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domingo, mayo 31

El viaje secreto (y sin ropa interior) a China con el que Kissinger cambió la historia para siempre

(Un texto de Guido Santivecchi en El Mundo del 12 de julio de 2021)

Fue la semana que cambió el mundo. El deshielo entre Washington y Pekín hace 50 años tuvo escenas propias de novela de espías y a Kissinger (y su maleta olvidada) como grandes protagonistas.

«Doctor Kissinger, hay una noticia especial que le concierne: usted se encuentra desaparecido». Así fue como Zhou Enlai dio la bienvenida al asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos hace justo 50 años, el 9 de julio de 1971, en Pekín. Una historia de espías adaptada a las circunstancias de ese primer encuentro secreto entre el Gobierno de Nixon y la dictadura china.

La broma del primer ministro chino fue registrada por Winston Lord, el joven asistente de Kissinger, quien la transcribió en un memorando de 110 páginas con el título Alto secreto / sensible / exclusivamente para sus ojos. Ha permanecido bajo llave en el archivo de la Casa Blanca durante tres décadas y ahora sale a la luz, mientras los politólogos de ambos lados del Pacífico estudian aquella operación diplomática que cambió el equilibrio de poder entre Occidente y Oriente y se preguntan si la distensión entre las dos superpotencias puede resucitar ahora con nuevos giros de guion.

La nostalgia es grande en Pekín, que rinde culto a la historia, honró a Kissinger con el título de zhongguo renmin de lao pengyou [Viejo amigo del pueblo chino] y lo ha recibido y escuchado en más de 80 ocasiones después de aquel misterioso aterrizaje. El espectacular abrazo de 1971 entre EEUU y la República Popular China se ha catalogado de varias maneras: «diplomacia triangular», «minué», «tácticas de zorro contra erizo», incluso «la creación de Frankenstein».

Cada definición refleja una parte de la realidad, como el nombre en clave que se le dio a la operación: Marco Polo. El presidente Richard Nixon había decidido aprovechar la brecha en la feroz rivalidad entre Moscú y Pekín jugando con dos barajas: creando relaciones más estrechas con China y la URSS que las que los dos países comunistas mantenían entre sí.

Pero volvamos a la historia. Durante meses, los estadounidenses y los chinos habían intercambiado señales a distancia, a través de intermediarios extranjeros, por canales tortuosos: se registraron 136 contactos, de París a Varsovia, sin ningún resultado. «A esos intentos les habíamos dado el nombre en clave de Minué, porque como en un baile por parejas, nos movíamos dando pequeños pasos, intentando medirlos, pero era difícil», recuerda el profesor Tao Wenzhao, de la Academia de Ciencias Sociales de Pekín.

Las conversaciones preliminares encallaron inmediatamente en las rocas de las declaraciones cargadas de ideología. La desconfianza se había extendido a lo largo de 20 años, desde que Mao Zedong proclamó el nacimiento de la República Popular el 1 de octubre de 1949 y Washington se puso del lado de Chiang Kai-shek, refugiado en Taiwán. Después, en los tres años que duró la guerra de Corea, un ejército de voluntarios chinos luchó contra las fuerzas de la ONU dirigidas por EEUU. La imagen simbólica siguió siendo la del secretario de Estado norteamericano John Foster Dulles, quien se negó a estrechar la mano de Zhou Enlai durante la conferencia de paz sobre Corea en Ginebra en 1954.

En enero de 1969, el recién elegido presidente Richard Nixon intentó romper este «aislamiento airado», como él mismo lo calificó. Alexander Haig, que en aquel momento era número dos en el Consejo de Seguridad Nacional, recordó: «Henry Kissinger, saliendo de la Oficina Oval, me dijo. 'Al, el jefe quiere establecer relaciones con China'. Le respondí: 'Debes haber entendido mal, es un defensor de la Guerra Fría'. Kissinger respondió: 'Creo que está loco'». Pero Nixon estaba lúcido: quería involucrar a los chinos para abrir otro frente y rodear a la Unión Soviética. Aunque los primeros intentos no dieron resultado.

