Cuéntame un cuento...

...o una historia, o una anécdota... Simplemente algo que me haga reir, pensar, soñar o todo a la vez, si cabe ..Si quereis mandarme alguna de estas, hacedlo a pues80@hotmail.com..

domingo, junio 14

La cara más desconocida de Isaac Asimov

(Un texto de Javier Yanes publicado el 2 de enero de 2019 en bbvaopenmind)

El 2 de enero celebraba su cumpleaños Isaac Asimov , uno de los Big Three –junto con Arthur C. Clarke y Robert Heinlein– que encumbraron la literatura de ciencia ficción a su edad dorada a mediados del siglo XX. Pero quien nos legó las tres leyes de la robótica fue en sí mismo un gran personaje novelesco, comenzando por la primera de sus ficciones, su propia fecha de nacimiento. Nacido en Petrovichi, una remota localidad de la Rusia rural, el día de su venida al mundo no dejó registro ni siquiera en la memoria de su familia: entre el 4 de octubre de 1919 y el 2 enero de 1920 como franja tentativa, fue él mismo quien eligió esta última fecha como día de su cumpleaños.

Aquella infancia en una familia judía de Rusia fue breve. Cuando Asimov  (2 de enero de 1920 – 6 de abril de 1992) tenía tres años recién cumplidos, su familia emigró a EEUU. Pero para ello, antes tuvo que superar una amenaza letal que a punto estuvo de dejar al mundo sin la saga de La Fundación; cuando solo contaba un año fue uno de los 17 niños que contrajeron una grave neumonía en su pueblo natal. Solo él sobrevivió. Tras establecerse en Brooklyn, poco quedó del ruso con el que muchos le identifican. De hecho, nunca aprendió este idioma, y de sus raíces solo conservó el yidis de su familia.

Aún no se vislumbraba al escritor ni al bioquímico, la que sería su titulación académica. Sí al lector voraz: la cadena de tiendas de dulces y prensa de su familia le daba acceso ilimitado a nuevas lecturas. Tanto le gustaba sumergirse en aquellas páginas que soñaba con una profesión poco habitual en las preferencias de los niños. Su amor por los espacios pequeños y cerrados, lo opuesto a la claustrofobia, le llevó a imaginarse atendiendo un quiosco en el metro neoyorquino, para pasar los días leyendo con el runrún de fondo de los trenes.

Su inclinación a la ciencia marcó su elección de carrera universitaria, pero en un principio no fue la química, sino la zoología. Fue la obligación de diseccionar un gato callejero la que le decidió a cambiar su especialidad por otra en la que solo tuviera que manejar moléculas. Su carrera científica fue corta. Tras un breve periodo de servicio como químico naval durante la Segunda Guerra Mundial, pronto comenzó a obtener más dinero de su escritura que de su trabajo académico.

De aquella corta experiencia militar quedó una de las dos únicas ocasiones en su vida en que subió a un avión. Incluso ya como autor de éxito, viajando con sus libros y sus conferencias, su pánico a volar era tan intenso que se convirtió en un asiduo de los cruceros, donde a menudo sus charlas científicas formaban parte del programa de entretenimiento a bordo; todo un raro privilegio para los afortunados turistas.

Un entusiasta de Sherlock Holmes

Con sus más de 500 trabajos literarios, su lugar en el Olimpo de la ciencia ficción estaba más que asegurado, pero tal vez solo sus seguidores más avezados conocen la que fue su otra gran pasión literaria, el misterio. Miembro de The Baker Street Irregulars, la principal organización de entusiastas de Sherlock Holmes, escribió un ensayo según el cual el ficticio libro del profesor Moriarty The Dynamics of an Asteroid ocultaba la destrucción de un planeta habitado por una especie inteligente. Sin embargo, confesó su predilección por Agatha Christie. De la fusión entre misterio y ciencia surgió su destacado papel como escéptico, miembro fundador del hoy denominado Committee for Skeptical Inquiry (CSI).

