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lunes, febrero 23

Francesco Redi, el primer cazador de mitos

(Un texto de Javier Yanes en bbvaopenmind.com publicado el 28 de febrero de 2020)

En esta época de fake news y bulos en internet, por suerte no faltan quienes dedican su tiempo a contrastar estas supuestas informaciones para destapar los camelos. Hoy los llamamos debunkers, o desmontadores de bulos y mitos. Pero así como las falsas noticias no son un fenómeno exclusivamente actual, tampoco lo es el oficio de desmentirlas: los debunkers tuvieron un precedente ilustre en el siglo XVII, el médico italiano Francesco Redi. Sin embargo, como las mejores historias, la de Redi tiene también un final sorpresa.

Al toscano Redi (18 de febrero de 1626 – 1 de marzo de 1697), médico jefe de la corte de los Medici, no le faltan paternidades académicas: en distintas referencias se le designa como el padre de la biología experimental, la parasitología, la toxicología experimental y la helmintología —el estudio de los gusanos helmintos. Estudió y describió más de un centenar de parásitos, y en este campo hizo uno de sus hallazgos clave, que estos intrusos no surgían del propio cuerpo, sino que nacían a partir de huevos.

Generación espontánea y víboras que bebían vino

Esta observación seguía la línea de la que suele considerarse su mayor contribución a la ciencia, la primera refutación de la generación espontánea. En 1668 publicó sus experimentos en los que demostraba que los gusanos de la carne no eran producto de la putrefacción, sino las crías de las moscas que depositaban sus huevos en ella. La introducción de la condición de control en sus experimentos los convierte en un ejemplo pionero de la metodología que hoy se aplica en los laboratorios.

Con su hallazgo de que omne vivum ex vivo, o que toda vida proviene de la vida, Redi desmontaba un mito extendido en su época, cuyos orígenes se remontaban al menos hasta Aristóteles. Pero la ambición racionalista del toscano no se conformó con esto, sino que se dedicó también a derribar otros bulos populares, algunos de los cuales hoy nos sorprenden por su ingenuidad.

Varios de estos mitos se referían a las víboras, animales a los que Redi dedicó una voluminosa obra. Así, en su tiempo era creencia común que estas serpientes bebían vino y rompían las copas. También se creía que el veneno procedía de la vesícula biliar y que era tóxico si se tragaba. Analizando animales a los que inoculaba el veneno con la cerda afilada de una escoba, el toscano observó que su sangre se coagulaba, y que el jugo ponzoñoso solo era dañino si entraba en el torrente sanguíneo, no si se ingería. Aplicando un torniquete próximo a la mordedura, podía reducirse el flujo del veneno hacia el corazón.

Pero incluso aquel cazador de mitos se dejó embaucar por alguno: no pudo encontrar otra explicación a los insectos que surgían de las agallas de las plantas sino que eran estas las que los producían. Pese a refutar la generación espontánea en la carne muerta, creía que un organismo vivo, una planta, podía crear otro diferente, un insecto.

El falso inventor de las gafas

Sin embargo, no es este el aspecto más llamativo de la trayectoria de Redi, como tampoco lo son sus valiosos versos en los que elogiaba los vinos de su Toscana natal. En realidad, el final más inesperado para la semblanza del primer cazador de mitos es que también fue un hábil creador de fake news; tan hábil, de hecho, que ni siquiera la era de internet, con su facilidad para exponer bulos, ha conseguido aún borrar las huellas de su travesura.

Deseoso de cantar las glorias de su tierra, Redi quiso atribuir a un toscano la invención de las gafas. Para ello urdió la patraña de encontrarse en posesión de la referencia escrita más antigua a este objeto, redactada en 1299 por el florentino Sandro di Pippozzo. Que nunca existió. Redi señalaba además a un toscano, el monje Alessandro di Spina, como el reinventor de las gafas a partir de una idea anterior. El florentino Ferdinando Leopoldo del Migliore completó la farsa proponiendo el nombre del autor de esa supuesta idea anterior: Salvino degli Armati. Naturalmente, también florentino. Y tan ficticio como Pippozzo.

