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lunes, agosto 24

Filipinas: El teniente Vigil de Quiñones diagnostica el beriberi entre su tropa

(Un texto de Javier Memba en zenda.es escrito el 24 de agosto de 2022)

Otro veinticuatro de agosto, el de 1898, hace hoy ciento [veintiocho] años, el imperio donde no se ponía el sol asiste a su último ocaso. Culminan con este crepúsculo “dos siglos en la historia de España tan desventurados que sus años transcurren en un derrumbamiento progresivo que viene a repercutir en desesperanza y en desánimo en el espíritu de los españoles”, escribe el Marqués de Lozoya en el volumen que dedica a aquel periodo en su Historia de España (Salvat, 1967).

Ajeno a ese derrumbamiento —cuyo origen será cifrado en torno al 1600 y más concretamente en la batalla de Trafalgar (1805), porque los países sin armada no pueden mantener un imperio y España perdió la suya en aquel combate frente a las costas de Cádiz—, el teniente médico Rogelio Vigil Quiñones, adscrito al Batallón de Cazadores nº 9, está preocupado. Destacado en Baler, en la isla de Luzón, es el médico de una pequeña tropa: los cincuenta últimos españoles de Filipinas. Frente a ellos, ochocientos hombres del Katipunan, una sociedad secreta de juramentados para echar del archipiélago a los españoles. Sin embargo, el teniente se inquieta ante los síntomas inequívocos de beriberi que empiezan a mostrar algunos soldados y el cura, “el páter” para los militares, Cándido Gómez Carreño.

El primero de julio pasado, los españoles decidieron hacerse fuertes en la iglesia del lugar. Una patrulla por la orilla del río, mandada por el segundo teniente Saturnino Martín Cerezo, fue emboscada por el enemigo. A consecuencia de aquel ataque, el cabo Jesús García Quijano resultó herido en un pie y los cazadores buscaron refugio en el templo. Ya entonces, los combatientes del Katipunan les hicieron saber que España había abandonado el archipiélago. Pese a que las islas siguiesen llevando el nombre de Felipe II, los estadounidenses y los tagalos se habían hecho con el control de Luzón. Pero el general Jaudenes no rindió Manila hasta el trece de agosto.

Pese a que Baler no dista mucho de la capital, el sistema de comunicaciones, que prácticamente se reduce a las nuevas que llevan los barcos, es muy defectuoso. Puede que los cazadores no tengan aún constancia de que el sol se ha puesto en el imperio. Pero hay un rayo del astro rey, el mismo que brilló en Sagunto y, en tantas resistencias desesperadas de los españoles desde entonces, que un día como hoy ilumina a los últimos de Filipinas. El momento estelar al que asiste el teniente Vigil Quiñones se prolongará hasta el dos de junio de 1899. O, lo que es lo mismo, durante trescientos treinta y siete días. A decir de Azorín, la gesta del Batallón 9º de Cazadores será “la página más brillante que desde Numancia, sí, desde Numancia, ha escrito el heroísmo español”. El dolor abdominal, las náuseas, el tremendo cansancio… los síntomas del beriberi van disminuyendo ante el afán de servicio a una causa perdida. Lo importante es que la bandera, aunque hecha jirones, siga ondeando muy alta. Ya se percibe la gloria. Aunque tanta grandeza pudiera costar la vida a toda la tropa.

“Los desastres que vinieron a apagar el delirante optimismo de la España ciega habían creado un ambiente de desengaño ante una catástrofe de la que todos eran responsables y de la que todos querían desentenderse”, continúa el Marqués. Mientras sus últimos cincuenta valientes se baten —para ser exactos: resisten y se defienden— frente a ochocientos enemigos, que en realidad ya no lo son, la vida española “prosigue con su ritmo de mediocridad y de pereza, sin otra distracción que la pequeña política, los estrenos de zarzuela y las corridas de toros”.

Hay desertores, claro que sí. Cuando el barco se hunde los primeros que lo abandonan siempre son las ratas. En las semanas siguientes los tagalos enviarán a algunos de estos traidores a comunicarles que España se ha marchado de Filipinas. Los de la iglesia harán saber a los tagalos que si siguen mandando a los fugados a contarles mentiras los recibirán a tiros. Y bien es cierto que España cederá el archipiélago a Estados Unidos como parte del tratado de París, que pone fin a la guerra hispano-norteamericana —la guerra de Cuba, que se le llamará en España—. Será firmado en la capital francesa el diez de diciembre de este mismo año 98.

Pero los de Baler no quieren creer ni al teniente coronel Aguilar, quien a finales de mayo de 1899 les ordena que depongan las armas y abandonen la posición. Algunos días después, los de la iglesia leen casualmente, en un periódico de España que les ha dejado Aguilar, una noticia que no puede ser falsa. Y entonces sí, se deciden a abandonar Baler. El enemigo es el primero en reconocer su coraje, lo que honra a los tagalos. Permitir a los vencidos embarcar con todos los honores de regreso a la patria es un gesto semejante a aquel que, al parecer, tenían los romanos —y a veces los ingleses— con los hijos de los jefes que les combatieron con bravura, muertos en la batalla: les educaban como a los mejores de sus propios vástagos.

Cuando se rinden los españoles, los filipinos celebran su valentía permitiéndoles marcharse con su bandera, hecha jirones, pero honrada con la entrega de los cazadores: últimos representantes de una milicia legendaria, la que resistió desesperadamente en Sagunto y en Numancia, la que se levantó en Madrid contra la Grande Armée de Napoleón poco más que con navajas. Diecisiete de los últimos de Filipinas no volverán a España. Son los caídos en combate. Su gesta es sobradamente conocida, se recordará cuando la muerte les una a todos, e inspirará una de las mejores películas de toda la historia del cine español, Los últimos de Filipinas (Antonio Román, 1945).

