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jueves, junio 11

La impresora 3D, un invento de los 80 que triunfa 30 años después

(Un texto de Beatriz Guillén en bbvaopenmind.com leído el 5 de abril de 2017)

A Chuck Hall (Clinton, Colorado, 1939) la fama le ha llegado 30 años tarde. Una noche de marzo de 1983, este ingeniero sacó de la cama a su esposa en pijama para enseñarle lo que había conseguido: había imprimido una pequeña copa de plástico negro con un nuevo método creado por él, al que llamó estereolitografía. Hull llevaba meses ocupando sus noches y fines de semana en desarrollar un nuevo aparato con el que pudiera crear pequeños objetos de plástico. No lo sabía todavía, pero se había convertido en el padre de la impresora 3D. Un invento que ahora está cambiando la forma en la que creamos todo: desde juguetes y creaciones espaciales hasta, incluso, órganos humanos. Las posibilidades de su invento se han vuelto casi infinitas. Pero han hecho falta tres décadas para ver lo que hoy llamamos futuro.

El momento Eureka tuvo su primer estallido a principios de 1980. Hull trabajaba entonces en Ultra Violet Products, una empresa del sur de California que moldeaba resina con luz ultravioleta y la utilizaba para recubrir muebles. Un día se dirigió a su jefe con una idea: quería colocar cientos de capas de plástico, una encima de otra, y aprovechar la luz ultravioleta para darles distintas formas. Pero, para poder convertir un montón de plástico apilado en un verdadero objeto en tres dimensiones, necesitaba una máquina. Una máquina rápida. Hull, como ingeniero de diseño, estaba frustrado por lo lenta que era la producción incluso de pequeños prototipos de plástico, ya que había que esperar meses solo para probar los nuevos diseños.

El material que cambia de líquido a sólido

A Hull no le permitieron dedicarse a su sueño durante sus horas de trabajo, pero sí le prestaron un pequeño laboratorio donde hacerlo realidad. Después de un año de esfuerzo, el ingeniero desarrolló un sistema en el que luz ultravioleta iluminaba una cubeta rellena de un material llamado fotopolímero. Este tipo de material cambia de líquido —su estado natural— a sólido cuando recibe esta luz. De esta manera, podía dibujar la forma e ir rellenando con capas hasta que el objeto estaba completo.

Para que la impresora conociera qué tipo de forma debía completar, Hull debía escribir él mismo el código. Esta limitación provocó que, al principio, la impresora solo realizara figuras muy simples. Sin embargo, a mitad de los 80, la máquina ya había evolucionado lo suficiente como para convertirse en un producto comercial. El estadounidense patentó su invento en 1986, el mismo año que fundó 3D Systems, la primera compañía de impresoras 3D. Hubo que esperar un año más para que saliera a la venta el primer ejemplar. Como era demasiado pesado para llevarlo a demostraciones, Hull realizaba pequeños vídeos para mostrar sus capacidades a los ejecutivos de otras empresas.

Ya en los primeros años, la compañía tuvo una cierta acogida, especialmente con la industria automovilística. General Motors y Mercedes-Benz pronto comenzaron a utilizar la tecnología de 3D Systems para construir y probar prototipos, ya que les ahorraba meses en el proceso de diseño. Sin embargo fue un éxito discreto, una discreción que nunca preocupó a su creador. Hull se lo dijo entonces a su mujer: la tecnología 3D iba a tardar entre 25 y 30 años en madurar y encontrar su lugar. Pero iba a ser algo importante. Acertó en ambas predicciones. La paciencia se convirtió en su mejor aliada.

Una casa hecha con impresoras

¿Qué ha ocurrido en este tiempo para conseguir dar el gran salto? “La precisión”, comentó su creador a una entrevista con la CNN. “Cuando los materiales pasan de líquido a sólido tienden a contraerse lo que puede provocar que se distorsionen. Ahora, la química ha mejorado mucho y prácticamente no hay distorsiones. También en cuanto a propiedades físicas: antes se rompían pronto los materiales y ahora puedes conseguir plásticos realmente buenos y duros”

La mejora en los materiales y en la tecnología, unida a una reducción del precio —se pueden conseguir impresoras desde 1.200 euros— han creado un universo en tres dimensiones de infinitas posibilidades. Ya hay comida que se puede imprimir en 3D. Un grupo de científicos en la Universidad de California está tratando de crear con estas máquinas una casa entera. Los planos se pueden descargar en Internet de manera que se puede crear cualquier cosa, por cualquiera, en cualquier parte. Esta democratización de la producción ha desembocado en un gran movimiento maker y en una ola de propuestas tridimensionales. Pero de todos los campos hay uno que destaca sobre el resto: la medicina. Prótesis, medicinas, tejidos e incluso órganos están siendo impresos en 3D. Está revolucionando la forma de hacer cirugías y de rehabilitar a un paciente.

Hull, que tiene más de 100 patentes a su nombre se muestra sereno ante esta nueva fiebre. En 2014, recibió con 75 años en Berlín el premio a mejor inventor de fuera de Europa que otorga la Oficina Europea de Patentes. Allí afirmó tranquilo: “Está bien recibir algo de reconocimiento, ha sido un trabajo duro, pero por otra parte yo solo quiero seguir trabajando”.

