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sábado, abril 18

“Revolución”: Geometría del caos y la violencia

(La columna de Arturo Pérez Reverte en el XLSemanal del 25 de septiembre de 2022)

Las novelas, o al menos las mías, no se escriben en uno o dos años, ni siquiera en más. A menudo tardan una vida en gestarse; y la escritura física, o sea, ponerlas sobre el papel o la pantalla del ordenador, sólo es la parte final de un complicado proceso. En términos generales, según su capacidad narrativa y su talento, un novelista escribe con lo que imagina, con lo que ha leído y con lo que ha vivido. Quien no trabaja con esos materiales, o miente, o no son suyos y debe robarlos a otros. Un escritor de relatos más o menos extensos –me refiero al profesional, no a quien lo hace de forma casual o esporádica– vive con un mundo complejo de historias que lo acompañan y fraguan mientras crecen y se transforman. Ésa es su seña de identidad. Algunas de tales historias llegan a buen término y acaban por ser escritas con más o menos fortuna. Otras desaparecen, cambian con el tiempo o no llegan a ser escritas jamás y mueren con quien las imaginó.

Acabo de terminar una novela de las que acompañan desde niño, antes incluso de tener intención de escribirlas algún día. Es una historia que trata de un hombre joven, tres mujeres, una revolución y un tesoro. Durante el último año y medio ocupó la mayor parte de mi vida, mi trabajo y mis pensamientos; y sin embargo, es una historia cuya base real, la que acabaría conectando el suceso originario con mi propia vida, empezó hace más de un siglo. Quizá sea útil para alguien que les cuente cómo ocurrió. Tal vez ayude a comprender cómo nacen ciertas historias.

Uno de mis bisabuelos era ingeniero de minas. Con el tiempo trabajó en Linares, donde nació mi abuela, y luego se trasladó a Cartagena para ocuparse de otras explotaciones mineras. Nunca viajó a América, pero sí lo hizo un compañero suyo, íntimo amigo desde que estudiaron juntos en la escuela de ingenieros de minas de Madrid. Al amigo lo destinaron a México para trabajar en el norte del país, y allí estaba cuando estalló el primer episodio de la que sería la larga y sangrienta revolución mexicana. Durante un par de años, el amigo de mi bisabuelo le escribió cartas en las que narraba los sucesos de los que era testigo. Esas cartas, leídas y comentadas después en mi familia, me acostumbraron a palabras como revolución y nombres como Zapata y Pancho Villa. Siempre les presté, desde entonces, atención especial. Cuando mucho más tarde empecé a viajar a México visité lugares, compré libros y hablé con ancianos que habían vivido aquella época. Y así, poco a poco, sin más intención que conocer mejor las historias que mi abuela me contaba, acabé reuniendo abundante material sobre el asunto.

Un día, como siempre ocurre, la novela, o la posibilidad de escribirla, se concretó del modo con que ocurren estas cosas. Vi clara una historia que contar y consideré que era momento adecuado. Y fue ahí donde la memoria infantil, lo leído y la vida vivida, o la mirada que esa vida dejó al novelista que ahora soy, se mezclaron de modo conveniente. Había un elemento que vertebraba el relato: el proceso de iniciación, el descubrimiento asombroso de la extraña geometría del caos y la violencia. Un peligroso recorrido, en plena revolución mexicana y en contacto con quienes la hicieron, que lleva a un joven ingeniero, cuya formación es más técnica que cultural o literaria, a intuir primero, y confirmar después, las reglas implacables que rigen el cosmos, la naturaleza, la vida y la muerte. La guerra, en fin. El horror, el amor, la lealtad, la condición humana en lo mejor y lo peor, como aprendizaje. Como fría escuela de lucidez.