Pero mucho después llegará un tiempo tan infausto como el nuestro, en que el heroísmo, que no tiene explicación y está por encima de cualquier ideología —como la belleza misma es sin porqué y no atiende a razones—, se negará exactamente igual que la belleza. El cobarde valdrá más que el valiente, el traidor más que el leal, el pragmatismo se antepondrá a la épica… Como rezaba una instrucción de las primeras bases de datos: los valores serán sustituidos por su defecto. Así también llegarán series de televisión y películas españolas que emponzoñarán la gesta de los últimos de Filipinas, presentándoles como toxicómanos y otras miserias de nuestro abominable siglo, sin honra y sin barcos. Y con el nuevo paradigma, a revisar las viejas glorias. Nunca mejor dicho, así se escribe la historia.

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viernes, agosto 14

Juan de la Cierva y el invento del autogiro

(Un texto de Javier Yanes publicado el 21 de septiembre de 2015 en la tristemente desaparecida página bbvaopenmind.com)

En enero de 1930 la revista Popular Mechanics dedicaba buena parte de sus contenidos a la aviación, uno de los grandes avances que causaban furor en el momento. Un artículo examinaba la seguridad de los aviones, mientras un reportaje gráfico ilustraba que las modernas aeronaves ya ofrecían lujos tales como cocina eléctrica, rizador de cabello, frigorífico o mesas para jugar al billar. Otra pieza presentaba una prometedora innovación denominada “aeroplano molino de viento”, o autogiro, el gran invento del aviador español Juan de la Cierva, que se anticipó al helicóptero.

El artículo relataba cómo De la Cierva había sufrido un accidente cuando un biplano trimotor construido por él mismo había entrado en pérdida y se había estrellado. A partir de aquella experiencia, el español había perseguido el diseño de una aeronave más segura, que no perdiera sustentación incluso a velocidades muy reducidas, y que pudiera aterrizar casi en vertical. El resultado de su trabajo era un aparato coronado por un rotor de cuatro grandes aspas que giraban libremente con la fuerza del aire. «Creo que el autogiro será de especial ayuda en el desarrollo de la aviación civil, donde la seguridad es capital», declaraba De la Cierva a Popular Mechanics.

El autogiro se diferencia de los aviones convencionales en que la mayor parte de la sustentación no recae en las alas fijas, sino en el rotor, que se convierte en un ala móvil al girar. Según explicaba De la Cierva a Popular Mechanics, el rotor desempeña la función de un paracaídas, permitiendo un descenso incluso más lento que con un paracaídas de diámetro similar al del rotor.

Más seguro que aviones y helicópteros

El concepto del ala móvil del autogiro recuerda al del helicóptero, pero existe una diferencia fundamental: en este el rotor gira propulsado por un motor, mientras que las aspas del primero rotan solas gracias a la velocidad relativa del aire cuando el aparato avanza. En palabras del ingeniero aeroespacial Jeff Lewis, que ha investigado la historia del invento y su creador, el rotor del autogiro «gira por fuerzas aerodinámicas a través de un fenómeno llamado autorrotación. Dado que el rotor no está propulsado, un autogiro necesita una fuente separada para la propulsión, como un avión. Convencionalmente se han empleado hélices, pero también se podrían utilizar reactores». Por el contrario, «un helicóptero consigue su propulsión inclinando el rotor hacia delante».

Este giro impulsado por el viento era el que confería al autogiro una seguridad mayor que la de aviones y helicópteros. En caso de parada del motor, el rotor continuaba girando y el aparato simplemente planeaba con suavidad hasta el suelo en lugar de estrellarse. De hecho, aclara Lewis, «el procedimiento para aterrizar un autogiro después de un fallo del motor es el mismo que para aterrizarlo en circunstancias normales», ya que lo habitual en el caso del autogiro era detener la propulsión antes de tomar tierra.

De la Cierva, un aviador precoz

El autor de este ingenio nació en Murcia (España) hace 120 años, el 21 de septiembre de 1895. La posición acomodada de su familia, establecida en el mundo de la política y la empresa, le permitió fundar junto a dos amigos una sociedad dedicada al desarrollo de la naciente aviación, cuando aún eran adolescentes, y luego estudiar ingeniería de caminos. Su primer prototipo, un avión biplano, vio la luz en 1912, nueve años después del histórico vuelo de los hermanos Wright en Carolina del Norte.

Aquella aeronave, llamada BCD-1 Cangrejo, fue el primer avión de fabricación española, construido sobre la base de un Sommer francés. El aparato voló, pero los posteriores intentos de De la Cierva fracasaron. Cuando su tercer modelo, el C-3, se estrelló por volar demasiado despacio, el ingeniero decidió concebir otro tipo de aparato más seguro. Por entonces se habían popularizado los juguetes voladores, provistos de una hélice horizontal que giraba cuando el aparato se dejaba caer desde una cierta altura; De la Cierva dio con su idea al lanzar uno de estos modelos desde el balcón de la casa de sus padres.

El auge del autogiro

La carrera del ingeniero comenzó a despegar en 1920 en Madrid con la construcción del primer autogiro, el Cierva C.1. El artefacto nunca llegó a despegar del suelo, pero demostró que el principio del rotor autogiratorio era válido. El principal problema de diseño era una asimetría en la sustentación que provocaba el vuelco del aparato. Los C.2 y C.3 sufrieron este defecto, y no fue hasta 1922 que a De la Cierva se le ocurrió, al parecer mientras asistía a la ópera, que unas aspas más flexibles eliminarían el problema. El C.4, con articulaciones en la base de las palas, despegó con éxito del aeródromo de Getafe en enero de 1923, recorriendo 183 metros bajo el mando del teniente de aviación Alejandro Gómez Spencer.

Con su principio demostrado, De la Cierva recibió una subvención del gobierno español y comenzó a promocionar su ingenio. Tras una exhibición en Reino Unido, fue invitado a continuar su trabajo en aquel país, donde en 1926 fundó la empresa Cierva Autogiro Company con el apoyo financiero del industrial escocés James G. Weir y la colaboración del fabricante de aeroplanos Avro, que suministraba los armazones. Desde su sede británica, la compañía fue refinando sus aparatos y vendió licencias de fabricación en Francia, Alemania y Estados Unidos. En 1928 el autogiro completó un recorrido de 4.800 kilómetros por las islas británicas, y el 18 de septiembre del mismo año el propio De la Cierva pilotó su C.8 desde Londres a París, cruzando el Canal de la Mancha con el periodista francés Henri Bouché como pasajero.

