 30 de noviembre de 2015)

El desastre militar pudo haberse evitado si el Duque de Medina-Sidonia hubiera accedido a la petición de la vieja guardia de su predecesor, Álvaro de Bazán, para atacar al grueso de la flota inglesa, atrapado en el puerto de esta ciudad.

Debido a los sucesivos retrasos en los preparativos y a la sangría de gastos que estaba suponiendo la Empresa Inglesa, Felipe II designó un sustituto a principios de 1588 para el almirante Álvaro de Bazán , quizás el marino más prestigioso del siglo XVI y el hombre que estaba al cargo de la armada congregada en Lisboa . Enfermo de tifus y con sus facultades mentalmente mermadas, Bazán falleció el 9 de febrero de 1588, ahorrando al monarca la deshonra de destituir a uno de los héroes de la batalla de Lepanto . Su sustituto fue Alonso Pérez de Guzmán el Bueno y Zúñiga , VII duque de Medina-Sidonia, no sin antes tratar de rehuir la responsabilidad por todos los medios.

¿Por qué el Rey eligió a Medina-Sidonia?

Medina-Sidonia consideraba que no era el hombre idóneo para conducir la escuadra a las Islas Británicas, puesto que sus conocimiento militares, sobre todo a nivel marítimo, se reducían a una escaramuza al sur de Portugal  durante la conquista de este reino . Sin embargo,  Felipe II insistió en su decisión  y  el duque no tuvo otro remedio que desplazarse a Lisboa . Allí el trabajo organizativo del noble castellano –las tareas administrativas eran su mayor talento– dieron rápidamente sus frutos y en pocos meses la flota empezó a tomar forma. De  los 104 barcos y 10.000 efectivos  disponibles en febrero, se pasó a  130 barcos y 19.000 soldados  en mayo. El milagro administrativo, no en vano, había sido posible con el dinero que el duque había puesto de su propio bolsillo.

El hombre elegido por Felipe II se había mostrado diligente hasta ese momento. Precisamente hasta que la flota partió y llegaron las primeras acciones militares. Al atardecer del 31 de mayo de 1588, el último de los barcos de la «Armada Felicísima» abandonó Lisboa en dirección a los Países Bajos, donde Medina-Sidonia debía «darse la mano» con los Tercios de Flandes y trasportar a los soldados a Inglaterra.

Tras un duro viaje donde los barcos tuvieron que reagruparse varias veces, el 29 de julio la escuadra que dirigía Medina-Sidonia se internó en aguas inglesas. A esas alturas, tras dos años de preparativos, los planes de Felipe II eran plenamente conocidos por toda Europa . Como medidas defensivas, Isabel I había organizado un sistema de vigías para avistar la llegada de los barcos españoles al instante y había autorizado a su almirante Lord Howard y al corsario Francis Drake a aprovechar la confusión para contraatacar directamente en España. Sin embargo, la meteorología castigó a la flota inglesa y la obligó a retornar a Inglaterra poco después de su salida, en concreto al puerto de Plymouth, justo unos días antes de la llegada de Medina-Sidonia a ese mismo lugar.

Lejos de la célebre anécdota de Drake jugando a los bolos, el corsario y sus hombres se encontraban reparando y aprovisionando sus barcos tras el fracasado intento por llegar a España, cuando el marino Thomas Fleming trajo la terrible noticia: la flota española estaba a la salida del puerto. Para su fortuna, la falta de perspectiva de Medina-Sidonia iba a salvar a los ingleses del desastre.

