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miércoles, agosto 12

Por qué los eclipses totales del Sol son tan raros

(Un texto de Joana Oliveira en bbvaopenmind.com leído el 19 de agosto de 2017)

El 21 de agosto la Luna borrará completamente el Sol del cielo durante unos dos minutos y 40 segundos. Ese eclipse solar total será visible en algunas zonas de Groenlandia, Centroamérica, Sudamérica, Oeste de Europa, Noroeste de África, y el Este de Rusia, pero ya se le conoce como el Gran Eclipse Americano (The Great American Eclipse) por una razón: cruzará Estados Unidos de costa a costa, en una franja de unos 110 kilómetros de ancho.

Está considerado ya como el eclipse solar total más importante del siglo, pues el último que fue visible en una zona poblada tan amplia ocurrió en 1818. “La ‘rareza’ estriba en que los eclipses solares solo son visibles en una estrecha franja, recorrida por el cono de sombra de la Luna que se proyecta sobre la superficie terrestre. Un eclipse solar total ocurre en alguna parte de la Tierra cada 18 meses, pero por lo general se desarrolla sobre el agua -que cubre el 70% de la superficie del planeta- o sobre zonas despobladas”, explica Emilio Gálvez, astrónomo del Planetario de Madrid.

El último eclipse total del Sol, en marzo de 2016, cruzó algunas partes de Indonesia, pero sobre todo fue visible desde las aguas del Océano Pacífico. El último eclipse continental total en Estados Unidos, en 1979, fue tan solo visible a lo largo de un pequeño tramo en su paso por el noroeste del Pacífico. En cambio, el camino de totalidad del eclipse de agosto de 2017 comienza en el estado de Oregón y termina en Carolina del Sur, pasando por varias ciudades a lo ancho de 12 estados.

Presenciar un eclipse como ese es, literalmente, una experiencia única en la vida. En 1926 los astrónomos estadounidenses Henry Norris Russell, Raymond Smith Dungan y John Quincy Stewart publicaron el texto Astronomy, con cálculos que demuestran que un eclipse solar total ocurre en un punto dado en el planeta solamente una vez cada 360 años. Más recientemente, el belga Jean Meeus recalculó esa cifra estadísticamente en un microcomputador HP-85 y encontró que la frecuencia media para un eclipse total del sol para cualquier punto dado en la superficie de la Tierra es una vez cada 375 años.

En general, un eclipse solar ocurre cuando la Luna pasa completamente delante de la estrella, proyectando una sombra sobre parte de la Tierra. Para ver un eclipse total, hay que estar en la parte más oscura de esta sombra, la umbra. Cuando se está en la parte más clara de la sombra, la penumbra, lo que se ve es un eclipse parcial. Es decir, ese fenómeno solo ocurre cuando la Luna está muy bien alineada entre el planeta y el Sol. Puesto que el satélite tarda aproximadamente 30 días en completar una vuelta alrededor de la Tierra, los eclipses solares podrían ocurrir, teóricamente, una vez al mes, pero la órbita lunar está inclinada (en relación a la de la Tierra alrededor del Sol), de modo que el disco lunar y el disco solar no siempre se cruzan.

También hay un poco de serendipia cósmica: el Sol es unas 400 veces más grande que la Luna, pero también está 400 veces más lejos del planeta, lo que hace que los dos discos parezcan tener el mismo tamaño en el cielo. Además, la trayectoria de la órbita de la Luna no es un círculo perfecto, sino que forma una elipse, por lo que la distancia entre la Luna y la Tierra no es constante en el tiempo, si no que se ve sometida a pequeñas variaciones. Cuanto el satélite natural está más lejos del planeta, su tamaño no es lo suficientemente grande para cubrir completamente el Sol y se produce un eclipse anular, cuyo resultado se traduce en un “anillo de fuego” que rodea al disco lunar.

Pero eso no ha sido, y no será, siempre así. Estudios paleontológicos han calculado que, hace miles de millones de años, la Luna estaba bastante más cerca de la Tierra y por eso se veía más grande que el Sol y los eclipses solares totales eran más frecuentes. El astrónomo Edmond Halley descubrió en el siglo XVIII que, a medida que la Luna eleva las mareas en el océano, la rotación de la Tierra disminuye gradualmente, transfiriendo el momento angular de rotación a la órbita de la Luna, que, su vez, se aleja constantemente del planeta. Es decir, en un futuro muy lejano, el satélite estará lo suficientemente distante para no cubrir completamente el Sol y a partir de ese momento nunca más se verá ningún eclipse solar total desde la Tierra.