Pero quizá más singular y desconocida es su frustrada incursión en el género musical. En 1974 Paul McCartney le propuso escribir una película sobre una banda de rock que era suplantada por invasores alienígenas. Sin ser un amante del rock, Asimov aceptó el desafío, que se plasmó en un esbozo de guion en el que no incluyó el borrador de diálogo que le había entregado McCartney. Con su orgullo probablemente herido, el exBeatle arrinconó el proyecto, que hoy yace en los archivos de la Universidad de Boston esperando a ser redescubierto.

El 7 de abril de 1992 el diario The New York Times publicaba el obituario de Asimov, fallecido el día anterior por fallo cardiaco y renal, según su hermano Stanley. Solo diez años después se supo que murió de sida, a causa del virus contraído por una transfusión de sangre durante una operación en 1983. Un personaje digno de su mejor ficción, incluso más allá de su muerte.

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sábado, junio 13

Animales más raros que un perro verde

(Un texto de Miguel Barral en bbvaopenmind publicado el 7 de junio de 2019)

Estos seres de inconcebible apariencia no protagonizan leyendas ni tampoco surgen de una filmoteca, como aliens y otros monstruos de ciencia ficción. Pese a su imagen de pesadilla —o de psicodélico sueño—, son animales reales como la vida misma y habitan en nuestro mundo.

Eláfodo (Elaphodus cephalophus)

Imaginemos por un momento que Bambi, el inolvidable cervatillo de Disney, se topase con un sediento Drácula. El resultado de dicho encuentro seguramente se parecería mucho al eláfodo o ciervo de copete. Un pequeño cérvido que resultaría adorable de no ser por unos enormes caninos superiores o colmillos, más propios de algún superdepredador que de este elusivo habitante de los bosques de montaña vietnamitas. Pero el eláfodo no los emplea para cazar ni alimentarse: se cree que recurre a ellos como arma en las violentas disputas que libran los machos por el territorio. Y en casos extremos, también para defenderse de sus enemigos.

Son unos atributos tan ineludibles, que el penacho que corona su frente, y al que deben su nombre común, tiende a pasar desapercibido. Como también las pequeñas cuernas que lucen los machos adultos y que permanecen ocultas bajo esa mata de pelo. La contrapartida a estos vampíricos colmillos es la ausencia de incisivos superiores, de tal forma que el eláfodo tritura las hojas, raíces, bayas, frutos y hierbas que constituyen su dieta aplastándolas entre los incisivos inferiores y una almohadilla callosa que ocupa el lugar de aquellos. Como no podía ser de otra forma, los eláfodos constituyen por sí mismos un género aparte dentro de la familia de los cérvidos.

Picozapato (Balaeniceps rex)

Una especie de pelícano llegado directamente de Parque Jurásico. Esa sería una acertada descripción para el picozapato, cuyo nombre alude al desmesurado y aterrador pico con forma de suela que ostenta. Es el tercero más largo entre las aves, el de mayor circunferencia y está rematado con unos afilados bordes que le sirven para decapitar a sus presas antes de tragárselas enteras. Usualmente son peces, pero también roedores, serpientes y hasta crías de cocodrilo.

Pero además del pico, este integrante del orden de los pelecaniformes —que puede medir hasta metro y medio y pesar casi 10 kilogramos— también cuenta con unos pies anormalmente grandes, que le permiten mantenerse erguido y haciendo la estatua sobre la vegetación acuática de las marismas africanas en las que mora. Así escruta las inmediaciones para detectar a sus presas. Y una vez detectadas, se abalanza sobre ellas sumergiendo la cabeza entera bajo el agua y atrapando con su pico todo lo que encuentra a su paso. Al emerger, sacude la cabeza violentamente a ambos lados para expulsar todo aquello que no le interesa (algas, lodo, etc) y quedarse con su trofeo, que engulle de un golpe tras degollarlo.

