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sábado, junio 27

Una epidemia llamada soledad

(Un texto de Samiha Saphy en el XLSemanal del 5 de julio de 2020)

La pandemia ha puesto sobre la mesa uno de los grandes males de nuestra civilización: la soledad. Una ‘enfermedad’ contagiosa, que afecta a la salud. Incluso puede matar.

Las personas en situación de estrés sienten el impulso de buscar la compañía de otras personas, es una respuesta biológica. Cuando acecha un peligro, sus cerebros liberan una serie de neurotransmisores que les dicen que deberían buscar ayuda en quienes las rodean. «Pero este virus nos ha impedido hacerlo -dice el neurocientífico estadounidense James Coan-. Nuestra única forma de vencerlo es mantenernos alejados de los demás. Y eso es terrible».

Esta pandemia es por ello una prueba de resistencia para la humanidad. Resulta imposible hacerse una idea del alcance de los daños que encontraremos cuando despertemos de esta pesadilla colectiva. Pero de lo que no hay duda es de que la COVID-19 ha venido a agravar un problema que ya afectaba a millones de personas y preocupaba a gobiernos de todo el mundo: la soledad.

Según un estudio de la Universidad Complutense y Grupo 5 sobre el impacto psicológico de la COVID-19, un 45 por ciento de los encuestados dice sentir que le falta compañía (el 11 por ciento lo siente a menudo). En otros muchos países, entre ellos Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón, el porcentaje de solitarios también alcanzaba valores de dos dígitos. Los expertos hablaban de una «epidemia de soledad», provocada por la globalización, por la individualización de la sociedad, por la vida moderna con toda su tecnología avanzada.

¿Y ahora?

«Esta situación me inquieta de verdad», dice James Coan. Normalmente investiga y enseña en la Universidad de Virginia, en Charlottesville, pero esta mañana trabaja desde su casa y hablamos a través del ordenador. El neurocientífico teme que la pandemia pueda cambiar nuestras sociedades. Es un tema que va más allá de cómo lograr que los niños aprendan a leer sin ir a clase. En su opinión, se trata de algo más básico: cómo se relacionarán los seres humanos en el futuro. ¿Se atreverán a buscar la ayuda y el consejo de los demás? ¿O pervivirá, sobre todo entre los más ancianos y débiles, el temor a que les contagien el virus letal?

¿Y cuál será el comportamiento de la sociedad hacia esas mismas personas, hacia los ancianos y los débiles? ¿Serán excluidos, se los recluirá para que el resto de la población se pueda volver a sentir libre y la economía pueda recuperarse?

«Cuando nos distanciamos, nos exponemos nosotros mismos a riesgos enormes -dice Coan-. Las personas que están solas suelen acabar enfermando. Las heridas curan peor, el sistema inmune es más débil». El riesgo de sufrir trastornos cardiovasculares, diabetes y depresión aumenta; también, de desarrollar demencia y de morir antes. «El aislamiento mata, es un hecho».

¿Ese hecho en cifras?: tras analizar durante siete años los datos de 308.849 personas, un equipo de investigadores dirigidos por la psicóloga Julianne Holt-Lunstad, de la Brigham Young University de Provo, Utah, llegó a la conclusión de que aquellos individuos con buenas relaciones sociales tenían una probabilidad un 50 por ciento mayor de seguir con vida pasado el periodo estudiado, independientemente de su edad, su sexo y su estado inicial de salud. El resumen de la doctora es que la soledad resulta tan perjudicial como el tabaquismo o la obesidad.

También es un hecho que las desgracias colectivas sacan lo mejor de las personas. Después de una catástrofe, como un tsunami o un atentado terrorista, los supervivientes hacen piña y se dan consuelo los unos a los otros. Siempre ha sido así, en todas partes, pero ahora no. Lo más pérfido de la catástrofe mundial que estamos atravesando estos días es que el impulso de querer estar cerca de los demás puede resultar mortal. Hay que mantener la distancia, pero ¿a qué precio?

«Me preocupa que la COVID-19 lleve a una recesión social, que tendría unas consecuencias igual de graves que una recesión económica», dice Vivek Murthy, director general de Salud Pública de Estados Unidos con el presidente Barack Obama.

Cuando asumió su cargo en 2014, Murthy se embarcó en lo que él define como «un viaje de escucha». Quería saber qué cuestiones de salud preocupaban más a los norteamericanos. Al principio pensaba que sería la drogadicción, o las consecuencias del tabaco o el sobrepeso. Pero allá adonde fuese, oía frases como:

«Siento que cargo yo solo con todo».