La decisión que condenó a «la Felicísima»

A primera hora del 29 julio, el duque convocó un consejo de guerra en el buque insignia de la Armada, «el San Martín», donde algunos oficiales como Miguel de Oquendo , Pedro de Valdés y Juan Martínez de Recalde – la vieja guardia de Álvaro de Bazán – propusieron atacar a Drake en el puerto, como había hecho él en Cádiz un año antes, lo que posiblemente habría supuesto una victoria abultada para los españoles, puesto que el viento en contra impedía que escapara ningún buque. Sin embargo, Alonso Pérez de Guzmán el Bueno y Zúñiga decidió, bajo la influencia de Diego Flores de Valdés , ceñirse a los planes de Felipe II y dirigirse a Flandes sin mediar combate con los británicos. Cabe mencionar que el marino Diego Flores de Valdés, que más adelante sería responsable de otros episodios negativos en la desastrosa campaña , tenía el mando del barco donde iba el duque y hacía las veces de su consejero naval. Juan Martínez de Recalde –segundo de la escuadra– dirigía su propio galeón, «el Santiago», lo que hacía muy complicada la comunicación entre ambos almirantes.

Como Carlos Canales y Miguel del Rey explican en «Las Reglas del viento: Cara y cruz de la Armada española en el siglo XVI», aquella oportunidad perdida de destruir la flota inglesa sentenció la suerte de la «Felicísima», que recuperó el rol de pesado convoy de trasporte de tropas que Felipe II le había otorgado erróneamente. Una misión que ni las comunicaciones de la época – los Tercios de Flandes no estuvieron preparados a tiempo – ni los ágiles barcos enemigos iban a permitir llevar a cabo.

Los ingleses no pudieron hundir prácticamente ninguno de los galeones españoles, auténticos castillos flotantes, pero Medina-Sidonia no alcanzó a «darse la mano» con los ejércitos hispánicos en los Países Bajos y se vio forzado a bordear las Islas Británicas. Los arañazos alcanzados por los buques ingleses y las tempestades fueron transformando los barcos en ruinas flotantes. La defectuosa cartografía portada por los españoles fue el golpe de gracia para una travesía a ciegas por las escarpadas costas de Escocia y de Irlanda . Allí ocurrió la auténtica catástrofe.

 

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domingo, octubre 25

Optogenética, la gran revolución del estudio del cerebro

(Un texto de Kristin Suleng en bbvaopenmind.com publicado el 28 de enero de 2015)

La neurociencia tiene una cuenta pendiente. A pesar de su espectacular avance en las últimas décadas, hay una cosa que se le resiste: descifrar cómo funciona el complejo cableado del cerebro, para entender los mecanismos de la memoria y el comportamiento. Esa puerta para lograr la cura del alzhéimer, la depresión o el autismo sigue cerrada. Pero la llave puede estar en los genes de unas algas unicelulares sensibles a la luz, que han abierto una revolucionaria vía de investigación. La optogenética, nacida de la óptica y la genómica, es una técnica prometedora para comprender mejor los traumas y las enfermedades neurodegenerativas. Y al margen de promesas, ya ha logrado un éxito que parecía una quimera: la optogenética permite borrar malos recuerdos.

Desvelar y rediseñar nuestra memoria, un reto de la neurociencia desde hace un siglo, podría no quedar lejos. En la reconocida clasificación de la revista Science, la optogenética ocupó un lugar entre los diez avances científicos de 2014 gracias a un hallazgo sin precedentes del equipo liderado por el médico japonés Susumu Tonegawa, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Los investigadores no solo han sido capaces de etiquetar, en cerebros de ratones, las neuronas que almacenan un recuerdo, sino también de reactivarlas a voluntad con un rayo de luz azul. Así han logrado convertir la memoria de una mala vivencia en un buen recuerdo.

Sin necesidad de electrodos, la optogenética implica un control muy sutil de los mecanismos neuronales. Esta novedosa técnica consiste en inyectar en escogidos grupos de neuronas un virus benigno que contiene proteínas fotorreceptoras (denominadas opsinas) cuya información genética proviene de unas algas fotosensibles. Así las células neurales se vuelven sensibles a la luz. Las proteínas, que actúan como interruptores, encienden o apagan las neuronas en función de los destellos de luz enviados en milisegundos mediante cables de fibra óptica. Esos haces luminosos pueden estimular o suprimir determinados pensamientos y recuerdos.