Cuando en 1930 el autogiro apareció en aquel número de la revista Popular Mechanics sobre la aviación, el aparato estaba en la cresta de la ola, fabricándose bajo licencia en Estados Unidos y atrayendo gran interés. En el artículo, el inventor pronosticaba un brillante futuro para su creación: «Para volar el autogiro sin riesgo solo se necesita un entrenamiento de unas pocas horas», señalaba De la Cierva. «Además, el autogiro hará posible la utilización de campos muy pequeños como pistas de aterrizaje», proseguía. «El romántico aterrizaje en el tejado ya no es un sueño, y espero que pronto veamos plazas de aparcamiento de autogiros en mitad de las ciudades».

Un sueño frustrado

Sin embargo, la predicción de De la Cierva nunca se cumplió. A pesar de tratarse de una aeronave segura y de manejo sencillo, no llegó a triunfar. Según el investigador Jeff Lewis, varios factores contribuyeron a este abandono. El autogiro no alcanzaba las velocidades que requería la aviación comercial, y para el vuelo lento existía otra opción: por entonces, varios pioneros trabajaban sobre la idea del helicóptero, que surgió de forma independiente. Sin embargo, precisa Lewis, el primer helicóptero que en 1935 llegó a volar con éxito, el Breguet-Dorand 314, incorporaba varias innovaciones nacidas en el autogiro. El helicóptero se convirtió en la opción preferida porque ofrecía ventajas frente al autogiro, como la posibilidad de detenerse en el aire, pero para perfeccionarlo sus creadores aprovecharon la comprensión de la aerodinámica alcanzada por De la Cierva durante la construcción de sus autogiros.

En resumen, «todo lo que hacía el autogiro lo hacían también otros aparatos», escribe Lewis. Además, «la mayoría de la gente no entendía cómo funcionaba y por ello no confiaba en él. Aunque de hecho es más seguro que helicópteros o aviones, la gente no se dio cuenta de ello. Querían algo propulsado».

Pero además, agrega Lewis, el invento decayó debido a la muerte prematura de su principal impulsor. El pionero de la aviación murió en accidente aéreo. Una fatal ironía quiso que no fuera en uno de sus seguros aparatos, sino en un avión convencional: el 9 de diciembre de 1936, el DC-2 de la compañía KLM que debía transportar a De la Cierva a Ámsterdam (Holanda) se estrellaba después de despegar del aeropuerto de Croydon, en Londres. Las causas del accidente nunca llegaron a esclarecerse.

¿Tiene futuro el autogiro?

Tras la muerte de De la Cierva, su empresa continuó trabajando y fabricando modelos, pero el interés preferente de la Royal Navy británica por un helicóptero provocó que el enfoque de la compañía derivara hacia ese nuevo aparato en el que el propio De la Cierva no creía por considerarlo «demasiado complejo».

Hoy el autogiro está bastante relegado a los círculos de aficionados a la aviación deportiva y al modelismo, pero al menos dos compañías estadounidenses, Groen y Carter, han resucitado en pleno siglo XXI el concepto con el fin de llevarlo a la práctica en el terreno de la aeronave personal y en el de la vigilancia policial. Otro vehículo experimental, el holandés PAL-V One, aplica el principio del autogiro a la idea del coche volador. Tal vez después de todo lleguemos algún día a ver autogiros sobrevolando las ciudades, como De la Cierva predijo.

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miércoles, agosto 12

Por qué los eclipses totales del Sol son tan raros

(Un texto de Joana Oliveira en bbvaopenmind.com leído el 19 de agosto de 2017)

El 21 de agosto la Luna borrará completamente el Sol del cielo durante unos dos minutos y 40 segundos. Ese eclipse solar total será visible en algunas zonas de Groenlandia, Centroamérica, Sudamérica, Oeste de Europa, Noroeste de África, y el Este de Rusia, pero ya se le conoce como el Gran Eclipse Americano (The Great American Eclipse) por una razón: cruzará Estados Unidos de costa a costa, en una franja de unos 110 kilómetros de ancho.

Está considerado ya como el eclipse solar total más importante del siglo, pues el último que fue visible en una zona poblada tan amplia ocurrió en 1818. “La ‘rareza’ estriba en que los eclipses solares solo son visibles en una estrecha franja, recorrida por el cono de sombra de la Luna que se proyecta sobre la superficie terrestre. Un eclipse solar total ocurre en alguna parte de la Tierra cada 18 meses, pero por lo general se desarrolla sobre el agua -que cubre el 70% de la superficie del planeta- o sobre zonas despobladas”, explica Emilio Gálvez, astrónomo del Planetario de Madrid.

El último eclipse total del Sol, en marzo de 2016, cruzó algunas partes de Indonesia, pero sobre todo fue visible desde las aguas del Océano Pacífico. El último eclipse continental total en Estados Unidos, en 1979, fue tan solo visible a lo largo de un pequeño tramo en su paso por el noroeste del Pacífico. En cambio, el camino de totalidad del eclipse de agosto de 2017 comienza en el estado de Oregón y termina en Carolina del Sur, pasando por varias ciudades a lo ancho de 12 estados.

Presenciar un eclipse como ese es, literalmente, una experiencia única en la vida. En 1926 los astrónomos estadounidenses Henry Norris Russell, Raymond Smith Dungan y John Quincy Stewart publicaron el texto Astronomy, con cálculos que demuestran que un eclipse solar total ocurre en un punto dado en el planeta solamente una vez cada 360 años. Más recientemente, el belga Jean Meeus recalculó esa cifra estadísticamente en un microcomputador HP-85 y encontró que la frecuencia media para un eclipse total del sol para cualquier punto dado en la superficie de la Tierra es una vez cada 375 años.

En general, un eclipse solar ocurre cuando la Luna pasa completamente delante de la estrella, proyectando una sombra sobre parte de la Tierra. Para ver un eclipse total, hay que estar en la parte más oscura de esta sombra, la umbra. Cuando se está en la parte más clara de la sombra, la penumbra, lo que se ve es un eclipse parcial. Es decir, ese fenómeno solo ocurre cuando la Luna está muy bien alineada entre el planeta y el Sol. Puesto que el satélite tarda aproximadamente 30 días en completar una vuelta alrededor de la Tierra, los eclipses solares podrían ocurrir, teóricamente, una vez al mes, pero la órbita lunar está inclinada (en relación a la de la Tierra alrededor del Sol), de modo que el disco lunar y el disco solar no siempre se cruzan.