«Soy invisible».

«Si desapareciera hoy, nadie se daría cuenta».

Lo que más preocupaba a la gente, descubrió Murthy, era la soledad.

Murthy perdió su puesto cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca en 2017. Fue entonces cuando se dio cuenta de que él mismo se había vuelto más solitario. Todo iba bien con su familia, pero los años en Washington habían sido tan intensos que apenas había tenido tiempo para dedicárselo a su vida privada. ¿Qué había pasado con todos sus amigos, dónde se habían metido?

Murthy había encontrado un tema de reflexión perfecto. Escribió un libro sobre la soledad sin intuir lo cruelmente actual que resultaría cuando se acabara publicando, a finales de abril de 2020: Together: The Healing Power of Human Connection in a Sometimes Lonely World, editorial Harper Wave, aún sin edición en castellano.

«Todo el mundo habla de la COVID-19 -dice-, pero la mayoría lo hace solo sobre sus consecuencias inmediatas en la salud y la economía». Murthy cree que también habría que contemplar la irrupción de este virus como una experiencia traumática. «A muchos nos ha privado de la posibilidad de despedirnos de seres queridos, de mantener el contacto con la familia y los amigos, de estar al lado de los demás -añade-. Pasarán años hasta que entendamos sus efectos sobre la salud psicológica».

La ciencia describe la soledad como un padecimiento subjetivo, dado por la diferencia entre contactos sociales deseados y contactos sociales reales. No todos los que viven solos -y en España son uno de cada cuatro- están solos. Sin embargo, cuando no se puede salir de casa ni quedar con otras personas, el riesgo de caer en la soledad aumenta especialmente entre este colectivo.

Murthy define tres tipos de soledad. En primer lugar está la soledad íntima, cuando nos falta un compañero o una persona muy próxima. La segunda es la que él llama ‘soledad relacional’: la falta de amigos con los que nos gusta pasar el rato. Y, por último, está la soledad colectiva, cuando uno no se siente parte de una comunidad.

«Como hay tres tipos distintos de necesidades sociales -dice-, las personas que tienen una relación sentimental feliz también pueden sentirse solas».

Y no es raro que la propia relación de pareja también acabe viéndose afectada, pues la soledad es contagiosa. Las personas que se sienten solas durante demasiado tiempo modifican su comportamiento, se alejan de la gente, quizá también se vuelven más irritables y bruscas. Los demás perciben estos cambios y se sienten rechazados. Sienten que les falta la pareja, el amigo o el compañero de trabajo que antes tenían, echan de menos la cercanía y también pasan a comportarse más a la defensiva, lo que a su vez afecta a su propio entorno. La soledad se propaga.

Así, alentada por la COVID-19, se puede originar esa ‘recesión social’ que tanto teme Murthy. «Piensen en las derivadas en general, no solo sobre la salud -dice el médico-. La soledad afecta a nuestra capacidad de trabajar, al rendimiento escolar de nuestros hijos». Actúa sobre la sociedad como un todo, sobre nuestra capacidad de hablar con los demás. «Lo que, en tiempos como estos, tiene unas consecuencias dramáticas».

Visto desde la perspectiva de la biología evolutiva, la sensación de soledad tiene tanto sentido como la sensación de hambre o de sed. Los humanos prehistóricos tenían mayores probabilidades de sobrevivir cuando cooperaban entre ellos y realizaban juntos actividades como la caza. Si un individuo se alejaba demasiado del grupo, corría el riesgo de morir de hambre o de ser devorado por alguna fiera. Por eso la evolución ha favorecido a los individuos sociales.

El pasado marzo, científicos del Instituto de Tecnología de Massachusetts en Cambridge consiguieron demostrar mediante un experimento que la soledad genera en el cerebro señales similares a las del hambre. Según su autora principal, Livia Tomova, la cercanía a otras personas es una necesidad humana tan fundamental como la comida.

El aislamiento involuntario provoca en el cuerpo una reacción de estrés que le dice a la persona afectada que carece de algo vital. Probablemente, esa sensación de malestar hacía que los humanos prehistóricos dejaran sus vagabundeos en solitario para buscar la protección de la tribu. En el mundo moderno es más complicado: la reacción de estrés, útil para responder con rapidez a una situación de urgencia, puede volverse crónica, lo que debilita al cuerpo y a la mente y los hace enfermar.