Uno de los primeros problemas es cómo seleccionar las neuronas relevantes entre las 86.000 millones que campan en nuestro cerebro. Al activarse para construir un recuerdo, las neuronas producen proteínas específicas que pueden ser etiquetadas mediante la ingeniería genética con otras proteínas emisoras de luz, de forma que las células neuronales se iluminen cuando empiecen a fabricar un recuerdo. Los científicos ven algo parecido a las luces en las ventanas de un edificio de oficinas de noche que insinúan la ubicación de los trabajadores en su interior.

Los experimentos optogenéticos se han multiplicado desde que la técnica fuera descubierta en 2004 por el neurocientífico Karl Deisseroth, de la Universidad de Standford, utilizando proteínas microbianas para controlar los movimientos de pequeños organismos como nematodos o moscas de la fruta. Su grado de perfeccionamiento ha sido insólito desde entonces. En breve, la optogenética podrá utilizarse contra la ceguera, para tratar de devolver parte de la visión perdida con lesiones de retina. Su aplicación también podría sustituir los marcapasos cerebrales para el Parkinson, perfeccionar nuevas prótesis para la pérdida auditiva, revelar con más precisión el mecanismo responsable del sueño REM y mitigar la adicción en consumidores de cocaína.

Pero de momento el potencial de la optogenética reside en su capacidad para desnudar el laberinto funcional del cerebro, para desvelar cómo se graba un recuerdo y afloran los traumas, la depresión o la esquizofrenia. Al registrar un acontecimiento en la memoria, se conectan entre sí neuronas en zonas especializadas en tareas diferentes del cerebro. La ruta de almacenaje de un recuerdo tiene dos vías: los datos neutros (dónde y qué sucedió) se guardan en el hipocampo, la cara interior del encéfalo; y el significado emocional, en la amígdala.

El equipo de Tonegawa ha experimentado que un recuerdo puede sustituirse en el hipocampo, pero no en la amígdala, por lo que su valor emocional no podría borrarse. Sin embargo, estos investigadores del MIT han observado que las conexiones neuronales de ambas partes del cerebro se modifican al cambiar los recuerdos. Estas conclusiones se deben al trabajo aplicado en ratones, grabando y reproduciendo los recuerdos agradables con un haz luminoso sobre las neuronas y generando malos recuerdos mediante descargas eléctricas. Se ha comprobado que, si se le activa un recuerdo bonito, un ratón es capaz de quedarse en el lugar de la jaula que antes rehuía. Su actitud es opuesta a la de los ratones que asocian ese espacio con el mal recuerdo de la descarga.

En la misma línea, investigadores del Colegio Universitario de Londres (UCL) han elaborado un estudio sin precedentes sobre el almacenaje y la manipulación de la actividad cerebral que permite determinar qué neuronas contribuyen a una determinada función. Su experimento, publicado el pasado diciembre en Nature Methods, combina la optogenética con otro método de vanguardia neurotecnológica: el calcium imaging, que detecta la activación neuronal al incrementar la concentración de calcio cuando empiezan los impulsos nerviosos. El equipo ha utilizado un modulador espacial que divide la luz en un holograma consistente en pequeños haces que, por ejemplo, activan de manera simultánea seis neuronas implicadas en formar una cara sonriente.

La nueva puerta que abre la optogenética podría significar el fin de la era del Prozac en favor del ascenso del denominado “imperio del ser humano basado en circuitos”. Pero habrá que esperar todavía unas décadas hasta que estos revolucionarios hallazgos, experimentados de momento solo en animales, puedan traducirse en avances para intervenir, sin cirugía ni fármacos, en los circuitos neuronales del cerebro humano.

