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lunes, junio 29

Teragnosis: una nueva esperanza contra el cáncer

(Un artículo de Manuel Ansede en El País del 9 de junio de 2021)

La estrategia, que fusiona la terapia y el diagnóstico, logra aumentar un 35% la supervivencia de pacientes con un tumor maligno de próstata terminal.

El médico José Luis Carreras se entusiasma cuando habla de la teragnosis, una pujante estrategia que funciona como un misil de precisión contra las células de algunos tipos de cáncer. Carreras, jefe de Medicina Nuclear en el Hospital Clínico San Carlos, en Madrid, habla de “resultados espectaculares” en determinados pacientes terminales. El médico recuerda el caso de un hombre alemán de 62 años, con cáncer de próstata y una diseminación masiva con metástasis en los huesos. Tras un tratamiento experimental con teragnosis en la Clínica Central de Bad Berka (Alemania), ocho meses después parecía limpio. Volvió a trabajar y a hacer deporte. Y tres años y medio después seguía libre de cáncer, según explicó Carreras en febrero en una sesión científica en la Real Academia Nacional de Medicina, en Madrid.

La teragnosis ha sido una de las protagonistas del mayor congreso anual dedicado al cáncer en el mundo, el de la Sociedad Estadounidense de Oncología Clínica (ASCO), celebrado hasta este martes por internet. El término teragnosis es una combinación de dos palabras: terapia y diagnóstico. Con una misma molécula se puede diagnosticar y tratar la enfermedad. La estrategia, utilizada durante décadas contra el cáncer de tiroides, se está empleando ahora con resultados prometedores en otros tumores, como los neuroendocrinos y, sobre todo, el cáncer de próstata, el más frecuente en los hombres.

El médico Michael Morris, del Centro Oncológico Memorial Sloan Kettering, en Nueva York, ha presentado en el congreso de ASCO los últimos resultados de la teragnosis contra el cáncer de próstata avanzado. La técnica consiste en utilizar una molécula con alta afinidad por la PSMA, que es una proteína que suele estar en grandes cantidades en las células del cáncer de próstata. Para hacer el diagnóstico, esa molécula afín al PSMA se une a un elemento químico radiactivo, el galio-68, que brilla en una exploración con tomografía por emisión de positrones (PET). Para el tratamiento, la misma molécula se une a otro elemento químico, el lutecio-177, que emite una radiación local que mata a las células cancerosas. Es como disparar primero una flecha con una bombilla y después otra flecha con una pequeña carga explosiva.

En el ensayo de Morris participaron 831 pacientes con cáncer de próstata resistente a la castración y metástasis, un tipo de tumor habitualmente letal. Los enfermos que recibieron el tratamiento con teragnosis vivieron 15,3 meses, frente a los 11,3 meses de los hombres a los que se administró una terapia estándar. Cuatro meses de diferencia —un 35% más— pueden parecer poca cosa, pero se trataba de pacientes prácticamente desahuciados, en los que ya habían fallado la quimioterapia y los tratamientos hormonales.

El médico José Luis Carreras subraya que los cuatro meses extra de supervivencia son un promedio. “Hay casos que no responden, pero hay algunos en los que la mejoría es espectacular”, señala. Su equipo del Hospital Clínico San Carlos va a participar a partir de septiembre en dos ensayos clínicos de teragnosis frente al cáncer de próstata avanzado. “Esto no es el futuro, es el presente. Es radioterapia molecular de precisión y personalizada. No es matar moscas a cañonazos, como otras técnicas. Es ir directamente a la célula tumoral, meterle radiación y destruirla in situ sin afectar a los tejidos sanos circundantes”, celebra.

Carreras cree que en los próximos años llegarán moléculas “para todo tipo de tumores”, como el Inhibidor de la Proteína de Activación de Fibroblastos (FAPI), afín a las células de diversas neoplasias malignas. “Casi todos los tumores tienen fibroblastos [un tipo de célula abundante en los tejidos fibrosos] revueltos con las células tumorales. Con el FAPI puedes enviar la radiación a los fibroblastos, pero, como el alcance de la radiación del lutecio-177 es de uno o dos milímetros, destruyes también las células tumorales. La ventaja del FAPI es que vale para cualquier tipo de tumor”, apunta Carreras. El médico matiza que todavía hay pocas pruebas de la eficacia terapéutica de esta estrategia, en parte por la escasa dosis de radiación alcanzada en las células tumorales.