El episodio que tuvo lugar en Varsovia en 1970 fue cómico. El embajador estadounidense en Polonia había recibido instrucciones de entregar un mensaje a los chinos, pero ningún diplomático comunista quería correr el riesgo de ser visto cerca de un «enemigo imperialista». La oportunidad llegó en un lugar poco probable: un desfile de moda yugoslavo en la capital polaca. Cuando los estadounidenses vieron a algunos funcionarios chinos en la sala, comenzaron a gesticular, tratando de acercarse a ellos. Los otros, que no habían recibido instrucciones de Pekín, se levantaron y caminaron rápidamente hacia la salida para poner fin a una situación embarazosa. Se produjo una persecución y, al final, un estadounidense gritó en polaco, el único idioma que tenían en común con sus interlocutores: «Somos de la embajada de Estados Unidos, debemos reunirnos con su embajador... El presidente Nixon quiere reanudar las conversaciones».

Mao, no obstante, también disponía de discretos canales de comunicación. Uno de sus favoritos era la figura de Edgar Snow, el periodista estadounidense que en 1936 lo entrevistó en Yan'an, donde había terminado la Larga Marcha. Fue Snow quien hizo la famosa foto en la que el líder comunista luce una gorra con una estrella roja.

En el otoño de 1970, Snow fue invitado a Pekín para escuchar de nuevo al Gran Timonel. La diplomacia china utilizó esa entrevista en la que Mao se refirió al posible diálogo con Nixon como un mensaje en una botella lanzado al océano. A Snow se le dijo que no entrecomillara las palabras del presidente y que no publicara el artículo durante tres meses. Mao fue muy inteligente imaginando que el reportero iba a ser interrogado inmediatamente en Washington y que revelaría la propuesta de dar la bienvenida a Nixon a la Ciudad Prohibida «como jefe de estado o como turista». No fue el caso, porque la Casa Blanca consideraba a Snow un personaje próximo al comunismo. Cuando la entrevista se publicó en Life el 30 de abril de 1971 ya había sido superada por los acontecimientos.

4 de abril de 1971. Nagoya (Japón). Campeonato mundial de tenis de mesa. El jugador estadounidense Glenn Cowan, un joven hippie rebelde, había perdido el autobús de su equipo. El vehículo chino se iba y él se subió: nunca se ha aclarado si por error, por provocación o porque le ofrecieron llevarle. Sin embargo, se trataba de un gesto contrario al protocolo, porque en esos días a los atletas de Pekín se les había prohibido incluso hablar con los yanquis capitalistas.

En el autobús, sin embargo, había un jugador chino tan querido en su país que podía permitirse el atrevimiento de una infracción: Zhuang Zedong, tres veces campeón del mundo y artífice de una forma revolucionaria de coger la pala. Ese día también inventó la diplomacia del ping-pong.

La Historia se había subido a ese autobús, aunque al principio fue gélida. «Habían pasado 10 minutos y ningún miembro de nuestro equipo se había atrevido a mirar al desconocido a la cara. Pensé que era sólo un deportista, no un político. Me levanté, llamé al intérprete y fui a saludar», relató Zhuang más tarde en innumerables ocasiones.

Lo que el campeón chino le dijo a su rival estadounidense forma parte de la leyenda: «Aunque el Gobierno de EEUU es hostil con China, los ciudadanos americanos son amigos de los chinos. Le doy esto en señal de amistad entre el pueblo chino y el pueblo americano». Sacó de su bolso un pañuelo de seda con una imagen impresa de las montañas Huangshan. Había fotoperiodistas y la instantánea acabó en los periódicos.

Se dice que, después de ver la foto, Mao ordenó ipso facto invitar al equipo estadounidense a China. Pero no fue exactamente así, porque incluso el viejo revolucionario no estaba seguro de la reacción de las masas chinas. Lo que sucedió en las horas previas a la decisión fue revelado años más tarde por Wu Xujun, la enfermera del líder comunista. Mao, que se encontraba enfermo, tomaba somníferos antes de comer. Las pastillas eran tan potentes que le arrebataban de golpe la lucidez, por lo que el Timonel había dispuesto que «sus palabras, después de ingerir las pastillas para dormir, fueran ignoradas y olvidadas».