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viernes, octubre 23

"East of Eden", by John Steinbeck

(A post by Classic Bookworm seen on their Facebook wall on 12th October)

John Steinbeck published this novel in September 1952. He was fifty years old. He had won the Pulitzer Prize for The Grapes of Wrath thirteen years earlier, but his recent books had been dismissed by critics, and he was worried that his best work was behind him. He wrote East of Eden as a comeback. In a letter to his editor, he said, "I think everything else I have written has been, in a sense, practice for this." He believed it was the book he had been preparing to write his entire life. And then the critics hated it.
The story spans two generations of two families in California's Salinas Valley, from the Civil War to the end of World War I. It is a retelling of the biblical story of Cain and Abel, set in the farmland Steinbeck grew up in. The first generation is Adam Trask and his brother Charles, who grow up on a farm in Connecticut with a father who favors Adam and a mother who died young. The second generation is Adam's twin sons, Cal and Aron, who grow up in Salinas Valley with a father who is distant, grieving, and incapable of showing love. And binding the whole thing together is Cathy Ames, a woman so purely, incomprehensibly evil that she almost stops being a character and becomes a force of nature.
Cathy is one of the most terrifying creations in American literature. Steinbeck tells you from the beginning that she was "not like other people, never was from birth." She kills her parents. She becomes a prostitute. She marries Adam, bears his children, shoots him, and leaves him to run a brothel where she blackmails the most powerful men in town. She feels no guilt, no love, no remorse. She is not a villain in the conventional sense. She is a void. And Steinbeck uses her to explore the novel's central question: are we born evil, or do we choose to be?
The answer, he decides, is in a single Hebrew word. Timshel. When God speaks to Cain in Genesis, the King James Bible translates the word as "thou shalt" thou shalt rule over sin. But the Hebrew, Steinbeck argues, actually means "thou mayest." Not a command. A choice. "That gives a choice," Steinbeck writes. "It might be the most important word in the world." That is the heart of the book. You are not doomed to be your father. You are not doomed to be your mother. You are not doomed to be the person you were yesterday. You may choose. You may rule over sin. You may be something else.
The novel's third major figure is Lee, the Trask family's Chinese cook. Lee is not a servant. He is the moral center of the book. He speaks in pidgin English as a mask, a way of surviving in a world that refuses to hear him otherwise. When he finally drops the mask and speaks to Samuel Hamilton, he reveals himself as one of the most educated and philosophical men in the valley. Together, Lee and Samuel — the Irish immigrant and the Chinese immigrant, the two outsiders — debate the meaning of timshel and arrive at the novel's deepest insight. They are the ones who teach Cal that he is not his mother's son. He is his own man.
Steinbeck wrote East of Eden while going through a painful divorce and struggling with the knowledge that his own sons were growing up without him. The Hamilton family in the novel is based on his own maternal grandparents, and Samuel Hamilton is a loving portrait of his grandfather. He wrote it as a letter to his sons, trying to explain to them something he could not say in person. It was, he said, "a fantasia of history and myth." It was also a confession. A father trying to tell his children that he loved them, and that he was sorry, and that they were free.
 

 

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miércoles, octubre 21

¿Dónde empieza la boca?

 (Mario Benedetti)

¿Dónde empieza la boca?
¿En un beso?
¿En un insulto?
¿En un mordisco?
¿En un grito?
¿En un bostezo?
¿En una sonrisa?
¿En un silbido?
¿En una amenaza?
¿En un gemido?
Que quede claro:
donde termina tu boca,
empieza la mía.

