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miércoles, abril 29

Casa Solans, la 'joyica' de la burguesía zaragozana, cumple cien años

(Bueno, quizá alguno más porque este texto de 

En mayo de 1921 Miguel Ángel Navarro daba por concluidas las obras de construcción de Casa Solans, que de inmediato fue conocida como ‘la casa de los azulejos’. El palacete modernista se abandonó en los 70, fue un foco chabolista y a punto estuvo de derruirse en 1988 cuando se declaró en ruina.

In extremis se salvó de la ruina. También de la piqueta que todo lo sometía a finales de los 80. Aunque no ha conseguido atraer una actividad permanente que le dé aún mayor relevancia, Casa Solans luce resplandeciente como uno de los mejores ejemplos de la arquitectura modernista (y ecléctica) de Zaragoza. Esta semana se cumplen justo cien años desde que concluyó de su construcción, que un proceso que incluye algunas anécdotas divertidas como el hecho de que sus primeros moradores tuvieron que echar abajo una pared para introducir una mesa de billar.

Hace unos años que la luz regresó al número 60 de la avenida de Cataluña. Ahí vuelven a brillar los azulejos, las vidrieras y los mosaicos cargados de vegetación. También las figuras antropomórficas, los angelotes y los dragones que vigilan cada estancia desde lo alto de los muros. Pero, ¿cuál es la historia de esta joya arquitectónica y por qué estuvo a punto de perderse hace no tantos años?

El origen del palacete está vinculado a la boyante burguesía zaragozana de los años 20 del pasado siglo. Don Juan Solans y Solans era un rico hombre de negocios, dueño de la fábrica 'La nueva Harinera', situada en el entonces Camino del Gállego (hoy la avenida de Cataluña). En 1913, ya casado con Rafaela Aísa Asín, compró por 25.000 pesetas la finca contigua a la fábrica, en la que existía una casa de campo. Cinco años después, con la decidida oposición de su esposa, que prefería vivir en el paseo de Sagasta, decidió encargar la remodelación y ampliación de la quinta a Miguel Ángel Navarro para fijar allí su residencia.

Navarro era ya entonces un prestigioso arquitecto -con obras como el Palacio de Comunicaciones de Valencia o las Escuelas Pías- y responsable de actuaciones urbanísticas que transformaron Zaragoza. En el palacio de la avenida de Cataluña desarrolló un eclecticismo pleno que fundía los mayoritarios elementos modernistas con otros historicistas y propios de la arquitectura aragonesa. Remató la construcción en mayo de 1921 y en ella empleó 750.000 pesetas, toda una fortuna en aquella época. 

Juan Solans y Solans no llegó a habitar su mansión, aunque la ofreció como sede de tertulias artísticas y económicas, fiestas y conciertos de música. Artistas, banqueros, arquitectos y otras personas de relevancia social hicieron del edificio su refugio en la primera mitad de este siglo. En las visitas teatralizadas que se hacen a Casa Solans cada cierto tiempo (no fallan en San Valero), los guías cuentan

Sea como fuere, lo cierto es que Solans falleció en 1926 y, paradójicamente, fue su mujer quien acabó instalándose permanentemente en la mansión del Arrabal zaragozano. Allí falleció Rafaela Aísa en 1965. En 1972 los sobrinos del matrimonio venden a una inmobiliaria la propiedad y es entonces cuando comenzó su época más dura. El edificio permaneció abandonado y pasó casi 40 años siendo objeto de expolio y vandalismo sistemático. Acogió un asentamiento chabolista, con varias familias en una furgoneta que permanecieron durante años en sus jardines. Poco a poco fueron apropiándose también de una mansión venida a menos que perdió su rico oratorio y vio cómo se ennegrecían los techos por las hogueras que se prendían dentro.