Por si fuera poco, y aunque no suele hacerlo, es muy capaz de volar grandes distancias gracias a la envergadura de sus alas, que le permiten planear durante muchos momentos… ¿ y también salir de su jurásica isla de ficción?

Ajolote mexicano (Ambystoma mexicanum)

El ajolote mexicano se ha ganado un sitio en el universo Pokemon gracias a su peculiar aspecto de renacuajo gigante. Y en esencia, eso es lo que es. El ajolote es una especie de anfibio que al alcanzar la edad adulta no pasa por un proceso de metamorfosis, sino que conserva todos los rasgos de su fase alevín, agigantados en un cuerpo grueso y fusiforme de hasta 30 cm de longitud. En él destacan su gran cabeza (aplanada con un par de diminutos ojos sin párpados), una voluminosa cola y unas patas ridículamente pequeñas y delgadas rematadas con unos dedos finos y puntiagudos.

Endémico del sistema lacustre del valle de Mexico, pasa casi todo el tiempo bajo el agua gracias a tres juegos de branquias a cada lado de la cabeza. Aunque tiene unos sacos pulmonares apenas desarrollados, que le brindan pequeños momentos de respiro fuera de la misma. Visto lo visto, resulta hasta lógico que los antiguos aztecas lo bautizasen como axolotl o “monstruo del agua”. Más aún cuando se descubre que cuenta con una boca armada de más de un centenar de diminutos dientes, dispuestos en hileras, y una lengua retráctil que le sirve para cazar pequeños peces, alevines e incluso congéneres a los que primero atrapa entre los dientes y luego succiona de golpe.

Más allá de por su apariencia, el ajolote suscita gran interés entre los científicos, que lo estudian por su increíble capacidad de regeneración, que no solo se limita a apéndices y extremidades (como en las lagartijas) sino que también le permite recuperar estructuras y órganos vitales, e incluso partes del cerebro. Las investigaciones realizadas con ajolotes muestran su capacidad para restaurar la funcionalidad total de extremidades y órganos de otros individuos trasplantadas y/o implantadas.

Cerdo marino (Scotoplanes globosa)

Pese a que su apariencia invite a pensar en un ente alienígena, el cerdo marino es en realidad un pepino de mar, es decir, un tipo de equinodermo. Abunda en los suelos marinos de las regiones más profundas y frías de los océanos de todo el planeta, por los que se pasea en “piaras” de cientos de individuos que avanzan apaciblemente apoyados en los apéndices tubulares que les sirven como patas hidráulicas. Tiene de 5 a 7 pares y los hinchan y deshinchan para impulsarse.

Las largas antenas que lucen en ambos extremos de su dorso son también patas modificadas para ejercer como órganos sensoriales, con los que detectar las señales químicas que desprenden sus fuentes de alimento: los detritos (restos y deshechos de otros organismos) depositados en el fondo marino, que los cerdos marinos ingieren valiéndose del anillo de tentáculos que rodea cada una de sus múltiples bocas tubulares.

Pez murciélago de labios rojos (Ogcocephalus darwini)

Su morfología remite a la de un murciélago, de hasta 40 cm de longitud. Pero es un pez, cuyas aletas natatorias actúan como patas y que en lugar de aleta dorsal una especie de caña con la que atrae a sus presas. Y, además, posee unos labios de un intenso rojo fluorescente que amenazan con estampar un beso indeleble. Esta extraña visión sólo se puede contemplar en los arrecifes de las Islas Galápagos, donde se le suele encontrar sentado tranquilamente sobre el fondo arenoso, apoyado sobre sus aletas dorsales anales y pélvicas, profundamente modificadas hasta convertirse en pseudopatas, que los mismo le permiten caminar que adoptar esa pose; pero al precio de nadar con extrema dificultad. Se cree que sus vistosos labios le sirven para reconocer a miembros de la misma especie y como reclamo para atraer congéneres del sexo opuesto.