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lunes, octubre 19

Tutía

(Leído en el blog Anécdotas de cine, música y arte a través de su muro de Facebook)
 
La medicina árabe medieval, siempre atenta al saber de la Antigüedad, recogió un tratamiento para afecciones oculares a base de óxido de zinc, cuyo antecedente —la cadmia— ya aparecía en el Dioscórides en el siglo I d. C. Se trataba de un ungüento elaborado con el óxido de zinc y otras sales metálicas presentes en las costras que se formaban en los conductos de los hornos metalúrgicos. Los árabes lo llamaron «attutíyya», que en nuestro castellano se convirtió en «atutía» o «tutía», un término que servía tanto para la costra como para el ungüento con ella preparado.
En aquella medicina medieval, la "Tutía" se convirtió en un bálsamo muy socorrido, tanto que las ocasiones en las que los galenos echaban en falta aquel remedio pudieron servir de inspiración para una frase que todavía hoy decimos sin ser consciente del eco médico que hay detrás: "No hay tutía". No había remedio, querían decir, tal y como lo decimos ahora, pero con una confusión de parentesco familiar que siempre nos ha provocado cierta extrañeza: ¿Tu tía?
Ya saben que cuando se tengan que conformar con lo que hay, cuando no haya más remedio ni alternativa y digan aquello de «no hay tu tía», en realidad lo que les falta es un ungüento medicinal de las boticas del pasado.
Nota: Hoy el óxido de zinc sigue usándose para proteger la piel y dar alivio a ciertas irritaciones.

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sábado, octubre 17

La Torre de la Magdalena de Zaragoza

(Un texto de Jaime Carbonel Monguilán publicado el 13 de diciembre de 2022, en www.coaatz.org)

La iglesia parroquial de Santa María Magdalena se encuentra prácticamente al final de la calle Mayor, de Zaragoza, donde esta desemboca en la llamada plaza de la Magdalena, junto a la parte más oriental del Coso. Una potente muralla de piedra de alabastro, de la que aún quedan restos importantes, delimitaba la ciudad. En este lugar se encontraba la puerta de Valencia, denominada en época islámica “Bâb al-Qibla”. Bâb significa “puerta” en árabe y la Qibla señalaba la dirección hacia La Meca (sureste). También quedan restos de esa puerta en la fachada de una de las casas.

De este conjunto siempre se afirmó que estaba construido en el siglo XIV, adscrito, por tanto, al arte mudéjar aragonés. Respecto a la iglesia, no hay ninguna duda de que es así. En época barroca, cuando ya no era obligatorio que los altares estuvieran orientados hacia el Este, se abrió una puerta en la cara central del ábside y se colocó el altar en el lado opuesto.

Si toda la obra responde a un proyecto único y está realizada en un mismo tiempo, resulta extraña la diferencia de estilos y recursos decorativos, encontrando en la torre una mayor riqueza de los mismos en contraste con la sobriedad de la iglesia, cuya ornamentación se concentra principalmente en el ábside y con elementos diferentes a los de la torre. Evidentemente, no pudieron ser las mismas manos de alarifes las que levantaran uno y otro edificio.

Documentalmente, se afirma que ya existía una iglesia en este mismo lugar en 1126. Teniendo en cuenta que la conquista cristiana de Zaragoza se produce en 1118, está claro que aquel templo no pudo ser otro que la mezquita que ahí hubiera antes de esa fecha. En el siglo XIV, se derribaría el antiguo edificio y se construiría la iglesia que hoy conocemos. Al construirla sobre el mismo solar que el antiguo templo, su orientación quedó condicionada por tal circunstancia, lo que explica que el ábside, en lugar de estar hacia el Este, lo esté hacia el Sureste (La Meca).

El profesor Borrás Gualís aventuró que, seguramente, construirían una iglesia románica inmediatamente después de la conquista cristiana y que sería a esta a la que se referían en el documento que aludía al año 1126. Además de lo increíble que resultaría semejante actividad edilicia en aquellos primeros años de posguerra en lugar de aprovechar lo existente, cabe señalar que, en 1988 y 1989, el solar situado al norte de la iglesia fue excavado por los arqueólogos José Francisco Casabona Sebastián y José Delgado Ceamanos, encontrándose una serie de restos y estructuras islámicas, como un fragmento de inscripción en árabe y un potente muro de cimentación de 20 metros de longitud en sentido NO-SE que, por su orientación y tamaño, bien pudo pertenecer a la mezquita de Bâb al-Qibla. Sin embargo, no se halló ningún resto de la iglesia románica mencionada por Gonzalo Borrás, como tampoco durante las obras de restauración dirigidas más recientemente por los arquitectos Aguerri y Aguerri.