Migliore fue más lejos al asegurar que en tiempos había existido en la iglesia de Santa María la Mayor de Florencia una tumba del tal Armati cuya inscripción le identificaba como el inventor de las gafas. En 1841 se enmendó esta presunta pérdida histórica restaurando la inscripción, bajo un busto que en realidad retrata al historiador Herodoto. Hoy el falso monumento persiste, como también las numerosas referencias que atribuyen la invención de las gafas a Spina o Armati; fake news que han sobrevivido al paso de los siglos.

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jueves, enero 8

La pesadilla de los náufragos del Batavia

(Leído en el blog "El Historicón", donde se publicó en octubre de 2017)

Durante el siglo XVII, Holanda dominó el comercio mundial de las especias a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Esta organización (llamada VOC por sus siglas en holandés) constituía un estado dentro del estado, con sus propios funcionarios, buques y ejército. Para satisfacer la creciente demanda de especias en Europa, la VOC debía traer los productos desde Insulindia (nombre que recibía por entonces el archipiélago malayo) en una peligrosa travesía de 8 meses. Naturalmente, los naufragios eran algo relativamente común, y se calcula que uno de cada 50 barcos no llegaba a su destino (y uno de cada 20 que volvía no alcanzaba las costas holandesas). De uno de esos naufragios trataremos hoy aquí.

En la madrugada del 3 al 4 de junio de 1629, el buque “Batavia” naufragó en el archipiélago de los Abrolhos, al oeste de Australia. Aunque la mayoría de las personas que iban a bordo sobrevivieron al naufragio, el verdadero horror vino después. Uno de los supervivientes, ayudado por sus secuaces, instauró un reino de terror y durante tres meses se sucedieron las violaciones, torturas y asesinatos. La pesadilla sólo acabó cuando un buque de rescate llegó al lugar, apresó a los responsables y liberó de la sangrienta tiranía a los pocos que quedaban. Esta es la historia de los supervivientes del “Batavia”.

*El comienzo de la travesía*

El 2 de octubre de 1628 partía hacia Java un gigante de los mares. El buque “Batavia”, de 50 metros de eslora y capaz de desplazar 1.200 toneladas, comenzaba una travesía que debía llevarle a la isla de Java, donde debía cargar especias y otras mercancías y regresar a Holanda en un viaje que duraría 8 meses. Por aquel entonces, la ruta que seguían los convoyes holandeses hacia Insulindia pasaba por Cape Town (en la actual Sudáfrica), donde se hacía la única escala. Desde allí, los barcos se dirigían hacia el sur para aprovechar los fuertes vientos del este que aparecían a partir del paralelo 40 (los llamados “Rugientes 40”) hasta que se consideraba que se había alcanzado la longitud prevista; entonces se viraba hacia el norte, donde los alisios empujarían los barcos hacia su destino.

Sin embargo, calcular el punto exacto donde se debía virar hacia el norte no era una tarea nada fácil, pues los marinos no tenían forma de calcular la longitud (no pudieron hacerlo hasta la invención del cronómetro marino, un siglo más tarde), por lo que la decisión se fundamentaba en gran medida en las intuiciones del capitán, que a su vez se basaban en el número de días que llevaban de travesía y la fuerza aparente del viento. Por supuesto, los errores de cálculo eran frecuentes, y a veces las consecuencias eran fatales, pues un retraso en tomar la decisión llevaba a las naves a la costa australiana, una de las más inhóspitas de la Tierra por entonces.

Las normas de la VOC (y de su homóloga para los mercados occidentales, la WIC) establecían que los barcos debían estar mandados por un sobrecargo, alguien con competencias comerciales y administrativas pero sin conocimientos marineros. Bajo su mando se encontraba el patrón, quién sí disponía de esos conocimientos y se encargaba de las responsabilidades puramente náuticas, aunque subordinado a las decisiones del sobrecargo. En el “Batavia” el sobrecargo se llamaba Francisco Pelsaert, un hombre austero y responsable, y el capitán era Ariaen Jacobsz, un buen marino pero bebedor y mujeriego. Ambos se conocían de tiempo atrás, cuando habían tenido un incidente en la India, por lo que no tenían una buena relación. Si a eso añadimos los roces que se producían como consecuencia de la peculiar cadena de mando, el conflicto estaba servido.