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viernes, junio 12

Au diable Vauvert

L'expression « au diable Vauvert » (ou « aller au diable Vauvert ») signifie qu'un lieu est extrêmement loin, difficile d'accès ou situé au bout du monde. Elle s'emploie couramment avec des verbes de déplacement ou de situation comme aller, partir, habiter ou être.

L'expression trouve sa source à Paris au XIIIe siècle, au château de Vauvert (situé à l'emplacement actuel du boulevard du Montparnasse). Ce lieu isolé et en ruine était réputé pour être hanté par des apparitions et des bruits étranges. Les moines chartreux qui y habitaient auraient eux-mêmes alimenté ces rumeurs pour effrayer les curieux et vivre en paix. De là est née l'expression pour désigner un endroit effroyablement éloigné.

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jueves, junio 11

La impresora 3D, un invento de los 80 que triunfa 30 años después

(Un texto de Beatriz Guillén en bbvaopenmind.com leído el 5 de abril de 2017)

A Chuck Hall (Clinton, Colorado, 1939) la fama le ha llegado 30 años tarde. Una noche de marzo de 1983, este ingeniero sacó de la cama a su esposa en pijama para enseñarle lo que había conseguido: había imprimido una pequeña copa de plástico negro con un nuevo método creado por él, al que llamó estereolitografía. Hull llevaba meses ocupando sus noches y fines de semana en desarrollar un nuevo aparato con el que pudiera crear pequeños objetos de plástico. No lo sabía todavía, pero se había convertido en el padre de la impresora 3D. Un invento que ahora está cambiando la forma en la que creamos todo: desde juguetes y creaciones espaciales hasta, incluso, órganos humanos. Las posibilidades de su invento se han vuelto casi infinitas. Pero han hecho falta tres décadas para ver lo que hoy llamamos futuro.

El momento Eureka tuvo su primer estallido a principios de 1980. Hull trabajaba entonces en Ultra Violet Products, una empresa del sur de California que moldeaba resina con luz ultravioleta y la utilizaba para recubrir muebles. Un día se dirigió a su jefe con una idea: quería colocar cientos de capas de plástico, una encima de otra, y aprovechar la luz ultravioleta para darles distintas formas. Pero, para poder convertir un montón de plástico apilado en un verdadero objeto en tres dimensiones, necesitaba una máquina. Una máquina rápida. Hull, como ingeniero de diseño, estaba frustrado por lo lenta que era la producción incluso de pequeños prototipos de plástico, ya que había que esperar meses solo para probar los nuevos diseños.

El material que cambia de líquido a sólido

A Hull no le permitieron dedicarse a su sueño durante sus horas de trabajo, pero sí le prestaron un pequeño laboratorio donde hacerlo realidad. Después de un año de esfuerzo, el ingeniero desarrolló un sistema en el que luz ultravioleta iluminaba una cubeta rellena de un material llamado fotopolímero. Este tipo de material cambia de líquido —su estado natural— a sólido cuando recibe esta luz. De esta manera, podía dibujar la forma e ir rellenando con capas hasta que el objeto estaba completo.

Para que la impresora conociera qué tipo de forma debía completar, Hull debía escribir él mismo el código. Esta limitación provocó que, al principio, la impresora solo realizara figuras muy simples. Sin embargo, a mitad de los 80, la máquina ya había evolucionado lo suficiente como para convertirse en un producto comercial. El estadounidense patentó su invento en 1986, el mismo año que fundó 3D Systems, la primera compañía de impresoras 3D. Hubo que esperar un año más para que saliera a la venta el primer ejemplar. Como era demasiado pesado para llevarlo a demostraciones, Hull realizaba pequeños vídeos para mostrar sus capacidades a los ejecutivos de otras empresas.