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miércoles, junio 10

Cómo sobrevivir en caso de naufragio

(Un texto de Javier Yanes en la página bbvaopenmind.com leído el 18 de octubre de 2017)

El 19 de octubre de 1952, el médico y biólogo francés Alain Bombard se hacía a la mar en solitario en Las Palmas de Gran Canaria a bordo de una lancha Zodiac hinchable, con un sextante y sin provisiones. Con tan parcos medios, su objetivo parecía del todo descabellado: cruzar el Atlántico. Pero lo logró: 65 días después, el 23 de diciembre, tocaba tierra en Barbados; con 25 kilos menos, pero vivo, y sin secuelas que le impidieran llegar a la avanzada edad de 80 años.

Cinco años antes, en 1947, el noruego Thor Heyerdahl había liderado la expedición de la Kon-Tiki a través del Pacífico para probar que los pueblos antiguos podían haberse expandido a través del océano con recursos primitivos. Pero a diferencia de Heyerdahl, el interés de Bombard no era la sed de aventura, sino simplemente la sed, en su sentido más literal y biológico.

El viaje de la Kon-Tiki había probado que los antiguos navegantes pudieron sobrevivir en el océano hidratándose con el jugo de los peces y bebiendo agua de mar mezclada con agua dulce en una proporción de 2:3. Bombard había conocido las muertes de varios marineros naufragados mientras ejercía como médico en Boulogne-sur-Mer, pero estaba convencido de que no era la deshidratación la que los mataba, sino la desesperación. Así se propuso demostrar que era posible sobrevivir a un naufragio sólo con los recursos disponibles en alta mar, incluyendo el agua salada.

Tras un intenso período de estudio en el Instituto Oceanográfico de Mónaco y unas primeras etapas de preparación en el Mediterráneo y África, Bombard tuvo el tiempo justo de regresar a París para asistir al nacimiento de su primera hija antes de afrontar su gran viaje, en el que arriesgaría su propia vida para poner a prueba su teoría.

El régimen diseñado por Bombard consistía en alimentarse mínimamente con plancton —rico en vitaminas— y con pescado crudo. La necesidad más crítica, la hidratación, se resolvería exprimiendo el fluido de los peces y recogiendo agua de lluvia, complementada con pequeñas dosis de agua de mar que no excedieran un litro al día: una cucharada a intervalos de 20 minutos, dejando que la saliva diluyera la sal en la boca.

El Doctor Loco

Este último era el aspecto más polémico del experimento, algo de lo que Bombard era consciente cuando bautizó su lancha como L’Hérétique, El hereje. En su país fue tildado de Docteur Fou, Doctor Loco. Su coetáneo, el médico alemán Hannes Lindemann, también navegante en solitario, cuestionó la veracidad del experimento de ingesta de agua salada tal como Bombard lo describió en su libro Naufragé volontaire (Éditions de Paris, 1953). Lo cierto es que el francés llevaba en su lancha un equipo de emergencia sellado con provisiones y agua, pero no consta que lo empleara, sólo unos días antes de su llegada a Barbados fue auxiliado por un buque donde le ofrecieron un almuerzo.

Desde antiguo es un hecho conocido que el ser humano no puede mantenerse hidratado con agua salada. Los marineros que lo hacen mueren deshidratados después de sufrir un envenenamiento que les hace perder la razón. El motivo, explica la Administración Oceánica y Atmosférica de EEUU (NOAA), es que “los riñones humanos sólo pueden hacer orina que es menos salada que el agua de mar”. En concreto, la orina alcanza un máximo en torno al 2% de sal, mientras que el agua marina ronda el 3,5%.

Cuando bebemos agua salada, aumenta la salinidad de nuestra sangre y el exceso debe ser expulsado. “Por tanto, para librarnos del exceso de sal del agua de mar, tenemos que orinar más agua de la que hemos bebido”, prosigue la NOAA. En concreto, para rebajar la sal de un litro de agua de mar hasta el 2%, el riñón necesita añadir 0,75 litros de agua del cuerpo. “Finalmente morimos de deshidratación”. Cuando el cuerpo no puede eliminar el sodio sobrante se produce un desequilibrio cuyos efectos en los órganos, incluyendo el sistema nervioso, desencadenan el cuadro de síntomas que lleva al coma y a la muerte.

Pequeñas cantidades de agua de mar

En la Segunda Guerra Mundial los naufragios fueron abundantes, y entonces circularon historias de marineros que habían sobrevivido bebiendo pequeñas cantidades de agua de mar. En 1943, el médico del Hospital Nacional de Reino Unido W. S. S. Laddell publicó un estudio en la revista The Lancet en el que puso a prueba esta posibilidad. Laddell comprobó que “un hombre con déficit de agua continúa produciendo 350-450 cm.c. [centímetros cúbicos] de orina al día”. Pero en sus experimentos complementando la ingesta de agua dulce con agua salada, Laddell descubrió que se producía “una ligera ganancia de agua para el cuerpo, porque el agua extra perdida en la orina es menor que el agua extra ingerida como agua de mar”.

Aunque el propio Laddell añadía una nota advirtiendo de que el comité que había encargado el estudio para ayudar a los náufragos en combate no recomendaba beber agua de mar, lo cierto es que la tesis de Bombard no ha sido definitivamente refutada. En 1987, un estudio con ratas concluía que “cuando un hombre se pierde en el mar, no es aconsejable beber toda el agua dulce y después verse obligado a beber agua de mar cuando está deshidratado”. En su lugar los investigadores, de la Universidad Ben-Gurion de Israel, recomendaban “aumentar lentamente la dosis de agua salada” cuando el náufrago aún está bien hidratado.