En todo eso, como el novelista que soy, hice trampas. Metí en la baraja cartas que conocía bien. No es una historia por completo real ni por completo imaginada, pero hay algo que la recorre por debajo, de principio a fin, que extraje de mi propia mirada. Mientras escribía esta aventura, casualmente al principio y luego de modo deliberado utilicé recuerdos personales, parte de mi propia juventud, para dar espesor narrativo al personaje protagonista, el joven cuya inocencia original se transforma en los años revolucionarios hasta convertirlo en alguien diferente al del punto de partida: el ingeniero de minas que el 8 de mayo de 1911 escucha un disparo lejano que cambiará su vida y su mundo para siempre. Es cierto que casi ninguna de mis novelas –excepto tal vez El pintor de batallas y Territorio comanche– es autobiográfica, pues todo, incluso la realidad más concreta, acaba diluyéndose en la ficción literaria, como debe ser. Pero también es cierto que hay novelas más autobiográficas que otras. En este caso, el protagonista de Revolución mira el mundo como a los veinte años lo miraba yo. Y hay lugares de los que nunca se regresa del todo.

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viernes, abril 17

Groucho Marx, la otra cara del rey del ‘zasca’

(Un texto de Fátima Uribarri en el XLSemanal del 9 de octubre de 2020 (creo))

Fue un genio del humor, pero la 'adicción' a su propio ingenio le generó grandes enemistades: era impertinente con todo el mundo. Cuando se cumplen 130 años de su nacimiento, repasamos la vida del hombre que hizo del insulto un arte.

Se corrió la voz entre el público de que una mula se había escapado y coceaba desbocada por las calles de Nacogdoches, un pueblecito de Texas. Todos se levantaron y salieron del local —un teatrillo pequeño y cutre— a ver qué pasaba con la mula. «Éramos tan pésimos que fueron a ver algo más animado», explica Groucho Marx en sus memorias Groucho y yo. Pero ese desplante les sentó fatal a los hermanos Marx. «Estábamos acostumbrados a los abucheos e insultos, pero eso nos puso furiosos», cuenta Groucho. Así que, cuando el público regresó a la sala, Groucho improvisó; jugó con el nombre, del pueblo, Nacogdoches, y con la palabra cockcroach (‘cucaracha’) y llamó 'cucarachas' a aquella gente, y «en el colmo del insulto —cuenta Groucho— los llamé ‘malditos yanquis'».

La reacción del público fue sorprendente: estallaron en carcajadas. A partir de esa actuación de 1914, los hermanos Marx cantaron menos y trabajaron más las bromas, las frases ingeniosas, los juegos de palabras y las improvisaciones en sus actuaciones en teatrillos del Sur y Medio Oeste de Estados Unidos.

A partir de entonces, la lengua afilada de Groucho no dejó de lanzar pullas ocurrentes, dardos precisos —y a menudo hirientes—, observaciones geniales e incisivas, comentarios corrosivos, chistes, bromas... Buscaba la risa de los demás y se hizo tan adicto a las carcajadas que a menudo despertaban sus comentarios agudos y no siempre amables que las impertinencias se convirtieron en parte importante de su manera de ser. Y le trajeron problemas en su vida: su familia y sus amigos se cansaban de sus bromas pesadas y de sus 'zascas' mordaces.

Groucho habla de ello en sus memorias. Le dedica un capítulo entero titulado Meteduras de pata. Reconoce que lo que él denomina «un impulso nervioso, un reflejo automático o únicamente una perversidad básica» le ha traído muchos problemas. «Tal vez un psicólogo lo describiría como enfermedad de la Metedura de Pata», dice. Y él mismo cuenta unos cuantos ejemplos.

 

A Greta Garbo le dijo en un ascensor que la había confundido con «un sujeto a quien conocí en Kansas City». Ella, que vestía pantalones y chaqueta de estilo masculino, se molestó. «Esta es la explicación de por qué Greta Garbo no apareció en ninguna de las películas de los hermanos Marx», explica Groucho.