La pregunta que se plantea es si la torre actual es realmente el alminar reutilizado de aquella mezquita o si se hizo de nueva planta junto con la iglesia, tal y como siempre se afirmó. De cualquier forma, el historiador Ángel Canellas, en su “Historia de Zaragoza”, ya menciona un testamento de 1197 otorgado por un clérigo de esta iglesia en el que se habla de su “campanar” (torre campanario). De igual forma que descartamos la existencia de una iglesia románica en aquel entonces, tampoco cabe la posibilidad de una torre románica. Resulta difícil pensar que no sea la que hoy conocemos y que es objeto de este artículo.

Analizando el encuentro entre ambos edificios a nivel de calle Mayor, la bajante existente en el rincón que forman ambos paramentos dificulta ver si es una única obra o son dos, pero se aprecia que no parecen coincidir en altura las hiladas de uno y otro. La observación a cierta altura (por encima del atrio) llevada a cabo por Peña Gonzalvo nos da la clave: la cornisa de la iglesia parece querer estar hecha al mismo nivel que la que corresponde a la torre a esa misma altura, aunque, por lo visto, un asiento diferencial entre los dos edificios ha evidenciado que son dos obras separadas. Más todavía: la cornisa que corresponde a la iglesia se estrella contra la de la torre, señal inequívoca de que, cuando se construyó la iglesia, la torre ya estaba allí. No hay duda, pues, de que la torre se erigió como un edificio exento.

Pero todavía hay más evidencias. Los historiadores Bernabé Cabañero y Carmelo Lasa publicaron en el nº 17 de la revista Artigrama (2002) un trabajo titulado “Presentación de cuatro capiteles de época taifa reutilizados en la torre de la iglesia de Santa María Magdalena de Zaragoza”. Se trata de unos capiteles existentes en los ventanales del tercer cuerpo de la torre. Son dos huecos en cada cara, es decir, ocho en total, divididos cada uno de ellos por una columnilla terminada en un capitel con su correspondiente cimacio sobre el que apean los dos arquillos en que se subdivide cada hueco. Afirman, con todo su buen conocimiento, que son de época taifal (siglo XI). Tuvieron que ser ocho porque, antes de la restauración llevada a cabo por Francisco Íñiguez en los años 60 del siglo pasado, habían eliminado la columnilla en cuatro de esos ventanales (uno de cada cara) para poder colocar campanas, pues, de lo contrario, no cabían en esos huecos tan estrechos. Solo se mantuvieron los otros cuatro y aquellos se han perdido. Nos encontramos ante un caso más de que se construye una torre para la que no se piensa en que sea un campanario, pues no se prevé en la misma el espacio para su utilidad principal, si esta hubiera sido la de colocar campanas. Estos historiadores, en su afán por sostener la datación de Borrás Gualís, dan el argumento de que esos capiteles serían reutilizados, quizá procedentes del edificio islámico encontrado por Casabona y Delgado. Es frecuente el reaprovechamiento de piezas, pero, arquitectónicamente, resulta increíble que encajaran de manera tan perfecta esos elementos “reciclados” en una obra posterior. Tuvieron que ser expresamente elaborados para la misma. Además, no se explica por qué omitieron los otros 48 capiteles que existen en los arcos abocinados y que pertenecen también a la misma época. Para estos no existe reutilización posible: se esculpieron también explícitamente para su ubicación actual.