El prometedor tratamiento experimental presentado en el congreso de ASCO, bautizado 177Lu-PSMA-617, estaba en desarrollo en la empresa biofarmacéutica estadounidense Endocyte. El gigante farmacéutico suizo Novartis anunció en octubre de 2018 la compra de esta compañía por unos 1.700 millones de euros. Algunas investigaciones previas, como un estudio con 30 pacientes en 2016 en el Hospital Universitario de Heidelberg (Alemania), ya habían mostrado el potencial de esta estrategia.

La oncóloga Teresa Alonso, del hospital madrileño Ramón y Cajal, cree que el margen de beneficio de esta terapia “seguramente será mucho mayor” si se administra antes a los enfermos. “El concepto es viejo, pero ahora se va a poner bastante de moda”, opina Alonso, también secretaria científica de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM). La investigadora recuerda que es una estrategia similar a la que se ha utilizado durante décadas contra el cáncer de tiroides, en ese caso con yodo-123 para el diagnóstico y yodo-131 para el tratamiento. Y, en los últimos años, la técnica también se ha adoptado frente a los tumores neuroendocrinos, con una incidencia anual de menos de 10 casos por cada 100.000 habitantes. “La teragnosis es un concepto muy bonito y viene fortísimo para el tratamiento del cáncer de próstata”, aplaude la oncóloga. La investigadora, no obstante, mantiene los pies en el suelo: “Esto no es la cura del cáncer de próstata, evidentemente”.

La propia presidenta del congreso de ASCO, la oncóloga estadounidense Lori Pierce, ha celebrado los resultados de la teragnosis frente al cáncer de próstata avanzado. “El éxito de este tratamiento muestra la importancia de investigar alternativas a las terapias tradicionales contra el cáncer”, ha afirmado Pierce en un comunicado. Michael Morris, jefe del departamento de cáncer de próstata en el Sloan Kettering, ha sugerido directamente que las autoridades estudien la posibilidad de convertir el 177Lu-PSMA-617 en un nuevo tratamiento estándar para estos pacientes.

El médico José Luis Carreras lamenta la “lentitud” de las agencias reguladoras de los medicamentos a la hora de aprobar nuevas terapias. Uno de los problemas es su elevado precio. Carreras calcula que un tratamiento con teragnosis de un tumor neuroendocrino cuesta unos 65.000 euros por paciente. “Logra una supervivencia más larga que las otras alternativas y el precio es competitivo. No es más caro que la quimioterapia a la que sustituye”, argumenta.

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domingo, junio 28

¿Cómo se mide la altura de las montañas?

(Un texto de Ana Crespo-Blanc en El País del 29 de diciembre de 2021)

Una corriente a la que pertenecía George Everest, el topógrafo británico que dio nombre a la montaña del Himalaya, fue la que empezó con la triangulación para realizar estos cálculos.

Primero le voy a contar cómo se medía la altura de las montañas al principio. Hace un par de siglos, se utilizaba la variación de la presión atmosférica. Por ejemplo, en 1802 Alexander von Humboldt midió la altura del volcán Chimborazo, que está en Ecuador. Para hacerlo utilizó un barómetro. Subió hasta la cumbre y simplemente usando las leyes de Torricelli, como la presión disminuye con la altitud no de manera totalmente lineal pero casi, pudo calcular la altura aunque solo aproximadamente. El problema con este método es que las condiciones meteorológicas locales también hacen que varíe la presión por lo que es impreciso.

Más tarde hubo toda una corriente a la que pertenecía George Everest, el topógrafo británico que dio nombre a la montaña del Himalaya en los años cincuenta del siglo XIX, en la que se empezó con la triangulación. ¿Esto cómo funciona? Si usted está en un punto al pie de la montaña y conoce perfectamente la distancia que le separa de ella, con un aparato que mide con mucha exactitud los ángulos y que se llama teodolito puedes conocer el ángulo formado por la línea que une la cumbre de la montaña con el punto en el que estás y la horizontal. Así, conociendo un lado del triángulo (la distancia horizontal a la montaña o cateto adyacente) y la tangente del ángulo, por trigonometría, puedes calcular la altura de la montaña (el cateto opuesto). Pero este método también tenía problemas porque a más distancia del pie de la montaña, más imprecisión en la altura calculada. Para obtener medidas más fiables, lo que hacían era una serie de pequeños triángulos rectos intermedios para obtener la altura total.

