(Un texto leído en Zenda el 21 de marzo de 2018, a raíz del libro homónimo de Néstor F. Marqués González)
Con este libro vivirás cómo era un año cualquiera en la
antigua Roma, del 1 de enero al 31 de diciembre, en un viaje a
través de su cultura y su historia —la grande y la pequeña— en
el que asistirás a sus fiestas, sus ceremonias civiles y
religiosas y sus ocupaciones cotidianas. Desde el emperador al
esclavo, del mercader al senador, del soldado al labrador, todos
ellos tienen su hueco en esta obra, que se extiende por los más
de mil doscientos años de historia de esta extraordinaria
civilización en la que se hunden nuestras raíces. A continuación
te ofrecemos un fragmento de Un año en la Antigua
Roma, Néstor F. Marqués González.
DE ROMA A LA ACTUALIDAD:
ORIGEN Y EVOLUCIÓN DEL
CALENDARIO
Para poder llegar a comprender el complejo sistema de medición
del tiempo que utilizamos diariamente de forma natural, es
necesario que nos remontemos varios milenios atrás, hasta un
tiempo en el que ni siquiera existía la misma ciudad de Roma, una
época de leyendas, dioses y héroes que se pierde entre la bruma de
los mitos que cubre los senderos de la historia.
Nos encontramos en Alba Longa, a menos de un día de viaje al
sur de la orilla todavía salvaje que bañaba el solitario Tíber,
conocido en esta época por su nombre más ancestral: Álbula. En
ella gobernaba Numitor, rey justo y ecuánime, descendiente
directo de Eneas, hijo de Venus y mítico héroe que consiguió
salir con vida de la funesta Troya, incendiada y saqueada por
los griegos y sus engaños.
Amulio, hermano pequeño de Numitor, ávido de poder, usurpó el
trono de su hermano desterrándolo para que no pudiera
recobrarlo. A sus sobrinos, Amulio los mandó asesinar o exiliar
para que nunca pudieran recuperar el legítimo lugar arrebatado a
su padre. Sin embargo, el rey ilegítimo perdonó a Rea Silvia,
única hija de Numitor, con la condición de que entregara su vida
a la virginidad y a la castidad de la mano de la diosa Vesta.
Rea, ya como sacerdotisa vestal, cumplía su condena con
diligencia sirviendo a la diosa virgen en su templo. Un día que
paseaba por el monte despreocupada, se paró a descansar junto a
un arroyo y quedó profundamente dormida a la sombra de un sauce.
El poderoso dios Marte no pudo evitar fijarse en ella y,
burlando las leyes divinas y terrenas, la violó en su sueño,
dejando en ella la semilla de dos gemelos que estaban destinados
a grandes hazañas.
Cuando la vestal Rea dio a luz a los hijos del dios de la
guerra, Amulio, presa del odio y el terror, ordenó que los
gemelos fueran ahogados en el río. Según se cuenta, las aguas
retrocedieron ante tal despropósito y finalmente los dos niños,
Rómulo y Remo, fueron puestos a salvo en secreto en una cesta a
la deriva sobre las acogedoras aguas del Tíber.
El destino y los dioses hicieron que la cesta encallara al lado
de una higuera, junto a los montes de la futura Roma, donde una
loba los recogió y los amamantó como a sus propios lobeznos en
la gruta sagrada que hoy llamamos Lupercal. Poco después los
encontró un pastor llamado Fáustulo, cuyo nombre significa ‘el
que favorece’. Él y su mujer, Aca Larentia, cuidaron de los
gemelos junto a sus propios hijos mientras crecieron.
Siendo los gemelos ya adultos, y
habiendo conocido su verdadera condición, regresaron a Alba
Longa donde, ¡oh, gran Rómulo!, clavaste tu espada en el pecho
de Amulio, restituyendo a Numitor en su legítimo trono. Este, en
su inmenso agradecimiento para con sus nietos, les otorgó la
potestad de fundar una ciudad a la que llamar suya.
