El primero en enviar noticias
sobre el gigante oriental a Ignacio de Loyola, el
fundador de la orden, fue Francisco Javier. El
imperio de los mandarines, en palabras de
este jesuita navarro, era una tierra grande
y pacífica, donde había más justicia que
en cualquier estado de la cristiandad.
Sin embargo, Francisco Javier
hablaba de oídas. Conoció de primera mano Japón,
pero nunca llegó a entrar en la China continental.
En cambio, otro miembro de la Compañía de Jesús, el
italiano Matteo Ricci (1552-1610), consiguió
permiso para entrar, iniciando una larga
etapa de misionero en un territorio completamente
ajeno a la cosmovisión europea.
Para ganarse al soberano
oriental, los religiosos debían demostrar la
superioridad de sus creencias
Para los occidentales del
Renacimiento y del Barroco, China era un gigante
desconocido. La propia denominación de
“China” nada tenía que ver con aquel país, que sus
habitantes llamaban Zhongguo, “reino del centro”.
Sus gentes poseían un carácter muy distinto al de
los europeos, con unos rasgos propios que se
expresaban en mil detalles. Cuando algo les
desagradaba, lo hacían saber por medios indirectos,
en lugar de protestar abiertamente.
Los jesuitas pretendían
evangelizar China. ¿Cómo esperaban lograrlo? Primero
pensaban convertir al emperador.
Una vez que las élites del Imperio fuesen católicas,
lo demás no presentaría gran complicación. La
historia mostraba que eso era lo que había sucedido
en otras épocas, en Roma bajo Constantino o en la
España visigoda de Recaredo.
El padre Madou
Originario de Macerata, una ciudad
italiana del Adriático, Ricci expresó muy joven su
deseo de ser misionero en Asia. Llegó a
China en 1583, junto con el padre Ruggero,
también de la Compañía. Tras instalarse en Zhaoqing,
una ciudad sureña, enseguida trató de adaptarse a su
nuevo entorno. Eso significaba, para empezar,
aprender una lengua de especial dificultad,
compuesta por miles de signos diferentes con una
pronunciación compleja. Llegaría a dominarla a la
perfección, hasta el punto de escribir en ella
libros como Jiaoyou lun (Sobre la amistad).
También inventó un sistema para transcribir
sus caracteres al alfabeto europeo.
Para ganarse al poderoso soberano
oriental, los religiosos europeos primero tenían que
demostrar la superioridad de sus creencias.
Encontraron un camino para lograrlo: la ciencia. En
aquellos momentos, los chinos estaban
interesados en el conocimiento occidental,
en el que veían un instrumento para resolver
problemas prácticos. ¿Cómo calcular, por ejemplo, un
área o un volumen?
Ricci, experto en matemáticas y en
cartografía, facilitó a sus anfitriones lo que
esperaban. Trazó para ellos un mapamundi
que le dio un gran prestigio, el Mapa
completo de las montañas y de los mares de la
Tierra. Algunos, al comprobar en él que el
italiano llegaba desde geografías tan remotas,
suspiraron de alivio. No era probable que desde una
distancia tan descomunal se enviaran tropas para
invadir los
dominios de los Ming.
Ricci exponía en la
residencia de los jesuitas objetos como relojes,
cuadros o libros, que atraían
poderosamente la curiosidad de sus visitantes. Algún
tiempo después tradujo al chino los Elementos de
geometría de Euclides, el sabio griego de la
Antigüedad, junto a su discípulo Qu Rukui.
En su evangelización aceptó
todo el bagaje de la cultura oriental que no fuera
opuesto a los principios cristianos
Por otra parte, intentó difundir
el Evangelio a partir de un planteamiento
intercultural insólito para la época. Los jesuitas
debían ser chinos entre los chinos, es decir,
aceptar todo el bagaje de la cultura oriental que no
fuera opuesto a los principios cristianos. De ahí
que Ricci adoptara un nombre chino, Li
Madou.
Esta pedagogíaimplicaba buscar
los puntos de contacto entre la doctrina de
Jesucristo y la de Confucio, de forma que
la primera resultara menos extraña al público
nativo. Ricci llegó a traducir los Cuatro Libros
del confucianismo al latín, con el título Tetrabiblon
sinense de moribus. En 1603 dio a la luz su
propia versión del catecismo católico, El verdadero
significado del Señor del Cielo.