De sus insolencias procede su apodo: grouch es 'gruñón' en inglés. Se llamaba Julius Henry Marx, nació en Nueva York en 1890 —se cumplen ahora 130 años— y se crío en una bulliciosa casa de locos. Sus padres eran inmigrantes judíos, Samuel Marx (procedente de Alsacia-Lorena) era un sastre poco hábil con la aguja y el dedal, pero un gran cocinero; él era el amo de casa, mientras que su mujer, Minnie, se ocupaba de que sus hijos se convirtieran en artistas de éxito.

Aquel piso era como el camarote de los hermanos Marx. Con ellos vivían los padres de Minnie, que solo hablaban alemán (él, ventrílocuo y ella, cantante e intérprete de arpa), y los cinco hijos. Leonard era el mayor, luego lo apodaron Chico por su pasión por las chicas. Lo seguía Adolf, que se cambió el nombre a Arthur por la guerra con Alemania y que luego se convirtió en Harpo porque tocaba el arpa: era un genio para la música; y no era mudo. El tercer hijo es Julius Henry, que pasó a ser Groucho. El cuarto, Milton, apodado Gummo porque usaba zapatos de goma y que pronto prefirió ser agente teatral a ser artista. El pequeño era Herbert y lo llamaban Zeppo, derivado de Zippo, un mono que hacía números cómicos.

Con 15 años, Groucho contestó a un anuncio del periódico para un espectáculo, hizo una prueba... y comenzó su carrera artística. Él cantaba, otro chico bailaba y el jefe (un bribón que los dejó tirados en la primera parada de la gira) actuaba.

 

Enseguida, Minnie entró en acción y fue consiguiendo actuaciones y añadiendo familiares a la troupe: Chico, por ejemplo, que era un loco de los billares, las apuestas y los dados, tocaba muy bien el piano. El grupo creció y llegó a llamarse Las Seis Mascotas. Como Minnie era una mujer despierta (durante la Primera Guerra Mundial compró un terrenito para criar aves, declaró que eran granjeros y evitó así el servicio militar de sus hijos) se dio cuenta de que ella y Hannah sobraban. Quedaron cuatro y se llamaron Los Cuatro Ruiseñores, y continuaron sus giras y andanzas con números en los que siempre había música. Hasta la célebre noche de Nacogdoches y, entonces, las bromas fueron ganando protagonismo.

Gummo se desenganchó del grupo, se sumó Zeppo y cada vez les iba mejor en el vodevil. Los hermanos tomaron sus apodos y atavíos. Groucho hacía improvisaciones sobre temas de actualidad; salía al escenario vestido con una levita, encorvado, con unos andares extraños, a grandes zancadas medio agachado, con gafas y un bigote y cejas postizas. En una ocasión llegó tarde y por las prisas, en vez de colocarse los postizos, se los pintó con betún y eso volvió a hacer durante 30 años. El puro lo utilizó porque así podía fumar mientras actuaba y, además, según contó él, dar una calada era perfecto para hacer una pausa cuando no recordaba su parte del guion.

Los hermanos Marx llegaron a Broadway. Triunfaron con la revista I’ll say she is, en 1924. Y se pasaron al cine. En pocos años llegó el éxito. Sopa de ganso, de 1933, no fue de las más taquilleras, pero es una de las cien películas más importantes de la historia según el Instituto Americano de cine.

A Groucho le encantó ganar tanto dinero. El dinero le importaba mucho. «El dinero es magnífico, tranquilizador y reconfortante», decía. Le daba miedo dejar de tenerlo. «En lo más profundo de mi ser siempre he sido un gallina», confesó.

Y lo perdió. El crack bursátil de 1929 se llevó 240.000 dólares suyos, sus ahorros. El insomnio de aquellos días se quedó con él de por vida. «Soy una lechuza profesional desde 1929», dijo él. Aquello fue una maldición para sus amigos porque a veces, en las noches en las que no podía dormir, los llamaba por teléfono para combatir el aburrimiento, les soltaba una perorata disparatada y solía añadir «soy Groucho. ¿Cómo estás? Como si realmente me importara». Y luego colgaba. Se comprende que se molestaran.