Los gemelos eligieron cada uno un monte, pensando ambos que el
elegido por él, y no el de su hermano, habría de ser el
destinado a la nueva fundación. Como no conseguían ponerse de
acuerdo, resolvieron que los augurios de los dioses decidieran
al ganador, que portaría el orgullo de convertirse en el
conditor —fundador— de la ciudad. Remo desde el Aventino divisó
seis pájaros. Rómulo, por su parte, desde la cima del Palatino
divisó doce volando en perfecta formación. Tal visión le hizo
merecedor del honor de fundar el nuevo asentamiento sobre el
Palatino, hogar por tantos siglos posteriores de los gobernantes
del Imperio.
Realizaron las ofrendas fundacionales a Júpiter, Marte y Venus,
excavaron los fosos siguiendo el trazado del arado que
delimitara los sagrados límites de la Urbe y levantaron tras
ellos los muros de la ciudad, a la que llamarían Roma en honor
de su fundador. Rómulo advirtió entonces a los ciudadanos que no
debían permitir que ninguna persona osara traspasar los muros
sagrados. ¡Ay, desdichado rey! No sabías lo que el destino te
tenía reservado para probar tu fuerza y tu entereza.
Remo, ignorante y atrevido, comenzó a burlarse de la corta
altura de las nuevas murallas, traspasándolas. Duro fue el
castigo que le fue impuesto por su osadía, pues solo la muerte
podía servir para reparar tan inmenso ultraje a la voluntad del
rey, que es la de los dioses. Duro fue también el castigo para
el verdugo encargado de ejecutar a Remo y así expiar su culpa.
Algunos dicen que fue Celer y otros que el mismísimo Rómulo, su
hermano, quien ejecutó la ley divina. La sangre fue derramada,
los dioses complacidos y así pudo dar comienzo la historia de la
ciudad de Roma, el largo y próspero reinado del rey Rómulo y la
primera semilla de la civilización que dominó el mundo durante
miles y miles de años.
Acabas de leer una adaptación del relato mítico de la fundación
de Roma, en el que se ha querido recoger, en parte, el estilo
narrativo de los autores clásicos que relataron el suceso, entre
los que destacan Tito Livio, Ovidio, Dionisio de Halicarnaso,
Plutarco o Dion Casio. Las referencias más antiguas que conocemos
de la leyenda son del siglo iii a. C. Teniendo en cuenta que la
historia se sitúa entre el año 771 a. C. —fecha del nacimiento de
los gemelos— y el año 753 a. C. —fecha tradicional de fundación de
Roma—, existe un margen de más de cinco siglos entre el suceso,
que no es tal, y las primeras versiones de la leyenda. El tiempo
es, sin duda, un arma peligrosa. Los romanos crearon su propio
mito fundacional mezclando relatos antiquísimos de sus
antepasados, haciendo que su civilización no descendiera de las
desconocidas poblaciones que se encontraran asentadas en la zona
en épocas anteriores, sino de grandes héroes que todo el mundo
podía reconocer fácilmente.
De hecho, autores como Virgilio utilizaron las leyendas para
ensalzar a aquellos que ostentaban el poder en su época, en este
caso a Augusto, legitimando su gobierno a través de su relación
directa con los gemelos Rómulo y Remo, hijos de Marte y
descendientes de la estirpe de Eneas, héroe de la mítica Troya e
hijo de Venus en la Eneida.
Todo ello hace que reflexionemos necesariamente sobre lo que nos
cuentan las fuentes antiguas, obras muchas veces interesadas que
esconden sus verdades y solo las muestran a aquellos que saben
dónde buscar. Buena parte de lo que sabemos de la Roma más arcaica
son creaciones posteriores, como seguramente lo son parte de los
orígenes de su propio calendario. Aun así, sin toda esa literatura
no podríamos siquiera comenzar a descubrir el inicio de algo tan
importante como es la visión del tiempo en la Roma primitiva en la
que, una vez comprendido esto, nos adentramos.