«A las 11 de esa noche del 4 de abril -relató la mencionada enfermera- se despertó y habló, murmuró unas palabras que me llevó un instante comprender. Quería que llamara a Zhou Enlai para invitar a los jugadores estadounidenses. Estaba asombrada y asustada. Le pregunté si debía tener en cuenta sus palabras en ese momento, a pesar de sus órdenes sobre los somníferos. Pareció quedarse dormido de nuevo, pero después de un rato abrió los ojos y me dijo: 'Pequeña Wu, ¿por qué no haces lo que te pedí que hicieras? Y date prisa, de lo contrario perderemos esta oportunidad».

La pelota estaba en campo estadounidense.

Después del evento deportivo, llegó a Washington un mensaje de Zhou Enlai que ofrecía una reunión con un alto funcionario de la Casa Blanca. La elección del negociador fue tormentosa. Nixon temía que el emisario pudiera robarle el protagonismo. Despidió al vicepresidente Nelson Rockefeller porque era «un aficionado» y a George Bush, entonces embajador ante la ONU, por ser «demasiado débil y poco sofisticado». Finalmente recurrió a Kissinger y ordenó que viajara en el más estricto secreto para evitar conflictos internos dentro de la Administración y demandas de información por parte de sus aliados.

El 1 de julio de 1971 la delegación estadounidense partió para un largo viaje. «Elegimos hacer paradas agotadoras y aburridas en varias capitales, de Saigón a Bangkok, Nueva Delhi y finalmente Rawalpindi, para desanimar a los periodistas», escribió Kissinger en sus memorias. Solo el dictador de Pakistán, el general Yahya Khan, conocía el plan, porque contaba con la confianza de ambas partes y su colaboración logística era fundamental.

La noche del 8 de julio, durante un banquete en Pakistán, Kissinger fingió estar enfermo, abandonó la sala, se subió a un coche y se dirigió al aeropuerto. El dispositivo paquistaní lo estaba esperando a pie de pista. A bordo de un avión había cuatro emisarios chinos. Kissinger llevaba a tres jóvenes ayudantes con él. Los dos agentes del Servicio Secreto desconocían el destino. «Cuando vieron a los chinos en el avión pensaron que se trataba de un intento de secuestro, casi les da un infarto», admitió.

Con las prisas se cometió un pequeño error: el maletín de Kissinger con ropa interior de repuesto se quedó en el maletero del coche. Para aliviar la tensión del vuelo, uno de sus asistentes le dijo: «Henry, todavía no te has sentado a la mesa con los chinos y ya te has quedado sin camisa». Dicen que John Holdridge le prestó una de las suyas, demasiado grande porque era 15 centímetros más alto. Tanto, que «le hacía parecer un pingüino». En el cuello tenía una etiqueta: made in Taiwan. Un signo del destino.

Así se plantaron donde les estaba esperando Zhou Enlai. Segunda nota de la reunión: «El primer ministro Zhou ofrece cigarrillos a los invitados. '¿Nadie quiere? Me he topado con un grupo de no fumadores'», bromea. El plenipotenciario mandamás chino se encontraba aparentemente relajado. Kissinger tenía prisa, porque apenas disponía de una ventana de 48 horas antes de reaparecer en Pakistán sin levantar sospechas.

Había muchos asuntos de los que discutir. Aquí es donde entra en juego la Teoría del zorro y el erizo, evocada por el historiador Niall Ferguson. El zorro americano tenía muchos objetivos: el primero era organizar la visita de estado de Nixon a Pekín. Luego, recibir garantías chinas de su retirada militar de Vietnam. Estabilizar Corea. Presionar a los soviéticos. Frenar la carrera armamentista. Poner fin a la guerra de independencia de Bangladesh de Pakistán.