Pero también en este caso puede haber controversia porque, ¿dónde ponemos el 0? Y es que la altura se mide con respecto a un referente. Antiguamente ya se sabía que el nivel del mar, que podía ser un excelente 0, oscilaba. Lo que se hacía era una media entre los niveles máximos y mínimos de las mareas. Actualmente, sabemos algunas cosas más. La primera es que la Tierra no es perfectamente esférica. Es un elipsoide que está achatado en los polos y es más ancho en el ecuador simplemente por la rotación. Y eso influye en las medidas de las montañas. Si tú mides el Everest con respecto al centro de la Tierra, está más bajo que el Chimborazo porque el Everest no está en el ecuador, mientras que el Chimborazo sí lo está, así que con respecto al centro de la Tierra, está más “alto” que el Everest en unos 1.800 metros.

También sabemos ahora que los niveles del mar varían del orden de unos 100 metros debido a la diferencia de atracción gravitatoria generada por la distribución heterogénea de las masas en el interior del planeta. Este efecto se tiene que añadir a la atracción de la Luna responsable de las mareas… ¿Entonces, dónde ponemos el 0 para medir las montañas? En lo que se llama el geoide. Imaginamos que debajo del Everest, o cualquier otra montaña, sigue el agua de los océanos. La altura de este supuesto océano adoptaría lo que se llama una equipotencial de gravedad. Es decir que la gravedad sería la misma a lo largo de toda esa superficie. Esto se calcula con gravimetría. Tomando la gravedad en diferentes puntos se puede decir a qué altura teórica estaría el nivel del mar imaginario, el geoide: esa es la superficie de referencia para calcular la altura de una cumbre.

Pero este paso se evita con el GPS, que es el método que usamos al día de hoy para medir la altura de las montañas. En este caso también se mide mediante triangulación pero la diferencia es que contamos con un referente externo. Los satélites del GPS hacen como una especie de red de referencia. Con respecto a esa red de referencia se miden distintos puntos con precisiones que son impresionantes, del orden de milímetros a distancias de centenares de kilómetros.

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sábado, junio 27

Una epidemia llamada soledad

(Un texto de Samiha Saphy en el XLSemanal del 5 de julio de 2020)

La pandemia ha puesto sobre la mesa uno de los grandes males de nuestra civilización: la soledad. Una ‘enfermedad’ contagiosa, que afecta a la salud. Incluso puede matar.

Las personas en situación de estrés sienten el impulso de buscar la compañía de otras personas, es una respuesta biológica. Cuando acecha un peligro, sus cerebros liberan una serie de neurotransmisores que les dicen que deberían buscar ayuda en quienes las rodean. «Pero este virus nos ha impedido hacerlo -dice el neurocientífico estadounidense James Coan-. Nuestra única forma de vencerlo es mantenernos alejados de los demás. Y eso es terrible».

Esta pandemia es por ello una prueba de resistencia para la humanidad. Resulta imposible hacerse una idea del alcance de los daños que encontraremos cuando despertemos de esta pesadilla colectiva. Pero de lo que no hay duda es de que la COVID-19 ha venido a agravar un problema que ya afectaba a millones de personas y preocupaba a gobiernos de todo el mundo: la soledad.

Según un estudio de la Universidad Complutense y Grupo 5 sobre el impacto psicológico de la COVID-19, un 45 por ciento de los encuestados dice sentir que le falta compañía (el 11 por ciento lo siente a menudo). En otros muchos países, entre ellos Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón, el porcentaje de solitarios también alcanzaba valores de dos dígitos. Los expertos hablaban de una «epidemia de soledad», provocada por la globalización, por la individualización de la sociedad, por la vida moderna con toda su tecnología avanzada.

¿Y ahora?

«Esta situación me inquieta de verdad», dice James Coan. Normalmente investiga y enseña en la Universidad de Virginia, en Charlottesville, pero esta mañana trabaja desde su casa y hablamos a través del ordenador. El neurocientífico teme que la pandemia pueda cambiar nuestras sociedades. Es un tema que va más allá de cómo lograr que los niños aprendan a leer sin ir a clase. En su opinión, se trata de algo más básico: cómo se relacionarán los seres humanos en el futuro. ¿Se atreverán a buscar la ayuda y el consejo de los demás? ¿O pervivirá, sobre todo entre los más ancianos y débiles, el temor a que les contagien el virus letal?

¿Y cuál será el comportamiento de la sociedad hacia esas mismas personas, hacia los ancianos y los débiles? ¿Serán excluidos, se los recluirá para que el resto de la población se pueda volver a sentir libre y la economía pueda recuperarse?