Documentos actuales como el Manual de Supervivencia del Ejército de EEUU FM 3-05.70 (FM 21-76) aconsejan claramente no beber agua de mar ni orina en caso de naufragio. Sin embargo, el manual sí valida otras ideas puestas en práctica por Bombard, como reducir el alimento a lo imprescindible, ya que la digestión consume agua del organismo. También recomienda aprovechar el jugo de los peces, en concreto el fluido del ojo y el que rodea la espina, ya que estos líquidos son menos salinos que el agua de mar. Para reducir la sudoración, el manual aconseja protegerse del sol y humedecer y escurrir la ropa.

A pesar de que hoy en ninguna embarcación suele faltar un sistema de desalinización o evaporación de agua, el legado de Bombard continúa socorriendo a los náufragos, al menos en un aspecto independiente del eterno debate sobre la ingesta de agua salada: según decía el navegante francés Gérard d’Aboville en el obituario de Bombard publicado en el diario Libération el 20 de julio de 2005, el Doctor Loco “comprendió que es en primer lugar la esperanza lo que hace sobrevivir a un superviviente, y lo demostró”.

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martes, junio 9

«Inquietar a una mujer casada» y otros delitos castigados con galeras

(Un texto de Manuel P. Villatoro en el ABC del 

El Museo Naval de Madrid guarda 25 «Libros de Galeras» españoles en los que se pueden apreciar cientos de historias de prisioneros condenados al remo.
 

Asesinatos, pequeños hurtos, o incluso inquietar a una mujer casada. Son cientos los delitos que podían hacer que una persona con una vida normal acabara remando durante años en los buques españoles como castigo. Sin embargo, y a pesar de su variedad, la mayoría de estas penas han visto la luz gracias a que han quedado recogidas en los 25 «Libros de Galeras» que el Museo Naval de Madrid guarda y restaura desde hace varios meses.

«En estos libros era donde se registraban la dotación y el personal de una galera, que iba desde los oficiales hasta los esclavos», afirma en declaraciones exclusivas para ABC Carmen Terés Navarro, directora técnica de los archivos de la Armada, mientras posa su mirada sobre la cubierta de uno de los tomos.

Las viejas hojas de papel que muestra la experta abren un mundo desconocido de biografías de la época. «En estos libros quedaban registrados los nombres tanto de la “gente de mar” –la tripulación-, como de la “gente de guerra” -la guarnición militar del buque-. Por otro lado, también se apuntaba a la “gente de remo”, que estaba formada a su vez por los “forzados” –presos sentenciados a penas de galeras por un tribunal-, y los “esclavos”, que nunca serían liberados», añade Terés.

Ficha de prisioneros

No obstante, de los 25 libros que tiene en su posesión el Museo Naval, 18 guardan exclusivamente datos de los presos forzados, a los que más atención se prestaba. Y es que, mientras que de los soldados sólo se apuntaban datos como el destino o el rango, de los prisioneros era necesario hacer una carta de presentación con todos sus datos para así poder reconocerles durante la condena.

«Lo que se apuntaba en estos libros era como una especie de D.N.I. Cómo no había forma de determinar quién era cada uno, pues no disponían de fotografías, se escribía en los libros de galeras su lugar de procedencia, de donde eran sus padres, el delito que había cometido, y sus rasgos físicos más reconocibles. Además, al margen se ponía la condena que tenían, los años que debía permanecer en galeras y, al final, si era liberado», determina la experta.

El trabajo de los escribanos de la galera era muy concienzudo, como muestra el extracto de uno de los tomos. Así, en el centro de la hoja se puede leer: «Sebastián Martin, natural de Antequera, algunas señales de heridas en la cabeza, ojos hundidos, sumido de carrillos, de 36 años. Fue condenado por el licenciado Don Alonso Velázquez Maldonado, alcalde mayor de la ciudad de Jerez, en seis años de galeras al remo y sin sueldo, y no los quebrante pena de cumplirlos doblados, por andar inquietando a una mujer casada haciéndole muchas molestias y haberla arrojado una noche por la ventana y haberse resistido a la justicia… Fue recibido en nueve de marzo de mil y seiscientos y sesenta y un años».

«Los libros que tenemos abarcan del año 1624 hasta 1748. Realmente este tipo de registros ya se usaban antes, pero sólo han quedado estos en España, los cuales vienen del archivo de Cartagena», determina Terés. Estas joyas de la Historia, según explica, pertenecen a la Escuadra de Galeras de España, una de las existentes en el imperio ibérico. «En la época de Carlos V se reestructuraron las escuadras de galeras en 4: una con base en España, otra en Nápoles, Sicilia y Génova», afirma la experta.

El mal menor

Sin embargo, y en contra de lo que puede dar a entender la gran pantalla, la condena a remos en galeras solía ser una alternativa que se daba al preso. «Era una pena durísima, pero como conmutaba una pena de muerte o una pena corporal -es decir, la amputación de algún miembro por haber cometido un delito-, era el mal menor», explica la directora técnica de los archivos de la Armada.

Y es que, aunque las galeras eran consideradas como la principal arma naval del Mediterráneo, también hacían las veces de pequeñas cárceles a las que la justicia enviaba a cientos de prisioneros a cumplir condena. De esta forma, se lograba una doble función: limpiar las superpobladas prisiones y conseguir mano de obra gratuita que propulsara este tipo de buque, accionado casi exclusivamente a remo.