Tanto 'zasca' agotó la paciencia de la gente. No dejó de dar pullazos ni en su boda con su primera mujer, Ruth Johnson. La ceremonia fue una escena de película de los hermanos Marx, con Chico y Harpo de acá para allá cargando macetas y Groucho 'regañando' al oficiante. El matrimonio con Ruth duró 21 años. Tuvieron dos hijos: Arthur y Miriam. Groucho se volvió a casar dos veces más y tuvo otra hija, Melinda.

Fue muy mujeriego, en la realidad y en la pantalla. En varias de sus cintas perseguía a una señora millonaria, personaje interpretado por Margaret Dumont, a quien soltaba en la vida real las mismas frescas poco caballerosas que en las películas. Le decía cosas menos amables que su famoso «¿quiere casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta».

La última mujer en su vida fue Erin Fleming, que fue su joven secretaria y su pareja. A sus hijos les pareció que se aprovechaba de él y la cosa acabó en los tribunales: su hijo Arthur lo inhabilitó y logró que un juez apartara a la chica —51 años más joven que Groucho— de las finanzas del cómico.

Arthur Marx contó muchas cosas de su padre en el libro Mi vida con Groucho; por ejemplo, que cuando iba a un restaurante caro de Hollywood aparcaba lejos para ahorrar unos dólares en parquímetro. Pero también el hijo de Groucho dijo que su padre era mucho más tierno de lo que aparentaba: «Era un sentimental, pero preferiría morirse antes de que nadie lo supiera», explicó.

Lo que era desde luego es surrealista e imprevisible. La siguiente anécdota lo ilustra bien. Los hermanos Marx se habían pasado a la Warner Bros. Llevaban más de dos horas esperando al productor Irving Thalberg en su despacho. Cuando por fin este jefazo entró, se encontró a Groucho, Chico y Harpo desnudos asando marshmallows en la chimenea.

LA VERDAD SOBRE SU SUPUESTO EPITAFIO

A pesar de este extraño encuentro, la alianza entre los Marx y Thalberg dio buenos frutos. Los hermanos Marx filmaron Una noche en la ópera (1935), Un día en las carreras (1937), Una tarde en el circo (1939)... Pero se cansaron. Hicieron algunas películas más sobre todo porque Chico nadaba en deudas de juego. En 1949 rodaron Amor en conserva, en la que participó Marilyn Monroe. Luego se dispersaron. Groucho se centró en el programa Apueste su vida: primero, en la radio y, luego, en la televisión. Lo dejó en 1960 y se dedicó a escribir libros y recibir homenajes. En 1974 recibió un Oscar honorífico. Y en 1977 el hombre del sempiterno puro murió de neumonía.

No es verdad que su epitafio sea «perdonen que no me levante». Sobre el texto que debía acompañar a su tumba dijo: «Cuando muera quiero que me incineren y que el diez por ciento de mis cenizas sean vertidas sobre mi representante». En su lápida, en Los Ángeles, solo figura su nombre.

Fue un grande del humor y del cine. Pero no fue un tipo fácil. Se convirtió en un esclavo de su chispa. Su buen amigo el compositor Harry Ruby lo exculpaba: «No quiere ser insultante; para él es una noción involuntaria, como una neurosis compulsiva», dijo. El propio Groucho admitió que «mi problema es que no puedo soportar que nadie más tenga la última palabra».

 

LÍOS DE FALDAS. «El matrimonio es la primera causa de divorcio» es una de sus máximas memorables. Groucho se casó tres veces. Tuvo dos hijos con Ruth Johnson -su primera mujer- y una hija, Melinda, con la segunda. Su último amor fue su secretaria, Erin Fleming, 51 años más joven que él y a quien sus hijos acusaron de intentar quedarse con su dinero. Acabaron en los tribunales.

