(Un texto de Picos Laguna y David
Navarro en el Heraldo de Aragón del 25 de marzo de 2018)
Son tradiciones que se apartaron
hace décadas, tras el Concilio Vaticano II, pero que aún perviven en
localidades de todo Aragón. Ceremonias de Descendimiento de la Cruz, con
antiguos Cristos articulados, representaciones de la Pasión o altares de arquitectura
efímera forman también parte de la Pascua.
Dice el estudioso de la Semana
Santa aragonesa Alfonso García de Paso que el Concilio Vaticano II supuso un
duro golpe para la celebración de la Pascua. Que antiguas tradiciones como los
Abajamientos y Monumentos se perdieron en gran parte de Aragón, «y cuando la
Iglesia se dio cuenta de que la Semana Santa dejaba de formar parte de la vida
de los ciudadanos, ya era demasiado tarde. Con la Transición se produjo incluso
un alejamiento mayor y solo en los noventa, cuando resurgió la tradición
gracias al tambor, empezaron a recuperarse algunas de estas tradiciones».
Con el nombre de Abajamiento se
denominaba en muchos pueblos de Aragón, especialmente en la provincia de
Teruel, la ceremonia del Descendimiento de la Cruz, episodio dramatizado de
gran emotividad que tenía lugar en la tarde del Viernes Santo. «En ella se
desclavaba de la Cruz a Cristo y, por medio de un lienzo blanco, su imagen era
descolgada y colocada en una urna o féretro (popularmente llamado 'la Cama'),
mientras un predicador describía la escena con sentidas palabras», describe la
historiadora aragonesa Marisancho Menjón. La tradición, que se cree que surgió
en la segunda mitad del siglo XVI, fue una de las medidas impulsadas en el
Concilio de Trento (1545-1563), que inició la reforma de la Iglesia con la
intención de contrarrestar la ruptura protestante.
Para ello, se crearon actos en
los que los feligreses formaran parte más intensa en los misterios religiosos.
«En Aragón, esta función se realizó en muchos lugares, entre ellos Monreal del
campo, Godojos, Ibdes, Borja, Samper de Calanda, Alcañiz, Castejón de Monegros,
Alcorisa, Tarazona, Jaca, Cariñena, Épila, Ambel y Zaragoza», enumera Menjón. Y
algunos todavía se mantienen, como el famoso Abajamiento de Ibdes, que se
celebra en el presbiterio de la iglesia. En Samper de Calanda, el dramatismo se
acentuaba: tras terminar el predicador el sermón, se rasgaba el velo que
escondía el Crucificado y rompían a sonar los tambores dentro de la iglesia.
SE PERDIERON. En localidades como
Zaragoza capital el abajamiento se perdió y no ha podido recuperarse. «En
Zaragoza está documentado el Descendimiento desde mediados del siglo XVII, en
el que se realizaba ante el Convento de San Francisco, como acto previo a la
procesión del Santo Entierro. Hacia 1770 se hacía en el interior del convento
y, una vez colocado el Cristo de la Cama, se sacaba para dar la vuelta por la
Cruz del Coso, tras lo que se guardaba en la capilla de la Hermandad de la
Sangre de Cristo hasta la hora de la procesión -recuerda Marisancho Menjón en
el libro `La Semana Santa en Aragón'-. Tras el establecimiento de esta
Hermandad en la iglesia de Santa Isabel, solo se volvió a hacer en la Semana
Santa de 1834». La procesión del Santo Entierro del pasado año en Zaragoza iba
a recuperar esta tradición, con motivo del 400 aniversario del acto, pero se
suspendió por problemas de la talla, muy delicada debido a su antigüedad. «El
acto se hace con nuestro Cristo que está articulado y, aunque se restauró,
cualquier incidente que pueda pasar es una responsabilidad que no queremos
tomar», explicó entonces Ignacio Gimenez, Hermano mayor de la Sangre de Cristo
y organizador de la procesión.
También se perdieron en las
últimas décadas los Monumentos: solemne reserva del Cáliz. Como el Viernes
Santo no se consagraba, el día anterior se guardaban algunas formas para poder
dar la Comunión. Desde el siglo XI, el acto consistía en trasladar esas formas
a un santuario o arca colocado en un lugar especial, con un entorno suntuoso,
digno del contenido que iba a albergar. Lo que se conoce como 'Monumento'.
«Fueron muy populares hasta los años sesenta, cuando era tradición visitarlos
en Jueves Santo o Viernes Santo -recuerda Alfonso García de Paso-. Las jóvenes
se vestían con su mantilla y, con el novio, iban 'de monumentos'. Había que
hacer fila en cada uno, era mucha la gente que quería visitar el conjunto, pero
eso no impedía que hicieran las siete visitas (las paradas realizadas por Jesús
en su recorrido hasta la Cruz). A partir del Concilio Vaticano II se hicieron
más sencillos, con unas velas simbólicas, y se perdió esa esencia. Ahora,
estamos a la espera de que se restauren hermosos Monumentos como el de La Seo,
que se instalaba en toda la nave cruzada, con los tapices y pinturas en
trampantojo. O el del Pilar, que era todo plateado. Monumentos como el de la
iglesia de San Felipe o de San Gil fueron creados por arquitectos de la época,
como Ricardo Magdalena».