A pesar de todo, la pena no era ni mucho menos apetecible, pues, al gran esfuerzo físico, se le unían las malas condiciones higiénicas de la galera. «Estaban encadenados a los remos, con lo cual hacían toda su vida en el banco, desde dormir hasta hacer sus necesidades y comer. Siempre se ha dicho que se sabía que venía una galera por el hedor que desprendía. De hecho, los soldados de la galera solían llevar pañuelos mojados en perfumes en la cara para poder soportar el olor», añade Terés.

A su vez, tampoco era mucho mejor la comida de los prisioneros y esclavos. Concretamente, la «delicatessen» de la que disfrutaban todos los cautivos y forzados era el llamado «bizcocho»: un pan medio fermentado al que era de obligación agregar agua para que fuera comestible. Una vez al día, además, recibían una ración de legumbres cocidas en un poco de aceite.

Además de todos estos pesares, los remeros tenían un alto riesgo de fallecer en combate. «Al ir encadenados, si el barco se iba a pique, se hundía con los remeros. Nadie solía acudir a salvarles», explica la experta. Tampoco mejoraban las cosas para los forzados si la guarnición del buque era derrotada en combate, pues usualmente eran hechos esclavos por el enemigo

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lunes, junio 8

Hornillas sin lumbre

Queta Navagómez.
Del libro Raíces de mangle.

En tierras ajenas duerme mi madre 
y escucha lo delgado de la lluvia 
gotear entre el mutismo y las raíces. 
Se me estará enfermando de nostalgia 
mientras cuento a la casa que ella ha muerto 
y tiemblan de pesar las telarañas.
Y esta casa la espera todavía
con una puerta tercamente abierta
y la quietud de sillas empolvadas.
Las hornillas sin lumbre preguntan por sus manos 
por sus manos preguntan sin lumbre las hornillas. 
Y en el huerto, aún la aguardan
la brutal desnudez de los ciruelos
y el maltrecho esqueleto de un rosal. 
En tanto que mi madre y su fantasma 
-anónimos y solos-
escuchan lo delgado de la lluvia 
bajar en espirales,
y un anhelo de azaleas encendidas 
estremece el descanso.


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domingo, junio 7

Cuando John Wayne era "un perdedor": la historia detrás de los castings legendarios

(Un texto de Paula Cantó leído en El Confidencial del 16 de diciembre de 2018)

Juan Tejero publica ‘En busca del reparto perfecto’, un libro que recoge cuarenta películas clásicas y cómo podrían haber sido completamente diferente a lo que conocemos.

“Las leyes físicas, la mitología griega y el convertirse en estrella de cine se parecen extraordinariamente”, escribe Juan Tejero. “Cada acción exige la creación de una reacción propia, de carácter inmutable”. Y lo ejemplifica con casos que casi cuenta como leyendas: si George Raft no hubiese rechazado todos los guiones que le ofrecía la Warner, probablemente Humphrey Bogart no se hubiese convertido en una estrella. Si finalmente a Shirley Temple le hubiesen dejado protagonizar ‘El mago de Oz’, quizá Judy Garland hubiese continuado siendo una actriz menor.

Decenas de historias como estas, en las entrañas del reparto y la producción de algunas de las películas más míticas del cine, aglutina Tejero en ‘En busca del reparto perfecto: las castings más legendarios del cine clásico’ (Bookland). El libro recoge cuarenta cintas y las decisiones que hubo detrás de ellas, donde muchas veces, “perder la ocasión de convertirse en estrella de cine fue el resultado de la pereza o la estupidez, o una combinación de ambas”.

'Drácula' y un desesperado Bela Lugosi

Su acento húngaro le puso la guinda a frases como “Yo no bebo… vino” y no parece fácil pensar en otro rostro para hacer carne al rey de los vampiros. Sin embargo, Bela Lugosi, quien fuera el legendario Drácula en Broadway, no fue la primera opción para encarnar al personaje de la que se convertiría en la película de terror más famosa de todos los tiempos.

“Lugosi era quizá el último actor al que la Universal pensaba encargar tal labor”, escribe Juan Tejero. Lo que el estudio pretendía era darle el papel protagonista a la estrella muda Lon Chaney, que había generado la serie de melodramas de terror producidas por Universal con intepretaciones como las de ‘El fantasma de la ópera’ de 1925. Sin embargo, Chaney murió el 26 de agosto de 1930, ahogado en su propia sangre tras sufrir una hemorragia en la garganta. Tejero explica que Chaney padecía un cáncer terminal en las cuerdas vocales, probablemente causado por los cosméticos que utilizaba.

Aun así, la siguiente opción a considerar para encarnar a Drácula tampoco fue Lugosi. Entre los candidatos se postulaban Conrad Veidt, que había aparecido en ‘El gabinete del doctor Caligari’; Ian Keith; William Courtenay o Paul Muni. Todos ellos fueron descartados mientras Lugosi, por su cuenta, trataba de llamar la atención de Universal donando sus servicios a su unidad internacional: dobló al húngaro el trabajo de Conrad Veidt en ‘Magia roja’ (1929) o intercedió ante la viuda de Bram Stoker para reducir el precio de sus derechos.

A pocas semanas del rodaje y con una precaria situación económica en Universal, el jefe del estudio, Carl Laemmle, decidió, por fin, “llamar al actor que había dedicado años de identificación obsesiva al papel de Drácula”. Eso sí, tanto insistir y mostrar su cara más desesperada tuvo consecuencias: Universal solo le ofreció a Lugosi 500 dólares semanales por siete semanas de trabajo.