De todas formas, trasmitir los
valores evangélicos exigía un esfuerzo de
imaginación con el que superar serios obstáculos.
Incluso resultaba difícil hallar una palabra que
tradujera el concepto occidental de Dios, porque, en
China, la idea de una divinidad separada del mundo
no tenía sentido.
Por otro lado, los esfuerzos para
adaptar el cristianismo a la sensibilidad de
los orientales despertaron una profunda hostilidad
en el seno de la Iglesia. Los críticos de
los jesuitas pensaban que la ortodoxia doctrinal
estaba en juego. Se generó una gran polémica que se
zanjó en el siglo XVIII, cuando Roma dio la razón a
los que se oponían a los ritos locales.
Oposición dentro y fuera
Con sus conocimientos científicos
y su savoir faire diplomático, Ricci
hizo amistades entre los dirigentes chinos.
Para granjearse las simpatías de las clases altas
del país, los jesuitas se dejaron barba y el pelo
largo, a imitación de la moda local que seguían los
letrados, es decir, la gente instruida. Había que
obtener su apoyo para materializar el gran
objetivo de la Compañía: crear una red de colegios
al estilo de las que existían en los países
europeos.
Con todo, la desconfianza
hacia los extranjeros era muy difícil de vencer.
En ocasiones, este recelo adquiría tintes violentos.
En cierta ocasión, durante un ataque xenófobo contra
la Compañía de Jesús, Ricci resultó herido. Quedaría
cojo para siempre.
Tardó tres años en volver a la
capital, pero lo hizo a lo grande, bajo la
protección del emperador Wanli
Desde los
tiempos de Marco Polo, los europeos creían en
la existencia de un reino fabuloso llamado
“Catay”. Ricci, gracias las múltiples
informaciones que pudo recoger, llegó a la
conclusión de que esa tierra era, en realidad,
China. Así lo comunicó a sus colegas de la Compañía,
aunque no le prestaron especial atención.
Nuestro hombre no obtuvo permiso
para viajar a Pekín hasta 1598, cuando ya llevaba
quince años en el país. Una autoridad de
Nankín le facilitó la estancia al advertir que la
astronomía europea resultaba de utilidad para
mejorar el calendario, invento que en
China era mucho más que un instrumento para medir el
tiempo: regía el orden social. El caramelo de la
ciencia no impidió, sin embargo, que los burócratas
le hicieran el vacío.
Tardó tres años en volver a la
capital, pero lo hizo a lo grande, bajo la
protección del emperador Wanli. El soberano
quedó encantado con los regalos que
traían aquellos extranjeros, en especial con los
relojes mecánicos. Michela Fontana, en Matteo
Ricci (Mensajero, 2017), señala que “la buena
acogida dispensada a los relojes había permitido a
los jesuitas establecer un canal de comunicación
privilegiado”. Fascinado ante aquellos
visitantes insólitos, el emperador les acribilló a
preguntas. Quería saberlo todo de Europa.
Cómo vivían sus habitantes, cómo se vestían, cómo se
casaban...
Enterrado en China
Ricci coincidió en Pekín
con otro jesuita, el español Diego de Pantoja.
Aunque hubieran podido colaborar, se dedicaron a
llevarse como el perro y el gato. En parte, lo suyo
era un choque de personalidades. Mientras el
italiano era humilde y sociable, el español se
mostraba impetuoso y testarudo.
No obstante, su rivalidad se
explica más bien por sus distintas ideas respecto a
la evangelización. Ricci se concentraba en
el funcionariado. Pantoja, por el contrario, en
las clases humildes. El primero resaltaba
los puntos de contacto entre Oriente y Occidente. El
segundo hacía hincapié en las diferencias y no
ahorraba críticas a Confucio.
En el momento de su muerte, el
jesuita italiano se había ganado el respeto chino.
Por su contribución científica, se le había
concedido el derecho a disponer de un espacio para
su propio mausoleo, un honor que nunca antes se
había otorgado a un extranjero. El sepulcro fue
destruido en 1900, durante la rebelión de los
bóxers. Restaurado después, sería víctima de la
furia vandálica en tiempos de la
Revolución Cultural, por lo que tuvo que ser
de nuevo reconstruido.
Hoy, en pleno siglo XXI, Ricci
no deja de fascinar por la audacia con
la que intentó comprender una cultura tan alejada de
la suya.

