(Un texto de Beatriz Guillén y Javier Yanes leído en bbvaopenmind.com el 22 de diciembre de 2021)
En el regulado mundo de los
medicamentos, la
inversión de tiempo y dinero necesaria para sacar un nuevo
fármaco al mercado se ha multiplicado, rondando los 10
años y los casi
1.200 millones de euros. Esta limitación ha llevado a los
investigadores a pensar en métodos alternativos para
encontrar nuevos usos a viejos fármacos, lo que se conoce como
reposicionamiento. Uno de
esos caminos es revisar los efectos adversos o secundarios.
Así, el compuesto presente en
los inhaladores Ventolín (salbutamol o albuterol), un
tratamiento contra el asma, se ha aplicado en forma inyectable para prevenir los partos
prematuros, aunque hoy
se prefieren otros fármacos más seguros. El
arsénico, el famoso
veneno, se utiliza como tratamiento
contra la leucemia.
Hacemos un repaso a los casos en los que el efecto encontrado
por casualidad ha dado más repercusión al medicamento que el
propósito original.
La casualidad de uno de los fármacos más vendidos del mundo: Sildenafil (Viagra)
El reciclaje de viejos fármacos
para nuevos usos llega incluso a uno de los más vendidos de
todos los tiempos. La viagra no fue concebida como el
tratamiento para la disfunción eréctil que logró facturar mil millones de
dólares anuales en sus dos primeros años de comercialización, sino
como un medicamento para tratar la hipertensión. A mediados de los noventa, en Reino
Unido, la farmacéutica Pfizer comenzó los ensayos clínicos para
probar la eficacia del sildenafilo frente a la angina de pecho y
la hipertensión pulmonar. Buscaban un fármaco que pudiera
relajar los vasos sanguíneos, ya que la angina de pecho
estrechaba los vasos que debían llevar la sangre al corazón.
Los resultados fueron
decepcionantes. El laboratorio estaba a punto de abandonar los
ensayos, cuando algunos voluntarios volvieron para informar de
un inusual efecto secundario: el medicamento les ayudaba a tener
erecciones más fuertes. En 1996, Pfizer decidió patentar el
fármaco. Antes de su lanzamiento comercial en 1998 no
había ningún tratamiento oral para la disfunción eréctil, que debía ser tratada mediante una
inyección o con un implante protésico. Así, gracias a un
tratamiento fallido para la angina de pecho, se descubrió uno de
los medicamentos más prescritos del mundo.
De fármaco ‘maldito’ a tratamiento para el cáncer: Talidomida
Si la viagra es un ejemplo del
potencial comercial del reposicionamiento, el de la talidomida
muestra un caso todavía más radical: el primer y
brutal efecto secundario encontrado a este fármaco lo llevó al
desastre y, sin embargo,
nuevas investigaciones le encontraron otros usos como
tratamiento para el cáncer o la lepra. La talidomida fue comercializada por
el laboratorio alemán Chemie Grünenthal entre 1957 y 1963 como sedante
para calmar la ansiedad, el insomnio, las náuseas y los vómitos
en mujeres embarazadas. Se
vendió en casi 50 países y solo en Estados Unidos se impidió su
distribución, cuando la revisora encargada en la agencia del
medicamento (FDA), Frances Oldham Kelsey, desconfió de la
información aportada por la compañía, que no incluía resultados
sobre su seguridad, y por seis veces se negó a darle el visto
bueno a la espera de tener más datos.
En 1962, los
médicos pediatras Claus Knapp y Widukind Lenz publicaron
un artículo en el
que alertaban de la relación entre la ingesta de talidomida
durante los primeros meses de embarazo y graves
malformaciones en los fetos.