También hay un poco de serendipia cósmica: el Sol es unas 400 veces más grande que la Luna, pero también está 400 veces más lejos del planeta, lo que hace que los dos discos parezcan tener el mismo tamaño en el cielo. Además, la trayectoria de la órbita de la Luna no es un círculo perfecto, sino que forma una elipse, por lo que la distancia entre la Luna y la Tierra no es constante en el tiempo, si no que se ve sometida a pequeñas variaciones. Cuanto el satélite natural está más lejos del planeta, su tamaño no es lo suficientemente grande para cubrir completamente el Sol y se produce un eclipse anular, cuyo resultado se traduce en un “anillo de fuego” que rodea al disco lunar.

Pero eso no ha sido, y no será, siempre así. Estudios paleontológicos han calculado que, hace miles de millones de años, la Luna estaba bastante más cerca de la Tierra y por eso se veía más grande que el Sol y los eclipses solares totales eran más frecuentes. El astrónomo Edmond Halley descubrió en el siglo XVIII que, a medida que la Luna eleva las mareas en el océano, la rotación de la Tierra disminuye gradualmente, transfiriendo el momento angular de rotación a la órbita de la Luna, que, su vez, se aleja constantemente del planeta. Es decir, en un futuro muy lejano, el satélite estará lo suficientemente distante para no cubrir completamente el Sol y a partir de ese momento nunca más se verá ningún eclipse solar total desde la Tierra.

Oportunidad para la ciencia

Además de suponer un espectáculo para los ojos humanos, un eclipse como el de agosto de 2017 es especial desde un punto de vista científico. “El fenómeno cruzará grandes masas terrestres ininterrumpidas, lo que nos permitirá maximizar la recopilación de datos y conectar la sombra de la Luna con la ciencia de la Tierra”, afirma Madhulika Guhathakurta, astrofísica de la NASA. La Agencia Espacial Norteamericana tiene 11 proyectos que podrá explorar gracias al eclipse, incluyendo la luminosidad variable del Sol y la relación entre las temperaturas superficiales y los cambios atmosféricos.

“Se trata también de una oportunidad para estudiar la corona solar [la capa más externa del Sol, compuesta de plasma], añade Alberto Brum, monitor del programa de Astronomía de la Universidad Federal de Bahía, en Brasil. “Cuando el disco solar se queda totalmente bloqueado por la Luna, se puede observar la atmósfera de la estrella y sus protuberancias. El análisis de esos elementos es importante para entender, por ejemplo, las tempestades solares y sus consecuencias en nuestro planeta”, explica.

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lunes, agosto 10

Nördlingen, la decisiva victoria de los tercios españoles sobre el imbatible ejército sueco

(Un texto de Manuel P. Villatoro en el ABC leído el 31 de julio de 2013)

En 1634, una hueste de tropas internacionales católicas, en la que combatieron regimientos hispanos, logró acabar con la hegemonía protestante en Alemania.

Con la pica clavada en tierra, miles de mosqueteros en línea y la sombra de decenas de estandartes adornados con la Cruz de Borgoña. Así combatieron las tropas españolas un día de 1634 cuando batallaban -junto a una alianza católica- contra miles de soldados protestantes en la ciudad alemana de Nördlingen. Aquella jornada no sirvió de nada el título de invencible que portaba el ejército sueco, pues, a base de sangre y arrojo, se impuso el morrión hispano.

Pero en esta batalla no sólo pudo verse una lucha encarnizada por la supremacía militar, sino que también se enfrentaron dos formas diferentes de hacer la guerra: la del ejército sueco –revolucionaria y novedosa- y la tradicional pero efectiva técnica de combate de los expertos tercios.

Treinta años de guerra

La batalla, acaecida en territorio alemán, se enmarca dentro de la guerra de los Treinta Años, un conflicto latente desde mediados del SXVI que estalló debido, entre otras cosas, a la rivalidad existente entre los partidarios de la tradicional religión europea, el catolicismo, y los seguidores del protestantismo –una nueva rama de creencias escindida de la Iglesia católica-.

Esas tensiones enmascaradas se hicieron palpables cuando, en 1618, Fernando II de Habsburgo –ferviente católico-, se convirtió en Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (título que le permitía gobernar en buena parte del centro de Europa). Al parecer, esto fue demasiado para la nobleza protestante de Bohemia (actual República Checa), que decidió deponer al nuevo líder a base de espada para intentar instaurar sus propias creencias.

Este conflicto local pronto atravesó fronteras ya que, en poco tiempo, los contendientes comenzaron a pedir la ayuda masiva de los territorios europeos. Así, Fernando II no dudó en solicitar la intervención de España, mientras que, por su parte, los protestantes llamaron a filas a Dinamarca. La guerra había empezado e iba a dejar miles de muertos.

Tras décadas de combates, la situación se recrudeció cuando hizo su entrada en el conflicto la Suecia de Gustavo Adolfo II, un monarca que contaba con un ejército que usaba técnicas militares revolucionarias y esperaba su momento para hacerse valer en Europa. Sin duda, se acaba de despertar a un gigante dormido al que iba a costar derrotar.

La revolución militar sueca

Y es que Suecia llevaba varios años perfeccionando y renovando sus técnicas militares. «Gustavo Adolfo […] redujo la profundidad de la formación de diez a seis hileras e incrementó su poder de fuego al añadir cuatro piezas de artillería ligera por cada regimiento», explica el historiador británico Geoffrey Parker en su obra « La guerra de los Treinta Años».

Pero su revolución no se detuvo en este punto, sino que también incluyó la reorganización del ejército en nuevas unidades. «Gustavo Adolfo introdujo también una nueva unidad táctica, la brigada, formada por cuatro escuadrones (o dos regimientos) en formación en forma de flecha, con el cuarto escuadrón en reserva y apoyada por nueve o más cañones», completa el británico.