'Ben-Hur': Charlton Heston iba a ser Mesala

Era 1957 cuando Joseph R. Vogel, presidente de la Metro-Goldwyn-Mayer, anunció que iban a preparar una nueva versión de ‘Ben-Hur’, la cual tenían intención de convertir en “la película más gigantesca y ambiciosa de la historia”. Y, al principio, el candidato ideal a ojos del estudio debía ser Burt Lancaster. “Por sus hazañas atléticas de acróbata, confirmado en ‘Trapecio’”, explica Tejero. Pero Lancaster se negó: para él, aunque se proclamó ateo, la película era “una visión denigrante del cristianismo”.

Todavía quedaba algún nombre por delante hasta llegar al Ben-Hur de Heston. Cuando Kirk Douglas leyó el guion, fue de inmediato a ofrecerse al director William Wyler para el papel protagonista, pero Wyler le ofreció el rol de Mesala. Douglas lo rechazó. “Él solo quería ser el bueno”.

Otra idea de la Metro fue contratar a Rock Hudson como Ben-Hur. En este caso, Charlon Heston sería el encargado de encarnar a Mesala, idea que tampoco cuajó. El tercer candidato fue Paul Newman, quien más tarde se autodescartó después de su “desastroso debut” en ‘El cáliz de plata’ (1954). “Nunca volveré a actuar en una película con vestido de cocktail”, anunció. Otros nombres sobre la mesa fueron el español Ricardo Valle, el italiano Cesare Danova, Marlon Brando y John Gavin. Finalmente, presionada por Wyler, la Metro acabó eligiendo a Heston y “el actor se lanzó de cabeza a la oferta”: un sueldo de 250.000 dólares por treinta semanas de trabajo.

'Vacaciones en Roma': la "suerte" de Hepburn

La primera dificultad que con la que se encontró William Wyler cuando fue a rodar ‘Vacaciones en Roma’ -además del caos que supuso grabar en la ciudad italiana- fue encontrar a la actriz perfecta para el papel de la princesa. “Quería una chica sin acento americano, alguien que pudieses creer que había sido educada para ser una princesa” fueron las palabras del director, recogidas por Tejero. Jean Simmons era la candidata ideal, pero Howard Hughes tenía la propiedad de su contrato y se negó a liberarla. Liz Taylor, la otra opción, tampoco fue viable.

Richard Mealand, jefe de producción de la Paramount en Londres, jugó un papel fundamental en una llamada telefónica desde la central de Nueva York, en la que, siguiendo las indicaciones de Wyler, le consultaban si la actriz francesa Colette Ripert podría ser una posibilidad. “Tengo otra candidata”, respondió. “Me impresionó su actuación en un pequeño papel en ‘Risa en el paraíso’. Tiene veintidós años, mide metro setenta, pelo castaño oscuro… Está un poco delgada pero es muy atractiva. Baila muy bien. Su voz es clara y juvenil sin acentos. Parece más continental que inglesa”. Era Audrey Hepburn. Tejero no duda en destacar “el rol que jugó la suerte en su selección y lo cerca que estuvo de perder la oportunidad de su vida”.

Para poder contar con ella, el estudio sugirió que cambiara su apellido para “evitar conflictos” con Katharine Hepburn, pero ella se negó. “Si me queréis, tendréis que aceptar mi apellido”, zanjó. También hubo una pequeña crisis nada más llegar a Roma: Audrey se había enterado de que Wyler había querido contratar a Jean Simmons y la decepción de Hepburn casi provocó que el director cancelase la película. “Audrey era consciente de que estaba ocupando el lugar que debería haber sido de alguna otra princesa”.

En el caso de Gregory Peck, tampoco fue la primera opción. El guion se lo envió el director a Cary Grant, quien lo rechazó porque “sabía que el centro de atención sería la chica”.

Cuando Scarlett O'Hara paralizó a un país

En 1936, los millones de lectores de la novela de Margaret Mitchell llamada ‘Lo que el viento se llevó’ tenían su propia opinión sobre quién debería poner el rostro a los personajes principales. Miles de cartas llegaban a Culver City con “peticiones enfervorizadas” sobre los intérpretes, con nombres que variaban de un mes a otro, salvo en lo que se refería a Rhett Butler: “el 98% de las personas que escribieron veían a Clark Gable en la piel del pícaro aventurero”. Cuando Gable supo que David O. Selznick le quería para el papel, entró en pánico. “No es que no apreciara el halago del público, es que Rhett era mucho pedir. No quería tener nada que ver con él. Ningún intérprete en su sano juicio se hubiera atrevido a encarnar a Rhett”, dijo al principio.

En Hollywood, relata Tejero, todas las actrices decidieron que el papel de Scarlett O’Hara debía ser suyo. “Elegir el reparto del filme se había convertido en una obsesión nacional”, explica. La búsqueda de Scarlett también dio para varias anécdotas: una mañana llegó un paquete enorme a la oficina de Selznick con la inscripción ‘Abrir inmediatamente’. De él salió una chica que fue corriendo a su despacho, donde empezó “a recitar el papel de Scarlett mientras se desnudaba”. Cuando el productor por fin conoció a Vivien Leigh, le impactó tanto que canceló repentinamente otra prueba para Paulette Goddard cuando la actriz ya estaba vestida y maquillada. “Cuando me puse el vestido, aún estaba tibio de la actriz anterior”, recordó Leigh.