Dicho esto, también es cierto que la necesidad de cercanía personal no presenta la misma intensidad en todos los individuos. «La tendencia a sentirse solo es hereditaria en un porcentaje

del 30 al 40», dice la psiquiatra geriátrica Ellen Lee, de la Universidad de California en San Diego. Y esa es una buena noticia: «Significa que, en parte, combatir la soledad está en nuestras manos».

En estos días inciertos, los investigadores de la soledad no son los únicos que se dedican a esta cuestión. Muchos expertos se preguntan si el contacto virtual puede ser un sustitutivo de los encuentros físicos, si quizá Internet y las redes sociales no nos están volviendo tan solitarios, como tanto se repetía antes de la COVID-19, sino que incluso pueden ser nuestra salvación.

El neurocientífico James Coan lleva casi dos décadas estudiando los efectos del contacto físico, concretamente el poder de una mano. En una de las primeras pruebas que diseñó, colocaba a sus voluntarios en un escáner cerebral y les administraba electroshocks. A algunos de ellos les permitía coger la mano de sus parejas y a otros la mano de un desconocido, mientras que los de un tercer grupo tenían que soportar solos el dolor.

El resultado: coger la mano de alguien, sobre todo de una persona cercana, hacía que las regiones cerebrales que se activan ante las amenazas reaccionaran con una intensidad mucho menor. El contacto funcionaba como un analgésico. «Cuando contamos con otra persona, nuestro cerebro siente menos presión -explica Coan-. Y cuanto mejor funcione este fenómeno de alivio cerebral, más y mejor protegidos estaremos ante enfermedades físicas y psicológicas»

Coan busca ahora descubrir si también se puede conseguir este resultado a través de una pantalla. Su hipótesis de trabajo es que la mejor forma de simular el efecto del contacto físico es mostrarle a la otra persona nuestro lado más vulnerable. «Tiene que contarme usted algo que le cueste compartir con los demás -me dice-. Puede ser una poesía propia, o una canción. Si reacciono de una forma positiva y empática, le transmito a su cerebro que no está solo».

La psicóloga clínica Ami Rokach tiene un enfoque completamente diferente sobre lo que estos días vive la humanidad. Para ella, es una bendición. Rokach trabaja en el tema de la soledad desde hace unos 40 años y ha dado clases en universidades de Canadá, Estados Unidos e Israel.

«Creo que podemos utilizar esta pausa forzosa como preparación para una vida mejor -explica-. Podemos recordar que necesitamos a los demás, que el contacto es importante. Podemos afianzar nuestras relaciones, hacerlas más profundas, también en el espacio virtual»

Su única preocupación, dice, es que este tiempo de reflexión sea demasiado breve.

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viernes, junio 26

Metacrilato

(Un texto de Carlos Manuel Sánchez en el XLSemanal del 5 de julio de 2020)

[…] el metacrilato. Un plástico de ingeniería con el que se fabrican las mamparas que nos permiten ver y oír, pero no tocar… Una frontera transparente contra el coronavirus que nos está ayudando a recuperar el pulso de nuestras vidas y que permite la reapertura segura de fábricas y negocios. A su vez, la fabricación de metacrilato se ha convertido en un gran negocio.

[…] Es un excelente aislante, aunque pertenece a una categoría con muy mala fama: la de los plásticos.

También se conoce como cristal sintético o vidrio orgánico, pero no tiene nada que ver con esos materiales, excepto su apariencia. El metacrilato es un polímero. Un montoncito de macromoléculas unidas entre sí que proceden de un hidrocarburo. Lo inventaron en 1933 químicos alemanes por casualidad, pues iban buscando una goma transparente. Otto Röhm y su socio se olvidaron de un frasco con un mejunje viscoso a base de metilo en la repisa de una ventana. Al día siguiente, el frasco había reventado. La acción del sol había desencadenado una reacción molecular que había endurecido aquella masa. Patentaron el metacrilato con dos marcas que siguen siendo los más conocidas: Plexiglás y Acrylite. Aunque el ‘genérico’ se llama PMMA.

Hoy la corporación Röhm es líder mundial en producción de metacrilato y ha duplicado sus ventas. «Si el motivo no fuera tan triste, estaríamos contentos», declaró Claus Müller, su presidente, a Forbes. En 2019 esta industria facturó más de 5.300 millones de euros, pero se esperan ventas de récord.