 

FAMILIA DE MÚSICOS. En el piso de Nueva York donde se crío Groucho vivían sus padres, los cinco hijos, los abuelos y una prima. Era una familia muy artística y musical: el abuelo era ventrílocuo, la abuela y Harpo tocaban el arpa, Chico era muy bueno al piano y Groucho comenzó cantando.

 

DESPEDIDA CON MARILYN. En 1949, los hermanos Marx filmaron su última película en la que aparecían juntos, Amor en conserva, en la que actuaba Marilyn Monroe. Ella aparecía supersexy y le pedía ayuda a Groucho -que hacía el papel de detective- porque la perseguían unos hombres. Groucho subía las cejas y decía: «No puedo comprender por qué».

ARTISTA PRECOZ. Groucho era el tercero de cinco hermanos. Subió a un escenario a los 15 años y le gustó: «Tuve la sensación de que, por primera vez en la vida, no era un cero a la izquierda», dice en sus memorias.

CON CLASE HASTA EL FINAL. Cuando murió, el 19 de agosto de 1977, The New York Times escribió en su obituario: «Convirtió el insulto en una forma de arte». Con 86 años, en una entrevista, recibió al fotógrafo vestido con una camiseta de Mickey y la gorra. «Tengo la intención de vivir para siempre o morir en el intento», dijo.

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jueves, abril 16

Nerón, el anticristo sale de las tinieblas

(Un texto de José Segovia en el XLSemanal del 22 de octubre de 2021)

Nerón fue mucho más querido por su pueblo y mucho mejor dirigente de lo que se cree. Nuevos estudios lavan su imagen y refutan el carácter diabólico y depravado de este emperador romano.

Si algún personaje histórico de la Roma imperial ha tenido mala suerte con los cronistas, ese ha sido Nerón. Los relatos de Cornelio Tácito, Cayo Suetonio y Dion Casio desvelan los asesinatos que pergeñó el emperador con la ayuda de sus pretorianos, como el de su hermanastro, el de su madre -con la que supuestamente mantuvo relaciones sexuales-, el de prominentes miembros de la élite romana y el de dos de sus esposas (a la segunda, Popea, la mató el propio emperador propinándole una patada en el estómago cuando estaba embarazada).

Tácito no elude los detalles tétricos cuando describe la ejecución de Octavia, la primera mujer de Nerón: «La sujetan con grilletes y le abren las venas de todos los miembros; y como la sangre, paralizada por el pavor, fluye demasiado lenta, la asfixian en el calor de un baño hirviendo. Y se añade una crueldad más atroz: su cabeza, cortada y llevada a la ciudad, fue contemplada por Popea». Esta no podía imaginar entonces que ella sería la siguiente víctima de su diabólico marido.

Probablemente es uno de los emperadores romanos peor tratados por la historia. La imagen que se tiene de él por ordenar el incendio de Roma y culpar a los cristianos ha quedado en la memoria colectiva como el paradigma de la maldad humana.

La tragedia se produjo el 19 de julio del año 64, cuando se desató un incendio en las proximidades del Circo Máximo que se expandió hacia el Palatino y el Celio y destruyó dos tercios de la ciudad. Por sus calles corrió el rumor de que el fuego había sido provocado por el emperador, cuya intención era destruir parte de la antigua Roma para obtener terrenos con los que ampliar su espectacular palacio: la Domus Aurea (‘la casa de oro’). La mentira fue difundida por los miembros de la aristocracia senatorial hostil a Nerón y recogida décadas después por los cronistas romanos. Otro rumor aseguraba que el emperador había sido visto tocando la lira mientras contemplaba extasiado las gigantescas llamas que consumían la ciudad.

Pero ¿fue tan depravado como contaron sus detractores? Desde hace unos años ha surgido una corriente historiográfica que sostiene que fue un emperador muy querido por su pueblo y mucho mejor dirigente de lo que afirmaron sus críticos. El historiador Eric Varner, de la Universidad de Emory (Atlanta), asegura que, tras el pavoroso incendio que devastó Roma, el emperador dispuso fondos económicos para que los damnificados pudieran rehacer sus hogares y decretó regulaciones para la construcción de nuevos edificios bajo la dirección de los arquitectos Severo y Céler.