En 1988, la casa fue declarada en ruina: el papel de los muros ya era irrecuperable, una bóveda se había desplomado y las filtraciones de agua dañaban toda la estructura. En 1995 se sopesó el derribo y fue únicamente una inversión de más de 360.000 euros y su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC) en 2002 lo que azuzó una reconstrucción que se prolongó entre 2002 y 2006. Los arquitectos municipales Ramón Velasco y Úrsula Heredia, fallecida hace pocos días, se tuvieron que hacer cargo de la recuperación del palacete con un trabajo “arduo y minucioso”, dado que la casa “se estaba cayendo a trozos”, según explicaba en una entrevista durante la restauración.

Su objetivo fue siempre respetar la creación del constructor, Miguel Ángel Navarro, a pesar de los daños que sufrió Casa Solans tanto en la Guerra Civil como en los años de expolio. Lo que más trabajo llevó fue recuperar los artesonados, adecuar la cerrajería de las puertas y reconstruir el suelo original, para lo que hubo que comprar baldosa hidráulica en Túnez. No menos meticulosa fue la labor para devolver su policromía original a los azulejos de toda la casa. En la zona destinada antiguamente a la cocina se habilitaron unos aseos, y un ascensor ocupó el hueco reservado a la escalera de caracol que permitía el acceso a la segunda planta. En las visitas guiadas, los zaragozanos siempre se quedan boquiabiertos con los acabados dorados que adornan el dormitorio de los señores y con el arco presidido por el rostro de una dama de la planta baja.

Una vez se recuperó el brillo de ‘la carcasa’ tocaba redecorar los 680 metros cuadrados del interior, en una operación que resultó de lo más polémica allá por 2007. El Ayuntamiento de Zaragoza gastó más de 65.000 euros en muebles de época y diversas antigüedades para decorar la Casa Solans, pero lo hizo inexplicablemente con cargo a partidas de las áreas de Acción Social y Juventud. En concreto, se adquirieron a anticuarios de Barcelona y Zaragoza una pareja de veladores ingleses del siglo XIX, armarios, sofás, lámparas art decó o un plafón modernista de hierro y cristal emplomado.

Otro de los problemas que siempre ha arrastrado tan insigne edificio es saber qué hacer con él, buscar un uso adecuado a su singularidad. Entre de 2005 a 2015 la ocupó la Oficina de Naciones Unidas de Apoyo al Decenio del Agua, pero este organismo se batió después en retirada. Ahora el inmueble alberga Ebrópolis y la oficina de Cooperación al Desarrollo, pero los vecinos lo proponen como posible museo de historia del Rabal. También desde las entidades vecinales apuestan por intentar recuperar o recrear de algún modo los que debían ser muy bellos jardines originales, dado que ahora está circundado por losetas y pavimento sin apenas verde alrededor. Aún con estos pequeños ‘peros’, la Casa Solans de Miguel Ángel Navarro sigue siendo uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad como también lo son el Museo de Bellas Artes de Ricardo Magdalena y Julio Bravo, la Escuela de Artes y Oficios de Félix Navarro, o el Antiguo Casino Mercantil de Francisco Albiñana.

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viernes, febrero 20

Urbanismo en Zaragoza: la plaza de Santa Engracia en el siglo XVIII

(Un texto de Ana María García Terrel en el Heraldo de Aragón del 11 de abril de 2021) 

Las reformas urbanas acometidas después de Los Sitios (1808) determinaron el actual aspecto de la plaza.

La actual remodelación de la plaza de Santa Engracia, emblemático espacio de Zaragoza, invita a conocer cómo era esta plaza antes de Los Sitios (1808), puesto que fueron las reformas urbanas después acometidas las que determinaron, casi por completo, el aspecto que hoy presenta.

La plaza data de tiempo inmemorial. Desde el siglo IV, la devoción a los Mártires convirtió en monasterio de Santa Engracia en meta de peregrinación de los zaragozanos. Hacia ella se trasladaban siguiendo una ruta que partía de la Puerta Cinegia y seguía a través de un dédalo de calles por la llamada de Santa Engracia, de la que aún conservamos su traza final en la actual de Inocencio Jiménez. El paseo de la Independencia no existía, era un abigarrado conjunto de callejuelas. El emplazamiento de Santa Engracia, entonces, era ‘las afueras’. El Huerva, encajonado y sin regular, corría a sus espaldas, las huertas -entre ellas la suya propia- rodeaban su entorno y muchas pertenecían a los conventos, dotados de amplios solares y abundantes bienes por regla general.