Oportunidad para la ciencia

Además de suponer un espectáculo para los ojos humanos, un eclipse como el de agosto de 2017 es especial desde un punto de vista científico. “El fenómeno cruzará grandes masas terrestres ininterrumpidas, lo que nos permitirá maximizar la recopilación de datos y conectar la sombra de la Luna con la ciencia de la Tierra”, afirma Madhulika Guhathakurta, astrofísica de la NASA. La Agencia Espacial Norteamericana tiene 11 proyectos que podrá explorar gracias al eclipse, incluyendo la luminosidad variable del Sol y la relación entre las temperaturas superficiales y los cambios atmosféricos.

“Se trata también de una oportunidad para estudiar la corona solar [la capa más externa del Sol, compuesta de plasma], añade Alberto Brum, monitor del programa de Astronomía de la Universidad Federal de Bahía, en Brasil. “Cuando el disco solar se queda totalmente bloqueado por la Luna, se puede observar la atmósfera de la estrella y sus protuberancias. El análisis de esos elementos es importante para entender, por ejemplo, las tempestades solares y sus consecuencias en nuestro planeta”, explica.

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jueves, agosto 6

Rehenes del algoritmo

(La columna de Juan Manuel de Prada en el XLSemanal del 13 de octubre de 2024)

A menudo nos referimos a los peligros en ciernes que el periodismo tendrá que afrontar con el desarrollo de la llamada -con detestable oxímoron- 'inteligencia artificial'; y se nos olvida referirnos a los peligros ya asumidos, consumados y enquistados.

Extrañamente, cuando se habla de 'inteligencia artificial" no advertimos que los llamados 'algoritmos constituyen una de sus variantes, si se quiere rudimentaria mas no por ello menos insidiosa. Por 'algoritmos' nos referimos al conjunto de fórmulas de programación que emplean los grandes motores de búsqueda en interné, favoreciendo la visibilidad de algunas noticias o publicaciones y dificultando la de otras; o determinando quiénes serán las personas a las que dichas noticias o publicaciones se les mostrarán en sus artilugios electrónicos. Los 'algoritmos' rigen el funcionamiento de las redes sociales, imponen una selección 'basada en los gustos del usuario' y determinan nuestra navegación en interné (a veces incluso de forma intrusiva y capciosa). Inevitablemente, los 'algoritmos' han logrado influir en los contenidos que ofrecen los medios de comunicación, que ajustan y retocan sus contenidos para amoldarse a las 'preferencias' del omnimodo Google (que, por supuesto, no son inocentes. ni aleatorias), en su afán por captar la veleidosa atención del lector, a veces etiquetándolos con términos resultones o sensacionalistas, o rotulando de formas equívocas y chillonas, o incluso fabricando 'seudonoticias' protagonizadas por la chusma de famosetes que nos infesta, o por los homínidos que participan en los concursos televisivos (siempre, por supuesto, haciendo énfasis en sus alegrías o bochornos de bragueta, en sus declaraciones más austrolopitecas, etcétera). Todo ello convierte las webs de muchas publicaciones en auténticas letrinas del chismorreo inane que sólo pueden complacer a gentes inmundas y gravemente cretinizadas, mientras provocan desapego y grima entre los lectores más exigentes.

Y a esta infestación de cochambre favorecida por los 'algoritmos' hay que sumar otro efecto demoledor sobre el periodismo digno de tal nombre. Una vez averiguadas las fórmulas del 'algoritmo' que favorecen el 'posicionamiento' e incrementan el 'tráfico', muchos medios se dedican a repetir hasta la náusea los mismos asuntos birriosos y tratamientos párvulos, con la esperanza de que los motores de búsqueda, los 'agregadores' de noticias, los 'feeds' personalizados y demás ingenios de la programación piquen el anzuelo y atraigan nuevos usuarios hasta sus aguas (que para entonces se han convertido más bien en una charca de vómitos regurgitados). De este modo, la información resulta suplantada por un zurriburri de inanidades y engañifas sin fuste, un reciclaje machacón de los mismos materiales de derribo y una agotadora explotación de fórmulas basurientas, hasta convertir los medios de comunicación en una suerte de rueda para hámsteres.