Aunque la mayor parte de los historiadores contemporáneos cree que el incendio fue accidental, Gerhard Baudy -de la Universidad alemana de Constanz- ha llegado a sugerir que los verdaderos culpables de la quema fueron los cristianos, razón por la que el emperador ordenó perseguirlos y masacrarlos. Según apunta este filólogo alemán, los dirigentes romanos tenían un motivo preciso para sospechar de los cristianos: «Una profecía apocalíptica que se había puesto en circulación días antes predecía la caída de la metrópolis romana a través del Cristo que se revelaba en el fuego de Sirio». El incendio dio visos de credibilidad a la profecía.

El historiador Tácito describe con mucho detalle las torturas y ejecuciones de cristianos tras el incendio del año 64. Suetonio también hace hincapié en el castigo que recibieron los adoradores de «esa nueva y peligrosa superstición». Lo mismo que el escritor Tertuliano, quien acusó a Nerón de ser «el primer perseguidor de los cristianos». Si lo que contaron los cronistas fue cierto, no es de extrañar que los seguidores de Cristo pensaran que este emperador, el último de la familia Julio-Claudia, era el mismísimo Anticristo.

No es una coincidencia que los fanáticos de la cábala aseguren que el equivalente numérico de las letras hebreas que forman ‘César Nerón’ sumen 666, ‘el número de la Bestia’. La relación del número 666 con Satán o con la llegada del Anticristo se ha tratado de imponer a otros personajes históricos, como Lutero, Napoleón o Hitler.

Pese a todo, Nerón no era el Anticristo que retrataron los milenaristas ni tampoco el abyecto psicópata que presentaron los historiadores romanos, cuyos juicios fueron influidos por los senadores y las familias patricias romanas que lo odiaban y se disputaban su legado. La última historiadora en sumarse a esta cruzada es Shusma Malik, en cuyo libro The Nero Anticrist refuta la tesis que lo considera como el perpetrador del Apocalipsis.

Esta historiadora de la Universidad de Roehampton (Londres) recuerda que el escritor Flavio Josefo, testigo del reinado de Nerón, fue el primero en hacer notar los prejuicios y mentiras que circulaban en torno al emperador. «Ha habido muchos que han escrito la historia de Nerón, muchos de los cuales se han apartado de la verdad de los hechos por haber recibido favores de él; y otros, debido al odio que les inspiraba, se han ensañado con su persona con tantas mentiras que merecen ser condenados en justicia», subraya Josefo.

La historiadora británica Mary Beard señala que algunos historiadores modernos (como Ettore Paratore o Mario Attilio Levi) lo han presentado más como una víctima de la propaganda de los Flavios (la dinastía sucesora de la Julio-Claudia) que como un pirómano que arrasó Roma. Otro de los grandes defensores de Nerón lo encontramos en Milán en el siglo XVI. Se trata de Gerolamo Cardano, brillante médico, matemático y astrólogo. «En su obra Encomium Neronis, el emperador deja de ser el tirano loco descrito en las páginas de Tácito y de Suetonio y se convierte en el modelo del optimus princeps», afirma Malik.

Cuatro años después del incendio de Roma, el Senado votó a favor de Galba como nuevo gobernante, declarando a Nerón enemigo público del Imperio. Según el historiador Suetonio, Nerón pronunció sus últimas palabras mientras su secretario Epafrodito lo ayudaba a cometer suicidio clavándole un puñal en la garganta. «¡Qué artista muere conmigo!». Con la llegada al poder de Constantino en el siglo IV, la influencia de los cristianos creció, lo que a su vez reforzó los ataques a la figura de Nerón, al que consideraban su primer perseguidor.