¿Por qué este cambio tan brutal? Como recoge Tejero, Selznick nunca olvidará la noche en la que su hermano Myron le presentó a Leigh en una fiesta antes del rodaje. “La miré una vez y supe que era ella… por lo menos en lo que hacía al aspecto físico , en lo que hacía a mi idea de Scarlett”, dijo. “Nunca me recobraré de aquella primera impresión”. Leigh pudo llegar a conocerle y, en consecuencia, a aparecer en la película, gracias a sus contactos: en Inglaterra ya era una actriz conocida y era pareja de Laurence Olivier, cliente de Myron. Para ella, explica Tejero, fue más fácil estar en el lugar adecuado en el momento apropiado”.

'La diligencia': "John Wayne será un perdedor"

Aunque John Wayne fue desde el principio la opción principal para Ringo Kid, a punto estuvo de no participar en la película de John Ford. “Los promotores no lo quieren, el productor no lo quiere…” le dijo Ford a la actriz Claire Trevor. ¿Por qué no querían a John Wayne? “Razones no les faltaban a quienes solo veían en ‘Duke’ un aspirante a estrella del western que deambulaba por la prolífica cantera del western de serie B”, explica Tejero.

El productor Walter Wagner fue tajante: la película no recuperaría ni siquiera los costes a menos que los dos papeles protagonistas fueran para dos estrellas. Los dos nombres que propuso fueron Gary Cooper y Marlene Dietrich. “El productor estaba seguro de que la incapacidad de Wayne para convertir ‘La gran jornada’ en un éxito era la demostración de que siempre sería un perdedor”, cuenta Tejero. Pero Ford insistió: quería a Wayne y haría todo lo posible. Por eso aseguró que podrían hacer la cinta por un presupuesto módico de 546.200 dólares eliminando el Technicolor. Que además el precio de contratar a Gary Cooper fuera demasiado alto jugó en su favor.

Wagner terminó por ceder, no sin antes insistir en que Wayne hiciese una prueba con Trevor. Desde ese momento, no hubo un actor de Hollywood que, "al enfrentarse al género del western, no buscara a John Wayne como maestro".

 

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sábado, junio 6

14 expresiones coloquiales del alemán que has de saber

(Un texto leído en Infoidiomas el 20 de marzo de 2018)

¿Por qué saber expresiones coloquiales del alemán cuando ya tienes un buen nivel en este idioma? De acuerdo, vamos a ver: ya sabes alemán. Conoces la gramática, has memorizado una gran cantidad de vocabulario y puede que hasta llegues a dominar la pronunciación. Bien, eso está pero que muy bien. Pero dinos: ¿conoces el alemán del día a día? ¿Aquel que realmente se habla en la calle? Pues de eso mismo va este artículo. De aquellas expresiones coloquiales del alemán que mejor te van a venir.

Y es que en nuestro día a día rara vez solemos decir “Buenos días señor, ¿qué tal está usted? Parece que se acercan chubascos y nubarrones por el frente noreste”; sino más bien “¿Qué pasa tío? ¿Qué tal te trata la vida? Parece que nos vamos a mojar”. Lo mismo sucede con los alemanes. Y ni en la Alexanderplatz ni en cualquier otro lugar de Alemania oirás hablar un alemán perfectamente formal. Habitualmente escucharás un alemán más coloquial (o ‘slang’, como lo llaman los ingleses) que el que nos enseñan en las escuelas. De ahí la razón de ser de este artículo: enseñarte algunas de las expresiones coloquiales del alemán más habituales.

Toll!

Qué significa: ¡Genial!

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: también, y curiosamente, puede ser traducido por nuestro muy castellano ‘¡Chapó!’. Anécdotas aparte lo cierto es que en alemán es muy común esta expresión. Sobre todo en conversaciones coloquiales. Más o menos como aquí en España. En la misma línea tenemos ‘Spitze!’ (‘¡Guay!’). También muy empleada.

Genau

Qué significa: Exacto, eso es (amén de otras acepciones. Pero ahora estamos hablando de alemán coloquial).

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: otra de las más habituales. Y muy utilizada para dar a entender a tu interlocutor que le estás siguiendo el hilo de la conversación. Nuestro equivalente en castellano sería ‘Ya…’, ‘Claro…’. Aunque también en este sentido se usan mucho ‘Klar!’ (‘¡Seguro!’, ‘¡Claro!’) y ‘Ach so!’ (‘¡Ah, ya!’, ‘¡Ah, sí!’). Muy útil en el caso de que no entiendas absolutamente nada de lo que te han dicho pero te de vergüenza pedirles que lo repitan.

Alles klar

Qué significa: Todo bien.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: Muy empleada a modo de pregunta: ‘Alles klar?’ (‘¿Todo bien?’). Cierto, la expresión que a todos nos enseñan en el colegio/academia es ‘Wie geht’s?’. Y aunque se trata de una fórmula bastante informal recuerda que aquí estamos hablando del alemán más coloquial. Del tipo ‘Colega, me mola mazo tu chupa’. En ese plan.

Kein Problem

Qué significa: Sin problema.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: que en español equivaldría a nuestro ‘No te preocupes’. Una expresión tan común en Alemania como en cualquier país hispanohablante.