Zhou Enlai era un erizo y quería hablar de Taiwán: «Para ustedes tiene poco valor estratégico, para China es una herida abierta. Si no resolvemos el problema de inmediato, será inútil continuar». Kissinger intentó mantener la ambigüedad: «Como estudioso de Historia puedo predecir que la evolución política irá pacíficamente en la dirección que persigue...». Zhou quería respuestas más claras. Finalmente, el estadounidense acordó reconocer a la República Popular China como el único Gobierno legítimo de China, confiando el destino de Taiwán «a un horizonte temporal compatible con las necesidades internas de Estados Unidos».

Acto seguido, Kissinger hizo dos observaciones sobre el tema: «La diplomacia no debe ser sentimental, sino predecible» y «Pekín ha demostrado ser extremadamente flexible en el momento de aplicar el principio de que sólo hay una China, los presidentes estadounidenses han perseguido hábilmente una posición de equilibrio, acercándose a la República Popular China y con el mantenimiento de las condiciones para el desarrollo de la democracia en Taipei».

Ahora, Xi Jinping afirma que la cuestión de la reunificación ya no se puede relegar a las generaciones futuras, y durante meses los aviones chinos han estado haciendo incursiones a diario alrededor de la isla, en maniobras que parecen ensayos generales. El 11 de julio de 1971, el doctor Kissinger regresó en secreto a Rawalpindi y, departiendo con sus compañeros de viaje, dio pruebas de la falta de sentimentalismo que predicaba.

El 15 de julio se anunció el acuerdo para la visita de Nixon a Pekín. El 21 de febrero de 1972, el presidente de EEUU se reunió con Mao y el 28 de febrero declaró que sólo hay una China, brindando por la «semana que cambió el mundo». El zorro pensó que él era el ganador. Medio siglo después, Xi Jinping anuncia que «Oriente está en ascenso y Occidente, en declive».

Viene a la mente un último pensamiento de Nixon, expresado en una entrevista de 1994: «Queríamos abrir China al mundo, me pregunto si hemos creado un Frankenstein».

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sábado, mayo 30

Zaragoza desconocida: Cementerios alemán y musulmán

(Un texto de Soledad Campo en el Heraldo de Aragón del 12 de octubre de 2013)

Forman parte de la historia de Torrero desde que en la Guerra Civil comenzó a enterrarse en ellos a los soldados musulmanes y alemanes fallecidos en combate. Dos peculiares necrópolis ajenas al trajín de visitantes.

Pasearse por estos dos pequeños camposantos es como acercarse a la herencia germana de la capital aragonesa y palpar una realidad multicultural. Los orígenes de ambos se remontan a la Guerra Civil, cuando se comenzaron a utilizar para que se enterrasen en ellos a los soldados caídos en combate. En los últimos años las comunidades musulmán y alemana trabajan, con mayor o peor fortuna, para recuperar del olvido estos remansos de paz, evitar que el inevitable deterioro siga haciendo mella en ellos y rescatar la memoria de sus ancestros. Que nadie espere un alarde artístico al adentrarse en ellos.

Al final de la avenida de América, en un lateral de la tapia de Torrero, hay dos cancelas cerradas por un candado. Sobre esa puerta puede leerse en letras grandes la leyenda «Deutscher Friedhof» (cementerio alemán). De él cuida la Asociación para la Administración y Conservación del Cementerio Alemán en Zaragoza, creada oficialmente en 1983 por los descendientes de la colonia germana que llegó a la capital aragonesa durante la Primera Guerra Mundial y dueña de los terrenos.