Para conocer muy bien la estructura de la plaza en el siglo XVIII disponemos de dos fuentes valiosísimas: el ‘Vecindario de 1723’ y el ‘Reconocimiento General de casas de 1766’, completado con una Adición de 1785. El primero es un censo que mandó hacer con carácter nacional el marqués de Campoflorido con fines tributarios. El segundo, lo ordenó el marqués de Avilés con el mismo fin. Ambos se hicieron con carácter itinerante, casa por casa, dando noticia del recorrido de las calles y de los edificios, así como de la familia que los ocupa, detallando profesiones y pertenencias. Gracias a ellos conocemos qué edificios componían la plaza de Santa Engracia. Tomaremos como referencia el de la propia iglesia, situada siempre en el mismo lugar que ahora conocemos, a pesar de las modificaciones que sufrió con el paso de los siglos al pasar de catacumba a templo y luego a formar parte del suntuoso monasterio jerónimo.

Muy cerca de ella, donde hoy se encuentra el lateral del actual edificio de Correos, se hallaba un elemento singular: una de las puertas de la ciudad, la Puerta de Santa Engracia. Nos cuenta el padre Martón, gran historiador del monasterio, que "en 1684 el prior regaló a los parroquianos un cuadro de Santa Engracia ofreciéndole el debido adorno, dentro del Arco de la Puerta de la ciudad y así en 1720 se veía mejorada, ardiendo una lámpara de noche todo el año".

A un lado de la puerta y lindando con el templo había una casita en la que vivía el macero y ministro de la puerta, en el otro lado existía otra vivienda habitada por un funcionario, y un cuartelillo de soldados que hacían guardia. La primera casa era propiedad de la ciudad y la segunda del Estado. Se comprende que no existía el trazado de la actual calle de Tomás Castellano y que los edificios formaban una línea de continuidad.

Lindando con el templo, por el otro lado, se hallaban desde el siglo XV las grandes edificaciones del monasterio con innumerables espacios dedicados a viviendas de monjes y novicios (40, según el ‘Vecindario’) y siervos (45, que trabajaban entre la labor de campo, sacristía, botica, portería...). Existían así mismo dos claustros, los almacenes, los graneros, etc. Estas construcciones hacían un ángulo, conformando parte de su fachada otro de los lados de la plaza, si bien dejaban un pequeño paso a modo de callizo para dar entrada a la torre y huerta de Santa Engracia, de la que tanto habría que decir. En un documento de 1698 se especifica "que confronta el monasterio con la huerta del mismo, con el río Huerva y la plaza de Santa Engracia". De ello da fe el notario real Pedro de Goya, abuelo del pintor. Si siguiéramos el recorrido de la plaza encontraríamos, a continuación, tres pequeñas casas, la última de las cuales ya pertenecía a la calle de Santa Engracia. Las tres eran del Cabildo y tenemos noticia de que, en un determinado momento (1738-1765), fueron derruidas y sobre su solar edificó Julián de Yarza y Ceballos ‘menor’ casas para confesores y mandados.

Ahora, cambiemos el recorrido y volvamos al lado opuesto de la puerta antes citada. Por aquí, encontraremos una inmensa extensión perteneciente al convento de las Carmelitas Descalza de San José. Entre sus pertenencias más emblemáticas hallaremos, contigua a la puerta y conformando parte de la plaza, la finca llamada Torre del Pino, de la que tenemos noticia en documentos muy anteriores al siglo XVIII. Como curiosidad diremos que la tuvo arrendada el pintor Lupicino en 1630 y que destruida en los Sitios forma parte de los grabados de Gálvez y Brambilla. Hoy ocupa su solar la plaza de Aragón. El convento de Carmelitas estaba algo más alejado ya que su iglesia, de la que aún existen vestigios, puede situarse entre las calles de Bilbao y de Casa Jiménez, pero se unía a la plaza por una calle llamada entonces del Juego de Pelota, curiosamente arbolada con sabinas.