«Cuando nos distanciamos, nos exponemos nosotros mismos a riesgos enormes -dice Coan-. Las personas que están solas suelen acabar enfermando. Las heridas curan peor, el sistema inmune es más débil». El riesgo de sufrir trastornos cardiovasculares, diabetes y depresión aumenta; también, de desarrollar demencia y de morir antes. «El aislamiento mata, es un hecho».

¿Ese hecho en cifras?: tras analizar durante siete años los datos de 308.849 personas, un equipo de investigadores dirigidos por la psicóloga Julianne Holt-Lunstad, de la Brigham Young University de Provo, Utah, llegó a la conclusión de que aquellos individuos con buenas relaciones sociales tenían una probabilidad un 50 por ciento mayor de seguir con vida pasado el periodo estudiado, independientemente de su edad, su sexo y su estado inicial de salud. El resumen de la doctora es que la soledad resulta tan perjudicial como el tabaquismo o la obesidad.

También es un hecho que las desgracias colectivas sacan lo mejor de las personas. Después de una catástrofe, como un tsunami o un atentado terrorista, los supervivientes hacen piña y se dan consuelo los unos a los otros. Siempre ha sido así, en todas partes, pero ahora no. Lo más pérfido de la catástrofe mundial que estamos atravesando estos días es que el impulso de querer estar cerca de los demás puede resultar mortal. Hay que mantener la distancia, pero ¿a qué precio?

«Me preocupa que la COVID-19 lleve a una recesión social, que tendría unas consecuencias igual de graves que una recesión económica», dice Vivek Murthy, director general de Salud Pública de Estados Unidos con el presidente Barack Obama.

Cuando asumió su cargo en 2014, Murthy se embarcó en lo que él define como «un viaje de escucha». Quería saber qué cuestiones de salud preocupaban más a los norteamericanos. Al principio pensaba que sería la drogadicción, o las consecuencias del tabaco o el sobrepeso. Pero allá adonde fuese, oía frases como:

«Siento que cargo yo solo con todo».

«Soy invisible».

«Si desapareciera hoy, nadie se daría cuenta».

Lo que más preocupaba a la gente, descubrió Murthy, era la soledad.

Murthy perdió su puesto cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca en 2017. Fue entonces cuando se dio cuenta de que él mismo se había vuelto más solitario. Todo iba bien con su familia, pero los años en Washington habían sido tan intensos que apenas había tenido tiempo para dedicárselo a su vida privada. ¿Qué había pasado con todos sus amigos, dónde se habían metido?

Murthy había encontrado un tema de reflexión perfecto. Escribió un libro sobre la soledad sin intuir lo cruelmente actual que resultaría cuando se acabara publicando, a finales de abril de 2020: Together: The Healing Power of Human Connection in a Sometimes Lonely World, editorial Harper Wave, aún sin edición en castellano.

«Todo el mundo habla de la COVID-19 -dice-, pero la mayoría lo hace solo sobre sus consecuencias inmediatas en la salud y la economía». Murthy cree que también habría que contemplar la irrupción de este virus como una experiencia traumática. «A muchos nos ha privado de la posibilidad de despedirnos de seres queridos, de mantener el contacto con la familia y los amigos, de estar al lado de los demás -añade-. Pasarán años hasta que entendamos sus efectos sobre la salud psicológica».

La ciencia describe la soledad como un padecimiento subjetivo, dado por la diferencia entre contactos sociales deseados y contactos sociales reales. No todos los que viven solos -y en España son uno de cada cuatro- están solos. Sin embargo, cuando no se puede salir de casa ni quedar con otras personas, el riesgo de caer en la soledad aumenta especialmente entre este colectivo.

Murthy define tres tipos de soledad. En primer lugar está la soledad íntima, cuando nos falta un compañero o una persona muy próxima. La segunda es la que él llama ‘soledad relacional’: la falta de amigos con los que nos gusta pasar el rato. Y, por último, está la soledad colectiva, cuando uno no se siente parte de una comunidad.

«Como hay tres tipos distintos de necesidades sociales -dice-, las personas que tienen una relación sentimental feliz también pueden sentirse solas».

Y no es raro que la propia relación de pareja también acabe viéndose afectada, pues la soledad es contagiosa. Las personas que se sienten solas durante demasiado tiempo modifican su comportamiento, se alejan de la gente, quizá también se vuelven más irritables y bruscas. Los demás perciben estos cambios y se sienten rechazados. Sienten que les falta la pareja, el amigo o el compañero de trabajo que antes tenían, echan de menos la cercanía y también pasan a comportarse más a la defensiva, lo que a su vez afecta a su propio entorno. La soledad se propaga.