Esta inmolación del periodismo en los altares del 'algoritmo' se justifica alegando que de este modo se alcanzan los objetivos comerciales deseados; pues, de lo contrario, si se hiciese caso omiso de las querencias de los motores de búsqueda, se condenaría al medio a la invisibilidad. Así se sacrifican la calidad y diversidad de los contenidos, se reprimen la creatividad y la perspicacia del periodista y se renuncia al rigor que debe regir la selección de noticias. Y todo ello para incrementar el 'tráfico', para asegurarse 'posiciones' preferentes en la selección personalizada que los motores de búsqueda brindan a los 'usuarios', en cuanto encienden sus artilugios electrónicos. Acaso sin darse cuenta, los medios de comunicación que satisfacen los 'algoritmos' están enterrando el oficio periodístico, provocando desafección entre quienes anhelan que la verdad sea alumbrada (que es la misión del periodismo digno de tal nombre), a cambio de apacentar a unas masas cretinizadas que sólo requieren una ración de alfalfa que las mantenga entretenidas e hipnotizadas ante su pantallita táctil.

Si el periodismo en verdad desea sobrevivir tendrá necesariamente que desentenderse de los 'algoritmos' y fundar su fortaleza en el compromiso de sus lectores, dispuestos a pagar por acceder a unos contenidos rigurosos y esmerados, inspirados en la búsqueda de la verdad. De lo contrario, el triste destino del periodismo no será otro sino el de actuar de mamporrero de la llamada 'inteligencia artificial', cuya misión es la misma que la de aquel anillo de Sauron en la célebre novela de Tolkien: «Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas». 

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martes, agosto 4

París, sombras y luces

(La columna de Isabel Coixet en el XLSemanal del 13 de octubre de 2024)

Cada vez que paso delante de un garaje antiguo cuyas paredes lucen anuncios despintados de los neumáticos Michelin y listas de precios amarillentas, pienso en los antihéroes titubeantes de Patrick Modiano y en las aceras con sombra en las que se refugian. Nada evoca más la literatura del escritor francés que esas oscuras cavernas que huelen a gasolina y aceite de frenos, iluminadas por fluctuantes fluorescentes, que son los garajes donde mecánicos arreglan coches mientras suena un teléfono lejano que nunca contestan. Debajo de un París gentrificado -lleno de turistas boquiabiertos que buscan la foto perfecta para enviar a casa; de grupos de jóvenes influencers posando con croissants gigantes y tiramisú de matcha; de basura, de espectáculos de luces kitsch, de tiendas de campaña habitadas por homeless, de policías con metralletas y ratas diurnas- sigue latiendo una ciudad sombría donde todavía hay teléfonos fijos, refrescos de menta y actores de películas cuyo negativo ya no existe.

Acaba de aparecer, publicado en la colección Gallimard Quarto, un volumen que reúne nueve novelas
de Patrick Modiano que transcurren en París y un texto inédito sobre el fotógrafo Brassaï.

En el bellísimo discurso que pronunció ante Estocolmo hace apenas diez años al recibir el Premio Nobel de Literatura, habló el escritor de «este París de las pesadillas» donde vivió de niño. El París de la ocupación, «donde nos arriesgamos a ser víctimas de una denuncia al salir de una estación de metro, la ciudad de reuniones clandestinas en las que nacieron amores precarios a la sombra del toque de queda porque nunca se sabía si ésa era la última vez que los amantes iban a encontrarse». Un París nacido en 1945 por el que sus personajes pasean de noche por calles teñidas.de ansiedad y opacidad. En estas nueve novelas, Paris es un juego de espejos lleno de pasajes secretos por los cuales el pasado y el presente se encuentran y se fusionan. Más que realismo, aunque sea poético, es fantástico, romántico. Y único: ningún otro autor francés ha conseguido crear ese microcosmos propio, ese delicado puzle que cada lector atento hace suyo.

Volver a sus libros es volver a navegar por un Sena denso como el petróleo en una ciudad brumosa llena. de esquinas fantasmales y cuartos que huelen ligeramente a pastís y a desesperación.

