Murió sin volver a verle.
Tras solo dos años de matrimonio con María Manuela
de Portugal, Felipe quedó soltero
con un hijo enfermizo como única sucesión. La portuguesa,
prácticamente de la misma edad que el entonces príncipe
español, había fallecido después de dar a luz a Don Carlos, el
Príncipe maldito. Durante la búsqueda de la candidata
ideal para ser esposa de su hijo, Carlos I de España
(V de Alemania) descartó la opción de que se casara en
segundas nupcias con alguna de las hijas del rey de Francia,
un enlace que habría sellado la paz entre ambos países, o con
la hermosa hija menor del rey de Portugal, que a largo plazo
podía asegurarle el trono de este reino; y en cambio recomendó
que lo hiciera con una antigua prometida suya, María Tudor. La
hija de Catalina de Aragón había vivido una infancia
turbulenta a causa de la decisión de Enrique VIII de
Inglaterra de divorciarse en contra del criterio de
la Iglesia católica. Una mujer repleta de traumas que tenía a
Carlos como el hombre que había velado por sus derechos en
Europa cuando nadie más lo hizo.
La hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII
Pese a contar con el apoyo popular de los ingleses, Catalina
de Aragón –la hija menor de los Reyes Católicos–
acabó repudiada por su marido, Enrique VIII, debido a la falta
de hijos varones. La sucesión de embarazos fallidos, seis
bebés de los que solo la futura María I alcanzó la mayoría de
edad, enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. Enrique
VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose
en que se había casado con la mujer de su hermano Arturo. El
Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no
era una razón posible desde el momento en que una dispensa
anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era
válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado
el cardenal Campeggio que la madrileña podría
retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un
nuevo matrimonio del rey. Sin embargo, el obstinado carácter
de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada
bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas
partes. La intervención del todopoderoso sobrino de Catalina,
Carlos I de España, elevó la disputa a nivel internacional.
Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII
temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la
ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar
antes de haber tomado una decisión. Anticipado el desenlace,
Enrique VIII asumió una resolución radical: rompió
con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe
supremo de la Iglesia de Inglaterra».
En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer,
declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano
se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala
perra». Además, Enrique privó a Catalina del derecho a
cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales»,
en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano
Arturo, y la desterró al castillo del More en
el invierno de 1531. Años después fue trasladada al
castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido
comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron
todavía más limitados. Allí, el 7 de enero de 1536, antes de
morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón
escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que
protegiera a su hija.
De esta forma, la «reina sanguinaria» nunca olvidaría que en
1533 tuvo que renunciar al título de princesa y que, un año
después, una ley del Parlamento inglés la despojó de la
sucesión en favor de la princesa Isabel, la hija de Ana
Bolena, la mujer que había desencadenado el
divorcio. No en vano, la ejecución de Ana Bolena en 1536
provocó un cambio en la situación de María. La nueva esposa de
Enrique VIII, Juana Seymour, logró que María capitulara y
jurara las nuevas leyes religiosas a cambio de una posición
más aventajada en la corte, siendo ahora su hermanastra,
Isabel, la que quedó marginada. Fruto del matrimonio entre
Enrique VIII y Juana Seymour nació Eduardo,
que fue designado el heredero de la corte. Cuando falleció de
forma prematura Eduardo VI en 1553, la niña marginada se
convirtió a sus 37 años en la reina de Inglaterra e inició una
represión religiosa contra los líderes protestantes. Una de
sus primera medidas fue encarcelar y ejecutar al Duque de
Northumberland, quien había endurecido la política contra los
católicos en esos primeros años del reinado de Eduardo
VI.
Por otra parte, María nunca dejó de escribirse con su primo
Carlos I, pero sus buenas relaciones apenas facilitaron las
negociaciones para logar un acuerdo que debía salvar la
oposición interna de los nobles ingleses y su desconfianza
natural hacia los extranjeros. Las exigencias británicas
terminaron por ser humillantes: la reina no podía ser obligada
a salir de las islas; Inglaterra no estaba obligada a tomar
parte en las guerras de los Habsburgo; el
posible hijo del matrimonio heredaría Inglaterra, Irlanda
y los Países Bajos; y, lo que a la postre
fue capital, el monarca español perdería cualquier autoridad
si María fallecía antes que él. El rey mostró sus recelos en
privado, pero finalmente tragó con un acuerdo que prometía
recuperar por completo a Inglaterra para la causa católica.
Pero más allá de las exigencias políticas, el otro escollo
eran los recelos de la reina hacia el matrimonio. Su historial
amoroso se reducía a haber descartado la posibilidad de
casarse con Eduardo Courtenay –hijo de un
noble decapitado en 1538, acusado entonces de conspirar contra
Enrique VIII– al que había liberado de su prisión en la Torre
de Londres con este propósito. Tras descartar la
boda con Courtenay, de sangre real, pareció que María
permanecería soltera siempre. Al menos hasta que apareció el
apuesto Felipe, cuyo cuadro pintado por Tiziano en 1551 fue
enviado a la reina. Quedó prendida de él desde el primer
instante hasta el último de su vida.
En tanto, Felipe II entendió que el matrimonio respondía más
que nunca a asuntos de Estado y aceptó sin la menor queja,
pese a que la belleza de María brillaba por su ausencia. A sus
37 años, la reina inglesa parecía aparentar cerca de 50 y
mantenía una mirada triste de forma perpetua. Antes de salir
de España, no en vano, Felipe recibió también
un retrato de su futura esposa pintado por Antonio
Moro, donde se evidenciaba que la reina era mayor
que él. Una vez en Inglaterra, los integrantes del séquito
español coincidían en señalar lo poco que se parecía aquel
retrato al auténtico rostro de María. «Lo mejor de este
negocio es que el rey lo ve y lo entiende que no por la carne
se hizo este casamiento, sino por el remedio de este Reno y
conservación de estos Estados», escribió Ruy Gómez,
uno de los hombres que acompañó a las islas Británicas a
asistir al enlace, celebrado el día de Santiago de 1554 en la
Catedral de Winchester.