El pueblo romano recordó durante mucho tiempo a Nerón y hubo al menos tres impostores que se hicieron pasar por él. La noticia de su sorpresivo regreso de entre los muertos debió de influir después en los milenaristas y en la creencia del Nerón-Anticristo.

Durante la Edad Media surgieron gran cantidad de herejías y movimientos que rompían la ortodoxia religiosa cristiana. Basándose en tradiciones judías y sobre todo en el Apocalipsis de San Juan, estos grupos encontraron en el milenarismo una tabla de salvación a la pobreza reinante. El milenarismo es la creencia de que el Apocalipsis será seguido por el gobierno de Cristo durante mil años, al final de los cuales ocurrirá el juicio final.

En el siglo II, Ireneo de Lyon pensaba que los eventos pasados se repetían exactamente en el futuro. Por lo tanto, si Nerón fue el primer perseguidor de los cristianos, también tenía que ser su último verdugo; es decir, el Anticristo que provocará el final de los días.

También se menciona al emperador-Anticristo en los Oráculos Sibilinos del siglo II; en sus libros V y VIII, la famosa adivina y profetisa Sibila vaticina su regreso y el comienzo del final de los días.

Respecto a la imagen de Nerón como psicópata y pervertido sexual, algunos historiadores recuerdan que es difícil creer que cualquier personaje histórico haya podido ser tan uniformemente abyecto y depravado. Incluso en el caso de que él hubiera sido el máximo exponente de la bacanal romana, muchos historiadores modernos consideran que analizar ese aspecto de su vida es una trivialidad. En su opinión, lo interesante es comprobar si contribuyó a reforzar las estructuras del Imperio o si fue un revolucionario de la cultura, como asegura el estudioso Massimo Fini. La historiadora Rebecca Benefiel afirma que Nerón estaba más interesado en la música y el arte que en gobernar.

El perfil psicológico de un Nerón depravado que representaba la otra cara del cabal emperador Augusto se convirtió en un arquetipo para futuros emperadores malos. Los cronistas describieron a Domiciano como «un Nerón sin pelo» y a Cómodo como «más salvaje que Domiciano y más repugnante que Nerón». Los autores cristianos explotaron esas descripciones para dar cuerpo a ese emperador romano transmutado en siniestro diablo que provocaría el final de todo lo conocido. Ese paradigma fue revivido en el siglo XIX para debatir las ansiedades que provocaban el fin de siglo y las controversias religiosas. En 1873, el historiador francés Ernest Renan afirmó: «Nerón es la Bestia. Es el Anticristo». Ahora, los historiadores modernos lo despojan de esa condición.

Mujeres de Nerón. Octavia era hija del emperador Claudio. Por eso, Nerón se casó con ella; luego, la repudió y, según las crónicas, ordenó su muerte. Popea -su segunda mujer- intrigó para que Nerón eliminara a su madre y a su primera esposa, Octavia. Se cree que él mató más tarde a Popea, estando embarazada, de una patada en la tripa.

Agripina. Nerón no fue un candidato al trono por nacimiento. Llegó a ser emperador porque lo adoptó Claudio tras casarse con su madre, Agripina.

Nerón no incendió Roma. Durante su mandato se incendió Roma y se rumoreó que él había provocado el fuego.

Los cristianos y el incendio de Roma. Un historiador alemán contemporáneo afirma que los cristianos realmente incendiaron Roma y que ‘por eso’ Nerón habría ordenado masacrarlos.

El palacio dorado. Tras el incendio de Roma, Nerón mandó construir un fastuoso palacio que abarcaba 50 hectáreas conocido como Domus Aurea. Algunos expertos afirman que incendió la ciudad con el fin de ganar terreno para su palacio.

Sus últimas palabras. Nerón se suicidó en el año 68 con la ayuda de su secretario Epafrodito, que le clavó un cuchillo mientras él proclamaba: «¡Qué artista muere conmigo!».

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