El “Batavia” transportaba doce cofres de monedas y lingotes de plata (los proveedores de especias sólo aceptaban el pago en metales preciosos), además de joyas y un pórtico desmontado para una iglesia de Yakarta. A bordo del buque iban 341 personas, entre pasajeros, marineros y soldados. Dos personas destacaban entre los pasajeros, y serían fundamentales para lo que pasó luego. Por un lado, una bellísima dama llamada Lucretia van der Mijlen, que viajaba a Java para reunirse con su marido, y que iba acompañada de una criada llamada Zwaantie. Por otro, un boticario arruinado dotado de una personalidad magnética llamado Jeronimus Cornelisz, que se había empleado hacía poco tiempo en la VOC y que se embarcó para huir de la justicia, pues era seguidor del pintor Torrentius, recientemente condenado por satanismo y brujería (y cuyo único cuadro conservado es de una perfección inquietante).

Las personas que iban a bordo se hacinaban en el reducido espacio del buque. En el castillo de proa iban los marineros, los soldados y los pasajeros de escasos recursos, mientras que en los compartimentos de popa viajaban los oficiales y los pasajeros más pudientes. Éstos tenían alguna comodidad más que los demás (por ejemplo, eran servidos con 3 comidas calientes diarias, mientras que el resto se tenía que conformar con tocino frío), pero en cualquier caso la vida a bordo era incómoda y desagradable por la fetidez, la promiscuidad, la falta de aire y de espacio, la perpetua humedad, el calor, el frío, las ratas, los parásitos, la mugre (para economizar el agua dulce, los marineros se veían obligados a veces a lavar su ropa blanca con su propia orina), los víveres estropeados, enmohecidos o rebosantes de gusanos, el agua estancada, la grosería de los compañeros de a bordo, la ferocidad sádica de la disciplina y la amenaza perpetua y aterradora del escorbuto. Este ambiente enrarecido sin duda contribuyó a los acontecimientos posteriores.

*La escala en Cape Town*

Tras seis meses de navegación, el barco dobló el Cabo de Buena Esperanza y llegó a Cape Town. A lo largo de la travesía hasta allí, las tensiones se fueron agudizando a causa de la pasajera Lucretia. Ya hemos dicho que era una mujer de gran belleza, de modo que tanto el patrón como el sobrecargo trataron de obtener sus favores. No obstante, la dama se resistió a ambos, de modo que quedó bajo la protección galante del sobrecargo. Este hecho enfureció al patrón, que para resarcirse sedujo a la criada de la dama, lo que provocó que dicha criada empezara a comportarse de forma insolente. Además, el boticario Cornelisz también aspiraba a los amores de Lucretia, aunque no se atrevía a poner sus cartas boca arriba. Lo que sí hizo fue hacerse amigo del patrón.

La escala en Cape Town, en lugar de aligerar el ambiente, sirvió para enrarecerlo aún más. El patrón cogió un bote y junto a su amante Zwaantie y el boticario Cornelisz desembarcaron con ánimo de divertirse. Sin embargo, la fiesta acabó en una trifulca con otros marineros y el sobrecargo reprendió públicamente al patrón por su comportamiento delante de toda la marinería. Este incidente alimentó el resentimiento que sentía hacia el sobrecargo, y junto al boticario empezaron a tramar la forma de provocar un motín y hacerse con el control del barco. Para ello, bastaría con convencer a una veintena de decididos marineros, hacerse con las armas y eliminar al sobrecargo Pelsaert. Con la fortuna que guardaba el barco en sus bodegas, el futuro estaría asegurado para todos.

El “Batavia” partió de nuevo para dirigirse a su destino final. El sobrecargo, que había contraído una enfermedad durante su estancia en la India que le volvía periódicamente, tuvo un ataque de fiebre que le dejó postrado en la cama durante un mes. Cuando se restableció, los conjurados le tendieron una trampa: realizar una acción tan intolerable que provocara un castigo desmedido por parte del sobrecargo, lo que atizaría el descontento de la tripulación. Para ello, una noche atacaron en cubierta a Lucretia, le alzaron falda y enaguas y la embadurnaron con alquitrán y excrementos. Sin embargo, aunque Pelsaert realizó una exhaustiva investigación del asunto, no aplicó ningún castigo a nadie, a pesar de sospechar del patrón. Tal vez pensó que sería mejor aplazar el asunto hasta estar otra vez en la seguridad de la tierra firme.