Ya en los primeros años, la compañía tuvo una cierta acogida, especialmente con la industria automovilística. General Motors y Mercedes-Benz pronto comenzaron a utilizar la tecnología de 3D Systems para construir y probar prototipos, ya que les ahorraba meses en el proceso de diseño. Sin embargo fue un éxito discreto, una discreción que nunca preocupó a su creador. Hull se lo dijo entonces a su mujer: la tecnología 3D iba a tardar entre 25 y 30 años en madurar y encontrar su lugar. Pero iba a ser algo importante. Acertó en ambas predicciones. La paciencia se convirtió en su mejor aliada.

Una casa hecha con impresoras

¿Qué ha ocurrido en este tiempo para conseguir dar el gran salto? “La precisión”, comentó su creador a una entrevista con la CNN. “Cuando los materiales pasan de líquido a sólido tienden a contraerse lo que puede provocar que se distorsionen. Ahora, la química ha mejorado mucho y prácticamente no hay distorsiones. También en cuanto a propiedades físicas: antes se rompían pronto los materiales y ahora puedes conseguir plásticos realmente buenos y duros”

La mejora en los materiales y en la tecnología, unida a una reducción del precio —se pueden conseguir impresoras desde 1.200 euros— han creado un universo en tres dimensiones de infinitas posibilidades. Ya hay comida que se puede imprimir en 3D. Un grupo de científicos en la Universidad de California está tratando de crear con estas máquinas una casa entera. Los planos se pueden descargar en Internet de manera que se puede crear cualquier cosa, por cualquiera, en cualquier parte. Esta democratización de la producción ha desembocado en un gran movimiento maker y en una ola de propuestas tridimensionales. Pero de todos los campos hay uno que destaca sobre el resto: la medicina. Prótesis, medicinas, tejidos e incluso órganos están siendo impresos en 3D. Está revolucionando la forma de hacer cirugías y de rehabilitar a un paciente.

Hull, que tiene más de 100 patentes a su nombre se muestra sereno ante esta nueva fiebre. En 2014, recibió con 75 años en Berlín el premio a mejor inventor de fuera de Europa que otorga la Oficina Europea de Patentes. Allí afirmó tranquilo: “Está bien recibir algo de reconocimiento, ha sido un trabajo duro, pero por otra parte yo solo quiero seguir trabajando”.

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miércoles, junio 10

Cómo sobrevivir en caso de naufragio

(Un texto de Javier Yanes en la página bbvaopenmind.com leído el 18 de octubre de 2017)

El 19 de octubre de 1952, el médico y biólogo francés Alain Bombard se hacía a la mar en solitario en Las Palmas de Gran Canaria a bordo de una lancha Zodiac hinchable, con un sextante y sin provisiones. Con tan parcos medios, su objetivo parecía del todo descabellado: cruzar el Atlántico. Pero lo logró: 65 días después, el 23 de diciembre, tocaba tierra en Barbados; con 25 kilos menos, pero vivo, y sin secuelas que le impidieran llegar a la avanzada edad de 80 años.

Cinco años antes, en 1947, el noruego Thor Heyerdahl había liderado la expedición de la Kon-Tiki a través del Pacífico para probar que los pueblos antiguos podían haberse expandido a través del océano con recursos primitivos. Pero a diferencia de Heyerdahl, el interés de Bombard no era la sed de aventura, sino simplemente la sed, en su sentido más literal y biológico.

El viaje de la Kon-Tiki había probado que los antiguos navegantes pudieron sobrevivir en el océano hidratándose con el jugo de los peces y bebiendo agua de mar mezclada con agua dulce en una proporción de 2:3. Bombard había conocido las muertes de varios marineros naufragados mientras ejercía como médico en Boulogne-sur-Mer, pero estaba convencido de que no era la deshidratación la que los mataba, sino la desesperación. Así se propuso demostrar que era posible sobrevivir a un naufragio sólo con los recursos disponibles en alta mar, incluyendo el agua salada.