El origen del calendario romano:
el calendario lunar
Al mítico Rómulo, en su gran sabiduría y certero juicio,
otorgaban los romanos el honor de haber creado el primer
calendario de la Urbe. Fue este calendario primigenio el que sentó
las bases, no solo de lo que sería posteriormente el calendario
romano, sino también del que conocemos hoy en día.
A diferencia del calendario romano clásico y del nuestro propio,
este se basaba en las fases lunares como elemento primordial para
contabilizar los ciclos de los meses y los años. La diosa Luna
siempre fue considerada por las civilizaciones del mundo antiguo,
desde Mesopotamia hasta Roma, como una de las divinidades con
mayor influencia tanto en la naturaleza como en la vida humana.
Propiciadora del crecimiento de los cultivos y los animales,
reguladora de las mareas y del ciclo de la mujer, la Luna era una
de las pocas divinidades visibles y, junto con el Sol, viajaba en
su carro por el firmamento de forma inalterable. Un ancla perfecta
para determinar el paso del tiempo, aún más en una sociedad
agrícola.
La tradición romana asociaba a la luna su forma de designar a los
meses, menses, pues la palabra que los antiguos griegos empleaban
para denominar al astro, como cuenta Varrón en su obra Sobre la
lengua latina, era μήνη, de donde surgía μῆες —‘meses’ en griego—
que tiene el mismo origen que la palabra latina menses. En otras
lenguas actuales, como el inglés, también se puede observar este
fenómeno. Palabras como moon (‘luna’) o month (‘mes’) tienen el
mismo origen común, relacionándose todas ellas con las formas más
primitivas de medir el tiempo gracias a la luna.
El calendario romano arcaico se basaba en cuatro puntos clave
para medir la sucesión de días que formaban cada uno de los meses
del año. Estas fechas estaban muy relacionadas precisamente con la
luna y sus fases cambiantes. La primera de ellas, con la que se
iniciaba cada mes, eran las kalendae. Esta fecha, que debía
coincidir con la fase de luna nueva visible, era decisiva puesto
que el mes lunar se organizaba de forma variable a partir de las
observaciones lunares realizadas en las kalendae.
Las kalendae marcaban el momento en el que uno de los sacerdotes
menores observaba la luna y comunicaba sus observaciones al Rex
Sacrorum —el ‘rey de los sacrificios’—. Se trataba del sacerdote
de más alto prestigio de la religión romana, por encima incluso
—aunque no en jerarquía— del Pontifex Maximus o sumo sacerdote. Se
realizaban entonces sacrificios a Juno Covella, diosa propiciadora
de los ciclos del tiempo, mientras se la invocaba diciendo te kalo
Iuno Covella. A través de este ritual se pretendía anunciar el
número de días que compondrían el primer cuarto de ese mes,
dependiendo del número de veces que se repitiera la invocación. El
origen del nombre de las kalendae parece provenir, por tanto, de
ese grito de invocación, ego kalo, ‘yo invoco’ o ‘yo llamo’.
Pasada esta primera fase, la única de duración variable, llegaban
las nonae, que coincidían con la luna en cuarto creciente. El
significado primigenio de este nombre es sencillo si tenemos en
mente la forma inclusiva de contar que tenían los romanos. Nonae,
que viene de nonum (‘nueve’), hacía referencia a los días que
transcurrían hasta llegar a la siguiente fecha. Durante las nonae,
el Rex Sacrorum hacía un anuncio al pueblo, tal vez desde el Foro,
la plaza principal de Roma, o desde el Arx, una pequeña colina
junto al monte Palatino. Esta vez se trataba de la distribución de
las festividades y acontecimientos a lo largo del mes.
Llegada la mitad del mes era el momento de celebrar las idus, que
marcaban la fase de luna llena. Dedicadas siempre al dios Júpiter,
la tradición romana nos cuenta que en este día el Flamen Dialis
—sumo sacerdote del culto a Júpiter—, junto con otros sacerdotes,
sacrificaba una oveja —ovis idulis— en honor del rey de los
dioses.