«Bloody Mary», 300 muertos en la represión
Bajo el reinado de María y Felipe, se ejecutaron a casi a
trescientos hombres y mujeres por herejía entre febrero de
1555 y noviembre de 1558. No sorprende por ello que la
historiografía protestante la apodará a su muerte como Bloody
Mary («la sangrienta María»).
Muchos de aquellos perseguidos eran viejos conocidos de la
traumática infancia de María. Thomas Cranmer,
quien siendo arzobispo de Canterbury autorizó el divorcio de
Enrique VIII de Catalina de Aragón, fue objeto de un proceso
para privarle de su diócesis y posteriormente fue condenado a
morir en la hoguera. Se trataba de una persecución religiosa
en toda regla, pero también de los esfuerzos de la reina por
acabar con sus enemigos políticos. En previsión de su boda con
Felipe, el noble protestante Thomas Wyatt encabezó
una sublevación que alcanzó las afueras de Londres en enero de
1554. El intento de golpe de estado fracasó gracias al apoyo
de los londinenses, debiendo Wyatt rendirse y entregarse solo
un mes después. La rebelión terminó con las ejecuciones de
varios parientes de Juana Grey –bisnieta de
Enrique VII de Inglaterra– y de la propia joven.
Felipe II apoyó en todo momento a su esposa e intentó
congraciarse con sus súbditos repartiendo mercedes entre los
nobles leales a la causa católica y organizando justas y
torneos para el entretenimiento popular. Estas actividades,
que llevaban décadas sin celebrarse en las islas británicas,
fueron recordadas durante varias generaciones por su magnitud,
como recuerda el hispanista Geoffrey Parker expone en su
biografía definitiva sobre Felipe II. Sin embargo, el
matrimonio se tornó en una experiencia triste cuando se fueron
acumulando una serie de embarazos psicológicos o fallidos que
hicieron imposible que naciera un heredero. Después de un año
en Inglaterra, Felipe partió a reunirse en Bruselas con su
padre. Carlos I había decidido abdicar y con
ello legar a Felipe y al archiduque Fernando, su hermano, sus
reinos y también sus guerras. Asediado en diferentes frentes
por Francia y el Papa Pablo IV, el rey
español reclamó a María su ayuda militar, lo cual estaba
específicamente prohibido por el acuerdo matrimonial.
En marzo de 1557, el monarca regresó a Inglaterra durante
unos meses y empleó su capacidad de persuasión sobre su mujer,
que no era poca, para lograr su participación en una guerra
que iba a desembocar en una terrible pérdida para Inglaterra.
A las puertas del desastre, el Duque de Guisa
conquistó a principios de 1558 de forma sorpresiva Calais,
la última posesión inglesa importante en el norte de Francia.
Tras solo siete días de asedio, las tropas inglesas se
rindieron y entregaron la ciudad sin presentar batalla, con el
único objetivo de desprestigiar a la reina María.
De la pérdida de Calais a su muerte
Según la tradición, María quedó tan destrozada por esta
derrota que predijo que la palabra Calais aparecería a su
muerte grabada sobre su corazón. Triste y supuestamente
embarazada de nuevo, la inglesa reclamó en
esos días la presencia de su marido, que recibió la
noticia con «gran alegría y contentamiento» pero hizo poco por
desplazarse a Londres. Tras aceptar que se trataba de un nuevo
falso embarazo, la reina cayó en un estado depresivo a
mediados de 1558. Rápidamente, Felipe entendió que en caso de
fallecer su esposa iba a ser su hermanastra, Isabel Tudor, la
persona con más apoyos para reinar, por lo que, temiéndose lo
peor, comenzó un acercamiento hacia la que a la postre sería
la mayor villana del imperio.
El plan original de Felipe era casar a Isabel con algún
príncipe católico de su confianza, siendo el mejor candidato
su primo Manuel Filiberto de Saboya, quien había encabezado su
victoria en San Quintín. Los
acontecimientos, sin embargo, se precipitaron y el propio
monarca se ofreció a casarse con Isabel cuando vio que
Inglaterra podía alejarse de su control para siempre. A
principios de noviembre, María hizo testamento designando
sucesora a su hermana Isabel con la esperanza de que
abandonase el protestantismo; unos días después falleció a los
42 años de edad. El ascenso de Isabel, con
el propio apoyo de Felipe, supuso así una victoria
póstuma y completa de la decapitada Ana Bolena,
que todavía hoy es equivalente en la lengua castellana a ser
una mujer alocada y trapisondista. Lejos de aceptar la
propuesta matrimonial de Felipe, Isabel se negó a volver a la
obediencia papal y permaneció soltera toda su vida.
La relación entre el Imperio español e Inglaterra
fue de mal en peor en los siguientes años. Isabel se mostró
implacable con los nobles católicos que amenazaron su poder y
tomó todas las medidas posibles en pos de borrar la huella
hispánica en las islas. Cualquier posibilidad de que el
catolicismo volviera a ser mayoritario en Inglaterra en el
futuro pereció con la muerte de María. No obstante, el
hispanista Geoffrey Parker apunta en su obra «Felipe II: la
biografía definitiva» (Planeta, 2010) que «incluso sin hijos,
el catolicismo se habría instaurado perdurablemente en
Inglaterra si la reina hubiera vivido hasta (digamos) los 56
años como su padre».