Así, alentada por la COVID-19, se puede originar esa ‘recesión social’ que tanto teme Murthy. «Piensen en las derivadas en general, no solo sobre la salud -dice el médico-. La soledad afecta a nuestra capacidad de trabajar, al rendimiento escolar de nuestros hijos». Actúa sobre la sociedad como un todo, sobre nuestra capacidad de hablar con los demás. «Lo que, en tiempos como estos, tiene unas consecuencias dramáticas».

Visto desde la perspectiva de la biología evolutiva, la sensación de soledad tiene tanto sentido como la sensación de hambre o de sed. Los humanos prehistóricos tenían mayores probabilidades de sobrevivir cuando cooperaban entre ellos y realizaban juntos actividades como la caza. Si un individuo se alejaba demasiado del grupo, corría el riesgo de morir de hambre o de ser devorado por alguna fiera. Por eso la evolución ha favorecido a los individuos sociales.

El pasado marzo, científicos del Instituto de Tecnología de Massachusetts en Cambridge consiguieron demostrar mediante un experimento que la soledad genera en el cerebro señales similares a las del hambre. Según su autora principal, Livia Tomova, la cercanía a otras personas es una necesidad humana tan fundamental como la comida.

El aislamiento involuntario provoca en el cuerpo una reacción de estrés que le dice a la persona afectada que carece de algo vital. Probablemente, esa sensación de malestar hacía que los humanos prehistóricos dejaran sus vagabundeos en solitario para buscar la protección de la tribu. En el mundo moderno es más complicado: la reacción de estrés, útil para responder con rapidez a una situación de urgencia, puede volverse crónica, lo que debilita al cuerpo y a la mente y los hace enfermar.

Dicho esto, también es cierto que la necesidad de cercanía personal no presenta la misma intensidad en todos los individuos. «La tendencia a sentirse solo es hereditaria en un porcentaje

del 30 al 40», dice la psiquiatra geriátrica Ellen Lee, de la Universidad de California en San Diego. Y esa es una buena noticia: «Significa que, en parte, combatir la soledad está en nuestras manos».

En estos días inciertos, los investigadores de la soledad no son los únicos que se dedican a esta cuestión. Muchos expertos se preguntan si el contacto virtual puede ser un sustitutivo de los encuentros físicos, si quizá Internet y las redes sociales no nos están volviendo tan solitarios, como tanto se repetía antes de la COVID-19, sino que incluso pueden ser nuestra salvación.

El neurocientífico James Coan lleva casi dos décadas estudiando los efectos del contacto físico, concretamente el poder de una mano. En una de las primeras pruebas que diseñó, colocaba a sus voluntarios en un escáner cerebral y les administraba electroshocks. A algunos de ellos les permitía coger la mano de sus parejas y a otros la mano de un desconocido, mientras que los de un tercer grupo tenían que soportar solos el dolor.

El resultado: coger la mano de alguien, sobre todo de una persona cercana, hacía que las regiones cerebrales que se activan ante las amenazas reaccionaran con una intensidad mucho menor. El contacto funcionaba como un analgésico. «Cuando contamos con otra persona, nuestro cerebro siente menos presión -explica Coan-. Y cuanto mejor funcione este fenómeno de alivio cerebral, más y mejor protegidos estaremos ante enfermedades físicas y psicológicas»

Coan busca ahora descubrir si también se puede conseguir este resultado a través de una pantalla. Su hipótesis de trabajo es que la mejor forma de simular el efecto del contacto físico es mostrarle a la otra persona nuestro lado más vulnerable. «Tiene que contarme usted algo que le cueste compartir con los demás -me dice-. Puede ser una poesía propia, o una canción. Si reacciono de una forma positiva y empática, le transmito a su cerebro que no está solo».

La psicóloga clínica Ami Rokach tiene un enfoque completamente diferente sobre lo que estos días vive la humanidad. Para ella, es una bendición. Rokach trabaja en el tema de la soledad desde hace unos 40 años y ha dado clases en universidades de Canadá, Estados Unidos e Israel.

«Creo que podemos utilizar esta pausa forzosa como preparación para una vida mejor -explica-. Podemos recordar que necesitamos a los demás, que el contacto es importante. Podemos afianzar nuestras relaciones, hacerlas más profundas, también en el espacio virtual»

Su única preocupación, dice, es que este tiempo de reflexión sea demasiado breve.

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