Tras un intenso período de estudio en el Instituto Oceanográfico de Mónaco y unas primeras etapas de preparación en el Mediterráneo y África, Bombard tuvo el tiempo justo de regresar a París para asistir al nacimiento de su primera hija antes de afrontar su gran viaje, en el que arriesgaría su propia vida para poner a prueba su teoría.

El régimen diseñado por Bombard consistía en alimentarse mínimamente con plancton —rico en vitaminas— y con pescado crudo. La necesidad más crítica, la hidratación, se resolvería exprimiendo el fluido de los peces y recogiendo agua de lluvia, complementada con pequeñas dosis de agua de mar que no excedieran un litro al día: una cucharada a intervalos de 20 minutos, dejando que la saliva diluyera la sal en la boca.

El Doctor Loco

Este último era el aspecto más polémico del experimento, algo de lo que Bombard era consciente cuando bautizó su lancha como L’Hérétique, El hereje. En su país fue tildado de Docteur Fou, Doctor Loco. Su coetáneo, el médico alemán Hannes Lindemann, también navegante en solitario, cuestionó la veracidad del experimento de ingesta de agua salada tal como Bombard lo describió en su libro Naufragé volontaire (Éditions de Paris, 1953). Lo cierto es que el francés llevaba en su lancha un equipo de emergencia sellado con provisiones y agua, pero no consta que lo empleara, sólo unos días antes de su llegada a Barbados fue auxiliado por un buque donde le ofrecieron un almuerzo.

Desde antiguo es un hecho conocido que el ser humano no puede mantenerse hidratado con agua salada. Los marineros que lo hacen mueren deshidratados después de sufrir un envenenamiento que les hace perder la razón. El motivo, explica la Administración Oceánica y Atmosférica de EEUU (NOAA), es que “los riñones humanos sólo pueden hacer orina que es menos salada que el agua de mar”. En concreto, la orina alcanza un máximo en torno al 2% de sal, mientras que el agua marina ronda el 3,5%.

Cuando bebemos agua salada, aumenta la salinidad de nuestra sangre y el exceso debe ser expulsado. “Por tanto, para librarnos del exceso de sal del agua de mar, tenemos que orinar más agua de la que hemos bebido”, prosigue la NOAA. En concreto, para rebajar la sal de un litro de agua de mar hasta el 2%, el riñón necesita añadir 0,75 litros de agua del cuerpo. “Finalmente morimos de deshidratación”. Cuando el cuerpo no puede eliminar el sodio sobrante se produce un desequilibrio cuyos efectos en los órganos, incluyendo el sistema nervioso, desencadenan el cuadro de síntomas que lleva al coma y a la muerte.

Pequeñas cantidades de agua de mar

En la Segunda Guerra Mundial los naufragios fueron abundantes, y entonces circularon historias de marineros que habían sobrevivido bebiendo pequeñas cantidades de agua de mar. En 1943, el médico del Hospital Nacional de Reino Unido W. S. S. Laddell publicó un estudio en la revista The Lancet en el que puso a prueba esta posibilidad. Laddell comprobó que “un hombre con déficit de agua continúa produciendo 350-450 cm.c. [centímetros cúbicos] de orina al día”. Pero en sus experimentos complementando la ingesta de agua dulce con agua salada, Laddell descubrió que se producía “una ligera ganancia de agua para el cuerpo, porque el agua extra perdida en la orina es menor que el agua extra ingerida como agua de mar”.

Aunque el propio Laddell añadía una nota advirtiendo de que el comité que había encargado el estudio para ayudar a los náufragos en combate no recomendaba beber agua de mar, lo cierto es que la tesis de Bombard no ha sido definitivamente refutada. En 1987, un estudio con ratas concluía que “cuando un hombre se pierde en el mar, no es aconsejable beber toda el agua dulce y después verse obligado a beber agua de mar cuando está deshidratado”. En su lugar los investigadores, de la Universidad Ben-Gurion de Israel, recomendaban “aumentar lentamente la dosis de agua salada” cuando el náufrago aún está bien hidratado.