El lado negativo es el coste medioambiental. No solo es un plástico (por tanto, a base de petróleo) que se degrada muy lentamente, sino que, además, es uno de los más difíciles de reciclar. La contrapartida es que pesa muy poco, lo que permite que los coches y los aviones que lo incorporan reduzcan su consumo energético.

Seis curiosidades sobre el metacrilato

→ Vidrio parece…

Es el más transparente de los plásticos, aunque no tanto como el vidrio. Pero sobre este tiene la ventaja de ser mucho más resistente a los impactos, al menos diez veces más.

→ Cuidado, que arde

El metacrilato prende con facilidad. Y no es fácil apagarlo, aunque no produce gases tóxicos cuando entra en combustión.

→ A prueba de golpes

Su dureza es similar a la del aluminio. Resiste la intemperie y los rayos ultravioleta sin un envejecimiento apreciable. Se repara fácilmente con un pulimento.

→ Periscopio arriba

La industria del metacrilato creció impulsada por la Segunda Guerra Mundial. Se incorporó a las torretas de los aviones y a los periscopios de los submarinos. Su uso se ha generalizado en industrias como la automovilística y la aeronáutica.

→ Los zapatos de Cenicienta… y de Marylin

Tuvo su momento de gloria en el mundo de la moda con los tacones transparentes de los años cincuenta. Marilyn Monroe utilizó unas sandalias con plataforma de metacrilato en Cómo casarse con un millonario.

→ Solo para sus ojos

Con las nuevas tecnologías se empezó a utilizar en el cableado de fibra óptica, en las pantallas de televisión, en los teléfonos móviles, las luces LED… Tiene una buena compatibilidad con el tejido humano, así que también se usa en prótesis y en lentes de contacto.

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jueves, junio 25

Los once días más misteriosos de Agatha Christie

(Un texto de Fatima Uribarri en el XLSemanal del 25 de septiembre de 2022)

La gran dama del crimen desapareció once días de 1926. Más de 500 policías se lanzaron en su búsqueda. la hallaron en un balneario lejos de su casa, bajo una identidad falsa y con amnesia. Ahora, una escritora ha resuelto el gran misterio en la vida de Agatha Christie.

El coche, un Morris Cowley gris, aparece abandonado en Surrey. Dentro, la Policía encuentra un abrigo de piel y un carné de conducir caducado. No hay rastro de su dueña, la famosa escritora Agatha Christie.

Su desaparición tiene en vilo a Inglaterra: 500 policías y 2000 voluntarios llevan días rastreando millas de terreno, se dragan arroyos, se utilizan sabuesos. La reina del misterio protagoniza un enigma propio de una de sus novelas.

El país se vuelca en su búsqueda. El creador de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle —un apasionado de lo paranormal— consulta a una médium sobre el paradero de su colega. La escritora Dorothy L. Sayers se desplaza hasta donde se ha encontrado el coche para hacer sus propias pesquisas. Incluso el ministro del Interior, William Joynson-Hicks, se ha involucrado personalmente en el caso.

Pasan los días sin rastro de ella. Se disparan las hipótesis: la ha asesinado su marido (Archibald Christie), dicen algunos; la ha matado un asesino en serie, se ha suicidado, está escondida y busca engordar su fama, opinan otros...

Fueron días de máximo desconcierto. Un misterio que no se esclareció ni siquiera cuando dieron con ella once días después de su desaparición. Estaba tan tranquila en un balneario a kilómetros de donde encontraron su coche. Se había registrado con un nombre falso y no reconoció a su marido cuando acudió a su encuentro acompañado de la Policía. Tampoco identificó a su hija Rosalind, de 6 años, cuando los agentes le mostraron su fotografía. La gran dama del crimen había perdido la memoria.

La escritora británica desapareció el 3 de diciembre de 1926, hace casi 96 años, y todavía llueven teorías explicativas del extraño suceso. La última en dar una aclaración es la escritora británica Lucy Worsley. Asegura en su libro Agatha Christie, a very elusive woman, que se publica estos días, haber dado con la clave de la misteriosa evasión de la escritora.

Ha buceado en los archivos de Agatha Christie y ha estudiado a fondo la entrevista que concedió al Daily Mail en 1928, dos años después del extraño episodio. Worsley concluye que la misteriosa fuga responde a un trastorno mental de la escritora. «Es innegable que había algo oscuro en su corazón: imaginaba asesinatos de niños», dice. Y había antecedentes de problemas mentales en su familia: un hermano de su madre se pegó un tiro, dos de sus primos se suicidaron también y una tía abuela estuvo internada en un centro psiquiátrico.