En el siglo XVI, los Monumentos
eran, como describe Menjón, «auténticas 'máquinas' de arquitectura efímera
hechas a base de madera y telas, y decoradas con pinturas, dorados, tallas y
una gran cantidad de luces y flores». Fueron hechos por artistas destacados:
Jerónimo Cosida intervino en el de San Pablo de Zaragoza (1536); Juan Miguel
Orliens, en el de la parroquia de Almudévar; Tomás Peliguet, en el de la
catedral de Huesca...
«De la época barroca datan los
mejores ejemplos conservados en Aragón: como el Monumento de Ateca y el de
Fuentes de Ebro -resalta la historiadora-. En el siglo XVIII destacaron
artistas como Juan Zabalo Navarro, autor del Monumento de la capilla de San Marcos
de La Seo zaragozana (1711), y Francisco del Plano, quien, en 1704, decoró el
de la catedral de Teruel». En el siglo XIX, como avanzaba García del Paso,
arquitectos como Ricardo Magdalena o Félix Navarro hicieron algunos de los más
espectaculares de Zaragoza. Los más suntuosos se adornaban con tapices: el de
La Seo, dada la elevada calidad de los que poseía, destacaba sobre los demás.
¿Y qué hacían los pueblos que no
podían costear tales dispendios? «Se limitaban a engalanar uno de los altares
con lienzos pintados, flores y velas. En Huesca y las Altas Cinco Villas, era
costumbre llevar al Monumento platos o macetas que se habían hecho germinar,
manteniéndolos durante varios días en la oscuridad (en la bodega, horno del pan
o tapadas con un cubo bocabajo). Macetas con habas, guisantes, lentejas,
centeno o trigo», describe Marisancho Menjón. «Las plantas resultantes, largos
tallos de color blanco, eran denominadas 'cabelleras' y se colocaban "para
adornar el sepulcro de Dios"». Y se cree que esta práctica, que también se
ha documentado, además de en pueblos aragoneses, en localidades catalanas,
italianas y griegas, deriva de los llamados 'jardines de Adonis', tiestos en
los que brotaban las mismas semillas y que se colocaban como ornamento sobre la
tumba de la divinidad para recibir la primavera, «y pasados los días se
arrojaban, ya marchitas, al mar o a manantiales, junto con las estatuillas de
Adonis, para que ayudasen a fecundar la Naturaleza», señala Menjón.
AÚN PERDURAN. Aún contamos con
tradiciones que se han mantenido en el tiempo. En Épila (Zaragoza) subsiste la
costumbre, al parecer en virtud de una orden dada por un visitador apostólico
en el siglo XVII, de que el alcalde deba custodiar la llave del Sagrario del
Monumento durante el Jueves o Viernes Santo, por lo que se le encierra en su
casa el jueves por la tarde, tras los oficios, hasta el día siguiente, cuando
se le libera al acabar la procesión. En relación a este encierro podría estar
el que se hacía en Huesca: una compañía de soldados romanos desfilaba hacia la
catedral, donde, según el estudioso Rafael Andolz, «cogía preso al obispo y se
lo llevaba atado al palacio».
También subsisten las teatralizaciones de la Semana
Santa: la del Teatro Salesiano de Huesca es una de las más conocidas y
antiguas. Desde 1947 pone en escena por Semana Santa la Pasión de Cristo.
Alrededor de 200 actores recrean la vida, muerte y resurrección de Jesús en un
drama al que cada año acuden unos 1.600 espectadores. Más de 150 actores y
actrices en seis representaciones en tres fines de semana próximos a la Semana
Santa con el cartel de 'no hay billetes'. En Huesca, la representación se compone
de treinta y un cuadros distribuidos en tres actos. Todo, en dos partes: la
primera corresponde a la vida pública de Jesús, iniciada con el bautismo y los
pasajes evangélicos más destacados. La segunda comienza con la Santa Cena y
contiene el proceso religioso y político de Jesús, su muerte y resurrección. En
total, tres horas y media de emoción contenida. O del Drama de la Cruz, en
Alcorisa, que se representó por primera vez en la Semana Santa de 1978. La
representación teatral de la muerte y pasión de Cristo, se ha convertido en uno
de los actos centrales de la Semana Santa de Alcorisa. Este año cumple su 40
aniversario: se ha pasado de unos treinta actores a unos trescientos, y en
Alcorisa han pasado de espectadores a cómplices y colaboradores, porque todo el
pueblo vive el Drama.Etiquetas: Sin ir muy lejos, Tradiciones varias