Documentos actuales como el Manual de Supervivencia del Ejército de EEUU FM 3-05.70 (FM 21-76) aconsejan claramente no beber agua de mar ni orina en caso de naufragio. Sin embargo, el manual sí valida otras ideas puestas en práctica por Bombard, como reducir el alimento a lo imprescindible, ya que la digestión consume agua del organismo. También recomienda aprovechar el jugo de los peces, en concreto el fluido del ojo y el que rodea la espina, ya que estos líquidos son menos salinos que el agua de mar. Para reducir la sudoración, el manual aconseja protegerse del sol y humedecer y escurrir la ropa.

A pesar de que hoy en ninguna embarcación suele faltar un sistema de desalinización o evaporación de agua, el legado de Bombard continúa socorriendo a los náufragos, al menos en un aspecto independiente del eterno debate sobre la ingesta de agua salada: según decía el navegante francés Gérard d’Aboville en el obituario de Bombard publicado en el diario Libération el 20 de julio de 2005, el Doctor Loco “comprendió que es en primer lugar la esperanza lo que hace sobrevivir a un superviviente, y lo demostró”.

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martes, junio 9

«Inquietar a una mujer casada» y otros delitos castigados con galeras

(Un texto de Manuel P. Villatoro en el ABC del 

El Museo Naval de Madrid guarda 25 «Libros de Galeras» españoles en los que se pueden apreciar cientos de historias de prisioneros condenados al remo.
 

Asesinatos, pequeños hurtos, o incluso inquietar a una mujer casada. Son cientos los delitos que podían hacer que una persona con una vida normal acabara remando durante años en los buques españoles como castigo. Sin embargo, y a pesar de su variedad, la mayoría de estas penas han visto la luz gracias a que han quedado recogidas en los 25 «Libros de Galeras» que el Museo Naval de Madrid guarda y restaura desde hace varios meses.

«En estos libros era donde se registraban la dotación y el personal de una galera, que iba desde los oficiales hasta los esclavos», afirma en declaraciones exclusivas para ABC Carmen Terés Navarro, directora técnica de los archivos de la Armada, mientras posa su mirada sobre la cubierta de uno de los tomos.

Las viejas hojas de papel que muestra la experta abren un mundo desconocido de biografías de la época. «En estos libros quedaban registrados los nombres tanto de la “gente de mar” –la tripulación-, como de la “gente de guerra” -la guarnición militar del buque-. Por otro lado, también se apuntaba a la “gente de remo”, que estaba formada a su vez por los “forzados” –presos sentenciados a penas de galeras por un tribunal-, y los “esclavos”, que nunca serían liberados», añade Terés.

Ficha de prisioneros

No obstante, de los 25 libros que tiene en su posesión el Museo Naval, 18 guardan exclusivamente datos de los presos forzados, a los que más atención se prestaba. Y es que, mientras que de los soldados sólo se apuntaban datos como el destino o el rango, de los prisioneros era necesario hacer una carta de presentación con todos sus datos para así poder reconocerles durante la condena.

«Lo que se apuntaba en estos libros era como una especie de D.N.I. Cómo no había forma de determinar quién era cada uno, pues no disponían de fotografías, se escribía en los libros de galeras su lugar de procedencia, de donde eran sus padres, el delito que había cometido, y sus rasgos físicos más reconocibles. Además, al margen se ponía la condena que tenían, los años que debía permanecer en galeras y, al final, si era liberado», determina la experta.