España decidió entrar en guerra para no quedar aislada en EuropaA su vez, este interesado en el arte de la guerra realizó modificaciones en las tácticas relacionadas con la caballería. Esta solía usarse en el SXVII como una unidad móvil que, armada con pistolas, acosaba a los soldados de infantería con sus disparos para retirarse después velozmente a lomos de sus monturas. «Las cargas de caballería sueca a la espada, rodilla contra rodilla, superaban en el choque a las de otras caballerías, como la alemana y la española, realizadas con pistola al trote», determina en este caso el periodista y experto en historia Fernando Martínez Laínez en su libro « Vientos de Gloria».

No obstante, la gran transformación por la que pasaría a la Historia Gustavo Adolfo fue por la instauración en su ejército de la denominada doble salva. En esta táctica, según afirma Parker, «los mosqueteros se situaban en tres hileras, la primera arrodillada, la segunda cuerpo a tierra y la tercera en pie». De esta forma, se conseguía disparar dos veces más plomo sobre el enemigo que con la formación clásica y, en palabras de los expertos de la época, minar además la moral de los enemigos.

España en armas

Sin dudarlo, el monarca sueco se dispuso a avanzar sobre Alemania, lugar en el que desembarcó en 1630. A partir de ese momento su moderno ejército no encontró rival y, como se esperaba, contó todas sus batallas por victorias. De hecho, tal era su reputación militar que Suecia pronto recibió la ayuda de Francia e hizo pactos con el ducado de Sajonia-Weimar.

Ni siquiera la muerte de Gustavo Adolfo en una de las contiendas detuvo el avance del ejército sueco, ávido ahora de acabar con las fuerzas del Sacro Imperio Romano Germánico y sus aliados, entre los que se encontraba España. «Madrid consideró que era obligado decantarse con armas y dinero a favor de la Casa de Austria, no sólo por vinculación dinástica, sino también por motivaciones religiosas y políticas. Una derrota aplastante del Imperio habría dejado a España aislada en Europa», completa Laínez en su obra.

Las novedosas técnicas suecas convirtieron a su ejército en invencibleLa situación se hizo definitivamente insostenible cuando el ejército sueco, acompañado de sus aliados sajones, avanzó sobre el sur de Alemania poniendo en jaque a las tropas imperiales. Sin tiempo que perder, España comenzó a equipar con picas y mosquetes a sus tercios, había llegado la hora de combatir y derramar sangre a favor de los aliados.

Para ello, se formó en Milán un ejército al mando del cardenal-infante Fernando de Austria, hermano del rey Felipe IV, con el objetivo de apoyar a las fuerzas imperiales de Fernando II. «El ejército expedicionario que salió de Milán integraba una formidable fuerza compuesta por unos 14.000 infantes, 3.000 soldados de caballería y 500 arcabuceros montados», determina Laínez en su libro.

Llegada a Nördlingen

Tras partir, las huestes hispanas lograron tomar dos plazas fuertes enemigas antes de llegar a Nördlingen, una pequeña ciudad ubicada en el sur de Alemania que estaba siendo sitiada por tropas imperiales. Así, el 2 de septiembre de 1634, las fuerzas españolas se unieron a las tropas asaltantes con la intención de arrebatar el emplazamiento a los protestantes.

Sin embargo, este objetivo no sería nada fácil de realizar, pues los mandos suecos y sajones también habían desplazado sus tropas hasta Nördlingen para, de una vez por todas y a costa de todas las vidas que fueran necesarias, detener la contraofensiva católica. Aquel día se decidiría el destino de muchos soldados frente a una preciosa tierra hasta entonces virgen de muerte.

«Las fuerzas hispano-imperiales superaban entonces los 30.000 hombres, de los cuales unos 20.000 eran de infantería, con 32 cañones. En esa fuerza se contaban dos tercios viejos españoles, que mandaban Idiáquez y Fuenclara; cuatro napolitanos […]; y tres de Lombardía […] Además, había dos regimientos alemanes de infantería bisoños. […] La caballería contaba con varios miles de excelentes jinetes, croatas en su mayor parte», señala Laínez.

Por su parte, el ejército protestante –al mando de Gustav Horn y Bernardo de Sajonia-Weimar- presentó ante las fuerzas católicas un ejército de 16.300 infantes, 9.300 caballeros y 54 piezas de artillería. Podían ser menos en número, pero sus temidas y revolucionarias tácticas militares les convertían, sin duda, en unos enemigos muy difíciles de derrotar.

Disposición de las tropas

Afiladas las espadas, abrillantadas las armaduras y preparados los arcabuces ahora sólo quedaba organizarse para plantar cara a los bravos protestantes. Como explica Laínez en su libro, cuando amaneció el 6 de septiembre el ejército enemigo se desplegó al noroeste, entre la ciudad de Nördlingen (ubicada a la izquierda de su flanco) y un bosque cercano que cubría el lateral derecho de su ejército.

De forma concreta, el ejército enemigo se encontraba dividido en varios grupos. «El enemigo avanzaba dividido en dos alas. La derecha, y más potente, al mando del general sueco Horn, con 9.000 soldados de infantería y 4.000 jinetes. La izquierda, que mandaba Bernardo de Sajonia Weimar, […] incluía 25 escuadrones de caballería y tres regimientos de infantería, con toda la artillería», sentencia el periodista español.

La «doble salva» permitía descargar una gran cantidad de fuegoFrente a ellos se hallaban las tropas hispano-imperiales, que tomaron posiciones entre la colina de Albuch (delante del flanco derecho de los protestantes) y la ciudad de Nördlingen. En cuanto a su despliegue, los católicos formaron una línea dividida en tres cuerpos. «El principal ocupaba la estratégica posición de Albuch […] flanqueado a derecha e izquierda por 12 escuadrones de caballería. Detrás de algunos regimientos alemanes y algunos tercios italianos […] estaba el viejo tercio español de Martín de Idiáquez», señala el experto.

A su vez, el ejército imperial se completaba con las fuerzas del duque de Lorena, ubicadas a la izquierda de la colina, la caballería a las órdenes de Mathias Gallas y los jinetes ligeros de Croacia. «El cuerpo de reserva, mandado por el marqués de Leganés, tenía unos 7.000 infantes y 1.500 caballos», completa Laínez.