Todo empezó un mes de mayo del año 1916, cuando llegaron a Zaragoza 347 internados alemanes procedentes de Camerún. Su historia e influencia en la capital aragonesa las rastrea el escritor y periodista Sergio del Molino en el libro 'Soldados en el jardín de la paz'. El recinto se inauguró oficialmente el 6 de noviembre de 1941 (año de la cesión del lugar por parte del Ayuntamiento), aunque hay tumbas anteriores a esas fechas, y quedó a cargo del cónsul alemán en la ciudad. La propia colonia se encargó de mantener el lugar desde que en 1945 el consulado germano pasó a ser honorario. Entre las alrededor de 60 lápidas que uno puede llegar a contar conviven las rotas y con inscripciones prácticamente borradas y difíciles de descifrar, con las más actuales y cuidadas. Aunque no tiene un carácter castrense, aquí están las losas de soldados de las dos guerras mundiales y de la contienda española. Sus restos, según consta en el Ayuntamiento de Zaragoza, fueron trasladados en 1982 al cementerio de Yuste (Cáceres), donde se encuentra el único camposanto militar alemán de España.

El pequeño recinto tiene acceso independiente y hay que pedir una llave a la agrupación que cuida de él. Está separado del resto de Torrero por un muro y se ha instalado una valla metálica para evitar actos vandálicos. «En la asociación somos una treintena de personas que pagamos una cuota para mantener el lugar limpio y decente», cuenta Alfonso Kurtz, uno de sus miembros más veteranos. «Hemos intentado ponernos en contacto con familiares de personas enterradas aquí para que repararan tumbas, pero como muchos están fuera de España es difícil». Aquí descansa el músico aragonés Mauricio Aznar desde hace 13 años [en 2013] se han registrado dos inhumaciones.

Para llegar al cementerio musulmán uno tiene que adentrarse en Torrero y caminar hacia el extremo colindante con la Z30. Un cartel lo anuncia en español y árabe, aunque en la valla alguien ha escrito en árabe «Dios es único y Muhammad es su mensajero».

El profano en este tipo de necrópolis se sorprende al primer vistazo, no solo porque las fosas estén orientadas hacia la Meca, sino por la humildad de las tumbas. Dos ladrillos tabiqueros rojizos colocados a la cabeza y los pies las delimitan (en uno de ellos figura el nombre del fallecido) y entre ambos solo hay un promontorio de tierra, rodeado de piedras, que apenas levanta un palmo del suelo. Una muestra de que la muerte iguala a todos. Solo algunos lucen cartelas o flores y el mayor exceso son las tres o cuatro lápidas de baldosines.

«En nuestra religión el entierro debe ser algo muy sencillo», explica Abderrahmen Ben Chaabane, miembro de la comisión mixta de seguimiento del convenio suscrito en mayo [de 2013] por el Ayuntamiento y la comunidad islámica para la gestión del recinto. En líneas generales, el colectivo musulmán se encarga de la gestión directa del nuevo edificio construido para tanatorio (una antigua reivindicación) y realiza la ceremonia preparatoria del cadáver (se lava, purifica y perfuma para después envolverlo en un sudario blanco), además de llevar a cabo los enterramientos. El consistorio realiza los huecos para las sepulturas y autoriza las inhumaciones.

En una rotonda central hay una estrella de ocho puntas (se usan en el Corán para marcar el final de un capítulo), como en las ventanas del tanatorio y las cancelas que dan a la Z30 (por el exterior tienen una media luna y nunca se abren). Se inhuman no solo musulmanes fallecidos en la ciudad, sino también procedentes de Navarra, País Vasco, Logroño y Lérida. En 2012 se enterraron 16 niños y 3 adultos. Ahora, la comunidad quiere regular mejor el tipo de tumbas, esas que, como dice Abderrahmen Ben, «nos recuerdan que todos somos iguales y nos hacen más humildes».

Los enterramientos musulmanes llaman la atención por su extrema sencillez, con dos ladrillos tabiqueros rojizos y un promontorio de tierra rodeado de piedras.

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viernes, mayo 29

Educar

(Poema de Fermín Gainza, del libro "Casi puro rezo", falsamente atribuido a Gabriel Celaya*)

Educar es lo mismo
que ponerle un motor a una barca.
Hay que medir, pesar, equilibrar…
y poner todo en marcha.

Para eso
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino,
un poco de pirata,
un poco de poeta
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar,
mientras uno trabaja,
que ese barco –ese niño‒
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que, cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos
seguirá nuestra bandera enarbolada.