En el interior de la torre existen cinco estancias superpuestas. La primera de ellas está cubierta con bóveda de crucería simple y el resto con bóvedas de arista. Estos elementos suelen adscribirse a la arquitectura gótica, pero no debe dejarse de lado la circunstancia de que también están presentes en la arquitectura omeya andalusí, como la maqsura de la mezquita de Córdoba (962) o la mezquita toledana de Bâb Mardûm (999), así como también en la mezquita aljama de Isfahán (Irán, siglo XI).

Entrando más en nuestra especialidad como arquitectos técnicos y atendiendo a la evolución estructural de los alminares que exponíamos en algún artículo anterior, nos encontramos ante un alminar evolucionado, fechable en los últimos años de la taifa de Saraqusta, compuesto ya de una torre exterior y otra interior o contratorre, solamente unidas por la correa de la escalera que circula entre ambas y que se va formando mediante hiladas de ladrillo enjarjadas. La contratorre no se detiene en el cuerpo de ventanales, sino que continúa hasta arriba para formar la torrecilla de coronación. Es el modelo que se exportaría hacia el sur de la Península, con el éxodo de buena parte de la población saraqustí tras la conquista cristiana. Emigraron con todos sus conocimientos y aportaron sus técnicas constructivas al Imperio almohade. Quizá el resultado más espectacular de todo ello es la Giralda de Sevilla, que sigue el mismo esquema estructural que esta torre, aunque allí con rampas en lugar de peldaños, dada la mayor dimensión de la planta que le otorga una grandeza superior. En cuanto a estas torres zagríes, es justo destacar su mayor esbeltez respecto a la Giralda, si en esta consideramos solo su estado original y no tenemos en cuenta el recrecido del siglo XVI, es decir, la relación entre la altura y la dimensión de la base, lo que les aporta una mayor elegancia en su silueta.

La similitud entre el repertorio decorativo de esta torre (profusión de cerámica vidriada) y el de la Parroquieta de la Seo hace pensar en una segura contemporaneidad, incluso en la coincidencia de los mismos alarifes. También en el hecho de que sirviera de modelo a las torres de Teruel, aunque estas también con menor esbeltez.

Tanto la mezquita como el alminar ocuparían en época islámica una situación muy privilegiada. En el plano que se adjunta, está señalada con el nº 2 y la Bâb al-Qibla con el nº 11. Saliendo de la ciudad por esa puerta, nos encontraríamos, después de cruzar el Coso, con uno de los cementerios más importantes de Saraqusta, que se extendería prácticamente hasta el río Huerva (el otro cementerio importante, grafiado en el mismo color magenta en la parte occidental de la ciudad, era el que citábamos en el artículo sobre la torre de San Pablo, señalada con el nº 5). Según la tradición, allí estaban las tumbas de los tabíes Hanash as-Sana’aní (fundador de la mezquita aljama) y Alí al-Lahmí. Eran destino de peregrinación de muchos musulmanes venidos del resto de la Península y de otros lugares para venerar a estos personajes con reputación de santidad. El magnífico alminar de Bâb al-Qibla serviría de faro para llegar hasta ese lugar (de hecho, “alminar” significa “faro”).

En las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el interior del templo con motivo de las últimas obras de restauración, se encontró el cimiento de un pequeño alminar en la zona del actual presbiterio. Los cuatro siglos de presencia islámica en esta tierra dieron suficiente como para que, en una ciudad tan vibrante como lo fue esta y en este enclave tan especial, se hiciera necesario ampliar en el siglo XI la mezquita que aquí había. Javier Peña recrea en el plano que sigue la hipótesis más razonable de su evolución constructiva. En color verde claro, la mezquita original con su pequeño alminar, el cual sería derribado para llevar a cabo la ampliación de la mezquita (grafiada en verde oscuro) con el alminar que hoy conocemos. Ese templo sería consagrado en el siglo XII para el culto cristiano bajo la advocación de Santa María Magdalena, hasta el siglo XIV, cuando se adosa el ábside al muro de la Qibla (en color marrón) y se derriba la mezquita para construir la iglesia que hoy conocemos. No tienen que derribar, como es lógico, el bello alminar para construir un nuevo campanario porque les sirve perfectamente para usarlo como tal. Hubiera sido difícil mejorarlo en belleza y prestancia.