La pasión por deambular (flâner) desde su adolescencia le ha permitido a Patrick Modiano entablar una estrecha relación con París. Sólo él sabe explorar el pasado, la atmósfera y los detalles de otras épocas teñidas de ambigüedad y secretos. Más que un telón de fondo de sus novelas, su pasión casi obsesiva por los lugares, las calles, los directorios, los barrios lo empujó a hacer de la capital un personaje omnipresente, un elemento central de su identidad literaria. Sin buscar a toda costa describir un Paris verdadero, genuino, coherente con lo que fue, escribe un París soñado, cuyas huellas evanescentes sólo quedan en su memoria.

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domingo, agosto 2

Fiódor Dostoievski frente al pelotón de fusilamiento

(Un texto de Javier Memba leído en la página de Zenda del 22 de diciembre de 2021)

[Un] veintidós de diciembre, el de 1849, hace ahora [177] años, comienza a despuntar el alba cuando Fiódor Dostoievski, junto a ocho camaradas del Círculo Petrashevski, es subido a una carreta con destino a la plaza Semiónovskova de San Petersburgo. Allí les aguarda el pelotón de fusilamiento. El que va más entero de los nueve reos bromea. En un alarde de coraje, observa que no conviene llegar tarde a la cita. Ni sus compañeros ni los soldados —el que conduce el carro, los que vigilan a los condenados— le encuentran la gracia. Formar parte de un pelotón de fusilamiento es un trance tan triste que se recurre a los batallones de castigo para reunir fusileros.

En el San Petersburgo de Nicolas I es costumbre cubrir la cabeza de los reos para evitar a sus verdugos el último gesto de los ajusticiados. Hasta los soldados más veteranos, bregados a sangre y fuego en mil batallas, dicen que la mueca que devuelven los fusilados a quienes les abaten es una visión atroz. De modo que se les evita por una clemencia semejante a la que lleva al oficial al mando a dispensar el tiro de gracia en la cabeza a quienes no mueren tras la descarga y agonizan en el suelo, ya en su último trance, sumidos en ese dolor atroz con que tan a menudo llega la muerte.

El autor de Pobres gentes (1846) tampoco ríe la gracia del camarada que intenta exorcizar con chistes su propio miedo. Está al cabo de ese terrible preámbulo del fin. En la fortaleza de San Pedro y San Pablo —una de las prisiones más temibles de Rusia, la reservada a los revolucionarios—, donde ha sido recluido durante los ocho meses que han pasado desde su detención, se habla a menudo de esos instantes que preceden al fusilamiento.

Pero Dostoievski no es uno de esos revolucionarios a los que aplasta por decenas, a diario, como a un insecto, la represión zarista. Es un escritor atormentado. El origen de sus brumas —estimará Freud— se remonta al día en que deseó la muerte de su padre y éste murió asesinado a manos de sus siervos. Antes de Dostoievski, la novela rusa nunca había mostrado con su crudeza y crueldad la forma en que su extracción social determina el destino de la gente. Pero se le ha detenido por frecuentar las reuniones de aristócratas y burgueses que se organizaban en casa de Mijaíl Petrashevski, un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Le llevaba a aquellas citas el intercambio de ideas sobre el socialismo utópico del que se habla en Europa, no el proselitismo del socialismo real que conspira contra el zar.

Allí, en el círculo de Petrashevski, Dostoievski se hizo con un ejemplar de la carta que el prestigioso crítico Visarión Grigórievich Belinski dirigió a Nikolái Gógol, uno de los autores rusos que el condenado a muerte más admira. En dichas líneas Belinski, de tendencia occidentalizante, arremete contra los hábitos tártaros del poder zarista. Dichas afirmaciones han sido bastante para que el texto, en copias manuscritas, circule con profusión por toda Rusia. Pero también para que el poder zarista considere a cuantos detiene en posesión de aquella epístola culpables de “atentar contra la iglesia ortodoxa y el poder legítimo”.

Dostoievski es apresado, junto a los otros ciento veintitrés miembros del Círculo, el último 23 de abril. El 16 de noviembre, junto a otros veintiún camaradas, que en realidad son sólo contertulios, es trasladado a San Pedro y San Pablo, a la galería donde esperan su último destino los condenados a muerte.