El trabajo de los escribanos de la galera era muy concienzudo, como muestra el extracto de uno de los tomos. Así, en el centro de la hoja se puede leer: «Sebastián Martin, natural de Antequera, algunas señales de heridas en la cabeza, ojos hundidos, sumido de carrillos, de 36 años. Fue condenado por el licenciado Don Alonso Velázquez Maldonado, alcalde mayor de la ciudad de Jerez, en seis años de galeras al remo y sin sueldo, y no los quebrante pena de cumplirlos doblados, por andar inquietando a una mujer casada haciéndole muchas molestias y haberla arrojado una noche por la ventana y haberse resistido a la justicia… Fue recibido en nueve de marzo de mil y seiscientos y sesenta y un años».

«Los libros que tenemos abarcan del año 1624 hasta 1748. Realmente este tipo de registros ya se usaban antes, pero sólo han quedado estos en España, los cuales vienen del archivo de Cartagena», determina Terés. Estas joyas de la Historia, según explica, pertenecen a la Escuadra de Galeras de España, una de las existentes en el imperio ibérico. «En la época de Carlos V se reestructuraron las escuadras de galeras en 4: una con base en España, otra en Nápoles, Sicilia y Génova», afirma la experta.

El mal menor

Sin embargo, y en contra de lo que puede dar a entender la gran pantalla, la condena a remos en galeras solía ser una alternativa que se daba al preso. «Era una pena durísima, pero como conmutaba una pena de muerte o una pena corporal -es decir, la amputación de algún miembro por haber cometido un delito-, era el mal menor», explica la directora técnica de los archivos de la Armada.

Y es que, aunque las galeras eran consideradas como la principal arma naval del Mediterráneo, también hacían las veces de pequeñas cárceles a las que la justicia enviaba a cientos de prisioneros a cumplir condena. De esta forma, se lograba una doble función: limpiar las superpobladas prisiones y conseguir mano de obra gratuita que propulsara este tipo de buque, accionado casi exclusivamente a remo.

A pesar de todo, la pena no era ni mucho menos apetecible, pues, al gran esfuerzo físico, se le unían las malas condiciones higiénicas de la galera. «Estaban encadenados a los remos, con lo cual hacían toda su vida en el banco, desde dormir hasta hacer sus necesidades y comer. Siempre se ha dicho que se sabía que venía una galera por el hedor que desprendía. De hecho, los soldados de la galera solían llevar pañuelos mojados en perfumes en la cara para poder soportar el olor», añade Terés.

A su vez, tampoco era mucho mejor la comida de los prisioneros y esclavos. Concretamente, la «delicatessen» de la que disfrutaban todos los cautivos y forzados era el llamado «bizcocho»: un pan medio fermentado al que era de obligación agregar agua para que fuera comestible. Una vez al día, además, recibían una ración de legumbres cocidas en un poco de aceite.

Además de todos estos pesares, los remeros tenían un alto riesgo de fallecer en combate. «Al ir encadenados, si el barco se iba a pique, se hundía con los remeros. Nadie solía acudir a salvarles», explica la experta. Tampoco mejoraban las cosas para los forzados si la guarnición del buque era derrotada en combate, pues usualmente eran hechos esclavos por el enemigo

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lunes, junio 8

Hornillas sin lumbre

Queta Navagómez.
Del libro Raíces de mangle.

En tierras ajenas duerme mi madre 
y escucha lo delgado de la lluvia 
gotear entre el mutismo y las raíces. 
Se me estará enfermando de nostalgia 
mientras cuento a la casa que ella ha muerto 
y tiemblan de pesar las telarañas.
Y esta casa la espera todavía
con una puerta tercamente abierta
y la quietud de sillas empolvadas.
Las hornillas sin lumbre preguntan por sus manos 
por sus manos preguntan sin lumbre las hornillas. 
Y en el huerto, aún la aguardan
la brutal desnudez de los ciruelos
y el maltrecho esqueleto de un rosal. 
En tanto que mi madre y su fantasma 
-anónimos y solos-
escuchan lo delgado de la lluvia 
bajar en espirales,
y un anhelo de azaleas encendidas 
estremece el descanso.


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