Comienza la batalla

El 5 de septiembre -y tras un intento frustrado del ejército protestante de tomar durante la noche una de las posiciones imperiales- los católicos se lanzaron a la carga desde Albuch, lugar que ofrecía una gran ventaja estratégica y en el que se libró la mayor parte de la contienda.

En principio, varios regimientos alemanes pertenecientes al ejército hispano-imperial se abalanzaron sobre el bosque cercano que cubría el flanco derecho del ejército enemigo. Sin embargo, fueron detenidos drásticamente por el fuego de las tropas suecas que, haciendo honor a su entrenamiento, descargaron una ingente cantidad de plomo sobre los católicos.

La batalla se centró casi exclusivamente en la colina de AlbuchAhora les tocaba el turno a los oficiales protestantes que, conocedores de la importancia de tomar Albuch, enviaron a su caballería de choque colina arriba con la intención de obligar a huir a la infantería católica. Eran momentos tensos, pues, a pesar de que uno de los tercios napolitanos logró resistir el fuerte envite, el enemigo comenzaba a abrirse camino a base de espadazos.

«Los suecos estaban a punto de cantar victoria cuando estalló un almacenamiento de pólvora abandonado por los católicos en su retirada. La devastadora explosión tuvo un efecto inesperado y provocó cientos de muertos en las filas protestantes», destaca, en su obra, el experto español. Esa explosión, casi venida del cielo, dio además algo de tiempo a las tropas católicas para reorganizar sus filas y prepararse para la defensa.

Tácticas improvisadas contra ingeniería militar

En las horas siguientes, los protestantes hicieron acopio de todas sus nuevas tácticas militares para derrotar al ejército imperial. Así, las continuas descargas de mosquete comenzaron poco a poco a hacer mella en los tercios españoles e italianos, que, con el paso del tiempo, empezaron a acusar las bajas.

Sin embargo, los oficiales enemigos no contaban con el ingenio latino de los tercios hispanos e italianos. «Los veteranos de los tercios improvisaron una eficaz y arriesgada maniobra. En el instante de la descarga se agachaban para evitar las balas. A continuación, arcabuceros y mosqueteros recomponían la formación y hacían fuego demoledor casi a quemarropa. Luego se protegían tras las filas de picas», sentencia Laínez.

En las horas siguientes, los tercios, entre los que sobresalió uno de los españoles, tuvieron que hacer frente a las continuas acometidas protestantes. Sin embargo, y aunque no contaban con nuevas y revolucionarias tácticas, tenían de su parte la experiencia de decenas de batallas a lo largo y ancho de Europa, algo que les acabó dando la victoria.

Avance sobre el bosque

Mientras en el flanco contrario los protestantes estrellaban inútilmente su caballería contra las tropas imperiales, el grueso del combate seguía situándose cerca de la colina de Albuch. Allí, una parte de la infantería española, avivada por la tenaz resistencia llevada a cabo hasta ese momento, cargó contra los protestantes situados cerca del bosque a pica y espada.

Los tercios españoles demostraron que todavía eran una potencia en EuropaHoras después la experiencia comenzó por fin a ser una ventaja y los defensores protestantes del bosque dieron un paso atrás. Tras una inmensa cantidad de horas sudando por su país, acababan de firmar su sentencia de muerte con tan solo ceder unos metros de terreno. Y es que los oficiales católicos no dudaron y enviaron la infantería española que quedaba protegiendo la colina de Albuch en un cruento ataque final.

Eran las 12 del mediodía cuando, superados en todos los frentes, los protestantes soltaron sus armas y tocaron a retirada. Al final, las revolucionarias estrategias del ya fallecido Gustavo Adolfo no habían podido contra miles de picas clavadas en tierra. El tiempo de los tercios llegaría a su fin pero, sin duda, no sería en aquel día.

Muertos y más muertos

Una vez acabada la contienda se procedió a examinar los cadáveres y contar los fallecidos. «Al anochecer […] unos 12.000 protestantes yacían muertos en el campo de batalla y 4.000 más, entre ellos Gustav Horn, habían sido hechos prisioneros. Nördlingen cayó inmediatamente y los restos del ejército derrotado, bajo el mando de Bernardo de Sajonia-Weimar, se retiraron a Alsacia», señala, en este caso, Parker. Por su parte, los católicos, que habían conseguido un gran triunfo y se habían sobrepuesto a la modernidad, tuvieron que llenar casi 2.000 ataúdes.

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sábado, agosto 8

Del cosmismo ruso al pastafarismo: las 'religiones' más raras del mundo

(Un texto de Ada Nuño en El Confidencial del 28 de abril de 2021)

Aunque vivimos momentos de fuerte secularización, eso no quita que de vez en cuando surjan movimientos de dudosa procedencia que siempre captan la atención de algunos.

El ser humano es espiritual y, desde que llegó a este mundo, intenta responder a las grandes cuestiones: quién soy, por qué estoy aquí, de dónde vengo y a dónde voy. Muchas personas tratan de dar respuesta a estas difíciles cuestiones mediante la religión. Desde que tuvimos conciencia de que no éramos eternos y que nuestro paso por la Tierra era efímero, comenzamos a pensar si una mano superior era la encargada de que estuviésemos aquí. En otras palabras, que la vida no se debe a una irónica casualidad y que no todo es fruto del azar. Entonces llegaron otras preguntas aún más complejas, relacionadas con la capacidad de decidir nuestros actos o el determinismo.

Aunque en un primer momento las religiones se basaron más en la adoración a aquellos fenómenos que no podíamos entender, con el avance de las civilizaciones se asentaron las creencias monoteístas, especialmente en Occidente. En la actualidad vivimos momentos difíciles de fuerte secularización, pero eso no quita que, quitando a las tres religiones mayoritarias, a veces surjan sectas o movimientos de dudosa procedencia, absurdos o increíbles, que siempre suelen captar la atención de algunos. Estas son algunas de las 'religiones' (por llamarlas de algún modo y sin intención de ofender a nadie) más raras del mundo.