Desde los comienzos de su carrera literaria, el novelista sufre ataques epilépticos, que también teme en los momentos de cordura, que son los más. Si padeciera uno ahora sería reducido a culatazos e iría al paredón igual. Comienza a arrepentirse de haber entrado en contacto con los nihilistas y demás utopistas meses atrás. “Si volviera a nacer no contraería deudas”, se dice a sí mismo Dostoievski, creyendo estar en el último trayecto de su vida. “No sería jugador”.

Con el curso del tiempo, en 1927, en sus “miniaturas históricas” reunidas bajo el título de Momentos estelares de la humanidad, el gran Stefan Zweig dedicará una de estas bellas piezas —el único poema— al Dostoievski que va a ser fusilado esta mañana. Siendo estos Nuevos momentos estelares de la humanidad un humilde tributo a los de Zweig, permítame el lector que traiga a colación sus versos: “Ya avanza / presuroso un cosaco, / para vendarle los ojos entre los fusiles. / Entonces su mirada, / antes de la gran ceguera, / atrapa ávida —lo sabe, ¡por última vez!— / aquel pequeño trozo de mundo, / que le ofrece el cielo / allá arriba.”

Ya encapuchados, los reos escuchan las descargas de la fusilería. Después un instante de silencio. No saben si están muertos, si han perdido la vida sin dolor… Hasta que oyen la voz del oficial al mando. Les anuncia que el zar les ha conmutado la pena por cuatro años de trabajos forzados en Siberia y otro tanto de servicio como tropa en un batallón de castigo.

Días después, en una gélida mañana de la Siberia oriental, el escritor arriba al presidio de Omsk. De lo que ahora empieza, dará cuenta en Apuntes de la casa de los muertos (1862). Para Iván Turguéniev será parangonable al Infierno (¿1304?). La condena del futuro autor de Crimen y castigo (1866) consistirá en cargar y descargar las gabarras que surcan el río Irtish. Durante los cuatro años que durará su reclusión llevará grilletes —unidos por una cadena de cinco kilos— que le ulcerarán los tobillos. Con todo, lo peor será tener prohibido leer y escribir. La única lectura que se le permite es la del Evangelio.

Ya en 1854, tras salir de Omsk, deberá cumplir una segunda parte de la condena, como soldado raso, en un batallón de castigo. Pero será una época más llevadera porque se le permitirá leer y escribir. Los ladrones y asesinos, la delincuencia común, le merecerá un mayor respeto que la intelectualidad. Ahora bien, no faltará quien sostenga que las Sagradas Escrituras —leídas hasta la obsesión en la “casa de los muertos”—, al igual que la simulación del fusilamiento —práctica relativamente frecuente en aquella época— contribuirán a que el hombre que está llamado a ser uno de los escritores más grandes de todos los tiempos sea también alguien en quien la represión ha triunfado.

Dicen que en 1859, cuando tras una década de desdichas Dostoievski regresa a San Petersburgo, está convencido de que la lucha por la justicia social no traerá al hombre la libertad espiritual. “Con el desencanto de las ideas socializantes, crecía en él una fe mesiánica en Rusia, llamada a desempeñar una misión especial ante la deshumanización de Occidente”, estima José Fernández Sánchez.

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viernes, julio 31

La colina de San Juan

(La columna de Arturo Pérez Reverte en el XLSemanal del 28 de marzo de 2021. A veces conviene recordar lo que España y los españoles fueron, y cómo nuestros antepasados se habrían avergonzado del bochornoso espectáculo de esta última semana.)

Hace mucho que no les cuento ninguna batallita. Solía hacerlo antes, eligiendo aquéllas que encerraban lecciones morales resumibles en una: el contraste entre los reyes, políticos y gobernantes, y la admirable tenacidad, el valor y la entereza desesperados con que los infelices españolitos de turno se fueron dejando, durante siglos, la piel en cada episodio. Puestos a que se la arranquen a uno, concluían, al menos vendámosla cara. Hace poco publiqué una novela precisamente sobre eso, que alguno de ustedes habrá leído. Así que iré al grano.