Macht nichts

Qué significa: No importa.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: muy similar al ‘Kein Problem’ que mencionábamos arriba. Tanto por lo que dice como por lo habitual que es oírla en la calle. Aunque también puede traducirse por ‘¡No pasa nada!’ o ‘Ningún problema’.

Na

Qué significa: realmente no tiene traducción como tal. Ahora te explicamos por qué.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: sí, ‘Na’ es una expresión. Y quizás sea nuestra favorita. ¡Es superexpresiva! Se utiliza tanto para preguntar como para responder. Y podría decirse que significa (repetimos: no tiene traducción como tal que sepamos; esto es tan sólo una aproximación): ‘¿Qué? ¿Todo bien?’ – ‘Psss, tirando’, ‘Más o menos’. Muy, muy coloquial. Lo curioso es que la siguiente conversación en alemán es posible: ‘Na?’ – ‘Na, Na?’ – ‘Na’.

Feierabend

Qué significa: La tarde o la noche de fiesta o del descanso.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: también puedes oír esta expresión como ‘Schönen Feierabend!’ y sirve para indicar que ha llegado el fin de la jornada laboral. Se parece a nuestro ‘¡A casa!’ o ‘Ya hemos terminado por hoy’, pero no significa exactamente lo mismo. Es una de las más habituales, pues suele utilizarse entre compañeros de trabajo como fórmula de despedida.

Abgebrannt sein

Qué significa: equivaldría a nuestro ‘Estar sin blanca’.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: Por desgracia una expresión muy habitual en estos tiempos que corren… Igualmente equivalente a ‘No tener un duro’ (aunque esta expresión castellana ya se nos ha quedado algo anticuada).

Abgemacht!

Qué significa: ¡De acuerdo!

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: expresión empleada para mostrar nuestra conformidad hacia lo dicho por nuestro interlocutor. Vamos, lo que significa el ‘De acuerdo’ de toda la vida. Sólo que en versión germana. Al igual que aquí se usa mucho, allí también.

Esther Loudder nos comenta otras expresiones germanas similares, como son ‘Meinetwegen!’ (‘¡Muy bien!’, ‘¡Entendido!’ y que a veces se reduce a ‘Nun gut!’) y ‘Von mir aus’ (‘Bueno’, ‘Por mí’). ¡Muchas gracias por comentárnoslos Esther!

Ab und zu

Qué significa: De vez en cuando.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: o ‘Alguna vez’. El caso es que esta curiosa expresión alemana no es sólo una de las más habituales, sino también una muy útil. Ideal para cuando queramos responder sin ser totalmente claros 😉

Keine Ahnung!

Qué significa: No tengo idea.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: dicen por ahí que es de sabios reconocer nuestros errores. Igual que admitir que no tenemos idea de algo antes que decir cualquier cosa y fastidiarla (por decirlo finamente). Para todos esos casos, en alemán, ‘Keine Ahnung!’ es tu amigo.

Das ist mir egal

Qué significa: Me da igual.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: no hace falta que expliquemos el por qué es una de las más comunes. Aunque si advertirte de que su uso conlleva una innata “bordería”.

Also bis bald!

Qué significa: ¡Hasta luego!

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: ‘Tschüss’, ‘Auf Wiedersehen’ son las fórmulas de despedida que a todos nos han enseñado. Y si bien éstas son bastante utilizadas en alemán, expresiones más coloquiales como ‘Also bis bald!’ o ‘Bis später’ (significa igualmente ‘Hasta luego’) también. Conviene pues tenerlas en cuenta. Y por favor, que nadie haga chistes con lo de ‘Bis Bald’ y ‘Bisbal’. Está muy visto.

Ich geh aufs Ganze

Qué significa: Ir a por todas.

Porque es una de las expresiones coloquiales del alemán más comunes: También muy utilizada en el alemán más coloquial para dar ánimos a algún conocido. Pero si lo hemos incluido en esta lista es precisamente para tratar de animarte en tu aprendizaje del alemán. ¡Teniendo en cuenta que es uno de los 10 idiomas más difíciles del mundo lo vas a necesitar!

Por supuesto son muchas más las expresiones del alemán ‘slang’ que existen: ‘Zick nicht rum’, ‘Wohl’, ‘Gemütlich’ o ‘Schade!’ son sólo algunas de ellas. Pero te servirán para iniciarte en el aspecto más coloquial de esta lengua. Y si aprender esta lengua es lo que quieres también te recomendamos leer “Los refranes más populares del alemán” o “Los acrónimos más importantes del alemán”. Todos ellos te servirán para ampliar tus conocimientos sobre este idioma. Uno del que solemos hablar bastante a menudo en este blog. Así que ya estás tardando en suscribirte 😉

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viernes, junio 5

El modelo estándar de la física de partículas

(Un texto de Ramon Reis leído en bbvaopenmind.com el 3 de febrero de 2014)

Los griegos llamaron “átomo” a la partícula más pequeña a la que se pudiera llegar dividiendo la materia. Era un concepto puramente teórico, pero era todo lo que sabían de él y así de impreciso consiguió mantenerse hasta tiempos muy recientes. El modelo se vino abajo a mediados del siglo XIX, cuando se empezó a pensar que el átomo tenía “ partes”.  En 1897  J.J.Thomson (no confundir con W.Thomson, Barón Kelvin) descubrió el electrón como partícula elemental con carga eléctrica negativa, que formaba parte del átomo. Como los átomos eran eléctricamente neutros, se pensó que la materia del átomo tenía carga eléctrica positiva, neutralizada por los electrones. El átomo, por tanto, era como un “pudding de ciruelas” en el que anidaban los electrones.