*El naufragio* 

Durante la noche del 3 al 4 de junio de 1629, el vigía detectó lo que parecían olas rompiendo contra un bajío. El patrón no hizo mucho caso, pues estimaba que estaban lejos de la costa, pero se equivocaba. Unos minutos después, el “Batavia” quedó empalado contra un arrecife. Acababan de chocar contra los corales de los Abrolhos, archipiélago descubierto apenas 10 años antes y bautizado así por el peligro que suponía para la navegación (Abro olhos, en portugués, significa “Abre los ojos”). Tratando de aligerar peso, se tiraron los cañones por la borda e incluso se serró el palo mayor, pero todo fue inútil. Al alba, observaron cerca unos pequeños islotes; el barco disponía de un bote y una pequeña embarcación de dos palos llamada yola, y en ellas se fueron embarcando los náufragos para llegar a tierra. En varios viajes, lograron desembarcar a 180 personas con víveres y una pequeña provisión de agua. En el barco quedaron otras 70 personas, miedosas de ahogarse y confiadas a la falsa seguridad que ofrecía el navío, entregadas a una borrachera continua (habían asaltado las bodegas del barco y se habían hecho con todo el alcohol). Entre ellos estaba el boticario.

El islote donde estaban (que fue rápidamente bautizado como “Cementerio del Batavia”, aunque hoy recibe el nombre de Isla del Faro) carecía de alimentos y agua. En los siguientes días, el comendador hizo una rápida exploración de las islas vecinas, llegando a la conclusión de que ninguna disponía de una fuente de agua ni de víveres (aunque esta conclusión se revelaría equivocada, como veremos luego). Así pues, la única esperanza de los náufragos era que un grupo partiera en los botes hacia Yakarta, a 1.800 millas, y enviar un barco de rescate. El sobrecargo y el patrón decidieron embarcar a la élite de la tripulación e intentarlo. Para evitar que todo el mundo quisiera subir a bordo mantuvieron su plan en secreto, y en la noche del 8 de junio se hicieron silenciosamente a la mar con el bote y la yola. Cuando el resto de los náufragos se dieron cuenta, montaron en cólera y bautizaron el islote vecino como “Isla de los Traidores”.

Nueve días después de naufragar, el mar terminó de hundir lo que quedaba del “Batavia”. De los 70 que estaban a bordo, sólo unos 20 consiguieron llegar a tierra. Entre ellos se encontraba el boticario Cornelisz. Los náufragos del islote, que habían formado un comité de notables para tomar decisiones, lo acogieron con agrado y, en vista de su cargo de ayudante del sobrecargo (y por tanto la máxima autoridad ahora que el sobrecargo y el patrón se habían ido), le nombraron presidente de dicho comité. Al principio actuó bien: organizó el trabajo, hizo inventario de los recursos disponibles y reinstauró la disciplina. Sin embargo, al poco tiempo reemplazó a todos los miembros del comité y los sustituyó por secuaces suyos. La primera decisión de dicho comité fue arrestar y condenar a muerte a un soldado acusado de robar vino, sentencia que se ejecutó en el acto. El primer paso hacia su reino del terror se había dado.

*El reino del terror del boticario* 

Cornelisz trató de conseguir la absoluta lealtad de los náufragos. Para ello, y contando con la ayuda de aquellos que se habían sumado a su intento de motín, tomó varias decisiones. La primera fue confiscar todas las armas y balsas de la isla bajo su control. La segunda, advirtiendo que su grupo era aún minoritario, fue deshacerse de todos aquellos que consideraba que no se sumarían a su causa. Así pues, envió un pequeño grupo a las islas de alrededor, la Isla de los Traidores y la Isla de las Focas (con la esperanza de que se murieran de hambre y sed), y ordenó a un grupo de soldados (sin armas, agua ni comida) a que fueran a explorar la isla mayor (llamada Isla Alta) con la orden de que hicieran señales de humo si encontraban agua y alimentos, aunque confiaba en que tampoco sobrevivieran. Este grupo, al mando de un soldado llamado Hayes, era la única oposición que tenía a sus planes. Poco después, se deshizo en secreto de otros varios hombres ahogándolos y les contó al resto que habían partido para reforzar la expedición a la isla mayor.