Estos tres días, kalendae, nonae e idus, serían las únicas fechas
a tener en cuenta para la medición del paso de los días en el
calendario romano posterior. Sin embargo, gracias a la
investigación actual, podemos apreciar, poniendo nuestra atención
en las fases lunares, que el calendario romano arcaico tenía
espacio para una fecha más. No sabemos cómo llamaban los romanos
primitivos a esta fecha —ni los propios romanos posteriores lo
recordaban—, pero debía coincidir seguramente con la luna en su
estado de cuarto menguante, siguiendo el ciclo de nueve días
—contando de forma inclusiva— que se empleaban para los demás
periodos del mes. Llamemos nundinae post idus —nueve días después
de las idus— a esta fecha, como ya han hecho algunos
investigadores. Los calendarios romanos abandonaron esta
referencia hasta tal punto que puede ser tan desconocida a ti como
lo sería para un ciudadano romano del siglo i. Sin embargo,
ocultas en los fasti, hay algunas festividades que revelan la
existencia de esta cuarta fecha, siendo la más destacada el
tubilustrium.
El tubilustrium —de tubae y lustrare— era una antiquísima fiesta
romana en la que se limpiaban y purificaban las tubae, trompas
ceremoniales empleadas en todo tipo de ritos funerarios, juegos y
sacrificios. Esta festividad se celebraba dos veces en el
calendario romano posterior, el 23 de marzo y el 23 de mayo. En el
más primitivo, esta fecha se celebraría cada mes, una nundinae
—ocho días según nuestra forma de contar— después de las idus.
También podemos observar que muchos calendarios romanos, dados a
las abreviaturas, portan en los días 24 de marzo y mayo el
acrónimo QRCF, que la historiografía desarrolla tradicionalmente
como quando rex comitiavit fas. Esta frase posiblemente se refería
de nuevo a la figura del Rex Sacrorum, estrechamente ligado con el
calendario en otras fechas como las kalendae. En esta ocasión el
sacerdote tendría de nuevo un papel principal en los sacrificios
de la mañana en el Comitium. Estas dos fechas nos muestran
rituales muy importantes que se celebraban precisamente al
cumplirse el tercer cuarto del mes.
A pesar de que estas festividades son las que más claramente
guardan el secreto de esta fecha perdida, un análisis más profundo
del calendario romano —que podrás ver desarrollado en la segunda
parte de este libro—, nos revela que aproximadamente una nundinae
después de las idus de cada mes solía encontrarse alguna
festividad importante como las terminalia en febrero, las parilia
en abril, las neptunalia en julio, las consualia en agosto o las
divalia en diciembre. De todas ellas hablaremos más adelante.
A partir de esta última fecha destacada de cada mes, tan solo
había que esperar un nuevo ciclo de nueve días —siempre
contabilizados de forma inclusiva— para llegar otra vez al
comienzo del mes siguiente, coincidiendo con la luna nueva. En
resumen, el sistema del calendario arcaico romano otorgaba una
fecha variable a las kalendae, pero mantenía a intervalos
regulares el resto de las fechas trascendentales del ciclo lunar
hasta completar el periodo de aproximadamente 29 días.
Kalendae luna nueva visible
|
[3-6 días]
|
Nonae luna creciente
|
[7 días]
|
Idus luna llena
|
[7 días]
|
Nundinae post idus luna menguante
|
[7 días]
|
Kalendae luna nueva visible
Sinopsis
de Un año en la Antigua Roma, de Néstor F. Marqués
González
Aunque a veces no nos demos cuenta, somos herederos
directos de Roma, de su cultura y de su forma de
concebir aspectos tan determinantes como las leyes, la estructura
social o el mismo paso del tiempo.
Este último nos servirá de guía para adentrarnos en el mundo
romano de modo distinto, a través de su calendario, con sus meses,
semanas, días, horas y los principales hitos que marcaban el día a
día de quienes lo utilizaron para regir sus vidas antes que
nosotros.
Etiquetas: libros y escritores