Volviendo al inicio de esta calle, encontramos los dos edificios que acababan de conformar la plaza y que tendrían gran papel en la vida de la parroquia y del monasterio. Nos referimos al convento de Capuchinas y al Hospicio de Santa Fe. El convento albergaba a 27 religiosas, el capellán y tres sirvientes. Las religiosas pertenecían a familias nobles y allí se enterraban personajes ilustres como el conde de Fuentes. Cuando se hicieron las reformas urbanas tras los Sitios buena parte del edificio fue derruido para trazar un sector del Paseo de la Independencia. Otra parte la ocupa actualmente el edificio de viviendas levantado entre el paseo y la calle de Inocencio Jiménez.

Terminaba de conformar la plaza el Hospicio de Santa Fe -la palabra ‘hospicio’ alude aquí a una hospedería de religiosos-. En la Zaragoza del XVIII y en el mismo distrito aparecen varios pertenecientes a los grandes monasterios de la provincia (Veruela, Rueda) que debían emplear los monjes en sus desplazamientos a la capital. Tenía esta casa gran raigambre en la parroquia, documentos de los siglos XIV y XV ya dicen que "cuando los obispos de Huesca iban a visitar su parroquia de Santa Engracia los salían a recibir el vicario y beneficiados con la Cruz levantada en procesión, hasta la casa de los Frayles de Santa Fe". Vivían en el edificio el padre procurador, criado y criada.

En la ya citada ‘Adición al empadronamiento de 1766’ aparece un expediente de 1787 incoado por el padre procurador para demolición de este edificio. Realmente se demolió para volverlo a levantar, pero los monjes recibieron una orden municipal para retranquear una de sus fachadas (la que daba a la calle de Santa Engracia) ya que se aspiraba a que "se vea muy bien desde dicha calle todo el magnífico pórtico de la iglesia engraciana". Para compensarles por la pérdida de espacio se les propuso tomar parte del solar que antecedía a las Capuchinas, pero estas se opusieron tenazmente porque les tapaba la vista de su puerta y por otra razón que actualmente nos hace sonreír: "Se va a producir incomodidad para arrimar los coches a la puerta de la iglesia". Hoy, el solar del Hospicio de Santa Fe lo ocupa el edificio de HERALDO DE ARAGÓN.

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miércoles, noviembre 5

Arte en el último piso

(Un texto de Mariano Millán en el Heraldo de Aragón del 23 de mayo de 2021)

En las plantas superiores de algunos edificios se aprecian esculturas y murales que son un 'regalo' para la ciudad. Se instalaron como decoración o marca corporativa.

En la esquina de las calles de Tomás Zumalacárregui y de Gil de Jasa de Zaragoza parece que siempre sopla un ligero viento. En lo alto de la esquina se descubre la figura de una mujer vestida con un peplo que se agita como si estuviera en la proa de un barco. Es 'La brisa', escultura de Armando Ruiz, de 1946.

Esta estatua es una de las que vigilan las calles desde lo alto de los edificios, como la fémina que custodia el ángulo de San Diego e Independencia. Otro ejemplo es el mural de estuco que enfatiza la última planta del Coso 188, donde personajes alegóricos decoran los paños entre vanos. Unas ornamentaciones llaman más la atención del viandante que otras, que pasan casi desapercibidas sobre el día a día de la ciudad.

«La calle es un bien patrimonial», sostiene Pilar Poblador Muga, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza. «La arquitectura nos acompaña a diario y muchos arquitectos han desempeñado un papel decisivo en el ornato de la ciudad -añade Poblador-. Podemos caminar mirando hacia el suelo o al cielo. Muchas veces se encuentran regalos para los ciudadanos que se enorgullecen al admirarlos».