Los días previos a la desaparición, la escritora estaba «alterada», según contó la criada de su casa. No extraña porque era muy reciente la muerte de su madre, a la que estaba muy unida. Sufría el estrés de tener que entregar una nueva novela con la que no lograba avanzar. Y su marido le había confesado que estaba con otra mujer y quería casarse con ella. Se comprende que estuviera alterada.

El 3 de diciembre de 1926 preparó una maleta rápida con ropa elegida al tuntún, cogió un fajo de billetes y una fotografía de su hija, Rosalind, de 6 años, y llevó a la niña a casa de la abuela paterna. «Cuando su suegra le preguntó que por qué no llevaba el anillo de casada, Agatha soltó una risa histérica», cuenta Lucy Worsley. Antes de salir de casa, había llamado a la oficina de su marido y le dijeron que estaba de vacaciones.

Dejó a la niña con la abuela y condujo hasta una cantera. «Estaba muy abatida y decidida a acabar con mi vida», contó dos años después al Daily Mail. Entró en la cantera dispuesta a suicidarse estrellando su coche, pero recapacitó y cambió de idea. Condujo entonces hasta Londres. En los almacenes Harrods compró una postal y se la envió a su cuñado Campbell Christie: le contaba que se iba unos días a un balneario. Abandonó el coche en Surrey y tomó un tren a Harrotage (Yorkshire), donde se registró en el hotel Swan Hydropathic con el nombre de Teresa Neele (el apellido de la amante de su marido) y dijo tener nacionalidad sudafricana. Otros huéspedes del hotel han contado que durante esos días la escritora no se relacionó con nadie. «Era muy esquiva», dijeron.

A pesar de su falsa identidad, un músico de la banda del hotel la reconoció y avisó a la Policía: Agatha Christie ya había publicado seis novelas y su cara aparecía en todos los periódicos.

El encuentro con su marido en el hotel, adonde acudió con la Policía, fue extraño: ella creyó que era su hermano. Días después, la diagnosticaron de amnesia. Ella prefirió obviar el tema. No hay ni una sola mención del episodio eh su Autobiografía. Nada.

La prensa arremetió contra la escritora. La acusaron de haber montado un numerito para hacerse publicidad. La tildaron de «mala madre, cruel, manipuladora, intrigante», clamaban los periódicos. Lucy Worsley no entiende tanta saña con la autora de Muerte en el Nilo. «No tenía esa malevolencia. Era alguien vulnerable que no era responsable de sus actos. Muchas veces dijo que estaba enferma y no le creyeron». El diagnóstico que hace Worsley es el de fuga disociativa. Es un trastorno provocado por la presión. Según el Manual Merck de diagnóstico y terapia, «durante las fugas disociativas, las personas pierden algunos recuerdos de su pasado (o todos ellos) y pueden desaparecer incluso meses, abandonando familia y trabajo».

Agatha regresó a casa y por un tiempo pensó que podría arreglar su matrimonio, pero no fue posible: Archie quería el divorcio. Por eso —cree Lucy Worsley—, la escritora concedió la entrevista al Daily Mail en 1928 y se atrevió a comentar su intento de suicidio, a pesar de que entonces estaba penado y el estigma que caería sobre ella iba a ser inmenso. «Lo hizo para no perder la custodia de su hija y rebatir la imagen de mala madre, malvada e irresponsable que la prensa estaba dando de ella», argumenta Worsley. Su reputación quedó dañada por el escándalo, pero las ventas de sus libros se dispararon y su carrera de escritora recibió un importante empujón. Tras el divorcio viajó a Irak y conoció a Max Mallowan, un arqueólogo 14 años más joven que ella. Se casaron en 1930. Y fueron felices.

Un misterio real. Su coche apareció abandonado. En su búsqueda participaron policías, voluntarios, perros e incluso médiums. La escritora tenía entonces 36 años. Su desaparición conmocionó a Inglaterra.

El móvil: un marido infiel. Antes de fugarse supo que su marido, Archibald Arcille, quería a otra mujer.

La acusación: ¿mala madre? La prensa acusó a la novelista de abandonar a su hija, Rosalind, de 6 años.

Final feliz. Agatha Christie se casó con el arqueólogo Max Mallowan en 1930. Lo conoció en Irak.

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