(*) Para saber más sobre la falsa atribución: https://retratoliterario.wordpress.com/2023/06/09/educar-es-un-poema-de-celaya/ 

 

 

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jueves, mayo 28

Abel y Caín, un cuento de Jorge Luis Borges.

Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen.

Abel contestó:
-¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes. 

-Ahora sé que en verdad me has perdonado dijo Caín-, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar.

Abel dijo despacio:
-Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa.

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miércoles, mayo 27

Sobre Patricia Highsmith

(Una publicación de Arturo Ortega Blake en el muro de Fb de Novela Histórica leída el 2 de abril de 2026)
 En 1950, una joven de Texas publicó una novela titulada Extraños en un tren. Alfred Hitchcock, el maestro del suspenso, compró los derechos de inmediato por una miseria (apenas 7,500 dólares). Pero lo que Hitchcock no sabía es que la autora, Patricia Highsmith, era mucho más inquietante que cualquier villano de celuloide.

El método: La amoralidad como arte

Highsmith rompió la regla de oro de la literatura policial: en sus libros, el crimen suele quedar impune. Ella no buscaba la justicia, buscaba la lógica del deseo. Su creación más famosa, Tom Ripley, es un asesino encantador, culto y trepador social al que el lector acaba apoyando.
 
¿Cómo lo lograba? Patricia escribía desde la "identificación con el criminal". Decía que todos llevamos un asesino dentro, solo que la mayoría somos demasiado cobardes para dejarlo salir. Su método era la tensión psicológica sostenida, donde el miedo no viene de un disparo, sino de una conversación educada durante la cena.

El secreto de los caracoles

Patricia era huraña, alcohólica y profundamente misántropa. Odiaba las reuniones sociales y prefería vivir aislada en Suiza o Francia. Su obsesión más extraña eran los caracoles. Llegó a tener más de 300 en su casa.
 
Se cuenta que una vez, para asistir a una fiesta en Londres, metió a varios de sus caracoles favoritos en su bolso, junto con una cabeza de lechuga, para que no se sintieran solos. Los observaba durante horas; le fascinaba su hermafroditismo y su lentitud implacable. Esa misma paciencia "de caracol" es la que aplicaba a sus tramas: un avance lento, viscoso y asfixiante hasta que la víctima no tiene escapatoria.

Carol: El libro que tuvo que esconder

En 1952, publicó El precio de la sal (luego titulada Carol). Fue una revolución: una historia de amor entre dos mujeres con un final que no terminaba en suicidio ni en tragedia, algo inaudito para la época.
 
Tuvo que publicarla bajo el seudónimo de Claire Morgan para proteger su carrera. Recibió miles de cartas de mujeres agradecidas por haberles dado esperanza. Highsmith, que vivió amores tormentosos y obsesivos con mujeres a las que terminaba detestando, solo reconoció la autoría del libro 40 años después.
La arquitectura del aislamiento
 
Sus últimos años los pasó en una casa en Suiza que ella misma diseñó como una fortaleza. No tenía ventanas hacia la calle, solo hacia un patio interior. Allí, rodeada de sus gatos y sus herramientas de carpintería (le encantaba fabricar sus propios muebles), Patricia Highsmith siguió diseccionando la culpa y el miedo hasta su muerte en 1995.
 
No dejó herederos humanos; dejó una fortuna a la colonia de artistas de Yaddo y un legado de libros que nos obligan a mirar nuestras propias sombras.

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martes, mayo 26

¿Centros de datos, islas de calor?

(Leído en el muro de Fb del Heraldo de Aragón el pasado 13 de abril)

Un estudio internacional avisa de que los centros de datos no solo consumen una ingente cantidad de recursos, sino que generan auténticas "islas de calor" al elevar, de media, la temperatura de la superficie terrestre en 2 grados centígrados en su entorno (un perímetro de 10 kilómetros). El análisis se basa en mediciones de la NASA donde hay más de 6.733 complejos, incluidos los que están en servicio en Zaragoza y Huesca.
 