Se trata de escenas mitológicas, pináculos, figuras de corte clásico, motivos florales, alegorías o emblemas de empresas. En la mayoría de los casos son anónimas, «que no por eso de menos calidad», matiza la historiadora del arte. «Son detalles delicados que se pusieron de moda a finales del siglo XIX y principios del XX. En algunos casos es lo que se conoce como la valoración de la esquina, un recurso compositivo y decorativo que se utilizaba para dar empaque a construcciones», explica.

No obstante, a partir de las décadas de los 40 y 50 también se cultiva. En 1945 se bendijo la esquina entre el paseo de Sagasta y la Gran Vía con el monumento del Ahorro. Seis figuras dan forma a este conjunto escultórico de estructura piramidal, donde hay detalles como un cofre con monedas o el cuerno de la abundancia. La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza se la encargó a Félix Burriel, quien realizó una obra «influenciada por el realismo mediterraneísta», dice su ficha técnica. Esto demuestra que la instalación de una escultura en la fachada de un edificio podía ser sinónimo de marca, para crear una identidad corporativa.

En la acera de los números impares del paseo de la Independencia está el edificio de compañía de seguros La Equitativa, presidido por la escultura sedente emblema de la empresa. Además, en el Coso se localiza La Adriática, donde el león de San Marcos descansa en uno de los salientes de la fachada.

A viviendas y sedes de empresas se suman colegios. El chaflán del Joaquín Costa se remata con un relieve de Antonio Torres Clavero y Amado Hernández Franco, según referencia Poblador Muga en un artículo de la revista ‘Artigrama'. Más discreta es la decoración del colegio de San Vicente de Paúl, en el que temas religiosos se alojan sobre los vanos de arco de medio punto.

En el resto de Aragón también se aprecian ejemplos semejantes, sin embargo, episodios bélicos terminaron con bastantes muestras, como en Teruel. «Allí todavía localizamos la valoración de la esquina de la casa de tejidos El Torico, con un torreoncillo», apunta la profesora.

«Si se conoce, se puede luchar mejor para su conservación», defiende Pilar Poblador. Estos adornos han tenido un enemigo a lo largo de los tiempos: las reformas integrales. Es entonces cuando los investigadores recurren a licencias de obras, proyectos arquitectónicos y decorativos, fotografías antiguas, postales, noticias de prensa e, incluso, secuencias de las primeras películas. Así los estudian y transmiten lo que fueron y ya no son.

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lunes, mayo 26

Villa E1027: la casa más enigmática del mundo

(Un texto de Anatxu Zabalbeascoa en El País Semanal del 12 de septiembre de 2021)

La villa E1027 fue atribuida durante décadas a Le Corbusier, pero su autora fue la irlandesa Eileen Gray, una de las figuras más apasionantes del diseño contemporáneo.

Durante décadas, la casa más famosa de la diseñadora irlandesa Eileen Gray (1878-1976) fue popularmente atribuida a Le Corbusier. Que el autor de Chandigarh la okupara con ocho murales pintados en contra de la opinión de Gray y que al incluir esos frescos en sus obras completas no mencionara a la arquitecta no ayudó a aclarar el equívoco. El resto de la leyenda lo tejió la larga, fructífera e intensa vida de Gray —una de las pioneras de la arquitectura moderna, una creadora elegante y visionaria y una de las primeras diseñadoras abiertamente homosexuales—, que, por longeva, vivió para ver desaparecer y reaparecer su fama. Sus singulares diseños, audaces, vanguardistas y artesanales a la vez, los precios que adquirieron en subastas posteriores y su vida de catolicismo, lujo, bohemia y vanguardia artística en París terminaron de dibujar el mito.