Sin embargo, sus planes se torcieron. Veinte días después de haber desembarcado a los soldados en Isla Alta, estos encontraron agua y animales que cazar, e hicieron las señales de humo convenidas. La esperanza se adueñó de los náufragos, pero el boticario se encargó de cortarla de raíz; mandó matar a todos los que intentaron llegar a Isla Alta y unirse a los soldados. El boticario se había quitado la careta. Inmediatamente ordenó que todos le prestaran juramento de fidelidad, y a los que se negaron los mató. Poco después asesinó a los inválidos y a los enfermos. Y siguió matando personas arbitrariamente, sólo por capricho. Por ejemplo, mandó asesinar a 6 de los 7 hijos de un predicador que viajaba en el barco mientras cenaba con él (sólo se salvó la hija mayor, que quedó como concubina del lugarteniente de Cornelisz). Se reservó para él a la hermosa Lucretia, y se hizo llamar desde entonces Capitán General.

No obstante ser un hombre que no vacilaba en ordenar la muerte de sus semejantes, él mismo era incapaz de la más mínima violencia. En cierta ocasión, los llantos de un bebé le molestaban, así que lo cogió y le administró veneno. Como el bebé no moría, ordenó a uno de sus esbirros que lo degollara porque no era capaz de hacerlo él mismo. Asimismo, ante las negativas de Lucretia a concederle sus favores, no insistió. En lugar de eso, le contó el asunto a su lugarteniente, que se encargó de hablar con la mujer dejándole claro lo que le pasaría si no colaboraba; desde ese momento, Lucretia se convirtió en su amante. A excepción de Lucretia y de la hija del predicador, el resto de mujeres fueron declaradas “de servicio común” y violadas repetidamente todos los días.

El único problema que tenía el boticario era el de los soldados de Isla Alta, comandados por Hayes. Estos hombres, que se habían visto reforzados por algunos que habían logrado escapar, contaban con abundante agua y alimentos, y además se habían fabricado armas improvisadas y construido un pequeño fuerte. Así pues, intentó primero un acercamiento negociador y, en vista de que eso no funcionaba, intentó asaltarlos. A primeros de agosto intentó dos desembarcos sucesivos, pero sus hombres fueron rechazados. Cornelisz intentó entonces ir a la isla con cinco ayudantes a intentar convencerles de que se le unieran. Los soldados de Hayes no sólo no se le unieron, sino que apresaron al boticario y mataron a los ayudantes. El resto de sus hombres intentó liberarlo el 17 de septiembre lanzando un nuevo asalto a la isla. En pleno asalto, una vela apareció en el horizonte. Los hombres de Hayes hicieron señales de humo para atraer la atención del barco. El rescate había llegado.

*El rescate* 

La expedición del sobrecargo había conseguido llegar a Java y avisado a la VOC del naufragio. Inmediatamente se mandó un navío (el “Sardam”) a rescatar a los náufragos y lo que se pudiera de la carga del “Batavia”. La tripulación del barco, nada más llegar, apresó al boticario y a todos sus hombres, y allí mismo los sometió a juicio. Primero les torturó para arrancar confesiones y finalmente los condenó, en su mayoría a muerte. A Cornelisz y seis de sus lugartenientes se les aplicó la sentencia allí mismo (sus hombres pidieron que ejecutaran a Cornelisz el primero), y el 2 de octubre fueron ahorcados en un patíbulo levantado en la Isla de las Focas (previamente al boticario se le cortaron las dos manos). La noche antes de la ejecución consiguió veneno, pero su ingesta no fue todo lo eficaz que él suponía, de modo que pasó su última noche entre vómitos y diarreas. Sus últimas palabras fueron: “Venganza, venganza”.

El 15 de noviembre el “Sardam” partió de nuevo hacia Yakarta. En él iban los 54 supervivientes del horror y los 16 cómplices de Cornelisz encadenados. A dos de ellos se les abandonó en la costa australiana (territorio inexplorado por entonces) y nada más se supo de ellos. De los otros 14, cinco fueron inmediatamente ahorcados y al resto se les sometió a suplicios variados. Hayes, que había liderado la resistencia al boticario, fue ascendido a alférez de marina y su pista se pierde para siempre. La hermosa Lucretia se enteró al llegar a Yakarta de que se había quedado viuda, y poco después volvió a casarse con un militar; se dice que murió en Ámsterdam en 1681. El sobrecargo Pelsaert nunca llegó a recuperarse y murió en 1630, dejando escrito en su diario: “El conjunto de todas las tragedias ha sido volcado sobre mis hombros”. En cuanto al patrón Jacobsz, acabó sus días en una cárcel de Java tras haber sido acusado de intento de motín en el “Batavia”.