Para poder hacernos idea de cómo pudo ser este conjunto arquitectónico y su entorno, ponemos a continuación esta imagen que representa la Bâb al-Qibla y, tras ella, el alminar de la Magdalena, modelo 3D de Ana Alfaro (Área de Expresión Gráfica del Departamento de Arquitectura de Unizar), según interpretación de J. Peña. Al fondo, en color blanco, la mezquita mayor y su gran alminar octogonal.

Nos encontramos, pues, ante una de las torres de mayor exotismo y belleza de toda la Península, por su figura esbelta, su rica decoración y extraordinario equilibrio, realizada en los últimos años de aquel siglo de oro de Zaragoza que transcurrió entre la declaración de reino independiente (1018) y la incorporación al reino de Aragón (1118), hecho con el que se abrió una nueva etapa.

Nota (leída en un mensaje de Facebook):

También es conocida como la parroquia del gallo ya que está coronada con una veleta en forma de esa ave gallinácea.

Ya sabéis que el gallo ha tenido siempre fama de tener un sueño muy ligero, pues bien, en la Parusía, la Segunda Venida de Cristo, el gallo despertará a los cristianos para que nadie se pierda el poder contemplar la visión de la gloria del Salvador.
 

  

 

 

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jueves, octubre 15

Este pez es capaz de reconocerse en un espejo

(Un artículo de Vicente Fernández López en quo.com publicada el 31 de agosto de 2018)

El llamado "test del espejo" fue creado en 1970 por Gordon Gallup y, en teoría, mediría la capacidad de un animal para tener autoconsciencia de sí mismo, en función de su capacidad para reconocerse en un espejo.Consiste en pintarle una marca en la cara a un animal (o a un bebé) sin que se dé cuenta y ponerle frente a su reflejo. Supuestamente, si se da cuenta y trata de limpiar o tocar esa señal, es que el animal es consciente de sí mismo. 

Lo de la autoconsciencia sigue siendo polémico, pero lo cierto es que hasta la fecha solo la han pasado los animales que consideramos más inteligentes: los grandes simios, los elefantes, los delfines, las urracas, los humanos a partir de su segundo año y algunas variedades de aves como los cuervos. Pero nunca la había superado un pez. 

Hasta ahora, porque un experimento realizado por un equipo de la Universidad de Osaka ha revelado que los miembros de la familia Labridae, si son capaces de hacerlo. Estos pequeños peces del tamaño de un dedo humano fueron los protagonistas de un experimento en el que, al ponerlos frente a un espejo, los investigadores observaron que se movían y comportaban de una forma totalmente distinta a como lo hacían cuando estaban frente a otro ejemplar de la misma especie.

Posteriormente, les marcaron con un tinte en una parte del cuerpo, de tal forma que los peces solo podían ver la mancha si se miraban en el espejo. Y lo que ocurrió es que pasaron más tiempo adoptando posturas que les facilitaban ver la mancha en su imagen reflejada. 

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Ampliación (leído en el boletín Materia de El País del 27 de marzo de 2021)

Ahora leo en New Scientist que en una cuadra italiana 11 de los 14 caballos a los que pusieron frente al espejo con la marca en el cachete intentaron limpiarse con la pata. Hay expertos que ponen en duda que estén realmente mirándose. ¿Por qué? Porque lo normal, en cuanto un animal descubre el truco del espejo, es que se miren donde no se suelen ver. Unos científicos chinos enseñaron a unos macacos a reconocer su reflejo y lo primero que hicieron fue mirarse los genitales: una irresistible perspectiva inédita de sí mismos.

 

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