Ernest Rutherford, físico neozelandés afincado en Inglaterra, dio un paso de gigante en 1911 cuando descubrió el protón en el núcleo del átomo. Era un físico “experimental” (en oposición a físico teórico) y su feliz experimento consistió en bombardear una fina lámina de oro con helio ionizado (átomos de helio desprovistos de sus electrones). Con gran sorpresa vio que la mayoría de iones de helio atravesaban la lámina de oro sin problema, pero algunos “rebotaban” como si hubieran chocado con algo sólido. Dedujo que en el núcleo de los átomos de oro había una partícula dura, a la que se llamó más tarde protón. El átomo, por lo tanto, tenía un núcleo duro de protones . Por este descubrimiento recibió el Premio Nobel de Química, con cierto disgusto por su parte porque él se consideraba físico, no químico (“la Ciencia o es Física o es Filatelia”, era una de sus frases).

Nils-Bohr, físico danés, perfeccionó el modelo atómico y lo describió como un mini-sistema planetario, en el que los electrones negativos giraban alrededor del núcleo positivo. El espacio intermedio estaba vacío. El modelo fue completado por James Chadwick hacia 1932 al descubrir el neutrón como parte del núcleo. El modelo “planetario” sin embargo era incorrecto y no explicaba por qué los electrones, al perder energía, no caían hacia el núcleo central, a pesar de la  atracción  electromagnética entre electrones y protones.

Fue la mecánica cuántica la que resolvió el problema, al determinar que los electrones se movían en diferentes capas u “orbitales” y que no podían moverse del nivel cuántico de energía de un orbital a otro nivel sin recibir o ceder un “cuanto” de energía. Las ecuaciones de Schrödinger fijaron así la estructura del átomo, acompañadas por el “principio de exclusión” de Wolfgang Pauli, según el cual en un mismo orbital sólo puede haber un electrón ( o dos, si sus “espín” o momentos angulares intrínsecos son opuestos). Las funciones de onda o ecuaciones de Schrödinger determinan la  “probabilidad” de que un electrón esté en un punto concreto pero no su posición exacta. Werner Heisenberg con su “principio de indeterminación” había señalado que no era posible fijar simultáneamente la posición y el momento (impulso) de una partícula.

Con este bagaje intelectual se llegó a la segunda guerra mundial y a la fisión del uranio en la bomba atómica. La física, a partir de entonces, empieza a explorar las “piezas” que resultan de la destrucción del átomo. Se descubren más y más partículas (hasta un par de centenas), dando origen a un caos que se ha calificado como el “zoo de partículas”.

Fue Murray Gell-Mann, Profesor de Física en Caltech y Premio Nobel 1969, el que puso orden en el zoo, fijando lo que se ha llamado el “modelo estándar de partículas”. La esencia del modelo no es excesivamente complicada, aunque los detalles queden para los especialistas y profesionales. Las partículas se dividen en dos grandes grupos: las que tienen masa y las que transmiten alguna de las fuerzas de la naturaleza. Las partículas con masa son las que forman los protones y neutrones del núcleo atómico y también forman los electrones que giran alrededor del núcleo.

Las partículas componentes de protones y neutrones se llaman “quarks” y son partículas elementales, es decir, que no se componen de piezas más pequeñas. Los electrones también son partículas elementales. Existen tres familias o grupos de quarks con nombres tan peculiares como “up & down”, “charmed & strange” y “top & bottom” (en castellano: arriba y abajo, encantado y extraño, cima y fondo). Las tres familias tienen cantidades crecientes de masa. Las partículas más comunes en la naturaleza son up & down. Además cada familia tiene su propio electrón y su correspondiente neutrino. El electrón de la segunda familia se llama muón y el de la tercera tau.

Las partículas transmisoras de fuerza no tienen, en principio, masa y su nombre genérico es el de bosones. Cada una de las fuerzas de la naturaleza tiene su partícula transmisora específica: fotón (fuerza electromagnética), gluón (fuerza nuclear fuerte) y bosones W-weak y Z-zero (fuerza nuclear débil). El gravitón, correspondiente a la fuerza de la gravedad, no se ha encontrado hasta ahora. La gravedad es la más “rebelde” de las cuatro clases de fuerza existentes y no se ha conseguido incluir en ningún modelo. Lo que se llama “la teoría del todo” ( la unificación de las cuatro fuerzas) es hoy por hoy una quimera. El mismo Einstein fracasó en su búsqueda, aunque le dedicó las últimas décadas de su vida.

Una peculiaridad de los bosones W y Z es que sí tienen masa, masa que les confiere, según se cree, el famoso bosón de Higgs, recientemente descubierto en el CERN, al cruzarse con ellos en el campo de Higgs. Es en cierto modo una ruptura de la simetría de un modelo estándar, que por lo demás resulta bastante simétrico.

En el plano puramente teórico se habla a veces de una super-simetría, un modelo similar al estándar, donde cada partícula de éste tendría su correspondiente equivalente, eso sí con mayor masa y por ende más pesada. Ninguna de estas super-partículas pesadas se ha encontrado hasta ahora. El modelo super-simétrico podría servir, entre otras cosas, para explicar las dimensiones adicionales del hiper-espacio o la naturaleza de la materia oscura. Temas para dejar volar la imaginación …

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