Acababan así 105 días de terror. La noticia del suceso corrió como la pólvora por Europa, aunque con el tiempo cayó en el olvido. En 1963 se descubrió el pecio del “Batavia”, y recientes excavaciones han sacado a la luz esqueletos de algunas de las 170 víctimas de la furia homicida del boticario. Esperemos que este artículo contribuya a que esta tragedia no vuelva a caer en el olvido, porque no podemos permitir que se cumpla lo que dice el verso clásico: “El mar lava todos los crímenes de los hombres”.

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lunes, junio 10

Elena Cornaro Piscopia, la primera mujer de la historia en recibir un doctorado universitario

(Un texto de Alberto López en el El País digital del 5 de junio de 2019)

La joven italiana dominó las Ciencias y las Humanidades en el siglo XVII, consiguiendo por aclamación su título en Filosofía.

La azarosa vida de Elena Cornaro Piscopia en la Venecia del siglo XVII daría para una buena serie de televisión en la actualidad. Su madre era una campesina pobre, pero en realidad fue la tercera hija de su padre, un acomodado procurador, con su amante. Al ser hija ilegítima según las leyes venecianas, no tenía derecho a ningún privilegio noble, pero su inteligencia le sirvió para abrirse camino en la vida. Aprendió hasta siete idiomas (el latín y el griego ya los hablaba a los siete años), tocó varios instrumentos musicales y fue una reconocida concertista y compositora. Además, se convirtió en experta de materias tan dispares como astronomía, filosofía, teología y matemáticas, y hasta hizo un voto de castidad a los 14 años llegando a tomar los hábitos como oblata benedictina, aunque sin llegar a ser monja.

El conocimiento y la caridad fueron los pilares de la vida de Elena. Y como Italia estaba más avanzada que el resto de Europa y ya había mujeres que estudiaban ciencias y matemáticas en la universidad, la joven, que había sido capaz de debatir y desarmar a los teólogos más insignes, optó por el doctorado en Teología. Sin embargo, tropezó con la intransigencia de una Iglesia que le negó ese derecho porque una mujer no podía enseñar a los monjes, así que, por este motivo, tuvo que decantarse por el doctorado en Filosofía.

Tal fue la expectación de su examen que tuvo que trasladarse del salón de actos de la Universidad de Padua a la Catedral, pero su exposición sobre El Análisis y la Física de Aristóteles, en latín clásico, fue tan brillante que lo que iba a ser una votación secreta se transformó en una ovación pública y Elena Cornaro Piscopia se convirtió en la primera mujer de la historia en recibir un doctorado universitario.

Pero hasta ese momento, Elena tuvo que atravesar un largo camino, en su caso no demasiado tortuoso gracias a la privilegiada posición de su padre, que le permitió tener los mejores profesores y acceder a todos los conocimientos. 

Elena Lucrezia Cornaro Piscopia nació en Venecia el 5 de junio, de 1646. La condición laboral de su progenitor, Giovanni Battista, que llegó a ser el tesorero de San Marcos, le permitió residir en la plaza del mismo nombre de la ciudad de los canales.

Cuando Elena, siendo una niña, empezó a destacar por su inteligencia, un sacerdote amigo de la familia recomendó a su padre que estudiara latín y griego con distinguidos profesores particulares. La pequeña Cornaro aprovechó tanto el tiempo que a los siete años los hablaba con fluidez, así que se decantó después por el hebreo, el español, el francés y el árabe.

Su capacidad de aprendizaje no tenía fin, así que continuó con el aprendizaje de música, gramática, matemáticas, astronomía, filosofía y teología. A los 14 años realizó un voto de castidad en secreto que hizo que rechazara todos los intentos de su padre por casarla. Tres años más tarde, a los 17, se convirtió en una virtuosa de diversos instrumentos musicales como el arpa, el clavicémbalo y el violín, además de ser una reconocida compositora y concertista, aunque su mayor anhelo y aspiración, además del conocimiento, era la caridad.