Hoy le toca a las lomas de San Juan, verano del 98, desastre de Cuba. En aquellas alturas, mientras los restos de la América española se iban al carajo para convertirse en América norteamericana, 500 compatriotas nuestros recibieron la orden de resistir a toda costa para cortar al enemigo el paso hacia Santiago, donde estaba bloqueada la escuadra. Los atacantes en ese lugar eran 8000 norteamericanos: dos divisiones bien pertrechadas. Uno de sus oficiales fue el después presidente Theodore Roosevelt, que compartía con sus hombres el desprecio, anglosajón de toda la vida, hacia esos españoles bajitos, morenos, flacos y abandonados por la metrópoli, roídos por el hambre, la fiebre y las penurias, que llevaban once meses sin cobrar una paga. Así que los gringos se lanzaron al asalto con la chulería habitual, dispuestos a resolver rápido la penúltima papeleta de una guerra que ya tenían ganada. Cuestión de un rato, dijeron. Así que empezaron a subir. Ignorando –y se iban a enterar pronto– que no hay nada más peligroso que un español acorralado con una blasfemia en la boca y un arma en las manos.

Y vaya si se enteraron. Apretando los dientes y dispuestos, ya que su mala suerte y los políticos de Madrid los habían puesto allí arriba, a no regalar a los gringos la merienda, los españoles hicieron de aquel lugar sus Termópilas y se defendieron como fieras, igual que en otro combate simultáneo que tuvo lugar en el cercano pueblo de El Caney; donde, luchando uno contra doce, el general Vara de Rey –eran otros tiempos, los del cuplé– murió combatiendo al frente de sus hombres. En favor de aquellos duros jefes y oficiales hay que reconocer que, forjados en las guerras carlistas y las campañas contra las insurgencias americanas, conocían su oficio. Eran templados y profesionales, o sea. Tenían su puntito y un par de huevos. Así que entre unos y otros, desde las 08:20 hasta las 12:00 del mediodía, dieron a los norteamericanos que atacaban las lomas de San Juan una primera somanta de hostias que los dejó temblando. A ellos, sí. A los que salen en las películas.

Según confesaron los mismos gringos, fue un matadero. El propio Roosevelt, en unas memorias en las que se pintaba como un superhéroe que se comía las balas sin pelar, reconoció que «los españoles demostraron ser unos valientes enemigos, dignos de honor en su tenacidad». Y, bueno. Eso del honor, pretexto de tanta infamia en Cuba y fuera de ella, hace pensar en lo que dijo Unamuno: «Cuando en España se habla de cosas de honor, un hombre sencillamente honrado tiene que echarse a temblar». Pero teniendo en cuenta que lo otro lo escribió un fanfarrón del calibre de Roosevelt, aceptamos pulpo como animal de compañía. El caso es que los norteamericanos fueron frenados por un fuego infernal, con pérdidas enormes, negándose algunas unidades a avanzar. A las 13:00 se lanzó un nuevo asalto sobre la colina principal con dos regimientos apoyados por artillería y tres modernas ametralladoras que hicieron una carnicería en las trincheras españolas. Al fin, los defensores que aún podían caminar tuvieron que retirarse poco a poco, sin dejar de pelear, a la segunda línea de defensa. Y todavía, cuando tras alfombrar con cadáveres propios la subida a las lomas los norteamericanos ocuparon éstas, los españoles intentaron un contraataque para recuperarlas, mandado por el capitán de navío Bustamante, que murió al ser casi aniquilada su unidad. Aquel día en las lomas de San Juan nuestros compatriotas tuvieron 58 muertos y 170 heridos. Pero los norteamericanos lo pagaron caro: 216 muertos y 1180 heridos. Más o menos, como la primera oleada de la playa Omaha de Normandía, el 6 de junio de 1944.

Imaginen ahora que todo el valor, la tenacidad, la capacidad de sacrificio de aquellos pobres soldaditos españoles se hubiera puesto al servicio del trabajo, la cultura y el progreso de la patria indiferente que esos mismos días prestaba más atención al cartel de la corrida del domingo que a las noticias de Cuba, en vez de malgastarse, para nada, en una guerra que ya estaba perdida. En unas lomas lejanas que no importaban a nadie. En esa colina de San Juan que, como tantas otras cosas, hace mucho hemos olvidado.

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