Pastafarismo

Considerada una religión paródica, como el Unicornio Rosa Invisible o la Tetera de Russell, el pastafarismo (o religión del Monstruo del Espagueti Volador) surgió en realidad como una protesta social en Estados Unidos. Pongámonos en situación: aunque en las escuelas del país existe separación entre Iglesia y Estado, y por tanto no se enseña el origen del Universo tal como predica la Biblia, en 1999 algunos grupos fundamentalistas cristianos insistieron en que debía comenzarse a enseñarse el creacionismo en los colegios públicos, como punto de vista alternativo al evolucionismo. En 2005, un hombre llamado Bobby Henderson mandó una carta abierta explicando que también debía enseñarse en los colegios una tercera 'teoría' alternativa a la Teoría de la evolución: el pastafarismo. La idea es que el Universo lo habría creado una especie de bola gigante de espagueti con albóndigas voladora.

Como confesó el propio Henderson más adelante, envió la carta para divertirse: "No tengo problemas con la religión. Con lo que tengo problemas es con la religión que pretende hacerse pasar por ciencia. Si existiera un Dios y fuera inteligente, creo que tendría mucho sentido del humor". Sorprendentemente, aunque todo comenzó como una broma, la astracanada fue adquiriendo notoriedad y no solo se han realizado varias conferencias sobre pastafarismo, hay un evangelio e incluso en algunos países como Nueva Zelanda ya se ha realizado la primera boda pastafari. En 2016, la Cámara de Comercio holandesa reconoció de forma oficial la religión del Monstruo de Espagueti Volador. Sin duda, ver para creer.

Los adoradores del Duque de Edimburgo

El recientemente fallecido Duque de Edimburgo dejó un compendio de frases políticamente incorrectas para el recuerdo. A pesar de que una de sus anécdotas más famosas cuenta que a un estudiante que había visitado Nueva Guinea le dijo aquello de: "Te las arreglaste para que no te comieran, ¿eh?", lo cierto es que en algunos lugares del mundo este curioso personaje ha sido considerado una deidad. Así como lo leen.

En isla de Tanna en Vanuatu se rinden honores al príncipe Felipe como a un dios, y recientemente han llorado su muerte según 'BBC'. Todo viene de una leyenda sobre "el hijo de piel pálida del espíritu de la montaña, que se casaría con una mujer poderosa". La colonización británica y una visita de la pareja a la isla en los años 70 fueron las que cobraron la magia, y desde entonces se pueden ver retratos del Duque de Edimburgo por toda la isla. Cosas más raras se han visto, aunque pocas.

La iglesia de la Eutanasia

Fundada en Boston, Massachusetts, por la "reverenda" Chris Korda (nieta del magnate del cine Alexander Korda, activista antinatalista, transexual y vegana) y el "pastor" Kim (Robert Kimberk), el lema más famoso de la Iglesia de la Eutanasia es "salva al planeta, suicídate", aunque sus fundadores todavía no han puesto en práctica sus ideas. La ideología en que se funda se resume en el único mandamiento "No procrearás", así como en cuatro pilares: suicidio, aborto, canibalismo y sodomía. Pues bueno.

Cosmismo ruso

"La Tierra es la cuna del hombre, el cosmos es su casa". Bastante más serio que los mencionados arriba, el cosmismo es un movimiento filosófico y cultural surgido en Rusia a principios del siglo XX. Sus ideas provienen del filósofo cristiano ortodoxo Nikolái Fiódorovich Fiódorov y mezclan un cúmulo de ideas utópicas y un tanto irrealizables.

Uniendo elementos religiosos y filosóficos, trataba de los orígenes, evolución y futuro del universo y la humanidad. Se centra en varias cuestiones fundamentales: la regulación de los fenómenos atmosféricos, el control del movimiento de la Tierra y la conquista de "nuevas tierras" en el cosmos así como el restablecimiento de la vida a los antepasados. De hecho, hablando de la conquista de nuevas tierras, indica que la actividad humana no debe limitarse a los límites de este planeta, porque la salida al cosmos vendrá a satisfacer el interés general y común de todos los mortales.La secta raeliana defiende es que no estamos solos en el universo y que no somos la civilización más avanzada ni política ni social ni económicamente.

El movimiento raeliano

Una 'religión ovni' que, por algún motivo, cuenta con muchos adeptos en Corea del Sur. La idea que defiende es que no estamos solos en el universo y no somos la civilización más avanzada ni política ni social ni económicamente, sino la creación de seres extraterrestres llamados 'Elohim'. Fue fundada por Claude Vorilhon (o Rael) después de que (se supone) fuera abducido por extraterrestres. Un compendio de cultos disparatados entre los que hay cabida para la clonación lleva a este movimiento a ser considerado secta peligrosa en varios países. 

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jueves, agosto 6

Rehenes del algoritmo

(La columna de Juan Manuel de Prada en el XLSemanal del 13 de octubre de 2024)

A menudo nos referimos a los peligros en ciernes que el periodismo tendrá que afrontar con el desarrollo de la llamada -con detestable oxímoron- 'inteligencia artificial'; y se nos olvida referirnos a los peligros ya asumidos, consumados y enquistados.

Extrañamente, cuando se habla de 'inteligencia artificial" no advertimos que los llamados 'algoritmos constituyen una de sus variantes, si se quiere rudimentaria mas no por ello menos insidiosa. Por 'algoritmos' nos referimos al conjunto de fórmulas de programación que emplean los grandes motores de búsqueda en interné, favoreciendo la visibilidad de algunas noticias o publicaciones y dificultando la de otras; o determinando quiénes serán las personas a las que dichas noticias o publicaciones se les mostrarán en sus artilugios electrónicos. Los 'algoritmos' rigen el funcionamiento de las redes sociales, imponen una selección 'basada en los gustos del usuario' y determinan nuestra navegación en interné (a veces incluso de forma intrusiva y capciosa). Inevitablemente, los 'algoritmos' han logrado influir en los contenidos que ofrecen los medios de comunicación, que ajustan y retocan sus contenidos para amoldarse a las 'preferencias' del omnimodo Google (que, por supuesto, no son inocentes. ni aleatorias), en su afán por captar la veleidosa atención del lector, a veces etiquetándolos con términos resultones o sensacionalistas, o rotulando de formas equívocas y chillonas, o incluso fabricando 'seudonoticias' protagonizadas por la chusma de famosetes que nos infesta, o por los homínidos que participan en los concursos televisivos (siempre, por supuesto, haciendo énfasis en sus alegrías o bochornos de bragueta, en sus declaraciones más austrolopitecas, etcétera). Todo ello convierte las webs de muchas publicaciones en auténticas letrinas del chismorreo inane que sólo pueden complacer a gentes inmundas y gravemente cretinizadas, mientras provocan desapego y grima entre los lectores más exigentes.