Incide en que sus efectos se verán agravados por el uso de la inteligencia artificial, dado que se estima que en un horizonte de entre tres y cinco años "el consumo energético para el procesamiento de datos superará el presupuesto estimado para la fabricación", lo que está directamente relacionado con la disipación del calor que liberan los equipos informáticos.
 
Esta es la principal conclusión del estudio liderado por un profesor asociado del Grupo de Observación de la Tierra de la Universidad de Cambridge, Andrea Marinoni, con la colaboración de otros nueve expertos de las universidades de Grenoble, Génova y Hong Kong, y que se basa en el análisis de la evolución de la temperatura en las dos últimas décadas (de 2004 a 2024) con las mediciones satelitales de la NASA de los emplazamientos de los centros de datos.

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lunes, mayo 25

La magia del formato JPG

(Leído en el muro de Ciencia al límite en Facebook hace unos meses)

El formato JPEG (Joint Photographic Experts Group) es mucho más que una simple extensión de archivo; es una de las piezas de ingeniería matemática más elegantes de la era digital. Su objetivo es resolver un problema de eficiencia: ¿cómo reducir el tamaño de una imagen sin que el ojo humano note una pérdida de calidad significativa?
 
​Para lograrlo, el JPEG no guarda píxeles, guarda frecuencias.
 
​1. El Espacio de Color: De RGB a YCbCr ​El primer paso no es puramente matemático, sino biológico. El ojo humano es mucho más sensible a la brillantez (luminancia) que al color (crominancia). Por ello, el JPEG convierte el modelo RGB en YCbCr: ​Y: Luminancia (brillo).
 
​Cb y Cr: Crominancia (componentes de color azul y rojo). ​Esto permite aplicar un "submuestreo", descartando información de color que no somos capaces de percibir, reduciendo el peso del archivo antes incluso de empezar con el cálculo pesado. ​
 
2. La Transformada Discreta del Coseno (DCT) ​Aquí reside el corazón matemático del proceso. La imagen se divide en bloques de 8 x 8 píxeles. Cada bloque pasa por una operación denominada Transformada Discreta del Coseno. ​En lugar de ver el bloque como 64 puntos de color independientes, la DCT lo descompone en una suma de 64 patrones de ondas de diferentes frecuencias.
 
​El coeficiente DC representa el promedio de brillo del bloque. ​Los coeficientes AC representan las variaciones (detalles) de alta y baja frecuencia. Este paso es reversible y no pierde información por sí mismo; simplemente traslada los datos del "dominio del espacio" al "dominio de la frecuencia". 
 
​3. Cuantificación: Donde ocurre la magia (y la pérdida) ​Es en este paso donde el JPEG se vuelve un formato "con pérdida". Se aplica una matriz de cuantificación que divide cada coeficiente de la DCT por un valor específico y luego redondea al entero más cercano.
 
​Las frecuencias altas (detalles muy finos) suelen tener valores pequeños que, al ser divididos por números grandes en la matriz, se convierten en cero. El cerebro humano apenas nota la ausencia de estas frecuencias ultra-rápidas. Al final de este proceso, la mayoría de los 64 coeficientes del bloque terminan siendo ceros, lo que facilita enormemente la compresión posterior. ​4. Codificación Entrópica (Huffman) ​Finalmente, los datos restantes se organizan en un orden de "zig-zag", colocando los ceros juntos. ​Se utiliza la codificación de Huffman, un algoritmo que asigna códigos más cortos a los valores que aparecen con más frecuencia. Es como crear un alfabeto personalizado para cada imagen donde las "letras" más comunes ocupan menos espacio en la memoria. ​
 
En resumen ​El JPEG es un triunfo de la aproximación: utiliza la trigonometría para identificar qué partes de una imagen son vitales y la estadística para empaquetar lo que queda de la forma más compacta posible. Cuando ves un "artefacto" o ruido en una imagen muy comprimida, lo que estás viendo en realidad es el eco de una función coseno que no tenía suficientes datos para completarse correctamente.
 

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