Corría 1929 y, con la casa acabada pero apenas conocida —estaba en Cap Martin, en un lugar donde no existía camino de acceso en la costa del sur de Francia—, su nombre contribuyó al misterio. La vivienda no se llamó Mi Descanso o, pongamos por caso, Villa Eileen, sino E1027, que resulta un poco más difícil de descifrar. E1027 es un acrónimo que encierra en cuatro iniciales (tres de ellas cifradas) el nombre de sus dueños. La E identifica a la propia Eileen, el 10 es el puesto que ocupa en el alfabeto la inicial del otro habitante, el rumano Jean Badovici, el 2 corresponde a la B de ese apellido y, cerrando la cifra, el 7 representa la G de Gray.

La casa que diseñó Gray para ella y su protegido, el arquitecto y periodista Jean Badovici, mira al Mediterráneo desde una ladera sembrada de pinos en Roquebrune y nació como un acto de unión entre dos personas en un lugar apartado. La mujer, Gray, era abiertamente lesbiana. Este dato no resulta anecdótico en su vida ni en el azar de la vivienda.

Gray tenía 46 años. Se entusiasmó por un inquieto arquitecto de origen rumano al que abrió las puertas del París más vanguardista, tal y como se las habían abierto a ella. Quince años menor que ella, él no había construido nada, pero juzgaba la arquitectura y el diseño en las páginas de L’Architecture Vivante y la convenció para que diera el paso del interior al exterior. Ese entusiasmo acabó con la apasionada relación que Gray mantenía con una cantante de moda en el París de los años veinte, Marie-Louise Damien, conocida como Damia, que se paseaba por la calle Bonaparte —donde vivía Gray— con una pantera negra atada a una correa. Damia se había escapado de su casa con 15 años. La propia Gray había llegado a París con 22 y para caminar tranquilamente con su primer amor, Jessie Gavin, tendía a vestirse de hombre.

Aunque las diversas historias de la arquitectura la ignoraran, y las pocas que contaron luego su contribución la nombraron asistente de Badovici, fue la fama de Gray como inclasificable lo que atrajo al arquitecto rumano. Cuando se conocieron, Gray ya había ideado sus famosos biombos, había firmado el interior de sucesivas viviendas y había abierto una galería con nombre de hombre, Jean Désert, para vender sus diseños en el 217 de Faubourg Saint-Honoré. Allí acudían a comprar buena parte de sus distinguidas amigas, Gertrude Stein, Elsie de Wolfe o Sylvia Beach, la dueña de la librería Shakespeare and Company, no lejos de la calle Jacob, donde —según ha investigado Katarina Bonnevier en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)— la casa de Natalie Barney se había convertido en su lugar de reunión. Con todo, su mejor cliente fue el diseñador de moda Jacques Doucet. Paradójicamente, será la subasta de la colección de muebles de este modista, 40 años después de su muerte en 1929, lo que le permita a Gray recuperar su papel en la historia de la arquitectura.

Hija de un pintor terrateniente y de la baronesa Lady Evelyn Pounden, criada en el campo irlandés de Wexford como Kathleen Eileen Moray, para cuando llegó a París con su madre para visitar la Exposición Universal de 1900 —y de paso descubrir la obra de Charles Rennie Mackintosh—, Gray ya sabía que quería diseñar. Con 22 años regresó a Londres para estudiar y allí conoció a Jessie Gavin, su primer amor. En una visita al Museo Victoria & Albert se preguntó qué se podría hacer con la laca japonesa en el siglo XX. Sus primeros trabajos los dedicó a investigarlo.

Corre 1905 cuando Gray y Gavin estudian en la Académie Julian, que todavía existe en la calle Dragon de París, y por donde, unos años antes, había pasado Matisse. Es entonces cuando Gray conoce al japonés Seizo Sougarawa y comienza a hacer biombos móviles y lacados. También cuando se instala en el 21 de la calle Bonaparte. Desde allí viaja a África y Estados Unidos. Y allí regresa, durante la I Guerra Mundial, para conducir ambulancias con el resto de sus modernas amigas. En 1923, abre la galería, un año después de conocer a Damia. Algo más tarde aparece Badovici, firma su primera casa —para la que ideó más de un centenar de muebles— y, muy poco después, todo comienza a desmoronarse.