Y a esta infestación de cochambre favorecida por los 'algoritmos' hay que sumar otro efecto demoledor sobre el periodismo digno de tal nombre. Una vez averiguadas las fórmulas del 'algoritmo' que favorecen el 'posicionamiento' e incrementan el 'tráfico', muchos medios se dedican a repetir hasta la náusea los mismos asuntos birriosos y tratamientos párvulos, con la esperanza de que los motores de búsqueda, los 'agregadores' de noticias, los 'feeds' personalizados y demás ingenios de la programación piquen el anzuelo y atraigan nuevos usuarios hasta sus aguas (que para entonces se han convertido más bien en una charca de vómitos regurgitados). De este modo, la información resulta suplantada por un zurriburri de inanidades y engañifas sin fuste, un reciclaje machacón de los mismos materiales de derribo y una agotadora explotación de fórmulas basurientas, hasta convertir los medios de comunicación en una suerte de rueda para hámsteres.

Esta inmolación del periodismo en los altares del 'algoritmo' se justifica alegando que de este modo se alcanzan los objetivos comerciales deseados; pues, de lo contrario, si se hiciese caso omiso de las querencias de los motores de búsqueda, se condenaría al medio a la invisibilidad. Así se sacrifican la calidad y diversidad de los contenidos, se reprimen la creatividad y la perspicacia del periodista y se renuncia al rigor que debe regir la selección de noticias. Y todo ello para incrementar el 'tráfico', para asegurarse 'posiciones' preferentes en la selección personalizada que los motores de búsqueda brindan a los 'usuarios', en cuanto encienden sus artilugios electrónicos. Acaso sin darse cuenta, los medios de comunicación que satisfacen los 'algoritmos' están enterrando el oficio periodístico, provocando desafección entre quienes anhelan que la verdad sea alumbrada (que es la misión del periodismo digno de tal nombre), a cambio de apacentar a unas masas cretinizadas que sólo requieren una ración de alfalfa que las mantenga entretenidas e hipnotizadas ante su pantallita táctil.

Si el periodismo en verdad desea sobrevivir tendrá necesariamente que desentenderse de los 'algoritmos' y fundar su fortaleza en el compromiso de sus lectores, dispuestos a pagar por acceder a unos contenidos rigurosos y esmerados, inspirados en la búsqueda de la verdad. De lo contrario, el triste destino del periodismo no será otro sino el de actuar de mamporrero de la llamada 'inteligencia artificial', cuya misión es la misma que la de aquel anillo de Sauron en la célebre novela de Tolkien: «Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas». 

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martes, agosto 4

París, sombras y luces

(La columna de Isabel Coixet en el XLSemanal del 13 de octubre de 2024)

Cada vez que paso delante de un garaje antiguo cuyas paredes lucen anuncios despintados de los neumáticos Michelin y listas de precios amarillentas, pienso en los antihéroes titubeantes de Patrick Modiano y en las aceras con sombra en las que se refugian. Nada evoca más la literatura del escritor francés que esas oscuras cavernas que huelen a gasolina y aceite de frenos, iluminadas por fluctuantes fluorescentes, que son los garajes donde mecánicos arreglan coches mientras suena un teléfono lejano que nunca contestan. Debajo de un París gentrificado -lleno de turistas boquiabiertos que buscan la foto perfecta para enviar a casa; de grupos de jóvenes influencers posando con croissants gigantes y tiramisú de matcha; de basura, de espectáculos de luces kitsch, de tiendas de campaña habitadas por homeless, de policías con metralletas y ratas diurnas- sigue latiendo una ciudad sombría donde todavía hay teléfonos fijos, refrescos de menta y actores de películas cuyo negativo ya no existe.

Acaba de aparecer, publicado en la colección Gallimard Quarto, un volumen que reúne nueve novelas
de Patrick Modiano que transcurren en París y un texto inédito sobre el fotógrafo Brassaï.

En el bellísimo discurso que pronunció ante Estocolmo hace apenas diez años al recibir el Premio Nobel de Literatura, habló el escritor de «este París de las pesadillas» donde vivió de niño. El París de la ocupación, «donde nos arriesgamos a ser víctimas de una denuncia al salir de una estación de metro, la ciudad de reuniones clandestinas en las que nacieron amores precarios a la sombra del toque de queda porque nunca se sabía si ésa era la última vez que los amantes iban a encontrarse». Un París nacido en 1945 por el que sus personajes pasean de noche por calles teñidas.de ansiedad y opacidad. En estas nueve novelas, Paris es un juego de espejos lleno de pasajes secretos por los cuales el pasado y el presente se encuentran y se fusionan. Más que realismo, aunque sea poético, es fantástico, romántico. Y único: ningún otro autor francés ha conseguido crear ese microcosmos propio, ese delicado puzle que cada lector atento hace suyo.

Volver a sus libros es volver a navegar por un Sena denso como el petróleo en una ciudad brumosa llena. de esquinas fantasmales y cuartos que huelen ligeramente a pastís y a desesperación.

La pasión por deambular (flâner) desde su adolescencia le ha permitido a Patrick Modiano entablar una estrecha relación con París. Sólo él sabe explorar el pasado, la atmósfera y los detalles de otras épocas teñidas de ambigüedad y secretos. Más que un telón de fondo de sus novelas, su pasión casi obsesiva por los lugares, las calles, los directorios, los barrios lo empujó a hacer de la capital un personaje omnipresente, un elemento central de su identidad literaria. Sin buscar a toda costa describir un Paris verdadero, genuino, coherente con lo que fue, escribe un París soñado, cuyas huellas evanescentes sólo quedan en su memoria.

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