Los bebés nacían sin piernas ni brazos y, en ocasiones, también
con problemas en órganos internos. Se estima que alrededor de
10.000 niños fueron afectados por este fármaco. Este caso
endureció los controles de seguridad necesarios para sacar un
fármaco al mercado y es posible que, en parte, el desarrollo de
un nuevo medicamento sea hoy tan difícil por lo que sucedió
entonces. En EEUU, Oldham Kelsey recibió en 1962 de manos del
presidente John F. Kennedy el premio presidencial al servicio
civil federal distinguido, el máximo galardón del gobierno para
un civil, por haber impedido la comercialización del fármaco.
Sin embargo, medio siglo después,
la talidomida . En 1979, se empezó a usar para el tratamiento
del síndrome de Behçet (una enfermedad reumática crónica).
También se han descrito sus propiedades antiangiogénicas
—impedir la formación de nuevos vasos sanguíneos, como los que
alimentan los tumores— y se han comprobado resultados favorables
en el mieloma múltiple. Eso sí, con nuevas precauciones para evitar
que ninguna embarazada vuelva a tomar el medicamento.
Loción sorpresa para la calvicie: Minoxidil (Rogaine)
La búsqueda de tratamientos
contra la caída del cabello se
remonta al antiguo Egipto, hace 3.500 años. En tiempos de Hipócrates, uno de los
padres de la medicina, una
receta recomendaba para la pérdida de pelo en las mujeres una fórmula que incluía excrementos
de paloma. Desde entonces no ha cesado la aparición de remedios
tanto caseros como científicos. Alguno de ellos incluso ha aparecido
por casualidad. Es el caso del minoxidil, comercializado como Rogaine para
tratar la calvicie.
El minoxidil es un vasodilatador
que, en principio, se usaba como un tratamiento para
la hipertensión bajo el
nombre de Loniten. Durante los ensayos clínicos, se descubrió
que algunos pacientes que estaban tomando el fármaco presentaban
un aumento del vello corporal, tanto en el cuero cabelludo como
en otras zonas del cuerpo. Los doctores etiquetaron
esta condición como hipertricosis. Los investigadores de la compañía
farmacéutica Upjohn tomaron este efecto secundario y
desarrollaron una loción para aplicar directamente
sobre el cuero cabelludo para luchar contra la alopecia. En 1988 el Rogaine empezaba a
comercializarse por separado.
Un mismo fármaco para la próstata y la alopecia: Finasterida (Propecia, Proscar)
Aunque la finasterida hoy suele
estar asociada a los tratamientos contra la calvicie,
originalmente fue comercializada como un fármaco contra la
hiperplasia benigna de próstata, bajo el nombre de Proscar. En
1992 la agencia estadounidense de medicamentos aprobó su
utilización para este propósito y no fue hasta seis
años más tarde que el fármaco se reposicionó, con el nombre de
Propecia, como un tratamiento para la alopecia. Los investigadores descubrieron que
una menor dosis de finasterida (de 5 miligramos en el Proscar a
1) podía pasar de un uso médico a otro cosmético.
En ese momento no había muchos
tratamientos orales, ya que la mayoría —como el minoxidil— eran
lociones y champús. Pronto se convirtió en el nuevo fármaco
estrella y permitió a Merck, la compañía farmacéutica que
fabricaba ambos medicamentos, rentabilizar su inversión con el
Proscar, que nunca consiguió el éxito esperado. En 2017 el
médico personal del entonces recién elegido presidente de EEUU,
Donald Trump, reveló
a los medios que este tomaba finasterida, lo que dio un empujón de
popularidad al medicamento debido a los muchos comentarios sobre
el estilo capilar del político republicano.
El antiviral que cura cuatro tipos de cáncer: Gemcitabine (Gemzar):
La gemcitabina comenzó siendo un posible antiviral
contra la hepatitis E para . Este medicamento fue sintetizado
en un laboratorio de la farmacéutica Eli Lilly a principios de
la década de 1980. Diez años después los ensayos preclínicos de
laboratorio mostraron que podía
acabar con las células de leucemia in vitro. Reino Unido fue el primer
país donde se empezó a comercializar, en 1995.