Cuando la relación entre el director de L’Architecture Vivante y Gray se enfría, ella le cede la residencia donde han sido felices, incluidos muchos de los diseños —mesas, lámparas, armarios o alfombras— […], y comienza a diseñar otros muebles y una nueva vivienda.

Como periodista, Badovici conoce a Le Corbusier, que ya ha firmado casas emparentadas con la austeridad y la ligereza exterior de la vivienda. La Semana Santa de 1938, Badovici le deja la residencia en Cap Martin a su amigo, que adora el lugar, y terminará construyéndose su famoso Cabanon (una cabaña de apenas 10 metros cuadrados) en el límite de la propiedad. El futuro autor de Ronchamp se instala en la E1027 y comienza a pintar frescos en las paredes. No uno, pinta ocho. La vivienda deja de ser blanca. Queda invadida por las escenas eróticas de Le Corbusier. En palabras de la arquitecta Beatriz Colomina, que ha estudiado durante años lo que allí sucedió: "Como todos los colonizadores, no piensa que sea una invasión sino que lo considera un regalo". Cuando Gray descubre la invasión, monta en cólera. Pero hay problemas mayores. Con la II Guerra Mundial tiene que regresar a Londres. Para cuando está de nuevo en Francia, descubre que su casa de Saint-Tropez ha sido saqueada. Y la E1027, tiroteada y ocupada.

En 1956 Badovici, con un grave problema en el hígado, sabe que se muere y llama a Eileen, que acude a Mónaco y lo acompaña en sus últimos días. Luego Gray se recluye en París, en la calle Bonaparte. Ya apenas diseña. Ha firmado más de 400 ideas y vive rodeada de algunas de ellas, como el sillón Bibendum, inspirado en el muñeco de Michelin que hoy produce Classicon, o la mesilla que sube y baja E1027, que ideó para que su hermana pudiera desayunar en la cama. Gray no trabaja con encargos, diseña lo que ella o sus amigos necesitan.

Louise Dany entra como gobernanta en la casa de Gray, se convierte en colaboradora y termina siendo su compañera más fiel. En 1968, Gray tiene 90 años. Tras décadas de silencio, Joseph Rykwert firma un artículo en la revista Domus reconociéndola como pionera cuando ya nadie la conoce. Para 1972 comienza la subasta de los muebles de Doucet. La silla Dragon, también llamada Serpiente, es adquirida por Yves Saint Laurent. Cuando se vuelve a vender, en 2009, lo hará por más de un millón de dólares.

Lo poco que queda de los dibujos, notas y facturas de Gray está en los archivos del Museo Victoria & Albert, en Londres. Sabemos por esa documentación que durante años contó con la colaboración del mueblista japonés Kichizo Inagaki, que la ayudaba a construir sus diseños capaces de transformar interiores. Es esa creatividad móvil, exquisita y transformadora lo que ha ganado a Gray un lugar en la historia.

La casa E1027 no es, por mucho que se haya escrito ampliando el mito, la primera vivienda moderna. Para 1925, cuando la diseñadora compra el terreno, Le Corbusier ya ha firmado la residencia de sus padres junto a un lago o el estudio para Amédée Ozenfant en París. Lo que no ha conseguido Le Corbusier es la correspondencia entre la rompedora modernidad de la fachada de sus edificios y su acartonado interior. Era eso lo que le faltaba: los muebles versátiles capaces de transformar la arquitectura.

Le Corbusier terminaría sus días nadando —y ahogándose— en el mar frente a la casa. Gray, rodeada de sus muebles en la calle Bonaparte. Desde hace una década, una placa de mármol recuerda que vivió allí durante 70 años. Paradójicamente, los intrusivos murales del arquitecto evitaron la destrucción de una de las casas más enigmáticas del mundo. Hoy cuentan una historia de libertad y de egocentrismo, de osadía, amor, tal vez de ce-los y, seguramente, una mezcla de admiración y miedo.

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