Por este motivo, en 1665 Elena Cornaro Piscopia tomó los hábitos de la orden oblata benedictina, aunque sin convertirse en monja por la negativa de su padre. Desde ese momento, quedó muy unida para siempre a todo lo religioso y espiritual. Por si fuera poco, también tradujo libros, como el Colloquio di Cristo nostro Redentore all’anima devota, del monje cartujo Giovanni Laspergio, del español al italiano, en 1669.

Cuando la fama de Elena comenzó a extenderse, aparte de disfrutar de encuentros con personalidades y sabios de toda Europa con quienes debatía, fue invitada a formar parte de numerosas sociedades de eruditos y, de esta forma, en 1670, con 24 años, fue elegida presidenta de la sociedad veneciana Accademia dei Pacifici.

Precisamente fue su padre quien la invitó a estudiar en la Universidad de Padua tras superar un momento delicado de salud, y ella misma reconocía en sus cartas que el cambio de aires y los estudios la fortalecían.

Al llegar a la Universidad de Padua pasó a ser considerada una de las personas más influyentes de la época y se convirtió en un foco de atracción para todo tipo de públicos. En 1677 Cornaro mantuvo un debate filosófico, ante toda la Universidad de Padua, gran parte del senado de Venecia y muchos ciudadanos venecianos, enfrentándose a las personalidades más respetadas e ilustres de la época y dejándolos sin palabras.

Ese debate pudo ser la chispa definitiva para que se le permitiera acceder al grado de doctora por la Universidad de Padua, ya que ese honor jamás se le había concedido a una mujer en la historia. Animada por su conocimiento y por el favor popular, Elena Cornaro Piscopia quiso obtener el doctorado en Teología, pero le fue negado por la Iglesia y no le quedó más remedio que intentarlo con el de Filosofía.

El 25 de junio de 1678 Elena Lucrezia Cornaro Piscopia defendió su tesis doctoral, aunque tuvo que hacerlo en la catedral al no poder acoger el salón de actos de la universidad a todo el público que quiso estar presente en esa jornada histórica. El calificado como legendario discurso de Elena no defraudó y los miembros del comité evaluador, a pesar de que tenían previsto emitir una votación secreta, no se resistieron a evidenciar su voto positivo en voz alta ante todos los asistentes y concederle los títulos de Maestra y Doctora en Filosofía.

El profesor Rinaldini le entregó la insignia de doctora y el libro de filosofía, le colocó la corona de laurel en la cabeza, el anillo en su dedo y la muceta de armiño sobre sus hombros. Esta tradicional escena universitaria está plasmada en la Ventana Cornaro, ubicada en el ala oeste de la Biblioteca Thompson Memorial de la Universidad Vassar en Nueva York.

A la edad de 32 años, Elena se convirtió de esta manera en la primera mujer con un doctorado universitario. Hasta su prematura muerte, ocurrida a los 38 años, la nueva doctora en Filosofía se dedicó a la enseñanza de matemáticas en la Universidad de Padua a estudiantes de toda Europa, al estudio y a la caridad al decidir ingresar en la orden benedictina, aunque apenas se conservan escritos suyos de esta etapa docente.

Falleció un 26 de julio de 1684, víctima de tuberculosis. A pesar de su juventud había adquirido suficiente reconocimiento internacional como para ser recordada por su amor al conocimiento y a la divulgación, además de abrir un camino para las mujeres que quisieron acceder a la universidad y obtener el título de doctoras.

Elena Lucrezia Cornaro Piscopia recibió sepultura en la Basílica de Santa Giustina de Padua. Como homenaje a su labor, le realizaron servicios funerarios en Venecia, Padua, Siena y Roma. Los escasos escritos suyos que se conservan fueron publicados en 1688 y son, principalmente, discursos académicos, traducciones y tratados religiosos. En 1895, la abadesa de las benedictinas inglesas de Roma abrió su tumba y colocó sus restos en un nuevo ataúd, poniendo en la tumba una placa conmemorativa.

La joven erudita dejó claro que el respeto se ganaba gracias al conocimiento, pero ese camino que ella inició en la universidad volvió a llenarse de obstáculos para las mujeres durante décadas. El dato clave es que hasta 300 años después, la Universidad de Padua no volvió a conceder un doctorado a una mujer.

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