En la actualidad la gemcitabina se
utiliza como agente quimioterápico para el tratamiento de distintos
tipos de cáncer, incluyendo de pulmón, páncreas, vejiga, mama,
ovario y testículo. También se está investigando su utilidad
para otros tumores como el cáncer de esófago y los linfomas.
Cuando llegó el sida, ya existía el tratamiento: Zidovudina o AZT (Retrovir)
Durante la mayor parte de la
década de 1980 el sida era una sentencia de muerte, ya que el
recién descubierto virus VIH era letal en casi el 100% de los
casos. No fue hasta 1987 cuando se aprobó el primer tratamiento
capaz de convertir el sida en una enfermedad crónica y salvar
vidas, la zidovudina o azidotimidina (AZT). Pero una vez más,
este fármaco no fue el producto de las investigaciones
destinadas a crear un tratamiento contra la entonces nueva
enfermedad, sino un exitoso ejemplo de reposicionamiento.
En los años 60 se investigaban
distintos compuestos para inhibir la síntesis de ácidos
nucleicos, ADN y ARN. Dado que tanto los virus como los cánceres
necesitan replicar su material genético para reproducirse, estos
fármacos tenían usos potenciales como tratamientos contra el
cáncer y las enfermedades infecciosas. Uno de estos compuestos
estudiados fue el AZT, creado en 1964 por Jerome Horwitz en el
Instituto Karmanos de Detroit.
Inicialmente el AZT fue desechado
cuando se observó que no servía contra el cáncer en ratones. En
1974 se descubrió que el fármaco actuaba contra el retrovirus de
la leucemia murina, pero esto despertó poco interés, ya que aún
no se conocían retrovirus humanos. Todo cambió con la llegada
del sida: en 1985 el AZT fue uno de los compuestos ensayados
contra el primer retrovirus humano. Los magníficos resultados de
laboratorio impulsaron un ensayo clínico que finalmente llevó a
la aprobación del medicamento solo 25 meses después de las
primeras observaciones in vitro. Hoy el AZT continúa
utilizándose contra el sida en combinación con otros
antirretrovirales.
Nuevos usos para el medicamento más viejo: Ácido acetilsalicílico (aspirina)
No puede decirse que la
popularidad de la aspirina haya necesitado otros usos distintos
al original. Pero sí que la aparición de nuevos compuestos con
propiedades similares la hizo caer en declive, hasta que el
descubrimiento de nuevas indicaciones ha llegado a convertirla
casi en un comodín para la medicina.
Los orígenes de la aspirina se
remontan a hace casi 4.000 años. En Sumeria y el antiguo Egipto
se utilizaba la corteza del sauce (género Salix) para calmar el dolor. Basándose en
este conocimiento tradicional, en 1763 Edward Stone investigó su
uso contra la fiebre, y en 1828 Johann Buchner extrajo de la
corteza un principio activo, salicina. De él se obtuvo el ácido
salicílico, que a su vez en 1853 Charles
Frédéric Gerhardt transformó en ácido acetilsalicílico. En 1897 la compañía Bayer comenzó a
investigar sus propiedades, y al filo del cambio de siglo había
nacido la aspirina. El resto, como suele decirse, es historia.
Sin embargo, con el
descubrimiento del paracetamol y el ibuprofeno a mediados del
siglo XX la aspirina comenzó a perder popularidad. Hasta que de
los años 60 a los 80 se descubrió su capacidad anticoagulante.
Actualmente se prescribe de forma habitual para prevenir el
riesgo cardiovascular en personas propensas, pero también se ha
observado que reduce la incidencia y la mortalidad de cánceres
esofágicos, gástricos y colorrectales, y posiblemente también de
mama, pulmón y próstata. Además se utiliza en el tratamiento de
la fiebre reumática, la artritis reumatoide, la pericarditis y
la enfermedad de Kasawaki en niños. Se ha estudiado su posible
uso en ciertos trastornos mentales, aunque en este caso aún no
hay pruebas concluyentes.
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